Foto de Heber Vazquez: https://www.pexels.com/es-es/foto/puesta-de-sol-mujer-silueta-tarde-15969258/
La escena era tan absurda que se
reía sola. Solo que después, durante la ocurrencia de los hechos no podía
sacarse el traje de seriedad y formalidad que según ella correspondía a su rol
de ejecutiva de pensiones. Siempre con la mirada en el beneficio del cliente,
pero sabiendo que debía captarlo como fuera. Si sonreía de una manera muy
espontánea todo podía irse al carajo, solo podía esbozar un rictus de agrado
que generara confianza y nada de familiaridad que pudiese parecer una cercanía
sospechosa. Vestía un correcto pantalón negro, un sweater gris con escote en v
que dejaba ver una blusa blanca inocua y un infaltable blazer pasado de moda.
Cuando en la compañía vio la agenda
de visitas del día aparecía Héctor Mardones Cabrera. Trataba de recordar los
nombres para reforzar aquello de la atención personalizada y que la asesoría
pareciera más bien una conversación en lugar de una venta de servicios. Le
habían preparado la carpeta para don Héctor con sus datos de cotizaciones y
ahorros previsionales voluntarios, llevaba también las propuestas de renta
vitalicia que, dadas las condiciones de incertidumbre del mercado, era la única
opción vendible. Ella hablaba en porcentajes, probabilidades y trataba de
evitar conceptos como enfermedad, muerte y siniestralidad. Trataba de utilizar
conceptos como esperanza de vida, tranquilidad, seguridad. Las palabras
importan, le decían en cada capacitación de ventas. Además, recalcaban hasta la
caricatura las diferencias generacionales y la adaptación a los usos sociales
de los mayores. Para eso se requería observación de los detalles, fíjense en el
pelo, por lo general acompañaban esa frase con un chiste viejo y repetido – ¡si
es que les queda! – ojo con la ropa, en el maquillaje en el caso de las mujeres,
miren la postura corporal. Todo iba dirigido hacia la determinación de la actitud
del cliente: se trataba de un viejo con ganas de seguir trabajando hasta la
muerte, de alguien cansado cuyo máximo sueño era irse a la casa a ver películas;
de una persona previsora con una cartera de inversiones diversificada que tenía
planes hasta para tres vidas más, de alguien que nunca planificó nada, solitario
o sociable. En fin, y por supuesto, la entrevista debía determinar si había
personas dependientes de su futura pensión, si había fondos compartidos y una
serie de factores, cada uno con un puntaje asociado.
La ventaja de su trabajo era que
pocos estaban informados, parecía casi un estado de negación aceptado por
grandes grupos, ella misma había entrado a trabajar en ese rubro porque casi se
cayó de espaldas cuando vio su propia pensión. Además, era más sana de lo que
esperaba y por lo tanto debería prodigarse más ahorros a cómo diera lugar.
Sonaba raro considerar un problema lo de la extensión de la expectativa de
vida. Dar información actualizada y de forma sencilla era su forma de sentir
que contribuía y no era una pieza más del sistema esquilmando a trabajadores
que cumplieron las reglas del juego. De paso, cada cliente era una contribución
más a su fondo para el futuro.
II
Comenzó a sonar una salsa, los
versos repetían casi palabra por palabra el argumento que Eva quería escuchar y
que cualquiera de su edad tenía tan aprendido como un rezo o una poesía de los
años escolares para iniciar una aventura de gente grande. – [1]yo no sé mañana −. Su
compañero de baile era guapo y bailaba, daba lo mismo cómo, el punto era
bailar. Sentía su mano en la espalda y luego, sin hablar estuvieron coordinados
en un discurso interno mutuo que solo requería movimiento, risas y miradas.
Que mal que estuvieran presentes
tanta gente que la conocía, mal que mal la vida continuaría y vería de nuevo a muchos
de los que la miraban mientras bailaba con el guapo de la fiesta. Que raro se
sentía eso, de haberlo experimentado en la adolescencia, la historia sería
otra, pero a estas alturas en que ya pocas cosas importaban, seguía pendiente
del buen concepto que otros pudieran tener de ella. Las amigas la buscaban para
decirle con el pulgar que les gustaría estar ahí. Eva esquivaba el contacto.
Algunas le decían cosas que no lograba escuchar. ¿Por qué a algunas personas parecen
querer conversar en contextos donde es imposible? Esta vez le tocaba el rol de
la suertuda del baile y no iba a desaprovechar la oportunidad de disfrutar ese
territorio.
Era casi divertido hacerse la indiferente
a las miradas acosadoras que querían y al mismo tiempo no, ser testigos de los
avances en el contacto físico. Era parte del juego de las mujeres y hombres en
el baile. Podría ser un buen chisme, podría ser un excelente chisme, de esos
que permiten juzgar a otros y al mismo tiempo posar de sabios consejeros y
decir las frases maduras que todos han aprendido en la tribu, desde siempre,
pero también estaba el deseo, de los otros, de que no ocurriera nada y así todo
quedaría en el plano de la fantasía y los juegos peligrosos.
A veces, para escapar de sus propias
sensaciones, solía imaginar que su conciencia sobrevolaba encima de distintas
situaciones, se separaba entonces de la escena para observarla desde otro
ángulo. Podía casi advertir desde lo alto la dinámica de los acercamientos de los
grupos y cómo se armaban y desarmaban alianzas momentáneas según la música y otras
intenciones. Se distraía en esas observaciones mientras esperaba alguna
explicitación de intenciones, un secreto acuerdo de salir, él primero y ella
después, para dar curso a lo que era tan evidente, al menos para ella: ese
deseo que surgía a borbotones por tanto contacto entre los cuerpos.
Podría haber argumentado cualquier
cosa, la letra de la salsa con la que comenzaron a bailar, la inminencia del
fin del mundo en el 2012, la naturalidad de la biología, lo que fuera y ella
hubiera dicho que sí incluso a alguna propuesta vaga. No importaba si no sabía siquiera
su nombre. Podría haberse ofrecido a llevarla a su casa con un breve desvío. Eva
quería decir algo, pero de un modo fantasioso sentía que había dicho todo cantando
las canciones que se sabía y que su cuerpo la había delatado en cada
movimiento, en cada acercamiento.
Terminó la fiesta y cada uno partió
por su lado, con una despedida tan formal como los manidos saludos cordiales
al final de cada correo electrónico. Soñó con el guapo de la fiesta esa noche y
otra más.
III
Cuando la secretaria le dijo a Eva
que pasara a la oficina de don Héctor Mardones, que la estaba esperando se
encontró, doce años después, con el guapo de la fiesta. Lo reconoció por los
ojos, la sonrisa y el porte. Simuló no conocerlo dando por sentado que él no
había notado su presencia en esa fiesta tan lejana a estas alturas. Se presentó
y comenzó el habitual despliegue de su discurso técnico diciendo lo de siempre –
seré breve don Héctor, se ve que es un hombre ocupado− a todos les gusta oír
eso porque casi no hay nada peor visto que alguien que no es productivo durante
todo el período de vigilia y tal vez incluso durante el sueño, que debe ser
reparador, de mínimo siete horas y ojalá más, sin interrupciones ni pesadillas
que puedan revelar alguna acumulación del temido cortisol. Una vez que le entregó
la carpeta con la información de su caso y Héctor la leía rápido, recorrió con
la vista la oficina. No era muy diferente de otras que había visitado en ese
mismo edificio de Vitacura, muchos ventanales, madera oscura, buena temperatura
y minimalista, tal vez su escritorio estaba un poco más desordenado que otros,
con notas y gráficos dibujados en hojas dispersas encima, hábito que aún tenía
la generación de personas que comenzaban a planificar su pensión.
El potencial cliente, vestía de
azul en distintos tonos, clásico y correcto. La corbata revelaba su
conservadurismo más que la posición jerárquica en su trabajo. Le agradó su
formalidad, Eva no soportaba a aquellos que la tuteaban y lanzaban risotadas de
la nada haciéndose los vivarachos y seductores como si pudieran logran más
intereses en sus fondos por sus intentos de envolverla en una seudo relación
amistosa.
Era agradable Héctor. Formal y
distante, pero interesado en entender y preguntar lo necesario.
En un nuevo sobrevuelo sobre esta
escena le pareció que la vida era extraña por la forma en que se dibujaban los
encuentros y desencuentros, ahí estaba el absurdo que casi la hacía reír, pero ya
era una maestra, casi, en el control de sus expresiones.
−No se me ocurre qué más preguntar
para alargar esta reunión, estoy seguro de haberla visto antes y solo se me
viene una canción a la mente. Dijo esto con una inesperada y amplia sonrisa,
retirándose los lentes de lectura para mirarla de frente.
Eva ordenó la carpeta y se levantó
para despedirse, se acercó un poco y en una conducta muy fuera de su repertorio
habitual, cantó un pedazo de la salsa que había bailado con él “yo no sé si tú,
no sé si yo…”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario