Foto de Anthony 🙂: https://www.pexels.com
Esta era una historia como de esas
japonesas que están de moda. Un texto tranquilo que se pasea por
paisajes llenos de hojas secas, con sonidos de aves citadinas y un río que
corre tranquilo amortiguando la intensidad del ruido de los automóviles, sirenas
y construcciones de una urbe siempre cambiante. Tal vez el frío contribuye
también a la escenificación de diálogos llenos de silencios y de cuidados.
Dicen que este mundo hiperconectado y tan lleno de imágenes apocalípticas han hecho
surgir otra belleza. Esa de las cosas mínimas, la de los jardines y sus brotes.
Los más críticos afirman que se trata de una forma de escapismo, de alienación
y por supuesto de otro nicho del mercado en donde la desesperación por sentirse
a salvo en algún lugar ha recreado, al borde del abismo, una sensación de hogar
y de regocijo de los sentidos.
Puede haber miles de explicaciones,
pero tengo el convencimiento de que cada persona tiene sus momentos de salida y
retirada del mundo. Cómo no va a ser esperanzador que, en medio de tantos
discursos densos y necesidad de definiciones conceptuales complejas, se
encuentren personas a quienes les gusta caminar juntas, aprender de plantas,
regalarse semillas y esperar que la siguiente primavera les muestre si sus
esfuerzos fueron premiados o todavía falta aprender más de la calidad del suelo
y otras delicadezas del jardín.
Llegué al curso de jardinería por
recomendación de mi médico, me dijo que si seguía encerrada llegaría un día en
el que no querría salir más. La verdad es que ya estaba en ese día, pero el doctor
es joven y me pareció que para él sería bueno creer que me había convencido. Y
como no había hecho con mi vida nada muy provechoso para los demás, un día
cruzó por mi mente un pensamiento que al instante me pareció irrelevante y
absurdo, eso de la reverberación de la amabilidad. Como fuera, decidí salir y
entrar a esos clásicos talleres de las municipalidades: huertos urbanos. Daba
por descontado que me encontraría con muchas señoras pachamámicas, llenas de
clichés para hablar, vestidas con chalecos tejidos a mano de muchos colores, polainas
en las pantorrillas y bototos viejos y gruesos. Debajo de tanta ropa era
difícil imaginar que la ducha diaria formara parte de la rutina. Pensamientos
de alguien con amargura en el corazón, me dije y antes de arrepentirme y de
volver a mi casa a encerrarme, decidí hacer algo distinto.
Por supuesto que escuché todos los
clichés que esperaba de los participantes del curso, pero hubo un par de
sorpresas, no había solo mujeres que era lo que esperaba y en vez de una profesora
había un profesor. Su edad era difícil de adivinar, se veía ágil en sus
movimientos y por lo general se paraba erguido lo que de inmediato rejuvenece a
las personas. Usaba un sombrero que no se quitaba para nada, supongo que en su
casa lo hará, quien sabe. Dijo que se llamaba Fiódor, aunque tenía cara de otro
nombre, Arturo, Braulio, algo así. Usaba un pantalón grueso de tweed, botines café
oscuro muy lustrados y arriba un sweater blanco invierno arremangado con una
camisa azul clara debajo. Un señor cuidadoso con su apariencia quiero decir. No
era dado a la sonrisa y su forma de hablar sonaba extraña.
Hablaba de las plantas usando el
nombre en latín primero y luego mencionaba su denominación vulgar; las
describía de tal forma que parecía que cada una de ellas despertaba su más profunda
admiración. Mostraba sus mecanismos de adaptación a las condiciones climáticas
y las asociaciones de sus colores con el paisaje en que habían crecido en su
origen.
El grupo seguía la información con
interés, como si se tratara de un curso avanzado de botánica. No estaba segura
de seguir asistiendo, habían partido hacía un mes y me sentía desorientada,
además, no tenía un interés particular por las plantas y por casi nada en realidad.
Y ponerme a estudiar me parecía una idea fastidiosa que encima activaba mi cobardía
− ¿y si ya no era capaz de retener información? ¿si ya no podía aprender? –
siempre era preferible ignorar la propia incapacidad que probar y demostrar que
ahí estaba, disimulada bajo el sarcasmo y la burla.
Quedé ubicada cerca de Freya, una
señora alta y muy suave de modales. Debe haber notado mi confusión porque se
ofreció a ayudarme si tenía dudas. Se lo agradecí a regañadientes porque
siempre me pongo suspicaz con la gente en apariencia gentil. No puedo evitar
preguntarme qué buscan, qué quieren ¿aprobación?, ¿algún favor? ¿popularidad? ¡aaagh!
Los estragos de las experiencias en la vida.
Freya me desconcertó porque no era
nada en ella era excesivo. Parecía medida y controlada y al mismo tiempo dulce
y acogedora. Una mezcla extraña sin duda. Creo que mi desconcierto era producto
de las maquetas en las que clasifico a las personas y casi todas me parece que
tienen exceso de algo. De lo que sea. Muy esto, muy lo otro y así la etiqueta
quedaba puesta sin esperanza de despegarse. Freya, en mis afanes de entomóloga
de personas, me parecía un personaje de novela de principios del siglo pasado.
Usaba el pelo tomado, siempre ordenado y sus chalecos rosa pastel, blancos y
grises hacían buen juego con unos jeans que casi siempre parecían recién
lavados. Las blusas con flores pequeñas se parecían casi todas entre sí, un día
celeste, otro día lila, al siguiente amarilla y así. Tal vez las compró todas en
la misma tienda un día de liquidación.
Resultó que vivía cerca de mi casa
y terminamos caminando juntas de vuelta del taller. Reconozco que al principio
hice lo de siempre, encontré muchas ocupaciones imaginarias para hacer justo
después de terminadas las clases: algún maestro iría a reparar algo, debía acompañar
a algún familiar a alguna parte, una compra urgente de algún repuesto de
cualquier cosa hasta que un día me aburrí de mentir y me devolví con ella. Creo
que Freya también huye de las personas, pero es menos evidente. Es más amable,
más educada tal vez. Si bien la conversación no fluía fácil al inicio, me fue
intrigando ese modo acompasado de sus días. Una forma de ser que va con la vida
sin resistirse ni forzar acontecimientos. En una ocasión me invitó a pasar a su
casa para mostrar cómo cultivaba unas dalias que había traído de Frutillar hacía
como diez veranos. No lo dijo, pero supe de inmediato que era un honor poder
entrar en el jardín. A primera vista parecía recargado, una explosión de
colores y formas que requerían pasear la vista con calma. Como fuera, me aturdí
un poco, algo decía Freya y yo no podía prestar atención. El colorido del jardín,
el aroma y la implosión de sensaciones me pareció de tal contraste con lo que
ella mostraba de sí, que ese rincón parecía la revelación de sus secretos más
profundos. Entonces me pareció evidente que no quisiera intrusos allí.
Me intrigó. No era congruente esa imagen sosa que se dedicaba a proyectar con el tiempo que pasaba cada día atareada en el cultivo de la exuberancia. Me dediqué a observarla y resultó toda una sorpresa.
Fiódor no podía evitar que su nombre
provocara curiosidad, era hijo de un profesor que se jactaba de haber leído
casi todo lo que escribió Dostoievsky y entonces el nombre para su primogénito estaba
elegido desde antes que naciera. No había mayor misterio en esa historia, sin
embargo, se ponía rojo cada vez que le preguntaban.
Eso era todo lo que decía de sí
mismo, decía que las plantas eran mucho más interesantes y que prefería hablar
de ellas. Algunos pensaban que eso le daba un halo de misterio, a mí me daba la
impresión de vacío, de una pose, pero claro, me había equivocado tanto en mis
opiniones acerca de las personas, que ya no explicitaba nada. Me volví una
diplomática casi profesional en opiniones inocuas acerca de casi todo, en
especial de las personas.
De ociosa, porque había estado
leyendo y viendo material de lenguaje no verbal, algo que siempre me ha llamado
la atención, me dio por analizar las direcciones y duración de las miradas entre
algunas personas. Y eso me permitió ver qué ocurría en el taller de jardinería.
Fiódor tenía el hábito de hacer como que miraba al horizonte, a un punto central
por sobre nuestras cabezas, pero a la única que veía era a Freya. A veces era
interrumpido por alguno de sus otros alumnos, pero volvía rápido a una posición
ocular en donde pudiera verla y adivinar qué le interesaba a ella.
Se lo hice saber a Freya una de las
muchas veces que caminamos juntas y fue como si hubiera activado un
encantamiento solo con esa observación. Solo me dijo un gracias casi solemne, pero
escuché mucho más que eso. Una especie de respiración contenida, un alivio y
una risa interna traductora de una alegría ingenua. Muchas personas necesitan
un observador, un tercero que confirme sus percepciones y creo que fue eso lo
que pasó. Como si algo pasara a tener la cualidad de real solo si otro lo dice.
Confieso que luego me transformé en
una espía, estudiaba los gestos de ambos y ya que esta ciudad es chica comencé
a encontrarlos en distintos lugares y luego iba a propósito para verlos. No
supe de la ocasión en que alguno de los dos dio el primer paso para invitar al
otro a un café, un paseo, alguna visita a un vivero. Me hubiera gustado saber, ver
la escena, estar ahí y filmarla con cámaras en distintos ángulos. Debió ser difícil,
bien dicen que el romance, ni se diga el amor, requiere de valentía y
estupidez, en especial para seres sensibles y asustadizos como Fiódor y Freya.
Tal vez, de lo absortos que estaban
uno con el otro, parece que no me veían. Podía concentrarme en las miradas
entre ellos, en la danza de sus torsos alrededor de una mesa para acercarse sin
que fuese demasiado o el modo en que caminaban a paso lento, indicándose flores
y árboles del camino, deteniéndose en algunos. Parecían una pareja que caminaba
junta desde siempre, desde niños tal vez. En el taller, nadie notaba nada. Era
tal el disimulo que hasta yo dudaba a veces.
Freya no hablaba del tema y yo
sentía que era una especie de pacto, como si decir algo fuera a quebrar un
cristal frágil. Me invitó más veces a admirar su jardín y yo, cómplice de sus
silencios y omisiones, creo que entendí que el lenguaje entre ellos no requería
de sonidos, sino de colores, semillas, aromas y sensaciones sin nombre.
Un día Fiódor se acercó a mi puesto
en el taller y también me dijo un gracias lleno de significados parecido al que
antes había expresado Freya.
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