viernes, 18 de julio de 2025

Un eterno instante

 

Foto de pixabay

¿Qué le vio que se dispuso a hablarle en la esquina en el eterno instante que dura un semáforo en rojo? Nada, le hablaba a cualquiera que no tuviera cara de asaltante y por lo general, así decían, las mujeres no son tan violentas.

Otra vez la línea uno del metro había suspendido el servicio. Debió bajarse en Tobalaba y Arturo estaba harto, chato, hasta la tusa, de lo mismo; la gente se enojaba y caminaba garabateando al que se cruzara, parecía que había electricidad en el ambiente, ante cualquier cosa aparecían las chispas de la agresividad.

Dora venía saliendo del dentista, un lado de la cara un poco dormido, tal vez hinchada inclusive, pero con el frío de la temporada, frío casi inútil porque no llovía, no había viento ni nada, solo frío, al menos servía de excusa para esconderse y cubrirse con el gorro de la chaqueta y sentirse parecida a una delincuente.

De improviso un hombre le habla acerca de lo neurótica que anda la gente en todas partes, en el eterno instante de un semáforo en rojo le informó de lo difícil de su vida. Casi no respiraba para hablar ¿cuánto se puede contar de sí mismo en  menos de tres minutos? Al parecer no esperaba respuesta y en las pocas pausas solo la miraba para cerciorarse de que aún estaba ahí y le prestaba algo de atención.

Dora lo escuchaba con tanta concentración que podría repetir palabra por palabra lo que Arturo, escondido detrás de unos lentes y un gorro de lana negro, le contó en ese breve lapso de tiempo: venía del trabajo, había un par de hombres jóvenes que trabajaban en delivery discutiendo por algo, se refirió a ellos como gente rabiosa, que con cualquier excusa se trenzaba en peleas. Pasó una micro, de esas de tres cuerpos que todos los días lo despertaban a las cinco de la mañana y no le gustaba despertarse a esa hora. Eso lo dijo con tanto sentimiento que Dora pudo imaginárselo luchando para no escuchar el pitido de esos inmensos buses tratando de dar la vuelta en una esquina demasiado estrecha para esa maniobra tan aparatosa. De hecho, Arturo comentó también que no sabía qué clase de ingenieros en transporte habían autorizado a tamaños monstruos para circular por la ciudad, agregó que de seguro aprobaron con la nota mínima en la universidad porque de otro modo no se explica. Como estaba hablando de buses, se acordó de un asalto a un pasajero en uno que estaba estacionado al frente. El pasajero se defendió, otro lo ayudó, el chofer cerró las puertas, el asaltante tenía la boca sangrando, otra persona llamó a los carabineros, pero pasaron más de veinte minutos, la gente estaba apurada, le pegaron de nuevo y lo bajaron a patadas. Total, la víctima tenía su celular, que quebrado y todo aún funcionaba. No valía la pena la espera para hacer una denuncia inútil. No tenía sentido. Nada tenía sentido afirmó con fuerza.

Cuando comenzaba a hablar de un loquito que siempre está en Nueva de Lyon en la esquina de Providencia dieron la luz verde. Varias veces había observado al loquito. El tipo vociferaba incoherencias o quizás eran titulares de noticias. Incoherencia familiares. Dora había estado todo ese eterno instante mirando si Arturo traía o no un arma para asaltarla; si sus movimientos de manos al hablar pretendían distraerla y tal vez robarle el bolso o algo adentro de él. Un par de veces le había ocurrido, habían alcanzado a correr el cierre y no le había sacado nada porque miró a tiempo. Ese gorro de lana negro le parecía sospechoso, tal vez era un pasamontañas que por el momento llevaba enrollado sobre la cabeza para no generar desconfianza, así como ella llevaba puesta la capucha de su chaqueta para parecer menos indefensa.

Mientras Arturo hablaba y hablaba, observaba a Dora con todo el detalle posible, le parecía raro que no cortara su monólogo, simulaba contestarle con la manera de asentir con su cabeza o de empatizar con él con los gestos de su cara, al menos con un lado porque le pareció que tenía parálisis o algo raro en el otro. Además, no sacaba las manos del bolsillo y eso le pareció agresivo. Eso de que las mujeres son menos violentas le sonaba a cuento antiguo; nunca se sabe cuándo las cosas pueden empezar a cambiar, el aleteo de una mariposa puede cambiar la historia ¿no?

Ese señor agradable, tal vez de la misma edad, jugando a ser vulnerable y solitario, podía no ser tal, podía ser un cuentero. Hasta pensó que el asaltante fracasado del bus del frente era él mismo y ahora estaba intentando otra estrategia.

¿Cuánto dura un instante? ¿menos o más que el aleteo de una mariposa? La vida puede ser otra en menos de un segundo, sin aviso, sin pena ni gloria o con mucha pena y mucha gloria.

Arturo pensó que tal vez tuvo suerte y la mujer a la que le habló podía ser alguien amable y un poco callada, pero por las dudas, al acercarse para despedirse haciendo como que iba a seguir su camino la atacó con una cortapluma profiriéndole un corte en ese lado de la cara que no se movía, eso no le gustó. No podía ser buena gente alguien que con un lado de la cara no dice nada.

Al sentir que el hombre se acercaba mucho Dora no dudó en sacar de su bolsillo el punzón que llevaba para casos de emergencia, mientras sentía algo helado en su cara lo clavó en el lado izquierdo, habrá sido entre las costillas porque no sintió tanta resistencia. Dora se tomó la cara y vio su mano con sangre, corrió hacia la farmacia de la esquina donde varios gritaron de la impresión. Se sentía como una super heroína, convencida de haber herido de gravedad a un asaltante.

Arturo cayó al piso, algunas personas que estaban cerca lo sujetaron, pensó que tenía el punzón clavado, dio un alarido, pero entre tanta ropa el metal solo rozó la piel. Ahora, de nuevo, estaba a merced de la gente. Otra vez la pateadura, otra vez a la posta central cuando pudiera ponerse de pie y caminar hasta Portugal. No tenía plata para un taxi y ninguna micro querría llevarlo así, moreteado, hinchado y sin poder mover un lado de la cara.

Nadie se molestó en hacer una denuncia, iban todos apurados y el semáforo había dado la luz verde.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...