miércoles, 5 de junio de 2024

Otro día

 


Y la vieja me gritó que debí informarle antes. Siempre es lo mismo con mi jefa, que por qué no le dije, que ella tenía que saber todo le que pasaba en su departamento. Es verdad, ahora que se me pasó la furia y el estado de petrificación que se impone sobre mi cuerpo y mi voz cuando alguien me grita, reconozco que no le dije. Me repetí la historia desde el principio, que don Ernesto me había contado del problema eléctrico de la bodega y justo pasó Juan Pablo, el ito eléctrico. Por un buen tiempo le dije Juan Pablito, cuando ignoraba que ito era la sigla para el inspector técnico en obras. De ahí nos fuimos directo al lugar del corto circuito e hicimos las coordinaciones para las órdenes de compra de los repuestos, los horarios en que se harían los cambios sin interrumpir la labor diaria de los equipos de venta. Pensé que era eso lo que más importaba y sigo pensando lo mismo. Justo cuando iba subiendo al piso doce donde está la oficina de mi jefa, para informar de la solución al problema de la bodega, me agarra la señora Sara por un accidente laboral de Andrea, una externa del servicio de aseo, pero que todavía no tenía contrato y entonces la responsabilidad iba a caer en la empresa − ¡pucha la lesera! – fue lo único que pude decir en voz alta porque don Tomás, el dueño de la empresa del aseo, es hermano del dueño de la empresa que me contrató a mí; así es que con voz y actitud de resignada, le dije que me haría cargo. Fui a mi oficina, que no sé para qué la tengo si nunca estoy ahí y llamé a Rosario, la jefa de personal de los del aseo. Trifulca y media, que era el sexto contrato que tenía que hacer apurada porque se había corrido la voz de que si tenían un accidente los contrataban al tiro. Que así era esta gente, que se aprovechaban de inmediato.

Andrea esperaba abajo con el tobillo hinchado y se aguantaba el dolor.

−y ustedes ¿qué les pasa con las escaleras? ¿todavía no ponen las gomas de seguridad?

−Rosario, limítate a enviar el contrato de Andrea; mientras, yo me encargo de convencer al comité paritario de que algún integrante autorizado llene el formulario de derivación al IST por accidente del trabajo.

Era un día de esos en que una debió quedarse acostada con fiebre real o inventada. Todo el día con estupideces que requerían solución inmediata y encima teniendo que ser paciente y no armar más escándalo para no tener problemas con los jefes o los sindicatos. Mi oficina me servía para eso, para poner las morisquetas que quisiera al teléfono sin que nadie me viera o estirarme y hacer como que mandaba sendas patadas en el culo a quien se lo mereciera.

Después de respirar hondo fui a hablar con don Luis, el presidente del comité paritario, un tipo de unos cuarenta y tantos que desde que había asumido esa función, se paseaba casi con lupa por todos lados buscando todos los detalles que había que subsanar para garantizar la seguridad de los trabajadores. Era cierto, pero quería todo para ayer y era imposible hacer todo de inmediato, habíamos tenido como cuatro reuniones este último mes, logramos avanzar en algunas cosas, pero faltaba y siempre iba a faltar y él se largaba en un discurso obsesivo lleno de detalles y reiteraciones de los detalles. − Mire señorita Josefa, ya sé que usted va a decir: ya va a empezar con la cantinela, pero ¡mírese usted pues! Anda con esa falda hippie llena de vuelos, se va a enganchar en cualquier parte y después va a alegar que el reglamento está anticuado que es su derecho vestirse como quiera y que si no va a demandar por discriminación. Y ¿qué quiere que haga yo? ¿qué le digo al comité? ¿que la subjefa es especial? No pues, usted sabe, la seguridad es para todos. Hay derechos y obligaciones y también corren para usted.

Roberto es de esos que hablan a punta de obviedades, puras frases hechas, pero afirmadas en algún manual, puse cara de compungida y traté de sonreír como una niña pillada en falta, el viejo truco de la cara de gato con botas ¿quién no lo ha usado para librarse de alguna norma absurda?

−Prometo que mañana me pongo ropa según el reglamento, pero por favor veamos lo de Andrea, ya supo, supongo.

− ¡Por supuesto! ¿cuántas veces le he dicho señorita Josefa que esa empresa es muy chanta? Que no cumplen con los requisitos mínimos de seguridad para sus trabajadores.

Que no cumplen con los requisitos mínimos de seguridad para sus trabajadores.

−Ya poh Roberto. Córtela con la cantinela, usted y yo sabemos que, si no hacemos nada, la perjudicada es la Juanita y no queremos eso ¿no?

−Siempre lo mismo, por eso nada mejora, porque todo se arregla con parches.

Roberto, estaba convencido de que usaría su pequeña cuota de poder en la empresa de detergentes nacionales para beneficio de los trabajadores, que las buenas prácticas podían llegar a ser parte de un hábito y no la excepción. Por eso estas situaciones en las que falla lo básico le parecían inadmisibles.

−Roberto, ya sé lo que está pensando, le encuentro razón, a pocos nos importa que las cosas se hagan bien, entiendo que usted está empeñado en mejorar las condiciones de todos. Estamos en la misma línea, tras el mismo objetivo final, pero en el camino hay que ir reparando los baches.

−No me salga con sus discursos bonitos que me va a hacer llorar.

Roberto se largó en una carcajada, − entiendo, se hace lo que se puede, tome aquí tiene el formulario del IST.

Josefa tomó el formulario y agradeció con una mueca burlona. Las conversaciones terminaban siempre del mismo modo con Roberto.

La Juanita estaba furiosa por todo el tiempo de espera, había tres compañeras de trabajo suyas acompañándola y envalentonándola para que hiciera escándalo.

−Llevo más de una hora con el pie hinchado y usted paseándose ¿Cuántos cafés se tomó mientras yo estaba aquí esperando que alguien hiciera algo?

−No se equivoque, Juanita, aquí la señorita no tiene la culpa, sus compañeras la están aconsejando mal.

Sara salvó la situación porque yo estaba a punto de tirar el formulario por la cabeza y decirle al taxista que se fuera no más porque la carrera a la urgencia ya no se haría. Mentira, todas esas chorezas que se me ocurren quedan como un diálogo interno imaginario. Al final, sé que me voy a tragar la rabia, cada uno mira lo que vive de un modo tubular. Creo que aquí mi tubo es más ancho porque mi trabajo consiste en conocer a todos y facilitar que la producción continúe.

Lo más desajustado que hice después de ese recorrido matinal, y solo eran las 10.30 am, fue salir de la oficina de mi jefa sin decir palabra y con cara de gol en contra, con la mala suerte que se me quedó atrapada la falda en la puerta y tuve que devolverme. No la miré, pero no sé por qué sentí que ella se asustó y eso me gustó. Masculló algo parecido a una frase de disculpa o eso me pareció. No lo iba a comprobar en todo caso.

Pasaron muchas cosas más ese día, las que tampoco informé porque me amurré y mi silencio, según yo, era más llamativo que el caudal de palabras que salían de mi boca según lo que hay que decir y es apropiado. A lo mejor nadie lo nota, pero me gusta ese encapsulamiento. Un espacio de libertad controlada.

Cerca de las cinco de la tarde pude concentrarme en el protocolo del mes como parte del reglamento de órdenes de trabajo y mantenimiento. A las seis me paré de mi silla, mi jefa se había ido y fue un alivio no tener que despedirme de ella. Una vez en la calle, atravesé y estaba chispeando. Soporté todo el día pensando que antes de volver a mi departamento iría por un chocolate con churros y seleccionaría una película para ver en la noche.

Mi jefa estaba ahí, pero iba de salida −que lo disfrutes− me dijo con una sonrisa. Parecía otra persona, era otra persona.

En mi silencio yo también lo soy.

Debió ser el 21 de mayo

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