Terminé de leer La muerte en
Venecia de Thomas Mann, también el Tercer amor de Hiromi Kawakami, escuché La
sumisa de Dostoievski y Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan
Zweig. Tengo pendientes varios más en el velador, en el librero del escritorio
y otros cuantos guardados en el teléfono. La vida no alcanza, porque suena
mucho, pero han pasado meses, tres, desde que los comencé.
Y así los días y los años.
Que impresionante es Dostoievski, si
solo hubiera un autor que retratara a la especie humana creo que él sería el
que daría con la descripción más fidedigna de la gama de posibilidades de
conductas, desde las más viles hasta las más nobles, sin pasar por las
caricaturas de los malos ni la idealización de los buenos.
Me impresionó La muerte en Venecia,
me recordó a Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gary y sobre todo De profundis
por las notas de ambos sobre la belleza y la decadencia personal que puede incluir
una pasión de lejos o de muy cerca. Que básico se lee mi comentario. La forma
en que Thomas Mann envuelve y desenvuelve la historia y muestra y esconde el desarrollo
de la fascinación de Aschenbach requiere de delicadeza y al mismo tiempo de
valentía para abordar un tema que lo tocaba en lo personal. Solo los grandes
pueden hacer del dolor o la dificultad un acto de belleza, una afirmación
estética en la que no falta ni sobra nada.
En De profundis Oscar Wilde
despliega una carta en la que pareciera no concederse ningún refugio para
esconderse ni de sí mismo y que difícil es aceptar esos lados oscuros
inconfesables, esos momentos en que se ha sido egoísta, miedoso, complaciente,
débil, crédulo sin haber tenido en la conciencia ninguna otra alternativa más
decorosa para el juicio personal posterior.
Sobre Stefan Zweig, me gusta mucho
también, tal vez su estilo es más rebuscado, con muchos adjetivos y un estilo
más propio de su época por lo que se me hace un poco más árido, pero muy buen
psicólogo también.
Tendré que leer más relatos de Thomas
Mann.

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