martes, 27 de mayo de 2025

Accidente

 

Foto de Aswin R S: https://www.pexels.com



Pocas cosas le provocaban a Nadia la sensación del deber cumplido como ubicar en alguna parte del librero un ejemplar terminado. Ese recorrido desde el velador hasta el mueble se había transformado en un camino larguísimo porque era moderna y como tal, tenía el celular demasiado a mano y con ello las adicciones propias de la época. Demasiadas cosas en apariencia interesantes dejaban la lista de pendientes cada vez más larga e imposible de cumplir.

Ese día, antes de cualquier otra cosa, se apresuró a dejar empezado el siguiente libro, aunque era una convencida de que había que dejar un espacio a la degustación del sabor de la historia cerrada. Las historias, escritas o no, se saborean, se disfrutan, se gozan, se sufren con lo que traigan y empezar otra de inmediato parece injusto para la anterior y la siguiente. Solo que a veces se perdía en la historia anterior demasiado tiempo.

Luego, comenzó el día con las rutinas y era buena esa sensación de seguridad involucrada en tener cientos de cosas que hacer, desde los detalles nimios que desaparecen casi enseguida hasta otras más relevantes como ir al trabajo. Le parecía bien que hubiera un uniforme y evitarse la molestia de vestirse ad hoc a la temática, el clima y su cuerpo. La edad ya no era un criterio, al revés, la prohibición era usar el número de años como excusa. Lo prohibido es envejecer y sus hijas adolescentes se lo dejaban en claro a cada instante: −la mamá no entiende, no está al día, las otras mamás sí saben de skincare, de los chistes actuales, del lenguaje, la moda, la música −. La lista era interminable, le parecía curioso que hablaran de ella en tercera persona, como si no estuviera ahí, pero al mismo tiempo entendía la provocación, que luego daba lo mismo porque hacía tiempo ninguna escuchaba su respuesta. Por lo demás, había hecho suya la frase de una actriz canosa − ¡dejen envejecer tranquila! – para, segundos después, empezar a averiguar sobre los últimos tratamientos y evaluar si gastar sus ahorros en hacer trampa a la naturaleza tendría algún beneficio real.

Porque, como fuera, todo parecía ser evaluado de esa manera, la inversión versus el beneficio. El modelo económico calando hasta los huesos. Muchas veces se sorprendía a sí misma evaluando la vida sobre ese criterio, cuando, al mismo tiempo, era una convencida de que las decisiones más importantes no tenían nada que ver con ganar o perder. O más bien que esa fórmula no le había servido en los momentos más cruciales. Porque, al menos ella, no se había dado cuenta de cuándo habían ocurrido esos momentos claves sino mucho tiempo después y ese lapso puede ser de cinco segundos a varios años. Además, esa sensación de ser tan típica le jugaba un flaco favor a su trabajo en desarrollo organizacional. Su especialidad era la gestión del cambio y lo hacía bien, convencía a los equipos de trabajo con una retórica cargada de filosofía salida de Instagram y los videos cortos de YouTube y Tiktok, sus actividades estaban cargadas de frases gringas traducidas de forma literal o en inglés directamente. Los juegos o dinámicas de grupo le parecían infantiles, pero de un modo que no lograba entender, a los adultos treintones y cuarentones, les resultaban muy cómodos. Se resistía todavía a hablar en tono agudo y terminar las frases como pregunta, porque mantenía manías de hija de profesora de lenguaje y de un padre contador meticuloso en casi todo. La viudez la dejó en posición de no poder seguir con el plan soñado, irse al sur, ver crecer a las niñas allá y dedicarse a alguna actividad agradable, al menos en la fantasía: aprender manualidades, hacer un huerto orgánico, poner un café para turistas, una imagen muy típica que compartía con Manuel, su entonces marido, que parecía determinado a hacer todo lo posible por tener los recursos y partir un día, los cuatro, a esa aventura donde hubiera mucho verde, flores, árboles y sitios cercanos para acampar. Se le ocurrió morirse en un accidente en la carretera cuando las hijas tenían cuatro y dos años y medio. Ella tenía treintaitrés años y nada salió como estaba planeado. Volvió a la casa de sus padres y no hubo mucho espacio para lamentos. No recordaba con mucho detalle ese período y tampoco es que le importase saber cómo sobrevivió. Hay túneles y abismos que no quería explorar. Ahora, en los cuarentaidós, podía respirar un poco más tranquila sabiendo que pudo continuar y que vivía los ciclos vitales como casi todas las mujeres. La campesina interna que se iría a su tierra debería esperar para una próxima vida. Hay gente que cree eso. En esta le correspondía ser una capitalina que predicaba un evangelio en el que no creía, pero que le permitía pagar las cuentas.

Se había forzado a no pensar más en Manuel y todos los hubiera sido que se asociaron a su existencia. A veces pensaba que fue tan poco el tiempo compartido que de seguro lo había idealizado y más aún por cómo murió. Pocos mencionaban que iba acompañado en ese accidente y nadie quería hablar de quien era, hasta que se enteró porque era evidente que así sería. Era la polola de siempre hasta que ella irrumpió en la historia de Manuel. Se quedó con miles de preguntas que no tendrían respuestas y que mezclaron el dolor con una angustia secreta y silenciada.

Hay personas que se dulcifican y acobardan con el dolor y otras que se vuelven huidizas y cínicas, Nadia pertenecía al segundo grupo, pero disimulaba bien. Podía hasta enternecerse con circunstancias que le parecían nimias e inclusive dar con el tono justo para ayudar a abrir la panorámica a otros y entonces dar con salidas alternativas.

Hoy era el primer día de trabajo directo con los equipos de una empresa, casi institución, que iba a comenzar un período de profunda transformación. Ya habían despedido a todos los que no se ajustaban a la nueva estructura tecnológica y al modelo de negocios. Los que quedaban estaban aliviados y también ansiosos y resentidos por la sensación de estar sometidos a una especie de reality de sobrevivencia en donde podían verse aún a los caídos en el período previo de selección. Ese trabajo estaba hecho y Nadia no formaba parte de los corta cabezas, a ella le correspondía presentar la siguiente etapa que consistía en un nuevo comienzo colorido y esperanzador. Una especie de duelo express y un pongámonos a la obra que no hay más alternativa.

Debía comenzar con dinámicas activadoras, para sus adentros se daba la instrucción de It´s show time, sonreía y sacaba su mejor voz de persona alegre, conectada con sus emociones, empática y llena de energía. − ¡Holaaa! Buenos días – en los primeros minutos se jugaba su posición y la de los otros. Podía identificar de inmediato a quienes se iban a entregar por entero a la actividad, los que estaban ahí por absoluta obligación y a los que se esforzaban por disimular su cara de resentimiento con todo el proceso vivido.

− ¡Vamos a activarnos! Pónganse de pie, estírense, así, ¡con ganas!, sáquese la mala onda, sacúdase el cansancio, el miedo. Respiremos hondo, una, dos, tres veces. ¿Ya estamos aquí?


Luego debía convencerlos para que caminaran en círculos unos según el sentido de las manijas del reloj y otros en el sentido contrario, cuando dijera stop deberían detenerse y mirar a los ojos a quien estuviera cerca y tratar de decirle algo sin hablar. Ojalá una emoción. Luego se sentarían en el suelo, − ¡para eso se les pidió venir con ropa cómoda chiquillos! – y les pediría compartir qué fue lo que sus compañeros lograron comunicarles a través de su mirada. Siempre habría personas que creían descubrir en el otro la profundidad de su alma y había que cortarles el discurso y otras que decían que no le habían transmitido nada. Las repuestas más frecuentes eran: seriedad, ternura, ansiedad, curiosidad, amabilidad. − Que bueno que siempre hay gente adaptada – se repetía cada vez que escuchaba esas respuestas.

Si el grupo seguía muy duro y había tiempo, ponía música porque los últimos tips indicaban que un momento de baile suele ser infalible para soltar las tensiones que aun quedaban flotando en el aire.

En cualquier caso, más les valía colaborar y jugar el juego porque también se encargaba de decirles que todas las sesiones consideraban un informe a la gerencia de personas. Al fin se había acabado esa moda de llamar departamento de felicidad a esa área. Nunca pudo nombrarlos sin sentirse parte de un juego casi maquiavélico cuando le correspondió trabajar con empresas que cayeron en la moda sin reconocer cuánto se prestaba para las burlas internas ese nombre tan pretencioso.

Después de la puesta en común del juego de miradas venía un recreo en que lo único importante era la calidad del café y la comida disponible. Ahí se jugaba gran parte de la evaluación de la intervención porque hasta los más renuentes se ponían de mejor ánimo si había abundantes galletas de pastelería, también de arroz y tapaditos calientes. Por supuesto que, considerando además todas las diversidades alimentarias disponibles: café descafeinado, leche descremada y sin lactosa, leche vegetal, tapaditos veganos, sin gluten, pan integral, de masa madre y unos mozos que trataran de chicos a todos los asistentes. En los detalles se jugaba su prestigio. Había estudiado pedagogía en inglés, pero por esas trayectorias profesionales raras y la necesidad de trabajar y ganar más plata para salir de las deudas que dejó Manuel, mantener a las niñas y sostener un nivel de vida que no estaba dispuesta a bajar, se fue formando primero como relatora de capacitaciones de inglés para luego, por idea de su madre, convertirse en una coach ontológico que la convirtió en alguien con buen dominio escénico y capaz de leer los grupos de trabajo y sus conflictos. 

Después del recreo deberían dividirse en grupos, poner su nombre en una credencial, presentarse a los demás integrantes y en el menor plazo posible armar una escultura que representase el espíritu del equipo para enfrentar los desafíos que venían. En esta tarea surgían esculturas clásicas: flechas, águilas, aviones, cohetes. Solo en una ocasión vio una original: un equipo que simulaba ser un cardumen de salmones que se movía en ondas contra la corriente. Le pareció una elegante forma de mostrar el desacuerdo y al mismo tiempo la lucha por llegar, como fuera, al final de la carrera. En esta ocasión no hubo sorpresas. Mientras recorría y explicaba la actividad por los grupos aprovechaba de anotar quienes se erigían como los más activos en crear la escultura, los que aportaban a la idea y aquellos criticones de siempre que obstaculizan el cumplimiento de la tarea.

A estas alturas, después de más de una década haciendo más o menos lo mismo, tenía un abanico de dinámicas, frases hechas, chistes probados y unas cuantas historias que contaba como propias, pero que eran parte de un guion estudiado para provocar ciertas respuestas. En la consultora para la que trabajaba al principio y de la que ahora era socia, minoritaria, pero socia, le habían pedido viajar dentro y fuera del país para empresas multinacionales, pero no aceptó por las niñas. Era tan obvio para ella la opción como para una colega en su misma posición aceptar sin pensarlo – mis hijos tendrán que acostumbrarse y por último tendré los recursos para pagarles un psicólogo cuando se quejen de su madre ausente, pero potente en su trabajo –. Era otra forma de mirar la situación.

Aunque fuera difícil reconocerlo, tenía internalizado el modelo tradicional de familia por más que entendiera, aceptara y abogara por lógicas sociales y laborales más justas para las mujeres. Esos discursos más abiertos a diferentes opciones en el diseño del plan de vida le parecía que era su obligación transmitirlos a las hijas. Lo que quería para ellas era la posibilidad de vivir con la sensación de libertad sin culpa. Si había algo a lo que rezar, rezaría por que el azar las dejara elegir.

La casualidad puso a Manuel en su camino y se sumó alegremente a ese desvío. Tenía la convicción de que así debía ser y la vida pareció seguir el curso adecuado junto a él, sin cuestionamientos. Estaba embobada por el sueño de la vida en el sur. Así recordaba Nadia el tiempo junto a Manuel, sin conciencia, sin mirar más allá de ella misma y de lo que sentía. El día del accidente no solo Murió Manuel, también lo hicieron cada una de las conversaciones juntos, las risas, las fotos, los planes, las discusiones, las bases de cada decisión. Nació al mismo tiempo la sensación casi terrorífica de no haberlo conocido, de no haber estado en el mismo mundo. Armaba y desarmaba rompecabezas en donde las situaciones vividas, puestas en diferentes lógicas, perdían o cambiaban de sentido. Cuando consideró que el tiempo había sido suficiente para formularse preguntas sin respuestas decidió no dar tregua al azar.

El día de la segunda sesión correspondía comenzar a analizar cada segmento de los procesos a modificar. Las decisiones estaban tomadas y el rol de Nadia era hacer parecer como que el diseño era producto del trabajo de todos. Sabía cómo hacerlo, estaba alerta a cada cambio de expresión facial, a cada silencio y no creía en nada de lo que decían, incluyéndose ella misma en esa sentencia

jueves, 22 de mayo de 2025

De otras cosas y Kafka

 



Envié un cuento a un concurso. No lo pensé para no darle tiempo a que aparecieran los pensamientos ridículos de siempre y dejé pasar a los más simpáticos: total, todo sigue igual, con o sin concurso. Eso es lo mejor que se me ocurre. También envié otro a una revista digital, a ver qué pasa.

También me ocurrió que al escribir una historia equis, vinieron a mi mente un sinnúmero de opciones para continuar y debe ser cierto eso de que soy una atolondrada y, para peor, floja, porque podría haberlo hecho y en lugar de trabajar la historia la terminé de forma abrupta, tanto que no se entiende.

Podría retirarla, tiene 17 lecturas o visitas o guarever, así es que tampoco es que alguien vaya a echarla en falta. Todavía puedo hacerlo. Como sea eso de escribir más largo, sin intención de hacerlo, podría ser un desarrollo. No hay para qué tomárselo tan en serio. Esa es la parte difícil, no tomarse tan a pecho las cosas, las historias, la nostalgia, los olvidos, los sueños, las casualidades o sincronías, concepto, este último, más de moda y con más magia.

Y ya que estoy en la sección de miscelánea, me puse a escuchar unas conferencias realizadas en España en homenaje a Kafka[1] [2] entre otras cosas porque fue el autor favorito de mi hermano. El escritor se me apreció como un humano y no como esa caricatura tan de la cultura pop, siempre oprimido y quejumbroso de su vida y utilizado por algunas ideologías para sus propios fines. Se divirtió y aburrió, fue cruel y benévolo, leal y traicionero, feliz y desgraciado, tanto como cualquiera de nuestra especie y por supuesto con un talento tal que cambió la forma de escribir por generaciones. Además, si algo tuvo de especial, además de su capacidad literaria, fue que advirtió ese talento en sí mismo, aunque no siempre fuera reconocido por otros. Por supuesto que recomiendo escuchar esas conferencias y otras más en el camino de vuelta a la casa o de ida al trabajo.

No sé porqué cada cierto tiempo me da por pensar que un día tanta información valiosa va a desaparecer y la sensación va a ser de un apagón de luz sostenido, así es que sigo escuchando para aprender, para conservar algo de lo que me interesa saber.

Como cada vez tengo más requisitos neuróticos para escribir tonterías tranquila, digo un hasta luego cargado de ojalá, como deseo y como canción.


sábado, 10 de mayo de 2025

Protagonistas NPC

 





En los tiempos libres que le quedaban en su trabajo Elsa tomaba el teléfono y veía los innumerables consejos de cómo sacarse partido y verse mejor, más joven y atractiva. Al cabo de un rato aparecían otros miles de discursos acerca de aceptarse y dejar de ser víctima de las presiones del mercado que ataca por todos lados a las mujeres. En ocasiones, después del trabajo, se quedaba mirando las vitrinas de alguna tienda de ropa, incluso se había atrevido a entrar a un par, presa de un impulso de compra combinada con un aburrimiento de ser y parecer siempre la misma, luego de tocar la suavidad de algunas blusas y suéteres, miraba el precio en las etiquetas y se arrepentía. Se debatía entre las estrategias de marketing del tipo −yo me lo merezco, para eso trabajo y total el mundo se va a acabar −, y otros argumentos en la dirección opuesta− para qué, quién se va a dar cuenta o tal vez lo haga cuando tenga alguna ocasión especial, que nunca llegaba, y la infaltable responsabilidad ecológica −, de modo que terminaba por abandonar la idea de comprar algo para sí misma. A veces llegaba más lejos y se probaba algo que sí podría usar: un nuevo pantalón o una blusa, casi como un chiste repetido, elegía prendas casi idénticas a las que tenía y entonces las dejaba porque no tenía ningún sentido gastar en verse igual. Además, con tantas noticias de asaltos y sus propias experiencias en la calle, de hecho, se avergonzaba de haber perdido dos celulares en la micro y otro más en las cercanías de la entrada del metro Lo Ovalle, se convenció de que no debía llamar la atención y más bien debía dar la impresión de ser ella la que podía robar a otros.

Su sobrina, con la que compartía departamento en el centro de Santiago, era muy diferente y podía advertirlo con toda claridad, si bien para el exterior parecía casi motivo de orgullo – ¡menos mal que no es como su tía!, ella es alegre, segura y arriesgada – decía casi como un mantra a quien estuviera cerca, en su interior parecía estar recitando una parte de las características que le hubiera gustado tener y que veía fuera de su alcance.

Lo bueno de no esperar nada era la sensación de paz y contento interior, como en la película Días Perfectos. Cuando la vio no le produjo, ella creyó, un gran impacto, pero después no le quedó más remedio que aceptar que la había afectado. Ser una npc [i] era ser parte del paisaje y de la experiencia de un juego apacible tal como si el otoño fuese duradero. Le gustaba el cine y veía casi todo lo que había en cartelera. Volvía a ver películas viejas también en las salas del Normandie y el Biógrafo en Lastarria, hasta escribía algunas críticas como una forma de recordarlas más. Ese ítem del presupuesto no le pesaba en la conciencia. Era como el aire, necesario para vivir. Algunas películas la dejaban flotando, aunque no tuviera tan claro qué quiso decir el director o si el guionista había dado o no con el tono que esperaba el autor de la idea. Una vez se atrevió a quedarse a un grupo de discusión y su comentario provocó palabras burlonas de un viejo intelectual −el cine es algo más que solo la anécdota de la historia −. No se atrevió a opinar de nuevo y el viejo aquel se dedicó a aportillar cualquier comentario que llegaba a sus oídos. Varias películas bien valían una siesta, pero se esforzaba por verlas completas porque era el trabajo de alguien y de todos los que creyeron en ese proyecto. Esas las borraba de su conciencia no pensando más en ellas, porque el sacrificio de haberse quedado despierta era suficiente. Antes de devolverse al departamento, después de cada película, pasaba a tomar un café con leche en los meses fríos y un agua tónica con limón durante los meses cálidos.

Coincidía en contadas ocasiones con su sobrina, ella, una veinteañera, siempre tenía algo que hacer y pasaba a contarle de sus aventuras y desventuras a su dormitorio tarde, muy tarde. La hacía reír mucho con sus tonterías infantiles y cada relato se parecía a una escena de película, a una vista o a una por ver porque ya se había convencido de que el tiempo va para atrás y para adelante y tal vez para otros lados.

También realizaba ocasionales compras asociadas a algunas escenas de películas, unos aros simples y pequeños como de los años veinte del milenio pasado, algún pañuelo de encaje y otras minucias que rara vez alguien notaba.

La opinión de quienes se relacionaban con ella, clientes de la farmacia donde trabajaba y compañeros de trabajo era unánime: una señorita amable y silenciosa. La estridencia era lo más lejano a la cineasta aficionada. La conversación con ella era lo más parecido a un encuentro entre viejos: frases hechas, alguna referencia al clima y al estado de las cosas, un acápite en el que cabían quejas varias y habitualmente referidas a la seguridad, las murallas pintadas y el lenguaje deteriorado de los más jóvenes. Las miradas hacia abajo y un meneo de cabeza desaprobatorio acompañaba esos breves intercambios sociales. Ella conocía su personaje a cabalidad y no se salía de él. Incluso sentía que la seguía una cámara o varias en diferente ángulo por lo que también cuidaba sus movimientos que no podían ser amplios o bruscos como correspondía a una extra de escenas cotidianas. Con tantas películas en la memoria del cuerpo, también estaba en su repertorio ser una npc de un film de acción o de terror y entonces correr y gritar como correspondería a un estado de desesperación colectiva. No le había correspondido ese carril de experiencias hasta ahora. Incluso cuando perdió sus tres celulares se trató de hurtos tan silenciosos y suaves como ella.

Una tarde igual que muchas otras entró un cliente que solo hablaba inglés buscando un antihistamínico. Se acordó de la película Hitch, especialista en seducción, solo que no se parecía a Will Smith. Era un hombre alto de unos 45 años, algo pasado de peso y con un pelo un tanto rojizo desordenado y abundante. Ninguna de sus compañeras le entendía, ella se acercó, recordó la escena del benadryl y le dijo algo parecido a − ¿es esto lo que usted necesita? – el extranjero, que resultó ser escocés, la miró con sorpresa y un infinito agradecimiento. Siguió un diálogo mínimo en inglés. Ella sabía algunas frases de películas de memoria y podía acomodarlas a la situación que se requería.

El gringo, como lo llamaban en la farmacia, pasó a ser un cliente habitual. Cada vez que necesitaba algo de higiene personal o algún medicamento pasaba al local y a Elsa le correspondía atenderlo. Él no se esforzaba mucho por hablar español, muy típico de europeos y norteamericanos de visita por Latinoamérica por lo demás. Elsa, sin darse mucha cuenta comenzó a esperarlo y si alguna semana el gringo no aparecía, su humor se oscurecía un poco más de lo habitual.

II

Romuald llegó a Chile por curiosidad, trabajo y desesperanza; había vivido una historia oscura de la que no le gustaba hablar porque sonaba a cliché y a personaje de novela de Emile Zola, marcado por su origen. Prefería pensar de sí mismo como un escapista que oscilaba entre torcer el destino y dejar que la vida ocurriera sin demasiada interferencia de planes que, por otro lado, por más que se había esmerado en delinear, hasta el momento habían resultado muy diferentes del dibujo original. De profesor de historia medieval había pasado a trabajar en casi cualquier cosa en su país y en otros se había aventurado hasta en barcos pesqueros en mares imposibles, como en Noruega y Nueva Zelanda. Esas experiencias, terroríficas y extremas lo habían traído a Cabo de Hornos, hasta que se cansó del frío y de la cercanía de la muerte. Estuvo cerca en varias ocasiones. Lejos de ver el túnel y la luz al final, solo había despertado adolorido y con una sensación de resaca que le recordaba sus noches de cerveza y más tarde whisky en las tabernas de su país. De flacuchento y debilucho con expresión depresiva, había pasado a ser un tipo con fuerza y desgreñado con marcas en la piel y en alguna parte de su manera de ver el mundo y a las personas. Aun con las dificultades de comunicación le pareció vivir algo diferente y mejor con las personas que conoció en Punta Arenas. Siempre encontraba personas que hablaban inglés y pensó que tal vez pudiera quedarse en esa ciudad cuando conoció a una profesora de ese idioma con la que tuvo un romance. Solo que ella tenía la esperanza de irse con él a Escocia y pareció entonces una mala comedia de equivocaciones. Fue avanzando hacia el norte según aparecían otras personas y posibilidades de trabajo. – Son gente confiada los latinos – se repetía, le abrían las puertas de sus casas y le daban ideas para trabajos hasta que volvió a algo parecido a su labor original, hacer clases, pero no de historia de la edad media, sino de inglés en colegios bilingües. No tenían que decirle que no hablara español porque, aunque entendía bastante más de lo que pretendía, sentía una profunda vergüenza de su pronunciación casi inentendible para los locales. Todavía no advertía que los chilenos harían, casi sin excepción, un enorme esfuerzo por comprenderlo y facilitarle las cosas.

Hacía clases en un colegio religioso de La Cisterna, de pocos recursos, pero con altas pretensiones que se sentía orgulloso de tener en su profesorado a un europeo. La primavera traería grandes sorpresas, fiestas nacionales que le resultaron muy sorprendentes y agradables y una alergia impresionante que le tenía la nariz como un porrón: roja e inflamada. No tenía seguro de salud y no sabía cómo ir a consultar a un médico. Había evitado relacionarse con otros escoceses o extranjeros que pudieran orientarlo. Tenía la fantasía de poder arreglárselas solo y hacer como si fuera el único que había llegado a hacerse una vida, aunque fuese mínima, a Sudamérica.

Fue en esas circunstancias que recorrió diferentes farmacias hasta que una mujer entendió lo que quería.

Le llamaba la atención esa forma tan medida de comportarse de Elsa, como si quisiera ocupar poco espacio con su cuerpo y su voz. Un personaje de un cuadro de otra época que le recordaba a alguien, pero no lograba identificar muy de quién se trataba. Le atribuyó cierto misterio y tal vez algo denso y opaco en su interior.

Comenzó a inventar motivos para ir a la farmacia, a veces hasta tres veces por semana. Le habían dicho que los chilenos se duchaban todos los días incluyendo el lavado del pelo. Entonces se inventó una lista de productos de limpieza y otra de igual tamaño de cremas para contrarrestar los efectos en la piel de tanto jabón y champú. No podía ser tan bueno para la piel tanta agua y detergentes a diario. Tampoco quería arriesgarse a oler mal para sus estudiantes adolescentes y colegas profesores.

Durante un mes y medio no fue a la farmacia porque se dedicó a recorrer Santiago cada tarde después del trabajo, había muchos datos en las redes sociales del patrimonio arquitectónico y si bien, nada podía ser tan impresionante como Europa, no dejaban de tener encanto las construcciones un tanto pretenciosas y al mismo tiempo sencillas de tiempos fundacionales de la capital.

Se imaginó caminando con Elsa en esos paseos y volvió a la farmacia. Su conducta hasta ese momento había sido la de un adolescente, solo miradas, frases cortas y sonrisas apenas esbozadas. Ridículo.

III

Cuando Elsa lo vio entrar de nuevo, no pudo evitar sonreír y levantar las cejas demostrando una alegría genuina y sin disimulo. Al advertirlo casi se asustó y su rostro volvió a la expresión de siempre; se acercó a Romuald que en lugar de fingir que necesitaba comprar algo le dijo que la invitaba a tomar un café a la salida de su trabajo esa misma tarde. Elsa aceptó como si se tratara de algo que le sucedía a menudo.

No pudo concentrarse más, se miró y se arrepintió de no haberse comprado el vestido que se había probado, ese tan diferente a todo lo que tenía. Al menos llevaba sus aros en la mochila y un pañuelo que pondría un toque diferente a la polera gris que llevaba.

Se las arreglaron para hablar entre diálogos de películas y frases en español champurreado. Ella lo vio como un personaje de una película de aventuras, recio, valiente y al mismo tiempo complejo y sensible: Indiana Jones en persona, Romuald a ella como un cuadro de Hopper, una mujer con historias inconfesables disfrazada de correcta a la espera del azar representado por él.

Entre la advertencia de Romuald de los diálogos de películas que Elsa distribuía en sus conversaciones y la evitación de él de sus historias antiguas de delincuente de poca monta, que ella descubrió se encontraban detrás de los disfraces de explorador del planeta, vivieron el mejor romance que cada uno se pudo imaginar al lado del otro. Sin que ninguna escena fuese real.

 

 

 

 

 

 

 



[i] NPC: non player character


lunes, 5 de mayo de 2025

Columbo y Columbo, los últimos humanos.

 


− ¡Tanto tiempo sin vernos Columbo!

− Sí, ¿alguna explicación?

− No, la vida no más y el temor.

− ¡Uf! Por supuesto, como si no lo conociera, el temor a molestar ¿no es así?

− Y más, usted me conoce, pero no perdamos más el tiempo ¿a qué se debe este café?

− Al otoño, a la celebración del frío y a la sorpresa de que tal vez seamos los últimos humanos.

− Lo noto apocalíptico. ¿se refiere a la guerra comercial?

− No, a algo que comenzó antes que eso. A la muerte paulatina de la conversación.

− ¡Ah! un tema apasionante. También he pensado en eso. Son escasas las conversaciones, pero tal vez los son desde hace mucho, la mayoría de las veces parece que las personas conversan, pero más bien es un intercambio de frases hechas por la buena costumbre, sin muchas ideas. Incluso se evitan tópicos que pudieran llevar a discrepancias como si fuera una especie de amenaza al vínculo.

− Entonces usted, tan pedante como siempre, solo llama conversación a la discusión de ideas inteligentes o algo así. No concuerdo, tal vez yo sea más básico, más torpe, más naïve

− Ja ja ja y usted, tan burlón como siempre, no desaprovecha ninguna oportunidad para desacreditarme ¿no?

− No es muy difícil la verdad. Fuera de bromas, una expresión muy cliché, por supuesto, me refiero a verse las caras, a hablar, inclusive a balbucear, lo que sea con otra persona, aunque se trate de temas absurdos. Tal vez nosotros seamos los últimos que podemos decir algo sin recurrir a la IA.

− ¿Cómo? No estoy familiarizado con eso.

− ¡Se me olvida lo viejo que es usted!

− Agradezca que recién nos trajeron el café, si se va a poner desagradable, mejor me voy. Y por si no se acuerda, tenemos la misma edad.

− ¡Ay! Tanto y tan rápido que se ofende. Disculpe Mr. forever young, no sé qué me pasa hoy que no puedo ponerme serio en este encuentro. ¿sabía usted que ahora cuando chatea no puede saber si es una persona la que le contesta o la IA es la que responde?

− ¿En los trámites? Como las páginas de los bancos, pedidos de gas y esas cosas supongo.

− ¡No pues! En un chat con amigos, una persona natural o varias. Si la respuesta es muy ordenada, lógica y sin faltas de ortografía hay que desconfiar, puede tratarse de una aplicación que su interlocutor usó para darle una respuesta adecuada según varios criterios.

− ¡No me diga! ¿usted ha usado esa aplicación para chatear conmigo? En general su escritura es correcta y adecuada.

− Jamás la he usado, menos con usted, es una deformación profesional eso de poner puntos, comas y, por lo demás, hace mucho que no chateamos y me parece bien. De otro modo estos encuentros no tendrían sentido ¿no le parece?

− Por supuesto, en eso estamos de acuerdo, aunque como usted es yo y yo usted, ambos sabemos que de no ser por el chat estaríamos muy aislados.

− Cierto, ninguno se destaca por las habilidades de conexión. Usted detesta hablar por teléfono y a mí me es difícil empezar, pero bueno aquí estamos. Así es que tal vez sí seamos los últimos humanos con recursos de la especie, aunque ya posiblemente contaminados con micro plásticos y las correcciones del autotexto.

− Sí, humanos puros, puros tal vez ya no seamos.

− Al menos conservamos algunas cualidades de lo humano, aquello de la autoconciencia y de la narrativa personal.

− ¿Ha estado leyendo algo que trate sobre eso en el último tiempo?

− Sí, pero no recuerdo dónde, tal vez lo escuché, en fin, es un tema antiguo, los humanos nos caracterizamos por contarnos historias acerca de todo, intentamos explicarnos las cosas en una sucesión de eventos que tal vez incluso no ocurrieron o no en el orden recordado.

− ¡Ah! Claro y a usted le obsesiona eso de los archivos mentales y las emociones que los traen a la conciencia teñidos de diferentes colores.

− Y a usted le atrae la idea de que las explicaciones acerca del comportamiento de uno mismo y de los otros no son más que acomodos según las teorías de la mente que impere en ese momento para los interlocutores o en ese estado de doble conciencia que establece el diálogo interno.

− Como esta conversación ¿no?

− y como cualquier conversación. ¿No son los otros lo que uno cree de ellos?

− o podría ser que uno crea a los demás, uno les atribuye características, motivaciones, deseos, temores.

− No sé, es una exageración me parece. Uno hace cosas, los demás también.

− Sí, pero las interpretaciones son de quien las hace. Claro, tampoco es que estemos en una alucinación constante…¿o sí?

− Oiga, pero entonces, el concepto de uno mismo también es un invento, otro cuento más o narrativa para que suene más sofisticado ja ja ja.

− Se nos acabó el café con leche ¿quiere unos panqueques para seguir conversando?

− Por supuesto, en eso no hay dos versiones del mismo yo. Y otro café con leche.


viernes, 25 de abril de 2025

Don Mario

 


Casi todo el año pasado y lo que va de este me lo he pasado escuchando biografías, conferencias, audiolibros y otras curiosidades mientras hago otras cosas: conducir, jardinear, cocinar, ordenar y el sinfín de tareas domésticas repetitivas, invisibles e infinitas. Extraño la música, es cierto y cada vez que quiero escuchar algo me aparecen enseguida más videos y podcasts porque yo misma he ido alimentando el algoritmo de mis preferencias o laberintos de palabras diría un admirador de Borges.

Las biografías son, por lejos, una debilidad o una preferencia marcada en mis ´me gusta´ que toman la forma de corazoncitos rojos y pulgares para arriba en las plataformas digitales. A veces no tengo la posibilidad de detener la reproducción automática y así conocí a Don Mario, me refiero a Vargas Llosa por supuesto. Di con una conferencia que dio [1] en la universidad Diego Portales, sin buscarla. Esa fue la primera vez que lo escuché. Más allá del contenido, al que en esa ocasión no presté demasiada atención, me impactó su forma de hablar, esa voz firme y coherente con la claridad de sus ideas. Sin titubeos, muletillas ni rodeos innecesarios, como si hubiera tenido un archivo mental escrito y ensayado en modo de autoejecutable, pero dicho con entusiasmo y convicción. Me pareció un hombre viejo con una inteligencia muy superior y, sin embargo, sin intenciones de agraviar a otros con esa superioridad intelectual. Al revés, tenía la particular habilidad de hacer parecer fáciles algunos conceptos en los que otros pueden darse muchas vueltas y volteretas acrobáticas para deleitarse en su propia habilidad de volverse ininteligibles.

Desde ahí empecé a buscar entrevistas, foros y otros en los que participó y de los que quedaron registros. Escuché su biografía según diversos oradores, tarea esencial si se quiere una visión más amplia y caleidoscópica de alguien por eso de los sesgos, los inevitables sesgos. Escuché sus opiniones respecto de diversos temas y las reacciones de sus contemporáneos. Me metí, de puro copuchenta, a conocer más detalles de su singular vida amorosa y los juicios que enfrentó en cada circunstancia. A partir de esos pelambres me puse a leer La Tía Julia y El Escribidor y me resultó difícil porque me interesaba la historia con la tía y las otras interminables anécdotas me distrajeron. Todavía no lo termino. (lectora pecadora que deja libros a medias). Seguí escuchando entrevistas, conferencias y anécdotas de la vida del escritor. Porque cuando a una le da, ¡le da!

Escuché encantada la historia de Víctor Hugo, salpicada con detalles sobre Flaubert[2]. Es hipnotizante, divertida y al mismo tiempo muy técnica esa conferencia. Es para repetírsela como una buena melodía.

Y se murió.

Los videos, opiniones y juicios de multiplicaron y siguen reproduciéndose como el COVID en sus mejores tiempos. Los juicios negativos por su historial amoroso y opiniones políticas están a la par de los elogios por su talento como escritor y orador.

Un señor con una vida llena de historias y anécdotas que solo parecen ocurrir en el transcurso del tiempo de quienes pueden contarlas. Un humano tan contradictorio como no se puede más, alguien capaz de escribir La Sociedad del Espectáculo y luego emparejarse con la reina de la farándula para después volver a la casa de su ex y su familia. Un señor capaz de enfrentar toda clase de preguntas, algunas francamente agresivas, y responder con claridad por su valiente defensa de la moderación y la libertad en una ya larga época en que lo más fácil es rendirse a los extremos y lisonjear a la cultura mainstream.[3]

No me he pasado solo escuchando a Mario Vargas Llosa, también, buscando cómo hacer un paseo a Lonquimay, me encontré con la historia de la masacre de Ranquil (1934) y también me dio, escuché muchas versiones de lo mismo y todavía me faltan más. Me puse a imaginar cómo ese horrible conflicto afectó y sigue afectando a personas que eran vecinas y luego enemigas. El silencio se instaló por años entre ellos y me parece entender por qué. Vargas Llosa hubiera escrito una gran novela sobre esa historia terrible.

 

 

 



[1]  De la utopía a la libertad, UDP https://youtu.be/G6Zgq6voolo?si=IIl60mZF4jMtbwMG

[2] MVLL Mis pasiones literarias https://youtu.be/SLYic6Z1bPY?si=0x3Cai8J_eVXQoEM

[3] MVLL, sobre Gabriel García Márquez https://youtu.be/BcDlwT7Clyw?si=6wRaaNNj1rD8iqRK


martes, 22 de abril de 2025

Perfil ideal

 




En una medida desesperada, exagero por supuesto, me puse a buscar en Linkedln lo que ahora se considera una trabajadora ideal y no me vengan con eso de que depende de la empresa, del clima, del perfil del jefe superior. Hay palabras que se ponen de moda y parece que hace rato estoy hablando otro idioma o entiendo todo mal. No sabía si actuar como una profesional dispuesta a la esclavitud más absoluta, con tal de ser parte del proceso de consecución de objetivos, y entonces, disfrazada de joven con enorme potencial, casi hacer una venia a quien quisiera contratarme; o mostrarme como alguien con una confianza a toda prueba, con condiciones de liderazgo del que se necesitara: participativo, autoritativo, apreciativo, situacional, transaccional, pero con sólidas convicciones personales.

O tal vez hacer propias esas listas de lo que dicen que hacen las personas de éxito: levantarse a las cuatro de la mañana, hacer actividad física, comer en las horas que lo permite el ayuno intermitente, siempre que se trate de comida cocinada por una, con mucho huevo, verduras y tés de hierbas que no conozco; vestirse con colores neutros, de manera que quede en evidencia el buen gusto y dinero, pero sin ostentar; pensar positivo todo el día y al mismo tiempo estar conectada con las emociones, pero no tanto como para perder el control y desregularse, pecado capital fuchi fuchi, de lo peor que le puede pasar a alguien en cualquier circunstancia. Conmoverse sí, pero con clase. Llorar sí, pero sin sollozos ni mocos, reírse sí, pero sin carcajadas que puedan irrumpir en el espacio personal del otro. Aprender también para qué es aceptable querer tener dinero, no por ambiciosa, no por superficial, sino para viajar, aprender, disfrutar de la naturaleza, de los sentidos, de la compañía de personas que sumen. No para pagar un arriendo, para llegar a fin de mes en azul y menos mencionar el ahorro para períodos duros porque alguien de éxito no piensa en que algo puede resultar mal. En los hobbies hay que incluir la lectura de al menos dos libros al mes, para eso hay resúmenes en podcasts de moda, la meditación, alguna manualidad y el orden inmaculado del dormitorio y todo el espacio vital.

Llevo casi seis meses sin trabajo porque renuncié, pero tampoco puedo decir con sinceridad lo que me pasó porque está mal visto hablar mal del lugar anterior en donde una fue a caer, pero aquí lo puedo contar: estaba trabajando con un jefe tan mediocre que hasta una vez lo escuché decir que me había seleccionado porque me encontró útil, pero tontona, así es que jamás podría ser una amenaza para él, no se me iban a ocurrir ideas aportadoras y tenía el perfil de aplicada obediente que él requería para seguir siendo indispensable. Lo escuché cuando hablaba con un amigo por teléfono, así de huevón. Me había dado cuenta de cómo parasitaba de todos los integrantes del equipo, se apropiaba no solo de las ideas, también de las críticas a distintos proyectos de manera que frente al gran jefe aparecía como un tipo leal y al mismo tiempo independiente de pensamiento. El tipo vivía pensando en cómo posicionarse mejor, cómo convencer, y convencerse, de lo indispensable que era en el negocio. Nunca conocí a alguien tan centrado en los rumores ¡ni en el colegio! Estaba pendiente de quién y para qué entraba alguien a la oficina del gerente general, se quedaba todo lo que podía hablando con la secretaria, hasta corrieron rumores de que tenían onda, pero yo me daba cuenta de la cara de la pobre. Al principio lo trataba bien, pero luego ya le parecían odiosos sus interrogatorios y ponía malas caras sin disimulo, él único que no se daba cuenta, o no quería hacerlo, era ese tipo. A mí me dijo que era casado, después sospeché que hasta eso era una mentira para parecer correcto, acorde al cargo, pero no, había una mujer en el mundo dispuesta a aguantarlo. − La necesidad tiene cara de hereje − decía mi abuela para explicarse esas uniones raras.

El gerente debe ser harto de las chacras también, o naïve, para decirlo de mejor modo, que no se da cuenta de la calaña de su ´mejor colaborador´ como lo llamaba en los tres aniversarios de la empresa en los que alcancé a estar.

A mí me trataba, al comienzo, con máxima distancia laboral, Azucena para allá, Azucena para acá, (qué le voy a hacer, así me pusieron mis padres); revise estos informes por favor y haga comentarios. Tenía que detectar fallas en los manuales, en la descripción de procesos, si los gráficos eran los más adecuados para mostrar los datos, si estaban acorde a las normas de calidad de la empresa y si, así como iban los avances, se alcanzarían los plazos propuestos por los clientes. Eso era al principio, después me tocaba ir a verificar en terreno si era efectivo que las cosas se hacían como se decía en el informe y encima proponer mejoras porque había que optimizar los presupuestos y mejorar la productividad. A los trabajadores de las diversas áreas les parecía raro que me metiera tanto en sus tareas, me fue difícil al principio, nunca he sido confianzuda y a cada rato decía que eran órdenes de arriba, eso abre puertas, pero no cierra sospechas y ahora que estoy afuera me han contado que pasé por toda clase de atribución de intenciones, ninguna buena por supuesto.

De tanto trabajo y tan distinto, al año conocía en detalle lo que hacían casi todos. Propuse automatizaciones de procedimientos y de a poco, sin darme cuenta casi, comencé a anotar las falencias que según yo había en cada unidad y en rojo lo que a mí me parecía que había que hacer para remediarlas. A veces eran tonterías como que si se dispusieran las máquinas en una orientación diferente se facilitaría el desplazamiento de los trabajadores y mejorarían el tiempo de respuesta e incluso habría un menor índice de accidentabilidad.

Eso detonó mi salida, mi jefe andaba en Dubái, porque se las había arreglado para que le dieran los mejores viajes en busca de innovaciones aplicables a la empresa. Llegaba de cada destino con carpetas de folletos, cotizaciones, fotos e ideas que eran estupendas si se hubiera tratado de una fábrica de autos de fórmula uno, pero la empresa se dedicaba al armado y reparación de maquinaria agrícola. Como el verso arregla todo y siempre se las ingeniaba para decir que no se trataba de copiar sino de llevar prácticas de un ámbito a otro para que se tratara de verdadera innovación y no de réplicas de experiencias, el gerente le seguía creyendo.

Un trabajador se enredó en un cable, cayó mal, quedó hospitalizado por un TEC cerrado y fractura del antebrazo, de cúbito y radio, decía el informe. Ese día todo estaba mal, la tormenta perfecta de errores, ausencias y encima, apagón en la ciudad. Esos asuntos nunca llegaban al gerente, pero como ese día todo estaba raro, terminó casi él mismo resolviendo la tremenda escoba que quedó. Un compañero del trabajador accidentado detuvo un proceso para que no se dañara el generador y estalló otra máquina. En realidad, pudo ser mucho peor, casi nos incendiamos por completo.

Yo me encargué de la UPS, si nos quedábamos sin información ya era el colmo. Estaba verificando algunos puntos cuando me llamó a su oficina el gerente. Estaba casi al borde del ataque de pánico, hacía todos los esfuerzos para controlarse, era como si necesitase que alguien le dijera que todo iba a estar bien, que podía respirar tranquilo, nadie se murió y las pérdidas del día eran recuperables en un plazo breve. Entendí por qué confiaba en un chanta como mi jefe, que por lo general hablaba como si tuviera un doctorado en todos los temas, le daba certezas que nadie tenía, lo tranquilizaba y le hacía sentir que las cosas estaban bajo control.

Me preguntó miles de cosas, detalles incluso insignificantes y yo le dije que para ordenarnos deberíamos ir por áreas y saqué mi tabla eterna de puntos a mejorar. Se calmó, respiró profundo y me pidió que se la compartiera. Le dije que si quería la arreglaba para que la entendiera porque estaba llenas de abreviaturas personales y observaciones que no se entendían sin contexto. Ya era tarde y había que irse, me dijo que cuando volviera mi jefe se la presentara con él en una reunión.

Eso hice, mi jefe volvió de Dubái, feliz y lleno de ideas, ninguna suya. La atmósfera se volvía pesada e intranquila cuando estaba mi jefe, los que podían evitarlo lo hacían, yo no podía porque era la mano derecha del mano derecha. La reunión con el gerente quedó para la tarde, me persiguió toda la mañana para que le presentara antes a él o que al menos le enviara un resumen. Con tantas cosas a mi cargo, que él mismo me había asignado, y dado que el tiempo no es tan elástico como él quiere, no alcancé. Tampoco es que tuviera muchas ganas. 

La dichosa reunión se hizo después de almuerzo. Apenas entré me di cuenta de que mi jefe se había ganado la antipatía de los otros de su misma jerarquía, le preguntaban con tono cínico acerca de su último viaje, si ya tenía listo el siguiente destino y parecían un grupo de envidiosos sin ganas de disimular sus malos sentimientos. Recibí muchas preguntas y buenos comentarios mientras presentaba. La jefa de mantenimiento me dijo que ahora entendía que anduviera metida por todos lados, que podía ver que estaban los elementos para una estrategia general de mejora de flujos que ella encontraba indispensable. El gerente general tenía una expresión extraña, no soy muy buena detectando caras parece porque no sabría decir si estaba confundido, enojado o tenía sueño. Preguntaba poco y prefería comentar a mi jefe sin que los demás pudiéramos escuchar. Al final, creo que más por la antipatía hacia mi jefe que por mi presentación, me felicitaron más de lo necesario y uno se atrevió a aplaudir sin que los demás lo siguieran. Mi jefe hizo lo de siempre, se atribuyó muchas observaciones e ideas. Hasta el gerente miró hacia abajo y comenzó a sonreír meneando la cabeza de lado a lado. Yo no dije nada, me despedí y agradecí el espacio de la reunión. No sé, buenas costumbres de la casa, hábitos de provinciana serán. 

Ellos siguieron por más de una hora y yo volví a lo mío. Mi jefe me llamó a su oficina en cuanto salió. Me trató de lo peor, la verdad me sorprendió, y me acordé de eso de tontona y obediente, esperaba alguna clase de reconocimiento la verdad, en lugar de eso me dijo desleal, mosquita muerta, escaladora, desclasada, ineficiente y casi me culpa del accidente del trabajador. Lo vi como una especie de dragón de poca monta que me lanzaba llamas y malos olores por su boca y que su único objetivo era verme llorar. No sé cómo, pero logré parecer tranquila. Escuché su perorata abyecta y casi podía verlo convertirse de dragón en gusano.

- ¿Terminó? 

- Sí, sal de aquí. 

Si hubiera podido creo que me hubiera empujado, a cambio dio un portazo sonoro y cobarde.

Lo que vino fue peor, por semanas me sobrecargó de tareas estúpidas e incoherentes entre sí, cambiaba las prioridades a cada rato de modo que no podía avanzar en nada. Además, tenía que avisarle de cada llamada de otra unidad que recibiera. Y yo lo hacía, obediente, claro. Calzaba con mi perfil.

Comencé a cansarme como nunca antes. Un par de días llegué atrasada porque dormía mal en la noche y no escuché la alarma del teléfono. Era fin de mes. Llegué y revisé mi liquidación de sueldo, venía con un error grosero, harta plata de menos. Me estaba poniendo de pie para ir a preguntar qué había pasado cuando entra mi jefe con un papel de observaciones, una genial idea del departamento de recursos humanos, para que firmara los atrasos y el descuento en puntaje que eso tendría en mi evaluación de desempeño. 

Me dio la locura, reventé. Agarré el papel, lo rompí y lancé los pedazos a su cara, comencé a gritarle de todo: gana pan, chueco, miserable, mediocre, chupamedias y poca cosa, como me quedó gustando ese último insulto lo repetí gritando más fuerte con mayúsculas y separando las sílabas PO CA   CO SA. Tomé mi cartera y renuncié. 

Aquí estoy, buscando trabajo y rogando para que no llamen a mi exjefe para pedir referencias mías. Una amiga me recomendó que fuera a un coaching laboral . Fui y me dijeron que tenía que trabajar mi control de impulsos, tolerancia a la frustración, aprender a poner límites y mejorar mi asertividad.



miércoles, 16 de abril de 2025

No sé mañana

 

Foto de Heber Vazquez: https://www.pexels.com/es-es/foto/puesta-de-sol-mujer-silueta-tarde-15969258/


La escena era tan absurda que se reía sola. Solo que después, durante la ocurrencia de los hechos no podía sacarse el traje de seriedad y formalidad que según ella correspondía a su rol de ejecutiva de pensiones. Siempre con la mirada en el beneficio del cliente, pero sabiendo que debía captarlo como fuera. Si sonreía de una manera muy espontánea todo podía irse al carajo, solo podía esbozar un rictus de agrado que generara confianza y nada de familiaridad que pudiese parecer una cercanía sospechosa. Vestía un correcto pantalón negro, un sweater gris con escote en v que dejaba ver una blusa blanca inocua y un infaltable blazer pasado de moda.

Cuando en la compañía vio la agenda de visitas del día aparecía Héctor Mardones Cabrera. Trataba de recordar los nombres para reforzar aquello de la atención personalizada y que la asesoría pareciera más bien una conversación en lugar de una venta de servicios. Le habían preparado la carpeta para don Héctor con sus datos de cotizaciones y ahorros previsionales voluntarios, llevaba también las propuestas de renta vitalicia que, dadas las condiciones de incertidumbre del mercado, era la única opción vendible. Ella hablaba en porcentajes, probabilidades y trataba de evitar conceptos como enfermedad, muerte y siniestralidad. Trataba de utilizar conceptos como esperanza de vida, tranquilidad, seguridad. Las palabras importan, le decían en cada capacitación de ventas. Además, recalcaban hasta la caricatura las diferencias generacionales y la adaptación a los usos sociales de los mayores. Para eso se requería observación de los detalles, fíjense en el pelo, por lo general acompañaban esa frase con un chiste viejo y repetido – ¡si es que les queda! – ojo con la ropa, en el maquillaje en el caso de las mujeres, miren la postura corporal. Todo iba dirigido hacia la determinación de la actitud del cliente: se trataba de un viejo con ganas de seguir trabajando hasta la muerte, de alguien cansado cuyo máximo sueño era irse a la casa a ver películas; de una persona previsora con una cartera de inversiones diversificada que tenía planes hasta para tres vidas más, de alguien que nunca planificó nada, solitario o sociable. En fin, y por supuesto, la entrevista debía determinar si había personas dependientes de su futura pensión, si había fondos compartidos y una serie de factores, cada uno con un puntaje asociado.

La ventaja de su trabajo era que pocos estaban informados, parecía casi un estado de negación aceptado por grandes grupos, ella misma había entrado a trabajar en ese rubro porque casi se cayó de espaldas cuando vio su propia pensión. Además, era más sana de lo que esperaba y por lo tanto debería prodigarse más ahorros a cómo diera lugar. Sonaba raro considerar un problema lo de la extensión de la expectativa de vida. Dar información actualizada y de forma sencilla era su forma de sentir que contribuía y no era una pieza más del sistema esquilmando a trabajadores que cumplieron las reglas del juego. De paso, cada cliente era una contribución más a su fondo para el futuro.

II

Comenzó a sonar una salsa, los versos repetían casi palabra por palabra el argumento que Eva quería escuchar y que cualquiera de su edad tenía tan aprendido como un rezo o una poesía de los años escolares para iniciar una aventura de gente grande. – [1]yo no sé mañana −. Su compañero de baile era guapo y bailaba, daba lo mismo cómo, el punto era bailar. Sentía su mano en la espalda y luego, sin hablar estuvieron coordinados en un discurso interno mutuo que solo requería movimiento, risas y miradas.

Que mal que estuvieran presentes tanta gente que la conocía, mal que mal la vida continuaría y vería de nuevo a muchos de los que la miraban mientras bailaba con el guapo de la fiesta. Que raro se sentía eso, de haberlo experimentado en la adolescencia, la historia sería otra, pero a estas alturas en que ya pocas cosas importaban, seguía pendiente del buen concepto que otros pudieran tener de ella. Las amigas la buscaban para decirle con el pulgar que les gustaría estar ahí. Eva esquivaba el contacto. Algunas le decían cosas que no lograba escuchar. ¿Por qué a algunas personas parecen querer conversar en contextos donde es imposible? Esta vez le tocaba el rol de la suertuda del baile y no iba a desaprovechar la oportunidad de disfrutar ese territorio.

Era casi divertido hacerse la indiferente a las miradas acosadoras que querían y al mismo tiempo no, ser testigos de los avances en el contacto físico. Era parte del juego de las mujeres y hombres en el baile. Podría ser un buen chisme, podría ser un excelente chisme, de esos que permiten juzgar a otros y al mismo tiempo posar de sabios consejeros y decir las frases maduras que todos han aprendido en la tribu, desde siempre, pero también estaba el deseo, de los otros, de que no ocurriera nada y así todo quedaría en el plano de la fantasía y los juegos peligrosos.

A veces, para escapar de sus propias sensaciones, solía imaginar que su conciencia sobrevolaba encima de distintas situaciones, se separaba entonces de la escena para observarla desde otro ángulo. Podía casi advertir desde lo alto la dinámica de los acercamientos de los grupos y cómo se armaban y desarmaban alianzas momentáneas según la música y otras intenciones. Se distraía en esas observaciones mientras esperaba alguna explicitación de intenciones, un secreto acuerdo de salir, él primero y ella después, para dar curso a lo que era tan evidente, al menos para ella: ese deseo que surgía a borbotones por tanto contacto entre los cuerpos.

Podría haber argumentado cualquier cosa, la letra de la salsa con la que comenzaron a bailar, la inminencia del fin del mundo en el 2012, la naturalidad de la biología, lo que fuera y ella hubiera dicho que sí incluso a alguna propuesta vaga. No importaba si no sabía siquiera su nombre. Podría haberse ofrecido a llevarla a su casa con un breve desvío. Eva quería decir algo, pero de un modo fantasioso sentía que había dicho todo cantando las canciones que se sabía y que su cuerpo la había delatado en cada movimiento, en cada acercamiento.

Terminó la fiesta y cada uno partió por su lado, con una despedida tan formal como los manidos saludos cordiales al final de cada correo electrónico. Soñó con el guapo de la fiesta esa noche y otra más.

III

Cuando la secretaria le dijo a Eva que pasara a la oficina de don Héctor Mardones, que la estaba esperando se encontró, doce años después, con el guapo de la fiesta. Lo reconoció por los ojos, la sonrisa y el porte. Simuló no conocerlo dando por sentado que él no había notado su presencia en esa fiesta tan lejana a estas alturas. Se presentó y comenzó el habitual despliegue de su discurso técnico diciendo lo de siempre – seré breve don Héctor, se ve que es un hombre ocupado− a todos les gusta oír eso porque casi no hay nada peor visto que alguien que no es productivo durante todo el período de vigilia y tal vez incluso durante el sueño, que debe ser reparador, de mínimo siete horas y ojalá más, sin interrupciones ni pesadillas que puedan revelar alguna acumulación del temido cortisol. Una vez que le entregó la carpeta con la información de su caso y Héctor la leía rápido, recorrió con la vista la oficina. No era muy diferente de otras que había visitado en ese mismo edificio de Vitacura, muchos ventanales, madera oscura, buena temperatura y minimalista, tal vez su escritorio estaba un poco más desordenado que otros, con notas y gráficos dibujados en hojas dispersas encima, hábito que aún tenía la generación de personas que comenzaban a planificar su pensión.

El potencial cliente, vestía de azul en distintos tonos, clásico y correcto. La corbata revelaba su conservadurismo más que la posición jerárquica en su trabajo. Le agradó su formalidad, Eva no soportaba a aquellos que la tuteaban y lanzaban risotadas de la nada haciéndose los vivarachos y seductores como si pudieran logran más intereses en sus fondos por sus intentos de envolverla en una seudo relación amistosa.

Era agradable Héctor. Formal y distante, pero interesado en entender y preguntar lo necesario.

En un nuevo sobrevuelo sobre esta escena le pareció que la vida era extraña por la forma en que se dibujaban los encuentros y desencuentros, ahí estaba el absurdo que casi la hacía reír, pero ya era una maestra, casi, en el control de sus expresiones.

−No se me ocurre qué más preguntar para alargar esta reunión, estoy seguro de haberla visto antes y solo se me viene una canción a la mente. Dijo esto con una inesperada y amplia sonrisa, retirándose los lentes de lectura para mirarla de frente.

Eva ordenó la carpeta y se levantó para despedirse, se acercó un poco y en una conducta muy fuera de su repertorio habitual, cantó un pedazo de la salsa que había bailado con él “yo no sé si tú, no sé si yo…”.



[1] Luis Enrique, Yo no sé mañana, https://youtu.be/2PVi95J-FMo?si=qUB36Q6g0eagJEMm

 

Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...