—¡Mire cómo son las cosas! Por aquí
de nuevo.
− Usted me invitó ¿por qué la
sorpresa?
− Porque es un acuerdo que requiere
de voluntades y esas son tan febles ¿no?
− ¡Ah! Es que usted no confía ni en
sí mismo, pero bueno ¿en qué anda su mente por estos días?
− Divago, como siempre, con frases
de distintas personas que escucho o leo por ahí. Me acordé de usted por un
libro que compré con muchas expectativas…
- ¿Luego lo decepcionó? Jajajaja
—Nada que ver. O, sí, el libro me ha
decepcionado. Fuera de bromas, es un libro que intenta relatar el encuentro
entre Wolfgang Pauli y Gustav Jung.
− ¡Ah! Un par de tontuelos, ¿no? No me ponga esa cara, sé quiénes son. No sabía que se habían conocido.
− No solo se conocieron, sino que colaboraron, cada uno desde su campo de conocimientos, para dar sustento al concepto de sincronicidad desde la mecánica cuántica, por parte de Pauli y los
arquetipos e inconsciente colectivo de Jung.
− Y entonces aparecen los mitos,
los símbolos y todas esas rayaduras del Libro rojo de Jung.
− ¿Vio? Sabía que iba a salir con
eso, la liviandad del desconocimiento.
− Tan lleno de prejuicios conmigo
que lo han de ver…lo digo para molestarlo. Me interesó un tiempo, pero no
entendí nada.
− Yo tampoco mucho para serle
honesto, pero justo hoy estaba escuchando un podcast y un músico escritor,
hablaba del Libro rojo, de cómo Jung se conectaba con su creatividad, su
inconsciente diría él, enfocándose largo rato en un solo punto hasta tener
imágenes que luego dibujaba e interpretaba.
− ¿No se compró ese libro? Recuerdo
perfecto que lo acompañé a buscarlo. Y escuchar justo un podcast acerca del
tema ¿no le parece una muy buena casualidad? ¿sincronicidad tal vez?
− Me arrepiento tanto de no haberlo
comprado…sí, pensé en eso un rato, pero me resisto. Ya sabe, la mente porfiada.
− Apuesto a que le ganó su
Ebeneezer oculto en las sombras.
− ¡Jajajajajaja! Se ve que me
conoce; sí, es un libro carísimo. Depende de la edición, por supuesto. Quiero el
que viene ilustrado. Iré de nuevo a ver cuánto vale. A ver si le gano a Ebeneezer.
—Volvamos al encuentro con Pauli,
él es quien dijo la frase “ni siquiera es un error” o algo así, ¿no?
− Sí, se refería a que lo peor de
lo peor en ciencias es exponer una afirmación cuyos componentes no son
demostrables.
− El asunto es que yo buscaba más
en el libro y me encontré con reiteraciones de lo mismo: Pauli dijo, entonces
Jung dijo esto otro. Luego la biografía de uno, después la del otro.
− No debe ser fácil describir una
relación de colaboración entre dos capos de ese nivel. A lo mejor usted
esperaba testimonios como los de Sartre y Simone de Beauvoir o Anaïs Nin y
Henry Miller.
—Sí, a lo mejor. Algo más
contundente que la reiteración de conceptos generales y la historia de cada
uno. Bueno, bueno, que me estoy transformando en un latero total. ¿y usted en
qué anda?
− Ah, yo ando más artesanal, con
manualidades y jardinería, muy Byun-Chul Han.
—¿Y no era que lo encontraba un
llorón?
− Todavía lo creo, pero así es uno,
un montón de contradicciones caminando por ahí tratando de inventarse un
destino en el intertanto.
− Tal vez debería escribir sobre
esa sensación.
− ¿Escribir? No se me ocurriría
jamás, nunca logro decir lo que intento. La idea escrita parece un dibujo de un
preescolar. No logro dar con el tono, me falta ese toque de algunos iluminados
por el don.
− Eso es lo que dicen casi todos
los que escriben.
—¿Ah, sí?
—¿Le parece si dejamos de caminar y
nos vamos al café de siempre a ver si hay ponderaciones?
—Jajajajaja, imposible, los
milagros y desviaciones de lo que es solo ocurren una vez.
− Eso dicen todos los viejos.
—¿Ah sí? Vamos por las
ponderaciones entonces.
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