Y
la vieja me gritó que debí informarle antes. Siempre es lo mismo con mi jefa,
que por qué no le dije, que ella tenía que saber todo le que pasaba en su
departamento. Es verdad, ahora que se me pasó la furia y el estado de
petrificación que se impone sobre mi cuerpo y mi voz cuando alguien me grita,
reconozco que no le dije. Me repetí la historia desde el principio, que don
Ernesto me había contado del problema eléctrico de la bodega y justo pasó Juan
Pablo, el ito eléctrico. Por un buen tiempo le dije Juan Pablito, cuando
ignoraba que ito era la sigla para el inspector técnico en obras. De ahí nos
fuimos directo al lugar del corto circuito e hicimos las coordinaciones para
las órdenes de compra de los repuestos, los horarios en que se harían los
cambios sin interrumpir la labor diaria de los equipos de venta. Pensé que era
eso lo que más importaba y sigo pensando lo mismo. Justo cuando iba subiendo al
piso doce donde está la oficina de mi jefa, para informar de la solución al
problema de la bodega, me agarra la señora Sara por un accidente laboral de Andrea, una externa del servicio de aseo, pero que todavía no tenía contrato y
entonces la responsabilidad iba a caer en la empresa − ¡pucha la lesera! – fue
lo único que pude decir en voz alta porque don Tomás, el dueño de la empresa
del aseo, es hermano del dueño de la empresa que me contrató a mí; así es que
con voz y actitud de resignada, le dije que me haría cargo. Fui a mi oficina,
que no sé para qué la tengo si nunca estoy ahí y llamé a Rosario, la jefa de
personal de los del aseo. Trifulca y media, que era el sexto contrato que tenía
que hacer apurada porque se había corrido la voz de que si tenían un accidente
los contrataban al tiro. Que así era esta gente, que se aprovechaban de
inmediato.
Andrea esperaba abajo con el tobillo hinchado y se aguantaba el dolor.
−y
ustedes ¿qué les pasa con las escaleras? ¿todavía no ponen las gomas de
seguridad?
−Rosario,
limítate a enviar el contrato de Andrea; mientras, yo me encargo de
convencer al comité paritario de que algún integrante autorizado llene el
formulario de derivación al IST por accidente del trabajo.
Era
un día de esos en que una debió quedarse acostada con fiebre real o inventada.
Todo el día con estupideces que requerían solución inmediata y encima teniendo
que ser paciente y no armar más escándalo para no tener problemas con los jefes
o los sindicatos. Mi oficina me servía para eso, para poner las morisquetas que
quisiera al teléfono sin que nadie me viera o estirarme y hacer como que
mandaba sendas patadas en el culo a quien se lo mereciera.
Después
de respirar hondo fui a hablar con don Luis, el presidente del comité
paritario, un tipo de unos cuarenta y tantos que desde que había asumido esa
función, se paseaba casi con lupa por todos lados buscando todos los detalles
que había que subsanar para garantizar la seguridad de los trabajadores. Era
cierto, pero quería todo para ayer y era imposible hacer todo de inmediato,
habíamos tenido como cuatro reuniones este último mes, logramos avanzar en
algunas cosas, pero faltaba y siempre iba a faltar y él se largaba en un
discurso obsesivo lleno de detalles y reiteraciones de los detalles. − Mire
señorita Josefa, ya sé que usted va a decir: ya va a empezar con la cantinela,
pero ¡mírese usted pues! Anda con esa falda hippie llena de vuelos, se va a enganchar
en cualquier parte y después va a alegar que el reglamento está anticuado que
es su derecho vestirse como quiera y que si no va a demandar por
discriminación. Y ¿qué quiere que haga yo? ¿qué le digo al comité? ¿que la
subjefa es especial? No pues, usted sabe, la seguridad es para todos. Hay
derechos y obligaciones y también corren para usted.
Roberto
es de esos que hablan a punta de obviedades, puras frases hechas, pero
afirmadas en algún manual, puse cara de compungida y traté de sonreír como una
niña pillada en falta, el viejo truco de la cara de gato con botas ¿quién no lo
ha usado para librarse de alguna norma absurda?
−Prometo
que mañana me pongo ropa según el reglamento, pero por favor veamos lo de
Andrea, ya supo, supongo.
− ¡Por supuesto! ¿cuántas veces le he dicho señorita Josefa que esa empresa es muy chanta? Que no cumplen con los requisitos mínimos de seguridad para sus trabajadores.
Que no cumplen con los requisitos
mínimos de seguridad para sus trabajadores.
−Ya poh Roberto. Córtela con la
cantinela, usted y yo sabemos que, si no hacemos nada, la perjudicada es la
Juanita y no queremos eso ¿no?
−Siempre lo mismo, por eso nada
mejora, porque todo se arregla con parches.
Roberto, estaba convencido de que
usaría su pequeña cuota de poder en la empresa de detergentes nacionales para
beneficio de los trabajadores, que las buenas prácticas podían llegar a ser
parte de un hábito y no la excepción. Por eso estas situaciones en las que falla lo
básico le parecían inadmisibles.
−Roberto, ya sé lo que está
pensando, le encuentro razón, a pocos nos importa que las cosas se hagan bien,
entiendo que usted está empeñado en mejorar las condiciones de todos. Estamos
en la misma línea, tras el mismo objetivo final, pero en el camino hay
que ir reparando los baches.
−No me salga con sus discursos
bonitos que me va a hacer llorar.
Roberto se largó en una carcajada,
− entiendo, se hace lo que se puede, tome aquí tiene el formulario del IST.
Josefa tomó el formulario y
agradeció con una mueca burlona. Las conversaciones terminaban siempre del
mismo modo con Roberto.
La Juanita estaba furiosa por todo
el tiempo de espera, había tres compañeras de trabajo suyas acompañándola y
envalentonándola para que hiciera escándalo.
−Llevo más de una hora con el pie
hinchado y usted paseándose ¿Cuántos cafés se tomó mientras yo estaba aquí
esperando que alguien hiciera algo?
−No se equivoque, Juanita, aquí la
señorita no tiene la culpa, sus compañeras la están aconsejando mal.
Sara salvó la situación porque yo
estaba a punto de tirar el formulario por la cabeza y decirle al taxista que se
fuera no más porque la carrera a la urgencia ya no se haría. Mentira, todas
esas chorezas que se me ocurren quedan como un diálogo interno imaginario. Al final, sé que me voy a tragar la rabia, cada uno mira lo que vive de un modo
tubular. Creo que aquí mi tubo es más ancho porque mi trabajo consiste en
conocer a todos y facilitar que la producción continúe.
Lo más desajustado que hice después
de ese recorrido matinal, y solo eran las 10.30 am, fue salir de la oficina de
mi jefa sin decir palabra y con cara de gol en contra, con la mala suerte que
se me quedó atrapada la falda en la puerta y tuve que devolverme. No la miré,
pero no sé por qué sentí que ella se asustó y eso me gustó. Masculló algo
parecido a una frase de disculpa o eso me pareció. No lo iba a comprobar en
todo caso.
Pasaron muchas cosas más ese día,
las que tampoco informé porque me amurré y mi silencio, según yo, era más
llamativo que el caudal de palabras que salían de mi boca según lo que hay que
decir y es apropiado. A lo mejor nadie lo nota, pero me gusta ese encapsulamiento.
Un espacio de libertad controlada.
Cerca de las cinco de la tarde pude
concentrarme en el protocolo del mes como parte del reglamento de órdenes de
trabajo y mantenimiento. A las seis me paré de mi silla, mi jefa se había ido y
fue un alivio no tener que despedirme de ella. Una vez en la calle, atravesé y
estaba chispeando. Soporté todo el día pensando que antes de volver a mi
departamento iría por un chocolate con churros y seleccionaría una película
para ver en la noche.
Mi jefa estaba ahí, pero iba de
salida −que lo disfrutes− me dijo con una sonrisa. Parecía otra persona, era
otra persona.
En mi silencio yo también lo soy.

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