Foto de Aswin R S: https://www.pexels.com
Pocas cosas le provocaban a Nadia la sensación del deber cumplido como ubicar en alguna parte del librero un ejemplar terminado. Ese recorrido desde el velador hasta el mueble se había transformado en un camino larguísimo porque era moderna y como tal, tenía el celular demasiado a mano y con ello las adicciones propias de la época. Demasiadas cosas en apariencia interesantes dejaban la lista de pendientes cada vez más larga e imposible de cumplir.
Ese día, antes de cualquier otra cosa, se apresuró a dejar empezado el siguiente libro, aunque era una convencida de que había que dejar un espacio a la degustación del sabor de la historia cerrada. Las historias, escritas o no, se saborean, se disfrutan, se gozan, se sufren con lo que traigan y empezar otra de inmediato parece injusto para la anterior y la siguiente. Solo que a veces se perdía en la historia anterior demasiado tiempo.
Luego, comenzó el día con las rutinas y era buena esa sensación de seguridad involucrada en tener cientos de cosas que hacer, desde los detalles nimios que desaparecen casi enseguida hasta otras más relevantes como ir al trabajo. Le parecía bien que hubiera un uniforme y evitarse la molestia de vestirse ad hoc a la temática, el clima y su cuerpo. La edad ya no era un criterio, al revés, la prohibición era usar el número de años como excusa. Lo prohibido es envejecer y sus hijas adolescentes se lo dejaban en claro a cada instante: −la mamá no entiende, no está al día, las otras mamás sí saben de skincare, de los chistes actuales, del lenguaje, la moda, la música −. La lista era interminable, le parecía curioso que hablaran de ella en tercera persona, como si no estuviera ahí, pero al mismo tiempo entendía la provocación, que luego daba lo mismo porque hacía tiempo ninguna escuchaba su respuesta. Por lo demás, había hecho suya la frase de una actriz canosa − ¡dejen envejecer tranquila! – para, segundos después, empezar a averiguar sobre los últimos tratamientos y evaluar si gastar sus ahorros en hacer trampa a la naturaleza tendría algún beneficio real.
Porque, como fuera, todo parecía ser evaluado de esa manera, la inversión versus el beneficio. El modelo económico calando hasta los huesos. Muchas veces se sorprendía a sí misma evaluando la vida sobre ese criterio, cuando, al mismo tiempo, era una convencida de que las decisiones más importantes no tenían nada que ver con ganar o perder. O más bien que esa fórmula no le había servido en los momentos más cruciales. Porque, al menos ella, no se había dado cuenta de cuándo habían ocurrido esos momentos claves sino mucho tiempo después y ese lapso puede ser de cinco segundos a varios años. Además, esa sensación de ser tan típica le jugaba un flaco favor a su trabajo en desarrollo organizacional. Su especialidad era la gestión del cambio y lo hacía bien, convencía a los equipos de trabajo con una retórica cargada de filosofía salida de Instagram y los videos cortos de YouTube y Tiktok, sus actividades estaban cargadas de frases gringas traducidas de forma literal o en inglés directamente. Los juegos o dinámicas de grupo le parecían infantiles, pero de un modo que no lograba entender, a los adultos treintones y cuarentones, les resultaban muy cómodos. Se resistía todavía a hablar en tono agudo y terminar las frases como pregunta, porque mantenía manías de hija de profesora de lenguaje y de un padre contador meticuloso en casi todo. La viudez la dejó en posición de no poder seguir con el plan soñado, irse al sur, ver crecer a las niñas allá y dedicarse a alguna actividad agradable, al menos en la fantasía: aprender manualidades, hacer un huerto orgánico, poner un café para turistas, una imagen muy típica que compartía con Manuel, su entonces marido, que parecía determinado a hacer todo lo posible por tener los recursos y partir un día, los cuatro, a esa aventura donde hubiera mucho verde, flores, árboles y sitios cercanos para acampar. Se le ocurrió morirse en un accidente en la carretera cuando las hijas tenían cuatro y dos años y medio. Ella tenía treintaitrés años y nada salió como estaba planeado. Volvió a la casa de sus padres y no hubo mucho espacio para lamentos. No recordaba con mucho detalle ese período y tampoco es que le importase saber cómo sobrevivió. Hay túneles y abismos que no quería explorar. Ahora, en los cuarentaidós, podía respirar un poco más tranquila sabiendo que pudo continuar y que vivía los ciclos vitales como casi todas las mujeres. La campesina interna que se iría a su tierra debería esperar para una próxima vida. Hay gente que cree eso. En esta le correspondía ser una capitalina que predicaba un evangelio en el que no creía, pero que le permitía pagar las cuentas.
Se había forzado a no pensar más en Manuel y todos los hubiera sido que se asociaron a su existencia. A veces pensaba que fue tan poco el tiempo compartido que de seguro lo había idealizado y más aún por cómo murió. Pocos mencionaban que iba acompañado en ese accidente y nadie quería hablar de quien era, hasta que se enteró porque era evidente que así sería. Era la polola de siempre hasta que ella irrumpió en la historia de Manuel. Se quedó con miles de preguntas que no tendrían respuestas y que mezclaron el dolor con una angustia secreta y silenciada.
Hay personas que se dulcifican y acobardan con el dolor y otras que se vuelven huidizas y cínicas, Nadia pertenecía al segundo grupo, pero disimulaba bien. Podía hasta enternecerse con circunstancias que le parecían nimias e inclusive dar con el tono justo para ayudar a abrir la panorámica a otros y entonces dar con salidas alternativas.
Hoy era el primer día de trabajo directo con los equipos de una empresa, casi institución, que iba a comenzar un período de profunda transformación. Ya habían despedido a todos los que no se ajustaban a la nueva estructura tecnológica y al modelo de negocios. Los que quedaban estaban aliviados y también ansiosos y resentidos por la sensación de estar sometidos a una especie de reality de sobrevivencia en donde podían verse aún a los caídos en el período previo de selección. Ese trabajo estaba hecho y Nadia no formaba parte de los corta cabezas, a ella le correspondía presentar la siguiente etapa que consistía en un nuevo comienzo colorido y esperanzador. Una especie de duelo express y un pongámonos a la obra que no hay más alternativa.
Debía comenzar con dinámicas activadoras, para sus adentros se daba la instrucción de It´s show time, sonreía y sacaba su mejor voz de persona alegre, conectada con sus emociones, empática y llena de energía. − ¡Holaaa! Buenos días – en los primeros minutos se jugaba su posición y la de los otros. Podía identificar de inmediato a quienes se iban a entregar por entero a la actividad, los que estaban ahí por absoluta obligación y a los que se esforzaban por disimular su cara de resentimiento con todo el proceso vivido.
− ¡Vamos a activarnos! Pónganse de pie, estírense, así, ¡con ganas!, sáquese la mala onda, sacúdase el cansancio, el miedo. Respiremos hondo, una, dos, tres veces. ¿Ya estamos aquí?
Luego debía convencerlos para que caminaran en círculos unos según el sentido de las manijas del reloj y otros en el sentido contrario, cuando dijera stop deberían detenerse y mirar a los ojos a quien estuviera cerca y tratar de decirle algo sin hablar. Ojalá una emoción. Luego se sentarían en el suelo, − ¡para eso se les pidió venir con ropa cómoda chiquillos! – y les pediría compartir qué fue lo que sus compañeros lograron comunicarles a través de su mirada. Siempre habría personas que creían descubrir en el otro la profundidad de su alma y había que cortarles el discurso y otras que decían que no le habían transmitido nada. Las repuestas más frecuentes eran: seriedad, ternura, ansiedad, curiosidad, amabilidad. − Que bueno que siempre hay gente adaptada – se repetía cada vez que escuchaba esas respuestas.
Si el grupo seguía muy duro y había tiempo, ponía música porque los últimos tips indicaban que un momento de baile suele ser infalible para soltar las tensiones que aun quedaban flotando en el aire.
En cualquier caso, más les valía colaborar y jugar el juego porque también se encargaba de decirles que todas las sesiones consideraban un informe a la gerencia de personas. Al fin se había acabado esa moda de llamar departamento de felicidad a esa área. Nunca pudo nombrarlos sin sentirse parte de un juego casi maquiavélico cuando le correspondió trabajar con empresas que cayeron en la moda sin reconocer cuánto se prestaba para las burlas internas ese nombre tan pretencioso.
Después de la puesta en común del juego de miradas venía un recreo en que lo único importante era la calidad del café y la comida disponible. Ahí se jugaba gran parte de la evaluación de la intervención porque hasta los más renuentes se ponían de mejor ánimo si había abundantes galletas de pastelería, también de arroz y tapaditos calientes. Por supuesto que, considerando además todas las diversidades alimentarias disponibles: café descafeinado, leche descremada y sin lactosa, leche vegetal, tapaditos veganos, sin gluten, pan integral, de masa madre y unos mozos que trataran de chicos a todos los asistentes. En los detalles se jugaba su prestigio. Había estudiado pedagogía en inglés, pero por esas trayectorias profesionales raras y la necesidad de trabajar y ganar más plata para salir de las deudas que dejó Manuel, mantener a las niñas y sostener un nivel de vida que no estaba dispuesta a bajar, se fue formando primero como relatora de capacitaciones de inglés para luego, por idea de su madre, convertirse en una coach ontológico que la convirtió en alguien con buen dominio escénico y capaz de leer los grupos de trabajo y sus conflictos.
Después del recreo deberían dividirse en grupos, poner su nombre en una credencial, presentarse a los demás integrantes y en el menor plazo posible armar una escultura que representase el espíritu del equipo para enfrentar los desafíos que venían. En esta tarea surgían esculturas clásicas: flechas, águilas, aviones, cohetes. Solo en una ocasión vio una original: un equipo que simulaba ser un cardumen de salmones que se movía en ondas contra la corriente. Le pareció una elegante forma de mostrar el desacuerdo y al mismo tiempo la lucha por llegar, como fuera, al final de la carrera. En esta ocasión no hubo sorpresas. Mientras recorría y explicaba la actividad por los grupos aprovechaba de anotar quienes se erigían como los más activos en crear la escultura, los que aportaban a la idea y aquellos criticones de siempre que obstaculizan el cumplimiento de la tarea.
A estas alturas, después de más de una década haciendo más o menos lo mismo, tenía un abanico de dinámicas, frases hechas, chistes probados y unas cuantas historias que contaba como propias, pero que eran parte de un guion estudiado para provocar ciertas respuestas. En la consultora para la que trabajaba al principio y de la que ahora era socia, minoritaria, pero socia, le habían pedido viajar dentro y fuera del país para empresas multinacionales, pero no aceptó por las niñas. Era tan obvio para ella la opción como para una colega en su misma posición aceptar sin pensarlo – mis hijos tendrán que acostumbrarse y por último tendré los recursos para pagarles un psicólogo cuando se quejen de su madre ausente, pero potente en su trabajo –. Era otra forma de mirar la situación.
Aunque fuera difícil reconocerlo, tenía internalizado el modelo tradicional de familia por más que entendiera, aceptara y abogara por lógicas sociales y laborales más justas para las mujeres. Esos discursos más abiertos a diferentes opciones en el diseño del plan de vida le parecía que era su obligación transmitirlos a las hijas. Lo que quería para ellas era la posibilidad de vivir con la sensación de libertad sin culpa. Si había algo a lo que rezar, rezaría por que el azar las dejara elegir.
La casualidad puso a Manuel en su camino y se sumó alegremente a ese desvío. Tenía la convicción de que así debía ser y la vida pareció seguir el curso adecuado junto a él, sin cuestionamientos. Estaba embobada por el sueño de la vida en el sur. Así recordaba Nadia el tiempo junto a Manuel, sin conciencia, sin mirar más allá de ella misma y de lo que sentía. El día del accidente no solo Murió Manuel, también lo hicieron cada una de las conversaciones juntos, las risas, las fotos, los planes, las discusiones, las bases de cada decisión. Nació al mismo tiempo la sensación casi terrorífica de no haberlo conocido, de no haber estado en el mismo mundo. Armaba y desarmaba rompecabezas en donde las situaciones vividas, puestas en diferentes lógicas, perdían o cambiaban de sentido. Cuando consideró que el tiempo había sido suficiente para formularse preguntas sin respuestas decidió no dar tregua al azar.
El día de la segunda sesión correspondía comenzar a analizar cada segmento de los procesos a modificar. Las decisiones estaban tomadas y el rol de Nadia era hacer parecer como que el diseño era producto del trabajo de todos. Sabía cómo hacerlo, estaba alerta a cada cambio de expresión facial, a cada silencio y no creía en nada de lo que decían, incluyéndose ella misma en esa sentencia
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