domingo, 14 de junio de 2026

Nada especial

 




Estaba convencida de que había algo mal en su configuración, algo había trastocado su lógica porque cuando las cosas iban bien se las arreglaba para desordenarlas, para no hacer lo obvio. A veces se cansaba de intentar y solo quería dejar que su mente divagara y se fuera a cualquier parte y entonces se volvía una autómata predecible. A propósito de esa idea, se acordó de la historia de una supervisora de línea de piezas de autos fabricadas por robots, porque, aunque parezca extraño, los robots automotrices, hasta hace no tanto, necesitaban de un ojo humano que detectase fallas como una pequeña hendidura, una mancha o diferencias en el espesor del metal en alguna parte; tal como hacía ya mucho había unos revisores de textiles capaces de ver fallas en los patrones de estampados o hilados. Ojos de lince, precisos y encima rápidos como un chita cazando una presa. ¿Cómo sería trabajar en eso? alta concentración sostenida por horas. Horas de horas sin poder pensar en otra cosa que cumplir con una tarea. Había que ser especial para eso. Tan especial como para hacer por mucho tiempo lo mismo, lo que fuera. Como un señor, hijo de alemanes, que tiene casi cien años y se dedica a lo mismo que sus padres en el mismo lugar. Es una chocolatería que queda en la galería Gran Palace. Cuando entró, el señor atendía a un turista gringo, le habló en un correcto inglés porque, se sabe, un gringo no se molesta en aprender lo obvio cuando va a un país de habla distinta a la suya, ni tan siquiera un gracias mal pronunciado. Había otra persona antes que ella que esperaba atención. En este último período se quedaba observando los detalles como si después la fueran a interrogar como testigo de algún delito. El color de los anaqueles, el tipo de empaque, la organización de la mercadería, el aroma del local y mucho más. El señor se tomaba el tiempo para cada acción, de modo que cada cliente contara con el tiempo para elegir los chocolates sin prisa, luego se cercioraba de haber comprendido bien el pedido y procedía a la ceremonia del pago. Su vestimenta era formal y vieja de modo que las telas tenían su cuerpo delgado impreso en los codos y dobleces. Ella había elegido con calma mientras los anteriores clientes realizaban su compra. El empaque era la última ceremonia y al parecer la más importante para el chocolatero. Tenía bolsos de papel blanco en diferentes tamaños y un timbre viejo con el logo del negocio. No quedaba conforme hasta que el bolso quedase voluminoso como si llevase muchos bombones en lugar de una caja más bien pequeña como era su caso. Conocía esa galería casi de memoria, como casi todas las del centro, muchos negocios habían cerrado, pero otros porfiados persistían a pesar de todo: El pequeño negocio de colaciones donde al menos tres veces a la semana iba a tomar un consomé con huevo que recordaba el caldo de la abuela; el de regalos poco personales apropiados para compañeros de trabajo, el de boinas y relojes, el de sweaters tan pasados de moda como abrigadores, la librería especializada en temas de derecho y agendas que nadie compra a no ser que sea un regalo de última hora. Nadie mantiene un negocio que no sea rentable, eso la tranquilizaba al ver que los que quedaban tenían una clientela fiel y el señor alemán de los chocolates al parecer la conservaba con justicia: vendía las mejores pasas al ron bañadas en chocolates que había probado hasta ahora. Había que ser especial para quedarse y también para irse y arriesgarse a empezar de nuevo. Para todo hay que ser especial. El centro está lleno de estímulos y, sin embargo, parece atemporal, detenido en algunos sitios y lleno de cambios cada veinte pasos. Lástima que las pasas al ron no hubiesen sido más, lástima que el paso por el centro estuviera cargado de nubes negras, lástima que anduviera siempre apurada, casi como un hábito. También había que ser especial para descuadrarse con el universo y sus explicaciones, para seguir botando cosas a su paso, como los membrillos en un puesto de frutas o seguir pensando que las explicaciones de la física y la neurociencia son decepcionantes por pretenciosas y totalizadoras y aún así, hipnóticas y fascinantes. Y por, sobre todo, qué desalentador no dar con la historia que se busca.


miércoles, 10 de junio de 2026

¿Bailemos?



Me entretuve mirando al japonés bailarín: @Tohru_dance, vi varios de sus videos. Tiene sesenta años y dice que empezó a bailar a los cincuenta y dos. Pensé que era mayor. Me cae bien ese humano que se hizo conocido con un hobbie tan inofensivo como bailar solo en cualquier parte: la calle, el pasillo de su departamento, la playa o un parque. Por alguna razón misteriosa baila mejor las canciones italianas[1], incluida Raffaela Carrá y unos rap nuevos que no había escuchado nunca.

El caballero tiene algunas sorpresas, me entusiasmé revisando sus publicaciones y encontré, cual stalker en funciones, que pertenecía a un grupo de baile con otros dos hombres, ese grupo está en otra cuenta: @ojeys2019 y verlos bailar sus coreografías hace bien. Me hace bien. Bailan alegres, les gusta el soul, el Funky[2]. A veces se luce Tohru y otras sus compañeros le dan paliza en gracia y acrobacia. Se ven contentos.

A veces se unen a Thoru bailarines de su país y ha subido muchos videos con occidentales, varios italianos por supuesto.

Llevo varios días pensando en qué lo hizo decidirse a ser un personaje urbano. Como a muchos, supongo, me parecía que era un tipo solitario al que, agobiado por su trabajo rutinario y aburrido, le había dado por escapar de sí mismo y entonces bailar era una forma de resistencia contra esta época. Un seguidor de Byung-Chul Han, decidido a no dejarse explotar por los mandatos sociales y en rebeldía total con la sociedad japonesa, en vez de trabajar más y ser productivo en cada minuto del día, se puso a bailar. O a lo mejor, no conoce a Byung-Chul Han, pero no quería encasillarse en el rol de viejo que, por su edad, ya debiera estar desempeñando a cabalidad. De acuerdo con lo que dice su perfil, algo de eso hay: nunca es tarde para vivir nuevas experiencias, disfrutar y aprender.

Tohru, tal vez debiera decir Tohru Scan, parece que lleva mucho tiempo siendo alguien sociable, contento y un bailarín sin complejos. En una de esas, vio en las redes una oportunidad de compartir su alegría y contagiar a otros e invitarnos a hacer lo mismo o algo parecido. Me gusta pensar eso, que se atreve y no le importa la opinión chaquetera de los demás.

Por supuesto, también puede ser que sea otro más que cayó en la trampa de la autoexplotación y encontró una forma poco tradicional, dentro de su generación, de ganar dinero como influencer con auspiciadores y todo.

Prefiero la alternativa de un tipo contento y bailarín; libre en los movimientos, con y sin coreografía, solo y acompañado. Rítmico a veces, torpe otras. Un humano en movimiento.

Por mientras, yo bailo, con amigas en grupo y sola en la casa, igual que en la adolescencia[3]

 



[1] Pino D´angio Ma quale idea https://youtu.be/HmINwHCfrbU?si=8hrQUC45Q4R0X0Wt

 

[2] Kokolo Soul Power (lack of Afro remix) https://youtu.be/0jiQeowxL1A?si=3eNMd8eLIOOIaN9s

[3]   Narada Michael Walden, I shoud have loved you https://youtu.be/l_mNREFcYGs?si=i4oWe7JSj2uKY2M9

 


Recomendaciones

  Sigo con la afición de escuchar biografías mientras hago otras cosas de la vida cotidiana . También me dio por tejer: “me dio” quiere deci...