Foto de Denishan Joseph: https://www.pexels.com
Gaby
había llegado antes al barrio, un conjunto de casas nuevas al lado de un
terreno baldío, de esos que escasean por estos días. Se presentó sola a la
familia de su vecino, Mauricio; los miró aliviada, al fin llegaba al barrio
alguien a quien acudir o que escucharía sus gritos por si algo le ocurría. Se
hacía la valiente, una especie de mujer moderna y temeraria que consideraba que
nada malo podía ocurrirle si cuidaba de los detalles. Quienes la visitaban le
advertían que la reja de la calle era muy baja, que debía poner protecciones en
cada ventana y que la idea de las alarmas no debía ser desechada. Respondía a
todo que sí, pero el sueldo por los dos trabajos que tenía no era suficiente
para tantos gastos sin caer en más deudas, sumándolas a las que ya había
accedido.
En
el fondo, era una damisela en apuros disfrazada de mujer empoderada con las
exigencias de género interiorizadas como un mantra que debía obedecer: puedo,
debo, quiero, hacer todo sola, sin pedir ayuda y menos la de un hombre.
I
Cuando
la vio, la encontró ahí no más, nada especial, su esposa Raquel
haría buenas migas con ella, una educadora de párvulos y Gaby, profesora de
matemáticas, se llevarían bien. Estaba escrito
Un
día la vio cortando los setos con una tijera de podar. Le pareció que el
vestido que traía, barato, de liquidación, marcaba bien su figura y si bien no
se veía nada, insinuaba todo. Se le ocurrió ir a buscar unas tijeras para
facilitar su labor, al principio no las aceptó, pero luego le dijo que se
demoraría mucho menos, que se las dejaba ahí y él iría a hacer otras cosas. Solo
ahí recibió las tijeras, luego la oyó cuando las devolvió y su esposa le dijo
que, si necesitaba algo, acudiera sin ningún problema a su marido – es un pan de dios, llega a ser tonto de lo bueno que
es – no supo si alegrarse o no por esa descripción de su mujer, se acordó del
chiste de Coco Legrand, siempre de huevón, en toda circunstancia hay que ir de
huevón.
La
veía algunas veces en la fila del colectivo cuando le tocaba restricción
vehicular a su auto. Una vez se sentó al lado de ella, le gustó su aroma, pero
en lugar de decírselo, le dijo que su señora estaría pronto de cumpleaños, si
podía sugerirle un perfume, tal vez el que andaba trayendo ella ese día.
-
Un perfume es algo muy personal, no conozco
tanto a tu esposa como para saber si le gustaría el que yo uso.
Se
sintió intimidado, balbuceó – Claro, claro, tienes razón – y se fue
recriminando todo el camino por la mala ocurrencia. Pensó además que sería un
regalo costoso e inútil para Marcela que insistía en ahorrar todo lo que
pudieran y pensaba que los gastos en acicalamiento eran un derroche, señal de
superficialidad y del lavado de cerebros que el modelo de libre mercado había
logrado en los chilenos.
Marcela
era la esposa ideal para él, se conocieron siendo casi niños, pero Mauricio, o
Maurito, como lo llamaba ella, fue siempre tan inhibido que fue ella la que se
le acercó y ya no recordaba si también ella había sido la de la idea de
casarse.
II
Marcela
sentía una mezcla heterogénea de sentimientos respecto de Gaby, le gustaba su
valentía, envidiaba un poco lo libre que se veía, sentía lástima por lo sola
que debía sentirse y encontraba infantil ese empecinamiento por avanzar en
tareas de la casa para las que se requerían maestros o alguien con fuerza al
menos. Le daba rabia que se escuchara la música hasta tan tarde en las noches. La
vio instalar pastelones, preparar el antejardín para sembrar pasto, llegar
tardísimo, casi de madrugada, después de algún carrete, para levantarse tres
horas más tarde e ir al trabajo con su delantal de parvularia en el asiento de
copiloto de su destartalado auto. A veces pensaba en presentarle a alguien. No
la encontraba simpática o bonita, en eso opinaba igual que Maurito, nada especial,
pero casi le parecía un contrasentido que una mujer joven no tuviera pareja
estable. Pareja estable, porque estaba claro que parejas ocasionales sí tenía.
¿Cómo sería eso de acostarse con más hombres que solo con el marido? Se sentía
de otro tiempo, esos pensamientos flotaban durante poco tiempo en su mente, se
auto recriminaba de inmediato. Debiera estar agradecida de lo que fuera que
hizo que se casara con Maurito, el pan de dios del colegio, el buen partido del
barrio, tan inteligente, tan buen niño. Nunca se agarró a combos con nadie, su
madre, lloraba de orgullo por él y por milagro, ella misma le dijo que Marcela
había nacido para acompañarlo y ser la madre de sus hijos. Y era tan buen yerno.
Sus padres lo adoraban. No pensaría más en tantas estupideces.
No
por proponérselo dejaba de tener curiosidad, en especial de cómo era pasar de
una relación a otra sin mucha pausa ni depresiones. Más adelante le
preguntaría.
IV
-
¿Hasta cuándo van a bailar esas locas de al
lado? Maurito ¿por qué no vas y le reclamas?
-
Ah, mujer, Déjalas, es la primera vez que
hace una fiesta con las amigas la Gaby
-
¡Bajen el volumen!
-
Noooo, está bien así!
La
vio salir a fumar un cigarrillo con alguien, desde el dormitorio de su hijo no
lograba ver si era hombre o mujer. Gaby estaba de negro entera, la imaginó como
una pantera que se iba a girar y lo iba a hipnotizar para que bajara.
Bailaban
música vieja, funk, soul, rock setentero y entremedio algo más moderno. Marcela
no se daba cuenta de que hacía tiempo que en su selección de música copiaba las
canciones que la vecinita escuchaba. En todo caso no había nada malo con eso.
Antes no ponía atención a la música, ahora sí, eso era todo.
-
Alguien nos está mirando desde esa ventana.
Gaby
levantó la vista, vio la cortina descorrida, el vecino alcanzó a retroceder de
la ventana.
-
Estoy viendo si falta poco para que se acabe
la fiesta.
-
Maurito, ven a acostarte, es tarde, los
niños se durmieron. Veamos si podemos dormir nosotros con ese ruido infernal.
-
¿Tienes sueño?
-
Maurito ¿te vas a portar mal hoy?
-
Nunca me porto mal.
Se acordó todo ese rato de la pantera,
del modo en que lanzaba el humo del cigarrillo al aire o la manera en que
levantaba su pelo para despejar el cuello y refrescarse. Casi respiraba en el
cuello de Marcela el perfume mezclado con ese olor salado que Gaby debía tener.
Sí, porque había dado con el perfume, probó todos los que ofrecían en las
tiendas, hasta que lo reconoció. No olía igual en otro cuerpo, ya se sabe, lo
del pH, la alimentación y miles de variables más. Y no, no era porque quisiera
recordar el olor a Gaby, solo le gustó el perfume y quería sentirlo en su cama,
en su mujer.
V
-
¡Estuvo buena la fiesta!
-
¿Molestamos mucho?
-
Estaba buena la música.
Ella
le dirigió por primera vez una sonrisa amplia y sin esfuerzo. Marcela apareció
bajo el umbral de la puerta.
-
Le dije a Maurito que te pidiera que bajaras
la música, pero él es tan buena gente que no quiso, dijo que nunca habías hecho
una fiesta en tu casa y que merecías relajarte.
A
Gaby se le borró la sonrisa, por un nano segundo recordó la imagen de la
cortina descorrida. Los miró a ambos y se disculpó. Marcela advirtió el cambio.
-
Yo no noté nada raro.
-
¡Ay! Es usted es tan inocente Maurito. Es
tan blanco de espíritu que no ve la maldad en otras personas, las
insinuaciones.
¿Cómo?
¿podría ser que Gaby le hubiera hecho algún cambio de luces? ¿tan idiota era
que no se daba cuenta? Abrazó a Marcela por los hombros y se sintió alto, mucho
más alto, feliz sin explicación, la besó como hacía tiempo no lo hacía.
VI
Cerca
de medianoche, escuchó que alguien la llamaba desde la calle. Era el vecino
avisando que el portón del patio estaba abierto. Gaby bajó a cerrarlo, le había
dado las gracias, Mauricio la observó hasta que se entró. De algún modo se
sentía responsable de cuidarla, mal que mal, podría ser que no pudiera tener un
hombre que la cuidara porque sentía algo por él y, si bien, nunca la había
alentado, quien sabe, si como era un imbécil en esas lides, podría ser que la
hubiera confundido sin querer.
Con
ese objetivo, para protegerla, comenzó a escribirle en las mañanas y todas las
noches, sin falta, para preguntarle si estaba bien o si necesitaba algo.
Le
contó a Marcela de su preocupación por Gaby.
-
Si no fueras tan ingenuo y de buen corazón,
me pondría celosa, pero te conozco, no serías capaz de ser infiel conmigo.
Cuídala si sientes que es lo correcto y si crees que lo merece.
Las
palabras al viento pueden convertirlo en tormenta o al menos en tormento.
VII
-
¡Gracias Gaby! Me diste el mejor regalo de
la vida. Me sorprendiste.
Mauricio
había entrado por la puerta de la cocina para sorprender a su señora, después
de haber chateado un rato con Gaby en el auto, cuando la oyó en el living de su
casa, no le quedó más alternativa que quedarse escuchando la conversación de
las amigas. Ellas tomaban una copa de vino mientras bailaban con la misma
música de la fiesta de la vecina en un volumen mínimo. Vio cómo Gaby le
mostraba el celular a Marcela y ambas se reían a mandíbula batiente. Palideció,
toda la sangre se le fue al piso, casi se desploma. Se mareó viendo imágenes de
su familia y la de Marcela en su mente, todos incrédulos por lo estúpido que
había sido. No había concretado nada y sería acusado de infiel.
-
¿Te dije o no te dije? ¿se puso más cariñoso
contigo, más creativo, más audaz?
-
Sí a todo, ¡impresionante!
-
Yo calentaba el agüita…
-
¡Y yo me servía el té!
Se
sentó en un piso de la cocina mientras procesaba la información. Pasó de la
culpa, a la vergüenza; del ridículo a la rabia. Marcela era una bruja, su padre
tenía la razón.
Cuando
se decidió a salir de la cocina, llevó una copa en la mano, la llenó de vino y
se sumó a las mujeres en su baile, las dos vestidas de negro, los tres jugando
a los buenos vecinos.
Commodores,
Machine Gun
https://www.youtube.com/watch?v=ho_Od3o9OLg&ab_channel=Scifier939
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