martes, 24 de marzo de 2026

Corrección

 


Foto de Pixabay

Cayó una gota sobre un pequeño charco de agua, los círculos formados por la intrusa reverberaron por un instante y luego se desvanecieron al ojo humano. Claro, con instrumentos potentes se podría detectar movimiento bajo la superficie o el impacto de la onda acuática en el pavimento, pero no era el caso ni el interés de este observador. Del charco pasó a mirar las nubes por si había esperanza de un otoño normal, medido en milímetros de agua por supuesto, porque lo normal hacía rato que había desaparecido. Hacía algunos años ya que las cosas estaban desprovistas de su esencia, los postes de la calle, a pesar de cargar con el peso de muchos cables inútiles, estaban vacíos de cemento, los árboles eran solo cortezas, las personas eran solo expresiones de máscaras y podría seguir, aunque sin haber motivo para continuar con la descripción lo resumía en tres palabras: superficies sin contenidos. En todo caso era mejor así, las superficies son más fáciles de predecir y el margen de error es mucho menor que con los contenidos subyacentes.

Esto sonaría a herejía para los creadores de contenido que se devanan los sesos tratando de destacarse en un mar de superficies en su esfuerzo por vender más máscaras. Total, el verso da para todo. Hubo un período en que se aferraba a las palabras para construir su mundo, pero pronto no fueron suficientes y comenzó a sujetarse de las acciones observables, cuantificables. Esperaba consecuencia entre las palabras y los hechos, que la historia fuera un relato fidedigno de los acontecimientos, como si se tratara de datos y por tanto objetos de análisis, hasta que se convenció de que cada uno vive en su historia y no puede salir de ella; hasta puede reinventarla, colorearla de diferentes tonalidades según el momento que elige destacar y la marea de emociones que se desatan en el cuerpo y las asociaciones, en fin, que no hay modo de que algo sea normal. Que la forma tenga el contenido que parece contener.

Un rebuscado. Eso era. Ese era.

¿Desde cuándo se volvió un descreído y adicto a las formas?

Adicto a las formas: dícese de quien cree que hay un modo de comportarse de modo adecuado, oportuno y en lo posible consistente para no ocasionar problemas ni conflictos. La corrección de los modales, del lenguaje, del atuendo, de la opinión de quien no deja huella, pero sí un halo de amabilidad y de un no-sé-qué que lo distingue y hasta le otorga un toque de misterio.

¿Desde cuándo?

No podía precisarlo o no quería. Información clasificada decía cuando no sabía responder a algo o sabía, pero si lo hacía se podía enfrascar en conversaciones incómodas y por supuesto estériles y como tampoco despertaba tanta curiosidad en los demás, una de las ventajas reconocidas de la amabilidad, nadie lo presionaba demasiado como para caer en profundidades de mal gusto.

Tampoco es que pudiese ubicar un solo hecho, los fenómenos humanos, los individuales y los masivos, son multifactoriales y entonces dar con los gatillantes de una actitud frente a la vida no son tan identificables, así como tampoco los estímulos para una crisis de pánico o un estallido social. Además, no quería ponerse grave ni triste recordando momentos ahora tan pretéritos.

Nada como la tranquilidad y que las sorpresas de cada día se encuentren dentro de un rango que permita mantener el equilibrio y sobre todo una variedad de respuestas aceptables y no esa sensación que antes lo acompañaba: no saber qué decir, qué hacer, dónde y cómo mirar. Es un gran ahorro de energía, del tipo que sea que se use en la mente, saber comportarse, anticipar los diálogos y decir las frases correctas es de una calma que se parece al dominio de las bestias. Cuando se acordaba de algunos episodios de su identidad pasada no podía evitar bajar la cabeza y sentir vergüenza ajena, aunque en este caso no era ajena sino propia, pero de su yo anterior, o sea de otro y por eso decía que era ajena. El punto era que la ingenuidad y la fe lo hicieron decir y hacer cosas que no creía posibles por ilógicas. Ahora culpaba a la ingenuidad y la fe, pero en ese entonces era otra cosa, más vergonzosa que la inexperiencia de un adolescente, más peligrosa que el deseo de vivir tormentas de un agua calmada y segura. Otra cosa, sin nombre ni medida. Lo que fuera lo hacía ver cemento adentro de los postes, vida tras las cortezas de los árboles y los colores con una longitud de onda imposible de nombrar.

No era que se hubiera quedado todo este rato mirando ese charco de agua. Había avanzado por el parque que lo conducía de vuelta a la oficina y esas reflexiones pululaban por su mente como un hábito que se refuerza a sí mismo. Revisó su teléfono como un automatismo, otro más, de la vida actual. Solía prepararse para la siguiente reunión del día, ensayaba las frases que diría para romper el hielo y luego procedería a resolver el asunto por el que fue convocado, al menos lo intentaría.

Entonces cayó una hoja de un liquidámbar sobre su pantalla: roja y aún tersa. La guardó en el bolsillo de su chaqueta porque sí, porque siempre quedarían resabios de ese que veía las cosas normales.

A veces, muy de vez en cuando, en sueños u otros estados raros de la conciencia, rozaba con la sensación de que había sido muy afortunado de asomarse, más de una vez, al otro lado, allí donde se conjugaban el abismo y la cima. Donde la corrección no es un parámetro y la calma era la precursora del vértigo.


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