martes, 24 de marzo de 2026

Corrección

 


Foto de Pixabay

Cayó una gota sobre un pequeño charco de agua, los círculos formados por la intrusa reverberaron por un instante y luego se desvanecieron al ojo humano. Claro, con instrumentos potentes se podría detectar movimiento bajo la superficie o el impacto de la onda acuática en el pavimento, pero no era el caso ni el interés de este observador. Del charco pasó a mirar las nubes por si había esperanza de un otoño normal, medido en milímetros de agua por supuesto, porque lo normal hacía rato que había desaparecido. Hacía algunos años ya que las cosas estaban desprovistas de su esencia, los postes de la calle, a pesar de cargar con el peso de muchos cables inútiles, estaban vacíos de cemento, los árboles eran solo cortezas, las personas eran solo expresiones de máscaras y podría seguir, aunque sin haber motivo para continuar con la descripción lo resumía en tres palabras: superficies sin contenidos. En todo caso era mejor así, las superficies son más fáciles de predecir y el margen de error es mucho menor que con los contenidos subyacentes.

Esto sonaría a herejía para los creadores de contenido que se devanan los sesos tratando de destacarse en un mar de superficies en su esfuerzo por vender más máscaras. Total, el verso da para todo. Hubo un período en que se aferraba a las palabras para construir su mundo, pero pronto no fueron suficientes y comenzó a sujetarse de las acciones observables, cuantificables. Esperaba consecuencia entre las palabras y los hechos, que la historia fuera un relato fidedigno de los acontecimientos, como si se tratara de datos y por tanto objetos de análisis, hasta que se convenció de que cada uno vive en su historia y no puede salir de ella; hasta puede reinventarla, colorearla de diferentes tonalidades según el momento que elige destacar y la marea de emociones que se desatan en el cuerpo y las asociaciones, en fin, que no hay modo de que algo sea normal. Que la forma tenga el contenido que parece contener.

Un rebuscado. Eso era. Ese era.

¿Desde cuándo se volvió un descreído y adicto a las formas?

Adicto a las formas: dícese de quien cree que hay un modo de comportarse de modo adecuado, oportuno y en lo posible consistente para no ocasionar problemas ni conflictos. La corrección de los modales, del lenguaje, del atuendo, de la opinión de quien no deja huella, pero sí un halo de amabilidad y de un no-sé-qué que lo distingue y hasta le otorga un toque de misterio.

¿Desde cuándo?

No podía precisarlo o no quería. Información clasificada decía cuando no sabía responder a algo o sabía, pero si lo hacía se podía enfrascar en conversaciones incómodas y por supuesto estériles y como tampoco despertaba tanta curiosidad en los demás, una de las ventajas reconocidas de la amabilidad, nadie lo presionaba demasiado como para caer en profundidades de mal gusto.

Tampoco es que pudiese ubicar un solo hecho, los fenómenos humanos, los individuales y los masivos, son multifactoriales y entonces dar con los gatillantes de una actitud frente a la vida no son tan identificables, así como tampoco los estímulos para una crisis de pánico o un estallido social. Además, no quería ponerse grave ni triste recordando momentos ahora tan pretéritos.

Nada como la tranquilidad y que las sorpresas de cada día se encuentren dentro de un rango que permita mantener el equilibrio y sobre todo una variedad de respuestas aceptables y no esa sensación que antes lo acompañaba: no saber qué decir, qué hacer, dónde y cómo mirar. Es un gran ahorro de energía, del tipo que sea que se use en la mente, saber comportarse, anticipar los diálogos y decir las frases correctas es de una calma que se parece al dominio de las bestias. Cuando se acordaba de algunos episodios de su identidad pasada no podía evitar bajar la cabeza y sentir vergüenza ajena, aunque en este caso no era ajena sino propia, pero de su yo anterior, o sea de otro y por eso decía que era ajena. El punto era que la ingenuidad y la fe lo hicieron decir y hacer cosas que no creía posibles por ilógicas. Ahora culpaba a la ingenuidad y la fe, pero en ese entonces era otra cosa, más vergonzosa que la inexperiencia de un adolescente, más peligrosa que el deseo de vivir tormentas de un agua calmada y segura. Otra cosa, sin nombre ni medida. Lo que fuera lo hacía ver cemento adentro de los postes, vida tras las cortezas de los árboles y los colores con una longitud de onda imposible de nombrar.

No era que se hubiera quedado todo este rato mirando ese charco de agua. Había avanzado por el parque que lo conducía de vuelta a la oficina y esas reflexiones pululaban por su mente como un hábito que se refuerza a sí mismo. Revisó su teléfono como un automatismo, otro más, de la vida actual. Solía prepararse para la siguiente reunión del día, ensayaba las frases que diría para romper el hielo y luego procedería a resolver el asunto por el que fue convocado, al menos lo intentaría.

Entonces cayó una hoja de un liquidámbar sobre su pantalla: roja y aún tersa. La guardó en el bolsillo de su chaqueta porque sí, porque siempre quedarían resabios de ese que veía las cosas normales.

A veces, muy de vez en cuando, en sueños u otros estados raros de la conciencia, rozaba con la sensación de que había sido muy afortunado de asomarse, más de una vez, al otro lado, allí donde se conjugaban el abismo y la cima. Donde la corrección no es un parámetro y la calma era la precursora del vértigo.


sábado, 21 de febrero de 2026

Potpourri






 


Un potpourri. Así se va a llamar mejor. Representa mejor lo que es este blog y la vida en general, una especie de tapiz como el que aparecía en Servidumbre Humana de S. Maugham, que intrigó tanto a Philip Carey y que era eso: un tapiz.

A propósito de Maugham encontré en el libro de Murakami, De qué hablo cuando hablo de escribir, una referencia a él y una historia entretenida. Me gustó saber que uno de mis autores favoritos ha leído a otro de mi grupo de ídolos. Al fin leí ese libro, debí leerlo antes, mucho antes, pero así es la historia: a saltos y en desorden. Me gustó saber de su propia pluma su experiencia como escritor y el compromiso que tiene con lo que considera correcto en ese ámbito. Incluso cuando se reconoce como un tipo con suerte.

También pude leer la Trilogía de Nueva York de Paul Auster, al principio me pareció duro, pero la tercera historia unía todo sin obviedades y mostrando, a propósito, o no, las luces y creo que más las sombras del autor. Me quedé con la necesidad de leerlo de nuevo, pero ante tantas lecturas pendientes, tomé otro libro que tenía en el velador Mi vida robada de Carla Guelfenbein, me gustó la forma de escribir de la autora, insinúa más que describe situaciones y emociones que podrían haber sido muy dramáticas. Se me hizo cortísimo. Tanto que me quedó tiempo de agarrar otro, El tercer amor de Hiromi Kawakami, la autora que escribe suavecito como una brisa y que trata temáticas muy difíciles como quien cuenta una historia cotidiana. Este me ha resultado más árido tal vez por las condiciones de lectura: tiempo y lugar en especial.

Antes de esos libros leí Dignos, una crónica del estallido social de Pablo Ortúzar y quedé impactada por la cantidad de acontecimientos, explicaciones para los mismos desde diferentes ángulos, la andanada de información y seudo información y por supuesto la necesidad de dar forma a una cadena de sucesos que hasta hoy parece una tormenta demasiado cercana como para saber qué rumbo tomará. Me vi a mi misma emitiendo juicios y sumándome a actos que luego me parecieron conducidos hacia una forma de chantaje social más que otra cosa. Es obvio, pero después de leer esa crónica me quedaron muchas más preguntas y esa sensación tan en boga de que cada vez se vuelve más difícil la tarea de consensuar un mínimo de reglas de buena convivencia tendientes al bien común.

Un potpourri.


viernes, 30 de enero de 2026

Mi intención era otra y un Potpourri

 




Se me ocurrió escuchar el podcast "Desde mi Jardín " de Cristián Warnken en donde sostiene una conversación con el crítico literario, filósofo y poeta José Miguel Ibañez Langlois. Por supuesto que vale la pena escucharlo, se aprende mucho, en especial de la belleza del lenguaje y de la literatura como un arte mayor. De cuando escribe la inteligencia a diferencia del relato surgido del desgarro del cuerpo, el alma y la naturaleza. 

Es evidente que quedé con la sensación de que mis cuentos seguro se le caerían de las manos al crítico. Que bueno que nunca llegarán a ellas. Porque una puede ser vieja y no jugarse nada por el gustito de escribir y puede tolerar perfectamente el desagrado o indiferencia  de alguien por los textos que se ha atrevido a publicar, pero de ahí a ser destrozada esa ya es otra experiencia por la que no quisiera pasar.

Justo había terminado de corregir las fallas de tipografía de mi última selección de cuentos, las que tuvieron que ser vistas por otros ojos porque los míos ya no las advertían y entonces ahora se me instaló en la conciencia otro filtro. Uno que no me dejaría seguir adelante.

Se me va a pasar, como casi todo, sobre todo porque a quién le importa más que a mí misma. Deberé tenerme paciencia y recordar que solo es un juego, que para qué me voy a comparar con nadie, que se trata solo de un desafío personal. 

Deberé repetir ese párrafo como mantra, tal como los viejos y no tan viejos se repiten a sí mismos tantas convicciones para atreverse, o no, a decir o a hacer algo, usando la edad como justificación u obstáculo.

Las hojas impresas estarán esperando ahí a ver si viajarán o no y a qué destino. Espero que, dónde sea, el viaje sea grato.


miércoles, 31 de diciembre de 2025

Saludos


 




Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan en Instagram como para darse valor y empujarse a una misma ¿por qué no? Esta vez vencí otra barrera y entregué el borrador a dos amigas que, además de esa condición, la de la amistad, son buenas lectoras y espero contar con ellas en el lanzamiento. Me falta pasar otro obstáculo, pero, tal como los exámenes médicos, quedó para el 2026.

Mientras más vieja menos me apuro y más me molestan los plazos y prisas.

Después de todo muchas cosas, en apariencia serias, no son más que juegos en los que descansamos de la vida y de sus temas por resolver. Tanto de la historia, ajena y propia, ocurre en la memoria y la imaginación y ambos procesos son inseparables del modo de mirar y recordar y reacomodar y filtrar que, ante tanto enredo, más vale resolver la confusión en otro lado, jugando, bailando, escribiendo, bailando (ya sé que no se recomienda escribir con gerundios) y si esos distractores son compartidos, mejor aún.

Habrá que acostumbrarse a otro número en el calendario y abrir una nueva carpeta en documentos titulada Cuentos 2026.


jueves, 18 de diciembre de 2025

En el café

 


Foto de Bia Sousa: https://www.pexels.com


A veces puedo abstraerme de mi misma y observar a los clientes que vienen a este café, casi puedo adivinar qué pasa por sus mentes o lo invento, seguro lo invento, y, a veces corroboro, acercándome a los pedazos de conversación que alcanzo a escuchar.

Mesa 14: Gente civilizada.

Da lo mismo quienes sean, hacen como que hablan. Se quedan con las ganas de seguir un diálogo lleno de preguntas que no formularán. En su lugar hablan de la decepción de este otoño porque parecía la continuación de un verano eterno

− ¿No te parece más un verano deslavado que el comienzo del invierno?

− Que el calor dure pocas horas es a lo máximo que se puede aspirar.

Fingiendo una conversación, analizarían juntos la analogía de la luz como sabiduría y esperanza, así como la sombra de la confusión y el miedo. Sumarían el calor y el frío, las sombras de la caverna de Platón, el arcoíris de la concertación después de la dictadura, la primavera árabe y los conflictos más contemporáneos y por eso mismo más invisibles.

Uno de los dos, eso es evidente, llevaba otra línea de pensamiento interna o triple en vista de que advertía que estaba pensando otra cosa mientras las palabras fluían con corrección y naturalidad. La doble conciencia; lo mismo que me pasa a mí cuando busco el pedido en la Tablet y la pantalla no carga, me voy para otra parte, mientras mi cuerpo sigue ahí simulando la pausa de un video.

Esta clienta, sabía hacerlo bien, es una señal de buena educación conocer el juego social, las leves hipocresías y las mentiras piadosas. Apuesto a que bajaba la cabeza cuando recibía los reclamos de la madre y los consideraba injustos en la niñez. A veces hasta estaba llorando y en su mente era valiente, o insolente, de acuerdo con los parámetros de la época, y respondía con lo que quería decir. Entonces podía ser otra niña y no aquella complaciente y bien portada.

El otro cliente, hacía lo propio y reverberaba en su mente esa expresión de Cortázar – tan café con leche – todo el día me había quedado con esa imagen en la cabeza. Para una mesera no puede ser más cercana la analogía:

¿Cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir cuánto hemos recaído en los sueños o en la ducha?

El contraste de luz y la sombra daba para muchas conversaciones, tanto como ponerse al día y la actualidad en donde los eventos ocurren tan rápido y se está tan inmersa que no es posible dimensionar qué está pasando incluso en la propia vida, pero seguían hablando del sol, el frío, la fruta, los pies helados.

El Uno y el Otro son intercambiables por otros clientes o por ellos mismos en otras circunstancias jugando a que no pasaba nada.

Mesa 8 La cita por aplicaciones

Es raro el juego de los que vienen para conocerse en persona luego de haber hecho match en alguna aplicación y haberse escrito por mensajería. Se nota antes de que se sienten. Llegan mirando para todos lados, con la cara un poco rígida y, los menos, muestras un esbozo de sonrisa medio rara, ensayada frente al espejo. Deben querer disimular el miedo y la ansiedad que esas citas generan. Creo que es una mala idea juntarse en un café, podrían invitarse a otro lugar, algo más evocativo para estudiarse. ¿Un bar, un paseo? Los viernes hay varias parejas en lo mismo, al frente una mujer de unos treinta y tantos, haciendo como que no le interesa ganarse la atención de su cita, un treintón, vestido y peinado a la moda, estudiándola entera mientras simula una mirada de profundo interés en lo que ella dice. La mujer despliega una serie de gestos mientras destroza un pastel con mucha crema, por el color parece uno de moka, él, previsor, pidió solo una porción de galletas. La mujer exagera sus gestos y su lucha con el pastel, él está apoyado en el respaldo de la silla, a centímetros de parecer desinteresado, una pierna estirada hacia adelante, que la mujer no ve, lo hace dueño del espacio. Ella afirma sus piernas en la silla, como retrocediendo mientras su torso está casi encima de la mesa, en ocasiones se retira, pero su esfuerzo con el pastel no la ayuda.

Ambos se estudian, ella sonríe poco, él menos. Ambos se cuidan de no parecer demasiado interesados, pero sí educados. El objetivo parece ser una competencia por quien muestra menos interés y luego decir – fue agradable – sabiendo que no se escribirán otra vez.

Mesa 16 Las habitueés

Más allá, un par de mujeres habla sin parar, son clientas frecuentes de por aquí, siempre peleo con una de ellas porque insiste que el brunch, nombre siútico para una once o desayuno más contundente, se llama Côte d'Azur, ella dice − cotdasiur − y yo me hago la que no entiendo porque se llama Coté de Azur − cotédeazur −. A mí me va a venir a enseñar ¿Qué se cree esta vieja? Soy yo la que trabaja aquí y no voy a saber cómo se llama el famoso brunch. ¡Qué pida el otro entonces! El Paris tiene más cosas todavía y así no pelea conmigo sobre cómo se pronuncia. Siempre gano yo, obvio; la amiga termina pidiendo porque ya no tiene paciencia para la misma pelea. Con ellas se me acaban las evocaciones y vuelvo a mí.

Otra gente deja de hablar cuando una va a servirles, pero parece que el tiempo se les hace poco para hablar a estas señoras. Tanto hablar y hablar, hablar qué − ¡cosas de viejas serán pues! – los hijos, los nietos, lo caro del aceite, lo mal que se porta la nana, cuál detergente es mejor y esas cosas que hablan las viejas. ¿De qué más van a hablar?

Algunos clientes me caen bien aquí, la mayoría no. Se gastan mucha plata en leseras, a mí me costaría un día de trabajo lo que a ellos una once, pero aquí me tengo que esforzar por tratar bien a la gente, ya de dos cafeterías me han echado por reclamos, pero es que son enervantes. Ya los tengo clasificados, a una le hacen recitar toda la carta porque los aturdidos no saben usar el código QR del teléfono, como si fuera tanta ciencia. Casi siempre piden lo primero que una nombra porque no les da la memoria para más, el truco es nombrarles lo más caro y lo que una sabe que hay. Antes trabajé en un café donde no había ni la mitad de lo que estaba en la carta y ahí tenía que estar una poniendo cara de gato con botas y dar explicaciones ridículas: los proveedores, el cambio de dueños, en fin, pero hacer eso todo el día, todos los días aburre y yo me aburrí. Un día, el papá de mi hijo, ese huevón, no lo vino a buscar, era sábado y yo tenía que ir a trabajar, ningún hombre va a entender esa desesperación, estar lista para salir, el cabro chico llorando porque no llega el ahueonao y una, histérica, gritando por el teléfono, pateando todo, los juguetes y la mochila preparada para el día que sale con el papá. Lo único que escuché en mi cabeza, era – Loca, lo siento, no puedo ir a buscar al Gonzalito − no sé qué dijo después, no le creo nada, lo empecé a insultar, a decirle que si yo no trabajo el cabro chico no come, que seguro se había ido de farra y no podía levantar el culo de la cama. Le dije todo lo que se me ocurrió y cuando me di cuenta, el infeliz me había puesto en altavoz para que su nueva pareja escuchara lo loca que puedo ser.

Tuve que dejarlo con mi vecina porque mi mamá no me hablaba hacía una semana y yo me había jurado nunca más pedirle ayuda. Vieja de mierda, toda la vida sacándome en cara que por mi culpa sacrificó su juventud y que encima yo me había puesto a tener un hijo con un huevón penca − ¿Y mi papá?, tan buen partido que es poh, ¡si ni lo conocí! − ahí me echó y tuve que rogarle que me perdonara porque no tenía dónde irme. Me comí la rabia entera y ahí estoy tratando de sobrevivir con mi sueldo de mesera. Ese sábado llegué una hora y media tarde al trabajo, todos con cara de perro y yo lloraba de pena y rabia, le rogué a mi jefe que me dejara adentro lavando los platos porque era incapaz de hablar sin llorar. No le quedó otra.

Todos los favores se cobran, todos los sacrificios se cobran, eso me decía una amiga. Dicho y hecho, que no me echara fue considerado un favor y de ahí en adelante el miserable de mi jefe empezó a manosearme y a hacerse el lindo, trataba de que me quedara después del cierre. Busqué otro trabajo. En mi media hora de descanso caminé por los cientos de cafeterías y restaurantes de la zona y cuando estuve segura de irme, yo misma lo provoqué una tarde y cayó redondito. Me metió la mano por el escote, en el delantal yo llevaba un tenedor, fingí que me gustaban sus dedos chicos y regordetes metidos ahí, retrocedí para apoyarlo en la muralla y cuando estaba todo calentón le enterré el tenedor en el muslo. No pudo gritar porque lo tenían demandado por acoso hacía tiempo y lo vi gritar hacia adentro de sí mismo, estaba rojo de rabia, parecía que iba a explotar, casi oigo sus garabatos y por supuesto la amenaza de echarme. 

¿Qué puedo decir de eso? Odio los dedos chicos, regordetes y que parece que se doblan hacia atrás como si fueran de goma y también detesto a las viejas que no saben pronunciar su pedido de la carta y me corrigen.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Buenas tardes vecinos

 


Las cosas caen sin razón alguna, pedazos del techo, más pedazos del techo. Afuera, un nido de pájaros sucumbe al viento. El bolso se vacía completo, monedas sueltas, lápices. Pensó de inmediato en su descuido, el hábito de no ir hasta el final, de no preocuparse de los detalles.

Una vela aromática se apaga y se cae un macetero en un lugar al que no prestaba atención hacía mucho.

      Los objetos han comenzado a desplazarse.

 

O era la llegada del verano y el calor que derrite hasta los pensamientos. El crecimiento de plantas y malezas que obliga al movimiento para mantener el equilibrio, para que se vea, en la superficie al menos, que el paisaje es el mismo y está ordenado.

 

      Es difícil mantener el equilibrio.

El orden, el paisaje predecible y caminable incluso a ciegas, requiere años de inversión: tiempo, dinero, movimiento y pasividad. Alguien en su sano juicio no cambia eso por la incertidumbre, por explorar otras vidas y otros ajustes. Al revés, la mayoría contiene y redirige sus esfuerzos durante muchos años para que el premio sea la certeza y la sensación de que nada va a pasar y entonces al fin poder descansar y vivir – o morir – en paz y tranquilidad.

Algo había comenzado a ceder, a dejar espacio y grietas. Algo se abría paso en medio de sensaciones sin nombre. O podría ser el hábito nacional de considerar que la historia transcurre entre terremotos, esa convicción de que siempre pasará algo azaroso que puede cambiar todo en unos minutos.

Lo cierto es que algo se movía, afuera y adentro.

Con esas divagaciones Ernesto, quien debía su nombre a la admiración de su padre por Óscar Wilde, comenzaba un nuevo fin de semana. Podía decirse que todo estaba bien y que cada segundo era como tenía que ser. Leer a los estoicos había tenido sus consecuencias. Su padre tenía razón, para variar, − cuidado con lo que lees, con las películas que ves, con las personas que te reúnes, porque moldean tu mente y las decisiones que tomas – tenía razón el viejo que ya no era ni la mitad de sí mismo, pero era más libre de lo que él nunca había sido.

Bonito y tranquilo fin de semana decía el mensaje de la vecina buena ondis del grupo de WhatsApp que había sido creado para enfrentar juntos los esfuerzos y cuidados del estallido, la pandemia, la delincuencia y que, como consecuencia, había generado una vigilancia entre unos y otros, que a él le parecía extrema y detestable. Cada vez que salía y entraba a su comunidad, así llamaban ahora a un condominio o un grupo de calles cerradas, sentía que alguien vigilaba sus pasos.

No había nada que vigilar con él, nada interesante hasta ahora, y le parecía de lo más odioso vivir en una supuesta comunidad. A veces quería escandalizarlos un poco y dejar su apariencia de señor respetable y caballero igual a todos los demás del barrio: pantalón beige, camisa azul, pantalón azul marino y camisa celeste. Corrección total, sus deslices de joven, como los de todo caballero que se precie, no quedaron grabados en ninguna cámara. Quedaron ocultos hasta en su memoria y en sus eventuales cómplices, ya tan correctas como él. Hasta hacía poco, consideraba que esos momentos de lado B eran sus medallas de batalla, de haber hecho lo que se espera de un hombre: trabajar, criar, cortar el pasto, comprar la casa para el retiro y ocasionalmente tener algunos momentos de disfrute y de visita al lado no oficial que lo confirmaban como un hombre hecho y derecho.

Quien sabe, sus eventuales cuestionamientos a lo que había hecho de su vida con las circunstancias que lo rodearon eran parte de lo que se suponía había que hacer a su edad. Estar en paz requiere un acto de contrición de tanto en tanto. ¿Se pudo hacer mejor? ¿pudo haber hecho menos daño? Por supuesto, siempre se puede ser mejor.

Ernesto no sabía por qué, de tanto en tanto, tal vez con la misma frecuencia de los terremotos, le daban ganas de empezar de nuevo, de mandar todo a la mierda y considerarse de nuevo como un espíritu capaz de volar. Como cuando andaba en bicicleta saltando montones de tierra y por un instante no medible sentía que estaba suspendido en el aire gritando y sintiendo una euforia que lo hacía reír como nada, como nadie.

Se imaginaba en otra parte, cerca del agua, viendo crecer brotes de lo que fuera que hubiera querido plantar, tal vez tomar la bicicleta de nuevo alejarse de casa como cuando no había celular y nadie sabía dónde andaba o con quién. Normal, todos extrañan la vitalidad de la juventud, se decía en voz alta, para aplacar esos momentos de movimiento interno. Además, se sabía que tipos como él hacían que la sociedad siguiera funcionando, si demasiados siguieran sus impulsos quizás qué quedaría del sistema. Borrón y cuenta nueva tienen una edad: la infancia y la adolescencia son para sacar la página, hacer de nuevo un ramo, cambiar de carrera. Un estoico lo sabe, se sacudió esas ideas y escuchó el llamado para ir a almorzar, dejó las tijeras de podar, se refrescó la cara y lavó sus manos, todo estaba bien.

Solo como un ejercicio, se quedó callado y no dijo nada durante el almuerzo. En un momento pensó que ya no estaba ahí, que veía a los demás a través de un vidrio. No lo resistió más de media hora, era una especie de angustia, la necesidad de ser necesitado que había considerado un peso y un deber, era la conexión consigo mismo después de todo. La afirmación y confirmación de ser quien era con su circunstancia.

Todo estaba bien.

Tranquilo y lindo fin de semana vecinos.

Algo se movía, algo pasaba allá afuera, pero no estaba bajo su control, cuando ocurriera, el terremoto, real o no, sabría qué hacer.

 

David Gilmour, Where We Star

https://youtu.be/ceay27EWvPs


martes, 9 de diciembre de 2025

Potpourri

 

Foto de Rumeysa Sürücüoğlu: https://www.pexels.com/es-es/foto/34241272/


Está decidido y como lo he ido diciendo, incluso ahora, aquí, menos posibilidades tengo de no cumplir un objetivo que de importante no tiene nada. He estado seleccionando cuentos para un tercer libro y ha resultado más difícil de lo que pensé. Es un potpourri de relatos difíciles de clasificar o de elegir por algún criterio. Ya deseché la categoría de buenos relatos porque no sé si son lo suficientemente buenos, pero no voy a latear con la inseguridad de nuevo.

Alguien con mucha paciencia ha estado leyendo todo el blog, todo, todito y me han aparecido en la memoria algunos textos que hasta yo había olvidado. Creo que eso no merece comentario porque explica por sí mismo la dificultad para escoger los que se imprimirán o no en un objeto que se supone los hará más perdurables. En todo caso, va mi reconocimiento a la paciencia de ese/a lector/a que ha recorrido, en un orden extraño para mí, los textos que he ido poniendo en el blog. Tal vez se trate de un máquina, también lo he pensado, pero cómo tanto ¿no?

Intenté hacer una clasificación: cuentos de pandemia, del trabajo, de amor – desamor, de familias, de rollos mentales o como suena mejor: cuentos psicológicos, pero no me resultó. Así es que será una ensalada de cosas, igual que los anteriores.

Todavía no termino de seleccionar, pero la vida no coopera mucho tampoco. Espero lograrlo esta semana y pasar a contactar a alguna editora de textos para que al menos salga sin errores de puntuación o de gramática.


jueves, 4 de diciembre de 2025

Vecinos

 

Foto de Denishan Joseph: https://www.pexels.com


Gaby había llegado antes al barrio, un conjunto de casas nuevas al lado de un terreno baldío, de esos que escasean por estos días. Se presentó sola a la familia de su vecino, Mauricio; los miró aliviada, al fin llegaba al barrio alguien a quien acudir o que escucharía sus gritos por si algo le ocurría. Se hacía la valiente, una especie de mujer moderna y temeraria que consideraba que nada malo podía ocurrirle si cuidaba de los detalles. Quienes la visitaban le advertían que la reja de la calle era muy baja, que debía poner protecciones en cada ventana y que la idea de las alarmas no debía ser desechada. Respondía a todo que sí, pero el sueldo por los dos trabajos que tenía no era suficiente para tantos gastos sin caer en más deudas, sumándolas a las que ya había accedido.

En el fondo, era una damisela en apuros disfrazada de mujer empoderada con las exigencias de género interiorizadas como un mantra que debía obedecer: puedo, debo, quiero, hacer todo sola, sin pedir ayuda y menos la de un hombre.

I

Cuando la vio, la encontró ahí no más, nada especial, su esposa Raquel haría buenas migas con ella, una educadora de párvulos y Gaby, profesora de matemáticas, se llevarían bien. Estaba escrito

Un día la vio cortando los setos con una tijera de podar. Le pareció que el vestido que traía, barato, de liquidación, marcaba bien su figura y si bien no se veía nada, insinuaba todo. Se le ocurrió ir a buscar unas tijeras para facilitar su labor, al principio no las aceptó, pero luego le dijo que se demoraría mucho menos, que se las dejaba ahí y él iría a hacer otras cosas. Solo ahí recibió las tijeras, luego la oyó cuando las devolvió y su esposa le dijo que, si necesitaba algo, acudiera sin ningún problema a su marido es un pan de dios, llega a ser tonto de lo bueno que es – no supo si alegrarse o no por esa descripción de su mujer, se acordó del chiste de Coco Legrand, siempre de huevón, en toda circunstancia hay que ir de huevón.

La veía algunas veces en la fila del colectivo cuando le tocaba restricción vehicular a su auto. Una vez se sentó al lado de ella, le gustó su aroma, pero en lugar de decírselo, le dijo que su señora estaría pronto de cumpleaños, si podía sugerirle un perfume, tal vez el que andaba trayendo ella ese día.

-                Un perfume es algo muy personal, no conozco tanto a tu esposa como para saber si le gustaría el que yo uso.

Se sintió intimidado, balbuceó – Claro, claro, tienes razón – y se fue recriminando todo el camino por la mala ocurrencia. Pensó además que sería un regalo costoso e inútil para Marcela que insistía en ahorrar todo lo que pudieran y pensaba que los gastos en acicalamiento eran un derroche, señal de superficialidad y del lavado de cerebros que el modelo de libre mercado había logrado en los chilenos.

Marcela era la esposa ideal para él, se conocieron siendo casi niños, pero Mauricio, o Maurito, como lo llamaba ella, fue siempre tan inhibido que fue ella la que se le acercó y ya no recordaba si también ella había sido la de la idea de casarse.

II

Marcela sentía una mezcla heterogénea de sentimientos respecto de Gaby, le gustaba su valentía, envidiaba un poco lo libre que se veía, sentía lástima por lo sola que debía sentirse y encontraba infantil ese empecinamiento por avanzar en tareas de la casa para las que se requerían maestros o alguien con fuerza al menos. Le daba rabia que se escuchara la música hasta tan tarde en las noches. La vio instalar pastelones, preparar el antejardín para sembrar pasto, llegar tardísimo, casi de madrugada, después de algún carrete, para levantarse tres horas más tarde e ir al trabajo con su delantal de parvularia en el asiento de copiloto de su destartalado auto. A veces pensaba en presentarle a alguien. No la encontraba simpática o bonita, en eso opinaba igual que Maurito, nada especial, pero casi le parecía un contrasentido que una mujer joven no tuviera pareja estable. Pareja estable, porque estaba claro que parejas ocasionales sí tenía. ¿Cómo sería eso de acostarse con más hombres que solo con el marido? Se sentía de otro tiempo, esos pensamientos flotaban durante poco tiempo en su mente, se auto recriminaba de inmediato. Debiera estar agradecida de lo que fuera que hizo que se casara con Maurito, el pan de dios del colegio, el buen partido del barrio, tan inteligente, tan buen niño. Nunca se agarró a combos con nadie, su madre, lloraba de orgullo por él y por milagro, ella misma le dijo que Marcela había nacido para acompañarlo y ser la madre de sus hijos. Y era tan buen yerno. Sus padres lo adoraban. No pensaría más en tantas estupideces.

No por proponérselo dejaba de tener curiosidad, en especial de cómo era pasar de una relación a otra sin mucha pausa ni depresiones. Más adelante le preguntaría.

IV

-       ¿Hasta cuándo van a bailar esas locas de al lado? Maurito ¿por qué no vas y le reclamas?

-       Ah, mujer, Déjalas, es la primera vez que hace una fiesta con las amigas la Gaby

-       ¡Bajen el volumen!

-       Noooo, está bien así!

La vio salir a fumar un cigarrillo con alguien, desde el dormitorio de su hijo no lograba ver si era hombre o mujer. Gaby estaba de negro entera, la imaginó como una pantera que se iba a girar y lo iba a hipnotizar para que bajara.

Bailaban música vieja, funk, soul, rock setentero y entremedio algo más moderno. Marcela no se daba cuenta de que hacía tiempo que en su selección de música copiaba las canciones que la vecinita escuchaba. En todo caso no había nada malo con eso. Antes no ponía atención a la música, ahora sí, eso era todo.

-       Alguien nos está mirando desde esa ventana.

Gaby levantó la vista, vio la cortina descorrida, el vecino alcanzó a retroceder de la ventana.

-       Estoy viendo si falta poco para que se acabe la fiesta.

-       Maurito, ven a acostarte, es tarde, los niños se durmieron. Veamos si podemos dormir nosotros con ese ruido infernal.

-       ¿Tienes sueño?

-       Maurito ¿te vas a portar mal hoy?

-       Nunca me porto mal.

Se acordó todo ese rato de la pantera, del modo en que lanzaba el humo del cigarrillo al aire o la manera en que levantaba su pelo para despejar el cuello y refrescarse. Casi respiraba en el cuello de Marcela el perfume mezclado con ese olor salado que Gaby debía tener. Sí, porque había dado con el perfume, probó todos los que ofrecían en las tiendas, hasta que lo reconoció. No olía igual en otro cuerpo, ya se sabe, lo del pH, la alimentación y miles de variables más. Y no, no era porque quisiera recordar el olor a Gaby, solo le gustó el perfume y quería sentirlo en su cama, en su mujer.

 

V

-       ¡Estuvo buena la fiesta!

-       ¿Molestamos mucho?

-       Estaba buena la música.

Ella le dirigió por primera vez una sonrisa amplia y sin esfuerzo. Marcela apareció bajo el umbral de la puerta.

-       Le dije a Maurito que te pidiera que bajaras la música, pero él es tan buena gente que no quiso, dijo que nunca habías hecho una fiesta en tu casa y que merecías relajarte.

A Gaby se le borró la sonrisa, por un nano segundo recordó la imagen de la cortina descorrida. Los miró a ambos y se disculpó. Marcela advirtió el cambio.

-       Yo no noté nada raro.

-       ¡Ay! Es usted es tan inocente Maurito. Es tan blanco de espíritu que no ve la maldad en otras personas, las insinuaciones.

¿Cómo? ¿podría ser que Gaby le hubiera hecho algún cambio de luces? ¿tan idiota era que no se daba cuenta? Abrazó a Marcela por los hombros y se sintió alto, mucho más alto, feliz sin explicación, la besó como hacía tiempo no lo hacía.

 

VI

Cerca de medianoche, escuchó que alguien la llamaba desde la calle. Era el vecino avisando que el portón del patio estaba abierto. Gaby bajó a cerrarlo, le había dado las gracias, Mauricio la observó hasta que se entró. De algún modo se sentía responsable de cuidarla, mal que mal, podría ser que no pudiera tener un hombre que la cuidara porque sentía algo por él y, si bien, nunca la había alentado, quien sabe, si como era un imbécil en esas lides, podría ser que la hubiera confundido sin querer.

Con ese objetivo, para protegerla, comenzó a escribirle en las mañanas y todas las noches, sin falta, para preguntarle si estaba bien o si necesitaba algo.

Le contó a Marcela de su preocupación por Gaby.

-       Si no fueras tan ingenuo y de buen corazón, me pondría celosa, pero te conozco, no serías capaz de ser infiel conmigo. Cuídala si sientes que es lo correcto y si crees que lo merece.

Las palabras al viento pueden convertirlo en tormenta o al menos en tormento.

 

VII

-       ¡Gracias Gaby! Me diste el mejor regalo de la vida. Me sorprendiste.

Mauricio había entrado por la puerta de la cocina para sorprender a su señora, después de haber chateado un rato con Gaby en el auto, cuando la oyó en el living de su casa, no le quedó más alternativa que quedarse escuchando la conversación de las amigas. Ellas tomaban una copa de vino mientras bailaban con la misma música de la fiesta de la vecina en un volumen mínimo. Vio cómo Gaby le mostraba el celular a Marcela y ambas se reían a mandíbula batiente. Palideció, toda la sangre se le fue al piso, casi se desploma. Se mareó viendo imágenes de su familia y la de Marcela en su mente, todos incrédulos por lo estúpido que había sido. No había concretado nada y sería acusado de infiel.

-       ¿Te dije o no te dije? ¿se puso más cariñoso contigo, más creativo, más audaz?

-       Sí a todo, ¡impresionante!

-       Yo calentaba el agüita…

-       ¡Y yo me servía el té!

Se sentó en un piso de la cocina mientras procesaba la información. Pasó de la culpa, a la vergüenza; del ridículo a la rabia. Marcela era una bruja, su padre tenía la razón.

Cuando se decidió a salir de la cocina, llevó una copa en la mano, la llenó de vino y se sumó a las mujeres en su baile, las dos vestidas de negro, los tres jugando a los buenos vecinos.

 

 

Commodores, Machine Gun

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Corrección

  Foto de Pixabay Cayó una gota sobre un pequeño charco de agua, los círculos formados por la intrusa reverberaron por un instante y luego s...