lunes, 23 de junio de 2025

De otra época

 


Foto de Anthony 🙂: https://www.pexels.com


Esta era una historia como de esas japonesas que están de moda. Un texto tranquilo que se pasea por paisajes llenos de hojas secas, con sonidos de aves citadinas y un río que corre tranquilo amortiguando la intensidad del ruido de los automóviles, sirenas y construcciones de una urbe siempre cambiante. Tal vez el frío contribuye también a la escenificación de diálogos llenos de silencios y de cuidados. Dicen que este mundo hiperconectado y tan lleno de imágenes apocalípticas han hecho surgir otra belleza. Esa de las cosas mínimas, la de los jardines y sus brotes. Los más críticos afirman que se trata de una forma de escapismo, de alienación y por supuesto de otro nicho del mercado en donde la desesperación por sentirse a salvo en algún lugar ha recreado, al borde del abismo, una sensación de hogar y de regocijo de los sentidos.

Puede haber miles de explicaciones, pero tengo el convencimiento de que cada persona tiene sus momentos de salida y retirada del mundo. Cómo no va a ser esperanzador que, en medio de tantos discursos densos y necesidad de definiciones conceptuales complejas, se encuentren personas a quienes les gusta caminar juntas, aprender de plantas, regalarse semillas y esperar que la siguiente primavera les muestre si sus esfuerzos fueron premiados o todavía falta aprender más de la calidad del suelo y otras delicadezas del jardín.

Llegué al curso de jardinería por recomendación de mi médico, me dijo que si seguía encerrada llegaría un día en el que no querría salir más. La verdad es que ya estaba en ese día, pero el doctor es joven y me pareció que para él sería bueno creer que me había convencido. Y como no había hecho con mi vida nada muy provechoso para los demás, un día cruzó por mi mente un pensamiento que al instante me pareció irrelevante y absurdo, eso de la reverberación de la amabilidad. Como fuera, decidí salir y entrar a esos clásicos talleres de las municipalidades: huertos urbanos. Daba por descontado que me encontraría con muchas señoras pachamámicas, llenas de clichés para hablar, vestidas con chalecos tejidos a mano de muchos colores, polainas en las pantorrillas y bototos viejos y gruesos. Debajo de tanta ropa era difícil imaginar que la ducha diaria formara parte de la rutina. Pensamientos de alguien con amargura en el corazón, me dije y antes de arrepentirme y de volver a mi casa a encerrarme, decidí hacer algo distinto.

Por supuesto que escuché todos los clichés que esperaba de los participantes del curso, pero hubo un par de sorpresas, no había solo mujeres que era lo que esperaba y en vez de una profesora había un profesor. Su edad era difícil de adivinar, se veía ágil en sus movimientos y por lo general se paraba erguido lo que de inmediato rejuvenece a las personas. Usaba un sombrero que no se quitaba para nada, supongo que en su casa lo hará, quien sabe. Dijo que se llamaba Fiódor, aunque tenía cara de otro nombre, Arturo, Braulio, algo así. Usaba un pantalón grueso de tweed, botines café oscuro muy lustrados y arriba un sweater blanco invierno arremangado con una camisa azul clara debajo. Un señor cuidadoso con su apariencia quiero decir. No era dado a la sonrisa y su forma de hablar sonaba extraña.

Hablaba de las plantas usando el nombre en latín primero y luego mencionaba su denominación vulgar; las describía de tal forma que parecía que cada una de ellas despertaba su más profunda admiración. Mostraba sus mecanismos de adaptación a las condiciones climáticas y las asociaciones de sus colores con el paisaje en que habían crecido en su origen.

El grupo seguía la información con interés, como si se tratara de un curso avanzado de botánica. No estaba segura de seguir asistiendo, habían partido hacía un mes y me sentía desorientada, además, no tenía un interés particular por las plantas y por casi nada en realidad. Y ponerme a estudiar me parecía una idea fastidiosa que encima activaba mi cobardía − ¿y si ya no era capaz de retener información? ¿si ya no podía aprender? – siempre era preferible ignorar la propia incapacidad que probar y demostrar que ahí estaba, disimulada bajo el sarcasmo y la burla.

Quedé ubicada cerca de Freya, una señora alta y muy suave de modales. Debe haber notado mi confusión porque se ofreció a ayudarme si tenía dudas. Se lo agradecí a regañadientes porque siempre me pongo suspicaz con la gente en apariencia gentil. No puedo evitar preguntarme qué buscan, qué quieren ¿aprobación?, ¿algún favor? ¿popularidad? ¡aaagh! Los estragos de las experiencias en la vida.

Freya me desconcertó porque no era nada en ella era excesivo. Parecía medida y controlada y al mismo tiempo dulce y acogedora. Una mezcla extraña sin duda. Creo que mi desconcierto era producto de las maquetas en las que clasifico a las personas y casi todas me parece que tienen exceso de algo. De lo que sea. Muy esto, muy lo otro y así la etiqueta quedaba puesta sin esperanza de despegarse. Freya, en mis afanes de entomóloga de personas, me parecía un personaje de novela de principios del siglo pasado. Usaba el pelo tomado, siempre ordenado y sus chalecos rosa pastel, blancos y grises hacían buen juego con unos jeans que casi siempre parecían recién lavados. Las blusas con flores pequeñas se parecían casi todas entre sí, un día celeste, otro día lila, al siguiente amarilla y así. Tal vez las compró todas en la misma tienda un día de liquidación.

Resultó que vivía cerca de mi casa y terminamos caminando juntas de vuelta del taller. Reconozco que al principio hice lo de siempre, encontré muchas ocupaciones imaginarias para hacer justo después de terminadas las clases: algún maestro iría a reparar algo, debía acompañar a algún familiar a alguna parte, una compra urgente de algún repuesto de cualquier cosa hasta que un día me aburrí de mentir y me devolví con ella. Creo que Freya también huye de las personas, pero es menos evidente. Es más amable, más educada tal vez. Si bien la conversación no fluía fácil al inicio, me fue intrigando ese modo acompasado de sus días. Una forma de ser que va con la vida sin resistirse ni forzar acontecimientos. En una ocasión me invitó a pasar a su casa para mostrar cómo cultivaba unas dalias que había traído de Frutillar hacía como diez veranos. No lo dijo, pero supe de inmediato que era un honor poder entrar en el jardín. A primera vista parecía recargado, una explosión de colores y formas que requerían pasear la vista con calma. Como fuera, me aturdí un poco, algo decía Freya y yo no podía prestar atención. El colorido del jardín, el aroma y la implosión de sensaciones me pareció de tal contraste con lo que ella mostraba de sí, que ese rincón parecía la revelación de sus secretos más profundos. Entonces me pareció evidente que no quisiera intrusos allí.

Me intrigó. No era congruente esa imagen sosa que se dedicaba a proyectar con el tiempo que pasaba cada día atareada en el cultivo de la exuberancia. Me dediqué a observarla y resultó toda una sorpresa.

Fiódor no podía evitar que su nombre provocara curiosidad, era hijo de un profesor que se jactaba de haber leído casi todo lo que escribió Dostoievsky y entonces el nombre para su primogénito estaba elegido desde antes que naciera. No había mayor misterio en esa historia, sin embargo, se ponía rojo cada vez que le preguntaban.

Eso era todo lo que decía de sí mismo, decía que las plantas eran mucho más interesantes y que prefería hablar de ellas. Algunos pensaban que eso le daba un halo de misterio, a mí me daba la impresión de vacío, de una pose, pero claro, me había equivocado tanto en mis opiniones acerca de las personas, que ya no explicitaba nada. Me volví una diplomática casi profesional en opiniones inocuas acerca de casi todo, en especial de las personas.

De ociosa, porque había estado leyendo y viendo material de lenguaje no verbal, algo que siempre me ha llamado la atención, me dio por analizar las direcciones y duración de las miradas entre algunas personas. Y eso me permitió ver qué ocurría en el taller de jardinería. Fiódor tenía el hábito de hacer como que miraba al horizonte, a un punto central por sobre nuestras cabezas, pero a la única que veía era a Freya. A veces era interrumpido por alguno de sus otros alumnos, pero volvía rápido a una posición ocular en donde pudiera verla y adivinar qué le interesaba a ella.

Se lo hice saber a Freya una de las muchas veces que caminamos juntas y fue como si hubiera activado un encantamiento solo con esa observación. Solo me dijo un gracias casi solemne, pero escuché mucho más que eso. Una especie de respiración contenida, un alivio y una risa interna traductora de una alegría ingenua. Muchas personas necesitan un observador, un tercero que confirme sus percepciones y creo que fue eso lo que pasó. Como si algo pasara a tener la cualidad de real solo si otro lo dice.

Confieso que luego me transformé en una espía, estudiaba los gestos de ambos y ya que esta ciudad es chica comencé a encontrarlos en distintos lugares y luego iba a propósito para verlos. No supe de la ocasión en que alguno de los dos dio el primer paso para invitar al otro a un café, un paseo, alguna visita a un vivero. Me hubiera gustado saber, ver la escena, estar ahí y filmarla con cámaras en distintos ángulos. Debió ser difícil, bien dicen que el romance, ni se diga el amor, requiere de valentía y estupidez, en especial para seres sensibles y asustadizos como Fiódor y Freya.

Tal vez, de lo absortos que estaban uno con el otro, parece que no me veían. Podía concentrarme en las miradas entre ellos, en la danza de sus torsos alrededor de una mesa para acercarse sin que fuese demasiado o el modo en que caminaban a paso lento, indicándose flores y árboles del camino, deteniéndose en algunos. Parecían una pareja que caminaba junta desde siempre, desde niños tal vez. En el taller, nadie notaba nada. Era tal el disimulo que hasta yo dudaba a veces.

Freya no hablaba del tema y yo sentía que era una especie de pacto, como si decir algo fuera a quebrar un cristal frágil. Me invitó más veces a admirar su jardín y yo, cómplice de sus silencios y omisiones, creo que entendí que el lenguaje entre ellos no requería de sonidos, sino de colores, semillas, aromas y sensaciones sin nombre.

Un día Fiódor se acercó a mi puesto en el taller y también me dijo un gracias lleno de significados parecido al que antes había expresado Freya.

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