En los tiempos libres que le quedaban
en su trabajo Elsa tomaba el teléfono y veía los innumerables consejos de cómo
sacarse partido y verse mejor, más joven y atractiva. Al cabo de un rato
aparecían otros miles de discursos acerca de aceptarse y dejar de ser víctima
de las presiones del mercado que ataca por todos lados a las mujeres. En
ocasiones, después del trabajo, se quedaba mirando las vitrinas de alguna tienda
de ropa, incluso se había atrevido a entrar a un par, presa de un impulso de
compra combinada con un aburrimiento de ser y parecer siempre la misma, luego
de tocar la suavidad de algunas blusas y suéteres, miraba el precio en las
etiquetas y se arrepentía. Se debatía entre las estrategias de marketing del
tipo −yo me lo merezco, para eso trabajo y total el mundo se va a acabar −, y otros
argumentos en la dirección opuesta− para qué, quién se va a dar cuenta o tal
vez lo haga cuando tenga alguna ocasión especial, que nunca llegaba, y la
infaltable responsabilidad ecológica −, de modo que terminaba por abandonar la
idea de comprar algo para sí misma. A veces llegaba más lejos y se probaba algo
que sí podría usar: un nuevo pantalón o una blusa, casi como un chiste
repetido, elegía prendas casi idénticas a las que tenía y entonces las dejaba
porque no tenía ningún sentido gastar en verse igual. Además, con tantas noticias
de asaltos y sus propias experiencias en la calle, de hecho, se avergonzaba de
haber perdido dos celulares en la micro y otro más en las cercanías de la
entrada del metro Lo Ovalle, se convenció de que no debía llamar la atención y
más bien debía dar la impresión de ser ella la que podía robar a otros.
Su sobrina, con la que compartía
departamento en el centro de Santiago, era muy diferente y podía advertirlo con
toda claridad, si bien para el exterior parecía casi motivo de orgullo – ¡menos
mal que no es como su tía!, ella es alegre, segura y arriesgada – decía casi
como un mantra a quien estuviera cerca, en su interior parecía estar recitando
una parte de las características que le hubiera gustado tener y que veía fuera
de su alcance.
Lo bueno de no esperar nada era la
sensación de paz y contento interior, como en la película Días Perfectos. Cuando
la vio no le produjo, ella creyó, un gran impacto, pero después no le quedó más
remedio que aceptar que la había afectado. Ser una npc [i] era ser parte del
paisaje y de la experiencia de un juego apacible tal como si el otoño fuese duradero.
Le gustaba el cine y veía casi todo lo que había en cartelera. Volvía a ver
películas viejas también en las salas del Normandie y el Biógrafo en Lastarria,
hasta escribía algunas críticas como una forma de recordarlas más. Ese ítem del
presupuesto no le pesaba en la conciencia. Era como el aire, necesario para
vivir. Algunas películas la dejaban flotando, aunque no tuviera tan claro qué
quiso decir el director o si el guionista había dado o no con el tono que esperaba
el autor de la idea. Una vez se atrevió a quedarse a un grupo de discusión y su
comentario provocó palabras burlonas de un viejo intelectual −el cine es algo
más que solo la anécdota de la historia −. No se atrevió a opinar de nuevo y el
viejo aquel se dedicó a aportillar cualquier comentario que llegaba a sus
oídos. Varias películas bien valían una siesta, pero se esforzaba por verlas
completas porque era el trabajo de alguien y de todos los que creyeron en ese
proyecto. Esas las borraba de su conciencia no pensando más en ellas, porque el
sacrificio de haberse quedado despierta era suficiente. Antes de devolverse al departamento,
después de cada película, pasaba a tomar un café con leche en los meses fríos y
un agua tónica con limón durante los meses cálidos.
Coincidía en contadas ocasiones con
su sobrina, ella, una veinteañera, siempre tenía algo que hacer y pasaba a
contarle de sus aventuras y desventuras a su dormitorio tarde, muy tarde. La
hacía reír mucho con sus tonterías infantiles y cada relato se parecía a una
escena de película, a una vista o a una por ver porque ya se había convencido
de que el tiempo va para atrás y para adelante y tal vez para otros lados.
También realizaba ocasionales
compras asociadas a algunas escenas de películas, unos aros simples y pequeños
como de los años veinte del milenio pasado, algún pañuelo de encaje y otras
minucias que rara vez alguien notaba.
La opinión de quienes se
relacionaban con ella, clientes de la farmacia donde trabajaba y compañeros de
trabajo era unánime: una señorita amable y silenciosa. La estridencia era lo
más lejano a la cineasta aficionada. La conversación con ella era lo más
parecido a un encuentro entre viejos: frases hechas, alguna referencia al clima
y al estado de las cosas, un acápite en el que cabían quejas varias y
habitualmente referidas a la seguridad, las murallas pintadas y el lenguaje deteriorado
de los más jóvenes. Las miradas hacia abajo y un meneo de cabeza desaprobatorio
acompañaba esos breves intercambios sociales. Ella conocía su personaje a cabalidad
y no se salía de él. Incluso sentía que la seguía una cámara o varias en diferente
ángulo por lo que también cuidaba sus movimientos que no podían ser amplios o
bruscos como correspondía a una extra de escenas cotidianas. Con tantas
películas en la memoria del cuerpo, también estaba en su repertorio ser una npc
de un film de acción o de terror y entonces correr y gritar como correspondería
a un estado de desesperación colectiva. No le había correspondido ese carril de
experiencias hasta ahora. Incluso cuando perdió sus tres celulares se trató de hurtos
tan silenciosos y suaves como ella.
Una tarde igual que muchas otras
entró un cliente que solo hablaba inglés buscando un antihistamínico. Se acordó
de la película Hitch, especialista en seducción, solo que no se parecía a Will
Smith. Era un hombre alto de unos 45 años, algo pasado de peso y con un pelo un
tanto rojizo desordenado y abundante. Ninguna de sus compañeras le entendía,
ella se acercó, recordó la escena del benadryl y le dijo algo parecido a − ¿es
esto lo que usted necesita? – el extranjero, que resultó ser escocés, la miró con
sorpresa y un infinito agradecimiento. Siguió un diálogo mínimo en inglés. Ella
sabía algunas frases de películas de memoria y podía acomodarlas a la situación
que se requería.
El gringo, como lo llamaban en la
farmacia, pasó a ser un cliente habitual. Cada vez que necesitaba algo de higiene
personal o algún medicamento pasaba al local y a Elsa le correspondía
atenderlo. Él no se esforzaba mucho por hablar español, muy típico de europeos
y norteamericanos de visita por Latinoamérica por lo demás. Elsa, sin darse
mucha cuenta comenzó a esperarlo y si alguna semana el gringo no aparecía, su
humor se oscurecía un poco más de lo habitual.
II
Romuald llegó a Chile por
curiosidad, trabajo y desesperanza; había vivido una historia oscura de la que
no le gustaba hablar porque sonaba a cliché y a personaje de novela de Emile
Zola, marcado por su origen. Prefería pensar de sí mismo como un escapista que oscilaba
entre torcer el destino y dejar que la vida ocurriera sin demasiada
interferencia de planes que, por otro lado, por más que se había esmerado en
delinear, hasta el momento habían resultado muy diferentes del dibujo original.
De profesor de historia medieval había pasado a trabajar en casi cualquier cosa
en su país y en otros se había aventurado hasta en barcos pesqueros en mares
imposibles, como en Noruega y Nueva Zelanda. Esas experiencias, terroríficas y
extremas lo habían traído a Cabo de Hornos, hasta que se cansó del frío y de la
cercanía de la muerte. Estuvo cerca en varias ocasiones. Lejos de ver el túnel
y la luz al final, solo había despertado adolorido y con una sensación de
resaca que le recordaba sus noches de cerveza y más tarde whisky en las
tabernas de su país. De flacuchento y debilucho con expresión depresiva, había
pasado a ser un tipo con fuerza y desgreñado con marcas en la piel y en alguna
parte de su manera de ver el mundo y a las personas. Aun con las dificultades
de comunicación le pareció vivir algo diferente y mejor con las personas que conoció
en Punta Arenas. Siempre encontraba personas que hablaban inglés y pensó que tal
vez pudiera quedarse en esa ciudad cuando conoció a una profesora de ese idioma con
la que tuvo un romance. Solo que ella tenía la esperanza de irse con él a
Escocia y pareció entonces una mala comedia de equivocaciones. Fue avanzando
hacia el norte según aparecían otras personas y posibilidades de trabajo. – Son
gente confiada los latinos – se repetía, le abrían las puertas de sus casas y
le daban ideas para trabajos hasta que volvió a algo parecido a su labor
original, hacer clases, pero no de historia de la edad media, sino de inglés en colegios
bilingües. No tenían que decirle que no hablara español porque, aunque entendía
bastante más de lo que pretendía, sentía una profunda vergüenza de su
pronunciación casi inentendible para los locales. Todavía no advertía que los
chilenos harían, casi sin excepción, un enorme esfuerzo por comprenderlo y facilitarle
las cosas.
Hacía clases en un colegio
religioso de La Cisterna, de pocos recursos, pero con altas pretensiones que se
sentía orgulloso de tener en su profesorado a un europeo. La primavera traería
grandes sorpresas, fiestas nacionales que le resultaron muy sorprendentes y
agradables y una alergia impresionante que le tenía la nariz como un porrón:
roja e inflamada. No tenía seguro de salud y no sabía cómo ir a consultar a un
médico. Había evitado relacionarse con otros escoceses o extranjeros que pudieran
orientarlo. Tenía la fantasía de poder arreglárselas solo y hacer como si fuera
el único que había llegado a hacerse una vida, aunque fuese mínima, a Sudamérica.
Fue en esas circunstancias que recorrió diferentes farmacias hasta que una mujer entendió lo que quería.
Le llamaba la atención esa forma
tan medida de comportarse de Elsa, como si quisiera ocupar poco espacio con su
cuerpo y su voz. Un personaje de un cuadro de otra época que le recordaba a alguien,
pero no lograba identificar muy de quién se trataba. Le atribuyó cierto
misterio y tal vez algo denso y opaco en su interior.
Comenzó a inventar motivos para ir
a la farmacia, a veces hasta tres veces por semana. Le habían dicho que los
chilenos se duchaban todos los días incluyendo el lavado del pelo. Entonces se
inventó una lista de productos de limpieza y otra de igual tamaño de cremas
para contrarrestar los efectos en la piel de tanto jabón y champú. No podía ser
tan bueno para la piel tanta agua y detergentes a diario. Tampoco quería
arriesgarse a oler mal para sus estudiantes adolescentes y colegas profesores.
Durante un mes y medio no fue a la
farmacia porque se dedicó a recorrer Santiago cada tarde después del trabajo,
había muchos datos en las redes sociales del patrimonio arquitectónico y si
bien, nada podía ser tan impresionante como Europa, no dejaban de tener encanto
las construcciones un tanto pretenciosas y al mismo tiempo sencillas de tiempos
fundacionales de la capital.
Se imaginó caminando con Elsa en
esos paseos y volvió a la farmacia. Su conducta hasta ese momento había sido la
de un adolescente, solo miradas, frases cortas y sonrisas apenas esbozadas.
Ridículo.
III
Cuando Elsa lo vio entrar de nuevo,
no pudo evitar sonreír y levantar las cejas demostrando una alegría genuina y
sin disimulo. Al advertirlo casi se asustó y su rostro volvió a la expresión de
siempre; se acercó a Romuald que en lugar de fingir que necesitaba comprar algo
le dijo que la invitaba a tomar un café a la salida de su trabajo esa misma
tarde. Elsa aceptó como si se tratara de algo que le sucedía a menudo.
No pudo concentrarse más, se miró y
se arrepintió de no haberse comprado el vestido que se había probado, ese tan
diferente a todo lo que tenía. Al menos llevaba sus aros en la mochila y un pañuelo
que pondría un toque diferente a la polera gris que llevaba.
Se las arreglaron para hablar entre
diálogos de películas y frases en español champurreado. Ella lo vio como un
personaje de una película de aventuras, recio, valiente y al mismo tiempo complejo
y sensible: Indiana Jones en persona, Romuald a ella como un cuadro de Hopper,
una mujer con historias inconfesables disfrazada de correcta a la espera del
azar representado por él.
Entre la advertencia de Romuald de
los diálogos de películas que Elsa distribuía en sus conversaciones y la
evitación de él de sus historias antiguas de delincuente de poca monta, que ella
descubrió se encontraban detrás de los disfraces de explorador del planeta, vivieron
el mejor romance que cada uno se pudo imaginar al lado del otro. Sin que ninguna escena fuese real.

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