sábado, 25 de abril de 2026

Incómoda

 

Foto de Diego Romero pexels.com


Caminábamos por Santos Dumont, una calle con las veredas disparejas en la que había que poner atención para no tropezarse o doblarse los tobillos. Estábamos los tres un poco incómodos por alguna razón, al menos yo sabía qué me pasaba a mí, pero no identificaba en lo absoluto qué se traían los otros dos. Si hubiera sido menos adecuada o bien portada podría haber preguntado algo, pero, como siempre, preferí hablar de cualquier cosa, hacerlos reír un poco, comentar algo acerca de la última prueba o de un libro que estaba leyendo. Aún con todo mi esfuerzo, ambos parecían empeñados en no hablar entre ellos y solo dirigir su atención a lo que yo decía. Eran tres cuadras antes de llegar al paradero de la micro y se me hicieron eternas creo que a ellos también. Por suerte cada uno iba en diferente camino o eso nos hicimos creer. Yo solo quería salir de esa situación. Meses después me enteré de que justo el día anterior habían decidido terminar su relación, más bien ella con él y no querían verse, pero las obligaciones académicas en curso requerían de su presencia. Con esa información la incomodidad de ellos pareció comprensible. La mía también, aunque por motivos diferentes.

No me di cuenta cuando, mucho tiempo atrás, Roberto me pedía información acerca de Rosita y yo se la prodigaba con todo detalle. En algún momento le sugerí invitarla al club de lectura y pronto se hicieron inseparables. Misión cumplida.

Esa situación me recordó a otra que no se parece en nada excepto en mi incapacidad de decir lo que hay que decir. Uno de los chicos bonitos del grupo de amigos del colegio, me invitó a una fiesta y terminé sola porque apareció su ex y él corrió a buscarla. La reconciliación fue inmediata y yo, que no tenía nada que ver en la situación, el chico bonito no me importaba en lo absoluto, me gané el odio de la ex ex. Después de esa ocasión comenzaron a llegar a mi celular mensajes anónimos con amenazas que me demoré mucho en tomar en serio. Siempre pensé que alguien se había equivocado de objetivo porque, muy a mi pesar, no tenía ninguna historia que contar y menos que ocultar. Mi vida transcurría más en mi imaginación y a pesar de lo prolífica que era en esas lides, la fantasía no me daba para imaginar que esa chica, la llamaré Gladys aquí, pensara que yo era la culpable de todos sus problemas con el chico bonito. El asunto se puso color hormiga cuando él comenzó a darme explicaciones y a pedirme perdón. Para variar yo no entendía nada. Creo que Gladys tenía más imaginación que yo y me atribuía un poder ilimitado para manipular a su chico bonito. Yo lo veía rara vez y siempre acompañado por más personas, inclusive de ella. Ahora que me acuerdo de esa historia lo que más me intrigaba eran las situaciones se imaginaba Gladys, por qué se le ocurrió ponerme a mí como su némesis. Por lejos yo era la menos interesada en su chico bonito y la más inofensiva para él o cualquiera, en ese tiempo y ahora también.

El chico bonito también era todo un caso, debajo de su apariencia de galán adolescente, fanfarrón y seguro de sí mismo, se alojaba un personaje muy oscuro, eso creo ahora. En ese entonces, todavía confiaba en las palabras y el poder creador de las mismas. Antes de pedirme perdón, ahora que recuerdo bien o invento mejor, ¿cómo saber? Con su mejor tono de amabilidad me preguntó si era yo quien enviaba mensajes a Gladys desde un número de celular desconocido, que como los celulares pueden tener más de un chip y cuentas diferentes en las redes sociales, a lo mejor yo, confundida por su invitación a aquella fiesta y despechada por su conducta tan poco considerada, la había agarrado con su novia y entonces me dedicaba a enviarle mensajes que la herían y le hacían pensar mal de él.

Cuando me veo en esa escena no puedo convencerme de lo pajarona que podía ser, estaba tan sorprendida que no sabía cómo responder, todo el rato repetía ¿qué?, pero ¿qué? y no salía de ahí. Además, me parecía poco apropiado decirle que él nunca me había importado nada, que lo encontraba tonto y torpe como una puerta y que su copete de los años cincuenta se me hacía ridículo. En la mentada fiesta me dediqué a bailar con quien fuera y que me llevaron a mi casa sin ningún problema y nunca más me acordé. No sabía por qué él atribuía a su conducta un significado y un peso tan enorme. De algún modo porque la mente puede ser todo lo rara que se pueda, empecé a dar explicaciones, a decirle que a lo mejor yo no manejaba bien los códigos que como nunca había estado en una relación no entendía las complejidades y los ritos que debían respetarse y que, en una de esas, había sido desconsiderada con Gladys y con él, pero que juraba y requete juraba que no había mandado ningún mensaje, que ni siquiera la tenía agregada en mis redes sociales y que, encima de todos, mi celular era viejo y barato y no tenía doble chip.

Era una de esas situaciones en las que una termina pidiendo perdón y no sabe por qué.

Para colmo de la mala suerte, eso creía yo, Gladys justo llegó cuando el chico bonito y yo nos despedíamos y él me abrazó como si estuviese consolándome por algo. Ese abrazo se me hizo eterno, solo quería salirme de ahí y él no me soltaba. Duró tanto que Gladys alcanzó a llegar y lo tironeó del polerón con gran violencia. A mí no me dijo nada, se lo llevó rápido y los gritos se oían de lejos − ¡no te creo nada! – es lo único que logré oír.

Me quedé con una sensación extraña de culpa y sorpresa. Leí los mensajes de nuevo y ya no me parecieron graciosos. Tenían faltas de ortografía evidentes y las groserías no eran de tan alto calibre como podían ser, suponía, esa clase de mensajes.

El momento del perdón llegó de manera extraña, el chico bonito se me acercó acompañado de Gladys y me soltó en una sola frase, mirando al suelo como un niño recién castigado – Yo les envié mensajes a las dos – como siempre, no pude decir nada. Al verlos acercarse mi mente solo podía prepararse para un ataque y no era capaz de hilar nada lógico. En ese entonces, si bien me llevaba bien con mucha gente, no tenía ni una mejor amiga siquiera como para poder analizar esa situación tan extraña para alguien tan quitada de bulla como yo. No dije nada. El chico bonito pedía perdón con frases hechas, sin mirar y Gladys me miraba altiva y dueña de la situación. Tampoco dijo nada.

Ni antes ni ahora pude entender el extraño equilibrio que los hacía estar juntos.

Por lo que sé siguen siendo pareja, el chico bonito lucha contra el sobrepeso y Gladys maneja la empresa familiar en la que el chico bonito también trabaja.

lunes, 20 de abril de 2026

Mosquitos de Samarcanda

 

Foto de Ahment Hilmi Ermis


Tal como otras veces un mosquito diminuto apareció sobre la pared blanca. Cada vez podía eliminar a tan desagradable invasor con un certero golpe que aplastaba sin piedad la vida que residía en el insecto. Era inevitable que recordara la maldición que a estas alturas no sabía quién la había proferido si es que en algún momento fue así. Lo más probable es que ella se la hubiera inventado como tantas otras cosas y que solo a posteriori, muy posteriori, la evidencia de la historia demostraba su irrealidad o realidad según fuera el caso. Hubo un período en que los mosquitos negros proliferaban a pesar de sus esfuerzos por extinguirlos, Coincidían con las fantasías de salir de su monasterio mental. Los momentos de ocio eran el terreno propicio para la huida hacia la imaginación. De seguro había cerca algún canal o agua estancada que para los mosquitos debía ser algo parecido a un paraíso de reproducción, lo mismo que para ella esas explicaciones raras acerca de la razón de las cosas y los eventos. Los mosquitos y la irrealidad, o realidad según fuera el caso.

Mosquitos habían aparecido cuando trabajaba en un hostal en el verano y en una tarde de descanso salió a pasear sola por la costanera de la playa. Se encontró con un concierto gratuito de Fito Páez. Nunca le gustó, muy por el contrario, había algo aleccionador en algunas de sus letras que le desagradaba o sería que quizás lo había escuchado tanto como música ambiente en su trabajo que ya no lo soportaba. Se quedó parada ahí para aparecer como que su paseo tenía algún destino. Pronto se vio rodeada de mucha gente joven que coreaba todas las canciones y según aumentaba el consumo de marihuana más fanáticos parecían todos. El humo de los pitos se confundía con el blanco del humo que salía del escenario. Se acordó de los mosquitos cuando se sorprendió gritando al unísono con los demás ¡No te mueras nunca Fito! Al tiempo que saltaba y cantaba a todo lo que daba su garganta Mariposa tecknicolor: Yo te conozco desde antes, desde antes de ayer, yo te conozco desde antes. Cuando me fui no me alejé.

¡Ah, esos mosquitos!

Cuando volvió a su trabajo había un chorro de agua en la entrada del hostal y nadie que subiera a cerrar las llaves de paso del receptáculo en que se juntaba el agua para el día siguiente. Los mosquitos siempre traían una buena y otra mala ahora que lo pensaba.

También habían aparecido anticipando torpezas, como cuando se subió a un bus cargada de libros y un zapato mocasín negro con café, se quedó abajo. Eran lindos esos zapatos y no estaba dispuesta a perder uno y recargar, como otras veces, el presupuesto familiar, por la pérdida de chalecos, bolsos, toallas y tantas cosas olvidadas por aquí y por allá. Esa vez le gritó al chofer que parara mientras iba a buscar su zapato. La expresión de desesperación debió ser mucha porque el conductor paró en seco y esperó, junto a todos los pasajeros, que ella retrocediera a buscar el zapato, lo calzara y subiera de nuevo. Ese era el tiempo en que sentía cómo subía un calor insoportable desde el pecho hasta la cara mientras su rostro se volvía rojo intenso.

Hacía un par de días, vio tres mosquitos y no les dio importancia hasta más tarde, luego de haber embetunado una vitrina con dos paltas york tratando de equilibrar la bandeja en la que las llevaba y luego, como si no fuera poco soportar la mirada reprobatoria de los clientes de esa hora y del trabajador que tuvo que limpiar el desastre; en lugar de retirarse de ahí, perseveró en la escena: con un nuevo plato de paltas york y dos ensaladas más ocasionó una fila eterna en la caja porque no podía encontrar su tarjeta de débito. Ahí recordó los mosquitos de antes de salir. La cajera tuvo que anular la boleta, ella se fue a un rincón a registrar su bolso. Ahí estaba la bendita tarjeta. Al subir la mirada, pudo ver la fila era enorme que había ocasionado porque la anulación no resultó tan fácil. Lo raro es que nadie más ve los mosquitos, lo mismo que las sombras que pasaban rápido o salían de un lugar al que iba a ingresar cuando vivía en el campo. Muchas veces comenzaba a hablar pensando que alguien estaba cerca y no había nadie. Cuestiones inconfesables esas las de los mosquitos y las sombras.

En la mañana no se fijó si había mosquitos, soñó con un lugar que no sabía que existía: Kirguistán, comenzaba un viaje por Biskek que se parecía a Santiago por la cercanía de montañas nevadas, pero en nada más.

Los mosquitos ¿tendrían algo que ver? Empezó a fantasear con un viaje a Asia central, en especial a Uzbekistán y su famosa Samarcanda. Y las fantasías, ya se sabe, son un lugar donde es riesgoso quedarse porque empiezan a invadir la mente y a forzar conductas como mirar fotos, videos, precios y las preguntas inevitables ¿por qué no? y todos esos argumentos del merecimiento personal, el tiempo que queda de vida y las ganas de salir de la jaula mental.

Mosquitos, muchos mosquitos. Mezquitas, mosquitas.



martes, 7 de abril de 2026

N1

 


Yo tenía un par de amigos en las redes. N1, que pasaba conectado la mayor parte del tiempo, al menos las veces en que me metía ahí aparecía el circulito verde marcando su presencia. En realidad, nunca nos vimos en persona, ni siquiera por video llamada. No me gusta hacer video llamadas. No es que me importe tanto mi apariencia ni esté buscando parecer lo que no soy, más bien no entiendo la utilidad de hacerse una idea de otra persona según como luce. Deben ser tonterías de las plataformas de ahora, pero podría apostar a que uno conoce más la esencia de alguien si nunca lo ha visto. Ya sé, sonó a soberbia. Puede ser, pero puedo apostar a que yo sabía más de mi amigo que muchas personas que él frecuentaba a diario. Me gustaba decir algo sabiendo que se iba a reír o iba a generar alguna reacción en su mente, por lo general era el único que ponía alguna reacción. A lo que fuera: una canción, una noticia, la cita de algún libro, incluso si sólo ponía un emoji.

El otro amigo, N2, era de otra red, a ese lo conocí menos porque era más popular, por lo general sus posteos tenían muchas respuestas y reacciones y casi me sentí extrañado cuando respondió a algo que yo escribí. Parece que me salió ingeniosa una frase y comenzó un diálogo entre varios que resultó divertido. Ahora que lo pienso N2 no era tan amigo, más bien me gustaba leer sus opiniones porque se atrevía a decir lo que yo me reservaba por temor a la agresión. Una vez puse un comentario que no pensé que iba a provocar tanta rabia en otra persona, supongo que era alguien humano, y después de tratarme de subnormal entre otras cosas, me bloqueó sin que pudiera responder. Otro me agregó a una lista de gente execrable, tampoco supe la razón y entonces el único agrado de esa red para mí era leer a alguien que opinaba parecido a mí, pero que no recibía tanta mala onda por explicitarlo. Fue adelantando que se iría y yo no era nadie para detenerlo. No sé bien por qué lo extraño, tampoco tengo argumentos para seguir entrando a esa red que se convirtió en un símbolo del estado de la civilización, una sarta incoherente de imágenes, noticias absurdas, videos que generan ira y una que otra información valiosa que entre tanta estupidez es casi imposible de distinguir. Cada vez entro menos y todavía extraño a N2, a veces creo que se abrió otra cuenta y adoptó otro personaje, hay cuentas, no me atrevo a decir personas, que hacen eso por diversas razones. A veces para ser más salvajes, otras para sacar su lado suavezón y provocar otra clase de respuestas, en fin, ese mundo es demasiado raro.

N1 era un amigo más tradicional, pero yo me lo imaginaba muy solo, muy pegado a su teléfono o al computador ¿en qué trabajaría? Nunca le pregunté. A veces me lo imaginaba postrado por alguna enfermedad de la que no quería hablar o empleado en una oficina en la que no había demasiado que hacer y entonces le sobraba el tiempo para estar en redes. Algo parecido a mi trabajo porque yo podría ser él para otros. Alguien con tiempo de sobra. No sé si el tiempo puede sobrar o lo que pasa es que no se sabe qué hacer con él. Sobra el tiempo cuando uno está atrapado en circunstancias que no permiten más alternativas que estar sentado esperando que llegue un cliente, un correo o una tarea por hacer. Esas esperas son el tiempo que sobra. Mi amigo N1 me animaba a escribir tonterías, sabía que alguien las vería, alguien humano. A veces yo también le respondía o comentaba sus posteos porque, como fuera, se trataba de una relación y como tal requería de mutua retroalimentación. Eso era lo que faltó con N2, yo me dediqué a observar y no comentaba o reaccionaba a sus textos porque era tan popular que ni cuenta debía darse si alguien como yo existía en esa red.

N1 era más tradicional.

Yo también. Llegaba del trabajo o de ese lugar de esperas largas y había alguien en mi casa con quien hablar y comentar, por lo general mis padres y mi hermana que, a la hora que mi papá llegaba de su trabajo, y por lo que decía, era un trabajo en serio, bajaba de sus clases on line, o de sus juegos, vaya a sabe uno. Mi mamá llegaba a diferentes horas porque su trabajo era independiente, hace curaciones o pone inyecciones a domicilio. Ese también es un trabajo real. En fin, que uno llega a la casa y todos hacemos alguna tarea para comer juntos. A veces eran días silenciosos y otros en que habían pasado muchas cosas. Una vez comenté a un compañero de la pega que eso era lo habitual en mi casa y me quedó mirando como a un bicho raro, me dijo que muy poca gente hace eso. Él al menos se iba directo a su pieza, con suerte saludaba si había alguien, si tenía hambre sacaba un pan y se iba a jugar on line. Nunca fui bueno para los juegos, debo ser medio huevón, o entero, como dice mi hermana. Y como soy malo no me gustan igual que el colegio. Casi nada me gustaba, ahora que lo pienso, tampoco ahora sé qué me gusta. Sí, disfruto algunas películas, música y me gusta ver el fútbol por la TV, aunque solo me gusta si veo los partidos con mi papá porque él sí que se apasiona y es divertido escuchar sus comentarios chaqueteros. Se ríe a carcajadas cuando un jugador se pifia y a mí me da risa él.

¿Cómo sería la vida de N1?

A mí me daba curiosidad, pero nunca le pregunté. Una vez me gustó una chica en una red, linda ella o se sacaba buenas fotos que es algo distinto. Empecé a ponerle me gusta a todas sus publicaciones, un día, para mi sorpresa, me mandó un mensaje, quería saber quién era yo, me inventé un nombre y le respondí.

− ¡Ah, no! te llamas igual que mi ex.

Me bloqueó y es lo más cerca que estuve de conocer una chica por las redes. ¿Qué hubiera pasado si se me hubiera ocurrido otro nombre? A veces me quedo pensando en eso.

Apuesto a que N2 tiene una vida armada y buena, por eso no está en las redes.

 

No puedo creerlo, N1 se suicidó, su madre escribió en su nombre que había muerto, no explicó nada, pero por los comentarios de otras personas, se deducía que se trataba de eso.

No lo conocí, sin embargo, la noticia me golpeó, me dio una tristeza tan grande y no sé por qué, si N1 era para mí una seguidilla de palabras escritas, algunos emojis y nada más. Me siento culpable por no haberme dado cuenta de que me importaba y que nunca se lo dije. Entonces era cierto que estaba solo o que eso creía él.

Al correr de los días, han aparecido en su cuenta innumerables saludos y expresiones de tristeza real. Mucha gente, demasiada gente que, como yo, lo apreciaba y nunca se lo dijo. Se parece a una colección de soledades si es que algo así puede existir. 


miércoles, 1 de abril de 2026

La Confusión de los sentimientos, novela de Stefan Zweig



Tengo una amiga con la que comentamos libros, no siempre estamos de acuerdo en las opiniones lo que enriquece la conversación sin duda. Hemos coincidido en el gusto por Stoner de John Williams, Gente Normal de Sally Rooney, La Intemporalidad perdida de Anaïs Nin; ella me recomendó a Sandor Marai y a Milán Kundera y me encantaron. Yo le recomendé a Murakami y al principio a ella no le gustó y más tarde sí. No coincidimos con Elena Ferrante que a mí me encantó y a ella la aburrió. Me presentó a Mishima y si bien me fascinó su biografía no he pasado de leer algunos de sus relatos más cortos. Ayer en la mañana le conté de Sumisa de Dostoievsky, de la Muerte en Venecia de Thomas Mann, el recuerdo de De profundis de Oscar Wilde y también de mi dificultad para leer algunas cosas de Stefan Zweig. Ella se acordaba de un libro de ese autor que leyó en su adolescencia temprana, La Confusión de sentimientos, y yo le conté de Servidumbre Humana que leí demasiado pronto también. Es impresionante como algunos libros pueden marcar la vida, pero ese es tema para otra reflexión.

Como he tenido menos trabajo y ayer fue un día con muchas horas libres, pude escuchar completa la novela La confusión de los sentimientos y quedé impresionada. Pido mis sentidas disculpas al espíritu de Stefan Zweig si anduviera por alguna dimensión en que le importara lo que opine o no una lega. Debe ser el libro con la mejor declaración de amor que haya leído/ escuchado hasta ahora, que maravilla de texto, conmovedor y transparente. De nuevo me quedo sin palabras. Me dieron ganas de tener en papel las últimas páginas, no es lo mismo oír que leer. En el libro, las palabras escritas se atesoran, los sonidos tienen otra sede, otra memoria. La palabra escrita e impresa se puede tocar y hacerla propia.

En la adolescencia más tardía, a los 16 o 17 años, en esa época en que transmitían teleseries brasileñas después del almuerzo, vi una escena en la que Lauro Corona declaraba su amor inconfesado a Malu Mader, no recuerdo las palabras, solo la emoción que sentí al escucharlo. He buscado en YouTube esa escena sin éxito. A lo mejor no era tan impresionante como para que alguien la hubiera guardado. Me vino a la memoria por lo que sentí al escuchar la última parte de La confusión de sentimientos. Los canales de la memoria son muy particulares, las carpetas se abren por similitud o antonimia o por una melodía o un aroma o un conjunto de palabras que crean un mundo, otro mundo.


lunes, 30 de marzo de 2026

Últimas lecturas


Terminé de leer La muerte en Venecia de Thomas Mann, también el Tercer amor de Hiromi Kawakami, escuché La sumisa de Dostoievski y Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig. Tengo pendientes varios más en el velador, en el librero del escritorio y otros cuantos guardados en el teléfono. La vida no alcanza, porque suena mucho, pero han pasado meses, tres, desde que los comencé.

Y así los días y los años.

Que impresionante es Dostoievski, si solo hubiera un autor que retratara a la especie humana creo que él sería el que daría con la descripción más fidedigna de la gama de posibilidades de conductas, desde las más viles hasta las más nobles, sin pasar por las caricaturas de los malos ni la idealización de los buenos.

Me impresionó La muerte en Venecia, me recordó a Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gary y sobre todo De profundis por las notas de ambos sobre la belleza y la decadencia personal que puede incluir una pasión de lejos o de muy cerca. Que básico se lee mi comentario. La forma en que Thomas Mann envuelve y desenvuelve la historia y muestra y esconde el desarrollo de la fascinación de Aschenbach requiere de delicadeza y al mismo tiempo de valentía para abordar un tema que lo tocaba en lo personal. Solo los grandes pueden hacer del dolor o la dificultad un acto de belleza, una afirmación estética en la que no falta ni sobra nada.

En De profundis Oscar Wilde despliega una carta en la que pareciera no concederse ningún refugio para esconderse ni de sí mismo y que difícil es aceptar esos lados oscuros inconfesables, esos momentos en que se ha sido egoísta, miedoso, complaciente, débil, crédulo sin haber tenido en la conciencia ninguna otra alternativa más decorosa para el juicio personal posterior.

Sobre Stefan Zweig, me gusta mucho también, tal vez su estilo es más rebuscado, con muchos adjetivos y un estilo más propio de su época por lo que se me hace un poco más árido, pero muy buen psicólogo también.

Tendré que leer más relatos de Thomas Mann.


martes, 24 de marzo de 2026

Corrección

 


Foto de Pixabay

Cayó una gota sobre un pequeño charco de agua, los círculos formados por la intrusa reverberaron por un instante y luego se desvanecieron al ojo humano. Claro, con instrumentos potentes se podría detectar movimiento bajo la superficie o el impacto de la onda acuática en el pavimento, pero no era el caso ni el interés de este observador. Del charco pasó a mirar las nubes por si había esperanza de un otoño normal, medido en milímetros de agua por supuesto, porque lo normal hacía rato que había desaparecido. Hacía algunos años ya que las cosas estaban desprovistas de su esencia, los postes de la calle, a pesar de cargar con el peso de muchos cables inútiles, estaban vacíos de cemento, los árboles eran solo cortezas, las personas eran solo expresiones de máscaras y podría seguir, aunque sin haber motivo para continuar con la descripción lo resumía en tres palabras: superficies sin contenidos. En todo caso era mejor así, las superficies son más fáciles de predecir y el margen de error es mucho menor que con los contenidos subyacentes.

Esto sonaría a herejía para los creadores de contenido que se devanan los sesos tratando de destacarse en un mar de superficies en su esfuerzo por vender más máscaras. Total, el verso da para todo. Hubo un período en que se aferraba a las palabras para construir su mundo, pero pronto no fueron suficientes y comenzó a sujetarse de las acciones observables, cuantificables. Esperaba consecuencia entre las palabras y los hechos, que la historia fuera un relato fidedigno de los acontecimientos, como si se tratara de datos y por tanto objetos de análisis, hasta que se convenció de que cada uno vive en su historia y no puede salir de ella; hasta puede reinventarla, colorearla de diferentes tonalidades según el momento que elige destacar y la marea de emociones que se desatan en el cuerpo y las asociaciones, en fin, que no hay modo de que algo sea normal. Que la forma tenga el contenido que parece contener.

Un rebuscado. Eso era. Ese era.

¿Desde cuándo se volvió un descreído y adicto a las formas?

Adicto a las formas: dícese de quien cree que hay un modo de comportarse de modo adecuado, oportuno y en lo posible consistente para no ocasionar problemas ni conflictos. La corrección de los modales, del lenguaje, del atuendo, de la opinión de quien no deja huella, pero sí un halo de amabilidad y de un no-sé-qué que lo distingue y hasta le otorga un toque de misterio.

¿Desde cuándo?

No podía precisarlo o no quería. Información clasificada decía cuando no sabía responder a algo o sabía, pero si lo hacía se podía enfrascar en conversaciones incómodas y por supuesto estériles y como tampoco despertaba tanta curiosidad en los demás, una de las ventajas reconocidas de la amabilidad, nadie lo presionaba demasiado como para caer en profundidades de mal gusto.

Tampoco es que pudiese ubicar un solo hecho, los fenómenos humanos, los individuales y los masivos, son multifactoriales y entonces dar con los gatillantes de una actitud frente a la vida no son tan identificables, así como tampoco los estímulos para una crisis de pánico o un estallido social. Además, no quería ponerse grave ni triste recordando momentos ahora tan pretéritos.

Nada como la tranquilidad y que las sorpresas de cada día se encuentren dentro de un rango que permita mantener el equilibrio y sobre todo una variedad de respuestas aceptables y no esa sensación que antes lo acompañaba: no saber qué decir, qué hacer, dónde y cómo mirar. Es un gran ahorro de energía, del tipo que sea que se use en la mente, saber comportarse, anticipar los diálogos y decir las frases correctas es de una calma que se parece al dominio de las bestias. Cuando se acordaba de algunos episodios de su identidad pasada no podía evitar bajar la cabeza y sentir vergüenza ajena, aunque en este caso no era ajena sino propia, pero de su yo anterior, o sea de otro y por eso decía que era ajena. El punto era que la ingenuidad y la fe lo hicieron decir y hacer cosas que no creía posibles por ilógicas. Ahora culpaba a la ingenuidad y la fe, pero en ese entonces era otra cosa, más vergonzosa que la inexperiencia de un adolescente, más peligrosa que el deseo de vivir tormentas de un agua calmada y segura. Otra cosa, sin nombre ni medida. Lo que fuera lo hacía ver cemento adentro de los postes, vida tras las cortezas de los árboles y los colores con una longitud de onda imposible de nombrar.

No era que se hubiera quedado todo este rato mirando ese charco de agua. Había avanzado por el parque que lo conducía de vuelta a la oficina y esas reflexiones pululaban por su mente como un hábito que se refuerza a sí mismo. Revisó su teléfono como un automatismo, otro más, de la vida actual. Solía prepararse para la siguiente reunión del día, ensayaba las frases que diría para romper el hielo y luego procedería a resolver el asunto por el que fue convocado, al menos lo intentaría.

Entonces cayó una hoja de un liquidámbar sobre su pantalla: roja y aún tersa. La guardó en el bolsillo de su chaqueta porque sí, porque siempre quedarían resabios de ese que veía las cosas normales.

A veces, muy de vez en cuando, en sueños u otros estados raros de la conciencia, rozaba con la sensación de que había sido muy afortunado de asomarse, más de una vez, al otro lado, allí donde se conjugaban el abismo y la cima. Donde la corrección no es un parámetro y la calma era la precursora del vértigo.


sábado, 21 de febrero de 2026

Potpourri






 


Un potpourri. Así se va a llamar mejor. Representa mejor lo que es este blog y la vida en general, una especie de tapiz como el que aparecía en Servidumbre Humana de S. Maugham, que intrigó tanto a Philip Carey y que era eso: un tapiz.

A propósito de Maugham encontré en el libro de Murakami, De qué hablo cuando hablo de escribir, una referencia a él y una historia entretenida. Me gustó saber que uno de mis autores favoritos ha leído a otro de mi grupo de ídolos. Al fin leí ese libro, debí leerlo antes, mucho antes, pero así es la historia: a saltos y en desorden. Me gustó saber de su propia pluma su experiencia como escritor y el compromiso que tiene con lo que considera correcto en ese ámbito. Incluso cuando se reconoce como un tipo con suerte.

También pude leer la Trilogía de Nueva York de Paul Auster, al principio me pareció duro, pero la tercera historia unía todo sin obviedades y mostrando, a propósito, o no, las luces y creo que más las sombras del autor. Me quedé con la necesidad de leerlo de nuevo, pero ante tantas lecturas pendientes, tomé otro libro que tenía en el velador Mi vida robada de Carla Guelfenbein, me gustó la forma de escribir de la autora, insinúa más que describe situaciones y emociones que podrían haber sido muy dramáticas. Se me hizo cortísimo. Tanto que me quedó tiempo de agarrar otro, El tercer amor de Hiromi Kawakami, la autora que escribe suavecito como una brisa y que trata temáticas muy difíciles como quien cuenta una historia cotidiana. Este me ha resultado más árido tal vez por las condiciones de lectura: tiempo y lugar en especial.

Antes de esos libros leí Dignos, una crónica del estallido social de Pablo Ortúzar y quedé impactada por la cantidad de acontecimientos, explicaciones para los mismos desde diferentes ángulos, la andanada de información y seudo información y por supuesto la necesidad de dar forma a una cadena de sucesos que hasta hoy parece una tormenta demasiado cercana como para saber qué rumbo tomará. Me vi a mi misma emitiendo juicios y sumándome a actos que luego me parecieron conducidos hacia una forma de chantaje social más que otra cosa. Es obvio, pero después de leer esa crónica me quedaron muchas más preguntas y esa sensación tan en boga de que cada vez se vuelve más difícil la tarea de consensuar un mínimo de reglas de buena convivencia tendientes al bien común.

Un potpourri.


viernes, 30 de enero de 2026

Mi intención era otra y un Potpourri

 




Se me ocurrió escuchar el podcast "Desde mi Jardín " de Cristián Warnken en donde sostiene una conversación con el crítico literario, filósofo y poeta José Miguel Ibañez Langlois. Por supuesto que vale la pena escucharlo, se aprende mucho, en especial de la belleza del lenguaje y de la literatura como un arte mayor. De cuando escribe la inteligencia a diferencia del relato surgido del desgarro del cuerpo, el alma y la naturaleza. 

Es evidente que quedé con la sensación de que mis cuentos seguro se le caerían de las manos al crítico. Que bueno que nunca llegarán a ellas. Porque una puede ser vieja y no jugarse nada por el gustito de escribir y puede tolerar perfectamente el desagrado o indiferencia  de alguien por los textos que se ha atrevido a publicar, pero de ahí a ser destrozada esa ya es otra experiencia por la que no quisiera pasar.

Justo había terminado de corregir las fallas de tipografía de mi última selección de cuentos, las que tuvieron que ser vistas por otros ojos porque los míos ya no las advertían y entonces ahora se me instaló en la conciencia otro filtro. Uno que no me dejaría seguir adelante.

Se me va a pasar, como casi todo, sobre todo porque a quién le importa más que a mí misma. Deberé tenerme paciencia y recordar que solo es un juego, que para qué me voy a comparar con nadie, que se trata solo de un desafío personal

Deberé repetir ese párrafo como mantra, tal como los viejos y no tan viejos se repiten a sí mismos tantas convicciones para atreverse, o no, a decir o a hacer algo, usando la edad como justificación u obstáculo.

Las hojas impresas estarán esperando ahí a ver si viajarán o no y a qué destino. Espero que, dónde sea, el viaje sea grato.


miércoles, 31 de diciembre de 2025

Saludos


 




Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan en Instagram como para darse valor y empujarse a una misma ¿por qué no? Esta vez vencí otra barrera y entregué el borrador a dos amigas que, además de esa condición, la de la amistad, son buenas lectoras y espero contar con ellas en el lanzamiento. Me falta pasar otro obstáculo, pero, tal como los exámenes médicos, quedó para el 2026.

Mientras más vieja menos me apuro y más me molestan los plazos y prisas.

Después de todo muchas cosas, en apariencia serias, no son más que juegos en los que descansamos de la vida y de sus temas por resolver. Tanto de la historia, ajena y propia, ocurre en la memoria y la imaginación y ambos procesos son inseparables del modo de mirar y recordar y reacomodar y filtrar que, ante tanto enredo, más vale resolver la confusión en otro lado, jugando, bailando, escribiendo, bailando más (ya sé que no se recomienda escribir con gerundios) y si esos distractores son compartidos, mejor aún.

Habrá que acostumbrarse a otro número en el calendario y abrir una nueva carpeta en documentos titulada Cuentos 2026.


jueves, 18 de diciembre de 2025

En el café

 


Foto de Bia Sousa: https://www.pexels.com


A veces puedo abstraerme de mi misma y observar a los clientes que vienen a este café, casi puedo adivinar qué pasa por sus mentes o lo invento, seguro lo invento, y, a veces corroboro, acercándome a los pedazos de conversación que alcanzo a escuchar.

Mesa 14: Gente civilizada.

Da lo mismo quienes sean, hacen como que hablan. Se quedan con las ganas de seguir un diálogo lleno de preguntas que no formularán. En su lugar hablan de la decepción de este otoño porque parecía la continuación de un verano eterno

− ¿No te parece más un verano deslavado que el comienzo del invierno?

− Que el calor dure pocas horas es a lo máximo que se puede aspirar.

Fingiendo una conversación, analizarían juntos la analogía de la luz como sabiduría y esperanza, así como la sombra de la confusión y el miedo. Sumarían el calor y el frío, las sombras de la caverna de Platón, el arcoíris de la concertación después de la dictadura, la primavera árabe y los conflictos más contemporáneos y por eso mismo más invisibles.

Uno de los dos, eso es evidente, llevaba otra línea de pensamiento interna o triple en vista de que advertía que estaba pensando otra cosa mientras las palabras fluían con corrección y naturalidad. La doble conciencia; lo mismo que me pasa a mí cuando busco el pedido en la Tablet y la pantalla no carga, me voy para otra parte, mientras mi cuerpo sigue ahí simulando la pausa de un video.

Esta clienta, sabía hacerlo bien, es una señal de buena educación conocer el juego social, las leves hipocresías y las mentiras piadosas. Apuesto a que bajaba la cabeza cuando recibía los reclamos de la madre y los consideraba injustos en la niñez. A veces hasta estaba llorando y en su mente era valiente, o insolente, de acuerdo con los parámetros de la época, y respondía con lo que quería decir. Entonces podía ser otra niña y no aquella complaciente y bien portada.

El otro cliente, hacía lo propio y reverberaba en su mente esa expresión de Cortázar – tan café con leche – todo el día me había quedado con esa imagen en la cabeza. Para una mesera no puede ser más cercana la analogía:

¿Cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir cuánto hemos recaído en los sueños o en la ducha?

El contraste de luz y la sombra daba para muchas conversaciones, tanto como ponerse al día y la actualidad en donde los eventos ocurren tan rápido y se está tan inmersa que no es posible dimensionar qué está pasando incluso en la propia vida, pero seguían hablando del sol, el frío, la fruta, los pies helados.

El Uno y el Otro son intercambiables por otros clientes o por ellos mismos en otras circunstancias jugando a que no pasaba nada.

Mesa 8 La cita por aplicaciones

Es raro el juego de los que vienen para conocerse en persona luego de haber hecho match en alguna aplicación y haberse escrito por mensajería. Se nota antes de que se sienten. Llegan mirando para todos lados, con la cara un poco rígida y, los menos, muestras un esbozo de sonrisa medio rara, ensayada frente al espejo. Deben querer disimular el miedo y la ansiedad que esas citas generan. Creo que es una mala idea juntarse en un café, podrían invitarse a otro lugar, algo más evocativo para estudiarse. ¿Un bar, un paseo? Los viernes hay varias parejas en lo mismo, al frente una mujer de unos treinta y tantos, haciendo como que no le interesa ganarse la atención de su cita, un treintón, vestido y peinado a la moda, estudiándola entera mientras simula una mirada de profundo interés en lo que ella dice. La mujer despliega una serie de gestos mientras destroza un pastel con mucha crema, por el color parece uno de moka, él, previsor, pidió solo una porción de galletas. La mujer exagera sus gestos y su lucha con el pastel, él está apoyado en el respaldo de la silla, a centímetros de parecer desinteresado, una pierna estirada hacia adelante, que la mujer no ve, lo hace dueño del espacio. Ella afirma sus piernas en la silla, como retrocediendo mientras su torso está casi encima de la mesa, en ocasiones se retira, pero su esfuerzo con el pastel no la ayuda.

Ambos se estudian, ella sonríe poco, él menos. Ambos se cuidan de no parecer demasiado interesados, pero sí educados. El objetivo parece ser una competencia por quien muestra menos interés y luego decir – fue agradable – sabiendo que no se escribirán otra vez.

Mesa 16 Las habitueés

Más allá, un par de mujeres habla sin parar, son clientas frecuentes de por aquí, siempre peleo con una de ellas porque insiste que el brunch, nombre siútico para una once o desayuno más contundente, se llama Côte d'Azur, ella dice − cotdasiur − y yo me hago la que no entiendo porque se llama Coté de Azur − cotédeazur −. A mí me va a venir a enseñar ¿Qué se cree esta vieja? Soy yo la que trabaja aquí y no voy a saber cómo se llama el famoso brunch. ¡Qué pida el otro entonces! El Paris tiene más cosas todavía y así no pelea conmigo sobre cómo se pronuncia. Siempre gano yo, obvio; la amiga termina pidiendo porque ya no tiene paciencia para la misma pelea. Con ellas se me acaban las evocaciones y vuelvo a mí.

Otra gente deja de hablar cuando una va a servirles, pero parece que el tiempo se les hace poco para hablar a estas señoras. Tanto hablar y hablar, hablar qué − ¡cosas de viejas serán pues! – los hijos, los nietos, lo caro del aceite, lo mal que se porta la nana, cuál detergente es mejor y esas cosas que hablan las viejas. ¿De qué más van a hablar?

Algunos clientes me caen bien aquí, la mayoría no. Se gastan mucha plata en leseras, a mí me costaría un día de trabajo lo que a ellos una once, pero aquí me tengo que esforzar por tratar bien a la gente, ya de dos cafeterías me han echado por reclamos, pero es que son enervantes. Ya los tengo clasificados, a una le hacen recitar toda la carta porque los aturdidos no saben usar el código QR del teléfono, como si fuera tanta ciencia. Casi siempre piden lo primero que una nombra porque no les da la memoria para más, el truco es nombrarles lo más caro y lo que una sabe que hay. Antes trabajé en un café donde no había ni la mitad de lo que estaba en la carta y ahí tenía que estar una poniendo cara de gato con botas y dar explicaciones ridículas: los proveedores, el cambio de dueños, en fin, pero hacer eso todo el día, todos los días aburre y yo me aburrí. Un día, el papá de mi hijo, ese huevón, no lo vino a buscar, era sábado y yo tenía que ir a trabajar, ningún hombre va a entender esa desesperación, estar lista para salir, el cabro chico llorando porque no llega el ahueonao y una, histérica, gritando por el teléfono, pateando todo, los juguetes y la mochila preparada para el día que sale con el papá. Lo único que escuché en mi cabeza, era – Loca, lo siento, no puedo ir a buscar al Gonzalito − no sé qué dijo después, no le creo nada, lo empecé a insultar, a decirle que si yo no trabajo el cabro chico no come, que seguro se había ido de farra y no podía levantar el culo de la cama. Le dije todo lo que se me ocurrió y cuando me di cuenta, el infeliz me había puesto en altavoz para que su nueva pareja escuchara lo loca que puedo ser.

Tuve que dejarlo con mi vecina porque mi mamá no me hablaba hacía una semana y yo me había jurado nunca más pedirle ayuda. Vieja de mierda, toda la vida sacándome en cara que por mi culpa sacrificó su juventud y que encima yo me había puesto a tener un hijo con un huevón penca − ¿Y mi papá?, tan buen partido que es poh, ¡si ni lo conocí! − ahí me echó y tuve que rogarle que me perdonara porque no tenía dónde irme. Me comí la rabia entera y ahí estoy tratando de sobrevivir con mi sueldo de mesera. Ese sábado llegué una hora y media tarde al trabajo, todos con cara de perro y yo lloraba de pena y rabia, le rogué a mi jefe que me dejara adentro lavando los platos porque era incapaz de hablar sin llorar. No le quedó otra.

Todos los favores se cobran, todos los sacrificios se cobran, eso me decía una amiga. Dicho y hecho, que no me echara fue considerado un favor y de ahí en adelante el miserable de mi jefe empezó a manosearme y a hacerse el lindo, trataba de que me quedara después del cierre. Busqué otro trabajo. En mi media hora de descanso caminé por los cientos de cafeterías y restaurantes de la zona y cuando estuve segura de irme, yo misma lo provoqué una tarde y cayó redondito. Me metió la mano por el escote, en el delantal yo llevaba un tenedor, fingí que me gustaban sus dedos chicos y regordetes metidos ahí, retrocedí para apoyarlo en la muralla y cuando estaba todo calentón le enterré el tenedor en el muslo. No pudo gritar porque lo tenían demandado por acoso hacía tiempo y lo vi gritar hacia adentro de sí mismo, estaba rojo de rabia, parecía que iba a explotar, casi oigo sus garabatos y por supuesto la amenaza de echarme. 

¿Qué puedo decir de eso? Odio los dedos chicos, regordetes y que parece que se doblan hacia atrás como si fueran de goma y también detesto a las viejas que no saben pronunciar su pedido de la carta y me corrigen.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Buenas tardes vecinos

 


Las cosas caen sin razón alguna, pedazos del techo, más pedazos del techo. Afuera, un nido de pájaros sucumbe al viento. El bolso se vacía completo, monedas sueltas, lápices. Pensó de inmediato en su descuido, el hábito de no ir hasta el final, de no preocuparse de los detalles.

Una vela aromática se apaga y se cae un macetero en un lugar al que no prestaba atención hacía mucho.

      Los objetos han comenzado a desplazarse.

 

O era la llegada del verano y el calor que derrite hasta los pensamientos. El crecimiento de plantas y malezas que obliga al movimiento para mantener el equilibrio, para que se vea, en la superficie al menos, que el paisaje es el mismo y está ordenado.

      Es difícil mantener el equilibrio.

El orden, el paisaje predecible y caminable incluso a ciegas, requiere años de inversión: tiempo, dinero, movimiento y pasividad. Alguien en su sano juicio no cambia eso por la incertidumbre, por explorar otras vidas y otros ajustes. Al revés, la mayoría contiene y redirige sus esfuerzos durante muchos años para que el premio sea la certeza y la sensación de que nada va a pasar y entonces al fin poder descansar y vivir – o morir – en paz y tranquilidad.

Algo había comenzado a ceder, a dejar espacio y grietas. Algo se abría paso en medio de sensaciones sin nombre. O podría ser el hábito nacional de considerar que la historia transcurre entre terremotos, esa convicción de que siempre pasará algo azaroso que puede cambiar todo en unos minutos.

Lo cierto es que algo se movía, afuera y adentro.

Con esas divagaciones Ernesto, quien debía su nombre a la admiración de su padre por Óscar Wilde, comenzaba un nuevo fin de semana. Podía decirse que todo estaba bien y que cada segundo era como tenía que ser. Leer a los estoicos había tenido sus consecuencias. Su padre tenía razón, para variar, − cuidado con lo que lees, con las películas que ves, con las personas que te reúnes, porque moldean tu mente y las decisiones que tomas – tenía razón el viejo que ya no era ni la mitad de sí mismo, pero era más libre de lo que él nunca había sido.

Bonito y tranquilo fin de semana decía el mensaje de la vecina buena ondis del grupo de WhatsApp que había sido creado para enfrentar juntos los esfuerzos y cuidados del estallido, la pandemia, la delincuencia y que, como consecuencia, había generado una vigilancia entre unos y otros, que a él le parecía extrema y detestable. Cada vez que salía y entraba a su comunidad, así llamaban ahora a un condominio o un grupo de calles cerradas, sentía que alguien vigilaba sus pasos.

No había nada que vigilar con él, nada interesante hasta ahora, y le parecía de lo más odioso vivir en una supuesta comunidad. A veces quería escandalizarlos un poco y dejar su apariencia de señor respetable y caballero igual a todos los demás del barrio: pantalón beige, camisa azul, pantalón azul marino y camisa celeste. Corrección total, sus deslices de joven, como los de todo caballero que se precie, no quedaron grabados en ninguna cámara. Quedaron ocultos hasta en su memoria y en sus eventuales cómplices, ya tan correctas como él. Hasta hacía poco, consideraba que esos momentos de lado B eran sus medallas de batalla, de haber hecho lo que se espera de un hombre: trabajar, criar, cortar el pasto, comprar la casa para el retiro y ocasionalmente tener algunos momentos de disfrute y de visita al lado no oficial que lo confirmaban como un hombre hecho y derecho.

Quien sabe, sus eventuales cuestionamientos a lo que había hecho de su vida con las circunstancias que lo rodearon eran parte de lo que se suponía había que hacer a su edad. Estar en paz requiere un acto de contrición de tanto en tanto. ¿Se pudo hacer mejor? ¿pudo haber hecho menos daño? Por supuesto, siempre se puede ser mejor.

Ernesto no sabía por qué, de tanto en tanto, tal vez con la misma frecuencia de los terremotos, le daban ganas de empezar de nuevo, de mandar todo a la mierda y considerarse de nuevo como un espíritu capaz de volar. Como cuando andaba en bicicleta saltando montones de tierra y por un instante no medible sentía que estaba suspendido en el aire gritando y sintiendo una euforia que lo hacía reír como nada, como nadie.

Se imaginaba en otra parte, cerca del agua, viendo crecer brotes de lo que fuera que hubiera querido plantar, tal vez tomar la bicicleta de nuevo alejarse de casa como cuando no había celular y nadie sabía dónde andaba o con quién. Normal, todos extrañan la vitalidad de la juventud, se decía en voz alta, para aplacar esos momentos de movimiento interno. Además, se sabía que tipos como él hacían que la sociedad siguiera funcionando, si demasiados siguieran sus impulsos quizás qué quedaría del sistema. Borrón y cuenta nueva tienen una edad: la infancia y la adolescencia son para sacar la página, hacer de nuevo un ramo, cambiar de carrera. Un estoico lo sabe, se sacudió esas ideas y escuchó el llamado para ir a almorzar, dejó las tijeras de podar, se refrescó la cara y lavó sus manos, todo estaba bien.

Solo como un ejercicio, se quedó callado y no dijo nada durante el almuerzo. En un momento pensó que ya no estaba ahí, que veía a los demás a través de un vidrio. No lo resistió más de media hora, era una especie de angustia, la necesidad de ser necesitado que había considerado un peso y un deber, era la conexión consigo mismo después de todo. La afirmación y confirmación de ser quien era con su circunstancia.

Todo estaba bien.

Tranquilo y lindo fin de semana vecinos.

Algo se movía, algo pasaba allá afuera, pero no estaba bajo su control, cuando ocurriera, el terremoto, real o no, sabría qué hacer.

 

David Gilmour, Where We Star

https://youtu.be/ceay27EWvPs


Incómoda

  Foto de Diego Romero pexels.com Caminábamos por Santos Dumont, una calle con las veredas disparejas en la que había que poner atención par...