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En varios saludos de cumpleaños,
cariñosos y llenos de fe, apareció la sugerencia de escribir una novela.
Lamento decepcionarlos, pero no se me ocurre una trama que pueda alargar por
más que algunas páginas. Creo que algunos cuentos daban para eso, pero hay algo
que me apura, algo imaginario e irreal por supuesto, tal como la idea de que me
iba a morir a los treinta igual que mi madre. Mitos familiares diría en un
lenguaje algo más técnico. Eso imaginario no se ha calmado hasta hoy y no veo
la razón para luchar contra esa prisa.
Estoy seleccionando cuentos para un
tercer libro. Esa tarea requiere un estado de ánimo particular porque si estoy
en un día lleno de voces internas ninguneadoras, los encuentro todos malos. No
me pasa que tenga días de autoindulgencia tal que los encuentre todos buenos,
pero sí hay días más amables en donde logro tomar más distancia y rescato
algunos. He ido despidiéndome de algunas historias poniéndolas por ahí, no sin
culpa ecológica porque la nube de archivos inútiles hacen que se gaste más agua
para enfriar los enormes servidores en que se alojan ¡aaaagh! Pero el papel es
peor ¿o no?
Se supone que los libros de cuento debieran
tener una unidad temática y eso tampoco voy a lograrlo. Las historias son una
especie de ensalada con distintos colores y sabores, además es difícil tomar
tanta distancia como para abstraer las ideas generales, temas comunes o ideas
subyacentes de una misma. O será por escamoteo no más. Eso será para quienes se
toman en serio eso de ser escritor/a.
A propósito, hace poco, buscando un
libro para regalar, me puse a leer las contratapas de novelas contemporáneas,
porque una es arriesgada y elige sin recomendaciones de las que abundan en las
redes sociales. Lo que encontré es que también las novelas son leídas como si
tuvieran un propósito de autoayuda o de desarrollo personal. Una lata
encuentro. Dicen que, en tiempo convulsos, como si hubiera habido otra clase de
tiempo en la historia, se buscan certezas allá afuera: en un libro, una
persona, un gurú y ¡horror! En lo que es peor en un movimiento político o un caudillo.
Que lástima que, por más años que pasan, los ciclos se sucedan sin muchas
variaciones a pesar del avance científico y el desarrollo tecnológico.
Cada vez que he puesto en palabras,
dichas o no, escritas o no, que voy a hacer esto o aquello, resulta no ser así.
Por ejemplo: ¡nica saco otro libro! Y ahí voy de nuevo. Lo mismo con eso de ser
saludable, ordenada y tanta cosa más. Y ¿para qué? como si todo debiera tener
un propósito o moraleja. Será porque sí, como dicen los niños.
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