miércoles, 16 de abril de 2025

No sé mañana

 

Foto de Heber Vazquez: https://www.pexels.com/es-es/foto/puesta-de-sol-mujer-silueta-tarde-15969258/


La escena era tan absurda que se reía sola. Solo que después, durante la ocurrencia de los hechos no podía sacarse el traje de seriedad y formalidad que según ella correspondía a su rol de ejecutiva de pensiones. Siempre con la mirada en el beneficio del cliente, pero sabiendo que debía captarlo como fuera. Si sonreía de una manera muy espontánea todo podía irse al carajo, solo podía esbozar un rictus de agrado que generara confianza y nada de familiaridad que pudiese parecer una cercanía sospechosa. Vestía un correcto pantalón negro, un sweater gris con escote en v que dejaba ver una blusa blanca inocua y un infaltable blazer pasado de moda.

Cuando en la compañía vio la agenda de visitas del día aparecía Héctor Mardones Cabrera. Trataba de recordar los nombres para reforzar aquello de la atención personalizada y que la asesoría pareciera más bien una conversación en lugar de una venta de servicios. Le habían preparado la carpeta para don Héctor con sus datos de cotizaciones y ahorros previsionales voluntarios, llevaba también las propuestas de renta vitalicia que, dadas las condiciones de incertidumbre del mercado, era la única opción vendible. Ella hablaba en porcentajes, probabilidades y trataba de evitar conceptos como enfermedad, muerte y siniestralidad. Trataba de utilizar conceptos como esperanza de vida, tranquilidad, seguridad. Las palabras importan, le decían en cada capacitación de ventas. Además, recalcaban hasta la caricatura las diferencias generacionales y la adaptación a los usos sociales de los mayores. Para eso se requería observación de los detalles, fíjense en el pelo, por lo general acompañaban esa frase con un chiste viejo y repetido – ¡si es que les queda! – ojo con la ropa, en el maquillaje en el caso de las mujeres, miren la postura corporal. Todo iba dirigido hacia la determinación de la actitud del cliente: se trataba de un viejo con ganas de seguir trabajando hasta la muerte, de alguien cansado cuyo máximo sueño era irse a la casa a ver películas; de una persona previsora con una cartera de inversiones diversificada que tenía planes hasta para tres vidas más, de alguien que nunca planificó nada, solitario o sociable. En fin, y por supuesto, la entrevista debía determinar si había personas dependientes de su futura pensión, si había fondos compartidos y una serie de factores, cada uno con un puntaje asociado.

La ventaja de su trabajo era que pocos estaban informados, parecía casi un estado de negación aceptado por grandes grupos, ella misma había entrado a trabajar en ese rubro porque casi se cayó de espaldas cuando vio su propia pensión. Además, era más sana de lo que esperaba y por lo tanto debería prodigarse más ahorros a cómo diera lugar. Sonaba raro considerar un problema lo de la extensión de la expectativa de vida. Dar información actualizada y de forma sencilla era su forma de sentir que contribuía y no era una pieza más del sistema esquilmando a trabajadores que cumplieron las reglas del juego. De paso, cada cliente era una contribución más a su fondo para el futuro.

II

Comenzó a sonar una salsa, los versos repetían casi palabra por palabra el argumento que Eva quería escuchar y que cualquiera de su edad tenía tan aprendido como un rezo o una poesía de los años escolares para iniciar una aventura de gente grande. – [1]yo no sé mañana −. Su compañero de baile era guapo y bailaba, daba lo mismo cómo, el punto era bailar. Sentía su mano en la espalda y luego, sin hablar estuvieron coordinados en un discurso interno mutuo que solo requería movimiento, risas y miradas.

Que mal que estuvieran presentes tanta gente que la conocía, mal que mal la vida continuaría y vería de nuevo a muchos de los que la miraban mientras bailaba con el guapo de la fiesta. Que raro se sentía eso, de haberlo experimentado en la adolescencia, la historia sería otra, pero a estas alturas en que ya pocas cosas importaban, seguía pendiente del buen concepto que otros pudieran tener de ella. Las amigas la buscaban para decirle con el pulgar que les gustaría estar ahí. Eva esquivaba el contacto. Algunas le decían cosas que no lograba escuchar. ¿Por qué a algunas personas parecen querer conversar en contextos donde es imposible? Esta vez le tocaba el rol de la suertuda del baile y no iba a desaprovechar la oportunidad de disfrutar ese territorio.

Era casi divertido hacerse la indiferente a las miradas acosadoras que querían y al mismo tiempo no, ser testigos de los avances en el contacto físico. Era parte del juego de las mujeres y hombres en el baile. Podría ser un buen chisme, podría ser un excelente chisme, de esos que permiten juzgar a otros y al mismo tiempo posar de sabios consejeros y decir las frases maduras que todos han aprendido en la tribu, desde siempre, pero también estaba el deseo, de los otros, de que no ocurriera nada y así todo quedaría en el plano de la fantasía y los juegos peligrosos.

A veces, para escapar de sus propias sensaciones, solía imaginar que su conciencia sobrevolaba encima de distintas situaciones, se separaba entonces de la escena para observarla desde otro ángulo. Podía casi advertir desde lo alto la dinámica de los acercamientos de los grupos y cómo se armaban y desarmaban alianzas momentáneas según la música y otras intenciones. Se distraía en esas observaciones mientras esperaba alguna explicitación de intenciones, un secreto acuerdo de salir, él primero y ella después, para dar curso a lo que era tan evidente, al menos para ella: ese deseo que surgía a borbotones por tanto contacto entre los cuerpos.

Podría haber argumentado cualquier cosa, la letra de la salsa con la que comenzaron a bailar, la inminencia del fin del mundo en el 2012, la naturalidad de la biología, lo que fuera y ella hubiera dicho que sí incluso a alguna propuesta vaga. No importaba si no sabía siquiera su nombre. Podría haberse ofrecido a llevarla a su casa con un breve desvío. Eva quería decir algo, pero de un modo fantasioso sentía que había dicho todo cantando las canciones que se sabía y que su cuerpo la había delatado en cada movimiento, en cada acercamiento.

Terminó la fiesta y cada uno partió por su lado, con una despedida tan formal como los manidos saludos cordiales al final de cada correo electrónico. Soñó con el guapo de la fiesta esa noche y otra más.

III

Cuando la secretaria le dijo a Eva que pasara a la oficina de don Héctor Mardones, que la estaba esperando se encontró, doce años después, con el guapo de la fiesta. Lo reconoció por los ojos, la sonrisa y el porte. Simuló no conocerlo dando por sentado que él no había notado su presencia en esa fiesta tan lejana a estas alturas. Se presentó y comenzó el habitual despliegue de su discurso técnico diciendo lo de siempre – seré breve don Héctor, se ve que es un hombre ocupado− a todos les gusta oír eso porque casi no hay nada peor visto que alguien que no es productivo durante todo el período de vigilia y tal vez incluso durante el sueño, que debe ser reparador, de mínimo siete horas y ojalá más, sin interrupciones ni pesadillas que puedan revelar alguna acumulación del temido cortisol. Una vez que le entregó la carpeta con la información de su caso y Héctor la leía rápido, recorrió con la vista la oficina. No era muy diferente de otras que había visitado en ese mismo edificio de Vitacura, muchos ventanales, madera oscura, buena temperatura y minimalista, tal vez su escritorio estaba un poco más desordenado que otros, con notas y gráficos dibujados en hojas dispersas encima, hábito que aún tenía la generación de personas que comenzaban a planificar su pensión.

El potencial cliente, vestía de azul en distintos tonos, clásico y correcto. La corbata revelaba su conservadurismo más que la posición jerárquica en su trabajo. Le agradó su formalidad, Eva no soportaba a aquellos que la tuteaban y lanzaban risotadas de la nada haciéndose los vivarachos y seductores como si pudieran logran más intereses en sus fondos por sus intentos de envolverla en una seudo relación amistosa.

Era agradable Héctor. Formal y distante, pero interesado en entender y preguntar lo necesario.

En un nuevo sobrevuelo sobre esta escena le pareció que la vida era extraña por la forma en que se dibujaban los encuentros y desencuentros, ahí estaba el absurdo que casi la hacía reír, pero ya era una maestra, casi, en el control de sus expresiones.

−No se me ocurre qué más preguntar para alargar esta reunión, estoy seguro de haberla visto antes y solo se me viene una canción a la mente. Dijo esto con una inesperada y amplia sonrisa, retirándose los lentes de lectura para mirarla de frente.

Eva ordenó la carpeta y se levantó para despedirse, se acercó un poco y en una conducta muy fuera de su repertorio habitual, cantó un pedazo de la salsa que había bailado con él “yo no sé si tú, no sé si yo…”.



[1] Luis Enrique, Yo no sé mañana, https://youtu.be/2PVi95J-FMo?si=qUB36Q6g0eagJEMm

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...