− ¡Buenos días! ¿no
cree que falte una expresión para saludar cuando no es aún de madrugada y
tampoco la hora permite decir que se trata de la noche?
− Buen insomnio
podría ser.
− Concuerdo ¡buen
insomnio entonces!
Estaba por cerrar la
garita cuando llegó este pasajero a comprar el último pasaje en bus hacia
Mulchén. Andaba tan abrigado que parecía decidido a pasar las cuatro horas que
faltaban para el primer bus, ahí mismo en el terminal. No era recomendable para
un señor de su edad, estos sureños son engañadores en todo caso, el pelo blanco
y su postura de derrotado lo hacían parecer de unos sesenta y cinco años. Tal
vez recién andaba por los cincuenta y la vida pesada del campo lo habían
deteriorado.
− A Mulchén los
pasajes ¡la ciudad de la amistad!
Me miró con cara de −
por favor deje de repetir el mismo chiste − mi mueca, en lugar de sonrisa, hizo
las veces de disculpa y entendí que debía quedarme callado, pero faltaba mucho
para que llegara mi compañero a sacarme del turno y a veces me daban ganas de
hablar para pasar el rato. Hablar, no conversar, eso es un arte más
sofisticado, pocas veces he alcanzado ese nivel. Cuando no había pasajeros en
el terminal, cerraba la garita y me pegaba un pestañazo con la radio y la luz
prendida. Si no tenía tantas ganas de dormir, me hacía un té y unas tostadas
con mantequilla, ojalá de marraqueta, las de hallullas rara vez quedan buenas,
menos con ese pan recalentado que venden por ahí ahora.
Mi compañía
inesperada, me recordaba lo solo que estaba. O peor, que estuviera ahí, sentado
al frío, con esa expresión imperturbable en su cara, la soledad se convertía
además en falta de libertad. Leseras de uno, seguro el pasajero esperaba pasar
un rato tranquilo y no quería nada de mí, pero ya sabe, la crianza lo formatea
a uno. No pude conmigo mismo y le ofrecí la bendita y tan chilena taza de té,
mi pancito no, eso sí que no. Hace tiempo me lo prohibieron por el colesterol,
pero no hay caso. No hay tonto malo pa´l pan decía mi abuelo y es una verdad
revelada.
− No, gracias. No se
moleste.
− No es molestia.
Puedo jurar que dije
eso último como un automatismo, no quería insistir, pero uno, por educado,
siempre hace una demás, igual que los gambeteros en el fútbol. El solitario
pasajero se hundió en su parka verde y el gorro chilote, tomó con fuerza el
bolso que había dejado en el suelo y luego pareció tomar vuelo para levantarse.
− No vuelva a
dirigirme la palabra, supongo que también puedo perder la cabeza con usted.
Se puso de pie y se
fue a sentar en el banco de más allá, donde no estaba la protección del muro de
la estación. Por si no me quedaba clara la idea, agregó.
− O peor, usted la
puede perder conmigo. La cabeza.
Hizo un gesto,
señalando la propia, como pegándose un tiro. Me recorrió un escalofrío por toda
la espalda. Miré su bolso, pensé lo peor.
Me encerré y puse mi
cartel en cartulina blanca.
Tengo frío.
Estoy adentro. Si necesita atención,
con un aló entenderé y le abriré.
Gracias por su
comprensión
Cuando lo escribí, me pareció buena
idea, no contaba con que la gente no iba a entender: recibía golpes en la
ventanilla, gritos, chiflidos, hasta patadas en la puerta, dependiendo de lo
primitivo del pasajero. También hay gente tímida, que no se atreve a nada, por
ellos es que, cada cierto rato miraba por si había alguien esperando atención.
En una de esas confirmaciones, salí,
miré al pasajero del gorro chilote y lo vi acariciando algo en su bolso,
imaginé un cachorro de perro o de gato, se supone que deben declararlo antes de
viajar. Lo informaría más tarde al chofer del bus.
Volví a entrar. En mi espacio de
vendedor de pasajes tengo de todo. Le digo la cápsula espacial. ¿Ha entrado
alguna vez a un kiosco? Así aprendí a organizar mi lugar de trabajo. Muchas
veces he pensado que sería mejor para mí tener uno de esos, leería de todo,
sabría muchas cosas, podría hablar de casi cualquier tema. Aquí no puedo leer,
pero tengo un mini Tv y ahí me entero de lo que pasa.
Hay cosas que uno ve que no se pueden
olvidar, ¿le cuento de una? Una mujer llevaba por la calle la cabeza de una
niña, la sujetaba del pelo, ya no goteaba sangre, eso significaba que llevaba
mucho rato caminando con ella, en la otra mano llevaba un cuchillo. Dieron esa
noticia en la TV, en la sección de actualidad internacional. Parece que era en
Londres o Moscú, no estoy seguro. Dijeron que la gente la veía pasar y pensaban
que era una cámara escondida, un disfraz de Halloween o la filmación de alguna
película. Nadie la detenía porque la escena era tan inverosímil que no daban
crédito a sus ojos.
Hay un tango, Por una cabeza, de
Carlitos Gardel
Por una cabeza
Si ella me olvida
Qué importa perderme
Mil veces la vida
Para qué vivir
Por eso no pude estudiar nada, porque
paso de una cosa a otra, es que ese tango tampoco se puede olvidar, es lo único
que asocia la canción y la cabeza de la niñita, muerta a manos de una loca sin
medicamentos. Lo que no resisto es pensar en…no, no puedo comentarlo siquiera.
No entiendo por qué esta noche se me
hace más eterna que otras. Pareciera que al reloj mural le duele pasar de un
segundo a otro, indeciso, como si quisiera quedarse en el instante previo. El
té no se enfría y ya me comí mis dos tostadas con mantequilla. La oscuridad
continúa invadiendo el terminal. Tal vez sea buena idea ir por más agua y
hacerme otro té, la del hervidor se me acabó. Así se enfría el que tengo
servido y tengo una excusa para matar el tiempo esta noche. Puse otro cartel.
Vuelvo enseguida.
Gracias por su comprensión
Tengo varios, para distintas
circunstancias. Mantener informados a los clientes es prioridad dice mi jefe.
Si hubiera tenido la oportunidad, le
hubiera preguntado ¿qué hace aquí? ¿de verdad va a Mulchén?, sobre todo quería
preguntarle qué llevaba en el bolso, si era un animal, tenía que avisar al
conductor. Entonces hice algo de lo que me arrepentí en el mismo instante.
¿No le ha pasado a usted? Responde un
mensaje de WhatsApp o peor, envía uno y mientras lo escribe ya se está
arrepintiendo, pero igual continúa. Es como si uno viera el trailer posterior
de la vida y a pesar de eso sigue. Sang froid, hubiera dicho Juan
Verdaguer[i]. Usted puede buscar
explicaciones, pero no la hay.
− ¡Amigo, última
oportunidad! ¿una tacita de té p´al frío?
Solo me miró con furia, pero el destino
es el destino, decía mi abuela. Uno corre para arrancar de él, ignorando que se
dirige precisamente a cumplirlo.
− Ya, oiga, cuando se
suba al bus avise que lleva un cachorro en el bolso, lo divisé haciéndole
cariño hace un rato ¿es un perrito, lo puedo ver?
Supongo que el agua para el hervidor le
habrá servido para limpiar el piso del terminal. Ahora sentí en mi propio
pescuezo lo frío y afilado de un cuchillo carnicero enorme. Dejó mi cuerpo
decapitado en mi cápsula espacial. El tipo no carecía de educación, para
informar a los pasajeros dejó un cartel escrito con mi propia sangre.
Espere a mi compañero,
He perdido la cabeza.
[i] https://www.youtube.com/watch?v=I5wpUnByCVQ&t=118s&ab_channel=gustavorafaelMaldonado, minuto 13.36.
Carlos Gardel, Por una Cabeza
https://www.youtube.com/watch?v=hM8qB3l0Q7g&ab_channel=CarlosGardel-Topic
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