domingo, 21 de julio de 2024
Recomendaciones
miércoles, 5 de junio de 2024
Otro día
Y
la vieja me gritó que debí informarle antes. Siempre es lo mismo con mi jefa,
que por qué no le dije, que ella tenía que saber todo le que pasaba en su
departamento. Es verdad, ahora que se me pasó la furia y el estado de
petrificación que se impone sobre mi cuerpo y mi voz cuando alguien me grita,
reconozco que no le dije. Me repetí la historia desde el principio, que don
Ernesto me había contado del problema eléctrico de la bodega y justo pasó Juan
Pablo, el ito eléctrico. Por un buen tiempo le dije Juan Pablito, cuando
ignoraba que ito era la sigla para el inspector técnico en obras. De ahí nos
fuimos directo al lugar del corto circuito e hicimos las coordinaciones para
las órdenes de compra de los repuestos, los horarios en que se harían los
cambios sin interrumpir la labor diaria de los equipos de venta. Pensé que era
eso lo que más importaba y sigo pensando lo mismo. Justo cuando iba subiendo al
piso doce donde está la oficina de mi jefa, para informar de la solución al
problema de la bodega, me agarra la señora Sara por un accidente laboral de Andrea, una externa del servicio de aseo, pero que todavía no tenía contrato y
entonces la responsabilidad iba a caer en la empresa − ¡pucha la lesera! – fue
lo único que pude decir en voz alta porque don Tomás, el dueño de la empresa
del aseo, es hermano del dueño de la empresa que me contrató a mí; así es que
con voz y actitud de resignada, le dije que me haría cargo. Fui a mi oficina,
que no sé para qué la tengo si nunca estoy ahí y llamé a Rosario, la jefa de
personal de los del aseo. Trifulca y media, que era el sexto contrato que tenía
que hacer apurada porque se había corrido la voz de que si tenían un accidente
los contrataban al tiro. Que así era esta gente, que se aprovechaban de
inmediato.
Andrea esperaba abajo con el tobillo hinchado y se aguantaba el dolor.
−y
ustedes ¿qué les pasa con las escaleras? ¿todavía no ponen las gomas de
seguridad?
−Rosario,
limítate a enviar el contrato de Andrea; mientras, yo me encargo de
convencer al comité paritario de que algún integrante autorizado llene el
formulario de derivación al IST por accidente del trabajo.
Era
un día de esos en que una debió quedarse acostada con fiebre real o inventada.
Todo el día con estupideces que requerían solución inmediata y encima teniendo
que ser paciente y no armar más escándalo para no tener problemas con los jefes
o los sindicatos. Mi oficina me servía para eso, para poner las morisquetas que
quisiera al teléfono sin que nadie me viera o estirarme y hacer como que
mandaba sendas patadas en el culo a quien se lo mereciera.
Después
de respirar hondo fui a hablar con don Luis, el presidente del comité
paritario, un tipo de unos cuarenta y tantos que desde que había asumido esa
función, se paseaba casi con lupa por todos lados buscando todos los detalles
que había que subsanar para garantizar la seguridad de los trabajadores. Era
cierto, pero quería todo para ayer y era imposible hacer todo de inmediato,
habíamos tenido como cuatro reuniones este último mes, logramos avanzar en
algunas cosas, pero faltaba y siempre iba a faltar y él se largaba en un
discurso obsesivo lleno de detalles y reiteraciones de los detalles. − Mire
señorita Josefa, ya sé que usted va a decir: ya va a empezar con la cantinela,
pero ¡mírese usted pues! Anda con esa falda hippie llena de vuelos, se va a enganchar
en cualquier parte y después va a alegar que el reglamento está anticuado que
es su derecho vestirse como quiera y que si no va a demandar por
discriminación. Y ¿qué quiere que haga yo? ¿qué le digo al comité? ¿que la
subjefa es especial? No pues, usted sabe, la seguridad es para todos. Hay
derechos y obligaciones y también corren para usted.
Roberto
es de esos que hablan a punta de obviedades, puras frases hechas, pero
afirmadas en algún manual, puse cara de compungida y traté de sonreír como una
niña pillada en falta, el viejo truco de la cara de gato con botas ¿quién no lo
ha usado para librarse de alguna norma absurda?
−Prometo
que mañana me pongo ropa según el reglamento, pero por favor veamos lo de
Andrea, ya supo, supongo.
− ¡Por supuesto! ¿cuántas veces le he dicho señorita Josefa que esa empresa es muy chanta? Que no cumplen con los requisitos mínimos de seguridad para sus trabajadores.
Que no cumplen con los requisitos
mínimos de seguridad para sus trabajadores.
−Ya poh Roberto. Córtela con la
cantinela, usted y yo sabemos que, si no hacemos nada, la perjudicada es la
Juanita y no queremos eso ¿no?
−Siempre lo mismo, por eso nada
mejora, porque todo se arregla con parches.
Roberto, estaba convencido de que
usaría su pequeña cuota de poder en la empresa de detergentes nacionales para
beneficio de los trabajadores, que las buenas prácticas podían llegar a ser
parte de un hábito y no la excepción. Por eso estas situaciones en las que falla lo
básico le parecían inadmisibles.
−Roberto, ya sé lo que está
pensando, le encuentro razón, a pocos nos importa que las cosas se hagan bien,
entiendo que usted está empeñado en mejorar las condiciones de todos. Estamos
en la misma línea, tras el mismo objetivo final, pero en el camino hay
que ir reparando los baches.
−No me salga con sus discursos
bonitos que me va a hacer llorar.
Roberto se largó en una carcajada,
− entiendo, se hace lo que se puede, tome aquí tiene el formulario del IST.
Josefa tomó el formulario y
agradeció con una mueca burlona. Las conversaciones terminaban siempre del
mismo modo con Roberto.
La Juanita estaba furiosa por todo
el tiempo de espera, había tres compañeras de trabajo suyas acompañándola y
envalentonándola para que hiciera escándalo.
−Llevo más de una hora con el pie
hinchado y usted paseándose ¿Cuántos cafés se tomó mientras yo estaba aquí
esperando que alguien hiciera algo?
−No se equivoque, Juanita, aquí la
señorita no tiene la culpa, sus compañeras la están aconsejando mal.
Sara salvó la situación porque yo
estaba a punto de tirar el formulario por la cabeza y decirle al taxista que se
fuera no más porque la carrera a la urgencia ya no se haría. Mentira, todas
esas chorezas que se me ocurren quedan como un diálogo interno imaginario. Al final, sé que me voy a tragar la rabia, cada uno mira lo que vive de un modo
tubular. Creo que aquí mi tubo es más ancho porque mi trabajo consiste en
conocer a todos y facilitar que la producción continúe.
Lo más desajustado que hice después
de ese recorrido matinal, y solo eran las 10.30 am, fue salir de la oficina de
mi jefa sin decir palabra y con cara de gol en contra, con la mala suerte que
se me quedó atrapada la falda en la puerta y tuve que devolverme. No la miré,
pero no sé por qué sentí que ella se asustó y eso me gustó. Masculló algo
parecido a una frase de disculpa o eso me pareció. No lo iba a comprobar en
todo caso.
Pasaron muchas cosas más ese día,
las que tampoco informé porque me amurré y mi silencio, según yo, era más
llamativo que el caudal de palabras que salían de mi boca según lo que hay que
decir y es apropiado. A lo mejor nadie lo nota, pero me gusta ese encapsulamiento.
Un espacio de libertad controlada.
Cerca de las cinco de la tarde pude
concentrarme en el protocolo del mes como parte del reglamento de órdenes de
trabajo y mantenimiento. A las seis me paré de mi silla, mi jefa se había ido y
fue un alivio no tener que despedirme de ella. Una vez en la calle, atravesé y
estaba chispeando. Soporté todo el día pensando que antes de volver a mi
departamento iría por un chocolate con churros y seleccionaría una película
para ver en la noche.
Mi jefa estaba ahí, pero iba de
salida −que lo disfrutes− me dijo con una sonrisa. Parecía otra persona, era
otra persona.
En mi silencio yo también lo soy.
martes, 21 de mayo de 2024
La vida en capas
I
Daniela tenía un libro a punto de
terminar, pero como quien no quiere abrir un correo con una deuda por pagar, se
daba mil vueltas para no devorar las últimas páginas y quedarse con la
sensación de no haberlo degustado como era debido. ¿Se recuerdan los sabores? No
con exactitud, pero la evocación es el componente principal. Se hallaba en esas
reflexiones o inutilidades como decía Mariana, su hermana, cuando entró a su
dormitorio inquieta y apurada.
−Ya sé lo que te pasa. Hablas con
mala redacción.
− ¿llegaste a esa conclusión por
alguna serie o algo que estabas viendo en tus redes?
Mariana se fue tan rápido como
entró de ese dormitorio, estrecho y un poco asfixiante, lleno de repisas
improvisadas, para volver al propio dominado por aparatos electrónicos de toda
clase. Resultaba difícil hablar con Mariana, se distraía con facilidad − mal
de estos tiempos – diría la madre, pero de modo inexplicable, recordaba lo que
oía.
Daniela se quedó en la misma
posición en la cama, sentada ordenando documentos en una carpeta. Una conocida
maniobra dilatoria para no ir la final del libro. Sí, sonaba razonable eso de
que hablaba con mala redacción. En los momentos claves parecía no poder armar
un argumento, las palabras salían desordenadas y sin lógica alguna, en especial
con las personas que más le importaban, incluida su hermana. Tal vez por eso le
gustaba leer o admiraba a los músicos que, teniendo una melodía en su mente,
luego hacían calzar palabras, historias y notas musicales. Una genialidad que
solo las personas limitadas en su capacidad de expresión como ella podían
valorar en su justa medida.
El libro transcurría en invierno
uno especialmente frío y cruel y tal como le ocurrió con la película Siete años
en el Tibet que había visto en el canal de películas viejas en verano, tiritaba
de frío a pesar de los treinta grados de aquella tarde. Ahora era lo mismo, estaba
soleado y tibio, pero sus pies y manos decían otra cosa, no había forma de
templarlos.
−No sé que va a ser de esta
chiquilla− decía el padre − tan influenciable y atarantada, ya tiene veinte
años y no se ve que haya madurado algo.
−Tranquilízate hombre, ya verás
como se abrirá camino igual, las cosas ahora son diferentes, no tiene por qué
ser igual que cuando nosotros tuvimos veinte.
−Dios te oiga
Con esa frase, proviniendo de un hombre
ateo y orgulloso de serlo, terminaban las discusiones con la madre, dotada de
un buen sentido común y una paciencia a prueba de casi cualquier cosa.
¿Cómo sería el final? ¿Acaso uno
correcto y lógico, como la vida de la mayoría, en la calma y la paz de los años,
justo premio a la experiencia y claridad para tomar decisiones? o tal vez fuera
un final sorprendente e improbable, lleno de fantasía y juegos imposibles entre
distintas capas de la realidad.
− ¿Sabías que hay comunidades en
Puno, Perú, ajenos a la tecnología y en el que la gente vive más años con
actividades simples y rutinarias?
− ¿y para qué querría una vivir una
vida así y tan larga?
− Es que no conocen otra forma
− Nosotras tampoco
Mariana, a sus diecisiete años, conocía
datos de muchas cosas, datos random decía ella, que al parecer le servían
para interrumpir a cualquiera en sus quehaceres y dejar a sus casuales
interlocutores con preguntas que a ella no le concernían puesto que ya estaba
en otra cosa.
Las hermanas no podían ser más
diferentes según ellas mismas; los demás las encontraban muy parecidas, no solo
en el aspecto sino también en los gestos y la forma huidiza de relacionarse con
los otros. Una madre correcta y sermoneadora como casi todas las enfermeras y
un padre siempre ocupado o que se esforzaba por parecerlo brindaban una buena
fachada. Les tomaban muchas fotos y cada cierto tiempo les preguntaban cómo
estaban para que no dijeran que no se preocupaban por ellas. Así las cosas, el
refugio afectivo estaba entre las hermanas, en ningún otro lugar. Aun
sabiéndolo, ambas se esforzaban por demostrar cuan molesta era la otra y solían
decir que los días serían más fáciles y cortos si la hermana no estuviera
viviendo en la casa familiar.
Daniela era la silenciosa y
Mariana, dentro de la quietud y aparente calma de esa casa, era la bulliciosa y
a quien, por lo tanto, iban dirigidos los reclamos por el escándalo de su andar
y los saltos en la escalera. La madre necesitaba descansar y el padre
concentrarse. Mariana decía que prefería la distancia del padre que la eterna e
implacable corrección de la madre, ese tono conciliador y dulzón, le parecía
una muestra del esfuerzo que significaba para ella cumplir su rol en la
familia.
− ¡Nada que ver! Te gusta andar haciendo
problemas e inventar dramas donde no hay.
− y a ti te gusta no ver lo
evidente.
Mariana estaba decidida a
desenmascarar a la paciente madre y demostrar que el padre era otra más de las
víctimas de su falta de honestidad, el pobre no tenía más alternativa que
meterse en su mundo y hacer como que nada le importaba. Daniela sospechaba que
había historias que ambas desconocían y que la madre, de seguro, había sufrido
las mismas decepciones y sobrecargas de las mujeres de la familia.
−Las tías y la abuela no andan con
cara de santurrona y agotamiento cada día de la vida, menos con ese tono de
falsa comprensión con todos, hasta conmigo que no me canso de criticarla y
provocarla.
− ¿A propósito? Pensé que no te
dabas cuenta de que lo hacías tanto y tan seguido. A veces me quedo esperando
un grito de vuelta de su parte o un portazo o lo que sea, pero no. Creo que esa
es su victoria, no perder el control contigo ni con nadie.
− ¿Y el papá? ¿qué le pasará que no
reacciona tampoco? ¿cómo serán las conversaciones entre ellos? Me refiero a cuando
no estamos presentes o no hay comentarios sobre las noticias o algo
extraordinario en sus respectivos trabajos. Tal vez tienen un pacto que
desconocemos.
Mariana se imaginaba a un padre
torturado por una bruja, Daniela a una mujer oprimida por un hombre frío y
distante.
II
El final del libro pertenecía al
mundo de las fantasías y capas de realidades entre la vida, las muchas vidas y
la muerte, las muchas muertes, también en capas. No podía ser de otra manera si
lo pensaba bien, las cosas no encajan tan bien como las cerraduras artesanales
japonesas.
Después de ordenar la carpeta sobre
la cama con fotos, papeles, envolturas de dulces y, a pesar de las constantes
interrupciones de Mariana, no tuvo más alternativa que terminar de leer el libro
y quedarse pensando en las piezas que a su juicio faltaban para no dejar las
historias entrelazadas a medio camino.
Mariana volvió a entrar con expresión
seria y un tono de voz que parecía tranquilo y conciliador– tus padres no son
los mismos que los míos y como sea, son las mismas personas, las mejores que
nos correspondía tener – Daniela, ensimismada en su mundo de fantasías y letras
pensó que su hermana había visto esa reflexión en algún post de los miles que
pueblan las redes sociales, llenos de clichés. Luego olvidaría esa perlita de
sabiduría, así las llamaba su madre, y volvería a ser la adolescente arisca y
provocadora de la familia.
Daniela se quejaba de los cabos
sueltos, de la falta de cierre de ciertos capítulos, de los misterios de la
relación entre sus padres, de cómo dos hermanas podían ser tan distintas
creciendo en el mismo espacio de relaciones. Empezaría entonces otro libro, a
devorar más palabras y a evocar sabores, tactos y emociones que intuía más
tarde viviría ella misma. Su hermana estaría cerca como testigo.
Mariana seguiría en la búsqueda de
información que saciara su curiosidad y ampliara su mundo, según ella pequeño y
predecible. Su hermana estaría cerca como testigo.
lunes, 13 de mayo de 2024
Cápsulas
¿Y entonces?
Imposible responder, dependía
hacia dónde quisiera ir y el punto en el que la historia se podía retomar.
Inclusive era necesario definir los lentes con que se podría mirar el mundo
creado o recreado. - Demasiada conciencia del recorrido - le habían criticado
una vez. Llegó a pensar en que ya no había historia ni necesidad de ella. Todo
era cuestión de interpretación o de reformulación. Y eso la ponía mal, la
enfermaba casi. Cada cierto tiempo volvía esa sensación de encierro en la
propia mente. Y, aunque las palabras fueran un instrumento de coordinación con
otros, también lo eran de la confusión, de los vacíos y los finales abiertos.
Si es que se puede hablar de finales mientras aún hay vida y experiencias.
Enseñar historia fue lo peor
que se le ocurrió. En especial a adolescentes que no alcanzan, salvo muy
notables excepciones, a dimensionar lo mucho que incide en la vida diaria el
conocimiento, o la falta de él, hasta de la historia familiar. Alguna vez se le
ocurrió ese ejercicio y quedó la grande con los del cuarto D. Algunos
inventaron ser descendientes de europeos y quedó en evidencia el error aspiracional de sus padres al buscar en internet
su árbol genealógico. Otros no sabían más de su familia que hasta sus abuelos y
se sintieron discriminados por no tener antecedentes. Era obvia la diferencia
en el tono de la voz y la postura corporal de quienes estaban ávidos por hablar
sobre sus antepasados y los que no querían abrir la boca. Ese colegio, ubicado
en una comuna vulnerable en la jerga actual, era diverso en cuanto a los
ingresos de las familias. Es probable que sea así en la mayoría, poco se sabe
si la colegiatura se paga sin esfuerzo o haciendo muchos malabares y dibujos
con las cuentas del mes.
Quizás qué había en las
historias familiares de los alumnos del cuarto D que los apoderados reclamaron
en masa por invasión de la privacidad, discriminación, abuso de confianza de la
profesora y otros conceptos similares que, desde ese episodio, el colegio se
comprometió a incluir en el proyecto educativo.
A pesar del progresismo
imperante, del imperio de lo políticamente correcto, o debido a eso mismo, los
padres se enredaron hasta el absurdo para referir a sus hijos la historia de su
familia. De los pocos que recibió el trabajo por escrito, se podía inferir el
cambio vivido por el país en dos o tres generaciones. Se podía hablar de la
historia de la transición de familias rurales a urbanas; del cambio en el poder
adquisitivo, en las creencias religiosas y valores priorizados en los discursos
familiares. No había sido mala la idea, pero la profe Iris, sin intención ni
suficiente sagacidad, había pisado muchos callos de la aristocracia local.
En otra ocasión se le había ocurrido presentar la toma de Morro de Arica desde las diferentes miradas de sus protagonistas: soldados jóvenes chilenos, adolescentes como ellos; la de los jóvenes peruanos que lo defenderían, sus superiores y los padres de cada lado. Ni hablar, nuevos reclamos. Había que contar la historia como realmente había sido y por más que se esforzó en explicar que la historia jamás ha sido ni será de una sola manera y menos aún sus consecuencias, ni tan siquiera para los vencedores, no tuvo éxito con sus argumentos.
La acusaron esta vez de antipatriota
y de promover un latinoamericanismo imposible. Al menos con eso estaba de
acuerdo porque los anhelos de unos no coincidían con los de los demás y había
una cantidad tan inmensa de variables en la construcción de bloques
territoriales, comerciales y culturales que los conflictos estarían allí casi por
una eternidad, pero daba igual lo que dijera. Los apoderados, devenidos en
clientes insatisfechos, son más poderosos de lo que ellos sospechan.
En ese escenario, si hubiera
sido consecuente con su idea de la enseñanza de la historia, más parecida a un
proceso de interpretación recurrente según se vive el presente, que a un
listado de acontecimientos más o menos ordenados en una línea de tiempo, hubiera
renunciado, pero no tuvo más remedio que ceñirse al programa ministerial y a
los métodos tradicionales, los mismos que la dejaron a ella confundida acerca
de qué estaba pasando en Sudamérica mientras los chinos inventaban el papel o
los emperadores romanos se sucedían unos a otros entre intrigas, fake news
y asesinatos.
Y ahora que se usa reescribir
la historia, se cancelan películas y libros clásicos según la sensibilidad
actual, mientras los horrores se traspasan a las noticias, la verdad es que la
Profe Iris se conforma con que el programa hubiera sido abordado ya sin pensar
más en si tenía o no sentido cuestionarse algo siquiera. Como muchos de su
generación, había partido por deseos de Miss Chile: la paz mundial, que en el lenguaje
de los profes como ella eran el desarrollo del pensamiento reflexivo y el
aprendizaje del pasado, para luego de un poco de experiencia, concebir su trabajo como un medio para la
vida de adulta independiente y nada más. Dentro de todo no estaba mal, en ese
colegio pagaban un poco más que en otros en los que había estado y no iba a
arriesgarse a perder su trabajo.
− La
historia y los recuerdos son un lío interno porque están teñidos con el color
del presente −. Solía pensar y decir eso muy a menudo, en especial ahora que la
evidencia científica estaba disponible para afirmarlo. No es fácil recopilar la
propia biografía. Menos la lógica detrás de las conductas en momentos críticos
que no parecen tales.
En
alguna parte había leído, o tal vez lo estuviera inventando, que había un
método para encapsular vivencias de modo que los recuerdos no cambiaran de
color y así mantenerlos a resguardo de las emociones del presente y del overthinking
tan actual como la procrastinación. Una especie de autohipnosis
intencionada para conservar en estado puro la felicidad de algunos instantes,
el sonido de las risas, el aroma de un perfume, el estremecimiento de la piel y
esas sensaciones inefables transmitidas por las miradas. Sin nostalgia, dolor o
explicaciones rebuscadas. Algo parecido a escuchar una y otra vez una melodía,
la canción favorita o la banda sonora, si había, de las experiencias escogidas
para encapsular. Si para una persona era difícil escoger qué guardaría en la cápsula
como recuerdo impoluto, en la mente de Iris, era casi imposible que dos o más
se pusieran de acuerdo en conservar los mismos fragmentos de la vida.
Lo
peor había sido elegir historia como un trabajo y una forma de vivir. Se
enredaba en detalles que complicaban el llenado de su cápsula imaginaria de
instantes y no podía desprenderse de las interpretaciones.
¿Cómo
podría entonces seguir contando a los alumnos hechos relatados por personas que
no los vivieron y que tal vez, no solo no correspondían a un cierto consenso,
sino a una intencionalidad detrás, por lo general económica o de poderío de
alguna clase?
Lo
peor había sido elegir historia como un trabajo y una forma de vivir. Ya no
creía en nada de lo que contaba.
viernes, 19 de abril de 2024
Peluquero impertinente
Hay un video que circula en las redes que me hace
reír cada vez que lo veo. Es una tara personal eso de reírse de las mismas
cosas una y otra vez, sin variación. Eso dicen mis compañeras de trabajo, que
soy un poco extraña, un poco no más, no es para que crean que me siento
diferente de la masa que camina hacia el metro y que simula no pensar en nada
mientras, una vez en el tren, se siente de a poco con menos aire y más
vulnerable. El punto es que cumplí cuarenta hace poco y no sé por qué me sentí
aliviada y libre, aunque puede que ambas cosas sean lo mismo, el alivio y la
libertad. La ausencia de expectativas, eso debe ser. Por mucho que digan que la
esperanza de vida aumentó y bla bla bla, creo no ser para nada la única que
anota los alimentos que aseguran longevidad para no comerlos
ni por accidente. Ausencia de expectativas, eso es, ya nadie espera que
revierta ciertas decisiones o que madure lo que, traducido a conductas
concretas, significa cumplir con un listado de tareas apropiadas para alguien
como una. Más fácil todavía: ya los decepcioné y me da lo mismo. Eso digo hoy,
mañana me puedo contradecir y tampoco importa. La coherencia interna se parece
mucho a la rigidez he pensado en estos días. Así es que capacito que más
adelante vuelva a generar expectativas en otros o en mí misma (si lo dejo por
escrito me salvo de las anti-predicciones).
El
video. El video era el punto.
Voy
a dar un rodeo para llegar al video. Cuando tenía treinta y dos, me dio por
hacer cosas distintas, me desteñí el pelo negro para poder teñirlo de colores de moda
a veces rosado, a veces azul. Ya estaba vieja para esas cosas, mis amigas
habían hecho lo mismo hacía al menos diez años atrás y yo no me atrevía porque
no iba con la imagen que mi familia soportaba. Ahora que lo pienso vivíamos en
un desfase cultural bastante profundo, mi madre era de la generación que
llamaba feminismo a poder trabajar para comprarse sus cositas y no para pagar
cuentas o participar de las finanzas familiares. Eso hacía, por una clase de
operación matemática que solo ella se explicaba, que tampoco considerase que
podía participar de las decisiones importantes. Esas correspondían a mi padre.
A
los treinta y dos, vivía en la casa familiar. Mi trabajo de kinesióloga y mis
dificultades para ahorrar y no gastar la plata en puras tonteras hacían que,
sin querer, estuviera desempeñando el papel de hija para la vejez igual
que Tita de la Garza en Como agua para chocolate de Laura Esquivel. Sin sus
habilidades para la cocina ni un enamorado por el que llorar o reír.
No
sé cómo pasó, pero un día me dio lo del pelo. Antes de eso iba ordenadita por
la vida, más o menos, no crecía, yo, no el pelo, pero tampoco era para tanto.
Supongo. ¡Ay! ¡Que no pueda afirmar nada con certeza! Me carga eso de mí.
Estaba tranquila, sin plata ni planes, pero tranquila y todavía podía pararme y
encerrarme en mi pieza si cualquiera empezaba a preguntarme por mis planes o
por mi proyecto de vida como dicen los más cursis.
Entonces
un día iba pasando por el frente de una peluquería, y como ya llevaba tres meses trabajando para felicidad de mis padres, me habían pagado recién y vi
que salía una chica súper estilosa y original en su look completo, no pregunté ningún precio y le dije al peluquero que quería un cambio radical.
Salí
con el pelo corto, fucsia y un montón de mechas paradas sobre mi cabeza. Me
veía rara, pero bien. Esa podría ser mi definición, rara, pero bien. Y sin
plata. El corte, decoloración, coloración, peinado me costó el equivalente a
casi el cuarenta por ciento de mi sueldo. Una cosa llevó a la otra, ese look no
iba con mi blusa y los jeans que usaba cinco de los siete días de la semana.
Tuve que ir a comprar pantalones, faldas cortas, suspensores y muchos
accesorios. Tuve que ir.
Ahí
comenzó todo, se me desordenó la vida, renuncié a mi trabajo sin tener otro y
me parecía que todo iba a estar bien, nada era tan grave. Fue como si me
hubiera agarrado la curva de un imán en espiral. Me puse a trabajar en
cualquier cosa porque estaba mala la cosa para los kine y encima la gente de
salud parecer ser la más tradicional de todas. Agarré mala fama. Poco menos que
se creyeron que me volví loca o algo así. En una de esas sí. Trabajé paseando
perros, animando cumpleaños de cabros chicos, de nana part time,
rellenando cuchuflíes, lo que cayera. Lo más difícil era pasear perros, algunos
se ponían muy contentos al verme y mis pantys de redes negras se hacían mierda
solo al saludarlos, hasta que aprendí los trucos para controlarlos.
Mis
padres, en un intento desesperado por hacer que reaccionara y madurara, me
dijeron que cerrara la puerta por fuera. Y lo hice. Trabajando de cualquier
cosa me sentía una sobreviviente, alguien que podía arreglárselas casi en
cualquier contexto. Vencí el temor al ridículo y a la pobreza. Me fui a vivir
con una tía vieja, casi como refugiada.
Entiendo
a los que pensaron que estuve un poco loca, soñaba cosas raras y por alguna
razón me sentía invencible. No aguantaba ni media crítica y sentía que andaba
de paso en cualquier circunstancia. A través de mi tía, mis padres presionaron
para que fuera a un psiquiatra. Pensaban que era bipolar o del espectro o
narcisista que son los únicos diagnósticos posibles en estos días. Todos somos
el personaje narcisista, TEA o bipolar de alguien y les generamos ansiedad.
Eso, casi textual, me lo dijo el psiquiatra, que me encontró bien, no feliz,
pero compensada. Mis padres no lo podían creer, mi tía sí.
Conocí
muchas clases de personas en ese período, hay harta gente loca y como me
tomaban por una de su especie se permitían tener confianza conmigo. Hay muchas historias, inimaginables, creo que muchas veces no hay más alternativa que
hacerse la loca o al menos parecerlo, aunque sea por un tiempo.
Alcancé
de nuevo ese estado de tranquilidad de antes de cortarme el pelo, con ropa y
maquillaje diferente, pero igual por dentro. Hacer cosas poco convencionales
para poder sobrevivir y no depender de nadie fue una buena experiencia. Me
había hecho un nuevo ecosistema y me había acomodado. Hasta habían cesado los
intentos de mis padres y de otros por salvarme de mi supuesta desorientación y
crisis de la adultez.
Estaba
tranquila después de tanto caos y vino la pandemia. Los kine ahora éramos
nuevamente valorados y contratados por montones en hospitales, clínicas y
consultorios. Mi tía se enfermó y la tuve que llevar a la urgencia. De esa no
salió. Aparecieron sus hijos a pelearse hasta las frazadas de la señora y a mí
me acusaron de querer quedarme con todo. Se pasaron de vacunas.
Mis
padres tenían miedo y me pidieron que volviera a la casa. Volví.
Ahora
todo volvió a estar ordenadito. Mi pelo tiene el mismo color de antes, la ropa
que había dejado en la casa me quedaba buena y me salieron al menos tres
ofertas para trabajar durante la pandemia. Con tanto traje de protección me
sentía como una astronauta y como no se podía hablar mucho, no fue tan difícil
adaptarme de nuevo al ambiente de hospital. Ahora que miro esos años, hace ocho, hace diez, hace seis, parece un video clip antiguo con imágenes mal
pegadas, algunas terroríficas y otras divertidas. Demasiado en poco tiempo. Y tal
como luego de un tsunami el mar vuelve a su ritmo habitual, indiferente al daño
provocado, así sentí que mi vida se acomodó de nuevo.
¡Ah
el video! El personaje es un humano disfrazado de perro que andaba tranquilo de
callejero hasta que llega una vieja de alma caritativa – ¡adopta no compres! –
y se lo lleva a su casa. El perro estaba bien y cada cierto tiempo lo quieren
echar como si hubiese sido su decisión ser adoptado.
Así
estaba yo, tranquila, adaptada y me agarra un peluquero que me cambió el color
del pelo y una cosa llevó a la otra y vuelta a empezar, pero ahora tengo
cuarenta y siento que me salvé, aunque nunca se sabe. Eso me da risa, una y
otra vez, con la misma intensidad.
https://www.instagram.com/reel/C3bIs5MOSpW/?igsh=MTMxaHN5dnluYWFjMQ==
martes, 9 de abril de 2024
Un día normal
Foto de Tranmautritam: https://www.pexels.com/es-es/foto/london-s-eye-inglaterra-412201/
Se quedó con la curiosidad y
preguntar a estas alturas no serviría de nada, ya no recordaba cuando había
sido la despedida, para él las despedidas eran una secuencia, un proceso con
pasos inciertos y, por eso mismo, complejos y titubeantes. A lo mejor la
despedida comenzó en el primer saludo. Ese pensamiento le recordó una película
con una frase famosa – “you had me at the first hello” -. Tan ahorrativo
que es el inglés, en español esa frase requeriría de más palabras o por último
más letras o caracteres.
A veces pensaba que todo había
sido una secuencia de situaciones absurdas, de silencios interrumpidos por
miradas y balbuceos que parecían palabras, pero sin significado. Cada vez que
pensaba en ese capítulo, comenzaba a rascarse la cabeza y ahora advirtió su
incipiente calvicie. Estaba sentado en el café que quedaba abajo del edificio
donde trabajaba. Iba allí para no tener que hablar con nadie, tampoco era que
hablara mucho, pero hacía tiempo que se aburría de las conversaciones de
pasillo y de esa sensación de decadencia que todos parecían estar sintiendo.
Hasta él, un optimista irremediable, estaba cayendo en ese vicio de criticar
todo y a todos - ¿sería esto la distopia de la que había leído por ahí o visto
en alguna película? Esa sensación de estar corriendo como hámster solo para que
el equilibrio de la vida no se cayera y correr más y más rápido para ganar lo
mismo y permanecer en el mismo lugar. A veces se quejaba de cansancio, igual
que si en lugar de cuarenta y cinco tuviera veintidós años. Porque no hay seres
más cansados que los jóvenes, casi se sonrió cuando esa idea pasó por su mente.
Y sí, se cansaba de exprimirse
el cerebro cada día un poco más para lo mismo, idear nuevas y mejores formas de
alcanzar las metas mensuales con menos costos y mayor margen. Estaba seguro de
que el jefe se sentía igual porque cada martes en las reuniones le era más
difícil mantener la mirada en alguno de los integrantes del equipo. Equipo era
mucho, cuadrilla, línea de producción a lo más, la interacción era mínima y la
competencia máxima y eso no constituye una atmósfera propicia para sentirse a
salvo y en confianza como para apoyarse en los demás integrantes de la unidad
de trabajo.
El pantalón que eligió hoy le
quedaba demasiado ancho, había bajado de peso casi sin darse cuenta, la
secretaria se lo advirtió – oiga don Orlando ¿está a dieta? ¿va a algún
gimnasio? -solo sonrió como respuesta, al entrar al ascensor se miró en el
espejo, se sorprendió, hacía tiempo que no se detenía en sí mismo y era verdad,
estaba más flaco y demacrado. Se arregló el mechón porfiado que siempre se caía
sobre la frente, alarma inequívoca de la obligación de ir a cualquier
peluquería que encontrara abierta el sábado al mediodía. No iba a perder horas
de trabajo en tonterías.
A todo esto, ese comentario
acerca de su peso demostraba su punto, a las mujeres no se les puede decir nada
acerca de cómo se ven, se los habían advertido hasta el hartazgo en una
capacitación de género en la compañía, pero ellas parecen tener un espacio
mayor para transgredir esa norma. Un par de años atrás hubiera bromeado al
respecto o un rato antes, pero había visto a varios meterse en problemas,
algunos con toda justicia y otros por idiotas, por no medir riesgos. Si se iba
a ir de ahí no sería por una estupidez, eso lo tenía claro al menos. En todo
caso, algo quedaba de aquel tipo bromista y casi siempre de buen humor que
guardaba chistes para el momento oportuno y así poner en aprietos a los menos
vivarachos. Podría llegar muy serio donde la secretaria y decirle que había
interpuesto una queja en su contra por el comentario acerca de su cuerpo y la
mirada picarona que había observado mientras se sonreía. De solo imaginar la
cara de ella se rio al sentarse en su silla negra, gigante y cómoda, de gamer, le
había dicho su hijo una vez que lo visitó, al tiempo que agregó – quiero una
igual viejo –. Fue bonita esa visita de su hijo menor, pudo sentir que el
chiquillo se sintió orgulloso de su padre y por un momento hubo algún tipo de
conexión. Por mucho que repitiera la frase de la psicóloga: los padres no se divorcian, las parejas sí, era innegable que el divorcio los había separado, no era lo mismo verlo los fines de
semana y un día definido con antelación durante el período escolar. Se perdía
la espontaneidad del encuentro y encima el chico estaba atravesando por lo peor
de la adolescencia. En sus trece no podía ser más típico en su disarmonía del cuerpo y la mente. No recordaba así esa etapa en sí mismo. Lo pasaba bien no más,
sin tanta complicación.
Sí, curiosidad era la palabra.
Tenía sospechas de qué había pasado con su ex, más bien lo sabía, pero era un desafío
casi intelectual la comprobación. Cuando la vio irse una y otra vez, no de la casa, de su vida, de las conversaciones, de las actividades antes realizadas en conjunto, no lograba
deducir qué ideas pasaban por la mente de ella o de si la volvería a ver. Ni
una sola ocasión se sintió sobre tierra firme. Se quedaba confundido. Solo le
seguía el juego o tal vez le permitía a ella jugar con él. A veces se pensaba
en un libro de Murakami y esas conexiones raras entre los personajes que casi
se intuían, en que los vínculos ocurrían entre fantasmas más que entre
personas. ¿O sería que nunca entendió ninguno de sus libros? si fuera así, daba
lo mismo si estaban cerca o lejos, si hablaban o no. Tantos años juntos tenían que dejar una huella en algún lado.
Entró a la página del banco,
todo se había complicado desde el divorcio, qué manera de perder plata, todo
doble, por eso seguía trabajando de esa manera. Mentira. Sonó como un bombo
esa palabra en su cabeza. Trabajaba por una serie de cosas y tal vez la plata
estaba dentro de la lista, porque hay que sobrevivir por supuesto, pero no era
eso lo que lo movía. El trabajo era su identidad, la inteligencia en
movimiento, el humor como un ingrediente del día a día, aunque fuera
disminuyendo. Las relaciones con otros. La posibilidad de ver y saber de otros.
Curiosidad. La curiosidad como motor.
Su hija mayor estaba estudiando
hace un par de años Ingeniería en realidad virtual. Cuando le preguntó para qué
servía eso, esperando respuestas como simulaciones de entrenamiento para
médicos, pilotos, arquitectos, la hija contestó que así podría diseñar y
meterse en un mundo mejor y menos problemático que el que le había tocado,
además, no tendría que salir a ninguna parte ni arriesgarse al daño de malas
personas. No supo qué decir. Le pasaba con frecuencia eso de quedarse mudo por
temor a quedar mal parado, en este caso como padre, en otras como jefe, peor
como exmarido o el algo de alguien. Así le decía Ceci, su actual alguien.
Mejor no pensaba en Ceci, ella
tenía el raro talento de estar cómoda sin definiciones. Él no, pero en este
caso, sorteaba con habilidad los temas potencialmente difíciles. A veces lo
miraba como esperando algo, pero lo que no se dice no existe. Había aprendido
eso hacía tiempo, las palabras son trampas. Moderna la Ceci, dominaba toda la
jerga de Instagram y Tik Tok : las heridas de infancia, los apegos, aprender a
soltar, cuidarse uno mismo y todo mezclado con lenguaje esotérico y sabiduría
medieval. Más moderna imposible.
Revisaba contratos, procesos,
inversiones y era bueno en eso. Además, ahora había un montón de software
disponibles para mejorar el rendimiento y podía darse el lujo de hacer
proyecciones en distintos escenarios hasta por veinte años y hasta cincuenta si
lo apuraban, pero el margen de error era demasiado alto por las variables que
había que dejar como supuestos. Para eso estaría la IA y su promesa de resolver con mayor certeza escenarios múltiples y simultáneos.
Sentía curiosidad por el futuro
y para eso debía esclarecer su pasado. Tampoco. Ese era otro cuento que se
contaba. No hay respuestas para todo, ni siquiera preguntas para todo y el pasado era demasiado cambiante. La vida
se vive no más, con o sin explicaciones. Un día se encadena con otro, un día
podría decidir salir de la comodidad de no saber y darse la oportunidad de
hablar si le daban ganas o no y nada cambiaría. Excepto, quizás, una sensación
nueva de equilibrio interno que se debía y le debía. Hasta podría decirle que
extrañaba esas conversaciones de todo y nada como si las palabras no fueran
necesarias, pero no lo haría.
Se iba de vuelta del trabajo,
era tarde y andaba menos gente en las calles. Ya no le ocurría que, por el
hábito ejecutado durante tantos años, llegaba a su ex casa más de un día a la
semana y debía desandar el camino. No era para tanto, solo algunas cuadras lo
separaban de su familia. Vivía cerca porque lo podían necesitar. Era su esperanza, aunque ni una sola vez lo habían llamado para resolver algo.
En un día normal se viven varias vidas paralelas- de seguro había escuchado esa frase por ahí, tal vez salió en Instagram y Ceci la habría repetido en alguna conversación. Mañana sería un día entretenido, casi tanto como el de hoy. Normal y hasta pacífico.
Casi a salvo.
jueves, 28 de marzo de 2024
Era un juego
Me asomé a su Instagram como cada
día, en la mañana y en la noche, a veces a las seis de la mañana, a veces más
tarde; en las noches corro el riesgo de encontrármela cara a cara con ese botón
de conectada y ni por nada quiero que eso ocurra. O tal vez sí, pero solo para
ver, para saber. Hay noches en las que me aguanto y no la observo, y claro, se
me va olvidando también.
En ocasiones me deja una sorpresa,
una cortina un poco descorrida, una historia, que me permite entrever parte de
su día, otras se encierra como si ocultara algo.
Alguna vez fuimos amigas. Nos
contábamos la vida, y más que esas mezquinas minucias, la vida que imaginábamos
y que sabíamos no iba a suceder, por ejemplo: íbamos a ser millonarias y replicar
algunas ideas europeas para cultivar durante el ocio que nos generaría tener
tanto dinero: un edificio entero dedicado a los libros, música, arte para los
jóvenes y manualidades para los viejos. − Sería grito y plata − decía su tío
que vivía en Estados Unidos y que creíamos era seco para los negocios y tenía una
fortuna. Por eso no podía venir desde que se fue a vivir allá: por los
negocios, por el trabajo, − porque cuando hay más plata hay que hacer más malabares
para mantenerla − le decía a su sobrina.
O podíamos ser parte de un grupo de
personas de nuestra edad que se dedicaría a conocer el mundo y dejar
testimonios por si venía una hecatombe mundial: fotos, videos y otras cosas que
podrían informar a otros cómo vivíamos y lo que apreciábamos. Igual a la
cápsula del tiempo que aparece en las películas gringas para adolescentes.
Tendríamos un todoterreno descapotable con el que recorreríamos África completa
y un catamarán y motos y autos rápidos para conocer el planeta entero. No iríamos
a los lugares que aparecen en todas las fotos, buscaríamos rincones poco
explorados, como si quedaran.
A medida que íbamos creciendo los
sueños iban en sentido contrario, empequeñeciéndose, volviéndose más reales y no
por eso más alcanzables, como cuando descubrimos que el tío de ella estaba de
ilegal en Estados Unidos y por eso no podía viajar y que vivía una vida apenas
normal, rozando el borde, con los trabajos temporales y poco especializados que
conseguía. Entonces pensamos en una cadena de cafeterías, hasta construimos la
carta y el estilo de decoración, el público objetivo, los proveedores y la
forma en que nos haríamos conocidas.
Del capital nunca hablábamos,
porque no tenía ningún sentido pinchar el globo que habíamos logrado elevar al
cielo. Eran fantasías delirantes de lo que haríamos con un montón de millones
que aparecerían mágicamente en nuestras manos. Desde todo punto de vista éramos
unas inadaptadas; nos reíamos de los demás porque sus vidas eran típicas y
predecibles y nosotras teníamos fe en algo intangible, en un hiperespacio
protector que nos salvaría de un destino igual al de todos.
Todo dependía de si esos millones
aparecían. Teníamos que actuar como si los tuviéramos, como si ya llevásemos la
vida que imaginábamos. Era un asunto de programación mental, de alineación de
los astros y pensamiento positivo porque dicen que la fe mueve montañas, si la montaña no
viene a mí yo me voy a la montaña y toda clase de refranes montañeses acerca del
poder de la mente.
Ella se quedaba más pegada que yo, decía
que a veces no podía dormir de tanto pensar en la vida de mujeres grandes que llevaríamos
con tanta, tanta, tanta plata para disfrutar. Los panoramas que proponía se relacionaban
con ese estilo de vida. Su forma de hablar se fue afectando, usaba un tono algo
más agudo y una risita que de a poco me fue molestando. Para mí se trataba de un
juego, para ella de un plan de vida.
Eso era, un juego, una forma de evadir ese
contexto normal y ordenado que nos había correspondido como a cualquiera en
realidad, encima eran sueños de grandeza y nada de rebeldes, era tener más sin
mérito ni propósito. Como si fuéramos hijas de padres ricos.
De pronto, acercándonos a los
veinte, ella de verdad se creía lo que habíamos imaginado y ya hablaba con ese
tonito de superioridad y desprecio de aquellos que se sienten dueños del mundo:
los demás, yo también, eran estúpidos, pequeños y limitados en sus horizontes.
Ella estaba para grandes proyectos en este mundo, esa era su misión. Los
millones llegarían solos. Así hablaba.
De cierta manera me empecé a sentir
culpable por el vuelo que ella agarró en su fantasía, como cuando alguien empuja
a otro en un columpio y no se detiene para que suba más, más, mucho más hasta
verla caer despaturrada y ridícula. Siempre supe que era un juego y supuse que
ella también. Pensé que era divertido que la empujara, que ambas nos
divertíamos en el proceso.
Dejé de alimentar la fantasía del
destino y la fe en cualquier cosa. Aterricé y trabajé por lo que estaba a la
mano conseguir con el poco o mucho talento que tenía para vivir. Ella se dedicó
a soñar y a vivir-como-si. Todo en ella era fingido, actuado, enfermo también.
No puedo decir en qué momento
ocurrió esa escisión. O si el clivaje se produjo en alguna parte de la realidad
o solo en mí.
Un día cualquiera ya no pudimos
jugar más, ni hablar más, ni vernos más.
Esperé noticias suyas, la hacía de
vendedora, internada en el psiquiátrico, de ilegal en Estados Unidos como su
tío o de narcotraficante, pero no, me la encontré en LinkedIn, estaba
contratando gente en su quinta cafetería y me ofreció pega.
martes, 19 de marzo de 2024
WhatsApp de empresa
En tiempos en que la verdad carece de valor, por irreconocible entre tanto ruido informativo, da lo mismo mentir de modo desvergonzado. Claro mi casa no se quemó y la de varios que conozco tampoco − gracias a Dios − diría mi madre, así con mayúscula porque ella es creyente y agregaría – alguna vez que le toque al pueblo −, justo cuando me mandó a responder la ficha esa que aparecía en los matinales de la televisión. Mi mamá decía que no entendía por qué tanta gente recibía beneficios, bonos o como se llamaran, − ¡ni la caja COVID recibimos y a la vecina, que tenía harta más plata que nosotros, le llegaron dos!, así es que como yo estaba de vago en la casa esperando que saltara la liebre por algún lado, me mandó, con la peor pinta posible, a responder la encuesta falseando todo cuanto pudiera para que pareciéramos más pobres de lo que somos.
Yo sabía que no iba a resultar. Nunca nos resulta nada. Vivimos al tres y al cuatro, tamboreando en un cacho decía mi papá, pero siempre hay gente que está peor. Igual fui, a veces mi mamá me convence con sus achaques, dice que le duelen las piernas, que si quiere me da un certificado médico del consultorio para que le muestre a la señorita de la ficha. El certificado es un papel arrugado de hace tres años y todavía cree que vale para algo que no sea mandarme a comprar.
A veces, y que me perdone el dios de mi madre, pensé que, si se nos hubiese quemado la casa, podríamos empezar todos desde cero, una especie de reseteo de la vida y yo podría hacer algunas cosas mejor que hasta ahora. Puras tonterías porque uno no puede dejar de ser quien es. Y eso me tiene medio bajoneado en el último tiempo. Antes, en este cerro, desde nuestra casa, se veía el mar y con eso decíamos que teníamos una buena vida. Yo no le hallaba la gracia hasta que se instaló una casa de dos pisos al frente y perdimos lo único valioso que teníamos decía mi cuñada, que se vino a vivir con nosotros porque estaba esperando a mi sobrino, el Danielito. Y era verdad, no me había dado cuenta, pero cada vez que estaba harto de un montón de cosas, me ponía a mirar el mar y me calmaba. O me distraía o me hipnotizaba solo para no hacer nada según mi hermano, el Daniel, papá del Danielito. Como si él hiciera gran cosa, trabaja en lo que venga, pero se llena la boca con eso de ser padre de familia. Paaaadre de familia haciéndose el viejo y encima el viejo-sabio y apenas tiene dos años más que yo. Un día me burlé de él y me preguntó – ¿Y voh? ¿quién soy voh? ¿qué erís voh?
Por supuesto que empezó con que no me conocía ninguna polola, que no tenía ningún plan, que todos mis amigos estaban en algo y yo ahí como en pausa, como si algún día algo fuera a ocurrir que me diera un nombre y desde ese día me quedé pensando quién era, qué era. La verdad es que el Daniel me sorprendió porque me dio donde más me duele y no pensé nunca que fuera capaz de juntar dos neuronas para decir una frase de corrido.
Entendí entonces que ser paaaadre de familia a él le servía de motor para moverse y seguir sin cuestionarse nada más. No quiero tener hijos, ninguno de mis amigos quiere, me puse a estudiar contabilidad en un instituto después del colegio técnico donde estudié y no me gustó, le dije a mi mamá que trabajaría en lo que fuera, pero no se me da vender, no le pego a la construcción tampoco, de hecho un día acompañé al Daniel a la obra donde estaba trabajando de albañil y me caí tan heavy de un andamio que el mismo patrón me vino a dejar al cerro porque si me llevaban a la mutual y no tenía contrato lo iban a lumear a él por haberme aceptado. El Daniel se quedó ahí porque, junto con la pensión de mi mamá, es el único que trae plata a la casa.
Y así me lo paso, preguntándome quién soy, qué soy y qué será de mí. Parece que la gente se define por lo que hace ¿o no? a los veintidós ya debiera saber se supone. A lo mejor soy [1]TEA, mi mamá dice que vio en la TV que hay mucha gente con ese trastorno y no sabe y que como yo le salí tímido y sin rumbo, seguro tengo eso o soy eso. Ella dice que es depresiva porque tuvo depresión cuando murió mi papá en el accidente del camión. Ya nadie se acuerda y eso que salió en el diario de Valparaíso. Yo era chico, ese período oscuro y confuso me marcó algo, una especie de nube negra sobre mi cabeza, una sensación de falla, de ser un poco raro, como víctima de la circunstancia y me carga esa cuestión.
A todo esto ¿y qué si soy o tengo TEA?, ¿hay algún remedio para eso? Claro, sirve de explicación, pero no cambia nada ¿me van a dar pega por inclusión?
Así paso los días y cuando me da la cuestión trato del ver el mar y ya no se ve desde esta casa, tengo que salir y ahí hay que saludar y hasta responder en qué estoy y empezamos de nuevo. En nada, pero soy algo, eso creo, algo sin nombre.
No resultó lo de la ficha, después, todos los que mentimos salimos en un porcentaje en el diario: 94% de los que llenamos la ficha intentamos obtener beneficios que no nos correspondían. Mi mamá se puso roja de vergüenza y rabia cuando supo. Empezó a despotricar contra los políticos, el gobierno, los que no pagan impuestos, los aprovechadores de cuello y corbata, los utilitarios del sistema y, para terminar, se puso a llorar porque me obligó a mentir y ser uno más de los mismos que ella odiaba.
− Y si nos hubiera ido bien ¿estaría llorando igual?
Mi mamá cambió la expresión de triste a furibunda y quiso alcanzarme como cuando tenía ocho años pa mechonearme. − ¡no te las vengas a dar de juez aquí, mira que hace rato que debieras haberte ido!
Verla llorar me produjo algo, no sé bien qué porque dicen que nunca sé nada. Un dolor de guata, una opresión en el pecho, una especie de impulso para hacer algo. Soy raro, al menos eso sé de mí. Reconozco que esa amenaza, nada de velada, de tener que irme de la casa también me provocó una mezcla de cosas raras.
Salí a caminar sin rumbo y me encontré con el Lalo, un compañero del colegio que estaba pintando un negocio por allá abajo. Me vio a lo lejos y me saludó con más cariño del que esperaba. Nos dimos un abrazo como si fuera año nuevo y eso le dije − ¡feliz año nuevo!
− Ya saliste con tus cosas, ¡estamos en marzo!
− Sí, pero el año, el verdadero, empieza con la pega, las deudas, la escuela, la universidad y todo eso pasa en marzo. Antes es como una siesta. No pasa nada desde diciembre.
− Y el tremendo incendio ¿te parece poco?
− Ya, sí. ¿Se te quemó la casa?
− Noooo, menos mal ¿y a ustedes?
− No, estábamos al lado eso sí, nos salvamos no sé por qué.
Me volvió a abrazar y me invitó a ayudarlo, como yo andaba en la nada de mi presente y mi futuro, me puse a pintar y me quedaba bien. El Lalo me dijo que no era pacotillero y me preguntó si tenía pega.
− ¡obvio! Le dije
− Ah pucha
− ¡Obvio que no poh!
Nos pusimos a reír igual que cuando íbamos al colegio, lo vi achicarse y él a mí. Nos vi a los dos flacuchentos y tontones, el Lalo con suerte aprendió a escribir, yo algo más, pero se las arregla mejor en la vida que yo. Me contó que no le faltaba pega, que sabía negociar con las señoras y que si quería trabajar con él porque a veces no podía con todos los encargos. Pensé en mi mamá, su llanto y amenazas y le dije al tiro que sí.
Ya me estaba acostumbrando a desconfiar de todo y de todos, a mirar el mundo con los ojos desencantados de mi mamá y la mirada necesitada de mi hermano. En eso estábamos cuando una señora se quedó mirando el trabajo que llevábamos hecho. El Lalo entró en acción de inmediato.
− Ya mi reina, deme su WhatsApp, me manda la foto de lo que quiere arreglar y le mando un presupuesto altiro.
Pensé que era una broma. Se inventó un grupo que se llama Las amo mis reinas,
Cuando vi los mensajes, casi se me da vuelta el tarro de pintura que llevaba en la mano, de la pura risa por lo que él llamaba saber negociar:
Mire señora Adela el sábado voy air sin farta tuve que apagar un incendio en la pega y me isieron trabajar hasta el domingo.
Por las fotos que me mandó salen 120 lucas
Pero dejémoslo en 100 si le parece
O podemos aserle una rebaja
80 le cobro si quiere
Asta 70 pero más no me puedo bajar
La señora Adela no le pidió rebaja en ningún momento, él se bajaba solo, − es que pa´ todos está difícil, además eso del trabajo hasta el domingo no era cierto y me dio no sé qué – me decía el Lalo compungido sin que yo le estuviera pidiendo explicaciones.
No sé por qué me sentí mejor, casi inocente y confiado en la vida. Como el Lalo. La señora Adela quedó feliz y nos recomendó con todo el barrio y a las vecinas les decía que éramos de confianza. En estos tiempos no sé si hay algo más importante que eso.
Ahora soy algo, tengo un WhatsApp de empresa, “Las amo mis reinas”, trabajo de socio con el Lalo y soy de verdad.
[1] TEA: Trastorno del Espectro Autista
Info : ante el vacío mental del último tiempo para escribir cuentos, una amiga me contó una historia que espero no haber arruinado con contenidos sacados de otros lados.
sábado, 9 de marzo de 2024
Sin ideas
−No
tengo nada que decir.
Eso
repetía a cada rato. En la clase la tarea era analizar el tipo de mujeres que
describía Hemingway en sus textos, pero bastaba una búsqueda sin ningún cuidado
en la web y aparecían sendos ensayos al respecto. Además, estaba cansado de
responder los trabajos, pruebas y tareas pensando en el criterio de la profe
¿qué esperaba que dijera? Lo obvio, lo que ya se sabía: Hemingway era la
personificación del hombre valorado en esa época y por tanto sus personajes
mujeres debían ser caricaturas hechas a su medida. Un personaje que construye a
otros bajo su particular prisma.
Sus
compañeros de clases entendían los códigos sobre los cuales había que construir
las premisas de un ensayo, él también, para eso bastaba mirar las pantallas con
toda clase de imágenes y textos breves. Las tendencias estaban ahí, al alcance
de los dedos y cualquiera que tuviera un mínimo de capacidad de abstracción
podría darse cuenta. Y por si quedaban dudas estaba también la inteligencia
artificial y sus trucos para parecer original.
Los
asientos del parque que rodeaba la universidad estaban llenos de cabezas
conectadas a sus pantallas, algunos conversando, otros solos, otros
aparentemente en grupo, pero solos también. Los árboles y plantas embellecían
ese paisaje de un modo que esa mañana le parecía más una imagen de película
distópica que otra cosa.
Las
mujeres descritas por Hemingway, superficiales, egoístas, sensibleras decían
mucho más de él y su relación con ellas que del efectivo entendimiento de sus
propios personajes, pero no lograba encontrar el sentido de tratar de misógino
o de típico macho a un escritor que, como cualquiera, se tiene solo a sí mismo
para entender lo que le rodea y construir un mundo ficticio paralelo.
Una
vida llena de aventuras, una buena educación, figuración social y libertad para
establecerse en casi cualquier lugar del mundo como gringo o europeo, antes y
ahora, no impide tener los encuadres culturales propios de la época y menos
superar los límites de sí mismo. Eso lo desesperaba y paralizaba al mismo
tiempo. Llevaba esa autoconciencia al límite, rayando en la obsesión de la
propia auto observación, si podía llamarse así a esa sensación persecutoria de
no poder observar el momento que le tocaba vivir desde otra perspectiva que no
fuera la propia.
Podía
obtener la nota máxima si se ajustaba a lo que esperaba y llenaba el mínimo de
páginas y palabras exigidos para tal fin. Una vez intentó probar su punto
escribiendo frases casi al azar que poco tenían que ver con el tema a tratar,
pero incluyendo cada cierto número de caracteres, las palabras de moda
atribuibles a un determinado ángulo de análisis. La calificación le permitía
aprobar, pero se sentía una estafa y estafado al mismo tiempo. ¿Los profes de
verdad leían lo que los estudiantes escribían o solo aplicaban un selector de
caracteres? Como los bots que revisan los CV de los postulantes a
trabajos de acuerdo con el número de conceptos afines entre la descripción de
cargo y las habilidades enumeradas por los candidatos. Quizás aplicaban una
especie de premio al esfuerzo y a la participación en clases y como él era un
discutidor por naturaleza, no podía evitar contradecir a casi cualquiera que comenzara
a aburrirle con alguna perorata sin sentido, según su propio criterio por
supuesto ¿acaso se puede ocupar otro? Así, aunque fuera molesto, era considerado
un alumno participativo y comprometido con la clase. Claro, al lado de todos
esos rostros impasibles, luchando por no dormirse y en quizás qué divagaciones
mentales, él parecía muy concentrado. En suma, un latero.
Tampoco
es que estuviera mal responder y usar las palabras a gusto del consumidor, él
entendía que había que aprobar los ramos y luego ganarse la vida. – ay, si no
fuera por la obsesión de buscar el ángulo diferente de la moda imperante −.
¿Qué pudo haber vivido Hemingway con las mujeres para llegar a desvalorizarlas
tanto? O a temerlas quizás por sus habilidades manipuladoras, de seducción o el
utilitarismo de su conducta. Se trataba de buscar qué tipo de vínculo tenía con
su madre tal vez, o los primeros amores, las expectativas y las decepciones, siempre
complementarias.
Encima
de todo, es impensable que alguien talentoso como el escritor de tantas
historias memorables tuviera una visión uniforme de algo, pero los análisis
tienen un dejo de artificialidad y ciertos límites que es necesario respetar.
También podría ser que una mente disgregada como la suya se iba por recovecos
muy rebuscados y fuera solo un procrastinador más de los millones que se
reconocen como tal.
¿Qué
podría decir él sobre las mujeres? ¿cómo serían sus personajes si escribiera en
lugar de estudiar lo que otros, con menos pudor y persecuciones internas que
las suyas, lograban plasmar en cuentos, poemas o novelas? No creía en las características
de grupo, simplificadoras y llenas de prejuicios, pero necesitaba aprobar el
ramo de una vez y entonces debía escribir, sin más remilgos, lo que la
profesora quería leer y las palabras que esperaba encontrar en el texto de
estudiantes bien formateados en la actual corrección política.
Tenía
que decir por ejemplo que, inclusive en las historias en donde no aparecían mujeres,
también se develaba el modo en que el autor las veía: seres prescindibles y de
escaso aporte. Lo que comprobaba la visión de mundo del autor, el mundo interesante
y donde ocurría lo importante, fuera en tierra o mar, en guerras o cacerías, era
donde estaban los hombres.
Había
que exagerar y tragar un poco de saliva. La mayoría lo hace para aprobar, evitar
un despido, conservar la armonía en la familia y como sea, para él, de eso se
trataba este ramo, de decir algo, aunque no tuviera una sola idea en la mente.
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