Envié un cuento a un concurso. No
lo pensé para no darle tiempo a que aparecieran los pensamientos ridículos de
siempre y dejé pasar a los más simpáticos: total, todo sigue igual, con o sin
concurso. Eso es lo mejor que se me ocurre. También envié otro a una revista
digital, a ver qué pasa.
También me ocurrió que al escribir
una historia equis, vinieron a mi mente un sinnúmero de opciones para continuar y
debe ser cierto eso de que soy una atolondrada y, para peor, floja, porque
podría haberlo hecho y en lugar de trabajar la historia la terminé de forma
abrupta, tanto que no se entiende.
Podría retirarla, tiene 17 lecturas
o visitas o guarever, así es que tampoco es que alguien vaya a echarla en
falta. Todavía puedo hacerlo. Como sea eso de escribir más largo, sin intención
de hacerlo, podría ser un desarrollo. No hay para qué tomárselo tan en serio.
Esa es la parte difícil, no tomarse tan a pecho las cosas, las historias, la
nostalgia, los olvidos, los sueños, las casualidades o sincronías, concepto,
este último, más de moda y con más magia.
Y ya que estoy en la sección de
miscelánea, me puse a escuchar unas conferencias realizadas en España en homenaje
a Kafka[1] [2] entre otras cosas porque
fue el autor favorito de mi hermano. El escritor se me apreció como un humano y
no como esa caricatura tan de la cultura pop, siempre oprimido y quejumbroso de
su vida y utilizado por algunas ideologías para sus propios fines. Se divirtió
y aburrió, fue cruel y benévolo, leal y traicionero, feliz y desgraciado, tanto
como cualquiera de nuestra especie y por supuesto con un talento tal que cambió
la forma de escribir por generaciones. Además, si algo tuvo de especial, además
de su capacidad literaria, fue que advirtió ese talento en sí mismo, aunque no
siempre fuera reconocido por otros. Por supuesto que recomiendo escuchar esas
conferencias y otras más en el camino de vuelta a la casa o de ida al trabajo.
No sé porqué cada cierto tiempo me
da por pensar que un día tanta información valiosa va a desaparecer y la sensación
va a ser de un apagón de luz sostenido, así es que sigo escuchando para
aprender, para conservar algo de lo que me interesa saber.
Como cada vez tengo más requisitos
neuróticos para escribir tonterías tranquila, digo un hasta luego cargado de ojalá,
como deseo y como canción.
[1] Kafka,
escritor total I https://youtu.be/DCKHFRgRlj4?si=DW4DXOSSAh05q6bW
[2] Kafka,
escritor total IIhttps://youtu.be/K_EVze3cAi4?si=enpmav3kd6okSNar
En los tiempos libres que le quedaban
en su trabajo Elsa tomaba el teléfono y veía los innumerables consejos de cómo
sacarse partido y verse mejor, más joven y atractiva. Al cabo de un rato
aparecían otros miles de discursos acerca de aceptarse y dejar de ser víctima
de las presiones del mercado que ataca por todos lados a las mujeres. En
ocasiones, después del trabajo, se quedaba mirando las vitrinas de alguna tienda
de ropa, incluso se había atrevido a entrar a un par, presa de un impulso de
compra combinada con un aburrimiento de ser y parecer siempre la misma, luego
de tocar la suavidad de algunas blusas y suéteres, miraba el precio en las
etiquetas y se arrepentía. Se debatía entre las estrategias de marketing del
tipo −yo me lo merezco, para eso trabajo y total el mundo se va a acabar −, y otros
argumentos en la dirección opuesta− para qué, quién se va a dar cuenta o tal
vez lo haga cuando tenga alguna ocasión especial, que nunca llegaba, y la
infaltable responsabilidad ecológica −, de modo que terminaba por abandonar la
idea de comprar algo para sí misma. A veces llegaba más lejos y se probaba algo
que sí podría usar: un nuevo pantalón o una blusa, casi como un chiste
repetido, elegía prendas casi idénticas a las que tenía y entonces las dejaba
porque no tenía ningún sentido gastar en verse igual. Además, con tantas noticias
de asaltos y sus propias experiencias en la calle, de hecho, se avergonzaba de
haber perdido dos celulares en la micro y otro más en las cercanías de la
entrada del metro Lo Ovalle, se convenció de que no debía llamar la atención y
más bien debía dar la impresión de ser ella la que podía robar a otros.
Su sobrina, con la que compartía
departamento en el centro de Santiago, era muy diferente y podía advertirlo con
toda claridad, si bien para el exterior parecía casi motivo de orgullo – ¡menos
mal que no es como su tía!, ella es alegre, segura y arriesgada – decía casi
como un mantra a quien estuviera cerca, en su interior parecía estar recitando
una parte de las características que le hubiera gustado tener y que veía fuera
de su alcance.
Lo bueno de no esperar nada era la
sensación de paz y contento interior, como en la película Días Perfectos. Cuando
la vio no le produjo, ella creyó, un gran impacto, pero después no le quedó más
remedio que aceptar que la había afectado. Ser una npc [i] era ser parte del
paisaje y de la experiencia de un juego apacible tal como si el otoño fuese duradero.
Le gustaba el cine y veía casi todo lo que había en cartelera. Volvía a ver
películas viejas también en las salas del Normandie y el Biógrafo en Lastarria,
hasta escribía algunas críticas como una forma de recordarlas más. Ese ítem del
presupuesto no le pesaba en la conciencia. Era como el aire, necesario para
vivir. Algunas películas la dejaban flotando, aunque no tuviera tan claro qué
quiso decir el director o si el guionista había dado o no con el tono que esperaba
el autor de la idea. Una vez se atrevió a quedarse a un grupo de discusión y su
comentario provocó palabras burlonas de un viejo intelectual −el cine es algo
más que solo la anécdota de la historia −. No se atrevió a opinar de nuevo y el
viejo aquel se dedicó a aportillar cualquier comentario que llegaba a sus
oídos. Varias películas bien valían una siesta, pero se esforzaba por verlas
completas porque era el trabajo de alguien y de todos los que creyeron en ese
proyecto. Esas las borraba de su conciencia no pensando más en ellas, porque el
sacrificio de haberse quedado despierta era suficiente. Antes de devolverse al departamento,
después de cada película, pasaba a tomar un café con leche en los meses fríos y
un agua tónica con limón durante los meses cálidos.
Coincidía en contadas ocasiones con
su sobrina, ella, una veinteañera, siempre tenía algo que hacer y pasaba a
contarle de sus aventuras y desventuras a su dormitorio tarde, muy tarde. La
hacía reír mucho con sus tonterías infantiles y cada relato se parecía a una
escena de película, a una vista o a una por ver porque ya se había convencido
de que el tiempo va para atrás y para adelante y tal vez para otros lados.
También realizaba ocasionales
compras asociadas a algunas escenas de películas, unos aros simples y pequeños
como de los años veinte del milenio pasado, algún pañuelo de encaje y otras
minucias que rara vez alguien notaba.
La opinión de quienes se
relacionaban con ella, clientes de la farmacia donde trabajaba y compañeros de
trabajo era unánime: una señorita amable y silenciosa. La estridencia era lo
más lejano a la cineasta aficionada. La conversación con ella era lo más
parecido a un encuentro entre viejos: frases hechas, alguna referencia al clima
y al estado de las cosas, un acápite en el que cabían quejas varias y
habitualmente referidas a la seguridad, las murallas pintadas y el lenguaje deteriorado
de los más jóvenes. Las miradas hacia abajo y un meneo de cabeza desaprobatorio
acompañaba esos breves intercambios sociales. Ella conocía su personaje a cabalidad
y no se salía de él. Incluso sentía que la seguía una cámara o varias en diferente
ángulo por lo que también cuidaba sus movimientos que no podían ser amplios o
bruscos como correspondía a una extra de escenas cotidianas. Con tantas
películas en la memoria del cuerpo, también estaba en su repertorio ser una npc
de un film de acción o de terror y entonces correr y gritar como correspondería
a un estado de desesperación colectiva. No le había correspondido ese carril de
experiencias hasta ahora. Incluso cuando perdió sus tres celulares se trató de hurtos
tan silenciosos y suaves como ella.
Una tarde igual que muchas otras
entró un cliente que solo hablaba inglés buscando un antihistamínico. Se acordó
de la película Hitch, especialista en seducción, solo que no se parecía a Will
Smith. Era un hombre alto de unos 45 años, algo pasado de peso y con un pelo un
tanto rojizo desordenado y abundante. Ninguna de sus compañeras le entendía,
ella se acercó, recordó la escena del benadryl y le dijo algo parecido a − ¿es
esto lo que usted necesita? – el extranjero, que resultó ser escocés, la miró con
sorpresa y un infinito agradecimiento. Siguió un diálogo mínimo en inglés. Ella
sabía algunas frases de películas de memoria y podía acomodarlas a la situación
que se requería.
El gringo, como lo llamaban en la
farmacia, pasó a ser un cliente habitual. Cada vez que necesitaba algo de higiene
personal o algún medicamento pasaba al local y a Elsa le correspondía
atenderlo. Él no se esforzaba mucho por hablar español, muy típico de europeos
y norteamericanos de visita por Latinoamérica por lo demás. Elsa, sin darse
mucha cuenta comenzó a esperarlo y si alguna semana el gringo no aparecía, su
humor se oscurecía un poco más de lo habitual.
II
Romuald llegó a Chile por
curiosidad, trabajo y desesperanza; había vivido una historia oscura de la que
no le gustaba hablar porque sonaba a cliché y a personaje de novela de Emile
Zola, marcado por su origen. Prefería pensar de sí mismo como un escapista que oscilaba
entre torcer el destino y dejar que la vida ocurriera sin demasiada
interferencia de planes que, por otro lado, por más que se había esmerado en
delinear, hasta el momento habían resultado muy diferentes del dibujo original.
De profesor de historia medieval había pasado a trabajar en casi cualquier cosa
en su país y en otros se había aventurado hasta en barcos pesqueros en mares
imposibles, como en Noruega y Nueva Zelanda. Esas experiencias, terroríficas y
extremas lo habían traído a Cabo de Hornos, hasta que se cansó del frío y de la
cercanía de la muerte. Estuvo cerca en varias ocasiones. Lejos de ver el túnel
y la luz al final, solo había despertado adolorido y con una sensación de
resaca que le recordaba sus noches de cerveza y más tarde whisky en las
tabernas de su país. De flacuchento y debilucho con expresión depresiva, había
pasado a ser un tipo con fuerza y desgreñado con marcas en la piel y en alguna
parte de su manera de ver el mundo y a las personas. Aun con las dificultades
de comunicación le pareció vivir algo diferente y mejor con las personas que conoció
en Punta Arenas. Siempre encontraba personas que hablaban inglés y pensó que tal
vez pudiera quedarse en esa ciudad cuando conoció a una profesora de ese idioma con
la que tuvo un romance. Solo que ella tenía la esperanza de irse con él a
Escocia y pareció entonces una mala comedia de equivocaciones. Fue avanzando
hacia el norte según aparecían otras personas y posibilidades de trabajo. – Son
gente confiada los latinos – se repetía, le abrían las puertas de sus casas y
le daban ideas para trabajos hasta que volvió a algo parecido a su labor
original, hacer clases, pero no de historia de la edad media, sino de inglés en colegios
bilingües. No tenían que decirle que no hablara español porque, aunque entendía
bastante más de lo que pretendía, sentía una profunda vergüenza de su
pronunciación casi inentendible para los locales. Todavía no advertía que los
chilenos harían, casi sin excepción, un enorme esfuerzo por comprenderlo y facilitarle
las cosas.
Hacía clases en un colegio
religioso de La Cisterna, de pocos recursos, pero con altas pretensiones que se
sentía orgulloso de tener en su profesorado a un europeo. La primavera traería
grandes sorpresas, fiestas nacionales que le resultaron muy sorprendentes y
agradables y una alergia impresionante que le tenía la nariz como un porrón:
roja e inflamada. No tenía seguro de salud y no sabía cómo ir a consultar a un
médico. Había evitado relacionarse con otros escoceses o extranjeros que pudieran
orientarlo. Tenía la fantasía de poder arreglárselas solo y hacer como si fuera
el único que había llegado a hacerse una vida, aunque fuese mínima, a Sudamérica.
Fue en esas circunstancias que recorrió diferentes farmacias hasta que una mujer entendió lo que quería.
Le llamaba la atención esa forma
tan medida de comportarse de Elsa, como si quisiera ocupar poco espacio con su
cuerpo y su voz. Un personaje de un cuadro de otra época que le recordaba a alguien,
pero no lograba identificar muy de quién se trataba. Le atribuyó cierto
misterio y tal vez algo denso y opaco en su interior.
Comenzó a inventar motivos para ir
a la farmacia, a veces hasta tres veces por semana. Le habían dicho que los
chilenos se duchaban todos los días incluyendo el lavado del pelo. Entonces se
inventó una lista de productos de limpieza y otra de igual tamaño de cremas
para contrarrestar los efectos en la piel de tanto jabón y champú. No podía ser
tan bueno para la piel tanta agua y detergentes a diario. Tampoco quería
arriesgarse a oler mal para sus estudiantes adolescentes y colegas profesores.
Durante un mes y medio no fue a la
farmacia porque se dedicó a recorrer Santiago cada tarde después del trabajo,
había muchos datos en las redes sociales del patrimonio arquitectónico y si
bien, nada podía ser tan impresionante como Europa, no dejaban de tener encanto
las construcciones un tanto pretenciosas y al mismo tiempo sencillas de tiempos
fundacionales de la capital.
Se imaginó caminando con Elsa en
esos paseos y volvió a la farmacia. Su conducta hasta ese momento había sido la
de un adolescente, solo miradas, frases cortas y sonrisas apenas esbozadas.
Ridículo.
III
Cuando Elsa lo vio entrar de nuevo,
no pudo evitar sonreír y levantar las cejas demostrando una alegría genuina y
sin disimulo. Al advertirlo casi se asustó y su rostro volvió a la expresión de
siempre; se acercó a Romuald que en lugar de fingir que necesitaba comprar algo
le dijo que la invitaba a tomar un café a la salida de su trabajo esa misma
tarde. Elsa aceptó como si se tratara de algo que le sucedía a menudo.
No pudo concentrarse más, se miró y
se arrepintió de no haberse comprado el vestido que se había probado, ese tan
diferente a todo lo que tenía. Al menos llevaba sus aros en la mochila y un pañuelo
que pondría un toque diferente a la polera gris que llevaba.
Se las arreglaron para hablar entre
diálogos de películas y frases en español champurreado. Ella lo vio como un
personaje de una película de aventuras, recio, valiente y al mismo tiempo complejo
y sensible: Indiana Jones en persona, Romuald a ella como un cuadro de Hopper,
una mujer con historias inconfesables disfrazada de correcta a la espera del
azar representado por él.
Entre la advertencia de Romuald de
los diálogos de películas que Elsa distribuía en sus conversaciones y la
evitación de él de sus historias antiguas de delincuente de poca monta, que ella
descubrió se encontraban detrás de los disfraces de explorador del planeta, vivieron
el mejor romance que cada uno se pudo imaginar al lado del otro. Sin que ninguna escena fuese real.
− ¡Tanto tiempo sin vernos Columbo!
−
Sí, ¿alguna explicación?
−
No, la vida no más y el temor.
−
¡Uf! Por supuesto, como si no lo conociera, el temor a molestar ¿no es así?
−
Y más, usted me conoce, pero no perdamos más el tiempo ¿a qué se debe este
café?
−
Al otoño, a la celebración del frío y a la sorpresa de que tal vez seamos los
últimos humanos.
−
Lo noto apocalíptico. ¿se refiere a la guerra comercial?
− No, a algo que comenzó antes que
eso. A la muerte paulatina de la conversación.
− ¡Ah! un tema apasionante. También
he pensado en eso. Son escasas las conversaciones, pero tal vez los son desde
hace mucho, la mayoría de las veces parece que las personas conversan, pero más
bien es un intercambio de frases hechas por la buena costumbre, sin muchas
ideas. Incluso se evitan tópicos que pudieran llevar a discrepancias como si
fuera una especie de amenaza al vínculo.
− Entonces usted, tan pedante como
siempre, solo llama conversación a la discusión de ideas inteligentes o algo
así. No concuerdo, tal vez yo sea más básico, más torpe, más naïve
− Ja ja ja y usted, tan burlón como
siempre, no desaprovecha ninguna oportunidad para desacreditarme ¿no?
− No es muy difícil la verdad.
Fuera de bromas, una expresión muy cliché, por supuesto, me refiero a verse las
caras, a hablar, inclusive a balbucear, lo que sea con otra persona, aunque se
trate de temas absurdos. Tal vez nosotros seamos los últimos que podemos decir
algo sin recurrir a la IA.
− ¿Cómo? No estoy familiarizado con
eso.
− ¡Se me olvida lo viejo que es
usted!
− Agradezca que recién nos trajeron
el café, si se va a poner desagradable, mejor me voy. Y por si no se acuerda,
tenemos la misma edad.
− ¡Ay! Tanto y tan rápido que se
ofende. Disculpe Mr. forever young, no sé qué me pasa hoy que no puedo
ponerme serio en este encuentro. ¿sabía usted que ahora cuando chatea no puede
saber si es una persona la que le contesta o la IA es la que responde?
− ¿En los trámites? Como las
páginas de los bancos, pedidos de gas y esas cosas supongo.
− ¡No pues! En un chat con amigos,
una persona natural o varias. Si la respuesta es muy ordenada, lógica y sin
faltas de ortografía hay que desconfiar, puede tratarse de una aplicación que
su interlocutor usó para darle una respuesta adecuada según varios criterios.
− ¡No me diga! ¿usted ha usado esa
aplicación para chatear conmigo? En general su escritura es correcta y
adecuada.
− Jamás la he usado, menos con
usted, es una deformación profesional eso de poner puntos, comas y, por lo
demás, hace mucho que no chateamos y me parece bien. De otro modo estos
encuentros no tendrían sentido ¿no le parece?
− Por supuesto, en eso estamos de
acuerdo, aunque como usted es yo y yo usted, ambos sabemos que de no ser por el
chat estaríamos muy aislados.
− Cierto, ninguno se destaca por
las habilidades de conexión. Usted detesta hablar por teléfono y a mí me es
difícil empezar, pero bueno aquí estamos. Así es que tal vez sí seamos los
últimos humanos con recursos de la especie, aunque ya posiblemente contaminados
con micro plásticos y las correcciones del autotexto.
− Sí, humanos puros, puros tal vez
ya no seamos.
− Al menos conservamos algunas
cualidades de lo humano, aquello de la autoconciencia y de la narrativa
personal.
− ¿Ha estado leyendo algo que trate
sobre eso en el último tiempo?
− Sí, pero no recuerdo dónde, tal
vez lo escuché, en fin, es un tema antiguo, los humanos nos caracterizamos por
contarnos historias acerca de todo, intentamos explicarnos las cosas en una
sucesión de eventos que tal vez incluso no ocurrieron o no en el orden
recordado.
− ¡Ah! Claro y a usted le obsesiona
eso de los archivos mentales y las emociones que los traen a la conciencia
teñidos de diferentes colores.
− Y a usted le atrae la idea de que
las explicaciones acerca del comportamiento de uno mismo y de los otros no son
más que acomodos según las teorías de la mente que impere en ese momento para
los interlocutores o en ese estado de doble conciencia que establece el diálogo
interno.
− Como esta conversación ¿no?
− y como cualquier conversación.
¿No son los otros lo que uno cree de ellos?
− o podría ser que uno crea a los
demás, uno les atribuye características, motivaciones, deseos, temores.
− No sé, es una exageración me
parece. Uno hace cosas, los demás también.
− Sí, pero las interpretaciones son
de quien las hace. Claro, tampoco es que estemos en una alucinación constante…¿o
sí?
− Oiga, pero entonces, el concepto
de uno mismo también es un invento, otro cuento más o narrativa para que suene
más sofisticado ja ja ja.
− Se nos acabó el café con leche ¿quiere
unos panqueques para seguir conversando?
− Por supuesto, en eso no hay dos
versiones del mismo yo. Y otro café con leche.
Casi todo el año pasado y lo que va
de este me lo he pasado escuchando biografías, conferencias, audiolibros y
otras curiosidades mientras hago otras cosas: conducir, jardinear, cocinar,
ordenar y el sinfín de tareas domésticas repetitivas, invisibles e infinitas.
Extraño la música, es cierto y cada vez que quiero escuchar algo me aparecen
enseguida más videos y podcasts porque yo misma he ido alimentando el algoritmo
de mis preferencias o laberintos de palabras diría un admirador de Borges.
Las biografías son, por lejos, una
debilidad o una preferencia marcada en mis ´me gusta´ que toman la forma de
corazoncitos rojos y pulgares para arriba en las plataformas digitales. A veces
no tengo la posibilidad de detener la reproducción automática y así conocí a
Don Mario, me refiero a Vargas Llosa por supuesto. Di con una conferencia que
dio [1] en la universidad Diego
Portales, sin buscarla. Esa fue la primera vez que lo escuché. Más allá del
contenido, al que en esa ocasión no presté demasiada atención, me impactó su
forma de hablar, esa voz firme y coherente con la claridad de sus ideas. Sin
titubeos, muletillas ni rodeos innecesarios, como si hubiera tenido un archivo
mental escrito y ensayado en modo de autoejecutable, pero dicho con entusiasmo
y convicción. Me pareció un hombre viejo con una inteligencia muy superior y,
sin embargo, sin intenciones de agraviar a otros con esa superioridad
intelectual. Al revés, tenía la particular habilidad de hacer parecer fáciles
algunos conceptos en los que otros pueden darse muchas vueltas y volteretas
acrobáticas para deleitarse en su propia habilidad de volverse ininteligibles.
Desde ahí empecé a buscar
entrevistas, foros y otros en los que participó y de los que quedaron registros.
Escuché su biografía según diversos oradores, tarea esencial si se quiere una
visión más amplia y caleidoscópica de alguien por eso de los sesgos, los
inevitables sesgos. Escuché sus opiniones respecto de diversos temas y las
reacciones de sus contemporáneos. Me metí, de puro copuchenta, a conocer más detalles
de su singular vida amorosa y los juicios que enfrentó en cada circunstancia. A
partir de esos pelambres me puse a leer La Tía Julia y El Escribidor y me
resultó difícil porque me interesaba la historia con la tía y las otras
interminables anécdotas me distrajeron. Todavía no lo termino. (lectora
pecadora que deja libros a medias). Seguí escuchando entrevistas, conferencias
y anécdotas de la vida del escritor. Porque cuando a una le da, ¡le da!
Escuché encantada la historia de
Víctor Hugo, salpicada con detalles sobre Flaubert[2]. Es hipnotizante,
divertida y al mismo tiempo muy técnica esa conferencia. Es para repetírsela
como una buena melodía.
Y se murió.
Los videos, opiniones y juicios de
multiplicaron y siguen reproduciéndose como el COVID en sus mejores tiempos.
Los juicios negativos por su historial amoroso y opiniones políticas están a la
par de los elogios por su talento como escritor y orador.
Un señor con una vida llena de
historias y anécdotas que solo parecen ocurrir en el transcurso del tiempo de
quienes pueden contarlas. Un humano tan contradictorio como no se puede más,
alguien capaz de escribir La Sociedad del Espectáculo y luego emparejarse con
la reina de la farándula para después volver a la casa de su ex y su familia.
Un señor capaz de enfrentar toda clase de preguntas, algunas francamente agresivas,
y responder con claridad por su valiente defensa de la moderación y la libertad
en una ya larga época en que lo más fácil es rendirse a los extremos y lisonjear
a la cultura mainstream.[3]
No me he pasado solo escuchando a
Mario Vargas Llosa, también, buscando cómo hacer un paseo a Lonquimay, me
encontré con la historia de la masacre de Ranquil (1934) y también me dio, escuché
muchas versiones de lo mismo y todavía me faltan más. Me puse a imaginar cómo
ese horrible conflicto afectó y sigue afectando a personas que eran vecinas y
luego enemigas. El silencio se instaló por años entre ellos y me parece
entender por qué. Vargas Llosa hubiera escrito una gran novela sobre esa
historia terrible.
[1] De la utopía a la libertad, UDP https://youtu.be/G6Zgq6voolo?si=IIl60mZF4jMtbwMG
[2] MVLL
Mis pasiones literarias https://youtu.be/SLYic6Z1bPY?si=0x3Cai8J_eVXQoEM
[3]
MVLL, sobre Gabriel García Márquez https://youtu.be/BcDlwT7Clyw?si=6wRaaNNj1rD8iqRK
En una medida desesperada, exagero
por supuesto, me puse a buscar en Linkedln lo que ahora se considera una
trabajadora ideal y no me vengan con eso de que depende de la empresa, del
clima, del perfil del jefe superior. Hay palabras que se ponen de moda y parece
que hace rato estoy hablando otro idioma o entiendo todo mal. No sabía si
actuar como una profesional dispuesta a la esclavitud más absoluta, con tal de
ser parte del proceso de consecución de objetivos, y entonces, disfrazada de joven
con enorme potencial, casi hacer una venia a quien quisiera contratarme; o
mostrarme como alguien con una confianza a toda prueba, con condiciones de
liderazgo del que se necesitara: participativo, autoritativo, apreciativo, situacional,
transaccional, pero con sólidas
convicciones personales.
O tal vez hacer propias esas listas
de lo que dicen que hacen las personas de éxito: levantarse a las cuatro de la mañana,
hacer actividad física, comer en las horas que lo permite el ayuno intermitente,
siempre que se trate de comida cocinada por una, con mucho huevo, verduras y tés
de hierbas que no conozco; vestirse con colores neutros, de manera que quede en
evidencia el buen gusto y dinero, pero sin ostentar; pensar positivo
todo el día y al mismo tiempo estar conectada con las emociones, pero no tanto
como para perder el control y desregularse, pecado capital fuchi fuchi, de lo
peor que le puede pasar a alguien en cualquier circunstancia. Conmoverse sí,
pero con clase. Llorar sí, pero sin sollozos ni mocos, reírse sí, pero sin
carcajadas que puedan irrumpir en el espacio personal del otro. Aprender
también para qué es aceptable querer tener dinero, no por ambiciosa, no por
superficial, sino para viajar, aprender, disfrutar de la naturaleza, de los
sentidos, de la compañía de personas que sumen. No para pagar un arriendo, para
llegar a fin de mes en azul y menos mencionar el ahorro para períodos duros
porque alguien de éxito no piensa en que algo puede resultar mal. En los
hobbies hay que incluir la lectura de al menos dos libros al mes, para eso hay
resúmenes en podcasts de moda, la meditación, alguna manualidad y el orden
inmaculado del dormitorio y todo el espacio vital.
Llevo casi seis meses sin trabajo porque
renuncié, pero tampoco puedo decir con sinceridad lo que me pasó porque está
mal visto hablar mal del lugar anterior en donde una fue a caer, pero aquí lo
puedo contar: estaba trabajando con un jefe tan mediocre que hasta una vez lo
escuché decir que me había seleccionado porque me encontró útil, pero tontona,
así es que jamás podría ser una amenaza para él, no se me iban a ocurrir ideas
aportadoras y tenía el perfil de aplicada obediente que él requería para seguir
siendo indispensable. Lo escuché cuando hablaba con un amigo por teléfono, así
de huevón. Me había dado cuenta de cómo parasitaba de todos los integrantes del
equipo, se apropiaba no solo de las ideas, también de las críticas a distintos
proyectos de manera que frente al gran jefe aparecía como un tipo leal y al
mismo tiempo independiente de pensamiento. El tipo vivía pensando en cómo
posicionarse mejor, cómo convencer, y convencerse, de lo indispensable que era
en el negocio. Nunca conocí a alguien tan centrado en los rumores ¡ni en el
colegio! Estaba pendiente de quién y para qué entraba alguien a la oficina del gerente
general, se quedaba todo lo que podía hablando con la secretaria, hasta
corrieron rumores de que tenían onda, pero yo me daba cuenta de la cara de la
pobre. Al principio lo trataba bien, pero luego ya le parecían odiosos sus
interrogatorios y ponía malas caras sin disimulo, él único que no se daba
cuenta, o no quería hacerlo, era ese tipo. A mí me dijo que era casado, después sospeché
que hasta eso era una mentira para parecer correcto, acorde al cargo, pero no,
había una mujer en el mundo dispuesta a aguantarlo. − La necesidad tiene cara
de hereje − decía mi abuela para explicarse esas uniones raras.
El gerente debe ser harto de las
chacras también, o naïve, para decirlo de mejor modo, que no se da
cuenta de la calaña de su ´mejor colaborador´ como lo llamaba en los tres
aniversarios de la empresa en los que alcancé a estar.
A mí me trataba, al comienzo, con
máxima distancia laboral, Azucena para allá, Azucena para acá, (qué le voy a
hacer, así me pusieron mis padres); revise estos informes por favor y haga
comentarios. Tenía que detectar fallas en los manuales, en la descripción de
procesos, si los gráficos eran los más adecuados para mostrar los datos, si
estaban acorde a las normas de calidad de la empresa y si, así como iban los
avances, se alcanzarían los plazos propuestos por los clientes. Eso era al
principio, después me tocaba ir a verificar en terreno si era efectivo que las cosas
se hacían como se decía en el informe y encima proponer mejoras porque había
que optimizar los presupuestos y mejorar la productividad. A los trabajadores de
las diversas áreas les parecía raro que me metiera tanto en sus tareas, me fue
difícil al principio, nunca he sido confianzuda y a cada rato decía que eran
órdenes de arriba, eso abre puertas, pero no cierra sospechas y ahora que estoy
afuera me han contado que pasé por toda clase de atribución de intenciones, ninguna
buena por supuesto.
De tanto trabajo y tan distinto, al
año conocía en detalle lo que hacían casi todos. Propuse automatizaciones de
procedimientos y de a poco, sin darme cuenta casi, comencé a anotar las
falencias que según yo había en cada unidad y en rojo lo que a mí me parecía que
había que hacer para remediarlas. A veces eran tonterías como que si se
dispusieran las máquinas en una orientación diferente se facilitaría el
desplazamiento de los trabajadores y mejorarían el tiempo de respuesta e incluso
habría un menor índice de accidentabilidad.
Eso detonó mi salida, mi jefe
andaba en Dubái, porque se las había arreglado para que le dieran los mejores viajes
en busca de innovaciones aplicables a la empresa. Llegaba de cada destino con
carpetas de folletos, cotizaciones, fotos e ideas que eran estupendas si se
hubiera tratado de una fábrica de autos de fórmula uno, pero la empresa se
dedicaba al armado y reparación de maquinaria agrícola. Como el verso arregla
todo y siempre se las ingeniaba para decir que no se trataba de copiar sino de
llevar prácticas de un ámbito a otro para que se tratara de verdadera
innovación y no de réplicas de experiencias, el gerente le seguía creyendo.
Un trabajador se enredó en un cable,
cayó mal, quedó hospitalizado por un TEC cerrado y fractura del antebrazo, de
cúbito y radio, decía el informe. Ese día todo estaba mal, la tormenta perfecta
de errores, ausencias y encima, apagón en la ciudad. Esos asuntos nunca llegaban
al gerente, pero como ese día todo estaba raro, terminó casi él mismo resolviendo
la tremenda escoba que quedó. Un compañero del trabajador accidentado detuvo un
proceso para que no se dañara el generador y estalló otra máquina. En realidad,
pudo ser mucho peor, casi nos incendiamos por completo.
Yo me encargué de la UPS, si nos
quedábamos sin información ya era el colmo. Estaba verificando algunos puntos
cuando me llamó a su oficina el gerente. Estaba casi al borde del ataque de
pánico, hacía todos los esfuerzos para controlarse, era como si necesitase que
alguien le dijera que todo iba a estar bien, que podía respirar tranquilo,
nadie se murió y las pérdidas del día eran recuperables en un plazo breve. Entendí
por qué confiaba en un chanta como mi jefe, que por lo general hablaba como si
tuviera un doctorado en todos los temas, le daba certezas que nadie tenía, lo
tranquilizaba y le hacía sentir que las cosas estaban bajo control.
Me preguntó miles de cosas,
detalles incluso insignificantes y yo le dije que para ordenarnos deberíamos ir
por áreas y saqué mi tabla eterna de puntos a mejorar. Se calmó, respiró
profundo y me pidió que se la compartiera. Le dije que si quería la arreglaba
para que la entendiera porque estaba llenas de abreviaturas personales y
observaciones que no se entendían sin contexto. Ya era tarde y había que irse,
me dijo que cuando volviera mi jefe se la presentara con él en una reunión.
Eso hice, mi jefe volvió de Dubái, feliz y lleno de ideas, ninguna suya. La atmósfera se volvía pesada e intranquila cuando estaba mi jefe, los que podían evitarlo lo hacían, yo no podía porque era la mano derecha del mano derecha. La reunión con el gerente quedó para la tarde, me persiguió toda la mañana para que le presentara antes a él o que al menos le enviara un resumen. Con tantas cosas a mi cargo, que él mismo me había asignado, y dado que el tiempo no es tan elástico como él quiere, no alcancé. Tampoco es que tuviera muchas ganas.
La dichosa reunión se hizo después de almuerzo. Apenas entré me di cuenta de que mi jefe se había ganado la antipatía de los otros de su misma jerarquía, le preguntaban con tono cínico acerca de su último viaje, si ya tenía listo el siguiente destino y parecían un grupo de envidiosos sin ganas de disimular sus malos sentimientos. Recibí muchas preguntas y buenos comentarios mientras presentaba. La jefa de mantenimiento me dijo que ahora entendía que anduviera metida por todos lados, que podía ver que estaban los elementos para una estrategia general de mejora de flujos que ella encontraba indispensable. El gerente general tenía una expresión extraña, no soy muy buena detectando caras parece porque no sabría decir si estaba confundido, enojado o tenía sueño. Preguntaba poco y prefería comentar a mi jefe sin que los demás pudiéramos escuchar. Al final, creo que más por la antipatía hacia mi jefe que por mi presentación, me felicitaron más de lo necesario y uno se atrevió a aplaudir sin que los demás lo siguieran. Mi jefe hizo lo de siempre, se atribuyó muchas observaciones e ideas. Hasta el gerente miró hacia abajo y comenzó a sonreír meneando la cabeza de lado a lado. Yo no dije nada, me despedí y agradecí el espacio de la reunión. No sé, buenas costumbres de la casa, hábitos de provinciana serán.
Ellos siguieron por más de una hora y yo volví a lo mío. Mi jefe me llamó a su oficina en cuanto salió. Me trató de lo peor, la verdad me sorprendió, y me acordé de eso de tontona y obediente, esperaba alguna clase de reconocimiento la verdad, en lugar de eso me dijo desleal, mosquita muerta, escaladora, desclasada, ineficiente y casi me culpa del accidente del trabajador. Lo vi como una especie de dragón de poca monta que me lanzaba llamas y malos olores por su boca y que su único objetivo era verme llorar. No sé cómo, pero logré parecer tranquila. Escuché su perorata abyecta y casi podía verlo convertirse de dragón en gusano.
- ¿Terminó?
- Sí, sal de aquí.
Si hubiera podido creo que me hubiera empujado, a cambio dio un portazo sonoro y cobarde.
Lo que vino fue peor, por semanas me sobrecargó de tareas estúpidas e incoherentes entre sí, cambiaba las prioridades a cada rato de modo que no podía avanzar en nada. Además, tenía que avisarle de cada llamada de otra unidad que recibiera. Y yo lo hacía, obediente, claro. Calzaba con mi perfil.
Comencé a cansarme como nunca antes. Un par de días llegué atrasada porque dormía mal en la noche y no escuché la alarma del teléfono. Era fin de mes. Llegué y revisé mi liquidación de sueldo, venía con un error grosero, harta plata de menos. Me estaba poniendo de pie para ir a preguntar qué había pasado cuando entra mi jefe con un papel de observaciones, una genial idea del departamento de recursos humanos, para que firmara los atrasos y el descuento en puntaje que eso tendría en mi evaluación de desempeño.
Me dio la locura, reventé. Agarré el papel, lo rompí y lancé los pedazos a su cara, comencé a gritarle de todo: gana pan, chueco, miserable, mediocre, chupamedias y poca cosa, como me quedó gustando ese último insulto lo repetí gritando más fuerte con mayúsculas y separando las sílabas PO CA CO SA. Tomé mi cartera y renuncié.
Aquí estoy, buscando trabajo y rogando para que no llamen a mi exjefe para pedir referencias mías. Una amiga me recomendó que fuera a un coaching laboral . Fui y me dijeron que tenía que trabajar mi control de impulsos, tolerancia a la frustración, aprender a poner límites y mejorar mi asertividad.
Foto de Heber Vazquez: https://www.pexels.com/es-es/foto/puesta-de-sol-mujer-silueta-tarde-15969258/
La escena era tan absurda que se
reía sola. Solo que después, durante la ocurrencia de los hechos no podía
sacarse el traje de seriedad y formalidad que según ella correspondía a su rol
de ejecutiva de pensiones. Siempre con la mirada en el beneficio del cliente,
pero sabiendo que debía captarlo como fuera. Si sonreía de una manera muy
espontánea todo podía irse al carajo, solo podía esbozar un rictus de agrado
que generara confianza y nada de familiaridad que pudiese parecer una cercanía
sospechosa. Vestía un correcto pantalón negro, un sweater gris con escote en v
que dejaba ver una blusa blanca inocua y un infaltable blazer pasado de moda.
Cuando en la compañía vio la agenda
de visitas del día aparecía Héctor Mardones Cabrera. Trataba de recordar los
nombres para reforzar aquello de la atención personalizada y que la asesoría
pareciera más bien una conversación en lugar de una venta de servicios. Le
habían preparado la carpeta para don Héctor con sus datos de cotizaciones y
ahorros previsionales voluntarios, llevaba también las propuestas de renta
vitalicia que, dadas las condiciones de incertidumbre del mercado, era la única
opción vendible. Ella hablaba en porcentajes, probabilidades y trataba de
evitar conceptos como enfermedad, muerte y siniestralidad. Trataba de utilizar
conceptos como esperanza de vida, tranquilidad, seguridad. Las palabras
importan, le decían en cada capacitación de ventas. Además, recalcaban hasta la
caricatura las diferencias generacionales y la adaptación a los usos sociales
de los mayores. Para eso se requería observación de los detalles, fíjense en el
pelo, por lo general acompañaban esa frase con un chiste viejo y repetido – ¡si
es que les queda! – ojo con la ropa, en el maquillaje en el caso de las mujeres,
miren la postura corporal. Todo iba dirigido hacia la determinación de la actitud
del cliente: se trataba de un viejo con ganas de seguir trabajando hasta la
muerte, de alguien cansado cuyo máximo sueño era irse a la casa a ver películas;
de una persona previsora con una cartera de inversiones diversificada que tenía
planes hasta para tres vidas más, de alguien que nunca planificó nada, solitario
o sociable. En fin, y por supuesto, la entrevista debía determinar si había
personas dependientes de su futura pensión, si había fondos compartidos y una
serie de factores, cada uno con un puntaje asociado.
La ventaja de su trabajo era que
pocos estaban informados, parecía casi un estado de negación aceptado por
grandes grupos, ella misma había entrado a trabajar en ese rubro porque casi se
cayó de espaldas cuando vio su propia pensión. Además, era más sana de lo que
esperaba y por lo tanto debería prodigarse más ahorros a cómo diera lugar.
Sonaba raro considerar un problema lo de la extensión de la expectativa de
vida. Dar información actualizada y de forma sencilla era su forma de sentir
que contribuía y no era una pieza más del sistema esquilmando a trabajadores
que cumplieron las reglas del juego. De paso, cada cliente era una contribución
más a su fondo para el futuro.
II
Comenzó a sonar una salsa, los
versos repetían casi palabra por palabra el argumento que Eva quería escuchar y
que cualquiera de su edad tenía tan aprendido como un rezo o una poesía de los
años escolares para iniciar una aventura de gente grande. – [1]yo no sé mañana −. Su
compañero de baile era guapo y bailaba, daba lo mismo cómo, el punto era
bailar. Sentía su mano en la espalda y luego, sin hablar estuvieron coordinados
en un discurso interno mutuo que solo requería movimiento, risas y miradas.
Que mal que estuvieran presentes
tanta gente que la conocía, mal que mal la vida continuaría y vería de nuevo a muchos
de los que la miraban mientras bailaba con el guapo de la fiesta. Que raro se
sentía eso, de haberlo experimentado en la adolescencia, la historia sería
otra, pero a estas alturas en que ya pocas cosas importaban, seguía pendiente
del buen concepto que otros pudieran tener de ella. Las amigas la buscaban para
decirle con el pulgar que les gustaría estar ahí. Eva esquivaba el contacto.
Algunas le decían cosas que no lograba escuchar. ¿Por qué a algunas personas parecen
querer conversar en contextos donde es imposible? Esta vez le tocaba el rol de
la suertuda del baile y no iba a desaprovechar la oportunidad de disfrutar ese
territorio.
Era casi divertido hacerse la indiferente
a las miradas acosadoras que querían y al mismo tiempo no, ser testigos de los
avances en el contacto físico. Era parte del juego de las mujeres y hombres en
el baile. Podría ser un buen chisme, podría ser un excelente chisme, de esos
que permiten juzgar a otros y al mismo tiempo posar de sabios consejeros y
decir las frases maduras que todos han aprendido en la tribu, desde siempre,
pero también estaba el deseo, de los otros, de que no ocurriera nada y así todo
quedaría en el plano de la fantasía y los juegos peligrosos.
A veces, para escapar de sus propias
sensaciones, solía imaginar que su conciencia sobrevolaba encima de distintas
situaciones, se separaba entonces de la escena para observarla desde otro
ángulo. Podía casi advertir desde lo alto la dinámica de los acercamientos de los
grupos y cómo se armaban y desarmaban alianzas momentáneas según la música y otras
intenciones. Se distraía en esas observaciones mientras esperaba alguna
explicitación de intenciones, un secreto acuerdo de salir, él primero y ella
después, para dar curso a lo que era tan evidente, al menos para ella: ese
deseo que surgía a borbotones por tanto contacto entre los cuerpos.
Podría haber argumentado cualquier
cosa, la letra de la salsa con la que comenzaron a bailar, la inminencia del
fin del mundo en el 2012, la naturalidad de la biología, lo que fuera y ella
hubiera dicho que sí incluso a alguna propuesta vaga. No importaba si no sabía siquiera
su nombre. Podría haberse ofrecido a llevarla a su casa con un breve desvío. Eva
quería decir algo, pero de un modo fantasioso sentía que había dicho todo cantando
las canciones que se sabía y que su cuerpo la había delatado en cada
movimiento, en cada acercamiento.
Terminó la fiesta y cada uno partió
por su lado, con una despedida tan formal como los manidos saludos cordiales
al final de cada correo electrónico. Soñó con el guapo de la fiesta esa noche y
otra más.
III
Cuando la secretaria le dijo a Eva
que pasara a la oficina de don Héctor Mardones, que la estaba esperando se
encontró, doce años después, con el guapo de la fiesta. Lo reconoció por los
ojos, la sonrisa y el porte. Simuló no conocerlo dando por sentado que él no
había notado su presencia en esa fiesta tan lejana a estas alturas. Se presentó
y comenzó el habitual despliegue de su discurso técnico diciendo lo de siempre –
seré breve don Héctor, se ve que es un hombre ocupado− a todos les gusta oír
eso porque casi no hay nada peor visto que alguien que no es productivo durante
todo el período de vigilia y tal vez incluso durante el sueño, que debe ser
reparador, de mínimo siete horas y ojalá más, sin interrupciones ni pesadillas
que puedan revelar alguna acumulación del temido cortisol. Una vez que le entregó
la carpeta con la información de su caso y Héctor la leía rápido, recorrió con
la vista la oficina. No era muy diferente de otras que había visitado en ese
mismo edificio de Vitacura, muchos ventanales, madera oscura, buena temperatura
y minimalista, tal vez su escritorio estaba un poco más desordenado que otros,
con notas y gráficos dibujados en hojas dispersas encima, hábito que aún tenía
la generación de personas que comenzaban a planificar su pensión.
El potencial cliente, vestía de
azul en distintos tonos, clásico y correcto. La corbata revelaba su
conservadurismo más que la posición jerárquica en su trabajo. Le agradó su
formalidad, Eva no soportaba a aquellos que la tuteaban y lanzaban risotadas de
la nada haciéndose los vivarachos y seductores como si pudieran logran más
intereses en sus fondos por sus intentos de envolverla en una seudo relación
amistosa.
Era agradable Héctor. Formal y
distante, pero interesado en entender y preguntar lo necesario.
En un nuevo sobrevuelo sobre esta
escena le pareció que la vida era extraña por la forma en que se dibujaban los
encuentros y desencuentros, ahí estaba el absurdo que casi la hacía reír, pero ya
era una maestra, casi, en el control de sus expresiones.
−No se me ocurre qué más preguntar
para alargar esta reunión, estoy seguro de haberla visto antes y solo se me
viene una canción a la mente. Dijo esto con una inesperada y amplia sonrisa,
retirándose los lentes de lectura para mirarla de frente.
Eva ordenó la carpeta y se levantó
para despedirse, se acercó un poco y en una conducta muy fuera de su repertorio
habitual, cantó un pedazo de la salsa que había bailado con él “yo no sé si tú,
no sé si yo…”.
(no sé por qué salió así el formato del texto)
Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...