Foto de Aleksandar Pasaric: https://www.pexels.com/es-es/foto/rostro-de-mujer-3355925/
Cuando nos
conocimos, ella me dijo: «Te doy el punto final. Es un punto muy valioso, no lo
pierdas. Consérvalo, para usarlo en el momento oportuno. Es lo mejor que puedo
darte y lo hago porque me mereces confianza. Espero que no me defraudes».
Durante mucho tiempo, tuve el punto final en el bolsillo. Mezclado con las
monedas, las briznas de tabaco y los fósforos, se ensuciaba un poco; además,
éramos tan felices que pensé que nunca habría de usarlo. Entonces compré un
estuche seguro y allí lo guardé. Los días transcurrían venturosos, al abrigo de
la desilusión y del tedio. Por la mañana nos despertábamos alegres, dichosos de
estar juntos; cada jornada se abría como un vasto mundo desconocido, lleno de
sorpresas a descubrir. Las cosas familiares dejaron de serlo, recobraron la
perdida frescura, y otras, como los parques y los lagos, se volvieron
acogedoras, maternales. Recorríamos las calles observando cosas que los demás
no veían y los aromas, los colores, las luces, el tiempo y el espacio eran más
intensos. Nuestra percepción se había agudizado, como bajo los efectos de una
poderosa droga. Pero no estábamos ebrios, sino sutiles y serenos, dotados de
una rara capacidad para armonizar con el mundo. Teníamos con nuestros sentidos
una singular melodía que respetaba el orden del exterior, sin sujetarse a él.
Con la
felicidad, olvidé el estuche, o lo perdí, inadvertidamente. No puedo saberlo.
Ahora que la dicha terminó, no encuentro el punto final por ningún lado. Esto
crea conflictos y rencores suplementarios. «¿Dónde lo guardaste? -me pregunta
ella, indignada-. ¿Qué esperas para usarlo? No demores más, de lo contrario,
todo lo anterior perderá belleza y sentido.» Busco en los armarios, en los
abrigos, en los cajones, en el forro de los sillones, debajo de la mesa y de la
cama. Pero el punto no está; tampoco el estuche. Mi búsqueda se ha vuelto
tensa, obsesiva. Es posible que lo haya extraviado en alguno de nuestros
momentos felices. No está en la sala, ni en el dormitorio, ni en la chimenea.
¿El gato se lo habrá comido?
Su ausencia
aumenta nuestra desdicha de manera dolorosa. En tanto el punto no aparezca,
estamos encadenados el uno al otro, y esos eslabones están hechos de rencor,
apatía, vergüenza y odio. Debemos conformarnos con seguir así, desechando la
posibilidad de una nueva vida. Nuestras noches son penosas, compartiendo la
misma habitación, donde el resquemor tiene la estatura de una pared y asfixia,
como un vapor malsano. Tiñe los muebles, los armarios, los libros dispersos por
el suelo. Discutimos por cualquier cosa, aunque los dos sabemos que, en el
fondo, se trata de la desaparición del punto, de la cual ella me
responsabiliza. Creo que a veces sospecha que en realidad lo tengo, escondido,
para vengarme de ella. «No debí confiar en ti -se reprocha-. Debí imaginar que
me traicionarías.»
Era un
estuche de plata, largo, de los que antiguamente se usaban para guardar rapé.
Lo compré en un mercado de artículos viejos. Me pareció el lugar más adecuado
para guardarlo. El punto estaba allí, redondo, minúsculo, bien acomodado. Pero
pasaron tantos años. Es posible que se extraviara durante una mudanza, o quizás
alguien lo robó, pensando que era valioso.
Luego de
buscarlo en vano casi todo el día, me voy de casa, para no encontrar su mirada
de reproche, su voz de odio. Toda nuestra felicidad anterior ha desaparecido, y
sería inútil pensar que volverá. Pero tampoco podemos separarnos. Ese punto
huidizo nos liga, nos ata, nos llena de rencor y de fastidio, va devorando uno
a uno los días anteriores, los que fueron hermosos.
Sólo espero
que en algún momento aparezca, por azar, extraviado en un bolsillo, confundido
con otros objetos. Entonces será un gordo, enlutado, sucio y polvoriento punto
final, a destiempo, como el que colocan los escritores noveles.
Cristina
Peri Rossi
XCC: Tanto que se dice con tan poco texto. Brillante. Habré de buscar más textos de ella, vi algunos poemas por ahí y son tan contundentes como este cuento que cumple con la idea de Cortázar, dejar al lector con un knock out, como preguntándose qué fue eso que pasó por su mente y la dejó dando vueltas. Además, por si fuera poco, los títulos de sus libros invitan a leerlos, me tinca mucho "El museo de los esfuerzos inútiles".
Referencia :https://sad.org.ar/punto-final/
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