Hace un buen rato las lecturas de
este blog han aumentado de manera bastante irregular y sospechosa. Dentro de
las herramientas de Blogger existe una estadística que muestra los sistemas
operativos y los países de origen de quienes visitan el sitio y basta ver eso
para ponerse a pensar en que debo estar alimentando a una serie de chatbots.
No se trata solo de humanos que usan IP azarosas para que no se les pueda
rastrear y no creo tener tantos lectores medio paranoicos o tránsfugas. Ya hace
dos meses las interacciones en la internet provenientes de máquinas superan a
las humanas y entonces no sé si tiene sentido seguir publicando aquí (o en
cualquier parte), menos si estos textos humanos ayudan a la IA a seguir
simulando textos de modo que parezcan creación humana. Hace poco vi el video de
una joven tejedora que se quejaba de que ahora debía competir con más de mil
cuentas de IA para vender sus patrones de tejidos que eran su principal fuente
de ingreso. Había trabajado mucho y durante un tiempo significativo para promocionar
su trabajo y poder vivir del tejido lo que es un tremendo logro de vida. Debió
cambiar su estrategia y comenzar a probar nuevas formas de relacionarse con su
público objetivo, concluyó que su futuro depende del contacto humano y de la
emoción de la imperfección artesanal. Ojalá le resulte.
Escribir como si se tratase de
artesanía debe ser algo parecido, solo que no siempre requiere interacción,
aunque cuando la hay, como recibir un comentario, escrito o en persona, por
supuesto que la experiencia adquiere otro carácter. Se vuelve más satisfactoria
por supuesto. Eso me pasó cuando hace poco alguien comentó el cuento Viernes
de casino (del libro Caleidoscopio y otros cuentos) y entonces pude
comprobar que, entre tanto chatbot, hay algunos humanos. A veces hay
muchas entradas a cuentos sin ningún orden en particular lo que me parece bien
raro y otras se concentran en un par de textos. Eso ocurrió con el cuento
mencionado y con Mientras tanto, historia del primer libro Café literario.
Ambos cuentos me gustan por distintas razones, pero no entiendo cómo las
máquinas o las personas se concentran en ellos.
Ya está en imprenta el libro
Historias de frases hechas. Es un libro más liviano, fácil de transportar por
lo mismo y creo que amigable a la lectura. Hay detalles más cuidados que se relacionan
con las personas que han participado del proceso.
Ese libro es de literatura
artesanal, no contiene IA, pero resulta curioso saber lo que esa herramienta escribió
como texto para la contratapa:
“Ximena Candia es escritora y
psicóloga. Su formación y experiencia profesional se entrelazan con una particular
sensibilidad para observar la conducta humana, las relaciones y aquellas
pequeñas situaciones de la vida cotidiana que suelen pasar inadvertidas.
En su escritura explora, con humor,
ironía y una mirada profundamente humana, las contradicciones, fragilidades y
deseos que habitan a sus personajes. Sus relatos transitan entre lo cotidiano y
lo inesperado, revelando grietas emocionales y existenciales que se esconden
detrás de una aparente normalidad.
Historias de frases hechas es su
tercer libro de cuentos, una obra en la que vuelve a desplegar una escritura
lúcida, ágil y personal, atenta a las palabras, a la música y a las múltiples
formas en que la realidad puede transformarse en literatura.”
Era tentador dejar ese texto, que no fue solicitado por mí, redundante en conceptos y adjetivos que utilizaron otras personas para describir
los cuentos, pero lo remplacé por uno mío, menos lisonjero y más al hueso. Más
honesto si se quiere.
Todavía hay formas de distinguir un
texto escrito por una herramienta y otro escrito por una persona, creo que
pronto será más difícil (si es que ya no lo es).
La vida transcurre mientras la
internet se puebla de máquinas, coincido con la tejedora: la IA seguirá creciendo
e invadiendo áreas, lo que queda depende de cuánto cuidemos los vínculos con
los humanos cercanos y lejanos.