martes, 22 de abril de 2025

Perfil ideal

 




En una medida desesperada, exagero por supuesto, me puse a buscar en Linkedln lo que ahora se considera una trabajadora ideal y no me vengan con eso de que depende de la empresa, del clima, del perfil del jefe superior. Hay palabras que se ponen de moda y parece que hace rato estoy hablando otro idioma o entiendo todo mal. No sabía si actuar como una profesional dispuesta a la esclavitud más absoluta, con tal de ser parte del proceso de consecución de objetivos, y entonces, disfrazada de joven con enorme potencial, casi hacer una venia a quien quisiera contratarme; o mostrarme como alguien con una confianza a toda prueba, con condiciones de liderazgo del que se necesitara: participativo, autoritativo, apreciativo, situacional, transaccional, pero con sólidas convicciones personales.

O tal vez hacer propias esas listas de lo que dicen que hacen las personas de éxito: levantarse a las cuatro de la mañana, hacer actividad física, comer en las horas que lo permite el ayuno intermitente, siempre que se trate de comida cocinada por una, con mucho huevo, verduras y tés de hierbas que no conozco; vestirse con colores neutros, de manera que quede en evidencia el buen gusto y dinero, pero sin ostentar; pensar positivo todo el día y al mismo tiempo estar conectada con las emociones, pero no tanto como para perder el control y desregularse, pecado capital fuchi fuchi, de lo peor que le puede pasar a alguien en cualquier circunstancia. Conmoverse sí, pero con clase. Llorar sí, pero sin sollozos ni mocos, reírse sí, pero sin carcajadas que puedan irrumpir en el espacio personal del otro. Aprender también para qué es aceptable querer tener dinero, no por ambiciosa, no por superficial, sino para viajar, aprender, disfrutar de la naturaleza, de los sentidos, de la compañía de personas que sumen. No para pagar un arriendo, para llegar a fin de mes en azul y menos mencionar el ahorro para períodos duros porque alguien de éxito no piensa en que algo puede resultar mal. En los hobbies hay que incluir la lectura de al menos dos libros al mes, para eso hay resúmenes en podcasts de moda, la meditación, alguna manualidad y el orden inmaculado del dormitorio y todo el espacio vital.

Llevo casi seis meses sin trabajo porque renuncié, pero tampoco puedo decir con sinceridad lo que me pasó porque está mal visto hablar mal del lugar anterior en donde una fue a caer, pero aquí lo puedo contar: estaba trabajando con un jefe tan mediocre que hasta una vez lo escuché decir que me había seleccionado porque me encontró útil, pero tontona, así es que jamás podría ser una amenaza para él, no se me iban a ocurrir ideas aportadoras y tenía el perfil de aplicada obediente que él requería para seguir siendo indispensable. Lo escuché cuando hablaba con un amigo por teléfono, así de huevón. Me había dado cuenta de cómo parasitaba de todos los integrantes del equipo, se apropiaba no solo de las ideas, también de las críticas a distintos proyectos de manera que frente al gran jefe aparecía como un tipo leal y al mismo tiempo independiente de pensamiento. El tipo vivía pensando en cómo posicionarse mejor, cómo convencer, y convencerse, de lo indispensable que era en el negocio. Nunca conocí a alguien tan centrado en los rumores ¡ni en el colegio! Estaba pendiente de quién y para qué entraba alguien a la oficina del gerente general, se quedaba todo lo que podía hablando con la secretaria, hasta corrieron rumores de que tenían onda, pero yo me daba cuenta de la cara de la pobre. Al principio lo trataba bien, pero luego ya le parecían odiosos sus interrogatorios y ponía malas caras sin disimulo, él único que no se daba cuenta, o no quería hacerlo, era ese tipo. A mí me dijo que era casado, después sospeché que hasta eso era una mentira para parecer correcto, acorde al cargo, pero no, había una mujer en el mundo dispuesta a aguantarlo. − La necesidad tiene cara de hereje − decía mi abuela para explicarse esas uniones raras.

El gerente debe ser harto de las chacras también, o naïve, para decirlo de mejor modo, que no se da cuenta de la calaña de su ´mejor colaborador´ como lo llamaba en los tres aniversarios de la empresa en los que alcancé a estar.

A mí me trataba, al comienzo, con máxima distancia laboral, Azucena para allá, Azucena para acá, (qué le voy a hacer, así me pusieron mis padres); revise estos informes por favor y haga comentarios. Tenía que detectar fallas en los manuales, en la descripción de procesos, si los gráficos eran los más adecuados para mostrar los datos, si estaban acorde a las normas de calidad de la empresa y si, así como iban los avances, se alcanzarían los plazos propuestos por los clientes. Eso era al principio, después me tocaba ir a verificar en terreno si era efectivo que las cosas se hacían como se decía en el informe y encima proponer mejoras porque había que optimizar los presupuestos y mejorar la productividad. A los trabajadores de las diversas áreas les parecía raro que me metiera tanto en sus tareas, me fue difícil al principio, nunca he sido confianzuda y a cada rato decía que eran órdenes de arriba, eso abre puertas, pero no cierra sospechas y ahora que estoy afuera me han contado que pasé por toda clase de atribución de intenciones, ninguna buena por supuesto.

De tanto trabajo y tan distinto, al año conocía en detalle lo que hacían casi todos. Propuse automatizaciones de procedimientos y de a poco, sin darme cuenta casi, comencé a anotar las falencias que según yo había en cada unidad y en rojo lo que a mí me parecía que había que hacer para remediarlas. A veces eran tonterías como que si se dispusieran las máquinas en una orientación diferente se facilitaría el desplazamiento de los trabajadores y mejorarían el tiempo de respuesta e incluso habría un menor índice de accidentabilidad.

Eso detonó mi salida, mi jefe andaba en Dubái, porque se las había arreglado para que le dieran los mejores viajes en busca de innovaciones aplicables a la empresa. Llegaba de cada destino con carpetas de folletos, cotizaciones, fotos e ideas que eran estupendas si se hubiera tratado de una fábrica de autos de fórmula uno, pero la empresa se dedicaba al armado y reparación de maquinaria agrícola. Como el verso arregla todo y siempre se las ingeniaba para decir que no se trataba de copiar sino de llevar prácticas de un ámbito a otro para que se tratara de verdadera innovación y no de réplicas de experiencias, el gerente le seguía creyendo.

Un trabajador se enredó en un cable, cayó mal, quedó hospitalizado por un TEC cerrado y fractura del antebrazo, de cúbito y radio, decía el informe. Ese día todo estaba mal, la tormenta perfecta de errores, ausencias y encima, apagón en la ciudad. Esos asuntos nunca llegaban al gerente, pero como ese día todo estaba raro, terminó casi él mismo resolviendo la tremenda escoba que quedó. Un compañero del trabajador accidentado detuvo un proceso para que no se dañara el generador y estalló otra máquina. En realidad, pudo ser mucho peor, casi nos incendiamos por completo.

Yo me encargué de la UPS, si nos quedábamos sin información ya era el colmo. Estaba verificando algunos puntos cuando me llamó a su oficina el gerente. Estaba casi al borde del ataque de pánico, hacía todos los esfuerzos para controlarse, era como si necesitase que alguien le dijera que todo iba a estar bien, que podía respirar tranquilo, nadie se murió y las pérdidas del día eran recuperables en un plazo breve. Entendí por qué confiaba en un chanta como mi jefe, que por lo general hablaba como si tuviera un doctorado en todos los temas, le daba certezas que nadie tenía, lo tranquilizaba y le hacía sentir que las cosas estaban bajo control.

Me preguntó miles de cosas, detalles incluso insignificantes y yo le dije que para ordenarnos deberíamos ir por áreas y saqué mi tabla eterna de puntos a mejorar. Se calmó, respiró profundo y me pidió que se la compartiera. Le dije que si quería la arreglaba para que la entendiera porque estaba llenas de abreviaturas personales y observaciones que no se entendían sin contexto. Ya era tarde y había que irse, me dijo que cuando volviera mi jefe se la presentara con él en una reunión.

Eso hice, mi jefe volvió de Dubái, feliz y lleno de ideas, ninguna suya. La atmósfera se volvía pesada e intranquila cuando estaba mi jefe, los que podían evitarlo lo hacían, yo no podía porque era la mano derecha del mano derecha. La reunión con el gerente quedó para la tarde, me persiguió toda la mañana para que le presentara antes a él o que al menos le enviara un resumen. Con tantas cosas a mi cargo, que él mismo me había asignado, y dado que el tiempo no es tan elástico como él quiere, no alcancé. Tampoco es que tuviera muchas ganas. 

La dichosa reunión se hizo después de almuerzo. Apenas entré me di cuenta de que mi jefe se había ganado la antipatía de los otros de su misma jerarquía, le preguntaban con tono cínico acerca de su último viaje, si ya tenía listo el siguiente destino y parecían un grupo de envidiosos sin ganas de disimular sus malos sentimientos. Recibí muchas preguntas y buenos comentarios mientras presentaba. La jefa de mantenimiento me dijo que ahora entendía que anduviera metida por todos lados, que podía ver que estaban los elementos para una estrategia general de mejora de flujos que ella encontraba indispensable. El gerente general tenía una expresión extraña, no soy muy buena detectando caras parece porque no sabría decir si estaba confundido, enojado o tenía sueño. Preguntaba poco y prefería comentar a mi jefe sin que los demás pudiéramos escuchar. Al final, creo que más por la antipatía hacia mi jefe que por mi presentación, me felicitaron más de lo necesario y uno se atrevió a aplaudir sin que los demás lo siguieran. Mi jefe hizo lo de siempre, se atribuyó muchas observaciones e ideas. Hasta el gerente miró hacia abajo y comenzó a sonreír meneando la cabeza de lado a lado. Yo no dije nada, me despedí y agradecí el espacio de la reunión. No sé, buenas costumbres de la casa, hábitos de provinciana serán. 

Ellos siguieron por más de una hora y yo volví a lo mío. Mi jefe me llamó a su oficina en cuanto salió. Me trató de lo peor, la verdad me sorprendió, y me acordé de eso de tontona y obediente, esperaba alguna clase de reconocimiento la verdad, en lugar de eso me dijo desleal, mosquita muerta, escaladora, desclasada, ineficiente y casi me culpa del accidente del trabajador. Lo vi como una especie de dragón de poca monta que me lanzaba llamas y malos olores por su boca y que su único objetivo era verme llorar. No sé cómo, pero logré parecer tranquila. Escuché su perorata abyecta y casi podía verlo convertirse de dragón en gusano.

- ¿Terminó? 

- Sí, sal de aquí. 

Si hubiera podido creo que me hubiera empujado, a cambio dio un portazo sonoro y cobarde.

Lo que vino fue peor, por semanas me sobrecargó de tareas estúpidas e incoherentes entre sí, cambiaba las prioridades a cada rato de modo que no podía avanzar en nada. Además, tenía que avisarle de cada llamada de otra unidad que recibiera. Y yo lo hacía, obediente, claro. Calzaba con mi perfil.

Comencé a cansarme como nunca antes. Un par de días llegué atrasada porque dormía mal en la noche y no escuché la alarma del teléfono. Era fin de mes. Llegué y revisé mi liquidación de sueldo, venía con un error grosero, harta plata de menos. Me estaba poniendo de pie para ir a preguntar qué había pasado cuando entra mi jefe con un papel de observaciones, una genial idea del departamento de recursos humanos, para que firmara los atrasos y el descuento en puntaje que eso tendría en mi evaluación de desempeño. 

Me dio la locura, reventé. Agarré el papel, lo rompí y lancé los pedazos a su cara, comencé a gritarle de todo: gana pan, chueco, miserable, mediocre, chupamedias y poca cosa, como me quedó gustando ese último insulto lo repetí gritando más fuerte con mayúsculas y separando las sílabas PO CA   CO SA. Tomé mi cartera y renuncié. 

Aquí estoy, buscando trabajo y rogando para que no llamen a mi exjefe para pedir referencias mías. Una amiga me recomendó que fuera a un coaching laboral . Fui y me dijeron que tenía que trabajar mi control de impulsos, tolerancia a la frustración, aprender a poner límites y mejorar mi asertividad.



1 comentario:

Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...