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miércoles, 1 de abril de 2026

La Confusión de sentimientos, novela de Stefan Zweig



Tengo una amiga con la que comentamos libros, no siempre estamos de acuerdo en las opiniones lo que enriquece la conversación sin duda. Hemos coincidido en el gusto por Stoner de John Williams, Gente Normal de Sally Rooney, La Intemporalidad perdida de Anaïs Nin; ella me recomendó a Sandor Marai y a Milán Kundera y me encantaron. Yo le recomendé a Murakami y al principio a ella no le gustó y más tarde sí. No coincidimos con Elena Ferrante que a mí me encantó y a ella la aburrió. Me presentó a Mishima y si bien me fascinó su biografía no he pasado de leer algunos de sus relatos más cortos. Ayer en la mañana le conté de Sumisa de Dostoievsky, de la Muerte en Venecia de Thomas Mann, el recuerdo de De profundis de Oscar Wilde y también de mi dificultad para leer algunas cosas de Stefan Zweig. Ella se acordaba de un libro de ese autor que leyó en su adolescencia temprana, La Confusión de sentimientos, y yo le conté de Servidumbre Humana que leí demasiado pronto también. Es impresionante como algunos libros pueden marcar la vida, pero ese es tema para otra reflexión.

Como he tenido menos trabajo y ayer fue un día con muchas horas libres, pude escuchar completa la novela La confusión de los sentimientos y quedé impresionada. Pido mis sentidas disculpas al espíritu de Stefan Zweig si anduviera por alguna dimensión en que le importara lo que opine o no una lega. Debe ser el libro con la mejor declaración de amor que haya leído/ escuchado hasta ahora, que maravilla de texto, conmovedor y transparente. De nuevo me quedo sin palabras. Me dieron ganas de tener en papel las últimas páginas, no es lo mismo oír que leer. En el libro, las palabras escritas se atesoran, los sonidos tienen otra sede, otra memoria. La palabra escrita e impresa se puede tocar y hacerla propia.

En la adolescencia más tardía, a los 16 o 17 años, en esa época en que transmitían teleseries brasileñas después del almuerzo, vi una escena en la que Lauro Corona declaraba su amor inconfesado a Malu Mader, no recuerdo las palabras, solo la emoción que sentí al escucharlo. He buscado en YouTube esa escena sin éxito. A lo mejor no era tan impresionante como para que alguien la hubiera guardado. Me vino a la memoria por lo que sentí al escuchar la última parte de La confusión de sentimientos. Los canales de la memoria son muy particulares, las carpetas se abren por similitud o antonimia o por una melodía o un aroma o un conjunto de palabras que crean un mundo, otro mundo.


lunes, 30 de marzo de 2026

Últimas lecturas


Terminé de leer La muerte en Venecia de Thomas Mann, también el Tercer amor de Hiromi Kawakami, escuché La sumisa de Dostoievski y Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig. Tengo pendientes varios más en el velador, en el librero del escritorio y otros cuantos guardados en el teléfono. La vida no alcanza, porque suena mucho, pero han pasado meses, tres, desde que los comencé.

Y así los días y los años.

Que impresionante es Dostoievski, si solo hubiera un autor que retratara a la especie humana creo que él sería el que daría con la descripción más fidedigna de la gama de posibilidades de conductas, desde las más viles hasta las más nobles, sin pasar por las caricaturas de los malos ni la idealización de los buenos.

Me impresionó La muerte en Venecia, me recordó a Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gary y sobre todo De profundis por las notas de ambos sobre la belleza y la decadencia personal que puede incluir una pasión de lejos o de muy cerca. Que básico se lee mi comentario. La forma en que Thomas Mann envuelve y desenvuelve la historia y muestra y esconde el desarrollo de la fascinación de Aschenbach requiere de delicadeza y al mismo tiempo de valentía para abordar un tema que lo tocaba en lo personal. Solo los grandes pueden hacer del dolor o la dificultad un acto de belleza, una afirmación estética en la que no falta ni sobra nada.

En De profundis Oscar Wilde despliega una carta en la que pareciera no concederse ningún refugio para esconderse ni de sí mismo y que difícil es aceptar esos lados oscuros inconfesables, esos momentos en que se ha sido egoísta, miedoso, complaciente, débil, crédulo sin haber tenido en la conciencia ninguna otra alternativa más decorosa para el juicio personal posterior.

Sobre Stefan Zweig, me gusta mucho también, tal vez su estilo es más rebuscado, con muchos adjetivos y un estilo más propio de su época por lo que se me hace un poco más árido, pero muy buen psicólogo también.

Tendré que leer más relatos de Thomas Mann.


La Confusión de sentimientos, novela de Stefan Zweig

Tengo una amiga con la que comentamos libros, no siempre estamos de acuerdo en las opiniones lo que enriquece la conversación sin duda. Hemo...