Estaba convencida de que había algo
mal en su configuración, algo había trastocado su lógica porque cuando las
cosas iban bien se las arreglaba para desordenarlas, para no hacer lo obvio. A
veces se cansaba de intentar y solo quería dejar que su mente divagara y se
fuera a cualquier parte y entonces se volvía una autómata predecible. A
propósito de esa idea, se acordó de la historia de una supervisora de línea de
piezas de autos fabricadas por robots, porque, aunque parezca extraño, los
robots automotrices, hasta hace no tanto, necesitaban de un ojo humano que
detectase fallas como una pequeña hendidura, una mancha o diferencias en el
espesor del metal en alguna parte; tal como hacía ya mucho había unos revisores
de textiles capaces de ver fallas en los patrones de estampados o hilados. Ojos
de lince, precisos y encima rápidos como un chita cazando una presa. ¿Cómo
sería trabajar en eso? alta concentración sostenida por horas. Horas de horas
sin poder pensar en otra cosa que cumplir con una tarea. Había que ser especial
para eso. Tan especial como para hacer por mucho tiempo lo mismo, lo que fuera.
Como un señor, hijo de alemanes, que tiene casi cien años y se dedica a lo
mismo que sus padres en el mismo lugar. Es una chocolatería que queda en la
galería Gran Palace. Cuando entró, el señor atendía a un turista gringo, le habló
en un correcto inglés porque, se sabe, un gringo no se molesta en aprender lo
obvio cuando va a un país de habla distinta a la suya, ni tan siquiera un gracias
mal pronunciado. Había otra persona antes que ella que esperaba atención. En
este último período se quedaba observando los detalles como si después la
fueran a interrogar como testigo de algún delito. El color de los anaqueles, el
tipo de empaque, la organización de la mercadería, el aroma del local y mucho
más. El señor se tomaba el tiempo para cada acción, de modo que cada cliente contara
con el tiempo para elegir los chocolates sin prisa, luego se cercioraba de
haber comprendido bien el pedido y procedía a la ceremonia del pago. Su
vestimenta era formal y vieja de modo que las telas tenían su cuerpo delgado
impreso en los codos y dobleces. Ella había elegido con calma mientras los
anteriores clientes realizaban su compra. El empaque era la última ceremonia y
al parecer la más importante para el chocolatero. Tenía bolsos de papel blanco
en diferentes tamaños y un timbre viejo con el logo del negocio. No quedaba
conforme hasta que el bolso quedase voluminoso como si llevase muchos bombones
en lugar de una caja más bien pequeña como era su caso. Conocía esa galería
casi de memoria, como casi todas las del centro, muchos negocios habían
cerrado, pero otros porfiados persistían a pesar de todo: El pequeño negocio de
colaciones donde al menos tres veces a la semana iba a tomar un consomé con
huevo que recordaba el caldo de la abuela; el de regalos poco personales
apropiados para compañeros de trabajo, el de boinas y relojes, el de sweaters tan
pasados de moda como abrigadores, la librería especializada en temas de derecho
y agendas que nadie compra a no ser que sea un regalo de última hora. Nadie
mantiene un negocio que no sea rentable, eso la tranquilizaba al ver que los
que quedaban tenían una clientela fiel y el señor alemán de los chocolates al
parecer la conservaba con justicia: vendía las mejores pasas al ron bañadas en
chocolates que había probado hasta ahora. Había que ser especial para quedarse
y también para irse y arriesgarse a empezar de nuevo. Para todo hay que ser
especial. El centro está lleno de estímulos y, sin embargo, parece atemporal,
detenido en algunos sitios y lleno de cambios cada veinte pasos. Lástima que
las pasas al ron no hubiesen sido más, lástima que el paso por el centro
estuviera cargado de nubes negras, lástima que anduviera siempre apurada, casi
como un hábito. También había que ser especial para descuadrarse con el
universo y sus explicaciones, para seguir botando cosas a su paso, como los
membrillos en un puesto de frutas o seguir pensando que las explicaciones de la
física y la neurociencia son decepcionantes por pretenciosas y totalizadoras y
aún así, hipnóticas y fascinantes. Y por, sobre todo, qué desalentador no dar
con la historia que se busca.
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