Mostrando entradas con la etiqueta Cuento largo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento largo. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de marzo de 2025

Bruma, sombrilla y colores (completo)


 

Una vez que la débil sombrilla se voló por completo y en el afán por alcanzarla, no por el interés en recuperarla sino solo por el daño que podría provocar en alguien, decidió partir. El calor era insoportable y la arena caliente dejó sus pies algo quemados en la breve carrera por alcanzar ese objeto chino. Era obvio que no iba a servir en una playa del sur y en ninguna parte. Lo peor era salir de la invisibilidad para ser observado mientras perseguía esa baratija. La semana siguiente estaba ahí mismo bajo un paraguas tan inútil como la sombrilla. La lluvia no respetaba la verticalidad esperada así es que los pantalones estilaban y arrastraban arena mojada.

No era de ahí, eso lo sabían tanto los demás como él mismo. – Es difícil sentir que uno es de alguna parte en estos días – casi lo dijo en voz alta, por si el paisaje respondía. Era feliz en la tormenta, en medio del viento, los árboles y la lluvia y ahora, menos taxativo frente a distintas circunstancias, también apreciaba el efecto del sol en el reflejo del agua y la abundancia de colores. La familiaridad con el entorno a veces opaca el efecto estético de los lugares en donde se desenvuelve la vida, eso debe ocurrir a los habitantes de lugares turísticos. Para ellos la presencia de volcanes, bosques de árboles milenarios, ríos, lagos y el mar, tal vez no parezca ser tan milagroso como para los visitantes, en ese sentido, ser un afuerino eterno y no un oriundo, era una ventaja.

Si ahondaba en la sensación de afuerino, podía generalizarla a casi toda su vida, por razones que conocía bien desarrolló una curiosidad por las personas en comunidades, cómo hacían para organizar la vida, los rituales que seguían y aquellos patrones que se repetían cada uno con explicaciones diferentes de cómo y por qué se iniciaron y más aún, se mantuvieron.

Un observador participante. En primer año de antropología oyó hablar de esa técnica de investigación, estar y no estar, la doble conciencia en acción. Sus habilidades de adaptación lo hacían ideal para allegarse a casi cualquier grupo humano, además de una apariencia poco llamativa, sin ningún rasgo físico que pudiera generar borbotones de prejuicios en los nortinos y sureños. No más que la habitual desconfianza de los que saben de la utilización de los citadinos de su, a estas alturas, casi extinta hospitalidad y bonhomía. Además, había ido desarrollando la habilidad de adoptar los distintos acentos del país. Camuflaje cultural llamaba a ese proceso.

En algún momento, de tanto observar a otros advirtió que se había transformado en una forma de ser; un permanente estado de alerta del que ya no era posible distinguir si esa era la única vía de relación con los demás y, peor aún, consigo mismo. Los bosques, el agua, paisajes grises o coloridos eran el espacio donde podía ser libre y feliz, ahora en especial, que ya no había nada que demostrar o superar y su rol era cada vez más teórico que operativo. Debía dedicarse a leer informes y, a lo más, ser parte de comisiones en la toma de exámenes cuando en el departamento académico se acordaban de que existía. Lo peor era la burocracia, estar lejos lo ayudaba a desentenderse de las demoras porque faltaba el visto bueno de algún colega de otro departamento. Se había cansado de las comisiones de ética que de modo invariable planteaban objeciones al filo del plazo y entonces los investigadores comenzaban a taparlo de correos, llamadas y mensajes en todas las plataformas como esperando alguna acción de salvataje de su parte; lo situaban en un lugar en el que le atribuían más poder del que tenía y sobre todo lo volvían visible a otros. Ya se había cansado de eso, de pelear por otros, de representar un papel de mediador y en el que se sentía obligado a ser diplomático para no herir susceptibilidades de las vacas sagradas, cuando lo que correspondía era gritar un par de insultos por la flojera y la indolencia. Peor le resultaba ese rol de contenedor emocional de los alumnos que habían recibido de su misma parte la advertencia del manejo de los plazos y que, como jóvenes que eran, el tiempo parecía moverse en una velocidad diferente y personal. Lento como en una sala de espera al inicio del proceso y como la luz las últimas tres semanas.

También observaba a los alumnos como una comunidad de jóvenes ¿qué tenían en común con los del sur o con los del norte? Más de lo que hubiera sospechado, los videos virales habían unificado el lenguaje, el humor, las quejas, las risas, los anhelos y usaban los mismos memes para explicar algún problema, pero era una identidad difusa, compartida con el mundo, al menos ese que se mueve como mercancía de contenidos. Les resultaba más complejo identificar algo que fuera propio, aunque se esforzaban hasta lo indecible por diferenciarse. Esos temas le seguían apasionando. Así como también esa generación de adultos apurados por vivir luego de haber dejado atrás anhelos personales por la sobrevivencia y el llenado de tareas del ciclo vital. Los que intentaban volver a su tierra de origen y reaprender de lo que renegaron en su adolescencia por irse a la ciudad a trabajar o a estudiar y mejorar el estatus de sus padres. Estaban también los que no habían salido y se quedaron al alero de sus padres, esperando que los hijos siguieran el mismo sendero a pesar de las intenciones del estado y las empresas para que aprendieran a desenvolverse en un modelo de mercado tecnologizado. Ahí seguían, bajo la línea de la pobreza y viviendo en un país que se llamaba igual, pero que no era, ni de cerca el mismo. En el extremo sur era inexplicable el concepto de nacionalidad, excepto para los partidos de fútbol y los chismes de la farándula. Había poco interés por esos temas, al menos desde el punto de vista de la antropología cultural. Consultoras al servicio de empresas, partidos políticos e instituciones del estado trabajaban según el prisma de una agenda y si bien lo intentó, no pudo soportarlo. Lo trataron de remilgón y purista, de ingenuo y defensor del status quo. Después de todo, su capacidad de adaptación no era tan laxa, admitió con satisfacción. Ahí comenzó el retiro.

Ya era tarde para muchas cosas, pero no para intentar ser parte de algo, del paisaje, de diversos paisajes, diluido y translúcido entre distintos tonos de verde, azul y gris.

Solo que la vida sorprende, más de una vez inclusive. No tuvo que hacer nada, ya estaba en la nómina de prescindibles. Le avisaron por correo en una nota redactada por inteligencia artificial. Se dio cuenta por lo sentimental y pulcra de la redacción y en especial por la claridad en el procedimiento a realizar. Hasta estaban incluidos los títulos de algunas tesis que dirigió y que le habían valido algunas entrevistas en un par de diarios de circulación nacional. Venía, además, una explicación o algo así acerca del difícil momento que pasaba la universidad y que debían privilegiar los estudios ligados a la producción de bienes y servicios y que, entendiendo bien que esa era una lamentable pérdida de perspectiva, no había otra forma de seguir subsistiendo como departamento.

Como fuera, no dejó de sentir algo de nostalgia y más rabia de la que ya tenía por su incapacidad de demostrar que el conocimiento de las comunidades, no necesariamente vinculadas a la producción, a la larga iba a permitir una sustentabilidad duradera y más global. Se trataba de mirar más allá de la mitigación como se entendía hasta ahora y los premios de consuelo, como plazas y juegos infantiles, que las grandes empresas ofrecían a los habitantes divididos en asociaciones poco representativas.

Ahora no tenía interlocutores para su discurso y no le quedaba más que adaptarse a vivir sin una ocupación formal, podría tal vez poner en práctica algunos proyectos conversados con algunas personas que conoció en sus investigaciones. Ninguno muy original, ninguno muy rentable, pero que podían dar lo suficiente para sobrevivir sin traicionarse.

Se dio como plazo cuatro meses para echar a andar algo y arriesgarse a un mal resultado y poder empezar de nuevo, hasta achuntarle. Se acordaba de su profesor de educación física con esa palabra − ¡achúntale Rodríguez! −. Lo peor fue el esfuerzo de explicar y explicarse lo que pasaba, por primera vez no podía esconderse en el disfraz de antropólogo y no era fácil presentarse porque ¿quién era ahora? ¿qué era ahora? Era un cesante, sonaba más fácil decir ´profesional independiente´, un eufemismo nacional. En todo caso, a los casi cincuenta años, esa sensación de vértigo y adrenalina de no tener la vida ordenada, de por primera vez no saber qué responder frente a preguntas más imaginarias que reales, era algo nuevo y que casi rozaba lo angustiante. No tenía hijos, sus padres habían muerto y la familia que quedaba estaba compuesta por su hermano, el correcto, con esposa, hijos, casa propia y una carrera impecable como abogado laboral. Era un buen tipo, siempre había estado dispuesto a ayudarlo como un hermano mayor que no renuncia a lo que sus padres le dijeron era su responsabilidad. Lo recibía en su casa cada vez que iba a Santiago, lo único incómodo era su esposa, había hecho ingentes esfuerzos por congeniar con ella, pero no había caso, era algo en su voz, en el rictus fijo de su expresión, una especie de sonrisa fingida, tal vez como la propia, que los hacía repelerse. Además, no había ocasión en que no le dijera que consideraba una maravilla la vida de él, sin responsabilidades. Ahora solo sonreía, pero antes le parecía un menosprecio mal disimulado. Claro, trasladarse de ciudad, incorporarse a diversas comunidades, observar y escribir para a veces cuatro proyectos simultáneos debía parecer muy fácil. Y estaba lo de explicar, casi en cada visita, en qué consistía su trabajo, sabiendo que a la siguiente le volverían a preguntar lo mismo. La única que notaba su molestia y alegaba contra su madre era su sobrina menor Daniela, que lo veía como una especie de Indiana Jones extraviado en el país, pero que algún día saldría en las noticias igual que el chascón de los temblores y sería famoso.

Le parecía muy absurdo hacerse problemas por decir que lo habían despedido y que no tenía ganas de seguir en lo mismo, pero pasaban los días y estaba paralizado. Esos días de libertad, se convirtieron en un episodio extraño y lo que aparecía tan claro en su mente en los primeros instantes, se fue enlenteciendo y convirtiendo en un laberinto en el que a cada paso que se le ocurría, aparecía un obstáculo imaginario. – no soy bueno vendiendo, no soy partidario del lucro, no puedo arriesgar lo poco que tengo −. La carta de despido le llegó por correo electrónico y físico a Coyhaique, ahí se desarrollaba el último proyecto. Al menos alcanzó a estar en sus cabales el suficiente tiempo para despedirse de los vecinos de Mañihuales que se resistían a dejarlo ir porque lo encontraban simpático y lo consideraban uno de ellos. No explicó las razones de su partida.

Se estaba alojando en una cabaña para turistas, cerca de un río al que bajaba a diario para sacarse la incomodidad del encierro. Había prolongado el arriendo por dos meses más. Al principio sesenta días parecía un plazo eterno, como las vacaciones de verano de un escolar. Los días comenzaron a deslizarse con rapidez entre su parálisis interna y el verano que trajo muchas personas atraídas por las publicaciones en múltiples plataformas. Lo notaba por el cambio de vecinos de las cabañas de los lados. No se le ocurría nada, no quería gastar en nada, dormía poco y hasta había comenzado a extrañar ese período en que añoraba ser libre y tener los días enteros para dedicarse a sus intereses. Solo que sus intereses, ahora lo advertía, eran restringidos y pobres. Tenía un montón de libros digitales, ninguno era de otro tema que no fuera de su ámbito profesional. ¿Quién era sin su traje de antropólogo, de investigador? Esa pregunta lo martirizaba, era un total inútil. No sabía cómo obtener dinero si no era trabajando en lo que siempre había hecho.

Una vez que se terminaron sus provisiones, se fue caminando al centro de Coyhaique, no quedaba tan cerca, pero tiempo y desesperación era lo que más tenía. No se había afeitado y la barba entrecana le daba un aspecto, al fin, de lugareño. Había sol y corría viento. Las nubes voluminosas y blanquísimas no hacían presagiar lluvia. Caminaba encandilado y lamentando no haber sacado su sombrero, ese que su sobrina pensaba era el mismo de Indiana Jones.

      ¡Profesor! ¡profe! ¡Oiga caballero! ¡Don Guillermo!

Un furgón de turismo se detuvo junto a él. Reconoció a Jorge, el conductor, guía turístico, buscavidas que lo llevaba a Mañihuales cuando trabajaba en el último proyecto.

      ¿Quiere que lo lleve? ¿va pa´l centro? Espérese que le abro.

No alcanzó a responder que prefería caminar y no hablar con nadie. Se subió, no sin cierta incomodidad, tratando de hilar algo para explicar su aspecto y sobre todo su falta de algo que hacer.

           ¡Se quedó sin pega profe! −Jorge lanzó la frase sin anestesia y con toda naturalidad − ¡Así no más! − Tan fácil fue decirlo que la locura y la vergüenza de los instantes y días anteriores le parecían emociones ridículas.

Se produjo un silencio incómodo y de pronto Guillermo lanzó una risotada que contagió a Jorge, casi llorando de la risa le confesó que sentía mucha humillación. La risa contagió a Jorge que casi no podía manejar. Nunca había oído reír al profesor Rodríguez, él era el único que lo trataba de don Guillermo porque eso de profesor le parecía demasiada pleitesía de su parte. Le pareció una risa contagiosa, de esas que estremecen todo el cuerpo. Tuvo que detener el furgón porque no podía parar de reír y Guillermo tampoco.

Por un segundo, o menos quizás, pensó que era un momento de descontrol emocional, como si de pronto fuera a llorar igual que cuando era un niño de seis años y no quería ir al colegio al otro día. Era una escena que había querido olvidar, pero que cada cierto tiempo volvía. Todavía podía sentir el escozor en la mejilla por la cachetada que le dio su madre al notar que era una risa de angustia − ¡contrólate, Guille! – acto seguido lo mandó a la cama y la escuchó decir a su padre – no se me ocurrió otra forma de calmarlo y por favor déjalo solo – el padre fue a abrazarlo y le preguntó si pasaba algo en la escuela, que por qué no quería ir, pero estaba tan paralizado por la orden de la madre que solo podía rascarse la cara como si eso sirviera para algo. Se fue a acostar, llorando a mares, hasta que no salía nada, ni llanto y menos risa y sin poder responder al padre, que se fue de su lado solo cuando se hubo tranquilizado. Escuchó un rato la discusión entre sus padres, pero no distinguía las palabras y el murmullo, más el cansancio lo hicieron dormir.

− ¿Puede creer que me daba vergüenza decir que me echaron de la pega? Y volvía a reírse con más ganas − y que no se me ocurre qué hacer.

− Le creo, le creo− dijo Jorge cuando logró controlar la respiración Ya le conté a usted, me retiré de carabineros y decidí venirme porque no aguantaba más, inventaba toda clase de cosas, que era un premio a mi trayectoria, que había participado de operaciones secretas y había jurado máxima discreción hasta cincuenta años más. Y los tontos me creyeron ¡hasta miedo me tenían! Solo que un día, hace como ocho años, un ex oficial, mi último superior, vino de vacaciones, me reconoció y empezó a hablarme de mi pedida de baja. – ¡Ahora que conozco su tierra lo entiendo pueh! Muy bonito aquí como para andar arriesgando la vida por barrios pobres y feos en Santiago. Fue una buena decisión −, me lo dijo delante de los otros choferes de turismo. De ahí que me agarran pa´l hueveo por aquí, por eso me dicen agente Jorge, pero qué importa. Ni guardia de seguridad quise ser. Nunca más un arma ni un palo, traje a la polola a conocer y la convencí de quedarnos por aquí, a ella le encantó y entre los dos armamos esto del transporte de turistas. Al principio manejé un colectivo, después me aburrí y así siguió la vida.

− Y ¿no tendrá una peguita pa mí por aquí?

No supo de dónde sacó valor para hacer esa pregunta

− ¿Me habla en serio?

A esas alturas habían retomado la ruta y estaban cerca del supermercado.

− Aquí lo dejo don Guillermo, me voy a buscar unos pasajeros. Otro día seguimos conversando.

− Oiga Jorge, por favor no me diga más profe, ni don, llámeme Guillermo por favor.

− Ya. No tengo tiempo ahora, pero lo voy a venir a buscar pa´ que me acompañe a Mañihuales un día de estos.

− Ya, total no tengo nada que hacer − se rio de nuevo y parecía necesitar decirlo en voz alta para dejar de temer a su nueva categoría: cesante, desempleado o ´entre trabajos´ como había oído decir a una gringa en un programa de TV.

Caminó tranquilo al supermercado y no experimentó la incomodidad que creía sentiría al estar en un lugar en un horario en que lo normal es que la gente en edad de producir estuviera en sus trabajos. Su horario nunca fue normal porque las reuniones con la comunidad o individuales debía ser en el tiempo libre de ellos o cuando ellos lo dispusieran, pero se dedicaba a escribir informes, a transcribir los diálogos textuales para las investigaciones cualitativas, a contestar correos en horario de 8.00 am hasta al menos las cuatro o cinco de la tarde, casi sin pausa, de manera que su día estaba dedicado casi en su totalidad al trabajo. También estaban las detestables sesiones on line con los alumnos para ayudarlos a definir objetivos, hipótesis y la metodología más idónea para responder a la pregunta formulada. Para él era casi automático, para los chiquillos, era la peor parte. Lo peor eran esos que esperaban que él les hiciera el trabajo, con aquellos era implacable − ¿qué se creían? − les tenía una rabia irracional, como si lo humillaran si pensaban que era un empleado de ellos en vez de su profesor guía. Los mandaba a leer enormes mamotretos de metodología de la investigación y a hacer ensayos tan largos como inútiles solo para ver si desertaban de su mentoría. Algunos se quedaban y tal como perro de caza entrenado no soltaba a su presa hasta que el alumno asumía un rol activo y propositivo.

Esos recuerdos volvían a su mente mientras ponía en el carro, café, arroz, aceite, fideos de distinto tipo, salsas en tarro, atún, artículos de aseo, carne al vacío, pan para congelar y queso laminado. Eso era todo. Ninguna extravagancia o artículo superfluo como vino, chocolates o palmitos. Solo como premio a su propia risa sacó un paquete de galletas dulces y una fruta.

Ahora era de verdad invisible y no podía disfrutarlo, no tenía que observar modos de resolver problemas o particularidades locales, solo tenía que vivir, sobrevivir y hacer realidad todas esas fantasías que lo acompañaban desde niño. Se imaginaba, solo, sin padres y nadie que lo cuidara ¿qué haría? ¿qué comería? ¿dónde dormiría? Si bien a veces ansiaba esa libertad imaginaria las más de las veces se aterrorizaba y se aferraba a las buenas notas en el colegio, a la responsabilidad, a no ser un problema para nadie. Se reconocía cobarde y ahora más. Cobarde e invisible.

Pagó los productos más la bolsa que había olvidado comprar. Le había hecho bien ver a Jorge. Cuando escuchó su historia le pareció un tipo en plena conciencia de sí mismo y que nunca perdió la esperanza de estar bien, decía a quien lo quisiera escuchar que era feliz porque no tenía pajaritos en la cabeza y hacía lo que había que hacer.  Le pareció una lógica conformista y simple la primera vez que lo escuchó, pero más tarde cuando lo oía hablar de su familia, de las anécdotas como guía turístico, de las historias que inventaba para que un paisaje se volviera más recordable, le parecía de una sabiduría envidiable.

Cuando llegó a la cabaña, después de una caminata que se le hizo eterna, comió como si hubiera regresado de la guerra. Durmió al menos doce horas. Al día siguiente ordenó sus pertenencias en la mochila, regaló la mercadería a los veraneantes de al lado, habló con la dueña, pidió un taxi que nunca llegó, hizo dedo por primera vez y se las arregló para llegar a Puerto Tranquilo.

Consiguió alojamiento, fue a un negocio local, compró pan, queso y jamón. Un termo de cinco litros, un tarro de café, azúcar, endulzante y dos cajas de té. Al otro día se levantó a las cinco y media de la mañana. Antes de las seis treinta estaba en el lugar de las salidas de las lanchas con las bolsas de sándwiches y las bebidas calientes, que iban a salir hacia las catedrales de mármol. Vendió todo a los operadores de las lanchas y vendedores de boletos. A las 8.30 vendrían de vuelta los primeros turistas, mojados y con frío, se apuró en preparar de nuevo más sándwiches, té y café. Recién a las diez y media abrían los demás negocios más establecidos: carritos y puestos pequeños. Los negocios establecidos se concentraban en sus propios clientes así es que al principio no había problemas. Su objetivo era que algunos de los clientes que no tenían más alternativa que ir al servicentro por el baño, en vez de consumir algo en una fila, pudieran tomarse algo caliente y comer un poco mirando el lago General Carrera y su belleza salvaje.

− Oiga Guillermo ¡usted es muy desesperado! Lo fui a buscar a las cabañas y me dijeron que se había ido. Mire donde lo vine a encontrar, ¡vendiendo sánguches como lugareño con ñeque!

− Le regalo un sanguchito y un café.

− ¿y mate? ¿no tiene? Aquí tomamos mate.

Ambos rieron y se fueron a pasear por la plaza.

− Oiga usted me dijo que le buscara una peguita y mire en lo que anda. Le tengo algo más a su altura.

− A ver ¡eche afuera!

− Hablé con los viejujos de Mañihuales y también con las señoras de las huertas y harta gente más. Se acordaban de usted y de lo que les hacía conversar. Quedaron con ganas de hacer cosas, pero necesitan a alguien que los ordene, tienen muchas ideas, pero no saben cómo echarlas a andar. Y entonces les dije que lo invitaran a conversar a ver si salía algo con usted. Acuérdese que les habló de trabajar con la idea de Mañihuales como oasis climático, les mencionó las viñas experimentales, la fruta y el montón de cosas que podrían hacer en conjunto con la gente de Aysén. Que a lo mejor podían juntarse con la gente de las casas-pandemia. Esos que creyeron que iban a trabajar on line para siempre y la cuestión duró un poco más no más.

A Guillermo Manríquez se le vino un tropel de ideas a la mente, mientras escuchaba a Jorge, miró su mesita, el lago y ese viento que le susurraba la vida en la piel y los oídos.

− Iré en cuanto termine la temporada. No sabe lo libre y feliz que he estado aquí en este corto tiempo. Ni yo me lo creo. Dígale a los viejujos que estaré a su servicio en cuanto sienta que estoy preparado.

− Cuando usted diga no más pueh, allá le tienen alojamiento. No le van a poder pagar como la universidad, pero no le va a faltar de comer y compañía tampoco.

− Ni se les ocurra hablar de pagos. Si vamos a arriesgarnos con proyectos yo voy con el grupo. Si ganamos financiamiento habrá pa mi sueldo y el de más personas.

Se despidieron con un abrazo y una gran sonrisa.

− ¿Lo vengo a buscar a fines de marzo?

− No es necesario, no soy tan pollo, me ha servido pelear con los otros dueños de quioscos y los canasteros. Son rudos pa pelear las lucas.

− Sí, pero con los primeros fríos se van.

Jorge se subió al furgón y partió con las buenas noticias.

Ahora, casi viejo, había descubierto que sabía sobrevivir y ser libre y estar tranquilo y sentirse liviano y simple. Quedaba poco para disfrutar de esa sensación, estaba seguro de que los proyectos de Mañihuales resultarían en algo que lo haría quedarse en esas tierras donde perdió su invisibilidad.

Negociaría su libertad de poder volver a vender pan a Puerto Tranquilo en el verano. Esa sensación no era transable.


jueves, 24 de marzo de 2022

La Mezquita Azul

 


La mezquita azul

 

 

Llevaba 30 años siendo profesor de arte en el mismo colegio. Estaba cansado de hacer clases a niños, cada vez más mimados en un nivel y cada vez más abandonados en otros. Cansado de padres que enarbolaban banderas de lucha por una nota, según ellos, injusta para sus hijos, pero incapaces de bañarlos, cortarles las uñas o de enseñarles a comer con servicios y con la boca cerrada. Esos mismos padres que poblaban sus perfiles de redes sociales con fotos de sí mismos con sus hijos y encendidas declaraciones de amor por ellos. Esos querendones padres que veían al colegio como si fuese un servicio al cliente y que revivían sus propios conflictos adolescentes en el contacto con los profesores.

 

No había perdido la pasión por el arte, ni por la pedagogía. Aún había tres o cuatro niños por año que renovaban su entusiasmo por enseñar y maravillar a través del arte. No dejaba de impresionarse cuando un niño descubría la rosa cromática y era capaz de combinar colores para tener la sensación de descubrir otros. La sonrisa de satisfacción y la búsqueda de su mirada de aprobación eran alicientes para soportar a los otros malcriados e insolentes que lo veían como un prestador de servicios.

 

Estaba solo hace un buen tiempo ya. Su exesposa había formado otra familia y él lo había intentado sin resultados. El dinero fue siempre un obstáculo. Su timidez, o como decían ahora, su falta de habilidades sociales, también eran barreras siempre presentes. Había conocido a mujeres con las que podía conversar y dejarse llevar en una atmósfera parecida al romance. Solo parecida porque después del sexo sentía que no tenía nada que ofrecer. Había una que quiso quedarse con él, pero fue incapaz de superar su sensación de insignificancia. Se sentía anónimo. Sentía que pasaba por la vida cumpliendo las órdenes sociales sin falta: ver a sus hijas, ya adultas, cuidar de sus padres, mantener su departamento en orden, pagar las cuentas sin retraso, comer saludable para no llegar a ser un viejo dependiente o al menos postergar esa etapa. ¿Qué vida le iba a ofrecer a Magnolia? Sí, se llamaba Magnolia, como la flor, como la película y así le parecía, una flor imponente, rara, de grandes pétalos y fragancia que impregna el ambiente. Magnolia lo había querido. Lo había abrazado casi con desesperación y él solo miró hacia abajo. – Le evité el dolor, la decepción de aburrirse conmigo- se decía a sí mismo. Cuando otros le preguntaban por ella, sólo se encogía de hombros. Magnolia era una mujer imposible de ignorar y a su lado él la hubiera contagiado con su opacidad. Así se explicaba su decisión de terminar la relación cuando ella quiso vivir con él.

 

Con Magnolia, mientras estuvieron juntos y compartían una botella de vino, solían imaginar viajes. Primer destino: Viena, ahí estaban las obras de Klimt, Schiele y Kokoschka y todo el influjo de Freud; segundo destino Paris, lógico, el Louvre y Orsay, tercer destino: Florencia y la presencia de Rafael y Leonardo. Eran los viajes imprescindibles y básicos de todos en realidad, pero para ellos era un sueño inalcanzable en esos años. Con el sueldo de profesores e hijos que mantener, era solo una fantasía. Los destinos más exóticos que imaginaban eran Abu Dabi, Irán y Malasia, Kuala Lumpur, solo por el Templo del Sol.

 

Coleccionaban fotos de mezquitas, se fascinaban con el diseño intrincado de formas geométricas y la utilización de ángulos y curvas en construcciones casi imposibles. El colorido era el elemento mágico, había algunas con colores vibrantes y variados, otras con infinitas variaciones de azul y algunas de blanco inmaculado con destellos dorados por aquí y por allá. Suponían que al adentrarse en ellas experimentaría la sensación de sobrecogimiento de los fieles, de los que creían en un dios y habían diseñado esas magníficas construcciones.  Esos hombres y mujeres de fe habrán esperado sentir sobrecogimiento, temor, orgullo y tal vez una conexión divina, un agradecimiento de su dios por haber sido objeto de tamaño homenaje.

 

Pensaban en los obreros y artesanos que crearon las infinitas cerámicas incluidas en esos mosaicos. Había quienes eran capaces de ver cada pieza en su belleza particular y otros, que podían ver en la unión de millones de ellas un diseño armónico y bello. Imaginaban los bocetos del diseño original, llenos de líneas y cálculos que permitieran convivir a la armonía con la creatividad y la factibilidad de edificar tanto amor y fe.

 

Recordaba todo esto mientras caminaba hacia el metro. El viaje se le hizo insoportable. Había olvidado sus audífonos que le permitían aislarse de los innumerables cantantes que invadían todo con sus parlantes en cada vagón. Se bajó de dos trenes por si tenía la suerte de encontrar algún vagón sin estridencias. No lo logró.

 

Vio su reflejo en una ventana y por algún efecto de las luces y sombras, se vio en tres edades, la adolescencia, la madurez y siendo un anciano. Siempre en el metro. Sintió que se iba a morir en el metro. Apretado, incómodo, invadido por sonidos desagradables y olores de desconocidos. El peor olor de todos no era el sudor, era el olor de la grasa del pelo. Ese olor penetrante y hasta visible.

 

Hizo un esfuerzo y se cambió de posición, quedó mirando hacia otros pasajeros, los que estaban en el pasillo del medio. Imposible no notar una pareja de dos adultos maduros que reían como chiquillos. Se miraban como si no pudieran contener sus ganas de abrazarse y, como si no hubiera público, se besaban. De vez en cuando él, de vez en cuando ella, miraban alrededor para confirmar que no los estuvieran viendo. Esfuerzo inútil. ¿Cómo no notar a dos que no se comportan como debieran? Esa idea quedó rondando en su cabeza ¿cómo fue que decidieron estos dos hacer algo impropio?

 

Primero consideró un insulto su presencia, mostrar felicidad con tan poco pudor, eso no se hace. Simplemente no se hace. Sentía rabia en realidad. Se sentía atropellado en su tranquilidad. Algo ardía en su interior, pero no iba a bajarse de nuevo. Ya se hacía tarde y había cada vez más gente. Tendría que soportarlos en su disfrute. Los cuerpos de ambos luchaban para no acercarse. Se hablaban al oído y reían. No parecían enterarse del mundo alrededor. - Patético espectáculo- se dijo.

 

Se bajaron al fin. Un alivio.

 

Siguió molesto. Llegó a su estación y en uno de los anuncios del metro vio una fotografía de la mezquita Sultán Ahmed en Turquía. Se detuvo a mirarla. Su corazón comenzó a latir más rápido -otra vez la angustia- pensó. Respiró hondo, tres veces, algo se calmó.

 

En cuanto llegó a su departamento, tomó su notebook y buscó imágenes en Google, había muchas, muchísimas. Antes la había visto en enciclopedias y libros de arquitectura, ahora podía verla desde todos los ángulos, a distintas horas del día, en diferentes estaciones del año. Aparecían además las ofertas de viajes. Tenía dinero ahorrado para cuando fuera más viejo y tuviera que solventar las enfermedades y la mala pensión que recibiría. Cerró el notebook con fuerza. Se tumbó en el sofá, cerró los ojos. No había encendido la radio como era su costumbre. Se escuchaba el ruido de la ciudad, bocinazos, sirenas, gritos, risas. Dormitó un rato.

 

Cuando despertó notó que no se había quitado la chaqueta y rezongó. Recogió los lentes y se ordenó como pudo el pelo.

 

Había tenido una discusión con el director del colegio ese día. Quería llevar a un grupo de alumnos a una exposición y no lo autorizó. Como pocas veces en la vida se había encolerizado, pero fue incapaz de decir algo. El director le había dicho que el arte y la belleza podían apreciarse en libros, en Youtube, en los museos con tours virtuales tal como él que, como profesor, lo había hecho así y muy bien hasta el día de hoy.

 

Nunca había visto los originales de las obras que admiraba. ¿No lo convertía eso en un imbécil?, ¿acaso no era el arte lo único que le quedaba de satisfactorio?

 

Abrió de nuevo el notebook. Revisó su cuenta bancaria, los fondos mutuos para su vejez. Vio las ofertas y recordó a la pareja del metro que se sentía con derecho a incomodar a los otros con su risa y coqueteo. No sintió rabia. Entendió la opción.

 

Compró su pasaje a Turquía. Visitaría la mezquita azul, se quedaría dentro de ella todo lo que quisiera, aunque fuera lo único que hiciera allá. Recorrería cada centímetro por dentro y por fuera y guardaría en su mente ese registro. Qué importaba lo que viniera después.

 

 

 

II Teorías de ti misma

¿Con qué podría retenerte?

Te ofrezco esbeltas calles, puestas de sol desesperadas, la luna de suburbios mal cortados.

Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente la luna solitaria.

Te ofrezco mis ancestros, mis muertos, los fantasmas que los vivos han honrado con bronce: al padre de mi padre que murió en la frontera de Buenos Aires con dos balas que atravesaron sus pulmones, barbado y muerto, a quien amortajaron sus soldados con una piel de vaca; a ese bisabuelo, de la línea materna, que comandó, con veinticuatro años, una ofensiva de trescientos hombres en el Perú, ahora sólo fantasmas sobre monturas desleídas.

Te ofrezco, sea cual fuere, la sapiencia que contengan mis libros, y la hombría y el humor que contenga mi vida.

Te ofrezco la lealtad de un hombre que jamás ha sido leal.

Te ofrezco el núcleo duro de mí mismo que he guardado, de algún modo; el corazón central que no comercia con palabras, no trafica con sueños, y no tocan el tiempo ni el placer ni las adversidades.

Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista al atardecer algunos años antes de que nacieras.

Te ofrezco explicaciones de vos misma, teorías de vos misma, auténticas y sorprendentes noticias de vos misma.

Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón; intento sobornarte con incertidumbre, con peligro, con derrota.

Two English poems

 

 

Hacía poco había afirmado con tanta seguridad que ese texto pertenecía a Gonzalo Rojas que su colega había quedado convencido de que así era. Ninguno de los dos recurrió a la internet para cerciorarse, al llegar a su casa tarde, disfrutando de conducir en el tráfico fluido por la hora olvidó la conversación y su habitual postura de ninja frente a casi cualquier discusión. Se apasionaba por estupideces, como si fuera a perder algo si no tenía razón. Mientras preparaba para sí un tazón enorme de té y un pan con cualquier cosa, escuchaba a Sting y la repetida frase what would a man not do, not say. Puso el trozo del poema en el buscador del PC y resultó que su colega tenía razón, era de Borges. Un hombre solo, aburrido de las noticias de las redes y la Tv, que cumplió su deber en el día y no tiene nada urgente que resolver, suele pensar leseras, generar hipótesis acerca de sí mismo y de encontrar asociaciones que solo existen en una mente evitativa como la suya. Paja mental, inútil. Después de la autocrítica venía la libertad, primero el castigo, luego el consuelo. Una pauta, que, sumada a otras, se iba convirtiendo en un patrón. Un pasatiempo neurótico, rígido, divertido.

¿Cómo se pudo confundir tanto y por un período tan largo? debía haber pasado mucho tiempo huyendo de Rojas y Borges como para llegar a fusionarlos. Y como era tarde, la ducha nocturna, apenas tibia y el ventilador habían refrescado hasta su cerebro, se dejó llevar, recordó a Lacan y su famosa frase “amar es dar lo que no se tiene”, tenía el cartón completo. Solo debía recordar la profecía de la esotérica del grupo de profesores - a ti te toca dar amor no más, nada más, dedícate a eso -. ¡Premio, premio! Un tarro de piña y hasta uno de duraznos en conserva hubiera ganado si esa asociación hubiera sido parte de alguna rifa escolar. Si se dejaba llevar, encontraba más y más versos de canciones y poemas diciendo lo mismo dar, casi como ofrenda religiosa, una virtud que no se tiene: valentía, lealtad, amplitud de la mirada, paciencia y tanto más. Al otro día lo primero que haría al ver a su colega sería disculparse, no tanto por el error, sino por la forma en que había defendido su posición. No era aficionado a culpar a otros de sus errores, en este, tan garrafal para un profe de lenguaje, no tenía cómo, pero ese colega lo irritaba más de lo normal. Lo veía y le daba rabia, desde que volvió de su viaje, saludaba con las manos como Gandhi y decía Namasté en vez de hola, chao, hasta luego. No podía decir que lo prefería como antes, gris, aburrido, mimetizado con el ambiente. A veces le preguntaban si lo había visto y no podía recordarlo – oye, pero si estuvo en la reunión de los martes y presentó unos trabajos de los cabros de primero medio – ahí recordó el momento, de hecho, ese día en particular, se acordaba más de las piernas de la profe reemplazante de química que de lo que expuso su colega. Eso de ser hombre y las piernas de ella, al descubierto con una mini al útero, se le hizo difícil no mirar, si insistía lo iban a acusar de acoso, así es que se esforzaba para concentrarse en el piso de la sala de profesores, con el parquet del año de la pera a mal traer; y peor barrido, lleno de migas de las galletas de la reunión.

Sí, desde que volvió de su viaje, el que antes era opaco, brillaba. Ahora sacaba la voz, opinaba, criticaba, proponía cosas y los alumnos hasta lo encontraban interesante. Ya no andaba con esa chaqueta horrorosa que merecía ascender a calidad de trapero desde su posición de harapo. Ahora usaba unas camisas con cuello Mao, por lo general blancas. Se notaba que las lavaba. ¿de cuándo acá se fijaba en la ropa de la gente? ¿se estaría volviendo gay? Hacía rato que no se sentía excitado por nadie, claro, miraba las piernas de la jovencita de la mini, pero no, era el hábito. Debía ser la edad, la andropausia había escuchado por ahí. Qué tanto, para lo que le servía ser funcional, cada historia un fracaso, mejor que se durmiera el pajarillo, antes su aliado, ahora, un amigo con sueño.

Eso pensaba del Namasté antes del viaje, que era un gallo que vegetaba, que estaba vivo por las deudas que tenía no más, por las obligaciones, en cambio él andaba de galán y le resultaba. Parecía que hubiera pasado un siglo, un milenio.

¿Cómo lo había hecho para pagarse el tremendo viaje? A lo mejor pagó después con los retiros, alcanzó a viajar justo antes de la pandemia. La rajita. Ni que hubiera adivinado lo que se venía después, ese no tiempo, esa parálisis interna que cambió el destino de tantas cosas o lo aceleró o lo enlenteció. El Namasté corre después de las clases, dice que hace talleres de acuarela, sus alumnas son casi todas mujeres, cuarentonas, cincuentonas, en busca de la exploración de sus talentos, eso decía él. Sentía curiosidad por verlo rodeado de personas, antes era un solitario. Una vez lo vio con Magnolia, no podía entender cómo una mujer como ella podía estar con él. Parecía una mariposa atraída por un cardo. Esa relación terminó, seguro fue ella la que se dio cuenta de que las espinas del cardo estaban poco disimuladas, que todos las veían menos ella.

Dejándose llevar, entendía por qué sentía rabia cuando veía a su colega. Releyó el poema de Borges y se reencontró con ese que leía, con el que se fascinó tanto con la poesía, con los libros, buscó el libro El Relámpago de Rojas,

Retrato de mujer

Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
con la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.

Te juré no escribirte; por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que nunca me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz de arcángel y una boca de animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela en tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas como inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí mujer, te dejo tu figura.

Vértigo.

En la página que abriera encontraba palabras que lo habían obsesionado. ¿Qué había sido de ese tipo, su yo de alguna vez? Rojas tan corporal, Borges tan abstracto. Rojas y las putas, Borges y los dioses. La rabia con el Namasté se convertía en algo más asible, envidia, admiración. El tipo se había atrevido a romper con su trayecto más probable, se arriesgó y se quedó. Se disculparía por discutir tonterías, lo felicitaría por su nueva vida llena de nuevas posibilidades, omitiría la humillación de decir que lo envidiaba, admitirlo era asumir su derrota, la sentía, hasta imaginaba que Namasté lo suponía. Para qué despejar la duda. Dejarse llevar, perseverar en sus propias obsesiones, sin oprimirlas, podía ser por ahora su espacio de libertad interna. Tal vez dejase de soñar, la voluntad y disciplina no resultaron. Buscaría otros caminos.

Sting, For her love

https://youtu.be/vtBtNV1ktGE

 

Jorge Luis Borges, Two English poems

https://borgestodoelanio.blogspot.com/2014/08/jorge-luis-borges-two-english-poems.html

 

III Magnolia

Dicen que ahora se parece más al hombre que yo veía en él, un tipo culto, interesante, con cuento. Me enteré de la discusión que tuvo con el director del colegio donde trabajaba. Nunca lo oyeron reclamar, solo el portazo al salir de la oficina del jefe.

Cuando me pidió un tiempo porque decía que no tenía nada para ofrecerme, renuncié a todo, al trabajo primero. No fue capaz de decirme que esa pausa, ese tiempo del que hablaba era para siempre, me bastó una mirada de menos de un segundo para saber que me estaba dejando. No iba a soportar verlo y no hablarle, me hubiera sido más difícil recuperar el equilibrio, luego dejé de hacer clases y ahora me dedico al corretaje de propiedades, una pega apropiada para alguien de mi edad, casi cincuenta y con características de buena vendedora.  Gano más que como profe, he conocido gente con la que podría viajar, solo que ya no quiero ir a ningún lado. También renuncié a eso, a los viajes y a las fantasías que implican. La pandemia ayudó.

Nada que ofrecer, como si yo le hubiera pedido algo, solo quería estar con él. Se imaginó que me quiso, me siguió el juego de una vida fantasiosa juntos, pero se resignó rápido a lo que estaba acostumbrado y lo hacía feliz o cómodo o lo que fuera mejor que hacer lo necesario para estar conmigo. Era mucho esfuerzo pasar buenos momentos conmigo, mucha imaginación la mía, mucha intensidad. Dicen que ser intensa está mal, es sinónimo de locura, de mujer tóxica. Puede ser, qué importa.

Mientras yo trataba de parecer entera y responder al estereotipo de mujer moderna, fuerte, experimentada, resiliente, capaz de todo, supe que fue a los lugares que imaginábamos recorrer juntos. Ahora me parece que solo lo imaginé yo, él se pensaba a sí mismo, sin mí. En mi obsesión, me daba por creer que se acordaba de mí en esos lugares, que quería que estuviera allá. Tan ridícula que puede llegar a ser una cuando quiere. Y claro que lo quise, no tiene idea de cuanto lo quise. En la escala de Mercalli, el terremoto fue de magnitud 9, pero muy subterráneo, en la superficie seguí siendo la Magnolia que todos conocen, no sé para qué, puede ser porque no sé aparecer de otra forma en el mundo. ¿No dejamos todos a nuestra sombra sumergirse en los sueños y al despertar nos metemos en el personaje que hemos construido y que creemos ser?

Dicen que el viaje lo cambió y que a la vuelta tuvo que trabajar tanto para pagar su excentricidad que no se veía triste ni de cerca. Al revés, parecía estar aliviado, nadie entendía, yo sí. Estaba aturdido, como quien despierta de una pesadilla, como quien sale del hospital. Me decía que yo le provocaba angustia. Como me he especializado en falta de coordinación con la vida, y todo ocurre en la mente de una, yo sentía que él me calmaba, que su pecho era mi refugio, mi hogar.

Hasta que me dijo que cerrara por fuera y volví a mi eje habitual. No tan de inmediato, pero así parecía. Y lo que parece es lo que es, si la imagen lo es todo o dice más que mil palabras, debo ser eso, lo que los demás ven.

Me he vuelto más silenciosa, todo lo que puedo. Y dicen que menos soberbia, más compasiva, una de las palabras de moda de las mujeres que conozco, junto con proceso, elaboración, perspectiva, distancia, vínculo. Al fin ya no hablan de decretos, visualizaciones o resoluciones. Cada vez más disfruto de los momentos de soledad absoluta. Supongo que algo de cierto tiene el impacto del encuentro con otro, ese otro. La estructura interna se modifica, aunque en mi caso haya significado la profundización de un descreimiento frente a casi todo.

Hace poco supe de él, está bien, sigue trabajando en el mismo colegio donde nos conocimos, el director ahora lo deja hacer clases de arte de un modo menos convencional, se lleva a los chiquillos al aire libre y les muestra conceptos como armonía, composición, color, espacio público. Les prepara visitas a museos famoso de Europa escogiendo los links interactivos que circulaban como cadenas por los WhatsApp en lo peor de la pandemia. Por lo general no me libro de sus noticias porque la gente es así, les gusta ver las reacciones de los ex para tener algo de qué hablar, por si la conversación se pone más sabrosa.

Debo quererlo mucho aun porque me alegré de que al fin se atreviera a ser quien es y a ser feliz, aunque ese estado no me incluyera en ningún aspecto. ¿A cuánto puede llegar la intensidad? Hasta la estupidez pues.

¿Qué le dirán de mí? Puedo adivinarlo, tampoco se libra de que le pregunten. Los más osados se atreven a interrogarme sobre si tengo pareja, les respondo con otra pregunta.

-       ¿Qué crees tú, alguien como yo puede estar sola?

Por lo general recibo sonrisas cómplices de vuelta, hasta carcajadas, en donde dan por hecho de que estoy con alguien.

-       Obvio que no, ¡jajaja!

-       ¡Obvio que no! respondo yo riéndome de nuevo.

Para mis adentros me encojo de hombros y los dejo con sus prejuicios.

Vengo llegando de mostrar un departamento del barrio Parque Forestal, lo han bajado tres veces de precio y no pasa nada. Un ventanal que antes ofrecía una vista panorámica al parque y al museo ahora tiene en frente decadencia y basurales. –  La historia nos alcanza – escuché decir a un potencial comprador, – pero no quiero que me pille tan rápido agregó. Me agradeció la muestra y se fue junto a su esposa que no dejaba de mirar todo con expresión de asco matinal. Si logro vender ese departamento me convenceré de que soy buena en lo que hago.

Mis hijas no están, ya no dependen de mí salen y entran cuando quieren y pueden, solo que no dejan de enjuiciarme y créame, no hay peores e implacables jueces que los hijos. Esa es otra historia.

Cuando voy a mostrar el departamento del parque, una vez a la semana al menos, aprovecho de revisar las ofertas de otros por el centro, a veces simulo que soy una potencial clienta para estudiar las estrategias de otros que se dedican a lo mismo que yo, tomo metro o una micro y me acuerdo de un señor que se dedicó a escuchar una conversación telefónica mía. Lo vi de nuevo en la tarde, el patudo me preguntó – ¿lo extraña?

Podría haberme quedado callada, responder una grosería o con un elegante silencio o nada, pero no me contuve y desde el fondo de mi pecho, respondí con un sí casi gutural, denso, ahogado. Me subí a la micro de vuelta, encontré un asiento junto a la ventana y cuando el sentimentalismo comenzaba a tomar su habitual lugar lo suprimí revisando Twitter, nada mejor para reemplazar cualquier emoción blandengue con la risa y la rabia que provoca esa red social, brújula y oráculo de cualquier figura de poder ficticio o real por estos días.

Mahler, Adaggieto Symphony

https://youtu.be/Les39aIKbzE

 

 

III La dirección

 

Al director no le hizo ninguna gracia que Magnolia renunciara a su cargo de profesora de historia en el colegio, era buena profesora, los chiquillos la querían y la respetaban, además ocupaba toda clase de estrategias para entretener a la cabrería y hacer la competencia a los teléfonos y pantallas de distinto tamaño. Y que hubiera renunciado para no estar cerca del profesor de arte era el colmo de los colmos. Maldecía la hora en que los puso a trabajar juntos en la revisión de períodos históricos integrados en todos los ramos, fue idea de ella por supuesto. Quién iba a decir que era para estar al lado de ese tipo. Formaron un grupo con el profesor de lenguaje y la encargada de UTP que se devanó los sesos para coordinar los programas de cada asignatura. Claro, las cosas andaban bien en el período previo al romance y al inicio.

¿Hay alguien que no saque lo mejor de sí mismo cuando se siente atraído por otra persona?

Los apoderados estaban felices con la idea, hasta ellos aprendieron de historia universal, lograban relacionar lo que estaba pasando en Asia, Europa, África y América del Sur, el desarrollo de la literatura, el tipo de pinturas y esculturas de los pueblos originarios, las construcciones y hasta los profesores de ciencias pelearon por meterse ahí y trabajar ángulos, mecánica de fluidos por los canales romanos y los regadíos de los mayas y los incas.

Hacía tiempo que no veía al personal tan entusiasmado con el trabajo, parecían adolescentes entretenidos en un juego y toda la comunidad escolar hervía de entusiasmo, surgían muchas ideas para aprovechar todas las oportunidades para aprender. La semana del aniversario del colegio coincidió con el renacimiento y la idea era que cada curso se vestiría y reflejaría la época desde lo que estaba ocurriendo en una cultura particular.

Y todo porque Magnolia se encaprichó con el profesor de arte. Ella decía que se le había ocurrido hacía tiempo, pero pensó que nadie más se iba a motivar. Todos los días las conversaciones giraban en torno a las quejas acerca del sistema, de los cabros de ahora, de lo pencas que son los apoderados, el país se estaba yendo al carajo e innumerables miradas apocalípticas de las capacidades de los demás, nunca de sí mismos. Le parecía demasiado naïve plantear ideas que implicarían más trabajo y mucha coordinación entre todos, pero un día coincidió en un café con el profe de arte, el más callado y calmado del grupo, pero según ella, con los ojos más expresivos y profundos que recordaba. Eso decía Eugenia, la UTP, que llevaba y traía chismes al director.

-       ¿En serio, dijo que le gustaban sus ojos?

-       Y mucho más, su cara de guerrero cansado, de tipo dulce y sensible que se disfrazaba de indiferente ante los demás. Ahí va a pasar algo, espérese no más.

Cuando Eugenia salió de la oficina experimentó una rabia que superaba con creces lo sabroso de la copucha. Al mismo tiempo intuyó que detrás de los colores de Magnolia había una clase de sombra que ella desconocía por completo. Se puso de pie para mirar hacia el patio del colegio a través del ventanal de su oficina. Le quedaban tres años para el retiro y solo quería que ese período transcurriera en paz. Ahí estaba la explicación de su rabia, Magnolia y el profesor de arte serían un problema. Miró su reloj, porque él usaba reloj y no el teléfono para ver la hora y se dio cuenta que estaba atrasado para la inspección de las dependencias del establecimiento.

Se rio de sí mismo porque usaba la jerga de su labor para casi todo, era parte de su identidad a esas alturas. Cómo no si llevaba toda la vida dentro de un colegio.

No podía dejar de pensar en la absurda atracción de Magnolia por el profesor de arte. ¿Qué le verá? Ese cuento de los ojos, - ¡andá-. Caminó casi sin percibir ese instante entre los pasillos, mirando hacia las salas por si había más desorden que el de costumbre, se paseaba con las manos tomadas detrás de su espalda para conservar una postura de autoridad y a propósito fruncía el ceño con el mismo fin. Se daba cuenta de que solo los más chicos ponía expresión de miedo al verlo, los de media a lo más bajaban un poco el volumen de los gritos y en cuanto pasaba, sabía que se burlaban de él. Una vez cometió el error de voltearse y mirar lo que hacían, quedó descolocado y no supo como reaccionar frente a las burlas infantiles de los alumnos. Sonrió algo nervioso y siguió su camino, en otros tiempos los hubiera subido y bajado, hubiera llamado a los apoderados, los hubiera sermoneado por no saber disciplinar a sus hijos y hubiera hecho gala de su lenguaje insultante – pusilánimes, intrigantes, conformistas - y mucho más para luego terminar con sus palabras preferidas - ¡mediocres, manga de mediocres ganapanes! Jamás se desgastó enfrentándose a los alumnos, iba directo a la solución, los padres, hasta que advirtió que de solución pasaron a ser el problema. Venir a burlarse de su leve cojera caminando como orangutanes, descerebrados, son un insulto a la especie estos pendejos de mierda, pero debía callarse, ahora lo demandarían, subirían algún video a las redes y su tragedia sería un meme para hacer reír a otros monos como ellos.

Cuando se vio impotente frente a los padres, cuando estos dejaron de encontrarle razón y comenzaron a defender a sus hijos no importaba la barbaridad cometida se dio cuenta de que no quería seguir ahí, pero no podía irse antes de la edad oficial para el retiro. Todavía estaba pagando la universidad del menor de sus hijos que, siguiendo los consejos de su madre, estaba cursando un magíster. Se parecía a Condorito en la cárcel rayando el calendario para ir en la cuenta regresiva de su retiro.

Sí, el programa integrado de historia y todas las demás asignaturas había sido un éxito, pero la parejita estrella duró poco. El director no podía creer cuando Magnolia llegó con su carta de renuncia firmada ante notario. Recurrió a todo para convencerla de quedarse y nada. Había estado vaciando su estante de a poco, ya tenía otro trabajo y no cambió la expresión de su cara ni por un segundo. No recordaba haberla visto así.

En cambio, el profesor de arte seguía allí, como siempre, inescrutable. Todos parecían extrañar a Magnolia, menos él. Siguió como si nada. Cuando la mencionaban guardaba religioso silencio y solo sus alumnos más cercanos lo seguían estimando. Eugenia no tenía explicación ni sospechas acerca de lo que había pasado y eso era mucho decir. Comenzaron a llegar correos de reclamos por la ausencia de la profesora de historia y el exitoso programa del semestre anterior. Hasta tuvo que mostrar el documento de renuncia al centro de padres para que le creyeran que no la había despedido él.

Lo único que quería era un último tiempo en el colegio olvidable, pero no. Sabía que tenía que soportar un par de meses y Magnolia sería un recuerdo lejano en la mente de los adolescentes. El tiempo es una dimensión inexistente para los jóvenes o al menos de una extensión casi infinita, para los viejos es la constatación de la propia fragilidad y de la pronta fecha de expiración.

Acababa de leer otro correo responsabilizándolo por la renuncia de Magnolia, por la falta de incentivos para los buenos profesores en el colegio. Cerró con fuerza un cajón de su escritorio después de encontrar su pelota para el estrés. En ese instante pide autorización para entrar el profesor de arte, el asunto a tratar era la solicitud de apoyo para salir con los alumnos fuera del colegio con el objetivo de aprender a observar y describir el espacio público.

Ahora que lo pensaba, se dejó llevar por el enojo y no apoyó la idea, aprovechó de denostar las capacidades de profesor, en ningún momento mencionó a Magnolia, peor, ambos sabían que se trataba de ella, de su ausencia más bien y al mismo tiempo, que mencionarla solo traería más problemas.

Como siempre, el profesor no se defendió, lo único que hizo fue dar un portazo como nunca antes y se fue directo al metro.

 

El profesor de arte

Yo soy el protagonista de esta historia y me revelo a un final porque la vida sigue hasta el último latido. Si quiere, usted imagine lo que quiera, piense en un final feliz, con moraleja y todo, agarre las citas que más recuerde de sus autores favoritos y piense que ahora estoy más preparado para estar con la magnífica Magnolia, que ahora soy un tipo con variados temas de conversación, que entiende su sensibilidad y sus gustos disímiles. Recree en su mente a una mujer que renunció a todo lo que le recordara a mí, se rodeó de promesas hechas a sí misma, anclada en su orgullo y aparente fortaleza, para luego estar dispuesta a encontrarse conmigo y perdonar mis torpezas con ella. Despeje el contexto, ponga escenas en donde yo hago un par de pases mágicos y pronuncio las palabras exactas que operan para ella como esos oráculos de las puertas mágicas. Yo crezco para ella y ella flexibiliza sus exigencias conmigo, llegamos a un acuerdo y podemos ser felices en modos que nos acomodan a los dos. Puede situar la escena en el colegio: el director la va a buscar porque las cosas eran mejores con su energía casi desesperante, ella acepta ir a una entrevista con él. Ambos me ven cuando caminan por el pasillo que va desde la entrada principal a la oficina de ese sujeto, Magnolia me ve, yo levanto la mirada y tal como me lo había dicho en mis ratos de máxima soledad y nostalgia, si veía un leve brillo en sus ojos me la jugaría toda por ella, intento sonreír, pero no me sale, entonces el director dice.

-       Mire profesor, tenemos una agradable visita por aquí.

Ella me tendería la mano para un saludo formal y yo la acaricio y le digo

-       Nada me da más gusto que verte Magnolia.

En lugar de mirarme con la furia que creo siente por mí, me sonríe con benevolencia y un dejo de tristeza que solo yo puedo percibir. La espero a la salida de su reunión con el director, ella acepta mi invitación a un largo café, conversamos hasta el anochecer y le digo que ahora sí creo que puedo estar con ella porque soy libre de mis jaulas internas. Ella entendería ese código, me abrazaría y me diría que está dispuesta a intentarlo de nuevo.

Mi colega de lenguaje aparecería en escena secundaria esperando a alguien en el mismo café, en plan de seducción con una mujer estupenda que conoció en un sitio de citas por internet, se le ve risueño y encima de la mesa tiene el libro Del Relámpago de Gonzalo Rojas, con algunos marcalibros entre las hojas. El director puede aparecer en la escena final, junto a Eugenia, satisfecho de haber propiciado un encuentro y con la tranquilidad de que podría esperar su retiro en paz.

Bden Mazué y Pomme, J´attends

https://youtu.be/Jz6GoGKyQVM

 

Si le parece demasiado parecida a una película navideña gringa en donde todo se ordena a más tardar en la mañana del 25 de diciembre, puede imaginar un final pesimista o realista diría la autora de mi historia.

Un final en donde la vida siguió tal como era obvio que siguiera, cada uno por su lado, cada cual, Magnolia y yo, con muchas preguntas que ninguno formulará y cuya respuesta parecería obvia a cualquier persona mayor de 25 años. Tal vez mi colega de lenguaje intentaría algo con ella, siempre le tuvo ganas y ella, liviana y vengativa, lo aceptaría solo para hacerme enojar. Objetivo logrado diría el director, viejo de mierda, siempre me culpó porque no pudo seguir con el programa de historia integrada que diseñó Magnolia. Mil veces me pasé el rollo de que sentía por ella algo más que respeto profesional, solo que no se atrevía ni a pensarlo y menos a confesarlo porque era demasiado para él.

La tristeza nos abandonaría como a todos, de a poco, a mí me duraría más porque soy así, opaco. Ella se recuperaría antes y tendría un nuevo amante en un plazo menor. Yo, una vez que lograra ordenar mis cuentas podría entretenerme con alguna de las alumnas del taller de exploración de talentos. No a pocas mujeres les vuelve ese deseo adolescente de seducir a su profesor y ahí estaré yo, disponible para aventuras sin importancia, pero distractoras. La intensidad de Magnolia me resultaba agotadora, como un perfume que solo se puede disfrutar a cierta distancia porque de cerca puede llegar a ser abrumador y provocar jaqueca.

Un final lógico y por lo mismo, desilusionante, no tanto como el de Lost o Juego de Tronos, porque para una decepción de tal magnitud la historia debería generar grandes expectativas y este no es el caso.

 

Phil Collins, Why can´t we wait till the morning

https://youtu.be/OP_h_lZqd-Q

 

O usted, más perspicaz tal vez, podría centrar el final en ella, en su huida después de advertir que solo ella vivía un romance y yo permanecía en mi vida cómoda, pacífica y no quería seguirle los pasos como ella se imaginó. Que haya viajado donde ella quería ir conmigo, fue porque me enojé con ese viejo del director, sé que le exaspera, más que a mi colega de lenguaje, que ahora vea la vida con más amplitud y que no haya hecho nada por recuperar a Magnolia. La conozco, no es la que todos ven, ni de cerca.

El viaje, claro que recuerdo el viaje y cómo mi desesperación en el metro, la discusión con el director y algo más me tenían mal. Quería escapar, salir, irme, ser otro. Magnolia no tuvo nada que ver, ella es más pragmática y calculadora de lo que parece. Está bien, era cosa de tiempo que ella en vez de mí terminara con ese juego insano entre el eterno loser y la diva.

El viaje me hizo bien, y si tiene curiosidad, sí, me acordaba de ella mientras miraba esos otros planetas, quería saber que estaba bien, que no me iba a provocar problemas. Me tranquilicé cuando supe que había renunciado. Fue lo mejor para los dos.

 

Philip AAberg , Diva, Sentimental walk

https://youtu.be/usKZctf735Q


Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...