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martes, 7 de abril de 2026

N1

 


Yo tenía un par de amigos en las redes. N1, que pasaba conectado la mayor parte del tiempo, al menos las veces en que me metía ahí aparecía el circulito verde marcando su presencia. En realidad, nunca nos vimos en persona, ni siquiera por video llamada. No me gusta hacer video llamadas. No es que me importe tanto mi apariencia ni esté buscando parecer lo que no soy, más bien no entiendo la utilidad de hacerse una idea de otra persona según como luce. Deben ser tonterías de las plataformas de ahora, pero podría apostar a que uno conoce más la esencia de alguien si nunca lo ha visto. Ya sé, sonó a soberbia. Puede ser, pero puedo apostar a que yo sabía más de mi amigo que muchas personas que él frecuentaba a diario. Me gustaba decir algo sabiendo que se iba a reír o iba a generar alguna reacción en su mente, por lo general era el único que ponía alguna reacción. A lo que fuera: una canción, una noticia, la cita de algún libro, incluso si sólo ponía un emoji.

El otro amigo, N2, era de otra red, a ese lo conocí menos porque era más popular, por lo general sus posteos tenían muchas respuestas y reacciones y casi me sentí extrañado cuando respondió a algo que yo escribí. Parece que me salió ingeniosa una frase y comenzó un diálogo entre varios que resultó divertido. Ahora que lo pienso N2 no era tan amigo, más bien me gustaba leer sus opiniones porque se atrevía a decir lo que yo me reservaba por temor a la agresión. Una vez puse un comentario que no pensé que iba a provocar tanta rabia en otra persona, supongo que era alguien humano, y después de tratarme de subnormal entre otras cosas, me bloqueó sin que pudiera responder. Otro me agregó a una lista de gente execrable, tampoco supe la razón y entonces el único agrado de esa red para mí era leer a alguien que opinaba parecido a mí, pero que no recibía tanta mala onda por explicitarlo. Fue adelantando que se iría y yo no era nadie para detenerlo. No sé bien por qué lo extraño, tampoco tengo argumentos para seguir entrando a esa red que se convirtió en un símbolo del estado de la civilización, una sarta incoherente de imágenes, noticias absurdas, videos que generan ira y una que otra información valiosa que entre tanta estupidez es casi imposible de distinguir. Cada vez entro menos y todavía extraño a N2, a veces creo que se abrió otra cuenta y adoptó otro personaje, hay cuentas, no me atrevo a decir personas, que hacen eso por diversas razones. A veces para ser más salvajes, otras para sacar su lado suavezón y provocar otra clase de respuestas, en fin, ese mundo es demasiado raro.

N1 era un amigo más tradicional, pero yo me lo imaginaba muy solo, muy pegado a su teléfono o al computador ¿en qué trabajaría? Nunca le pregunté. A veces me lo imaginaba postrado por alguna enfermedad de la que no quería hablar o empleado en una oficina en la que no había demasiado que hacer y entonces le sobraba el tiempo para estar en redes. Algo parecido a mi trabajo porque yo podría ser él para otros. Alguien con tiempo de sobra. No sé si el tiempo puede sobrar o lo que pasa es que no se sabe qué hacer con él. Sobra el tiempo cuando uno está atrapado en circunstancias que no permiten más alternativas que estar sentado esperando que llegue un cliente, un correo o una tarea por hacer. Esas esperas son el tiempo que sobra. Mi amigo N1 me animaba a escribir tonterías, sabía que alguien las vería, alguien humano. A veces yo también le respondía o comentaba sus posteos porque, como fuera, se trataba de una relación y como tal requería de mutua retroalimentación. Eso era lo que faltó con N2, yo me dediqué a observar y no comentaba o reaccionaba a sus textos porque era tan popular que ni cuenta debía darse si alguien como yo existía en esa red.

N1 era más tradicional.

Yo también. Llegaba del trabajo o de ese lugar de esperas largas y había alguien en mi casa con quien hablar y comentar, por lo general mis padres y mi hermana que, a la hora que mi papá llegaba de su trabajo, y por lo que decía, era un trabajo en serio, bajaba de sus clases on line, o de sus juegos, vaya a sabe uno. Mi mamá llegaba a diferentes horas porque su trabajo era independiente, hace curaciones o pone inyecciones a domicilio. Ese también es un trabajo real. En fin, que uno llega a la casa y todos hacemos alguna tarea para comer juntos. A veces eran días silenciosos y otros en que habían pasado muchas cosas. Una vez comenté a un compañero de la pega que eso era lo habitual en mi casa y me quedó mirando como a un bicho raro, me dijo que muy poca gente hace eso. Él al menos se iba directo a su pieza, con suerte saludaba si había alguien, si tenía hambre sacaba un pan y se iba a jugar on line. Nunca fui bueno para los juegos, debo ser medio huevón, o entero, como dice mi hermana. Y como soy malo no me gustan igual que el colegio. Casi nada me gustaba, ahora que lo pienso, tampoco ahora sé qué me gusta. Sí, disfruto algunas películas, música y me gusta ver el fútbol por la TV, aunque solo me gusta si veo los partidos con mi papá porque él sí que se apasiona y es divertido escuchar sus comentarios chaqueteros. Se ríe a carcajadas cuando un jugador se pifia y a mí me da risa él.

¿Cómo sería la vida de N1?

A mí me daba curiosidad, pero nunca le pregunté. Una vez me gustó una chica en una red, linda ella o se sacaba buenas fotos que es algo distinto. Empecé a ponerle me gusta a todas sus publicaciones, un día, para mi sorpresa, me mandó un mensaje, quería saber quién era yo, me inventé un nombre y le respondí.

− ¡Ah, no! te llamas igual que mi ex.

Me bloqueó y es lo más cerca que estuve de conocer una chica por las redes. ¿Qué hubiera pasado si se me hubiera ocurrido otro nombre? A veces me quedo pensando en eso.

Apuesto a que N2 tiene una vida armada y buena, por eso no está en las redes.

 

No puedo creerlo, N1 se suicidó, su madre escribió en su nombre que había muerto, no explicó nada, pero por los comentarios de otras personas, se deducía que se trataba de eso.

No lo conocí, sin embargo, la noticia me golpeó, me dio una tristeza tan grande y no sé por qué, si N1 era para mí una seguidilla de palabras escritas, algunos emojis y nada más. Me siento culpable por no haberme dado cuenta de que me importaba y que nunca se lo dije. Entonces era cierto que estaba solo o que eso creía él.

Al correr de los días, han aparecido en su cuenta innumerables saludos y expresiones de tristeza real. Mucha gente, demasiada gente que, como yo, lo apreciaba y nunca se lo dijo. Se parece a una colección de soledades si es que algo así puede existir. 


martes, 24 de marzo de 2026

Corrección

 


Foto de Pixabay

Cayó una gota sobre un pequeño charco de agua, los círculos formados por la intrusa reverberaron por un instante y luego se desvanecieron al ojo humano. Claro, con instrumentos potentes se podría detectar movimiento bajo la superficie o el impacto de la onda acuática en el pavimento, pero no era el caso ni el interés de este observador. Del charco pasó a mirar las nubes por si había esperanza de un otoño normal, medido en milímetros de agua por supuesto, porque lo normal hacía rato que había desaparecido. Hacía algunos años ya que las cosas estaban desprovistas de su esencia, los postes de la calle, a pesar de cargar con el peso de muchos cables inútiles, estaban vacíos de cemento, los árboles eran solo cortezas, las personas eran solo expresiones de máscaras y podría seguir, aunque sin haber motivo para continuar con la descripción lo resumía en tres palabras: superficies sin contenidos. En todo caso era mejor así, las superficies son más fáciles de predecir y el margen de error es mucho menor que con los contenidos subyacentes.

Esto sonaría a herejía para los creadores de contenido que se devanan los sesos tratando de destacarse en un mar de superficies en su esfuerzo por vender más máscaras. Total, el verso da para todo. Hubo un período en que se aferraba a las palabras para construir su mundo, pero pronto no fueron suficientes y comenzó a sujetarse de las acciones observables, cuantificables. Esperaba consecuencia entre las palabras y los hechos, que la historia fuera un relato fidedigno de los acontecimientos, como si se tratara de datos y por tanto objetos de análisis, hasta que se convenció de que cada uno vive en su historia y no puede salir de ella; hasta puede reinventarla, colorearla de diferentes tonalidades según el momento que elige destacar y la marea de emociones que se desatan en el cuerpo y las asociaciones, en fin, que no hay modo de que algo sea normal. Que la forma tenga el contenido que parece contener.

Un rebuscado. Eso era. Ese era.

¿Desde cuándo se volvió un descreído y adicto a las formas?

Adicto a las formas: dícese de quien cree que hay un modo de comportarse de modo adecuado, oportuno y en lo posible consistente para no ocasionar problemas ni conflictos. La corrección de los modales, del lenguaje, del atuendo, de la opinión de quien no deja huella, pero sí un halo de amabilidad y de un no-sé-qué que lo distingue y hasta le otorga un toque de misterio.

¿Desde cuándo?

No podía precisarlo o no quería. Información clasificada decía cuando no sabía responder a algo o sabía, pero si lo hacía se podía enfrascar en conversaciones incómodas y por supuesto estériles y como tampoco despertaba tanta curiosidad en los demás, una de las ventajas reconocidas de la amabilidad, nadie lo presionaba demasiado como para caer en profundidades de mal gusto.

Tampoco es que pudiese ubicar un solo hecho, los fenómenos humanos, los individuales y los masivos, son multifactoriales y entonces dar con los gatillantes de una actitud frente a la vida no son tan identificables, así como tampoco los estímulos para una crisis de pánico o un estallido social. Además, no quería ponerse grave ni triste recordando momentos ahora tan pretéritos.

Nada como la tranquilidad y que las sorpresas de cada día se encuentren dentro de un rango que permita mantener el equilibrio y sobre todo una variedad de respuestas aceptables y no esa sensación que antes lo acompañaba: no saber qué decir, qué hacer, dónde y cómo mirar. Es un gran ahorro de energía, del tipo que sea que se use en la mente, saber comportarse, anticipar los diálogos y decir las frases correctas es de una calma que se parece al dominio de las bestias. Cuando se acordaba de algunos episodios de su identidad pasada no podía evitar bajar la cabeza y sentir vergüenza ajena, aunque en este caso no era ajena sino propia, pero de su yo anterior, o sea de otro y por eso decía que era ajena. El punto era que la ingenuidad y la fe lo hicieron decir y hacer cosas que no creía posibles por ilógicas. Ahora culpaba a la ingenuidad y la fe, pero en ese entonces era otra cosa, más vergonzosa que la inexperiencia de un adolescente, más peligrosa que el deseo de vivir tormentas de un agua calmada y segura. Otra cosa, sin nombre ni medida. Lo que fuera lo hacía ver cemento adentro de los postes, vida tras las cortezas de los árboles y los colores con una longitud de onda imposible de nombrar.

No era que se hubiera quedado todo este rato mirando ese charco de agua. Había avanzado por el parque que lo conducía de vuelta a la oficina y esas reflexiones pululaban por su mente como un hábito que se refuerza a sí mismo. Revisó su teléfono como un automatismo, otro más, de la vida actual. Solía prepararse para la siguiente reunión del día, ensayaba las frases que diría para romper el hielo y luego procedería a resolver el asunto por el que fue convocado, al menos lo intentaría.

Entonces cayó una hoja de un liquidámbar sobre su pantalla: roja y aún tersa. La guardó en el bolsillo de su chaqueta porque sí, porque siempre quedarían resabios de ese que veía las cosas normales.

A veces, muy de vez en cuando, en sueños u otros estados raros de la conciencia, rozaba con la sensación de que había sido muy afortunado de asomarse, más de una vez, al otro lado, allí donde se conjugaban el abismo y la cima. Donde la corrección no es un parámetro y la calma era la precursora del vértigo.


jueves, 18 de diciembre de 2025

En el café

 


Foto de Bia Sousa: https://www.pexels.com


A veces puedo abstraerme de mi misma y observar a los clientes que vienen a este café, casi puedo adivinar qué pasa por sus mentes o lo invento, seguro lo invento, y, a veces corroboro, acercándome a los pedazos de conversación que alcanzo a escuchar.

Mesa 14: Gente civilizada.

Da lo mismo quienes sean, hacen como que hablan. Se quedan con las ganas de seguir un diálogo lleno de preguntas que no formularán. En su lugar hablan de la decepción de este otoño porque parecía la continuación de un verano eterno

− ¿No te parece más un verano deslavado que el comienzo del invierno?

− Que el calor dure pocas horas es a lo máximo que se puede aspirar.

Fingiendo una conversación, analizarían juntos la analogía de la luz como sabiduría y esperanza, así como la sombra de la confusión y el miedo. Sumarían el calor y el frío, las sombras de la caverna de Platón, el arcoíris de la concertación después de la dictadura, la primavera árabe y los conflictos más contemporáneos y por eso mismo más invisibles.

Uno de los dos, eso es evidente, llevaba otra línea de pensamiento interna o triple en vista de que advertía que estaba pensando otra cosa mientras las palabras fluían con corrección y naturalidad. La doble conciencia; lo mismo que me pasa a mí cuando busco el pedido en la Tablet y la pantalla no carga, me voy para otra parte, mientras mi cuerpo sigue ahí simulando la pausa de un video.

Esta clienta, sabía hacerlo bien, es una señal de buena educación conocer el juego social, las leves hipocresías y las mentiras piadosas. Apuesto a que bajaba la cabeza cuando recibía los reclamos de la madre y los consideraba injustos en la niñez. A veces hasta estaba llorando y en su mente era valiente, o insolente, de acuerdo con los parámetros de la época, y respondía con lo que quería decir. Entonces podía ser otra niña y no aquella complaciente y bien portada.

El otro cliente, hacía lo propio y reverberaba en su mente esa expresión de Cortázar – tan café con leche – todo el día me había quedado con esa imagen en la cabeza. Para una mesera no puede ser más cercana la analogía:

¿Cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir cuánto hemos recaído en los sueños o en la ducha?

El contraste de luz y la sombra daba para muchas conversaciones, tanto como ponerse al día y la actualidad en donde los eventos ocurren tan rápido y se está tan inmersa que no es posible dimensionar qué está pasando incluso en la propia vida, pero seguían hablando del sol, el frío, la fruta, los pies helados.

El Uno y el Otro son intercambiables por otros clientes o por ellos mismos en otras circunstancias jugando a que no pasaba nada.

Mesa 8 La cita por aplicaciones

Es raro el juego de los que vienen para conocerse en persona luego de haber hecho match en alguna aplicación y haberse escrito por mensajería. Se nota antes de que se sienten. Llegan mirando para todos lados, con la cara un poco rígida y, los menos, muestras un esbozo de sonrisa medio rara, ensayada frente al espejo. Deben querer disimular el miedo y la ansiedad que esas citas generan. Creo que es una mala idea juntarse en un café, podrían invitarse a otro lugar, algo más evocativo para estudiarse. ¿Un bar, un paseo? Los viernes hay varias parejas en lo mismo, al frente una mujer de unos treinta y tantos, haciendo como que no le interesa ganarse la atención de su cita, un treintón, vestido y peinado a la moda, estudiándola entera mientras simula una mirada de profundo interés en lo que ella dice. La mujer despliega una serie de gestos mientras destroza un pastel con mucha crema, por el color parece uno de moka, él, previsor, pidió solo una porción de galletas. La mujer exagera sus gestos y su lucha con el pastel, él está apoyado en el respaldo de la silla, a centímetros de parecer desinteresado, una pierna estirada hacia adelante, que la mujer no ve, lo hace dueño del espacio. Ella afirma sus piernas en la silla, como retrocediendo mientras su torso está casi encima de la mesa, en ocasiones se retira, pero su esfuerzo con el pastel no la ayuda.

Ambos se estudian, ella sonríe poco, él menos. Ambos se cuidan de no parecer demasiado interesados, pero sí educados. El objetivo parece ser una competencia por quien muestra menos interés y luego decir – fue agradable – sabiendo que no se escribirán otra vez.

Mesa 16 Las habitueés

Más allá, un par de mujeres habla sin parar, son clientas frecuentes de por aquí, siempre peleo con una de ellas porque insiste que el brunch, nombre siútico para una once o desayuno más contundente, se llama Côte d'Azur, ella dice − cotdasiur − y yo me hago la que no entiendo porque se llama Coté de Azur − cotédeazur −. A mí me va a venir a enseñar ¿Qué se cree esta vieja? Soy yo la que trabaja aquí y no voy a saber cómo se llama el famoso brunch. ¡Qué pida el otro entonces! El Paris tiene más cosas todavía y así no pelea conmigo sobre cómo se pronuncia. Siempre gano yo, obvio; la amiga termina pidiendo porque ya no tiene paciencia para la misma pelea. Con ellas se me acaban las evocaciones y vuelvo a mí.

Otra gente deja de hablar cuando una va a servirles, pero parece que el tiempo se les hace poco para hablar a estas señoras. Tanto hablar y hablar, hablar qué − ¡cosas de viejas serán pues! – los hijos, los nietos, lo caro del aceite, lo mal que se porta la nana, cuál detergente es mejor y esas cosas que hablan las viejas. ¿De qué más van a hablar?

Algunos clientes me caen bien aquí, la mayoría no. Se gastan mucha plata en leseras, a mí me costaría un día de trabajo lo que a ellos una once, pero aquí me tengo que esforzar por tratar bien a la gente, ya de dos cafeterías me han echado por reclamos, pero es que son enervantes. Ya los tengo clasificados, a una le hacen recitar toda la carta porque los aturdidos no saben usar el código QR del teléfono, como si fuera tanta ciencia. Casi siempre piden lo primero que una nombra porque no les da la memoria para más, el truco es nombrarles lo más caro y lo que una sabe que hay. Antes trabajé en un café donde no había ni la mitad de lo que estaba en la carta y ahí tenía que estar una poniendo cara de gato con botas y dar explicaciones ridículas: los proveedores, el cambio de dueños, en fin, pero hacer eso todo el día, todos los días aburre y yo me aburrí. Un día, el papá de mi hijo, ese huevón, no lo vino a buscar, era sábado y yo tenía que ir a trabajar, ningún hombre va a entender esa desesperación, estar lista para salir, el cabro chico llorando porque no llega el ahueonao y una, histérica, gritando por el teléfono, pateando todo, los juguetes y la mochila preparada para el día que sale con el papá. Lo único que escuché en mi cabeza, era – Loca, lo siento, no puedo ir a buscar al Gonzalito − no sé qué dijo después, no le creo nada, lo empecé a insultar, a decirle que si yo no trabajo el cabro chico no come, que seguro se había ido de farra y no podía levantar el culo de la cama. Le dije todo lo que se me ocurrió y cuando me di cuenta, el infeliz me había puesto en altavoz para que su nueva pareja escuchara lo loca que puedo ser.

Tuve que dejarlo con mi vecina porque mi mamá no me hablaba hacía una semana y yo me había jurado nunca más pedirle ayuda. Vieja de mierda, toda la vida sacándome en cara que por mi culpa sacrificó su juventud y que encima yo me había puesto a tener un hijo con un huevón penca − ¿Y mi papá?, tan buen partido que es poh, ¡si ni lo conocí! − ahí me echó y tuve que rogarle que me perdonara porque no tenía dónde irme. Me comí la rabia entera y ahí estoy tratando de sobrevivir con mi sueldo de mesera. Ese sábado llegué una hora y media tarde al trabajo, todos con cara de perro y yo lloraba de pena y rabia, le rogué a mi jefe que me dejara adentro lavando los platos porque era incapaz de hablar sin llorar. No le quedó otra.

Todos los favores se cobran, todos los sacrificios se cobran, eso me decía una amiga. Dicho y hecho, que no me echara fue considerado un favor y de ahí en adelante el miserable de mi jefe empezó a manosearme y a hacerse el lindo, trataba de que me quedara después del cierre. Busqué otro trabajo. En mi media hora de descanso caminé por los cientos de cafeterías y restaurantes de la zona y cuando estuve segura de irme, yo misma lo provoqué una tarde y cayó redondito. Me metió la mano por el escote, en el delantal yo llevaba un tenedor, fingí que me gustaban sus dedos chicos y regordetes metidos ahí, retrocedí para apoyarlo en la muralla y cuando estaba todo calentón le enterré el tenedor en el muslo. No pudo gritar porque lo tenían demandado por acoso hacía tiempo y lo vi gritar hacia adentro de sí mismo, estaba rojo de rabia, parecía que iba a explotar, casi oigo sus garabatos y por supuesto la amenaza de echarme. 

¿Qué puedo decir de eso? Odio los dedos chicos, regordetes y que parece que se doblan hacia atrás como si fueran de goma y también detesto a las viejas que no saben pronunciar su pedido de la carta y me corrigen.


jueves, 4 de diciembre de 2025

Vecinos

 

Foto de Denishan Joseph: https://www.pexels.com


Gaby había llegado antes al barrio, un conjunto de casas nuevas al lado de un terreno baldío, de esos que escasean por estos días. Se presentó sola a la familia de su vecino, Mauricio; los miró aliviada, al fin llegaba al barrio alguien a quien acudir o que escucharía sus gritos por si algo le ocurría. Se hacía la valiente, una especie de mujer moderna y temeraria que consideraba que nada malo podía ocurrirle si cuidaba de los detalles. Quienes la visitaban le advertían que la reja de la calle era muy baja, que debía poner protecciones en cada ventana y que la idea de las alarmas no debía ser desechada. Respondía a todo que sí, pero el sueldo por los dos trabajos que tenía no era suficiente para tantos gastos sin caer en más deudas, sumándolas a las que ya había accedido.

En el fondo, era una damisela en apuros disfrazada de mujer empoderada con las exigencias de género interiorizadas como un mantra que debía obedecer: puedo, debo, quiero, hacer todo sola, sin pedir ayuda y menos la de un hombre.

I

Cuando la vio, la encontró ahí no más, nada especial, su esposa Raquel haría buenas migas con ella, una educadora de párvulos y Gaby, profesora de matemáticas, se llevarían bien. Estaba escrito

Un día la vio cortando los setos con una tijera de podar. Le pareció que el vestido que traía, barato, de liquidación, marcaba bien su figura y si bien no se veía nada, insinuaba todo. Se le ocurrió ir a buscar unas tijeras para facilitar su labor, al principio no las aceptó, pero luego le dijo que se demoraría mucho menos, que se las dejaba ahí y él iría a hacer otras cosas. Solo ahí recibió las tijeras, luego la oyó cuando las devolvió y su esposa le dijo que, si necesitaba algo, acudiera sin ningún problema a su marido es un pan de dios, llega a ser tonto de lo bueno que es – no supo si alegrarse o no por esa descripción de su mujer, se acordó del chiste de Coco Legrand, siempre de huevón, en toda circunstancia hay que ir de huevón.

La veía algunas veces en la fila del colectivo cuando le tocaba restricción vehicular a su auto. Una vez se sentó al lado de ella, le gustó su aroma, pero en lugar de decírselo, le dijo que su señora estaría pronto de cumpleaños, si podía sugerirle un perfume, tal vez el que andaba trayendo ella ese día.

-                Un perfume es algo muy personal, no conozco tanto a tu esposa como para saber si le gustaría el que yo uso.

Se sintió intimidado, balbuceó – Claro, claro, tienes razón – y se fue recriminando todo el camino por la mala ocurrencia. Pensó además que sería un regalo costoso e inútil para Marcela que insistía en ahorrar todo lo que pudieran y pensaba que los gastos en acicalamiento eran un derroche, señal de superficialidad y del lavado de cerebros que el modelo de libre mercado había logrado en los chilenos.

Marcela era la esposa ideal para él, se conocieron siendo casi niños, pero Mauricio, o Maurito, como lo llamaba ella, fue siempre tan inhibido que fue ella la que se le acercó y ya no recordaba si también ella había sido la de la idea de casarse.

II

Marcela sentía una mezcla heterogénea de sentimientos respecto de Gaby, le gustaba su valentía, envidiaba un poco lo libre que se veía, sentía lástima por lo sola que debía sentirse y encontraba infantil ese empecinamiento por avanzar en tareas de la casa para las que se requerían maestros o alguien con fuerza al menos. Le daba rabia que se escuchara la música hasta tan tarde en las noches. La vio instalar pastelones, preparar el antejardín para sembrar pasto, llegar tardísimo, casi de madrugada, después de algún carrete, para levantarse tres horas más tarde e ir al trabajo con su delantal de parvularia en el asiento de copiloto de su destartalado auto. A veces pensaba en presentarle a alguien. No la encontraba simpática o bonita, en eso opinaba igual que Maurito, nada especial, pero casi le parecía un contrasentido que una mujer joven no tuviera pareja estable. Pareja estable, porque estaba claro que parejas ocasionales sí tenía. ¿Cómo sería eso de acostarse con más hombres que solo con el marido? Se sentía de otro tiempo, esos pensamientos flotaban durante poco tiempo en su mente, se auto recriminaba de inmediato. Debiera estar agradecida de lo que fuera que hizo que se casara con Maurito, el pan de dios del colegio, el buen partido del barrio, tan inteligente, tan buen niño. Nunca se agarró a combos con nadie, su madre, lloraba de orgullo por él y por milagro, ella misma le dijo que Marcela había nacido para acompañarlo y ser la madre de sus hijos. Y era tan buen yerno. Sus padres lo adoraban. No pensaría más en tantas estupideces.

No por proponérselo dejaba de tener curiosidad, en especial de cómo era pasar de una relación a otra sin mucha pausa ni depresiones. Más adelante le preguntaría.

IV

-       ¿Hasta cuándo van a bailar esas locas de al lado? Maurito ¿por qué no vas y le reclamas?

-       Ah, mujer, Déjalas, es la primera vez que hace una fiesta con las amigas la Gaby

-       ¡Bajen el volumen!

-       Noooo, está bien así!

La vio salir a fumar un cigarrillo con alguien, desde el dormitorio de su hijo no lograba ver si era hombre o mujer. Gaby estaba de negro entera, la imaginó como una pantera que se iba a girar y lo iba a hipnotizar para que bajara.

Bailaban música vieja, funk, soul, rock setentero y entremedio algo más moderno. Marcela no se daba cuenta de que hacía tiempo que en su selección de música copiaba las canciones que la vecinita escuchaba. En todo caso no había nada malo con eso. Antes no ponía atención a la música, ahora sí, eso era todo.

-       Alguien nos está mirando desde esa ventana.

Gaby levantó la vista, vio la cortina descorrida, el vecino alcanzó a retroceder de la ventana.

-       Estoy viendo si falta poco para que se acabe la fiesta.

-       Maurito, ven a acostarte, es tarde, los niños se durmieron. Veamos si podemos dormir nosotros con ese ruido infernal.

-       ¿Tienes sueño?

-       Maurito ¿te vas a portar mal hoy?

-       Nunca me porto mal.

Se acordó todo ese rato de la pantera, del modo en que lanzaba el humo del cigarrillo al aire o la manera en que levantaba su pelo para despejar el cuello y refrescarse. Casi respiraba en el cuello de Marcela el perfume mezclado con ese olor salado que Gaby debía tener. Sí, porque había dado con el perfume, probó todos los que ofrecían en las tiendas, hasta que lo reconoció. No olía igual en otro cuerpo, ya se sabe, lo del pH, la alimentación y miles de variables más. Y no, no era porque quisiera recordar el olor a Gaby, solo le gustó el perfume y quería sentirlo en su cama, en su mujer.

 

V

-       ¡Estuvo buena la fiesta!

-       ¿Molestamos mucho?

-       Estaba buena la música.

Ella le dirigió por primera vez una sonrisa amplia y sin esfuerzo. Marcela apareció bajo el umbral de la puerta.

-       Le dije a Maurito que te pidiera que bajaras la música, pero él es tan buena gente que no quiso, dijo que nunca habías hecho una fiesta en tu casa y que merecías relajarte.

A Gaby se le borró la sonrisa, por un nano segundo recordó la imagen de la cortina descorrida. Los miró a ambos y se disculpó. Marcela advirtió el cambio.

-       Yo no noté nada raro.

-       ¡Ay! Es usted es tan inocente Maurito. Es tan blanco de espíritu que no ve la maldad en otras personas, las insinuaciones.

¿Cómo? ¿podría ser que Gaby le hubiera hecho algún cambio de luces? ¿tan idiota era que no se daba cuenta? Abrazó a Marcela por los hombros y se sintió alto, mucho más alto, feliz sin explicación, la besó como hacía tiempo no lo hacía.

 

VI

Cerca de medianoche, escuchó que alguien la llamaba desde la calle. Era el vecino avisando que el portón del patio estaba abierto. Gaby bajó a cerrarlo, le había dado las gracias, Mauricio la observó hasta que se entró. De algún modo se sentía responsable de cuidarla, mal que mal, podría ser que no pudiera tener un hombre que la cuidara porque sentía algo por él y, si bien, nunca la había alentado, quien sabe, si como era un imbécil en esas lides, podría ser que la hubiera confundido sin querer.

Con ese objetivo, para protegerla, comenzó a escribirle en las mañanas y todas las noches, sin falta, para preguntarle si estaba bien o si necesitaba algo.

Le contó a Marcela de su preocupación por Gaby.

-       Si no fueras tan ingenuo y de buen corazón, me pondría celosa, pero te conozco, no serías capaz de ser infiel conmigo. Cuídala si sientes que es lo correcto y si crees que lo merece.

Las palabras al viento pueden convertirlo en tormenta o al menos en tormento.

 

VII

-       ¡Gracias Gaby! Me diste el mejor regalo de la vida. Me sorprendiste.

Mauricio había entrado por la puerta de la cocina para sorprender a su señora, después de haber chateado un rato con Gaby en el auto, cuando la oyó en el living de su casa, no le quedó más alternativa que quedarse escuchando la conversación de las amigas. Ellas tomaban una copa de vino mientras bailaban con la misma música de la fiesta de la vecina en un volumen mínimo. Vio cómo Gaby le mostraba el celular a Marcela y ambas se reían a mandíbula batiente. Palideció, toda la sangre se le fue al piso, casi se desploma. Se mareó viendo imágenes de su familia y la de Marcela en su mente, todos incrédulos por lo estúpido que había sido. No había concretado nada y sería acusado de infiel.

-       ¿Te dije o no te dije? ¿se puso más cariñoso contigo, más creativo, más audaz?

-       Sí a todo, ¡impresionante!

-       Yo calentaba el agüita…

-       ¡Y yo me servía el té!

Se sentó en un piso de la cocina mientras procesaba la información. Pasó de la culpa, a la vergüenza; del ridículo a la rabia. Marcela era una bruja, su padre tenía la razón.

Cuando se decidió a salir de la cocina, llevó una copa en la mano, la llenó de vino y se sumó a las mujeres en su baile, las dos vestidas de negro, los tres jugando a los buenos vecinos.

 

 

Commodores, Machine Gun

https://www.youtube.com/watch?v=ho_Od3o9OLg&ab_channel=Scifier939


martes, 2 de diciembre de 2025

De compras


 



Mientras se dirigía al supermercado con dinero en efectivo para no pasarse del presupuesto, entendió aquellas historias de personas que llenaban el carro para luego dejarlo tirado y también se vio a sí misma probándose vestidos para su graduación que estaban fuera de alcance de su familia. Actuaba la escena con convicción, siempre había un detalle que no le llenaba el gusto le decía a la vendedora. Hubo uno que le quedó como hecho a la medida y entonces disimuló su cara de satisfacción y dijo que si no fuera por el color sería perfecto para la ocasión. Se arriesgaba, pero era capaz de resistir la tentación.

En realidad, no debiera ir al supermercado, todos saben que la feria y los negocios mayoristas eran una mejor opción para sus circunstancias, pero era difícil renunciar a los hábitos. Además, no hay comparación entre un lugar hecho para una buena experiencia de compra que otro en el que la decoración era un ítem inexistente. Conocía los trucos: mucha luz, muchos colores, productos acordes con la festividad más próxima, cambio de posición de los ítems de primera necesidad para obligar a los clientes a mirar con detenimiento las góndolas con productos suntuarios. También está la ubicación a la altura de los ojos de las marcas más caras y dejar casi en el suelo o muy arriba las más baratas. Pocos hacen el esfuerzo de agacharse y empinarse a veces no alcanza. Ni hablar de los tamaños, es casi imposible encontrar sachets, frascos o latas para usar de una vez y en su lugar hay unos enormes que quedan para siempre en el refrigerador hasta que se vencen.

Alguna vez pensó que era demasiado pesimista pensar en que la publicidad y el marketing invadirían todos los espacios, todos sin excepción. Y ahí estaba, mirando sin querer un montón de cosas bonitas e innecesarias.

Es difícil reconocerse como una más de las presas buscadas, y más que encontradas, de los depredadores del comercio y sus infinitos trucos. – Ay, si hubiera resultado el proyecto del sur, si no hubiera habido pandemia, si hubiera soportado un poco más, si hubiera sido menos sentimental y más pragmática – no tendría que pasársela jugando con un Excel villano que le mostraba un mal juego de cartas con sus ingresos y los gastos. A estas alturas un papel bastaba para el mismo diagnóstico, pero los hábitos son difíciles de vencer.

A veces surgía el lado más amable de sí misma y se decía que lo había pasado bien mientras pudo, que había demostrado que no era una fracasada porque al menos podía manejar sus deudas y que ahora solo tenía que aprender a equilibrar bien los pagos y no salirse, bajo ninguna excusa, del camino que había trazado con el contador. Lo bueno es que las palabras y las modas dan para todo y entonces ahora podía decirse y decir a otros que ha llegado el tiempo de la austeridad, porque cómo puede ser que todo, absolutamente todo, sea susceptible de transacción; podría agregar que el cambio climático, que las primeras comunidades cristianas, que los monjes budistas, que la señora Juanita, que las cosas más importantes no tienen precio y lo esencial es invisible a los ojos, el mantra más conocido y repetido en las redes y, sonaba mal, pero que su clóset estaba abarrotado de cosas que no usaba y que tenía zapatos y accesorios hasta que muriera. Y de los viajes, bueno, que ya conocía lo que había soñado y que el turismo hace tan mal a las comunidades y países de moda que había decidido pasar más tiempo en su casa porque como dice Byung-Chul Han, la felicidad está en no hacer nada o a lo más cultivar el jardín porque todo lo demás era productividad servil al sistema. Además, hay otro filósofo, Kohei Saito, que propone el decrecimiento económico para no ir camino a la autodestrucción y su argumento sonaba de lo más razonable hasta que llegaba al punto del trabajo, porque alguien tiene que trabajar para mantener vivos a los jardineros, a los pacíficos lectores o a los que no quieren producir y está difícil que los que han acumulado más riqueza la regalen por la buena, pero para qué iba a entrar en tanto detalle, mejor ir por el lado pachamámico y declararse no en quiebra, porque que mal, sino en conversión espiritual.

¿Y los conciertos? Podría convencerse de los factores adversos: que las multitudes y las molestias de quedar estacionada lejos de la entrada, los gritos que no dejan escuchar, los celulares y la interrupción de la vista porque claro, la gente es incapaz de disfrutar sin publicar lo que hace y total para eso estaba YouTube y se podía sentir igual. Mentira, jamás sería lo mismo, pero podía decírselo y autoconvencerse ¿no? Total, los pensamientos no constituyen la identidad y la mente es diferente de una misma. ¿Y los libros físicos? Eso era sencillo, hacía rato que eran un exceso, tanto espacio que ocupan, tanto papel, tanta huella de carbono. Para eso estaba inscrita en la biblioteca pública correspondiente a su sector, pero ya lamentaba no contar con varios que había leído y parecían no estar disponibles en su historia personal porque no los tenía, no los podía oler ni hojear o volver releer al menos en las parte favoritas. El libro como objeto que debe estar ubicable porque ¿cómo le hubiera agarrado el gusto de no ser por los libros que había en su casa? Claro están los audibles y los digitales, pero jamás será lo mismo. Jamás de los jamases.

Avanzaba por los anaqueles del supermercado y ya se cansaba de sumar cada cosa y de ver cómo podía reemplazar lo mismo por algo más barato.

Recordó su gusto por las cosas inútiles y la lealtad a los objetos regalados casi como una obsesión, como si muchos no fueran solo un salir del paso y pudieran ser reciclables sin culpa como lo hacían tantos. Como ella misma había hecho varias veces. La costumbre de asignar valor y significado a las cosas, lugares, palabras, sonidos y aromas era otra expresión de su materialismo, del gusto por la acumulación. No quedaba más alternativa que aceptar que su lado B tenía un componente vergonzante que no había tenido que explorar antes.

La caja estaba cerca y casi había cumplido su objetivo: comprar solo lo que necesitaba, le sobraban mil quinientos pesos y como ya no había chicos que ayudaran a embolsar ni estacionadores no tenía que dejar monedas para propinas. Sentía el pecho inflado de orgullo, como cuando ganaba un proyecto o su opinión tenía valor en el mercado inmobiliario, no tenía tan claro cómo fue que se fue introduciendo en el mundo de la obsolescencia y de pronto dejaron de llamarla, tal vez porque se confió demasiado o porque ya estaba cansada, solo eso, cansada y aburrida de lo mismo, cansada de intentar reinventarse como decían sus colegas y competidores. Cansada. Solo eso.

Cuando pagó le dijeron que podía canjear unos puntos de no sabía qué y entonces le sobraron diez mil quinientos pesos. Se alegró como una niña a la que le regalaban un dulce inesperado. Compró un cartón de Kino y cayó en cuenta de que había caído en otra trampa. Los juegos de azar se alimentan de la desesperación, de los cansados como ella, de los que creen que merecen un golpe de suerte y buscan una solución sin tener que esforzarse. Eso decía antes, cuando esas conductas irracionales eran de otros, cuando estaba del lado de los salvados. Ahora entendía por qué su amiga se compraba botas, blusas, se hacía tratamientos cosméticos justo cuando estaba al borde de la crisis financiera. Era lo mismo que intentar bajar de peso, una fracasa una semana y el hambre se desata como una venganza en búmeran.

A pesar de eso, se sentía a salvo. Había logrado salir del supermercado y lo único extra era ese cartón de Kino, al guardarlo en su cartera, sus dedos dieron con una superficie plástica. Estaba segura de haberla dejado en la casa.

Minutos después estaba acarreando un sinfín de compras, todas indispensables y justificadas, cada una de ellas con un destino claro y hasta altruista. Estaba a salvo de nuevo, por lo que durara esa sensación.


miércoles, 12 de noviembre de 2025

Título


 

Foto de Esra Betül Yatkaya: https://www.pexels.com

      Quiérame de lejos.

Eso era, darle aire a alguna clase de afecto sobreviviente al tiempo y a las circunstancias. Sonaba sugerente y creativo. Se trataba de buscar el título de una serie de muchos o pocos capítulos, según el rating y la satisfacción consiguiente de los auspiciadores. De acuerdo con los estudios de focus group, debía incorporar un montón de temas: el destino, la distancia, el sometimiento del deseo por el deber, esos − sí quiero, pero no puedo −, con tirones de la culpa por un lado y de lo que fuera por el otro. Hasta podría llevar elementos sobrenaturales como coincidencias extrañas, recuerdos de otras vidas, mensajes de muertos y por supuesto protagonizada por personajes neuróticos, complejos, con capacidad de argumentación para cualquier giro que la historia tomara y la habilidad suficiente para mantener firme una cuerda de equilibrio en la altura de un trapecio de circo. Fija, inmóvil y a prueba de caídas.

Para dar un toque moderno al estilo de narración de la historia, debía ir al pasado y al presente para mantener la atención del público e ir acorde con la tendencia de mostrar la equipotencialidad de una escena.

      Quiérame de lejos 

Sonaba al verso de una canción o de varias canciones. Es probable que fuera un bolero, de esos muy antiguos, uno que diría − no necesito fotos para recordarte, ni canciones porque en la nada que somos estás siempre por ahí −. ¿O era una frase de Cortázar? – se parece a una al menos “tengo tu foto; no para acordarme de ti cuando la miro, sino para mirarla cuando me acuerdo de ti”, pero no es lo mismo. Tal vez sea una advertencia de vitrina de antigüedades – mire, pero no toque – porque los objetos son frágiles o ya están rotos y pueden volver a quebrarse.

      Quiérame de lejos.

 ¿Y la canción de Lucybell? − Vete antes que yo intente evitarlo[1] −. Un clásico: Mejor que no porque luego podría necesitar su presencia. A veces el miedo es razonable y debe hacerse oír. Podría incluir una mezcla de imágenes de la película In the Mood for Love, con soundtrack ad hoc[2], de modo que, si por ahí en el azar, quedara una duda, se pudiera preguntar a los árboles cuáles eran los secretos que guardaban los silenciosos personajes.

       Quiérame de lejos

Parecía el título de un pacto que trataba de devolver las ideas y afectos al momento previo al desastre. No habría besos que extrañar y sobrevendría la calma de un invierno tormentoso a borrar todo vestigio o la de un verano impasible lleno de incendios que eliminaría las huellas de caminos que no se recorrieron.

      Quiérame de lejos

Y así se asegura la civilización, la tranquilidad y el bienestar. A veces, las más de las veces, es más que suficiente.

 El título era el adecuado, era ya una decisión. Había que ser cuidadosos con las palabras como en “Lo que queda del día” de K. Ishiguro o cualquier poema de Nicanor Parra porque si se leía mal, uno de esos poemas o el guion, podría inducir a error y develar el plagio de muchas obras. Una cosa tenía clara, todo está pensado o escrito. Nada nuevo bajo el sol.

      Nada nuevo bajo el sol

No estaba mal tampoco, pero el equipo de marketing opinaba que era poco vendedor. Implicaba una situación estática no por falta de movimiento sino por la distancia con que se observa un fenómeno, desde muy lejos las cosas son fijas, desde muy cerca es demasiada la velocidad y la sucesión de hechos que pueden o no relacionarse entre sí, aunque lo más probable es que sí. En todo caso, era muy enredado meterse en esos pastizales, mejor quedarse con el título previo.

N1

  Yo tenía un par de amigos en las redes. N1 , que pasaba conectado la mayor parte del tiempo, al menos las veces en que me metía ahí aparec...