A veces puedo abstraerme de mi misma y
observar a los clientes que vienen a este café, casi puedo adivinar qué pasa
por sus mentes o lo invento, seguro lo invento, y, a veces corroboro,
acercándome a los pedazos de conversación que alcanzo a escuchar.
Mesa 14: Gente civilizada.
Da lo mismo quienes sean, hacen como que
hablan. Se quedan con las ganas de seguir un diálogo lleno de preguntas que no
formularán. En su lugar hablan de la decepción de este otoño porque parecía la continuación de un verano eterno
− ¿No te parece más un verano deslavado que el
comienzo del invierno?
− Que el calor dure pocas horas es a lo máximo
que se puede aspirar.
Fingiendo una conversación, analizarían juntos
la analogía de la luz como sabiduría y esperanza, así como la sombra de la
confusión y el miedo. Sumarían el calor y el frío, las sombras de la caverna de Platón, el
arcoíris de la concertación después de la dictadura, la primavera
árabe y los conflictos más contemporáneos y por eso mismo más
invisibles.
Uno de los dos, eso es evidente, llevaba otra
línea de pensamiento interna o triple en vista de que advertía que estaba
pensando otra cosa mientras las palabras fluían con corrección y naturalidad. La
doble conciencia; lo mismo que me pasa a mí cuando busco el pedido en la Tablet
y la pantalla no carga, me voy para otra parte, mientras mi cuerpo sigue ahí simulando
la pausa de un video.
Esta clienta, sabía hacerlo bien, es una señal
de buena educación conocer el juego social, las leves hipocresías y las
mentiras piadosas. Apuesto a que bajaba la cabeza cuando recibía los reclamos
de la madre y los consideraba injustos en la niñez. A veces hasta estaba
llorando y en su mente era valiente, o insolente, de acuerdo con los parámetros
de la época, y respondía con lo que quería decir. Entonces podía ser otra niña
y no aquella complaciente y bien portada.
El otro cliente, hacía lo propio y reverberaba
en su mente esa expresión de Cortázar – tan café con leche – todo el
día me había quedado con esa imagen en la cabeza. Para una mesera no puede ser
más cercana la analogía:
¿Cómo nos
daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café
con leche, y no podemos medir cuánto hemos recaído en los sueños o en la ducha?
El contraste de luz y la sombra daba para
muchas conversaciones, tanto como ponerse al día y la actualidad en donde los
eventos ocurren tan rápido y se está tan inmersa que no es posible dimensionar
qué está pasando incluso en la propia vida, pero seguían hablando del sol, el
frío, la fruta, los pies helados.
El Uno y el Otro son intercambiables por otros
clientes o por ellos mismos en otras circunstancias jugando a que no pasaba
nada.
Mesa 8 La cita por aplicaciones
Es raro el juego de los que vienen para
conocerse en persona luego de haber hecho match en alguna aplicación y haberse escrito
por mensajería. Se nota antes de que se sienten. Llegan mirando para todos lados,
con la cara un poco rígida y, los menos, muestras un esbozo de sonrisa medio
rara, ensayada frente al espejo. Deben querer disimular el miedo y la ansiedad
que esas citas generan. Creo que es una mala idea juntarse en un café, podrían invitarse
a otro lugar, algo más evocativo para estudiarse. ¿Un bar, un paseo? Los
viernes hay varias parejas en lo mismo, al frente una mujer de unos treinta y
tantos, haciendo como que no le interesa ganarse la atención de su cita, un
treintón, vestido y peinado a la moda, estudiándola entera mientras simula una
mirada de profundo interés en lo que ella dice. La mujer despliega una serie de
gestos mientras destroza un pastel con mucha crema, por el color parece uno de moka, él,
previsor, pidió solo una porción de galletas. La mujer exagera sus gestos y su
lucha con el pastel, él está apoyado en el respaldo de la silla, a centímetros
de parecer desinteresado, una pierna estirada hacia adelante, que la mujer no
ve, lo hace dueño del espacio. Ella afirma sus piernas en la silla, como
retrocediendo mientras su torso está casi encima de la mesa, en ocasiones se
retira, pero su esfuerzo con el pastel no la ayuda.
Ambos se estudian, ella sonríe poco, él menos.
Ambos se cuidan de no parecer demasiado interesados, pero sí educados. El
objetivo parece ser una competencia por quien muestra menos interés y luego
decir – fue agradable – sabiendo que no se escribirán otra vez.
Mesa 16 Las habitueés
Más allá, un par de mujeres habla sin parar, son
clientas frecuentes de por aquí, siempre peleo con una de ellas porque insiste
que el brunch, nombre siútico para una once o desayuno más contundente,
se llama Côte d'Azur, ella dice − cotdasiur − y yo me hago
la que no entiendo porque se llama Coté de Azur − cotédeazur −. A mí me
va a venir a enseñar ¿Qué se cree esta vieja? Soy yo la que trabaja aquí y no
voy a saber cómo se llama el famoso brunch. ¡Qué pida el otro entonces!
El Paris tiene más cosas todavía y así no pelea conmigo sobre cómo se
pronuncia. Siempre gano yo, obvio; la amiga termina pidiendo porque ya no tiene
paciencia para la misma pelea. Con ellas se me acaban las evocaciones y vuelvo
a mí.
Otra gente deja de hablar cuando una va a
servirles, pero parece que el tiempo se les hace poco para hablar a estas señoras.
Tanto hablar y hablar, hablar qué − ¡cosas de viejas serán pues! – los hijos,
los nietos, lo caro del aceite, lo mal que se porta la nana, cuál detergente es
mejor y esas cosas que hablan las viejas. ¿De qué más van a hablar?
Algunos clientes me caen bien aquí, la mayoría
no. Se gastan mucha plata en leseras, a mí me costaría un día de trabajo lo que
a ellos una once, pero aquí me tengo que esforzar por tratar bien a la gente,
ya de dos cafeterías me han echado por reclamos, pero es que son enervantes. Ya
los tengo clasificados, a una le hacen recitar toda la carta porque los
aturdidos no saben usar el código QR del teléfono, como si fuera tanta ciencia.
Casi siempre piden lo primero que una nombra porque no les da la memoria para
más, el truco es nombrarles lo más caro y lo que una sabe que hay. Antes
trabajé en un café donde no había ni la mitad de lo que estaba en la carta y
ahí tenía que estar una poniendo cara de gato con botas y dar explicaciones
ridículas: los proveedores, el cambio de dueños, en fin, pero hacer eso todo el
día, todos los días aburre y yo me aburrí. Un día, el papá de mi hijo, ese
huevón, no lo vino a buscar, era sábado y yo tenía que ir a trabajar, ningún
hombre va a entender esa desesperación, estar lista para salir, el cabro chico
llorando porque no llega el ahueonao y una, histérica, gritando por el
teléfono, pateando todo, los juguetes y la mochila preparada para el día que
sale con el papá. Lo único que escuché en mi cabeza, era – Loca, lo siento, no
puedo ir a buscar al Gonzalito − no sé qué dijo después, no le creo nada, lo
empecé a insultar, a decirle que si yo no trabajo el cabro chico no come, que
seguro se había ido de farra y no podía levantar el culo de la cama. Le dije
todo lo que se me ocurrió y cuando me di cuenta, el infeliz me había puesto en
altavoz para que su nueva pareja escuchara lo loca que puedo ser.
Tuve que dejarlo con mi vecina porque mi mamá
no me hablaba hacía una semana y yo me había jurado nunca más pedirle ayuda.
Vieja de mierda, toda la vida sacándome en cara que por mi culpa sacrificó su
juventud y que encima yo me había puesto a tener un hijo con un huevón penca −
¿Y mi papá?, tan buen partido que es poh, ¡si ni lo conocí! − ahí me echó y
tuve que rogarle que me perdonara porque no tenía dónde irme. Me comí la rabia
entera y ahí estoy tratando de sobrevivir con mi sueldo de mesera. Ese sábado
llegué una hora y media tarde al trabajo, todos con cara de perro y yo lloraba
de pena y rabia, le rogué a mi jefe que me dejara adentro lavando los platos
porque era incapaz de hablar sin llorar. No le quedó otra.
Todos los favores se cobran, todos los
sacrificios se cobran, eso me decía una amiga. Dicho y hecho, que no me echara
fue considerado un favor y de ahí en adelante el miserable de mi jefe empezó a
manosearme y a hacerse el lindo, trataba de que me quedara después del cierre.
Busqué otro trabajo. En mi media hora de descanso caminé por los cientos de
cafeterías y restaurantes de la zona y cuando estuve segura de irme, yo misma
lo provoqué una tarde y cayó redondito. Me metió la mano por el escote, en el
delantal yo llevaba un tenedor, fingí que me gustaban sus dedos chicos y
regordetes metidos ahí, retrocedí para apoyarlo en la muralla y cuando estaba
todo calentón le enterré el tenedor en el muslo. No pudo gritar porque lo
tenían demandado por acoso hacía tiempo y lo vi gritar hacia adentro de sí
mismo, estaba rojo de rabia, parecía que iba a explotar, casi oigo sus
garabatos y por supuesto la amenaza de echarme.
¿Qué puedo decir de eso? Odio los dedos
chicos, regordetes y que parece que se doblan hacia atrás como si fueran de
goma y también detesto a las viejas que no saben pronunciar su pedido de la
carta y me corrigen.