Mientras se dirigía al supermercado
con dinero en efectivo para no pasarse del presupuesto, entendió aquellas
historias de personas que llenaban el carro para luego dejarlo tirado y también
se vio a sí misma probándose vestidos para su graduación que estaban fuera de
alcance de su familia. Actuaba la escena con convicción, siempre había un
detalle que no le llenaba el gusto le decía a la vendedora. Hubo uno que le
quedó como hecho a la medida y entonces disimuló su cara de satisfacción y dijo
que si no fuera por el color sería perfecto para la ocasión. Se arriesgaba,
pero era capaz de resistir la tentación.
En realidad, no debiera ir al
supermercado, todos saben que la feria y los negocios mayoristas eran una mejor
opción para sus circunstancias, pero era difícil renunciar a los hábitos.
Además, no hay comparación entre un lugar hecho para una buena experiencia de
compra que otro en el que la decoración era un ítem inexistente. Conocía los
trucos: mucha luz, muchos colores, productos acordes con la festividad más
próxima, cambio de posición de los ítems de primera necesidad para obligar a
los clientes a mirar con detenimiento las góndolas con productos suntuarios.
También está la ubicación a la altura de los ojos de las marcas más caras y
dejar casi en el suelo o muy arriba las más baratas. Pocos hacen el esfuerzo de
agacharse y empinarse a veces no alcanza. Ni hablar de los tamaños, es casi
imposible encontrar sachets, frascos o latas para usar de una vez y en su lugar
hay unos enormes que quedan para siempre en el refrigerador hasta que se vencen.
Alguna vez pensó que era demasiado
pesimista pensar en que la publicidad y el marketing invadirían todos los
espacios, todos sin excepción. Y ahí estaba, mirando sin querer un montón de
cosas bonitas e innecesarias.
Es difícil reconocerse como una más
de las presas buscadas, y más que encontradas, de los depredadores del comercio
y sus infinitos trucos. – Ay, si hubiera resultado el proyecto del sur, si no
hubiera habido pandemia, si hubiera soportado un poco más, si hubiera sido menos
sentimental y más pragmática – no tendría que pasársela jugando con un Excel villano
que le mostraba un mal juego de cartas con sus ingresos y los gastos. A estas
alturas un papel bastaba para el mismo diagnóstico, pero los hábitos son difíciles
de vencer.
A veces surgía el lado más amable
de sí misma y se decía que lo había pasado bien mientras pudo, que había demostrado
que no era una fracasada porque al menos podía manejar sus deudas y que ahora
solo tenía que aprender a equilibrar bien los pagos y no salirse, bajo ninguna
excusa, del camino que había trazado con el contador. Lo bueno es que las
palabras y las modas dan para todo y entonces ahora podía decirse y decir a
otros que ha llegado el tiempo de la austeridad, porque cómo puede ser que todo,
absolutamente todo, sea susceptible de transacción; podría agregar que el
cambio climático, que las primeras comunidades cristianas, que los monjes
budistas, que la señora Juanita, que las cosas más importantes no tienen precio
y lo esencial es invisible a los ojos, el mantra más conocido y repetido en las
redes y, sonaba mal, pero que su clóset estaba abarrotado de cosas que no usaba
y que tenía zapatos y accesorios hasta que muriera. Y de los viajes, bueno, que
ya conocía lo que había soñado y que el turismo hace tan mal a las comunidades
y países de moda que había decidido pasar más tiempo en su casa porque como
dice Byung-Chul Han, la felicidad está en no hacer nada o a lo más cultivar el
jardín porque todo lo demás era productividad servil al sistema. Además, hay
otro filósofo, Kohei Saito, que propone el decrecimiento económico para no ir
camino a la autodestrucción y su argumento sonaba de lo más razonable hasta que
llegaba al punto del trabajo, porque alguien tiene que trabajar para mantener vivos
a los jardineros, a los pacíficos lectores o a los que no quieren producir y
está difícil que los que han acumulado más riqueza la regalen por la buena,
pero para qué iba a entrar en tanto detalle, mejor ir por el lado pachamámico y
declararse no en quiebra, porque que mal, sino en conversión espiritual.
¿Y los conciertos? Podría convencerse
de los factores adversos: que las multitudes y las molestias de quedar
estacionada lejos de la entrada, los gritos que no dejan escuchar, los
celulares y la interrupción de la vista porque claro, la gente es incapaz de
disfrutar sin publicar lo que hace y total para eso estaba YouTube y se podía sentir
igual. Mentira, jamás sería lo mismo, pero podía decírselo y autoconvencerse
¿no? Total, los pensamientos no constituyen la identidad y la mente es
diferente de una misma. ¿Y los libros físicos? Eso era sencillo, hacía rato que
eran un exceso, tanto espacio que ocupan, tanto papel, tanta huella de carbono.
Para eso estaba inscrita en la biblioteca pública correspondiente a su sector,
pero ya lamentaba no contar con varios que había leído y parecían no estar
disponibles en su historia personal porque no los tenía, no los podía oler ni
hojear o volver releer al menos en las parte favoritas. El libro como objeto
que debe estar ubicable porque ¿cómo le hubiera agarrado el gusto de no ser por
los libros que había en su casa? Claro están los audibles y los digitales, pero
jamás será lo mismo. Jamás de los jamases.
Avanzaba por los anaqueles del
supermercado y ya se cansaba de sumar cada cosa y de ver cómo podía reemplazar
lo mismo por algo más barato.
Recordó su gusto por las cosas
inútiles y la lealtad a los objetos regalados casi como una obsesión, como si
muchos no fueran solo un salir del paso y pudieran ser reciclables sin culpa
como lo hacían tantos. Como ella misma había hecho varias veces. La costumbre
de asignar valor y significado a las cosas, lugares, palabras, sonidos y aromas
era otra expresión de su materialismo, del gusto por la acumulación. No quedaba
más alternativa que aceptar que su lado B tenía un componente vergonzante que
no había tenido que explorar antes.
La caja estaba cerca y casi había
cumplido su objetivo: comprar solo lo que necesitaba, le sobraban mil
quinientos pesos y como ya no había chicos que ayudaran a embolsar ni
estacionadores no tenía que dejar monedas para propinas. Sentía el pecho
inflado de orgullo, como cuando ganaba un proyecto o su opinión tenía valor en
el mercado inmobiliario, no tenía tan claro cómo fue que se fue introduciendo
en el mundo de la obsolescencia y de pronto dejaron de llamarla, tal vez porque
se confió demasiado o porque ya estaba cansada, solo eso, cansada y aburrida de
lo mismo, cansada de intentar reinventarse como decían sus colegas y
competidores. Cansada. Solo eso.
Cuando pagó le dijeron que podía
canjear unos puntos de no sabía qué y entonces le sobraron diez mil quinientos
pesos. Se alegró como una niña a la que le regalaban un dulce inesperado. Compró
un cartón de Kino y cayó en cuenta de que había caído en otra trampa. Los
juegos de azar se alimentan de la desesperación, de los cansados como ella, de
los que creen que merecen un golpe de suerte y buscan una solución sin tener
que esforzarse. Eso decía antes, cuando esas conductas irracionales eran de
otros, cuando estaba del lado de los salvados. Ahora entendía por qué su amiga
se compraba botas, blusas, se hacía tratamientos cosméticos justo cuando estaba
al borde de la crisis financiera. Era lo mismo que intentar bajar de peso, una
fracasa una semana y el hambre se desata como una venganza en búmeran.
A pesar de eso, se sentía a salvo.
Había logrado salir del supermercado y lo único extra era ese cartón de Kino, al
guardarlo en su cartera, sus dedos dieron con una superficie plástica. Estaba
segura de haberla dejado en la casa.
Minutos después estaba acarreando
un sinfín de compras, todas indispensables y justificadas, cada una de ellas
con un destino claro y hasta altruista. Estaba a salvo de nuevo, por lo que
durara esa sensación.
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