miércoles, 26 de agosto de 2026

Revisiones con algo de mí

 


Beached. Baladamenti

https://youtu.be/2yKR2ldDUXM?si=DXTGlxW6X4Ov6EbO

 https://youtu.be/rQo7QpBz5zk?si=kznXc7kRzH5N8y0I

https://youtu.be/fBRgfm0osig?si=RGbAFtU_m8mQ_J-u

 

¿Cómo nace una historia? Es compleja la respuesta. Para Samantha Shweblin, cuya ficción es inigualable, supongo que las asociaciones intelectuales deben ser las primeras en delinear una trama creativa y ajenas a su experiencia o la de cualquiera. Para muchos otros, los puntos brillantes que luego han de ser unidos deben originarse y parecerse a la propia historia más la adición de la fantasía y recursos literarios surgidos del talento personal y/o la formación literaria. ¿Cómo nacen mis historias? A veces de una canción, a veces de una emoción fugaz y otras de vivencias, por supuesto personales, que se transforman en otras al mezclarlas con las vidas de otros ficticios. (Los otros siempre son ficticios, tanto como el sí mismo en sus muchos recovecos). La ficción total, del tipo S. Shweblin, no me ha resultado hasta ahora. Ese talento parece que no tiene simiente en mi cerebro. Tampoco las historias biográficas y sin un ápice de pudor como las de Annie Ernaux. No me da. Por supuesto que las comparaciones con esas dos grandes escritoras son una patudez de mi parte, que conste que es solo un modo de ilustrar lo que creo.

Ayer empecé con la revisión del Café Literario y otros cuentos para su versión digital. La sensación fue muy diferente a la del Caleidoscopio, probablemente por los duelos presentes en varias de las historias ahí contenidas. Es un libro más dolido si se quiere. No sé si se lee del mismo modo. No tengo cómo saber. Con suerte puedo mostrar en parte lo que a mí me produjo como lectora de otra que ya no soy. No completamente.

Estaba pensando hoy, mientras bailaba en la mañana, que la construcción de historias es un pozo en sí mismo, un túnel con múltiples ventanas y asociaciones, pero que al escribirlas se siente como un camino único. A lo mejor, los escritores con más talento ven otras salidas e inputs y por eso es por lo que resulta imprescindible la opinión y edición desde otra mirada. Es un ejercicio duro, pero imprescindible para quienes se dedican a escribir.

La música es un estímulo emocional sin competencia para mí, en los tres libros que llevo escritos ha sido una protagonista muy presente, más en el Caleidoscopio de todas maneras. Incluso me pareció que incluí demasiadas canciones. A veces una melodía puede condicionar la atmósfera y limitar el rango de libertad del lector. No sé ¿me tiene que importar?

Por estas revisiones advertí que hay un mismo músico que he repetido sin darme cuenta: Angelo Baladamenti, solo ayer me di cuenta de que es el compositor del soundtrack de Cousins, Twin Peaks y La Playa (Beached). Me sorprendí y después, al buscar las distintas versiones, en velocidad y arreglos de cada tema, encontré la similitud en el estilo. Será entonces que el gusto o la afinidad musical también va por un camino predibujado del que uno no es consciente en su totalidad.

También me di cuenta de que repito nombres en los personajes, como Danilo y Begoña, sin que se me ocurra una explicación más efectiva que la distracción y la falta de creatividad. Me acordé de una canción vieja de Camilo Sesto, Algo de mí, por lo que de uno se cuela en lo que dice, hace y escribe.

Se cuela, se cuela, secuela.

Son varias más las observaciones, pero el deber se impone.


martes, 25 de agosto de 2026

Mientras Tanto (otro cuento viejo)

 


Mientras tanto

I

 

Mire señorita, la asistente social me mandó para acá porque dice que tengo problemas del ánimo, pero yo sé que no. Es decir, sí, ando triste, pero sé perfecto por qué. Soy viuda hace 16 años, tengo 68 años, vivo con mi hija del medio, su marido y sus hijos. En realidad, ellos viven en mi casa. No es gran cosa, pero es mi casa.

 

¡Ay, qué injusta es la vida señorita!

 

De aquí mismo me mandaron al club del adulto mayor porque la doctora decía que estaba muy encerrada, que solo veía a mis nietos todo el día y no tenía amigos y que además tenía que mantenerme bien para cuando fuera más vieja, así es que me tenía que integrar a la actividad física y a unos juegos que hacen para que el cerebro siga funcionando. Son unos talleres que hace un kinesiólogo y una terapeuta, usted los debe conocer.

 

Me integré al grupo, total funciona en el horario en que mis nietos van al colegio y alcanzo a dejar todo hecho en la casa. Pensé que me iba a encontrar con puros viejos pa´l gato, ¡peores que yo!, pero me encontré con gente muy simpática que estaba en su casa sin hacer nada por sí mismos, puro esperando la muerte y cuidando a la familia. ¡Como si no lo hubieran hecho toda la vida!

 

Al principio mis hijos estaban muy contentos, porque empecé a cuidarme con la comida, salía a caminar más, tenía mejor ánimo, pero después empezaron los problemas.

 

¡Uy, me da vergüenza contarle! Espere, espere que me dé fuerzas.

 

Resulta que en los talleres conocí a Hugo, un viejo de 73, separado hace muchos años y que vive con su hija del medio. Él tiene arrendada su casa para completar la jubilación que es tan mala. Era mueblista y a veces hace algunos encargos, pero a la hija no le gusta el ruido de las máquinas. Vive a tres cuadras de mi casa, pero nunca nos habíamos visto. Por el encierro ¿ve usted? Yo a lo más iba al supermercado y venía al consultorio. Él, menos que eso, pasaba leyendo no más hasta que se sintió mal y aquí en el consultorio lo mandaron a los mismos talleres que a mí. Al salir del taller, hacíamos el mismo camino de vuelta. Al principio, los dos no nos atrevíamos a hablarnos. Leseras no más pues, pero una tarde lo pasamos tan bien en el taller, nos reímos tanto con Manolito. Oiga, ¡qué simpático es ese kinesiólogo! nos reímos tanto que salimos todos al mismo tiempo y ahí fue la primera vez que nos devolvimos juntos por el camino a la casa.

 

Qué quiere que le diga, conversamos mucho, Hugo sabe tanto y él dice que me encuentra ocurrente y divertida. El camino se nos empezó a hacer corto, así es que nos pusimos de acuerdo, alargamos el recorrido y cada vez nos demorábamos más en volver a la casa. Después, pensamos que sería bueno pasar a sentarnos un rato en la plaza nueva esa que hicieron.

 

¡Ay señorita.! ¡Me muero de vergüenza! Y no tendría por qué, pero igual me siento mal.

 

Una tarde Hugo me tomó la mano. Yo tiritaba entera, igual que cuando era joven. Me quedé muda, no sabía qué decir y menos qué hacer. Lo primero, pero lo primero que se me vino a la cabeza fueron mis hijos. Qué iban a decir, que la vieja de su madre andaba fresqueando y encima en una plaza. Me puse roja, pero al mismo tiempo me sentía tan feliz que me quedé no más. Así fue como comenzó el romance, de a poquito, sin intención, muy discretos.

 

Estuvimos como cinco meses así, caminando, viéndonos en la placita, llamándonos por celular a escondidas, disimulando en el taller para que las viejas no nos molestaran. Nos enamoramos, ¡Qué terrible!, ¡suena tan raro decirlo! Me siento ridícula. Usted es jovencita, le debe dar risa todo esto. Bueno, no importa, sigo no más. Como me demoraba tanto después de los talleres, mi hija empezó a interrogarme, ¡mire pues! Que estaba preocupada, que pensaba que me habían asaltado o me había dado un ataque de algo en la calle, puras tonteras. Resulta que empezó a controlarme más que a su marido. Que insoportable.

 

A Hugo le pasaba lo mismo en su casa. Él es un hombre muy tranquilo, no molesta a nadie. La hija y la nieta mayor, de 16 años, lo empezaron a controlar también. Les llamó la atención que se comprara ropa nueva, que se preocupara de tener colonia. ¡Igual yo, pues!, empecé a ir a la peluquería, me compré mi perfumito y no salía de la casa sin una manito de gato. Antes no me importaba cómo me veía, total ¡nadie me veía! Usted como psicóloga sabe que los viejos pasamos a ser invisibles para todos. Como que damos lo mismo. Nos tienen para puro cocinar y cuidar a los nietos.

 

Se armó la tole tole. No faltó la vecina cuentera que le dijo a mi hija que me había visto de la mano con Hugo en la plaza. No creo que usted pueda imaginarse todo lo que me dijeron. Mi hija llamó a sus hermanos para una reunión familiar. Entre todos me tuvieron ahí, sentada en el sofá del living. Al principio fueron suavecitos, que estaban preocupados, que entendían que a lo mejor me sentía sola, que me iban a acompañar más, que me llevarían a pasear con ellos. Les respondí que estaba bien, que Hugo me hacía bien, que podía pasear con él. Eso fue el acabose para ellos. Les quedó claro que yo quería seguir con él. No sé de dónde saqué tanta valentía. A lo mejor fue porque me sentí tratada como una niña o como alguien que estaba mal de la cabeza y no podía decidir por sí misma. Eso como que me enfureció y me envalentonó. Encontré que era una falta de respeto tan grande. Venir a decirme a mí qué tenía permitido hacer o no. ¡A estas alturas! Srta. Uno nunca es libre ¿se da cuenta?, siempre hay que rendir cuentas a alguien. Primero a los padres, luego al marido y encima ¡a los hijos! No vale la pena mencionar a las vecinas. Viejas de mierda, perdone Srta. Pero eso son, pura mierda. Faltó poco para que me trataran de prostituta.

 

Pucha que injusta es la vida, señorita. Hugo ha sido un regalo para mí y él dice que yo para él. Volver a sentir amor, ternura, pasión y ser correspondida es una maravilla. No pensé que alguna vez podría ser tan feliz de nuevo. Mis hijos son incapaces de entender eso. ¿Qué esperan? Supongo que lo que esperan todos. La resignación. Que me quede ahí, viendo el matinal, las teleseries, preparando la comida, haciendo aseo, hasta que la salud me acompañe y luego me muera sin molestar mucho. Que no friegue.

 

El único que me entiende es mi nieto de 15. Me dice que pelee por mis derechos, que él cree nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer. Ese niño es más maduro que mis hijos, todos cuarentones.

 

A Hugo también le empezaron a hacer la vida imposible. Que yo le quería quitar su plata ¡imagínese! ¡Ay no! Si ha sido mucho Señorita, entonces dígame, - ¿cómo esta situación no me va a alterar los nervios? Y me quieren dar pastillas, para que duerma, para que se me pase la depresión ¡qué depresión! Si lo que quiero es que me dejen tranquila, vivir lo que me queda de vida.

 

Sí, sí hemos pensado en cómo resolver esto.

 

Hugo va a recuperar la casa que tiene en arriendo y nos iremos a vivir juntos ahí. Yo tengo una pensión de viudez, que no es mucha, pero de algo sirve. Tendré que cobrar algo de arriendo a mi hija. Va a poner el grito en el cielo, pero si le estoy pasando mi casa, es lo mínimo ¿no cree usted? También tengo unos ahorritos de los que nadie sabe. ¡No se le vaya a salir a usted, pues!

 

El problema es poder seguir viéndonos. No nos dejan tranquilos. Los dos nos sentimos como si estuviéramos cometiendo un crimen cuando caminamos juntos. Ni hablar de sentarnos en la placita.

 

Mientras tanto, nos vemos aquí en el consultorio. Quien lo iba a decir. Aquí es donde estamos más tranquilos, él me acompaña a mis controles, yo a los de él. Hacemos la fila de la farmacia, esa la disfrutamos más porque es más larga. ¡Mire las leseras!

 

Hugo está aquí afuera, en la sala de espera, mientras hablo con usted. Así es que, si me quiere seguir citando, vendré todas las veces que me diga, hasta que podamos vivir juntos y mandar a la punta del cerro a todos los que nos han puesto piedras en el camino.

 

Nos vemos el próximo lunes entonces. Gracias Señorita.

II

 

− Hemos tenido tantos problemas, Leonor, tal vez sea mejor que dejemos de vernos por un mes. No quiero que te hagan sufrir por mi culpa.

 

− ¿Cómo se te ocurre!? No voy a darles en el gusto. Y tú debieras ponerte firme también. Mira que decirte que los hacemos pasar vergüenzas. ¿Qué se creen? Vergüenza debieran sentir ellos por no dejarnos tranquilos.

 

Hugo la abrazó y respiró profundo junto a ella.

 

Leonor se sentía fuerte y poderosa cuando Hugo la abrazaba, le gustaba ese lugar, entendía que era ahí donde pertenecía. Las canas de Hugo ejercían sobre ella una especie de hechizo, las acariciaba como si intentase retener esa sensación en sus dedos. Cuando no estaban juntos, veía a Hugo por todas partes, se imaginaba hablando con él, guardaba anécdotas para contarle, se fijaba en las letras de las canciones porque de un tiempo a esta parte le parecía que todas hablaban de él. Hugo aprendió a usar mejor el WhatsApp, le mandaba mensajes, trozos de poemas o a veces solo un emoji para que ella no se olvidara de él. Recordaba el tacto de las manos de Leonor que se avergonzaba por las manchas y arrugas que tenían, qué ridícula pensaba Hugo. Esas manos contienen su vida, su historia y quería tanto sentirlas en su pecho.

 

La primera vez que se fueron a la cama estaban nerviosos como si hubieran sido un par de chiquillos vírgenes. Leonor compró ropa interior nueva, fue lejos para no encontrarse con nadie del barrio. Hacía años que solo compraba ropa funcional y que resistiera los embates de la fuerza de gravedad, ahora quería algo más coqueto. Se sentía nerviosa por las huellas del tiempo en todo su cuerpo: várices, la falta de músculos, las canas del pubis. Hugo consultó al médico si podía tomar viagra. No se sentía seguro. Tenía mucho miedo. Cuando estaba junto a Leonor, lograba tener erecciones, pero de ahí a que le resultara para cumplir lo que consideraba su tarea, no podía asegurarlo. Recibió buenas noticias, por su ausencia de problemas cardiacos, podía ayudarse con la pastillita azul.

Acordaron que, si no resultaba, disfrutarían de hacerse cariño y de estar juntos. Eso los relajó. La estrechez de ella por tanto tiempo sin sexo requirieron la ayuda de gel y de los dedos de Hugo, el nerviosismo de él requirió de la dulzura de Leonor. El abrazo de las piernas y el roce de los cuerpos hicieron lo demás. Hugo le decía que estaba linda, ella se fue olvidando de sí misma. Ambos se olvidaron de sentirse viejos. El amor de ambos creció esa tarde y decidieron seguir juntos por todo lo que les quedara de vida.

 

III

 

Papá, ya le dije que su celular se debe haber quedado en alguna parte. No lo encuentro. Quédese tranquilo en cama. Las neumonías a su edad son complicadas.

 

− Pero ya llevo cuatro días en cama y ¡necesito el celular!

− No se altere papá, por favor. ¿No ve que se obstruye? y hace poco que se inhaló.

− Ya, déjame solo mejor. Anda a hacer tus cosas. Me tinca que tú me tienes el celular para que no llame a Leonor.

 

Hacía cinco días que Leonor no tenía noticias de Hugo. La última vez que se vieron él tosía y acordaron que irían juntos al médico, pero los síntomas empeoraron y su hija lo llevó al servicio de urgencias esa misma noche. La indicación fue reposo, antibióticos e inhaladores.

 

Leonor lo llamó hasta que su amor propio se lo permitió. Tres días. Cuatro veces cada día. Primero se preocupó, luego se confundió y más tarde comenzó en una interminable sucesión de ideas respecto a lo que podía estar pasando.

 

Se llenó de miedo, de inseguridades y se cuestionaba todo. Le parecía estar viviendo algo irreal, recorría los planes y los diálogos que había sostenido con Hugo ¿se los había imaginado?, ¿había oído lo que quería y no lo que era? Su ánimo decaía día tras día. Le costaba dormir porque las mismas ideas hacían rondas en su cabeza, la misma melodía. Se sentía en un carrusel terrorífico. Se criticaba a sí misma por no haber visto las señales que seguro había mostrado Hugo. Nadie desaparece así.

Me imagino cómo debe estar Leonor. Debe estar pensando lo peor de mí. Que me arrepentí de todo, que soy un pelotudo desgraciado. Y la extraño tanto, con ella a mi lado me recuperaría más rápido. Necesito escucharla, su voz, sus chistes, su risa. ¡Venir a perder el celular! No lo puedo creer. Siempre lo tenía en mi bolsillo. Era mi única forma de estar con Leonor, aunque no estuviéramos juntos. Aquí, tirado en la cama, tengo más claro que lo único que quiero es estar a su lado. Estoy como un náufrago, sin rumbo, solo y sin poder ver si la orilla está cerca o lejos. O si siquiera existe alguna orilla.

 

Pasaron siete, diez días.

 

Leonor hablaba poco, atendía a sus nietos y cumplía sus obligaciones hogareñas como autómata. Tal vez era hora de tomar medicamentos, pensaba. No tenía ganas de ir a los grupos de adultos mayores y no contestaba cuando la llamaban para que volviera. Ya casi no prendía la radio porque con las canciones temía no poder parar el llanto que a duras penas contenía. Su hija estaba presta a decirle algo desagradable de Hugo en cada oportunidad que tenía. Ella se quedaba callada. Era demasiado doloroso. Sabía que el único camino que quedaba por recorrer era volver a la resignación. Ya había vivido la última pasión de la vida y, pensándolo bien, tal vez estuvo fuera de lugar como decían todos. Aún miraba el celular por si encontraba algún WhatsApp o algo, pero nada. Hugo seguía apareciendo sin conexión.

 

Un día pensó que debía hacer algo para terminar con sus dudas. No podía seguir sintiéndose estúpida por haber creído que era real el amor a su edad, tenía que parar de imaginarse con Hugo, de especular sobre alguna explicación como que tal vez él se dio cuenta que su vida era mejor sin ella, que pensó que era absurdo planificar y comenzar algo cuando quizás la vida que quedaba era tan poca o que, a lo mejor, dimensionó la crisis familiar que se venía encima y decidió renunciar a ella.

 

Iría a verlo y lo confrontaría. Al menos para despedirse de frente.

 

− ¿Qué hace aquí usted, señora? Mi papá se fue donde unos parientes a Puerto Montt. ¿No le avisó?

 

Se mantuvo entera durante esa breve interacción. Se fue a la placita donde alguna vez estuvieron juntos. Era un ritual de despedida. Un intento por deshacer esos recuerdos. Una vez allí, pensó que no olvidaría nada. Que guardaría ese tiempo tratando de no teñirlos con el color de la tristeza, de la desilusión. − Es lo único que me queda de él.

 

Me dicen que no me mejoro porque estoy mal de ánimo. Llevo diez días encerrado en esta casa. Solo salgo para el control médico. La maldita tos no se me pasa. Mi hija dice que encontró el celular, pero que seguro se cayó o algo porque se perdieron todos los contactos. No le creo nada. No me sé el número de Leonor. No lo anoté en mi libretita. Qué idiotez. Qué pensará, qué pensará. ¿Cómo se explicará que desaparecí sin decir nada? Estoy igual que un preso aquí. Todo el día vigilado como un cabro chico. No me puedo concentrar ni para leer. Está a tres cuadras y parece que estuviéramos en planetas distintos. ¿Se habrá acostumbrado a estar sin mí?, ¿en tan poco tiempo?, a esta edad los días pasan rápido. El tiempo tiene una dimensión dictada por la muerte. “Apúrate que te alcanzo”, parece uno escuchar a cada rato, en cada acceso de tos.

 

Un mes.

 

− Mamá, ya pues ¡reaccione!, no puede seguir así. Si ese viejo no va a volver. ¡Anímese!, ¿me acompaña hoy a la presentación de Fabián en el colegio?

− No, vayan ustedes no más. Yo los espero con la once lista. No me obligues a nada más, por favor.

 

Lo dijo con tal determinación, mezcla de dolor y rabia, que su hija entendió que no valía la pena insistir.

 

Trataba, ¡por Dios como trataba!, de estar entera, de fingir que estaba conforme con su vida y la suerte de contar con su familia cerca, pero la desesperanza es rastrera e invasiva, como las hiedras dejadas en libertad. Había comenzado a tomar los remedios. Había que asumir y deseó atontarse: ver los matinales, escuchar los pelambres del barrio, de la farándula, pero cada cierto rato se quedaba en blanco y sostenía la mirada perdida en el horizonte, como un video en pausa, en una dimensión vacía. 

 

¿Cómo podía ser que ahora todo pareciera tan lejano, tan ajeno?

 

Por un paro en el consultorio perdió la hora con la psicóloga, tendría que ir el próximo mes a preguntar.

 

No pienso tomar más esas pastillas para los nervios que me dieron. Me tienen durmiendo casi todo el día. Me confundo, no sé ni qué día es. Lo único que quiero es saber de Leonor, aunque ella no me quiera ver más a estas alturas. No importa. Tengo que verla.

 

Leonor vio, a través de la cortina, que Hugo tocaba el timbre. No lo podía creer. Su primer impulso fue correr a verlo, pero un pensamiento negro cruzó por su mente. Si abría la puerta, la pena no daría más tregua.

 

Hugo se quedó parado en la puerta una hora, quizás dos.

 

No se movía. Leonor tampoco. Recordaba el vacío, el silencio, la desolación que había sentido y que sentía aún. No quería escuchar nada. No había ninguna explicación que bastara.

 

Al día siguiente, Hugo parado en la puerta de nuevo.

 

Las vecinas cuchichean.

 

Nadie abre.

 

Tercer día: Hugo, dos horas cada vez.

 

− ¡Mamá!, ¡por favor!, ¡abra la puerta!, escuche lo que tiene que decir ese viejo. Usted está ahí parada como un fantasma. Ya no es usted. No es la mamá que conozco. ¡Si no abre usted, abro yo y lo hago pasar! Qué va a decir la gente. ¡Capaz que al viejo le dé un ataque! Y no es que me importe, pero ¡ya me tiene harta!

 

Leonor abrió.

 

Hugo la abrazó y no volvió a soltarla. Ambos sentían las miradas de las viejas copuchentas y la de la hija como focos luminosos sobre ellos.

 

No importó.

 

Leonor le creyó sin hablar. Vio sus ojos húmedos y acarició las canas que tanto extrañaba. Hugo balbuceaba algo inentendible, pero la emoción era demasiada y se rindió al abrazo.


sábado, 22 de agosto de 2026

Viernes de casino (cuento viejo...)

 



¡Al fin es viernes! Estuvo buena la venta para ser mayo. Cuando se acaba el verano muchas viejas cierran el negocio, la Rossy y yo no, poh. Nosotras somos más avispás. En mayo vienen otros turistas a la isla. Soy observadora yo, antes decía observativa, pero una clienta me dijo que no se decía así, la Rossy le puso mala cara, pero yo no soy na tonta, le agradecí, cuando una habla bien la tratan mejor. Además, me lo dijo para callado y me compró como sesenta lucas en lana, canastos y no sé qué más. Era de las clientas de mayo, esas que ya están pasaditas, con las arrugas y las canas a cuestas, aunque bien disimulás; tienen hijos grandes, salen en grupo con las amigas y sin los maridos. Andan con más plata, se prueban todo, comentan y se van de las ferias artesanales con un montón de cosas buenas y una tracalá de cachivaches, porque aquí, igual que en todas las zonas de turismo, vendemos hartas hueaitas, pa´ qué nos vamos a pisar la capa entre super heroínas. Apuesto a que no usan ni una cosa cuando llegan de vuelta a Santiago, pero igual, qué me importa a mí. La cosa es vender.

—Ya poh, Rossy, ¡apura la causa! —Oye, loca María, ¡estoy guardando! Si no el lunes voh mis ma me alegai que tenís que adivinar dónde están las cosas y no podís armar el puesto mientras las otras viejas ya tienen andando el negocio y están atendiendo a las turistas tempraneras. Sí, eso es lo malo, las viejas se levantan tempranito, como que no pueden descansar ni en vacaciones. Ligerito empiezan a reclamar que no hay nada abierto, que la flojera, que con razón no ganamos na y métale mala vibra. Me pongo de malas de escuchar tanta lesera, sobre todo cuando me piden una y otra cosa, me preguntan los precios y no encuentro nada. Las que tienen paciencia me esperan, pero la típica vieja-neurótica acelerá no espera, esa se va al tiro a otro negocio y después vuelve con la bolsa llena como diciendo —te hubiera comprado a voh, pero como erís floja, le compré a tu vecina— cuando hacen eso, no sé cómo no me ven el humito negro que me sale de la cabeza. Y me da la hueá con la Rossy, porque cuando le da la lesera, llega y se va, guarda las cuestiones en cualquier bolsa, deja todo tirado con tal de que bajemos la cortina de fierro luego y coloquemos los candados. No sé qué le da. Dice que le viene una cuestión al pecho, como que la están apretando del cuello y quiere puro arrancar. La Rossy es más joven que yo, tiene todos los dientes, es flaca y la ropa le queda bien, la tontona se queja de que no tiene poto, que tiene patas de pollo. Como si los hueones se fijaran en eso cuando se la quieren encamar a una. ¡No miran ni una hueá! Por más que le digo, no entiende, pa mí que se la cagó bien cagá el tipo con el que salía hace poco. Sí, porque antes no se creía tan poca cosa. ¿Qué le habrá dicho? Porque si uno se pone a hacer juicio de las opiniones de los hueones, o sea, nos quedaríamos toítas encerrás llorando, como si ellos fueran la última chupá del mate, los Chayanne de la feria persa, ellos poh, los cacheritos de las pampas. Y viera usté el galán con el que salía. Era bruto y feo, pero, feo, lo que se llama feo. No sé qué le vio. Dijo que la miraba bonito, la calmaba y no sentía esa cosa en el pecho.

 

—¡Apúrate no más! acuérdate que hoy vamos pa´l casino y ¿cuál es el grito?

—¡Esta noche vamos a arrasaaarrrr!

 

Esa onda, hoy nos vamos a producir, vamos a ir terrible de bonitas, con vestidos nuevos. Vamos a cantar y bailar como nunca. A principios del mes dijimos que toda la ganancia la íbamos a gastar en divertirnos. Todo el año hueveando en el puesto pa puro sobrevivir. Eso no es vida, aguantando a las clientas que andan con carteras de doscientas lucas y pidiendo rebaja por todo. No les da ni vergüenza. Un día hicimos una reunión con la directiva de la feria y nos pusimos de acuerdo con los precios, si no salíamos perdiendo todas. Así es que subimos toda la mercadería y a las más quedás las aleccionamos bien. Les enseñamos las frases pa cortar el lloriqueo de las clientas:

—Es lo que vale el trabajo artesanal.

—No estoy lucrando, mi trabajo es pa vivir, no da para más.

—En el persa hay cosas chinas parecidas y mucho más baratas.

—Si dice que en el otro puesto le sale más barato, vaya para allá, por algo será.

 

Les dijimos que tenían que decir las palabras mirando a los ojos de las clientas, sin achicarse, firmes, pero que no se no tara el enojo. A mí no me cuesta nada, pero a las gallas como la Rossy, les cuesta muchísimo, fue un mundo lograr que miraran de frente. Les cuesta tanto creerse el cuento. —A ver, párate derecha, levanta la pera, mírame a la cara y dime una frase-corta-lloriqueo.

Parecía obra de teatro la cuestión, ¡puta que nos cagamos de la risa! Doña Irene, la que vende licores y mermeladas artesanales, como que se transformaba, casi le daba empellones a la que hacía de clienta llorona. Es chiquitita ella, pero como que crecía y métale con empujar a la clienta. A ella tuvimos que suavizarla, ¡parecía toro que iba a cargar! Otras viejas como que se ponían tristes, casi lloraban.

 

Algunas agarraron vuelo y empezaron a decir que no en la casa, en el mercado, en todas partes. Ahí nos empezaron a decir las viejas picúas, eso era lo suave. Usted ya sabe cómo se les dice a las viejas fregás. Claro, la palabrita esa, no me gusta decirla, pero sí, viejas culiás, lo digo pa que nos entendamos. Así es que chantamos la moto un poco, pero algo nos pasó, de reírnos tanto juntas, nos hicimos amigas y ahora hay otra onda en la feria.

Hoy es viernes, noche de casino. ¡Vamos a arrasaaaarrrr!

 

Eso pensaba cuando me puse el vestido calipso brillante, puse música pa bailar mientras me pintaba los ojos y los labios. Así me acostumbraba a moverme con esa tela tiesa y los zapatos negros que tengo pa salir. En el puesto siempre ando con pantalones, un polerón y zapatillas. Con este vestido sin mangas encuentro que se me ven muy grandes las pechugas. ¡Ah, la mansa hueá ¡me estoy poniendo como la Rossy ahora. Seguro los hueones que hay en el casino son puros guatones y pelaos, me van a mirar igual no más.

 

Llegó la Rossy a buscarme, somos vecinas, su mamá le va a cuidar a su mono chico, los míos se quedan a cargo de mi hija mayor. ¿Le conté que soy mayor que la Rossy? Parece que no, si nos conociera, se daría cuenta al tiro que soy mayor, soy pechugona y caderúa. La Rossy se vistió con un vestido negro que tiene una tela transparente en la guata, o sea, ella es delgadita, se veía bella. Estoy igual que la venezolana que me cortó el pelo —¿te gustó cómo quedaste, bella?, tienes que cuidarte más el pelo mi bella— bella pa acá, bella pa allá, amable la niña, le voy a hacer caso, me voy a cuidar el pelo porque ahora que me miré al espejo antes de salir, no se ve ni pariente a cómo ella me lo dejó en la peluquería.

 

Lindas las dos, nunca había visto a la Rossy tan arreglada y ella a mí tampoco. Caminamos media cuadra y pa darnos ánimo, gritamos de nuevo:

—Hoy es viernes, noche de casino. ¡Vamos a arrasaaaarrrr!

 

Estaba lleno el casino, no había dónde estar, tuvimos que arrimarnos a la barra, se demoraron un montón en servir nos un trago, menos mal que veníamos puestas, las dos nos tomamos al seco una piscola para estar alegres cuando llegáramos. Cuando estábamos gritando pa pedir un trago y algo pa comer, veo que entra la clienta que me dijo lo de observativa y no había lugar. Con la Rossy, a potazo limpio, corrimos a la gente que estaba al lado y le hicimos espacio, venía con las mismas viejas de la mañana. Después de una hora nos sirvieron, les convidamos papas fritas y después ellas a no sotras, en un rato éramos todas amigas, y gritábamos cada cinco minutos que íbamos a arrasar. Aplaudimos a los participantes, especialmente al único gallo con buena pinta que cantaba afinado. Ni tanta buena pinta, pero entre el trago y la escasez, usted ya sabe lo que pasa.

 

Éramos la barra más desordenada y alegre, el animador dijo que había premio si uno metía bulla, cantaba las canciones de los concursos y animaba la cuestión. Puro grupo no más, al final le dieron el premio a unos novios que eran más fomes que la cresta y a nosotras ni nos inflaron. La vieja observativa me dijo —¡No arrasamos ná parece, pero vamos a dejar la pura cagaaaaaaá! — se puso a hacer bolitas con las servilletas usada y empezó a tirarlas a la gente, nos sumamos y gritábamos puras leseras. Estábamos cagadas de la risa, las bolas de papel iban y venían, todos se pusieron a hacer lo mismo, quedó la grande.

 

Nadie pescaba al cantante ganador, todos sabían que el concurso estaba arreglado, el animador no podía controlar la cuestión, hasta que, pa salvarse, dijo que éramos el grupo más animado de la noche y nos mandó un trago de regalo para todas. La observativa pidió un pisco peruano catedral y yo pa no ser menos pedí uno igual.

 

En un momento vi a la Rossy bailando con un guatón que la había mirado harto rato y a la observativa con el grupo de sus amigas moviendo el esqueleto, yo intenté unirme al grupo, pero me caí encima de los novios fomes y un guardia me sacó de un ala del salón. No sé qué me dio, que empecé a gritar mi nombre y mi RUT pa puro huevear, la Rossy me escuchó y me fue a buscar donde me llevaba el hombrón. Nos echaron cagando a las dos.

 

Hacía frío afuera, en Castro, hace frío en mayo. Un taxista se acercó y nos dijo que nos llevaba por diez lucas.

—Ya, toma tus diez lucas, llévanos a la casa, pero lentito si querís llegar con el auto limpio.

 

Se fue a la vuelta de la rueda. La Rossy, tan calladita que es siempre, no paraba de hablar, parecía que había grabado todo lo que dijimos, hasta el taxista se reía a carcajadas. Tanto que ofreció llevarnos gratis el viernes de casino de junio. Cuando nos bajamos del taxi el grito era el de la observativa:

 

—¡No arrasamos na, pero dejamos la cagaaaaaa!


viernes, 21 de agosto de 2026

Noticias de "Historias de frases hechas"

 




Después de una espera que me pareció muy larga, al fin llegó el certificado de propiedad intelectual del libro "Historias de frases hechas"; están listas las últimas correcciones y pronto se irá a la imprenta. Serán solo 100 copias porque no tengo fe en las ventas. El lanzamiento será el 22 de octubre y hasta el lugar está medio definido.

He contado con importante ayuda para las correcciones de motes y otras fallas. Nada como tener amigos en la vida. 

En algún momento se me ocurrió que podría subir los tres libros : Café literario y otros cuentos, Caleidoscopio y otros cuentos e Historias de frases hechas a la plataforma de Amazon para que, si por esas cosas de la vida, alguien se interesara por leerlos, pudiera acceder sin necesidad de contactarse conmigo como es hasta ahora. 

Con ese objetivo en mente, me aboqué a la tarea de corregir los originales de los libros anteriores y por lo tanto, he estado obligada a leer esos cuentos antiguos, tarea que había esquivado con éxito hasta ahora. Comencé por el Caleidoscopio. Para mi sorpresa, me gustaron los cuentos, no me dieron vergüenza y hasta me dio gusto revisitar a la persona que los escribió. Es rara esa experiencia de leer como si otra hubiera escrito. 

También me di cuenta de errores bastante groseros de ese libro que antes no percibí: como el intercambio de nombres de personajes de uno de los cuentos. ¡Y tanto que los leí cuando revisé!.

Ahora creo que Caleidoscopio es mejor que Historias de frases hechas, pero bueno, no se puede evitar eso de ser una misma y chaquetearse sola. Advertí varias temáticas medio obsesivas que repito y repito sin poder evitarlo. A veces son escenas al pasar, otras, partes completas del argumento. Lo que es el inconsciente. Una tontería y una maravilla al mismo tiempo.




jueves, 20 de agosto de 2026

Columbo y Columbo bajo un poco de lluvia

 

Lennie Niehaus, The Bridges of Madison County

https://youtu.be/176QvpP03pk?si=lYnLc-tU_BFYKBPN

 

− Es un poco raro verlo de nuevo Columbo.

− Sí, hace tanto tiempo que no hablamos que pensé no volveríamos a encontrarnos y es algo extraño, pero sentía nostalgia de estos diálogos.

− Sí, reconozco que yo también, aunque es absurdo porque usted es yo y yo soy usted.

− Mmm no estoy tan seguro, creo que usted a veces es otro. O eso quisiera.

− ¡Ah! No, si va a empezar con esas cosas raras, no creo que este diálogo fructifique. Lo que es yo estoy en un estado de completa impasibilidad.

− ¿No se altera por nada?

− Algo así. Me inquietan las mismas cosas de siempre tal vez.

− El cambio del pasado a partir del presente, la imposibilidad de tener alguna certeza en algo, los filtros que la propia historia impone a la percepción y la vinculación ¿Acerté?

−Jajajajaja, no tiene margen de error usted pues. Así no vale.

− ¡Claro que vale! Los temas de interés van cambiando según las experiencias y si bien hay temáticas muy difíciles de titular, detrás de una denominación amplia y ambigua cabe de todo.

− Muy leguleyo su argumento.

−Sí, lo reconozco. Se me hace difícil no decir algo, aunque no aporte nada. Un mal de la humanidad.

−Bueno, no todos podemos ser Paul Dirac.

−Cierto.

− ¿Esta vez caminaremos o tomaremos un café?

− Creo que sería bueno caminar, el invierno ha sido especialmente benigno en esta ciudad y ahora que llueve podemos aprovechar de chapotear un poco, juntar frío y luego ir por un chocolate caliente.

− ¡Una idea espectacular! Lo mejor de este mundo y los otros.

−No puede dejar la exageración usted ¿no?

− En ningún caso, hay rasgos identitarios que no se pueden abandonar como su tendencia a no dejar pasar ninguna oportunidad de confrontarme con mis tonterías habituales.

−No estoy tan seguro de que sean tonterías, pero dejémoslo así. A mí también me parece que la lluvia es milagrosa y el frío vivificante, como si la piel despertase de un letargo y tuviera ganas de correr de nuevo.

−Supe que ha estado dedicado a sus hobbies.

−Sí, debe ser por aquel estado interno que mencioné al inicio. Porque ya no hay prisa y ya muy poco depende de lo que haga o deje de hacer.

−Pero usted juega en serio con sus hobbies.

−El juego es lo más serio de la vida, tal vez debiéramos hablar de eso la próxima vez que llueva.

−Está bien, también lo extrañaba. 

martes, 4 de agosto de 2026

¿Y ahora?

 


Quedaron las canciones, muchas canciones, demasiadas canciones y el hábito de fantasear entre los afanes diarios a los que es necesario aferrarse como refugio.

Debiera seguir aprendiendo, ser más disciplinada, poner atención, dejar descansar los textos, aplicarme en serio. El punto es para qué. Los hobbies no necesitan sentido, pero sí dedicación para dejar de ser pacotillera. A lo mejor se puede tejer bien, con cuidado y paciencia para un resultado parejo y delicado. Lo mismo que el ejercicio de bordar y escribir.

¿O será que hay que tomarse en serio y dar lo mejor de una? Tal vez ya fue y no hay más. Cómo saber. No se puede saber.

Hay patrones para seguir, pero a poco andar a una le da por improvisar con los colores, las combinaciones y las reglas. A veces sale un punto, pero por casualidad, sin conocer el método. Y entonces no se puede repetir. Aplicación, concentración, paciencia. Lento, lento, como si hubiera tiempo.

Alimento para la IA

  Hace un buen rato las lecturas de este blog han aumentado de manera bastante irregular y sospechosa. Dentro de las herramientas de Blogger...