jueves, 7 de mayo de 2026

La mala noticia

 

Foto de Cottonbro studio pexels.com

No era que lo hubiera ensayado, pero en un tiempo resbaloso, a veces pegajoso y otras vertiginoso, oso oso y rara vez maravilloso, pero en alguna ocasión sí, la escena resultó casi calcada a lo que había imaginado. Un ambiente cargado de cordialidad, muchas sonrisas y una confianza construida paso a paso. Nunca he sido buena para las dobles lecturas, así es que en estas circunstancias opto por los datos, por lo que puedo escuchar, porque los ojos también pueden ser engañosos y desmentir lo que se declara. Me quedo con las palabras. Incluso las que yo dije, aunque brotaran desde el ensayo. De los muchos ensayos mentales frente a esta hipotética escena que nunca llegaba. Ya sé que me contradigo, pero los humanos somos así ¿no? Mis amigas, si supieran, estarían orgullosas de mí, por mi esfuerzo, por mostrarme más o menos entera, eso creo, porque estaban hartas de escuchar relatos de migajeras[1] impenitentes o de fugitivas que suelen bloquear, eliminar o hacerse las desaparecidas cuando en realidad nadie las persigue ni las espía. Que lástima que no pueda presumir porque soy de las que escucha y no de las que hablan. Como fuera, me las imaginé haciéndome barra, reivindicando el orgullo personal y el amor propio. Casi podía oírlas − ¡Seca amiga!, ¡así se hace! ¡amo tu actitud! Y todas esas frases medio gringas, medio mexicanas que pasaron de las redes sociales a la vida cotidiana.

Hacía poco había estado escuchando una canción viejísima[2], una tía mía la escuchaba en el auto cuando íbamos al mall, la cantaba con el corazón y yo no entendía por qué, pero me la aprendí y la cantaba en tono burlón − mijita, ojalá usted no pase por esto − hasta que pasé y tanto que me burlé de la tía. La canción no tenía nada, creo que lo que me marcó era la forma en que la veía y los misterios que encerraba una letra tan simplona y que sin embargo la emocionaba tanto. No le pregunté. No me gusta que me pregunten tampoco.

Ahora que recuerdo el momento que tanto esperaba, me veo diciendo lo que tenía que decir. Esa es la trampa de la vida en vivo y en directo, una hace una jugada por lo que puede ver y lo que es capaz de hacer. Como en el básquetbol, una hace un cálculo mental con una velocidad increíble ¿doy un pase o tiro al aro? Entonces una recorre la distancia, recuerda la fuerza del brazo y el cuerpo entero, mira hacia el lado cómo se acercan las jugadoras del otro equipo aleteando y obstaculizando el probable paso de la pelota y solo queda asegurar y hacer algo pronto. Si una tira al aro habrá alguien reclamando porque estaba en mejor posición para hacer el doble, si una tira el pase, habrá otra que reclame que lo que había que hacer era lanzar al aro y arriesgar. Lo que nunca se sabe es el resultado. ¿Una campeona hubiera dicho lo que dije? No sé. A lo mejor sí. Tal vez encesté y no me di cuenta. Esta situación me recordó a una compañera de equipo que, viendo perdida la pelota, porque se le venía todo el equipo contrario encima, la lanzó hacia atrás al menos para detener el partido y buscar un saque que nos permitiera volver a juntarnos y armar otro intento, la suerte quiso que la pelota entrara. Se cayó el gimnasio de gritos por lo espectacular del tiro. Ella no lo vio porque corrió hacia adelante para defender el ataque que vendría. Todas la abrazamos y cuando se dio cuenta de lo que había pasado fue feliz todo el partido, aunque igual perdimos. Después vino la charla del entrenador: falta trabajo en la semana, más fuerza en los tiros, más velocidad y toda esa cháchara que también una se dice después de que ha intentado todo y no resulta.

Así estaba yo, dándole la cháchara a una amiga que me hablaba y me hablaba y yo respondía lo que podía, en especial porque estábamos conversando un espumante, el trago que engorda menos, pero marea igual y me vino, a pito de nada, es decir por culpa del alcohol, el impulso de mandarle al susodicho una canción. Que porquería bajar los umbrales del autocontrol. Eliminarla hubiera sido peor. Al menos tenía claro que, como muchas veces, no me iba a decir nada, no preguntaría y se haría el de las chacras. No quise darle más vueltas porque así es la cosa, a veces una se pifia.

− ¡Vamos, vamos! Vuelva al partido, siga jugando – hubiera dicho el entrenador.

Activé los ´un error lo comete cualquiera´, ´hasta la IA se cae´ ´qué tanto color´ y volví a la cháchara con mi amiga, recurrí a los: tienes que ser tú misma, créete el cuento, a lo mejor hay otra vida, pero no sabemos, así es que juégatela ahora y al consabido una se arrepiente más de lo que no hizo de lo que sí y por supuesto a que la vida es así, con nervio, que nada se iguala a estar en medio del vértigo de la jugada. No es lo mismo estar en la galería, se parece, pero no es lo mismo. Creo que podría ser una buena entrenadora porque cuando una se inspira, se inspira.

Mi amiga perdió el partido, él le salió con que la vida es compleja, que no estaba preparado, que prefería distanciarse porque no quería sentir ansiedad y que recién se había cambiado de pega y no podía concentrarse en otra cosa por su déficit atencional. Debe ser difícil decir – no te quiero del mismo modo que tú – o cualquier otra cosa parecida. Y escuchar eso, más difícil todavía. Como cuando me dijeron que no estaba en la selección porque había mejores jugadoras. Salí caminando rápido y ya lejos del colegio me puse a llorar. Al otro día llegué con el discurso de que en realidad el deporte no era tan importante para mí, que me interesaba entrar a la universidad y todos los soldaditos defensivos de mi mente salieron al paso para permitirme abrazar a las amigas del equipo y prometerles que estaría en la galería gritando todos los partidos. Promesa que cumplí.

Con mi amiga del espumante apliqué ´a otra cosa mariposa´ adornado con ´ya saliste de eso´, ´está bien tener pena, pero de amor nadie se muere´ y no pude evitar acordarme de mi tía y otras de sus canciones corta venas[3]. Y, por último, ´en unos años más nos vamos a reír de esto´. Esa última no sirve mucho, en momentos así, la eternidad se siente en cada poro y yo lo sabía bien. Cuando dije esa frase, me arrepentí enseguida y solo pude pasarle unos pañuelitos que llevaba en mi mochila. Yo también lloré y no sabía bien si era por empatía o por leseras mías.

−A veces una tira al aro y sale otra cosa.

Eso era lo más adecuado para el momento, pero ella no era basquetbolista y no sé si me hubiera entendido. Tenía claro que no iba a caer en los ´él no te merece, él se lo perdió y los hombres son así, básicos´ porque para despechadas, con y sin disimulo, ya hay de sobra. Aunque he de reconocer que dan ganas.

Volviendo, al fin, a mi propia escena, creo que me salió casi bien, jugué a lo único que sé, no me arriesgué a perder de nuevo. La única salida era el disimulo en lugar de un discurso enredado y subterráneo e igualmente perdedor.

La mala noticia es que mi tartamudeo desmentía cada una de mis palabras.

− ¡Juegue! ¡juegue!

Así decía el entrenador cuando una se pifiaba. Así es que olvidaré el tartamudeo y mi cuerpo enredado y seguiré dando bote a la pelota hasta que se acabe este eterno partido.



[1] Busque en la red, hay definiciones, videos, canciones, reels, memes, muy divertidas

[2] The Rah Band, Clouds Across the moon. https://youtu.be/d6QWX8gG-o0?si=hqgiHN9OKaDd8TrX

 

[3]  Gianni Bella, de amor ya no se muere  https://youtu.be/irRrwbY-IFw?si=jUePbzBtDHwbQWMu

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