sábado, 22 de agosto de 2026

Viernes de casino (cuento viejo...)

 



¡Al fin es viernes! Estuvo buena la venta para ser mayo. Cuando se acaba el verano muchas viejas cierran el negocio, la Rossy y yo no, poh. Nosotras somos más avispás. En mayo vienen otros turistas a la isla. Soy observadora yo, antes decía observativa, pero una clienta me dijo que no se decía así, la Rossy le puso mala cara, pero yo no soy na tonta, le agradecí, cuando una habla bien la tratan mejor. Además, me lo dijo para callado y me compró como sesenta lucas en lana, canastos y no sé qué más. Era de las clientas de mayo, esas que ya están pasaditas, con las arrugas y las canas a cuestas, aunque bien disimulás; tienen hijos grandes, salen en grupo con las amigas y sin los maridos. Andan con más plata, se prueban todo, comentan y se van de las ferias artesanales con un montón de cosas buenas y una tracalá de cachivaches, porque aquí, igual que en todas las zonas de turismo, vendemos hartas hueaitas, pa´ qué nos vamos a pisar la capa entre super heroínas. Apuesto a que no usan ni una cosa cuando llegan de vuelta a Santiago, pero igual, qué me importa a mí. La cosa es vender.

—Ya poh, Rossy, ¡apura la causa! —Oye, loca María, ¡estoy guardando! Si no el lunes voh mis ma me alegai que tenís que adivinar dónde están las cosas y no podís armar el puesto mientras las otras viejas ya tienen andando el negocio y están atendiendo a las turistas tempraneras. Sí, eso es lo malo, las viejas se levantan tempranito, como que no pueden descansar ni en vacaciones. Ligerito empiezan a reclamar que no hay nada abierto, que la flojera, que con razón no ganamos na y métale mala vibra. Me pongo de malas de escuchar tanta lesera, sobre todo cuando me piden una y otra cosa, me preguntan los precios y no encuentro nada. Las que tienen paciencia me esperan, pero la típica vieja-neurótica acelerá no espera, esa se va al tiro a otro negocio y después vuelve con la bolsa llena como diciendo —te hubiera comprado a voh, pero como erís floja, le compré a tu vecina— cuando hacen eso, no sé cómo no me ven el humito negro que me sale de la cabeza. Y me da la hueá con la Rossy, porque cuando le da la lesera, llega y se va, guarda las cuestiones en cualquier bolsa, deja todo tirado con tal de que bajemos la cortina de fierro luego y coloquemos los candados. No sé qué le da. Dice que le viene una cuestión al pecho, como que la están apretando del cuello y quiere puro arrancar. La Rossy es más joven que yo, tiene todos los dientes, es flaca y la ropa le queda bien, la tontona se queja de que no tiene poto, que tiene patas de pollo. Como si los hueones se fijaran en eso cuando se la quieren encamar a una. ¡No miran ni una hueá! Por más que le digo, no entiende, pa mí que se la cagó bien cagá el tipo con el que salía hace poco. Sí, porque antes no se creía tan poca cosa. ¿Qué le habrá dicho? Porque si uno se pone a hacer juicio de las opiniones de los hueones, o sea, nos quedaríamos toítas encerrás llorando, como si ellos fueran la última chupá del mate, los Chayanne de la feria persa, ellos poh, los cacheritos de las pampas. Y viera usté el galán con el que salía. Era bruto y feo, pero, feo, lo que se llama feo. No sé qué le vio. Dijo que la miraba bonito, la calmaba y no sentía esa cosa en el pecho.

 

—¡Apúrate no más! acuérdate que hoy vamos pa´l casino y ¿cuál es el grito?

—¡Esta noche vamos a arrasaaarrrr!

 

Esa onda, hoy nos vamos a producir, vamos a ir terrible de bonitas, con vestidos nuevos. Vamos a cantar y bailar como nunca. A principios del mes dijimos que toda la ganancia la íbamos a gastar en divertirnos. Todo el año hueveando en el puesto pa puro sobrevivir. Eso no es vida, aguantando a las clientas que andan con carteras de doscientas lucas y pidiendo rebaja por todo. No les da ni vergüenza. Un día hicimos una reunión con la directiva de la feria y nos pusimos de acuerdo con los precios, si no salíamos perdiendo todas. Así es que subimos toda la mercadería y a las más quedás las aleccionamos bien. Les enseñamos las frases pa cortar el lloriqueo de las clientas:

—Es lo que vale el trabajo artesanal.

—No estoy lucrando, mi trabajo es pa vivir, no da para más.

—En el persa hay cosas chinas parecidas y mucho más baratas.

—Si dice que en el otro puesto le sale más barato, vaya para allá, por algo será.

 

Les dijimos que tenían que decir las palabras mirando a los ojos de las clientas, sin achicarse, firmes, pero que no se no tara el enojo. A mí no me cuesta nada, pero a las gallas como la Rossy, les cuesta muchísimo, fue un mundo lograr que miraran de frente. Les cuesta tanto creerse el cuento. —A ver, párate derecha, levanta la pera, mírame a la cara y dime una frase-corta-lloriqueo.

Parecía obra de teatro la cuestión, ¡puta que nos cagamos de la risa! Doña Irene, la que vende licores y mermeladas artesanales, como que se transformaba, casi le daba empellones a la que hacía de clienta llorona. Es chiquitita ella, pero como que crecía y métale con empujar a la clienta. A ella tuvimos que suavizarla, ¡parecía toro que iba a cargar! Otras viejas como que se ponían tristes, casi lloraban.

 

Algunas agarraron vuelo y empezaron a decir que no en la casa, en el mercado, en todas partes. Ahí nos empezaron a decir las viejas picúas, eso era lo suave. Usted ya sabe cómo se les dice a las viejas fregás. Claro, la palabrita esa, no me gusta decirla, pero sí, viejas culiás, lo digo pa que nos entendamos. Así es que chantamos la moto un poco, pero algo nos pasó, de reírnos tanto juntas, nos hicimos amigas y ahora hay otra onda en la feria.

Hoy es viernes, noche de casino. ¡Vamos a arrasaaaarrrr!

 

Eso pensaba cuando me puse el vestido calipso brillante, puse música pa bailar mientras me pintaba los ojos y los labios. Así me acostumbraba a moverme con esa tela tiesa y los zapatos negros que tengo pa salir. En el puesto siempre ando con pantalones, un polerón y zapatillas. Con este vestido sin mangas encuentro que se me ven muy grandes las pechugas. ¡Ah, la mansa hueá ¡me estoy poniendo como la Rossy ahora. Seguro los hueones que hay en el casino son puros guatones y pelaos, me van a mirar igual no más.

 

Llegó la Rossy a buscarme, somos vecinas, su mamá le va a cuidar a su mono chico, los míos se quedan a cargo de mi hija mayor. ¿Le conté que soy mayor que la Rossy? Parece que no, si nos conociera, se daría cuenta al tiro que soy mayor, soy pechugona y caderúa. La Rossy se vistió con un vestido negro que tiene una tela transparente en la guata, o sea, ella es delgadita, se veía bella. Estoy igual que la venezolana que me cortó el pelo —¿te gustó cómo quedaste, bella?, tienes que cuidarte más el pelo mi bella— bella pa acá, bella pa allá, amable la niña, le voy a hacer caso, me voy a cuidar el pelo porque ahora que me miré al espejo antes de salir, no se ve ni pariente a cómo ella me lo dejó en la peluquería.

 

Lindas las dos, nunca había visto a la Rossy tan arreglada y ella a mí tampoco. Caminamos media cuadra y pa darnos ánimo, gritamos de nuevo:

—Hoy es viernes, noche de casino. ¡Vamos a arrasaaaarrrr!

 

Estaba lleno el casino, no había dónde estar, tuvimos que arrimarnos a la barra, se demoraron un montón en servir nos un trago, menos mal que veníamos puestas, las dos nos tomamos al seco una piscola para estar alegres cuando llegáramos. Cuando estábamos gritando pa pedir un trago y algo pa comer, veo que entra la clienta que me dijo lo de observativa y no había lugar. Con la Rossy, a potazo limpio, corrimos a la gente que estaba al lado y le hicimos espacio, venía con las mismas viejas de la mañana. Después de una hora nos sirvieron, les convidamos papas fritas y después ellas a no sotras, en un rato éramos todas amigas, y gritábamos cada cinco minutos que íbamos a arrasar. Aplaudimos a los participantes, especialmente al único gallo con buena pinta que cantaba afinado. Ni tanta buena pinta, pero entre el trago y la escasez, usted ya sabe lo que pasa.

 

Éramos la barra más desordenada y alegre, el animador dijo que había premio si uno metía bulla, cantaba las canciones de los concursos y animaba la cuestión. Puro grupo no más, al final le dieron el premio a unos novios que eran más fomes que la cresta y a nosotras ni nos inflaron. La vieja observativa me dijo —¡No arrasamos ná parece, pero vamos a dejar la pura cagaaaaaaá! — se puso a hacer bolitas con las servilletas usada y empezó a tirarlas a la gente, nos sumamos y gritábamos puras leseras. Estábamos cagadas de la risa, las bolas de papel iban y venían, todos se pusieron a hacer lo mismo, quedó la grande.

 

Nadie pescaba al cantante ganador, todos sabían que el concurso estaba arreglado, el animador no podía controlar la cuestión, hasta que, pa salvarse, dijo que éramos el grupo más animado de la noche y nos mandó un trago de regalo para todas. La observativa pidió un pisco peruano catedral y yo pa no ser menos pedí uno igual.

 

En un momento vi a la Rossy bailando con un guatón que la había mirado harto rato y a la observativa con el grupo de sus amigas moviendo el esqueleto, yo intenté unirme al grupo, pero me caí encima de los novios fomes y un guardia me sacó de un ala del salón. No sé qué me dio, que empecé a gritar mi nombre y mi RUT pa puro huevear, la Rossy me escuchó y me fue a buscar donde me llevaba el hombrón. Nos echaron cagando a las dos.

 

Hacía frío afuera, en Castro, hace frío en mayo. Un taxista se acercó y nos dijo que nos llevaba por diez lucas.

—Ya, toma tus diez lucas, llévanos a la casa, pero lentito si querís llegar con el auto limpio.

 

Se fue a la vuelta de la rueda. La Rossy, tan calladita que es siempre, no paraba de hablar, parecía que había grabado todo lo que dijimos, hasta el taxista se reía a carcajadas. Tanto que ofreció llevarnos gratis el viernes de casino de junio. Cuando nos bajamos del taxi el grito era el de la observativa:

 

—¡No arrasamos na, pero dejamos la cagaaaaaa!


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