Las
cosas caen sin razón alguna, pedazos del techo, más pedazos del techo. Afuera,
un nido de pájaros sucumbe al viento. El bolso se vacía completo, monedas
sueltas, lápices. Pensó de inmediato en su descuido, el hábito de no ir hasta
el final, de no preocuparse de los detalles.
Una
vela aromática se apaga y se cae un macetero en un lugar al que no prestaba
atención hacía mucho.
− Los
objetos han comenzado a desplazarse.
O era la llegada del verano y el
calor que derrite hasta los pensamientos. El crecimiento de plantas y malezas
que obliga al movimiento para mantener el equilibrio, para que se vea, en la
superficie al menos, que el paisaje es el mismo y está ordenado.
− Es
difícil mantener el equilibrio.
El
orden, el paisaje predecible y caminable incluso a ciegas, requiere años de
inversión: tiempo, dinero, movimiento y pasividad. Alguien en su sano juicio no
cambia eso por la incertidumbre, por explorar otras vidas y otros ajustes. Al
revés, la mayoría contiene y redirige sus esfuerzos durante muchos años para que
el premio sea la certeza y la sensación de que nada va a pasar y entonces al
fin poder descansar y vivir – o morir – en paz y tranquilidad.
Algo
había comenzado a ceder, a dejar espacio y grietas. Algo se abría paso en medio
de sensaciones sin nombre. O podría ser el hábito nacional de considerar que la
historia transcurre entre terremotos, esa convicción de que siempre pasará algo
azaroso que puede cambiar todo en unos minutos.
Lo
cierto es que algo se movía, afuera y adentro.
Con
esas divagaciones Ernesto, quien debía su nombre a la admiración de su padre
por Óscar Wilde, comenzaba un nuevo fin de semana. Podía decirse que todo
estaba bien y que cada segundo era como tenía que ser. Leer a los estoicos
había tenido sus consecuencias. Su padre tenía razón, para variar, − cuidado
con lo que lees, con las películas que ves, con las personas que te reúnes,
porque moldean tu mente y las decisiones que tomas – tenía razón el viejo que
ya no era ni la mitad de sí mismo, pero era más libre de lo que él nunca había
sido.
Bonito
y tranquilo fin de semana decía el mensaje de la vecina buena ondis del grupo
de WhatsApp que había sido creado para enfrentar juntos los esfuerzos y
cuidados del estallido, la pandemia, la delincuencia y que, como consecuencia,
había generado una vigilancia entre unos y otros, que a él le parecía extrema y
detestable. Cada vez que salía y entraba a su comunidad, así llamaban
ahora a un condominio o un grupo de calles cerradas, sentía que alguien
vigilaba sus pasos.
No
había nada que vigilar con él, nada interesante hasta ahora, y le parecía de lo
más odioso vivir en una supuesta comunidad. A veces quería escandalizarlos un
poco y dejar su apariencia de señor respetable y caballero igual a todos los
demás del barrio: pantalón beige, camisa azul, pantalón azul marino y camisa
celeste. Corrección total, sus deslices de joven, como los de todo caballero
que se precie, no quedaron grabados en ninguna cámara. Quedaron ocultos hasta
en su memoria y en sus eventuales cómplices, ya tan correctas como él. Hasta
hacía poco, consideraba que esos momentos de lado B eran sus medallas de
batalla, de haber hecho lo que se espera de un hombre: trabajar, criar, cortar
el pasto, comprar la casa para el retiro y ocasionalmente tener algunos
momentos de disfrute y de visita al lado no oficial que lo confirmaban como un
hombre hecho y derecho.
Quien
sabe, sus eventuales cuestionamientos a lo que había hecho de su vida con las
circunstancias que lo rodearon eran parte de lo que se suponía había que hacer
a su edad. Estar en paz requiere un acto de contrición de tanto en tanto. ¿Se
pudo hacer mejor? ¿pudo haber hecho menos daño? Por supuesto, siempre se puede
ser mejor.
Ernesto
no sabía por qué, de tanto en tanto, tal vez con la misma frecuencia de los
terremotos, le daban ganas de empezar de nuevo, de mandar todo a la mierda y
considerarse de nuevo como un espíritu capaz de volar. Como cuando andaba en
bicicleta saltando montones de tierra y por un instante no medible sentía que
estaba suspendido en el aire gritando y sintiendo una euforia que lo hacía reír
como nada, como nadie.
Se
imaginaba en otra parte, cerca del agua, viendo crecer brotes de lo que fuera
que hubiera querido plantar, tal vez tomar la bicicleta de nuevo alejarse de
casa como cuando no había celular y nadie sabía dónde andaba o con quién.
Normal, todos extrañan la vitalidad de la juventud, se decía en voz alta, para
aplacar esos momentos de movimiento interno. Además, se sabía que tipos como él
hacían que la sociedad siguiera funcionando, si demasiados siguieran sus
impulsos quizás qué quedaría del sistema. Borrón y cuenta nueva tienen una
edad: la infancia y la adolescencia son para sacar la página, hacer de nuevo un
ramo, cambiar de carrera. Un estoico lo sabe, se sacudió esas ideas y escuchó
el llamado para ir a almorzar, dejó las tijeras de podar, se refrescó la cara y
lavó sus manos, todo estaba bien.
Solo
como un ejercicio, se quedó callado y no dijo nada durante el almuerzo. En un
momento pensó que ya no estaba ahí, que veía a los demás a través de un vidrio.
No lo resistió más de media hora, era una especie de angustia, la necesidad de
ser necesitado que había considerado un peso y un deber, era la conexión
consigo mismo después de todo. La afirmación y confirmación de ser quien era
con su circunstancia.
Todo
estaba bien.
Tranquilo
y lindo fin de semana vecinos.
Algo
se movía, algo pasaba allá afuera, pero no estaba bajo su control, cuando
ocurriera, el terremoto, real o no, sabría qué hacer.

