Cayó una gota sobre un pequeño charco
de agua, los círculos formados por la intrusa reverberaron por un instante y
luego se desvanecieron al ojo humano. Claro, con instrumentos potentes se podría
detectar movimiento bajo la superficie o el impacto de la onda acuática en el
pavimento, pero no era el caso ni el interés de este observador. Del charco
pasó a mirar las nubes por si había esperanza de un otoño normal, medido en
milímetros de agua por supuesto, porque lo normal hacía rato que había
desaparecido. Hacía algunos años ya que las cosas estaban desprovistas de su
esencia, los postes de la calle, a pesar de cargar con el peso de muchos cables
inútiles, estaban vacíos de cemento, los árboles eran solo cortezas, las
personas eran solo expresiones de máscaras y podría seguir, aunque sin haber
motivo para continuar con la descripción lo resumía en tres palabras: superficies
sin contenidos. En todo caso era mejor así, las superficies son más fáciles de
predecir y el margen de error es mucho menor que con los contenidos subyacentes.
Esto sonaría a herejía para los
creadores de contenido que se devanan los sesos tratando de destacarse en un
mar de superficies en su esfuerzo por vender más máscaras. Total, el verso da
para todo. Hubo un período en que se aferraba a las palabras para construir su
mundo, pero pronto no fueron suficientes y comenzó a sujetarse de las acciones
observables, cuantificables. Esperaba consecuencia entre las palabras y los
hechos, que la historia fuera un relato fidedigno de los acontecimientos, como
si se tratara de datos y por tanto objetos de análisis, hasta que se convenció
de que cada uno vive en su historia y no puede salir de ella; hasta puede
reinventarla, colorearla de diferentes tonalidades según el momento que elige
destacar y la marea de emociones que se desatan en el cuerpo y las
asociaciones, en fin, que no hay modo de que algo sea normal. Que la forma
tenga el contenido que parece contener.
Un rebuscado. Eso era. Ese era.
¿Desde cuándo se volvió un descreído
y adicto a las formas?
Adicto a las formas: dícese de
quien cree que hay un modo de comportarse de modo adecuado, oportuno y en lo
posible consistente para no ocasionar problemas ni conflictos. La corrección de
los modales, del lenguaje, del atuendo, de la opinión de quien no deja huella,
pero sí un halo de amabilidad y de un no-sé-qué que lo distingue y hasta le otorga
un toque de misterio.
¿Desde cuándo?
No podía precisarlo o no quería. Información
clasificada decía cuando no sabía responder a algo o sabía, pero si lo
hacía se podía enfrascar en conversaciones incómodas y por supuesto estériles y
como tampoco despertaba tanta curiosidad en los demás, una de las ventajas reconocidas
de la amabilidad, nadie lo presionaba demasiado como para caer en profundidades
de mal gusto.
Tampoco es que pudiese ubicar un
solo hecho, los fenómenos humanos, los individuales y los masivos, son multifactoriales
y entonces dar con los gatillantes de una actitud frente a la vida no son tan
identificables, así como tampoco los estímulos para una crisis de pánico o un
estallido social. Además, no quería ponerse grave ni triste recordando momentos
ahora tan pretéritos.
Nada como la tranquilidad y que las
sorpresas de cada día se encuentren dentro de un rango que permita mantener el
equilibrio y sobre todo una variedad de respuestas aceptables y no esa
sensación que antes lo acompañaba: no saber qué decir, qué hacer, dónde y cómo
mirar. Es un gran ahorro de energía, del tipo que sea que se use en la mente,
saber comportarse, anticipar los diálogos y decir las frases correctas es de
una calma que se parece al dominio de las bestias. Cuando se acordaba de algunos
episodios de su identidad pasada no podía evitar bajar la cabeza y sentir vergüenza
ajena, aunque en este caso no era ajena sino propia, pero de su yo anterior, o
sea de otro y por eso decía que era ajena. El punto era que la ingenuidad y la
fe lo hicieron decir y hacer cosas que no creía posibles por ilógicas. Ahora
culpaba a la ingenuidad y la fe, pero en ese entonces era otra cosa, más vergonzosa
que la inexperiencia de un adolescente, más peligrosa que el deseo de vivir tormentas
de un agua calmada y segura. Otra cosa, sin nombre ni medida. Lo que fuera lo
hacía ver cemento adentro de los postes, vida tras las cortezas de los árboles
y los colores con una longitud de onda imposible de nombrar.
No era que se hubiera quedado todo
este rato mirando ese charco de agua. Había avanzado por el parque que lo
conducía de vuelta a la oficina y esas reflexiones pululaban por su mente como
un hábito que se refuerza a sí mismo. Revisó su teléfono como un automatismo,
otro más, de la vida actual. Solía prepararse para la siguiente reunión del día,
ensayaba las frases que diría para romper el hielo y luego procedería a
resolver el asunto por el que fue convocado, al menos lo intentaría.
Entonces cayó una hoja de un
liquidámbar sobre su pantalla: roja y aún tersa. La guardó en el bolsillo de su
chaqueta porque sí, porque siempre quedarían resabios de ese que veía las cosas
normales.
A veces, muy de vez en cuando, en
sueños u otros estados raros de la conciencia, rozaba con la sensación de que
había sido muy afortunado de asomarse, más de una vez, al otro lado, allí donde
se conjugaban el abismo y la cima. Donde la corrección no es un parámetro y la
calma era la precursora del vértigo.
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