martes, 2 de diciembre de 2025

De compras


 



Mientras se dirigía al supermercado con dinero en efectivo para no pasarse del presupuesto, entendió aquellas historias de personas que llenaban el carro para luego dejarlo tirado y también se vio a sí misma probándose vestidos para su graduación que estaban fuera de alcance de su familia. Actuaba la escena con convicción, siempre había un detalle que no le llenaba el gusto le decía a la vendedora. Hubo uno que le quedó como hecho a la medida y entonces disimuló su cara de satisfacción y dijo que si no fuera por el color sería perfecto para la ocasión. Se arriesgaba, pero era capaz de resistir la tentación.

En realidad, no debiera ir al supermercado, todos saben que la feria y los negocios mayoristas eran una mejor opción para sus circunstancias, pero era difícil renunciar a los hábitos. Además, no hay comparación entre un lugar hecho para una buena experiencia de compra que otro en el que la decoración era un ítem inexistente. Conocía los trucos: mucha luz, muchos colores, productos acordes con la festividad más próxima, cambio de posición de los ítems de primera necesidad para obligar a los clientes a mirar con detenimiento las góndolas con productos suntuarios. También está la ubicación a la altura de los ojos de las marcas más caras y dejar casi en el suelo o muy arriba las más baratas. Pocos hacen el esfuerzo de agacharse y empinarse a veces no alcanza. Ni hablar de los tamaños, es casi imposible encontrar sachets, frascos o latas para usar de una vez y en su lugar hay unos enormes que quedan para siempre en el refrigerador hasta que se vencen.

Alguna vez pensó que era demasiado pesimista pensar en que la publicidad y el marketing invadirían todos los espacios, todos sin excepción. Y ahí estaba, mirando sin querer un montón de cosas bonitas e innecesarias.

Es difícil reconocerse como una más de las presas buscadas, y más que encontradas, de los depredadores del comercio y sus infinitos trucos. – Ay, si hubiera resultado el proyecto del sur, si no hubiera habido pandemia, si hubiera soportado un poco más, si hubiera sido menos sentimental y más pragmática – no tendría que pasársela jugando con un Excel villano que le mostraba un mal juego de cartas con sus ingresos y los gastos. A estas alturas un papel bastaba para el mismo diagnóstico, pero los hábitos son difíciles de vencer.

A veces surgía el lado más amable de sí misma y se decía que lo había pasado bien mientras pudo, que había demostrado que no era una fracasada porque al menos podía manejar sus deudas y que ahora solo tenía que aprender a equilibrar bien los pagos y no salirse, bajo ninguna excusa, del camino que había trazado con el contador. Lo bueno es que las palabras y las modas dan para todo y entonces ahora podía decirse y decir a otros que ha llegado el tiempo de la austeridad, porque cómo puede ser que todo, absolutamente todo, sea susceptible de transacción; podría agregar que el cambio climático, que las primeras comunidades cristianas, que los monjes budistas, que la señora Juanita, que las cosas más importantes no tienen precio y lo esencial es invisible a los ojos, el mantra más conocido y repetido en las redes y, sonaba mal, pero que su clóset estaba abarrotado de cosas que no usaba y que tenía zapatos y accesorios hasta que muriera. Y de los viajes, bueno, que ya conocía lo que había soñado y que el turismo hace tan mal a las comunidades y países de moda que había decidido pasar más tiempo en su casa porque como dice Byung-Chul Han, la felicidad está en no hacer nada o a lo más cultivar el jardín porque todo lo demás era productividad servil al sistema. Además, hay otro filósofo, Kohei Saito, que propone el decrecimiento económico para no ir camino a la autodestrucción y su argumento sonaba de lo más razonable hasta que llegaba al punto del trabajo, porque alguien tiene que trabajar para mantener vivos a los jardineros, a los pacíficos lectores o a los que no quieren producir y está difícil que los que han acumulado más riqueza la regalen por la buena, pero para qué iba a entrar en tanto detalle, mejor ir por el lado pachamámico y declararse no en quiebra, porque que mal, sino en conversión espiritual.

¿Y los conciertos? Podría convencerse de los factores adversos: que las multitudes y las molestias de quedar estacionada lejos de la entrada, los gritos que no dejan escuchar, los celulares y la interrupción de la vista porque claro, la gente es incapaz de disfrutar sin publicar lo que hace y total para eso estaba YouTube y se podía sentir igual. Mentira, jamás sería lo mismo, pero podía decírselo y autoconvencerse ¿no? Total, los pensamientos no constituyen la identidad y la mente es diferente de una misma. ¿Y los libros físicos? Eso era sencillo, hacía rato que eran un exceso, tanto espacio que ocupan, tanto papel, tanta huella de carbono. Para eso estaba inscrita en la biblioteca pública correspondiente a su sector, pero ya lamentaba no contar con varios que había leído y parecían no estar disponibles en su historia personal porque no los tenía, no los podía oler ni hojear o volver releer al menos en las parte favoritas. El libro como objeto que debe estar ubicable porque ¿cómo le hubiera agarrado el gusto de no ser por los libros que había en su casa? Claro están los audibles y los digitales, pero jamás será lo mismo. Jamás de los jamases.

Avanzaba por los anaqueles del supermercado y ya se cansaba de sumar cada cosa y de ver cómo podía reemplazar lo mismo por algo más barato.

Recordó su gusto por las cosas inútiles y la lealtad a los objetos regalados casi como una obsesión, como si muchos no fueran solo un salir del paso y pudieran ser reciclables sin culpa como lo hacían tantos. Como ella misma había hecho varias veces. La costumbre de asignar valor y significado a las cosas, lugares, palabras, sonidos y aromas era otra expresión de su materialismo, del gusto por la acumulación. No quedaba más alternativa que aceptar que su lado B tenía un componente vergonzante que no había tenido que explorar antes.

La caja estaba cerca y casi había cumplido su objetivo: comprar solo lo que necesitaba, le sobraban mil quinientos pesos y como ya no había chicos que ayudaran a embolsar ni estacionadores no tenía que dejar monedas para propinas. Sentía el pecho inflado de orgullo, como cuando ganaba un proyecto o su opinión tenía valor en el mercado inmobiliario, no tenía tan claro cómo fue que se fue introduciendo en el mundo de la obsolescencia y de pronto dejaron de llamarla, tal vez porque se confió demasiado o porque ya estaba cansada, solo eso, cansada y aburrida de lo mismo, cansada de intentar reinventarse como decían sus colegas y competidores. Cansada. Solo eso.

Cuando pagó le dijeron que podía canjear unos puntos de no sabía qué y entonces le sobraron diez mil quinientos pesos. Se alegró como una niña a la que le regalaban un dulce inesperado. Compró un cartón de Kino y cayó en cuenta de que había caído en otra trampa. Los juegos de azar se alimentan de la desesperación, de los cansados como ella, de los que creen que merecen un golpe de suerte y buscan una solución sin tener que esforzarse. Eso decía antes, cuando esas conductas irracionales eran de otros, cuando estaba del lado de los salvados. Ahora entendía por qué su amiga se compraba botas, blusas, se hacía tratamientos cosméticos justo cuando estaba al borde de la crisis financiera. Era lo mismo que intentar bajar de peso, una fracasa una semana y el hambre se desata como una venganza en búmeran.

A pesar de eso, se sentía a salvo. Había logrado salir del supermercado y lo único extra era ese cartón de Kino, al guardarlo en su cartera, sus dedos dieron con una superficie plástica. Estaba segura de haberla dejado en la casa.

Minutos después estaba acarreando un sinfín de compras, todas indispensables y justificadas, cada una de ellas con un destino claro y hasta altruista. Estaba a salvo de nuevo, por lo que durara esa sensación.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...