No era que lo hubiera ensayado,
pero en un tiempo resbaloso, a veces pegajoso y otras vertiginoso, oso oso y
rara vez maravilloso, pero en alguna ocasión sí, la escena resultó casi calcada
a lo que había imaginado. Un ambiente cargado de cordialidad, muchas sonrisas y
una confianza construida paso a paso. Nunca he sido buena para las dobles
lecturas, así es que en estas circunstancias opto por los datos, por lo que
puedo escuchar, porque los ojos también pueden ser engañosos y desmentir lo que
se declara. Me quedo con las palabras. Incluso las que yo dije, aunque brotaran
desde el ensayo. De los muchos ensayos mentales frente a esta hipotética escena
que nunca llegaba. Ya sé que me contradigo, pero los humanos somos así ¿no? Mis
amigas, si supieran, estarían orgullosas de mí, por mi esfuerzo, por mostrarme más
o menos entera, eso creo, porque estaban hartas de escuchar relatos de migajeras[1] impenitentes o de fugitivas
que suelen bloquear, eliminar o hacerse las desaparecidas cuando en realidad
nadie las persigue ni las espía. Que lástima que no pueda presumir porque soy
de las que escucha y no de las que hablan. Como fuera, me las imaginé haciéndome
barra, reivindicando el orgullo personal y el amor propio. Casi podía oírlas − ¡Seca
amiga!, ¡así se hace! ¡amo tu actitud! Y todas esas frases medio gringas, medio
mexicanas que pasaron de las redes sociales a la vida cotidiana.
Hacía poco había estado escuchando
una canción viejísima[2], una tía mía la escuchaba
en el auto cuando íbamos al mall, la cantaba con el corazón y yo no entendía por
qué, pero me la aprendí y la cantaba en tono burlón − mijita, ojalá usted no
pase por esto − hasta que pasé y tanto que me burlé de la tía. La canción no
tenía nada, creo que lo que me marcó era la forma en que la veía y los
misterios que encerraba una letra tan simplona y que sin embargo la emocionaba
tanto. No le pregunté. No me gusta que me pregunten tampoco.
Ahora que recuerdo el momento que
tanto esperaba, me veo diciendo lo que tenía que decir. Esa es la trampa de la
vida en vivo y en directo, una hace una jugada por lo que puede ver y lo que es
capaz de hacer. Como en el básquetbol, una hace un cálculo mental con una
velocidad increíble ¿doy un pase o tiro al aro? Entonces una recorre la
distancia, recuerda la fuerza del brazo y el cuerpo entero, mira hacia el lado cómo
se acercan las jugadoras del otro equipo aleteando y obstaculizando el probable
paso de la pelota y solo queda asegurar y hacer algo pronto. Si una tira al aro
habrá alguien reclamando porque estaba en mejor posición para hacer el doble, si
una tira el pase, habrá otra que reclame que lo que había que hacer era lanzar
al aro y arriesgar. Lo que nunca se sabe es el resultado. ¿Una campeona hubiera
dicho lo que dije? No sé. A lo mejor sí. Tal vez encesté y no me di cuenta. Esta
situación me recordó a una compañera de equipo que, viendo perdida la pelota,
porque se le venía todo el equipo contrario encima, la lanzó hacia atrás al
menos para detener el partido y buscar un saque que nos permitiera volver a
juntarnos y armar otro intento, la suerte quiso que la pelota entrara. Se cayó
el gimnasio de gritos por lo espectacular del tiro. Ella no lo vio porque
corrió hacia adelante para defender el ataque que vendría. Todas la abrazamos y
cuando se dio cuenta de lo que había pasado fue feliz todo el partido, aunque igual
perdimos. Después vino la charla del entrenador: falta trabajo en la semana,
más fuerza en los tiros, más velocidad y toda esa cháchara que también una se
dice después de que ha intentado todo y no resulta.
Así estaba yo, dándole la cháchara a
una amiga que me hablaba y me hablaba y yo respondía lo que podía, en especial porque
estábamos conversando un espumante, el trago que engorda menos, pero marea igual
y me vino, a pito de nada, es decir por culpa del alcohol, el impulso de
mandarle al susodicho una canción. Que porquería bajar los umbrales del
autocontrol. Eliminarla hubiera sido peor. Al menos tenía claro que, como
muchas veces, no me iba a decir nada, no preguntaría y se haría el de las chacras.
No quise darle más vueltas porque así es la cosa, a veces una se pifia.
− ¡Vamos, vamos! Vuelva al partido,
siga jugando – hubiera dicho el entrenador.
Activé los ´un error lo comete
cualquiera´, ´hasta la IA se cae´ ´qué tanto color´ y volví a la cháchara con
mi amiga, recurrí a los: tienes que ser tú misma, créete el cuento, a lo mejor
hay otra vida, pero no sabemos, así es que juégatela ahora y al consabido una
se arrepiente más de lo que no hizo de lo que sí y por supuesto a que la vida
es así, con nervio, que nada se iguala a estar en medio del vértigo de la
jugada. No es lo mismo estar en la galería, se parece, pero no es lo mismo.
Creo que podría ser una buena entrenadora porque cuando una se inspira, se
inspira.
Mi amiga perdió el partido, él le
salió con que la vida es compleja, que no estaba preparado, que prefería
distanciarse porque no quería sentir ansiedad y que recién se había cambiado de
pega y no podía concentrarse en otra cosa por su déficit atencional. Debe ser
difícil decir – no te quiero del mismo modo que tú – o cualquier otra cosa
parecida. Y escuchar eso, más difícil todavía. Como cuando me dijeron que no
estaba en la selección porque había mejores jugadoras. Salí caminando rápido y
ya lejos del colegio me puse a llorar. Al otro día llegué con el discurso de
que en realidad el deporte no era tan importante para mí, que me interesaba
entrar a la universidad y todos los soldaditos defensivos de mi mente salieron
al paso para permitirme abrazar a las amigas del equipo y prometerles que
estaría en la galería gritando todos los partidos. Promesa que cumplí.
Con mi amiga del espumante apliqué
´a otra cosa mariposa´ adornado con ´ya saliste de eso´, ´está bien tener pena,
pero de amor nadie se muere´ y no pude evitar acordarme de mi tía y otras de
sus canciones corta venas[3]. Y, por último, ´en unos
años más nos vamos a reír de esto´. Esa última no sirve mucho, en momentos así,
la eternidad se siente en cada poro y yo lo sabía bien. Cuando dije esa frase,
me arrepentí enseguida y solo pude pasarle unos pañuelitos que llevaba en mi
mochila. Yo también lloré y no sabía bien si era por empatía o por leseras mías.
−A veces una tira al aro y sale
otra cosa.
Eso era lo más adecuado para el
momento, pero ella no era basquetbolista y no sé si me hubiera entendido. Tenía
claro que no iba a caer en los ´él no te merece, él se lo perdió y los hombres son
así, básicos´ porque para despechadas, con y sin disimulo, ya hay de sobra.
Aunque he de reconocer que dan ganas.
Volviendo, al fin, a mi propia
escena, creo que me salió casi bien, jugué a lo único que sé, no me arriesgué a
perder de nuevo. La única salida era el disimulo en lugar de un discurso
enredado y subterráneo e igualmente perdedor.
La mala noticia es que mi
tartamudeo desmentía cada una de mis palabras.
− ¡Juegue! ¡juegue!
Así decía el entrenador cuando una
se pifiaba. Así es que olvidaré el tartamudeo y mi cuerpo enredado y seguiré
dando bote a la pelota hasta que se acabe este eterno partido.
[1]
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divertidas
[2] The Rah Band, Clouds Across
the moon. https://youtu.be/d6QWX8gG-o0?si=hqgiHN9OKaDd8TrX
[3] Gianni Bella, de amor ya no se muere https://youtu.be/irRrwbY-IFw?si=jUePbzBtDHwbQWMu