Mientras tanto
I
Mire señorita, la asistente social me mandó para acá porque
dice que tengo problemas del ánimo, pero yo sé que no. Es decir, sí, ando
triste, pero sé perfecto por qué. Soy viuda hace 16 años, tengo 68 años, vivo
con mi hija del medio, su marido y sus hijos. En realidad, ellos viven en mi
casa. No es gran cosa, pero es mi casa.
¡Ay, qué injusta es la vida señorita!
De aquí mismo me mandaron al club del adulto mayor porque
la doctora decía que estaba muy encerrada, que solo veía a mis nietos todo el
día y no tenía amigos y que además tenía que mantenerme bien para cuando fuera
más vieja, así es que me tenía que integrar a la actividad física y a unos
juegos que hacen para que el cerebro siga funcionando. Son unos talleres que
hace un kinesiólogo y una terapeuta, usted los debe conocer.
Me integré al grupo, total funciona en el horario en que
mis nietos van al colegio y alcanzo a dejar todo hecho en la casa. Pensé que me
iba a encontrar con puros viejos pa´l gato, ¡peores que yo!, pero me encontré
con gente muy simpática que estaba en su casa sin hacer nada por sí mismos,
puro esperando la muerte y cuidando a la familia. ¡Como si no lo hubieran hecho
toda la vida!
Al principio mis hijos estaban muy contentos, porque empecé
a cuidarme con la comida, salía a caminar más, tenía mejor ánimo, pero después
empezaron los problemas.
¡Uy, me da vergüenza contarle! Espere, espere que me dé
fuerzas.
Resulta que en los talleres conocí a Hugo, un viejo de 73,
separado hace muchos años y que vive con su hija del medio. Él tiene arrendada
su casa para completar la jubilación que es tan mala. Era mueblista y a veces
hace algunos encargos, pero a la hija no le gusta el ruido de las máquinas.
Vive a tres cuadras de mi casa, pero nunca nos habíamos visto. Por el encierro
¿ve usted? Yo a lo más iba al supermercado y venía al consultorio. Él, menos
que eso, pasaba leyendo no más hasta que se sintió mal y aquí en el consultorio
lo mandaron a los mismos talleres que a mí. Al salir del taller, hacíamos el
mismo camino de vuelta. Al principio, los dos no nos atrevíamos a hablarnos.
Leseras no más pues, pero una tarde lo pasamos tan bien en el taller, nos
reímos tanto con Manolito. Oiga, ¡qué simpático es ese kinesiólogo! nos reímos
tanto que salimos todos al mismo tiempo y ahí fue la primera vez que nos
devolvimos juntos por el camino a la casa.
Qué quiere que le diga, conversamos mucho, Hugo sabe tanto
y él dice que me encuentra ocurrente y divertida. El camino se nos empezó a
hacer corto, así es que nos pusimos de acuerdo, alargamos el recorrido y cada
vez nos demorábamos más en volver a la casa. Después, pensamos que sería bueno
pasar a sentarnos un rato en la plaza nueva esa que hicieron.
¡Ay señorita.! ¡Me muero de vergüenza! Y no tendría por
qué, pero igual me siento mal.
Una tarde Hugo me tomó la mano. Yo tiritaba entera, igual
que cuando era joven. Me quedé muda, no sabía qué decir y menos qué hacer. Lo
primero, pero lo primero que se me vino a la cabeza fueron mis hijos. Qué iban
a decir, que la vieja de su madre andaba fresqueando y encima en una plaza. Me
puse roja, pero al mismo tiempo me sentía tan feliz que me quedé no más. Así
fue como comenzó el romance, de a poquito, sin intención, muy discretos.
Estuvimos como cinco meses así, caminando, viéndonos en la
placita, llamándonos por celular a escondidas, disimulando en el taller para
que las viejas no nos molestaran. Nos enamoramos, ¡Qué terrible!, ¡suena tan
raro decirlo! Me siento ridícula. Usted es jovencita, le debe dar risa todo
esto. Bueno, no importa, sigo no más. Como me demoraba tanto después de los
talleres, mi hija empezó a interrogarme, ¡mire pues! Que estaba preocupada, que
pensaba que me habían asaltado o me había dado un ataque de algo en la calle,
puras tonteras. Resulta que empezó a controlarme más que a su marido. Que
insoportable.
A Hugo le pasaba lo mismo en su casa. Él es un hombre muy
tranquilo, no molesta a nadie. La hija y la nieta mayor, de 16 años, lo
empezaron a controlar también. Les llamó la atención que se comprara ropa
nueva, que se preocupara de tener colonia. ¡Igual yo, pues!, empecé a ir a la
peluquería, me compré mi perfumito y no salía de la casa sin una manito de
gato. Antes no me importaba cómo me veía, total ¡nadie me veía! Usted como
psicóloga sabe que los viejos pasamos a ser invisibles para todos. Como que
damos lo mismo. Nos tienen para puro cocinar y cuidar a los nietos.
Se armó la tole tole. No faltó la vecina cuentera que le
dijo a mi hija que me había visto de la mano con Hugo en la plaza. No creo que
usted pueda imaginarse todo lo que me dijeron. Mi hija llamó a sus hermanos
para una reunión familiar. Entre todos me tuvieron ahí, sentada en el sofá del
living. Al principio fueron suavecitos, que estaban preocupados, que entendían
que a lo mejor me sentía sola, que me iban a acompañar más, que me llevarían a
pasear con ellos. Les respondí que estaba bien, que Hugo me hacía bien, que
podía pasear con él. Eso fue el acabose para ellos. Les quedó claro que yo
quería seguir con él. No sé de dónde saqué tanta valentía. A lo mejor fue
porque me sentí tratada como una niña o como alguien que estaba mal de la
cabeza y no podía decidir por sí misma. Eso como que me enfureció y me
envalentonó. Encontré que era una falta de respeto tan grande. Venir a decirme
a mí qué tenía permitido hacer o no. ¡A estas alturas! Srta. Uno nunca es libre
¿se da cuenta?, siempre hay que rendir cuentas a alguien. Primero a los padres,
luego al marido y encima ¡a los hijos! No vale la pena mencionar a las vecinas.
Viejas de mierda, perdone Srta. Pero eso son, pura mierda. Faltó poco para que
me trataran de prostituta.
Pucha que injusta es la vida, señorita. Hugo ha sido un
regalo para mí y él dice que yo para él. Volver a sentir amor, ternura, pasión
y ser correspondida es una maravilla. No pensé que alguna vez podría ser tan
feliz de nuevo. Mis hijos son incapaces de entender eso. ¿Qué esperan? Supongo
que lo que esperan todos. La resignación. Que me quede ahí, viendo el matinal,
las teleseries, preparando la comida, haciendo aseo, hasta que la salud me
acompañe y luego me muera sin molestar mucho. Que no friegue.
El único que me entiende es mi nieto de 15. Me dice que
pelee por mis derechos, que él cree nadie tiene que decirme lo que tengo que
hacer. Ese niño es más maduro que mis hijos, todos cuarentones.
A Hugo también le empezaron a hacer la vida imposible. Que
yo le quería quitar su plata ¡imagínese! ¡Ay no! Si ha sido mucho Señorita, entonces
dígame, - ¿cómo esta situación no me va a alterar los nervios? Y me quieren dar
pastillas, para que duerma, para que se me pase la depresión ¡qué depresión! Si
lo que quiero es que me dejen tranquila, vivir lo que me queda de vida.
Sí, sí hemos pensado en cómo resolver esto.
Hugo va a recuperar la casa que tiene en arriendo y nos
iremos a vivir juntos ahí. Yo tengo una pensión de viudez, que no es mucha,
pero de algo sirve. Tendré que cobrar algo de arriendo a mi hija. Va a poner el
grito en el cielo, pero si le estoy pasando mi casa, es lo mínimo ¿no cree
usted? También tengo unos ahorritos de los que nadie sabe. ¡No se le vaya a
salir a usted, pues!
El problema es poder seguir viéndonos. No nos dejan
tranquilos. Los dos nos sentimos como si estuviéramos cometiendo un crimen
cuando caminamos juntos. Ni hablar de sentarnos en la placita.
Mientras tanto, nos vemos aquí en el consultorio. Quien lo
iba a decir. Aquí es donde estamos más tranquilos, él me acompaña a mis
controles, yo a los de él. Hacemos la fila de la farmacia, esa la disfrutamos
más porque es más larga. ¡Mire las leseras!
Hugo está aquí afuera, en la sala de espera, mientras hablo
con usted. Así es que, si me quiere seguir citando, vendré todas las veces que
me diga, hasta que podamos vivir juntos y mandar a la punta del cerro a todos
los que nos han puesto piedras en el camino.
Nos vemos el próximo lunes entonces. Gracias Señorita.
II
− Hemos tenido tantos problemas, Leonor, tal vez sea mejor
que dejemos de vernos por un mes. No quiero que te hagan sufrir por mi culpa.
− ¿Cómo se te ocurre!? No voy a darles en el gusto. Y tú
debieras ponerte firme también. Mira que decirte que los hacemos pasar
vergüenzas. ¿Qué se creen? Vergüenza debieran sentir ellos por no dejarnos
tranquilos.
Hugo la abrazó y respiró profundo junto a ella.
Leonor se sentía fuerte y poderosa cuando Hugo la abrazaba,
le gustaba ese lugar, entendía que era ahí donde pertenecía. Las canas de Hugo
ejercían sobre ella una especie de hechizo, las acariciaba como si intentase
retener esa sensación en sus dedos. Cuando no estaban juntos, veía a Hugo por
todas partes, se imaginaba hablando con él, guardaba anécdotas para contarle,
se fijaba en las letras de las canciones porque de un tiempo a esta parte le
parecía que todas hablaban de él. Hugo aprendió a usar mejor el WhatsApp,
le mandaba mensajes, trozos de poemas o a veces solo un emoji para que ella no
se olvidara de él. Recordaba el tacto de las manos de Leonor que se avergonzaba
por las manchas y arrugas que tenían, qué ridícula pensaba Hugo. Esas manos
contienen su vida, su historia y quería tanto sentirlas en su pecho.
La primera vez que se fueron a la cama estaban nerviosos
como si hubieran sido un par de chiquillos vírgenes. Leonor compró ropa
interior nueva, fue lejos para no encontrarse con nadie del barrio. Hacía años
que solo compraba ropa funcional y que resistiera los embates de la fuerza de
gravedad, ahora quería algo más coqueto. Se sentía nerviosa por las huellas del
tiempo en todo su cuerpo: várices, la falta de músculos, las canas del pubis.
Hugo consultó al médico si podía tomar viagra. No se sentía seguro. Tenía mucho
miedo. Cuando estaba junto a Leonor, lograba tener erecciones, pero de ahí a
que le resultara para cumplir lo que consideraba su tarea, no podía asegurarlo.
Recibió buenas noticias, por su ausencia de problemas cardiacos, podía ayudarse
con la pastillita azul.
Acordaron que, si no resultaba, disfrutarían de hacerse
cariño y de estar juntos. Eso los relajó. La estrechez de ella por tanto tiempo
sin sexo requirieron la ayuda de gel y de los dedos de Hugo, el nerviosismo de
él requirió de la dulzura de Leonor. El abrazo de las piernas y el roce de los
cuerpos hicieron lo demás. Hugo le decía que estaba linda, ella se fue
olvidando de sí misma. Ambos se olvidaron de sentirse viejos. El amor de ambos
creció esa tarde y decidieron seguir juntos por todo lo que les quedara de
vida.
III
Papá, ya le dije que su celular se debe haber quedado en
alguna parte. No lo encuentro. Quédese tranquilo en cama. Las neumonías a su
edad son complicadas.
− Pero ya llevo cuatro días en cama y ¡necesito el celular!
− No se altere papá, por favor. ¿No ve que se obstruye? y
hace poco que se inhaló.
− Ya, déjame solo mejor. Anda a hacer tus cosas. Me tinca
que tú me tienes el celular para que no llame a Leonor.
Hacía cinco días que Leonor no tenía noticias de Hugo. La
última vez que se vieron él tosía y acordaron que irían juntos al médico, pero
los síntomas empeoraron y su hija lo llevó al servicio de urgencias esa misma
noche. La indicación fue reposo, antibióticos e inhaladores.
Leonor lo llamó hasta que su amor propio se lo permitió.
Tres días. Cuatro veces cada día. Primero se preocupó, luego se confundió y más
tarde comenzó en una interminable sucesión de ideas respecto a lo que podía
estar pasando.
Se llenó de miedo, de inseguridades y se cuestionaba todo.
Le parecía estar viviendo algo irreal, recorría los planes y los diálogos que
había sostenido con Hugo ¿se los había imaginado?, ¿había oído lo que quería y
no lo que era? Su ánimo decaía día tras día. Le costaba dormir porque las
mismas ideas hacían rondas en su cabeza, la misma melodía. Se sentía en un
carrusel terrorífico. Se criticaba a sí misma por no haber visto las señales
que seguro había mostrado Hugo. Nadie desaparece así.
Me imagino cómo debe estar Leonor. Debe estar pensando lo
peor de mí. Que me arrepentí de todo, que soy un pelotudo desgraciado. Y la
extraño tanto, con ella a mi lado me recuperaría más rápido. Necesito
escucharla, su voz, sus chistes, su risa. ¡Venir a perder el celular! No lo
puedo creer. Siempre lo tenía en mi bolsillo. Era mi única forma de estar con
Leonor, aunque no estuviéramos juntos. Aquí, tirado en la cama, tengo más claro
que lo único que quiero es estar a su lado. Estoy como un náufrago, sin rumbo,
solo y sin poder ver si la orilla está cerca o lejos. O si siquiera existe
alguna orilla.
Pasaron siete, diez días.
Leonor hablaba poco, atendía a sus nietos y cumplía sus
obligaciones hogareñas como autómata. Tal vez era hora de tomar medicamentos,
pensaba. No tenía ganas de ir a los grupos de adultos mayores y no contestaba
cuando la llamaban para que volviera. Ya casi no prendía la radio porque con
las canciones temía no poder parar el llanto que a duras penas contenía. Su
hija estaba presta a decirle algo desagradable de Hugo en cada oportunidad que
tenía. Ella se quedaba callada. Era demasiado doloroso. Sabía que el único
camino que quedaba por recorrer era volver a la resignación. Ya había vivido la
última pasión de la vida y, pensándolo bien, tal vez estuvo fuera de lugar como
decían todos. Aún miraba el celular por si encontraba algún WhatsApp o
algo, pero nada. Hugo seguía apareciendo sin conexión.
Un día pensó que debía hacer algo para terminar con sus
dudas. No podía seguir sintiéndose estúpida por haber creído que era real el
amor a su edad, tenía que parar de imaginarse con Hugo, de especular sobre
alguna explicación como que tal vez él se dio cuenta que su vida era mejor sin
ella, que pensó que era absurdo planificar y comenzar algo cuando quizás la
vida que quedaba era tan poca o que, a lo mejor, dimensionó la crisis familiar
que se venía encima y decidió renunciar a ella.
Iría a verlo y lo confrontaría. Al menos para despedirse de
frente.
− ¿Qué hace aquí usted, señora? Mi papá se fue donde unos
parientes a Puerto Montt. ¿No le avisó?
Se mantuvo entera durante esa breve interacción. Se fue a
la placita donde alguna vez estuvieron juntos. Era un ritual de despedida. Un
intento por deshacer esos recuerdos. Una vez allí, pensó que no olvidaría nada.
Que guardaría ese tiempo tratando de no teñirlos con el color de la tristeza,
de la desilusión. − Es lo único que me queda de él.
Me dicen que no me mejoro porque estoy mal de ánimo. Llevo
diez días encerrado en esta casa. Solo salgo para el control médico. La maldita
tos no se me pasa. Mi hija dice que encontró el celular, pero que seguro se
cayó o algo porque se perdieron todos los contactos. No le creo nada. No me sé
el número de Leonor. No lo anoté en mi libretita. Qué idiotez. Qué pensará, qué
pensará. ¿Cómo se explicará que desaparecí sin decir nada? Estoy igual que un
preso aquí. Todo el día vigilado como un cabro chico. No me puedo concentrar ni
para leer. Está a tres cuadras y parece que estuviéramos en planetas distintos.
¿Se habrá acostumbrado a estar sin mí?, ¿en tan poco tiempo?, a esta edad los
días pasan rápido. El tiempo tiene una dimensión dictada por la muerte. “Apúrate
que te alcanzo”, parece uno escuchar a cada rato, en cada acceso de tos.
Un mes.
− Mamá, ya pues ¡reaccione!, no puede seguir así. Si ese
viejo no va a volver. ¡Anímese!, ¿me acompaña hoy a la presentación de Fabián
en el colegio?
− No, vayan ustedes no más. Yo los espero con la once
lista. No me obligues a nada más, por favor.
Lo dijo con tal determinación, mezcla de dolor y rabia, que
su hija entendió que no valía la pena insistir.
Trataba, ¡por Dios como trataba!, de estar entera, de
fingir que estaba conforme con su vida y la suerte de contar con su familia
cerca, pero la desesperanza es rastrera e invasiva, como las hiedras dejadas en
libertad. Había comenzado a tomar los remedios. Había que asumir y deseó
atontarse: ver los matinales, escuchar los pelambres del barrio, de la
farándula, pero cada cierto rato se quedaba en blanco y sostenía la mirada
perdida en el horizonte, como un video en pausa, en una dimensión vacía.
¿Cómo podía ser que ahora todo pareciera tan lejano, tan
ajeno?
Por un paro en el consultorio perdió la hora con la
psicóloga, tendría que ir el próximo mes a preguntar.
No pienso tomar más esas pastillas para los nervios que me
dieron. Me tienen durmiendo casi todo el día. Me confundo, no sé ni qué día es.
Lo único que quiero es saber de Leonor, aunque ella no me quiera ver más a
estas alturas. No importa. Tengo que verla.
Leonor vio, a través de la cortina, que Hugo tocaba el
timbre. No lo podía creer. Su primer impulso fue correr a verlo, pero un
pensamiento negro cruzó por su mente. Si abría la puerta, la pena no daría más
tregua.
Hugo se quedó parado en la puerta una hora, quizás dos.
No se movía. Leonor tampoco. Recordaba el vacío, el
silencio, la desolación que había sentido y que sentía aún. No quería escuchar
nada. No había ninguna explicación que bastara.
Al día siguiente, Hugo parado en la puerta de nuevo.
Las vecinas cuchichean.
Nadie abre.
Tercer día: Hugo, dos horas cada vez.
− ¡Mamá!, ¡por favor!, ¡abra la puerta!, escuche lo que
tiene que decir ese viejo. Usted está ahí parada como un fantasma. Ya no es
usted. No es la mamá que conozco. ¡Si no abre usted, abro yo y lo hago pasar!
Qué va a decir la gente. ¡Capaz que al viejo le dé un ataque! Y no es que me
importe, pero ¡ya me tiene harta!
Leonor abrió.
Hugo la abrazó y no volvió a soltarla. Ambos sentían las
miradas de las viejas copuchentas y la de la hija como focos luminosos sobre
ellos.
No importó.
Leonor le creyó sin hablar. Vio sus ojos húmedos y acarició
las canas que tanto extrañaba. Hugo balbuceaba algo inentendible, pero la
emoción era demasiada y se rindió al abrazo.