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miércoles, 17 de diciembre de 2025

Buenas tardes vecinos

 


Las cosas caen sin razón alguna, pedazos del techo, más pedazos del techo. Afuera, un nido de pájaros sucumbe al viento. El bolso se vacía completo, monedas sueltas, lápices. Pensó de inmediato en su descuido, el hábito de no ir hasta el final, de no preocuparse de los detalles.

Una vela aromática se apaga y se cae un macetero en un lugar al que no prestaba atención hacía mucho.

      Los objetos han comenzado a desplazarse.

 

O era la llegada del verano y el calor que derrite hasta los pensamientos. El crecimiento de plantas y malezas que obliga al movimiento para mantener el equilibrio, para que se vea, en la superficie al menos, que el paisaje es el mismo y está ordenado.

 

      Es difícil mantener el equilibrio.

El orden, el paisaje predecible y caminable incluso a ciegas, requiere años de inversión: tiempo, dinero, movimiento y pasividad. Alguien en su sano juicio no cambia eso por la incertidumbre, por explorar otras vidas y otros ajustes. Al revés, la mayoría contiene y redirige sus esfuerzos durante muchos años para que el premio sea la certeza y la sensación de que nada va a pasar y entonces al fin poder descansar y vivir – o morir – en paz y tranquilidad.

Algo había comenzado a ceder, a dejar espacio y grietas. Algo se abría paso en medio de sensaciones sin nombre. O podría ser el hábito nacional de considerar que la historia transcurre entre terremotos, esa convicción de que siempre pasará algo azaroso que puede cambiar todo en unos minutos.

Lo cierto es que algo se movía, afuera y adentro.

Con esas divagaciones Ernesto, quien debía su nombre a la admiración de su padre por Óscar Wilde, comenzaba un nuevo fin de semana. Podía decirse que todo estaba bien y que cada segundo era como tenía que ser. Leer a los estoicos había tenido sus consecuencias. Su padre tenía razón, para variar, − cuidado con lo que lees, con las películas que ves, con las personas que te reúnes, porque moldean tu mente y las decisiones que tomas – tenía razón el viejo que ya no era ni la mitad de sí mismo, pero era más libre de lo que él nunca había sido.

Bonito y tranquilo fin de semana decía el mensaje de la vecina buena ondis del grupo de WhatsApp que había sido creado para enfrentar juntos los esfuerzos y cuidados del estallido, la pandemia, la delincuencia y que, como consecuencia, había generado una vigilancia entre unos y otros, que a él le parecía extrema y detestable. Cada vez que salía y entraba a su comunidad, así llamaban ahora a un condominio o un grupo de calles cerradas, sentía que alguien vigilaba sus pasos.

No había nada que vigilar con él, nada interesante hasta ahora, y le parecía de lo más odioso vivir en una supuesta comunidad. A veces quería escandalizarlos un poco y dejar su apariencia de señor respetable y caballero igual a todos los demás del barrio: pantalón beige, camisa azul, pantalón azul marino y camisa celeste. Corrección total, sus deslices de joven, como los de todo caballero que se precie, no quedaron grabados en ninguna cámara. Quedaron ocultos hasta en su memoria y en sus eventuales cómplices, ya tan correctas como él. Hasta hacía poco, consideraba que esos momentos de lado B eran sus medallas de batalla, de haber hecho lo que se espera de un hombre: trabajar, criar, cortar el pasto, comprar la casa para el retiro y ocasionalmente tener algunos momentos de disfrute y de visita al lado no oficial que lo confirmaban como un hombre hecho y derecho.

Quien sabe, sus eventuales cuestionamientos a lo que había hecho de su vida con las circunstancias que lo rodearon eran parte de lo que se suponía había que hacer a su edad. Estar en paz requiere un acto de contrición de tanto en tanto. ¿Se pudo hacer mejor? ¿pudo haber hecho menos daño? Por supuesto, siempre se puede ser mejor.

Ernesto no sabía por qué, de tanto en tanto, tal vez con la misma frecuencia de los terremotos, le daban ganas de empezar de nuevo, de mandar todo a la mierda y considerarse de nuevo como un espíritu capaz de volar. Como cuando andaba en bicicleta saltando montones de tierra y por un instante no medible sentía que estaba suspendido en el aire gritando y sintiendo una euforia que lo hacía reír como nada, como nadie.

Se imaginaba en otra parte, cerca del agua, viendo crecer brotes de lo que fuera que hubiera querido plantar, tal vez tomar la bicicleta de nuevo alejarse de casa como cuando no había celular y nadie sabía dónde andaba o con quién. Normal, todos extrañan la vitalidad de la juventud, se decía en voz alta, para aplacar esos momentos de movimiento interno. Además, se sabía que tipos como él hacían que la sociedad siguiera funcionando, si demasiados siguieran sus impulsos quizás qué quedaría del sistema. Borrón y cuenta nueva tienen una edad: la infancia y la adolescencia son para sacar la página, hacer de nuevo un ramo, cambiar de carrera. Un estoico lo sabe, se sacudió esas ideas y escuchó el llamado para ir a almorzar, dejó las tijeras de podar, se refrescó la cara y lavó sus manos, todo estaba bien.

Solo como un ejercicio, se quedó callado y no dijo nada durante el almuerzo. En un momento pensó que ya no estaba ahí, que veía a los demás a través de un vidrio. No lo resistió más de media hora, era una especie de angustia, la necesidad de ser necesitado que había considerado un peso y un deber, era la conexión consigo mismo después de todo. La afirmación y confirmación de ser quien era con su circunstancia.

Todo estaba bien.

Tranquilo y lindo fin de semana vecinos.

Algo se movía, algo pasaba allá afuera, pero no estaba bajo su control, cuando ocurriera, el terremoto, real o no, sabría qué hacer.

 

David Gilmour, Where We Star

https://youtu.be/ceay27EWvPs


martes, 21 de noviembre de 2023

Ellas bailan

 

Foto de Ксения Юрова: https://www.pexels.com/es-es/foto/gente-mujer-bailando-bailarines-11254977/


El profe dice que la cara también baila y Lalita se acuerda entonces de sonreír. Al principio no podía, parecía que estaba estudiando matemáticas con esa expresión de concentrada y con el ceño fruncido. Después de varios meses es capaz de hacerlo casi sin perder el paso, no siempre al menos.

Las más jóvenes aprenden con facilidad las secuencias y parecen dominar mejor algunos segmentos del cuerpo que a Lalita se le escapan del control, se resisten, no se mueven no más. No por ahora. El cuerpo es más sabio que una pensaba Delia y, aunque a veces era difícil levantarse, se había prometido cumplir con un compromiso hecho consigo misma. El día se arregla con música, movimiento y buena compañía. No había faltado más que por razones muy justificadas. Si no iba, el día se desenvolvía lento y monótono, el cuerpo le reclamaba.

      ¡Levante la cara, baje los hombros!

Clara era feliz bailando y se le notaba. No podía evitar sonreír y la gracia natural le salía como luz del cuerpo según la bruja Amelia que decía que veía el aura. A Oriana le brotaba la gracia cuando se imaginaba que Darío la estaba mirando, igual que cuando bailaba en la cocina o barriendo las hojas del jardín. Se reía sola cuando pensaba que le hubiera gustado bailar con él y mostrarle que ahora era diferente, pero ya no estaba para verla. A veces se imaginaba que la iba a ir a ver y la invitaría a bailar, por tontear, por fantasear leseras no más.

      ¡Las manos con actitud, complete el movimiento, use el espejo!

Nadia no se miraba, se ocultaba detrás de otras para no verse, alguna vez le gustó mirarse, ahora le era difícil, en eso coincidía con las más jóvenes: no se critica el cuerpo de nadie excepto el propio. Su desafío era soportar una canción entera mirándose. Podría ser el merengue de Turizo, la coreografía que mejor le salía.

La mayoría llegó porque era necesario hacer algo de actividad física, moverse, salir del sedentarismo y el letargo. Las que se quedaron fueron las niñas, las que querían seguir jugando cómplices en un mundo propio, sin complicaciones ni otra pretensión que disfrutar de la música con todos los sentidos. El profe también se divierte jugando con ellas y sus ilusiones de bailarinas, alienta los avances y corrige porque los juegos son de lo más serio que ocurre en la vida.

Dile a la mañana que mi sueño se acerca, que lo que se espera con paciencia se logra. De esa canción se acordaba Sussy cuando se equivocaba de paso y partía para el lado contrario[1].

A veces se puede ver colores entre las bailarinas: la coordinación es calipso, las sonrisas son fucsias, la actitud es naranja, los deseos de seguir son verde menta y cuando aprenden una nueva canción el lila se apodera de todo el salón. En los momentos en que se han superado los motivos particulares para bailar y ya los pasos aprendidos son amigos, hay luces y colores intermitentes por el solo gusto de estar ahí.

Pa' bailar contigo (pa' bailar),

Se me alegra la nota

Quiero cantar contigo (quiero)

 



[1] Juan Luis Guerra Bachata en Fukuoka https://youtu.be/_4NBD3SqBwg?si=XsBjHhyH5ofs5Yu0

 

miércoles, 8 de noviembre de 2023

Yal


Alguien que entró al blog leyó dos textos: “Cerezos en Flor” y “Susurros Florales”, el segundo es un cuento y el primero solo palabras amontonadas con algo de redacción. En realidad, puede que sean distintos lectores, no hay cómo saber, pero ambas entradas, para ser más descriptiva y fenomenológica, me hicieron relacionar ese montículo de palabras. Conclusión, me resulta inevitable la repetición de temas y relacionar las flores con los afectos y la jardinería como una labor de conexión con ellos y un inútil intento de control.

Acabo de ver el blog de nuevo y alguien leyó el texto “Tardes de Jardín”, será coincidencia supongo, entonces también lo leí: demasiados adjetivos diría Francisco, inolvidable primer profe de taller, pero me parece poco honesto corregirlo y enfriarlo. Además, es solo una descripción o asociación de ideas, sin trama y un final que se lee forzado. Como cuento salva poco, como sensación harto más, al menos para mí que estaba empezando con esta compulsión.

Me gusta más, Susurros Florales, hasta lo encuentro casi bueno, como si no lo hubiera escrito yo. Ya sé, la inseguridad, el síndrome del impostor, la otredad de quien puede tomar distancia de sí mismo y siente ajeno un contenido. Qué maravilla es la mente. Leer algo como si otra persona lo hubiera escrito y hasta identificarse con la emoción que describe tal cual se tratara de una historia japonesa, albanesa, islandesa no solo lejana sino perteneciente a otras vidas. En Islandia también hay jardines bellos, en Japón ni hablar, las flores son casi deidades como el período de sakura: el florecimiento de los cerezos. Todo se relaciona, las piezas calzan porque debe haber un paisaje interno tan oculto como la propia sombra. ¿Y en Albania hay jardines? Donde existan humanos habrá jardines, reales o imaginarios.

Por supuesto no es una idea original y no me voy a amargar por eso y confieso, para mayor abundamiento en mis fallas, que tengo fijación con los jardines y me hago juicios sobre las personas según si cuidan o no el suyo.

No puedo pensar en vivir en un departamento y no tener un jardín, no mientras me pueda las patas y el propio cuerpo y entonces, con casi total seguridad, puedo decir que seguirán apareciendo las flores, la tierra, los árboles y sus habitantes en futuros textos. En el último paseo a un cerro vi tres lagartijas, una tarántula cachorra y un yal, un pájaro cuyo canto había oído, pero que no había visto de cerca. Estaba parado en una rama ignorando a los humanos y posando para un montón de teléfonos. Digo futuros textos porque se transformó en un hábito y casi compulsivo, exagero obvio, insano a veces, inútil siempre y rara vez satisfactorio según criterios muy idiosincráticos.

¿Usted sabía de la existencia del yal? - Moi non plus – diría una conocida y vieja canción francesa. Aquí va el link del canto del yal[1], no de la chanson.

Habitantes del bosque y jardines invadidos por humanos.


Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...