viernes, 18 de julio de 2025

Un eterno instante

 

Foto de pixabay

¿Qué le vio que se dispuso a hablarle en la esquina en el eterno instante que dura un semáforo en rojo? Nada, le hablaba a cualquiera que no tuviera cara de asaltante y por lo general, así decían, las mujeres no son tan violentas.

Otra vez la línea uno del metro había suspendido el servicio. Debió bajarse en Tobalaba y Arturo estaba harto, chato, hasta la tusa, de lo mismo; la gente se enojaba y caminaba garabateando al que se cruzara, parecía que había electricidad en el ambiente, ante cualquier cosa aparecían las chispas de la agresividad.

Dora venía saliendo del dentista, un lado de la cara un poco dormido, tal vez hinchada inclusive, pero con el frío de la temporada, frío casi inútil porque no llovía, no había viento ni nada, solo frío, al menos servía de excusa para esconderse y cubrirse con el gorro de la chaqueta y sentirse parecida a una delincuente.

De improviso un hombre le habla acerca de lo neurótica que anda la gente en todas partes, en el eterno instante de un semáforo en rojo le informó de lo difícil de su vida. Casi no respiraba para hablar ¿cuánto se puede contar de sí mismo en  menos de tres minutos? Al parecer no esperaba respuesta y en las pocas pausas solo la miraba para cerciorarse de que aún estaba ahí y le prestaba algo de atención.

Dora lo escuchaba con tanta concentración que podría repetir palabra por palabra lo que Arturo, escondido detrás de unos lentes y un gorro de lana negro, le contó en ese breve lapso de tiempo: venía del trabajo, había un par de hombres jóvenes que trabajaban en delivery discutiendo por algo, se refirió a ellos como gente rabiosa, que con cualquier excusa se trenzaba en peleas. Pasó una micro, de esas de tres cuerpos que todos los días lo despertaban a las cinco de la mañana y no le gustaba despertarse a esa hora. Eso lo dijo con tanto sentimiento que Dora pudo imaginárselo luchando para no escuchar el pitido de esos inmensos buses tratando de dar la vuelta en una esquina demasiado estrecha para esa maniobra tan aparatosa. De hecho, Arturo comentó también que no sabía qué clase de ingenieros en transporte habían autorizado a tamaños monstruos para circular por la ciudad, agregó que de seguro aprobaron con la nota mínima en la universidad porque de otro modo no se explica. Como estaba hablando de buses, se acordó de un asalto a un pasajero en uno que estaba estacionado al frente. El pasajero se defendió, otro lo ayudó, el chofer cerró las puertas, el asaltante tenía la boca sangrando, otra persona llamó a los carabineros, pero pasaron más de veinte minutos, la gente estaba apurada, le pegaron de nuevo y lo bajaron a patadas. Total, la víctima tenía su celular, que quebrado y todo aún funcionaba. No valía la pena la espera para hacer una denuncia inútil. No tenía sentido. Nada tenía sentido afirmó con fuerza.

Cuando comenzaba a hablar de un loquito que siempre está en Nueva de Lyon en la esquina de Providencia dieron la luz verde. Varias veces había observado al loquito. El tipo vociferaba incoherencias o quizás eran titulares de noticias. Incoherencia familiares. Dora había estado todo ese eterno instante mirando si Arturo traía o no un arma para asaltarla; si sus movimientos de manos al hablar pretendían distraerla y tal vez robarle el bolso o algo adentro de él. Un par de veces le había ocurrido, habían alcanzado a correr el cierre y no le había sacado nada porque miró a tiempo. Ese gorro de lana negro le parecía sospechoso, tal vez era un pasamontañas que por el momento llevaba enrollado sobre la cabeza para no generar desconfianza, así como ella llevaba puesta la capucha de su chaqueta para parecer menos indefensa.

Mientras Arturo hablaba y hablaba, observaba a Dora con todo el detalle posible, le parecía raro que no cortara su monólogo, simulaba contestarle con la manera de asentir con su cabeza o de empatizar con él con los gestos de su cara, al menos con un lado porque le pareció que tenía parálisis o algo raro en el otro. Además, no sacaba las manos del bolsillo y eso le pareció agresivo. Eso de que las mujeres son menos violentas le sonaba a cuento antiguo; nunca se sabe cuándo las cosas pueden empezar a cambiar, el aleteo de una mariposa puede cambiar la historia ¿no?

Ese señor agradable, tal vez de la misma edad, jugando a ser vulnerable y solitario, podía no ser tal, podía ser un cuentero. Hasta pensó que el asaltante fracasado del bus del frente era él mismo y ahora estaba intentando otra estrategia.

¿Cuánto dura un instante? ¿menos o más que el aleteo de una mariposa? La vida puede ser otra en menos de un segundo, sin aviso, sin pena ni gloria o con mucha pena y mucha gloria.

Arturo pensó que tal vez tuvo suerte y la mujer a la que le habló podía ser alguien amable y un poco callada, pero por las dudas, al acercarse para despedirse haciendo como que iba a seguir su camino la atacó con una cortapluma profiriéndole un corte en ese lado de la cara que no se movía, eso no le gustó. No podía ser buena gente alguien que con un lado de la cara no dice nada.

Al sentir que el hombre se acercaba mucho Dora no dudó en sacar de su bolsillo el punzón que llevaba para casos de emergencia, mientras sentía algo helado en su cara lo clavó en el lado izquierdo, habrá sido entre las costillas porque no sintió tanta resistencia. Dora se tomó la cara y vio su mano con sangre, corrió hacia la farmacia de la esquina donde varios gritaron de la impresión. Se sentía como una super heroína, convencida de haber herido de gravedad a un asaltante.

Arturo cayó al piso, algunas personas que estaban cerca lo sujetaron, pensó que tenía el punzón clavado, dio un alarido, pero entre tanta ropa el metal solo rozó la piel. Ahora, de nuevo, estaba a merced de la gente. Otra vez la pateadura, otra vez a la posta central cuando pudiera ponerse de pie y caminar hasta Portugal. No tenía plata para un taxi y ninguna micro querría llevarlo así, moreteado, hinchado y sin poder mover un lado de la cara.

Nadie se molestó en hacer una denuncia, iban todos apurados y el semáforo había dado la luz verde.


lunes, 23 de junio de 2025

De otra época

 


Foto de Anthony 🙂: https://www.pexels.com


Esta era una historia como de esas japonesas que están de moda. Un texto tranquilo que se pasea por paisajes llenos de hojas secas, con sonidos de aves citadinas y un río que corre tranquilo amortiguando la intensidad del ruido de los automóviles, sirenas y construcciones de una urbe siempre cambiante. Tal vez el frío contribuye también a la escenificación de diálogos llenos de silencios y de cuidados. Dicen que este mundo hiperconectado y tan lleno de imágenes apocalípticas han hecho surgir otra belleza. Esa de las cosas mínimas, la de los jardines y sus brotes. Los más críticos afirman que se trata de una forma de escapismo, de alienación y por supuesto de otro nicho del mercado en donde la desesperación por sentirse a salvo en algún lugar ha recreado, al borde del abismo, una sensación de hogar y de regocijo de los sentidos.

Puede haber miles de explicaciones, pero tengo el convencimiento de que cada persona tiene sus momentos de salida y retirada del mundo. Cómo no va a ser esperanzador que, en medio de tantos discursos densos y necesidad de definiciones conceptuales complejas, se encuentren personas a quienes les gusta caminar juntas, aprender de plantas, regalarse semillas y esperar que la siguiente primavera les muestre si sus esfuerzos fueron premiados o todavía falta aprender más de la calidad del suelo y otras delicadezas del jardín.

Llegué al curso de jardinería por recomendación de mi médico, me dijo que si seguía encerrada llegaría un día en el que no querría salir más. La verdad es que ya estaba en ese día, pero el doctor es joven y me pareció que para él sería bueno creer que me había convencido. Y como no había hecho con mi vida nada muy provechoso para los demás, un día cruzó por mi mente un pensamiento que al instante me pareció irrelevante y absurdo, eso de la reverberación de la amabilidad. Como fuera, decidí salir y entrar a esos clásicos talleres de las municipalidades: huertos urbanos. Daba por descontado que me encontraría con muchas señoras pachamámicas, llenas de clichés para hablar, vestidas con chalecos tejidos a mano de muchos colores, polainas en las pantorrillas y bototos viejos y gruesos. Debajo de tanta ropa era difícil imaginar que la ducha diaria formara parte de la rutina. Pensamientos de alguien con amargura en el corazón, me dije y antes de arrepentirme y de volver a mi casa a encerrarme, decidí hacer algo distinto.

Por supuesto que escuché todos los clichés que esperaba de los participantes del curso, pero hubo un par de sorpresas, no había solo mujeres que era lo que esperaba y en vez de una profesora había un profesor. Su edad era difícil de adivinar, se veía ágil en sus movimientos y por lo general se paraba erguido lo que de inmediato rejuvenece a las personas. Usaba un sombrero que no se quitaba para nada, supongo que en su casa lo hará, quien sabe. Dijo que se llamaba Fiódor, aunque tenía cara de otro nombre, Arturo, Braulio, algo así. Usaba un pantalón grueso de tweed, botines café oscuro muy lustrados y arriba un sweater blanco invierno arremangado con una camisa azul clara debajo. Un señor cuidadoso con su apariencia quiero decir. No era dado a la sonrisa y su forma de hablar sonaba extraña.

Hablaba de las plantas usando el nombre en latín primero y luego mencionaba su denominación vulgar; las describía de tal forma que parecía que cada una de ellas despertaba su más profunda admiración. Mostraba sus mecanismos de adaptación a las condiciones climáticas y las asociaciones de sus colores con el paisaje en que habían crecido en su origen.

El grupo seguía la información con interés, como si se tratara de un curso avanzado de botánica. No estaba segura de seguir asistiendo, habían partido hacía un mes y me sentía desorientada, además, no tenía un interés particular por las plantas y por casi nada en realidad. Y ponerme a estudiar me parecía una idea fastidiosa que encima activaba mi cobardía − ¿y si ya no era capaz de retener información? ¿si ya no podía aprender? – siempre era preferible ignorar la propia incapacidad que probar y demostrar que ahí estaba, disimulada bajo el sarcasmo y la burla.

Quedé ubicada cerca de Freya, una señora alta y muy suave de modales. Debe haber notado mi confusión porque se ofreció a ayudarme si tenía dudas. Se lo agradecí a regañadientes porque siempre me pongo suspicaz con la gente en apariencia gentil. No puedo evitar preguntarme qué buscan, qué quieren ¿aprobación?, ¿algún favor? ¿popularidad? ¡aaagh! Los estragos de las experiencias en la vida.

Freya me desconcertó porque no era nada en ella era excesivo. Parecía medida y controlada y al mismo tiempo dulce y acogedora. Una mezcla extraña sin duda. Creo que mi desconcierto era producto de las maquetas en las que clasifico a las personas y casi todas me parece que tienen exceso de algo. De lo que sea. Muy esto, muy lo otro y así la etiqueta quedaba puesta sin esperanza de despegarse. Freya, en mis afanes de entomóloga de personas, me parecía un personaje de novela de principios del siglo pasado. Usaba el pelo tomado, siempre ordenado y sus chalecos rosa pastel, blancos y grises hacían buen juego con unos jeans que casi siempre parecían recién lavados. Las blusas con flores pequeñas se parecían casi todas entre sí, un día celeste, otro día lila, al siguiente amarilla y así. Tal vez las compró todas en la misma tienda un día de liquidación.

Resultó que vivía cerca de mi casa y terminamos caminando juntas de vuelta del taller. Reconozco que al principio hice lo de siempre, encontré muchas ocupaciones imaginarias para hacer justo después de terminadas las clases: algún maestro iría a reparar algo, debía acompañar a algún familiar a alguna parte, una compra urgente de algún repuesto de cualquier cosa hasta que un día me aburrí de mentir y me devolví con ella. Creo que Freya también huye de las personas, pero es menos evidente. Es más amable, más educada tal vez. Si bien la conversación no fluía fácil al inicio, me fue intrigando ese modo acompasado de sus días. Una forma de ser que va con la vida sin resistirse ni forzar acontecimientos. En una ocasión me invitó a pasar a su casa para mostrar cómo cultivaba unas dalias que había traído de Frutillar hacía como diez veranos. No lo dijo, pero supe de inmediato que era un honor poder entrar en el jardín. A primera vista parecía recargado, una explosión de colores y formas que requerían pasear la vista con calma. Como fuera, me aturdí un poco, algo decía Freya y yo no podía prestar atención. El colorido del jardín, el aroma y la implosión de sensaciones me pareció de tal contraste con lo que ella mostraba de sí, que ese rincón parecía la revelación de sus secretos más profundos. Entonces me pareció evidente que no quisiera intrusos allí.

Me intrigó. No era congruente esa imagen sosa que se dedicaba a proyectar con el tiempo que pasaba cada día atareada en el cultivo de la exuberancia. Me dediqué a observarla y resultó toda una sorpresa.

Fiódor no podía evitar que su nombre provocara curiosidad, era hijo de un profesor que se jactaba de haber leído casi todo lo que escribió Dostoievsky y entonces el nombre para su primogénito estaba elegido desde antes que naciera. No había mayor misterio en esa historia, sin embargo, se ponía rojo cada vez que le preguntaban.

Eso era todo lo que decía de sí mismo, decía que las plantas eran mucho más interesantes y que prefería hablar de ellas. Algunos pensaban que eso le daba un halo de misterio, a mí me daba la impresión de vacío, de una pose, pero claro, me había equivocado tanto en mis opiniones acerca de las personas, que ya no explicitaba nada. Me volví una diplomática casi profesional en opiniones inocuas acerca de casi todo, en especial de las personas.

De ociosa, porque había estado leyendo y viendo material de lenguaje no verbal, algo que siempre me ha llamado la atención, me dio por analizar las direcciones y duración de las miradas entre algunas personas. Y eso me permitió ver qué ocurría en el taller de jardinería. Fiódor tenía el hábito de hacer como que miraba al horizonte, a un punto central por sobre nuestras cabezas, pero a la única que veía era a Freya. A veces era interrumpido por alguno de sus otros alumnos, pero volvía rápido a una posición ocular en donde pudiera verla y adivinar qué le interesaba a ella.

Se lo hice saber a Freya una de las muchas veces que caminamos juntas y fue como si hubiera activado un encantamiento solo con esa observación. Solo me dijo un gracias casi solemne, pero escuché mucho más que eso. Una especie de respiración contenida, un alivio y una risa interna traductora de una alegría ingenua. Muchas personas necesitan un observador, un tercero que confirme sus percepciones y creo que fue eso lo que pasó. Como si algo pasara a tener la cualidad de real solo si otro lo dice.

Confieso que luego me transformé en una espía, estudiaba los gestos de ambos y ya que esta ciudad es chica comencé a encontrarlos en distintos lugares y luego iba a propósito para verlos. No supe de la ocasión en que alguno de los dos dio el primer paso para invitar al otro a un café, un paseo, alguna visita a un vivero. Me hubiera gustado saber, ver la escena, estar ahí y filmarla con cámaras en distintos ángulos. Debió ser difícil, bien dicen que el romance, ni se diga el amor, requiere de valentía y estupidez, en especial para seres sensibles y asustadizos como Fiódor y Freya.

Tal vez, de lo absortos que estaban uno con el otro, parece que no me veían. Podía concentrarme en las miradas entre ellos, en la danza de sus torsos alrededor de una mesa para acercarse sin que fuese demasiado o el modo en que caminaban a paso lento, indicándose flores y árboles del camino, deteniéndose en algunos. Parecían una pareja que caminaba junta desde siempre, desde niños tal vez. En el taller, nadie notaba nada. Era tal el disimulo que hasta yo dudaba a veces.

Freya no hablaba del tema y yo sentía que era una especie de pacto, como si decir algo fuera a quebrar un cristal frágil. Me invitó más veces a admirar su jardín y yo, cómplice de sus silencios y omisiones, creo que entendí que el lenguaje entre ellos no requería de sonidos, sino de colores, semillas, aromas y sensaciones sin nombre.

Un día Fiódor se acercó a mi puesto en el taller y también me dijo un gracias lleno de significados parecido al que antes había expresado Freya.

*Protocolo de Atención

 *Cuento publicado en El Narratorio, N°112, año 2025



Foto de KATRIN BOLOVTSOVA: https://www.pexels.com

Hay días en los que una no quiere hablar y no es que pase algo particular o no pase lo que debía ocurrir por lógica. La lógica personal por supuesto, la de los demás es una cuestión difícil de precisar. Me pasé el día dando informaciones ya disponibles en todas partes y eso debiera bastar para entender por qué me quiero quedar callada. Sería tan bueno poder hablar en automático y pensar en otra cosa, a estas alturas de la evolución debiera ser posible esa función, pero no, para que el servicio de atención al cliente sea bien evaluado y el equipo obtenga el bono de fin de año, no solo hay que saludar, sonreír y mirar a los que preguntan las mismas cosas a cada rato o tratan de resolver algún problema que no corresponde al departamento, además hay que tratar de enchufarles una encuesta de satisfacción usuaria al final y es imposible pensar en otra cosa entre tanto recordatorio del protocolo de atención.

Con todo eso una es incapaz de concentrarse en cualquier cosa importante mientras sigue los pasos uno a uno y, si bien, el equipo ha conseguido la mejor evaluación del servicio durante un tiempo récord, todavía no consigo automatizar mis respuestas. A veces creo que si llego a ese estado podrán reemplazarme por un tótem de autoservicio y no tendría nada que hacer, y si bien, quiero no tener nada que hacer, después no soporto la idea.

Ahora que he recuperado algo de concentración, no porque me lo hubiera propuesto sino porque con tantos robos de celulares que me ha tocado ver en el metro y en la micro y las molestias que implica después lidiar hasta con chantajistas, ya no me dedico a pasar por millones de imágenes en el trayecto de ida y de la casa al trabajo y viceversa. Supongo que algo me pasó en el cerebro porque he recuperado la capacidad de quedarme en un tema más allá de un segundo y medio.

Lo que más me sorprende es esa invasión de calma que hacía mucho tiempo no experimentaba, ¿habrá sido esa sobre exposición de imágenes? O tal vez fue el abandono de la idea de irme a otra parte. Está fuera de mis posibilidades y después de todo no es tan malo vivir en el barrio del club hípico, las casas son viejas y no sé por qué, pero me gusta ese aire señorial venido a menos, como esas señoras que no dejan de arreglarse para salir, combinan colores y aunque el labial se les escurra por las arrugas de los labios, se ven coquetas y entusiastas por la vida. Vivo con una tía y su marido dice ella. Mi mamá se encarga de repetirme que no es su marido, que nunca se casaron y ya me dejé de pelear con ella por eso o por cualquier cosa. Me río de sus tonterías de vieja pechoña. Mi tía me cobra barato por el arriendo de un dormitorio, en realidad me lo descuenta de lo que me debe y su marido es muy amable, casi siempre me deja agua caliente en el termo, una taza puesta y una marraqueta con lo que haya en el refri para cuando vuelvo del trabajo. A esa hora ellos ven las teleseries turcas y mi tía se enoja a cada rato porque el caballero no se acuerda de la historia. Las noticias las vemos juntos y yo les comento si supe algo durante el día, como ahora uso poco el celular casi no me entero de nada.

No todos los días son iguales, la mayoría sí, pero no todos.

Se suponía que iba a estar en esa casa un par de años, mientras ahorraba para dar el pie de un departamento e irme a vivir, casada, con mi pololo de entonces, pero todo se fue a las pailas. Más que todo y más que muchas pailas, pero no quiero contar detalles. Es una historia simple y repetida: Quedé sin noviecito, sin ahorros y deudas que no esperaba. Puse en la cuenta compartida todos mis retiros del diez por ciento, en fin.

Este invierno llovió y hubo que reparar el techo de la casa de mi tía, volví a pedir otro crédito porque la caja de compensación del par de viejos les dijo que ya tenían el máximo de deuda y no les podían pasar más plata. ¿Qué iba a hacer? Pedir yo otro crédito que refundía los anteriores.

Supe que mi ex noviecito se había casado y que la novia tenía varios meses de embarazo, se compró casa cerca de donde vive mi mamá y mi hermana. Me enteré hace tiempo y, no sé qué le pasa a mi mente que estaba dispuesta a perdonarlo a pesar de todo porque actuaba como si un día él fuera a volver, como si no fuera cierto todo lo que pasó. No podía dormir pensando una y otra forma de resolver, de entender. Cuando dormía soñaba con él y despertaba con una sensación horrible, cada vez que estaba a punto de alcanzarlo él me miraba con esos ojitos dulces y sufridos y me decía que no podía quedarse conmigo o veía a su mujer embarazada y como a cinco niños detrás. Mi mamá se encargó de que me diera cuenta de que no había nada más que hacer, no fue muy amable ni simpática su estrategia, pero sin duda efectiva. Dejé de esperar a punta de chismes de barrio, de fotos en Facebook y de Instagram.

Y un día, me cayó de sorpresa esta capa de tranquilidad. Supongo que mi cerebro alcanzó un estado de saturación con el tema. Estoy endeudada por cincuenta y dos cuotas más, no me puedo mover de aquí y me alegran cosas como la taza con té esperándome en la cocina o la idea de que mi tía acepte que adopte una mascota, un perro simpático que no peleche y no tenga mal olor. Eso me dijo. Su marido me está ayudando a buscarlo. En lo único que me parezco a mi tía es lo mucho que me molestan los malos olores y no puedo soportar a la gente que no se da cuenta que huele a rancio.

Mi mamá dice que repetí su historia, que mi papá se fue con otra y que a lo mejor tengo hermanos que no conozco. Al principio reaccionaba y le respondía a punta de pachotadas, portazos y llanto, ahora casi no me re co noz co, como le dijo un político a otro en un programa de debates hace años. Ya me da lo mismo lo que diga, sé que se maltrata ella sola cuando me dice cosas horribles, debiera ser instructora de budismo zen a estas alturas dice mi tía, que me aviva la llama de la rabia. Me fui de su casa por eso mismo porque entre las dos no hay cómo dialogar. La veo y me pongo de malas y a ella parece que le pasa lo mismo.

Tengo un secreto para soportar las visitas que hago a mi madre. Un protocolo de amabilidad, un pacto de no agresión.

1. Sonría

2. Salude y luego con una cara complaciente y que parezca honesta, pregunte

3. ¿Cómo está mamá?

4. Aguántese las quejas contra todo lo que usted no pueda resolver y atienda solo al foco, al meollo del problema. Haga a un lado lo accesorio, vaya a lo importante.

5. Lo importante es lo que usted puede resolver, el resto conviértalo en problema de otro, de la vecina, de la tía que no se casó, del Facebook, del matinal.

6. Conserve la calma.

7.Sonría.

8.Realice las operaciones pertinentes de lo que usted puede hacer para mejorar la experiencia de la madre, aunque esta las considere espurias e insuficientes: ponga la mesa, vaya a comprar el pan para la cena, diga que lo que cocinó le quedó rico.

9. En último caso ofrezca comprar algo que la madre tiene muy pocas probabilidades de usar.

10. Ofrezca lo anterior solo en caso de emergencia.

11. ¿Hay algo más en que pueda ayudarle? (ruegue porque no sea así y esté satisfecha, enojada, con cara de pasajera del metro y ¡váyase!)

12. Sonría y

13. Despídase con una sonrisa amplia y más complaciente que la de bienvenida.

El secreto incluye otro acápite, antes de ir, escucho una y otra vez la música favorita de mi papá y que mi mamá odia. Pongo a Piazzola desde que me levanto y llego a la casa de mi madre como quien sabe que se ha portado mal. A veces la muteo y escucho la música en mi cabeza, en especial cuando empieza a hablar del vecindario.

De vuelta a lo mismo.

Creo que entiendo más cosas cuando escucho a Piazzola, la tranquilidad me invade de nuevo y puedo a extrañar a mi padre en paz.

 

Astor Piazzola, Tango Apasionado (finale),

https://youtu.be/gdCg_-ixkWI?si=xpZjetBMo8tZ9gxM

jueves, 12 de junio de 2025

Buenas señales

 


Hace algunos días estaba invadida por una sensación de esperanza o algo parecido a la ilusión por una serie de encuentros con diversos tipos de personas. Estaba dispuesta a escribir este texto y me agarró una tormenta de granizos como la del último relato, solo que estos granizos llegaron en forma de una gripe inmisericorde. No recordaba la horrible sensación de la fiebre y el desvalimiento psíquico. Nada tan grave como efectista resulta la escena de los escalofríos, los ojos vidriosos y llorosos sin tristeza que justifique el llanto. Hoy, sin fiebre, quiero aferrarme a la ilusión antes de que se desvanezca.

Me dio mucho gusto ver a un montón de adolescentes saltando y coreando las canciones completas del Cuarteto de Nos. Se trata de letras complejas por completo opuestas a las más conocidas del pop. El líder del grupo, Roberto Musso, tiene 63 años y su entusiasmo logra dar con la tecla juvenil de una audiencia en la que abuelos y nietos cantan con la misma energía. El tipo se emociona en escena y en algunas entrevistas revela por qué. A mí me emocionó ver la escena: una banda de sesentones, ninguno con pose de rockstar, seguidos por un público transversal muy identificado con esa forma crítica de aproximarse al ser humano, con todas sus miserias y grandezas creativas.

Paseando por el MUT vi un grupo de mujeres jóvenes y viejas que se juntaban a tejer, parecido a lo que ocurre en un taller de crochet cuya monitora es una ex compañera de colegio que tiene alumnos, hombres y mujeres, escolares; mujeres mayores, sanas y con problemas de salud. Y así como están esos grupos, han surgido un montón de clubes de lectura entre gente que se conoce y otros entre personas desconocidas, presenciales u on line. La Furia del libro cada año suma más visitantes y los más entusiastas son los jóvenes y entre ellos en especial las mujeres jóvenes, confirmando la tendencia mundial de que quienes compramos más libros y leemos más somos las mujeres.

La ilusión está entonces en que las personas que quieren encontrarse con otros humanos tienen instancias para hacerlo o para crearlas, que hay muchas personas que logran vencer el utilitarismo y el mercantilismo para ir al encuentro de los objetivos comunes y el afecto que surge en la convivencia.

Y para terminar con la expresión de un deseo: que la ilusión me pille con un texto escrito antes de la siguiente granizada.


martes, 27 de mayo de 2025

Accidente

 

Foto de Aswin R S: https://www.pexels.com



Pocas cosas le provocaban a Nadia la sensación del deber cumplido como ubicar en alguna parte del librero un ejemplar terminado. Ese recorrido desde el velador hasta el mueble se había transformado en un camino larguísimo porque era moderna y como tal, tenía el celular demasiado a mano y con ello las adicciones propias de la época. Demasiadas cosas en apariencia interesantes dejaban la lista de pendientes cada vez más larga e imposible de cumplir.

Ese día, antes de cualquier otra cosa, se apresuró a dejar empezado el siguiente libro, aunque era una convencida de que había que dejar un espacio a la degustación del sabor de la historia cerrada. Las historias, escritas o no, se saborean, se disfrutan, se gozan, se sufren con lo que traigan y empezar otra de inmediato parece injusto para la anterior y la siguiente. Solo que a veces se perdía en la historia anterior demasiado tiempo.

Luego, comenzó el día con las rutinas y era buena esa sensación de seguridad involucrada en tener cientos de cosas que hacer, desde los detalles nimios que desaparecen casi enseguida hasta otras más relevantes como ir al trabajo. Le parecía bien que hubiera un uniforme y evitarse la molestia de vestirse ad hoc a la temática, el clima y su cuerpo. La edad ya no era un criterio, al revés, la prohibición era usar el número de años como excusa. Lo prohibido es envejecer y sus hijas adolescentes se lo dejaban en claro a cada instante: −la mamá no entiende, no está al día, las otras mamás sí saben de skincare, de los chistes actuales, del lenguaje, la moda, la música −. La lista era interminable, le parecía curioso que hablaran de ella en tercera persona, como si no estuviera ahí, pero al mismo tiempo entendía la provocación, que luego daba lo mismo porque hacía tiempo ninguna escuchaba su respuesta. Por lo demás, había hecho suya la frase de una actriz canosa − ¡dejen envejecer tranquila! – para, segundos después, empezar a averiguar sobre los últimos tratamientos y evaluar si gastar sus ahorros en hacer trampa a la naturaleza tendría algún beneficio real.

Porque, como fuera, todo parecía ser evaluado de esa manera, la inversión versus el beneficio. El modelo económico calando hasta los huesos. Muchas veces se sorprendía a sí misma evaluando la vida sobre ese criterio, cuando, al mismo tiempo, era una convencida de que las decisiones más importantes no tenían nada que ver con ganar o perder. O más bien que esa fórmula no le había servido en los momentos más cruciales. Porque, al menos ella, no se había dado cuenta de cuándo habían ocurrido esos momentos claves sino mucho tiempo después y ese lapso puede ser de cinco segundos a varios años. Además, esa sensación de ser tan típica le jugaba un flaco favor a su trabajo en desarrollo organizacional. Su especialidad era la gestión del cambio y lo hacía bien, convencía a los equipos de trabajo con una retórica cargada de filosofía salida de Instagram y los videos cortos de YouTube y Tiktok, sus actividades estaban cargadas de frases gringas traducidas de forma literal o en inglés directamente. Los juegos o dinámicas de grupo le parecían infantiles, pero de un modo que no lograba entender, a los adultos treintones y cuarentones, les resultaban muy cómodos. Se resistía todavía a hablar en tono agudo y terminar las frases como pregunta, porque mantenía manías de hija de profesora de lenguaje y de un padre contador meticuloso en casi todo. La viudez la dejó en posición de no poder seguir con el plan soñado, irse al sur, ver crecer a las niñas allá y dedicarse a alguna actividad agradable, al menos en la fantasía: aprender manualidades, hacer un huerto orgánico, poner un café para turistas, una imagen muy típica que compartía con Manuel, su entonces marido, que parecía determinado a hacer todo lo posible por tener los recursos y partir un día, los cuatro, a esa aventura donde hubiera mucho verde, flores, árboles y sitios cercanos para acampar. Se le ocurrió morirse en un accidente en la carretera cuando las hijas tenían cuatro y dos años y medio. Ella tenía treintaitrés años y nada salió como estaba planeado. Volvió a la casa de sus padres y no hubo mucho espacio para lamentos. No recordaba con mucho detalle ese período y tampoco es que le importase saber cómo sobrevivió. Hay túneles y abismos que no quería explorar. Ahora, en los cuarentaidós, podía respirar un poco más tranquila sabiendo que pudo continuar y que vivía los ciclos vitales como casi todas las mujeres. La campesina interna que se iría a su tierra debería esperar para una próxima vida. Hay gente que cree eso. En esta le correspondía ser una capitalina que predicaba un evangelio en el que no creía, pero que le permitía pagar las cuentas.

Se había forzado a no pensar más en Manuel y todos los hubiera sido que se asociaron a su existencia. A veces pensaba que fue tan poco el tiempo compartido que de seguro lo había idealizado y más aún por cómo murió. Pocos mencionaban que iba acompañado en ese accidente y nadie quería hablar de quien era, hasta que se enteró porque era evidente que así sería. Era la polola de siempre hasta que ella irrumpió en la historia de Manuel. Se quedó con miles de preguntas que no tendrían respuestas y que mezclaron el dolor con una angustia secreta y silenciada.

Hay personas que se dulcifican y acobardan con el dolor y otras que se vuelven huidizas y cínicas, Nadia pertenecía al segundo grupo, pero disimulaba bien. Podía hasta enternecerse con circunstancias que le parecían nimias e inclusive dar con el tono justo para ayudar a abrir la panorámica a otros y entonces dar con salidas alternativas.

Hoy era el primer día de trabajo directo con los equipos de una empresa, casi institución, que iba a comenzar un período de profunda transformación. Ya habían despedido a todos los que no se ajustaban a la nueva estructura tecnológica y al modelo de negocios. Los que quedaban estaban aliviados y también ansiosos y resentidos por la sensación de estar sometidos a una especie de reality de sobrevivencia en donde podían verse aún a los caídos en el período previo de selección. Ese trabajo estaba hecho y Nadia no formaba parte de los corta cabezas, a ella le correspondía presentar la siguiente etapa que consistía en un nuevo comienzo colorido y esperanzador. Una especie de duelo express y un pongámonos a la obra que no hay más alternativa.

Debía comenzar con dinámicas activadoras, para sus adentros se daba la instrucción de It´s show time, sonreía y sacaba su mejor voz de persona alegre, conectada con sus emociones, empática y llena de energía. − ¡Holaaa! Buenos días – en los primeros minutos se jugaba su posición y la de los otros. Podía identificar de inmediato a quienes se iban a entregar por entero a la actividad, los que estaban ahí por absoluta obligación y a los que se esforzaban por disimular su cara de resentimiento con todo el proceso vivido.

− ¡Vamos a activarnos! Pónganse de pie, estírense, así, ¡con ganas!, sáquese la mala onda, sacúdase el cansancio, el miedo. Respiremos hondo, una, dos, tres veces. ¿Ya estamos aquí?


Luego debía convencerlos para que caminaran en círculos unos según el sentido de las manijas del reloj y otros en el sentido contrario, cuando dijera stop deberían detenerse y mirar a los ojos a quien estuviera cerca y tratar de decirle algo sin hablar. Ojalá una emoción. Luego se sentarían en el suelo, − ¡para eso se les pidió venir con ropa cómoda chiquillos! – y les pediría compartir qué fue lo que sus compañeros lograron comunicarles a través de su mirada. Siempre habría personas que creían descubrir en el otro la profundidad de su alma y había que cortarles el discurso y otras que decían que no le habían transmitido nada. Las repuestas más frecuentes eran: seriedad, ternura, ansiedad, curiosidad, amabilidad. − Que bueno que siempre hay gente adaptada – se repetía cada vez que escuchaba esas respuestas.

Si el grupo seguía muy duro y había tiempo, ponía música porque los últimos tips indicaban que un momento de baile suele ser infalible para soltar las tensiones que aun quedaban flotando en el aire.

En cualquier caso, más les valía colaborar y jugar el juego porque también se encargaba de decirles que todas las sesiones consideraban un informe a la gerencia de personas. Al fin se había acabado esa moda de llamar departamento de felicidad a esa área. Nunca pudo nombrarlos sin sentirse parte de un juego casi maquiavélico cuando le correspondió trabajar con empresas que cayeron en la moda sin reconocer cuánto se prestaba para las burlas internas ese nombre tan pretencioso.

Después de la puesta en común del juego de miradas venía un recreo en que lo único importante era la calidad del café y la comida disponible. Ahí se jugaba gran parte de la evaluación de la intervención porque hasta los más renuentes se ponían de mejor ánimo si había abundantes galletas de pastelería, también de arroz y tapaditos calientes. Por supuesto que, considerando además todas las diversidades alimentarias disponibles: café descafeinado, leche descremada y sin lactosa, leche vegetal, tapaditos veganos, sin gluten, pan integral, de masa madre y unos mozos que trataran de chicos a todos los asistentes. En los detalles se jugaba su prestigio. Había estudiado pedagogía en inglés, pero por esas trayectorias profesionales raras y la necesidad de trabajar y ganar más plata para salir de las deudas que dejó Manuel, mantener a las niñas y sostener un nivel de vida que no estaba dispuesta a bajar, se fue formando primero como relatora de capacitaciones de inglés para luego, por idea de su madre, convertirse en una coach ontológico que la convirtió en alguien con buen dominio escénico y capaz de leer los grupos de trabajo y sus conflictos. 

Después del recreo deberían dividirse en grupos, poner su nombre en una credencial, presentarse a los demás integrantes y en el menor plazo posible armar una escultura que representase el espíritu del equipo para enfrentar los desafíos que venían. En esta tarea surgían esculturas clásicas: flechas, águilas, aviones, cohetes. Solo en una ocasión vio una original: un equipo que simulaba ser un cardumen de salmones que se movía en ondas contra la corriente. Le pareció una elegante forma de mostrar el desacuerdo y al mismo tiempo la lucha por llegar, como fuera, al final de la carrera. En esta ocasión no hubo sorpresas. Mientras recorría y explicaba la actividad por los grupos aprovechaba de anotar quienes se erigían como los más activos en crear la escultura, los que aportaban a la idea y aquellos criticones de siempre que obstaculizan el cumplimiento de la tarea.

A estas alturas, después de más de una década haciendo más o menos lo mismo, tenía un abanico de dinámicas, frases hechas, chistes probados y unas cuantas historias que contaba como propias, pero que eran parte de un guion estudiado para provocar ciertas respuestas. En la consultora para la que trabajaba al principio y de la que ahora era socia, minoritaria, pero socia, le habían pedido viajar dentro y fuera del país para empresas multinacionales, pero no aceptó por las niñas. Era tan obvio para ella la opción como para una colega en su misma posición aceptar sin pensarlo – mis hijos tendrán que acostumbrarse y por último tendré los recursos para pagarles un psicólogo cuando se quejen de su madre ausente, pero potente en su trabajo –. Era otra forma de mirar la situación.

Aunque fuera difícil reconocerlo, tenía internalizado el modelo tradicional de familia por más que entendiera, aceptara y abogara por lógicas sociales y laborales más justas para las mujeres. Esos discursos más abiertos a diferentes opciones en el diseño del plan de vida le parecía que era su obligación transmitirlos a las hijas. Lo que quería para ellas era la posibilidad de vivir con la sensación de libertad sin culpa. Si había algo a lo que rezar, rezaría por que el azar las dejara elegir.

La casualidad puso a Manuel en su camino y se sumó alegremente a ese desvío. Tenía la convicción de que así debía ser y la vida pareció seguir el curso adecuado junto a él, sin cuestionamientos. Estaba embobada por el sueño de la vida en el sur. Así recordaba Nadia el tiempo junto a Manuel, sin conciencia, sin mirar más allá de ella misma y de lo que sentía. El día del accidente no solo Murió Manuel, también lo hicieron cada una de las conversaciones juntos, las risas, las fotos, los planes, las discusiones, las bases de cada decisión. Nació al mismo tiempo la sensación casi terrorífica de no haberlo conocido, de no haber estado en el mismo mundo. Armaba y desarmaba rompecabezas en donde las situaciones vividas, puestas en diferentes lógicas, perdían o cambiaban de sentido. Cuando consideró que el tiempo había sido suficiente para formularse preguntas sin respuestas decidió no dar tregua al azar.

El día de la segunda sesión correspondía comenzar a analizar cada segmento de los procesos a modificar. Las decisiones estaban tomadas y el rol de Nadia era hacer parecer como que el diseño era producto del trabajo de todos. Sabía cómo hacerlo, estaba alerta a cada cambio de expresión facial, a cada silencio y no creía en nada de lo que decían, incluyéndose ella misma en esa sentencia

jueves, 22 de mayo de 2025

De otras cosas y Kafka

 



Envié un cuento a un concurso. No lo pensé para no darle tiempo a que aparecieran los pensamientos ridículos de siempre y dejé pasar a los más simpáticos: total, todo sigue igual, con o sin concurso. Eso es lo mejor que se me ocurre. También envié otro a una revista digital, a ver qué pasa.

También me ocurrió que al escribir una historia equis, vinieron a mi mente un sinnúmero de opciones para continuar y debe ser cierto eso de que soy una atolondrada y, para peor, floja, porque podría haberlo hecho y en lugar de trabajar la historia la terminé de forma abrupta, tanto que no se entiende.

Podría retirarla, tiene 17 lecturas o visitas o guarever, así es que tampoco es que alguien vaya a echarla en falta. Todavía puedo hacerlo. Como sea eso de escribir más largo, sin intención de hacerlo, podría ser un desarrollo. No hay para qué tomárselo tan en serio. Esa es la parte difícil, no tomarse tan a pecho las cosas, las historias, la nostalgia, los olvidos, los sueños, las casualidades o sincronías, concepto, este último, más de moda y con más magia.

Y ya que estoy en la sección de miscelánea, me puse a escuchar unas conferencias realizadas en España en homenaje a Kafka[1] [2] entre otras cosas porque fue el autor favorito de mi hermano. El escritor se me apreció como un humano y no como esa caricatura tan de la cultura pop, siempre oprimido y quejumbroso de su vida y utilizado por algunas ideologías para sus propios fines. Se divirtió y aburrió, fue cruel y benévolo, leal y traicionero, feliz y desgraciado, tanto como cualquiera de nuestra especie y por supuesto con un talento tal que cambió la forma de escribir por generaciones. Además, si algo tuvo de especial, además de su capacidad literaria, fue que advirtió ese talento en sí mismo, aunque no siempre fuera reconocido por otros. Por supuesto que recomiendo escuchar esas conferencias y otras más en el camino de vuelta a la casa o de ida al trabajo.

No sé porqué cada cierto tiempo me da por pensar que un día tanta información valiosa va a desaparecer y la sensación va a ser de un apagón de luz sostenido, así es que sigo escuchando para aprender, para conservar algo de lo que me interesa saber.

Como cada vez tengo más requisitos neuróticos para escribir tonterías tranquila, digo un hasta luego cargado de ojalá, como deseo y como canción.


sábado, 10 de mayo de 2025

Protagonistas NPC

 





En los tiempos libres que le quedaban en su trabajo Elsa tomaba el teléfono y veía los innumerables consejos de cómo sacarse partido y verse mejor, más joven y atractiva. Al cabo de un rato aparecían otros miles de discursos acerca de aceptarse y dejar de ser víctima de las presiones del mercado que ataca por todos lados a las mujeres. En ocasiones, después del trabajo, se quedaba mirando las vitrinas de alguna tienda de ropa, incluso se había atrevido a entrar a un par, presa de un impulso de compra combinada con un aburrimiento de ser y parecer siempre la misma, luego de tocar la suavidad de algunas blusas y suéteres, miraba el precio en las etiquetas y se arrepentía. Se debatía entre las estrategias de marketing del tipo −yo me lo merezco, para eso trabajo y total el mundo se va a acabar −, y otros argumentos en la dirección opuesta− para qué, quién se va a dar cuenta o tal vez lo haga cuando tenga alguna ocasión especial, que nunca llegaba, y la infaltable responsabilidad ecológica −, de modo que terminaba por abandonar la idea de comprar algo para sí misma. A veces llegaba más lejos y se probaba algo que sí podría usar: un nuevo pantalón o una blusa, casi como un chiste repetido, elegía prendas casi idénticas a las que tenía y entonces las dejaba porque no tenía ningún sentido gastar en verse igual. Además, con tantas noticias de asaltos y sus propias experiencias en la calle, de hecho, se avergonzaba de haber perdido dos celulares en la micro y otro más en las cercanías de la entrada del metro Lo Ovalle, se convenció de que no debía llamar la atención y más bien debía dar la impresión de ser ella la que podía robar a otros.

Su sobrina, con la que compartía departamento en el centro de Santiago, era muy diferente y podía advertirlo con toda claridad, si bien para el exterior parecía casi motivo de orgullo – ¡menos mal que no es como su tía!, ella es alegre, segura y arriesgada – decía casi como un mantra a quien estuviera cerca, en su interior parecía estar recitando una parte de las características que le hubiera gustado tener y que veía fuera de su alcance.

Lo bueno de no esperar nada era la sensación de paz y contento interior, como en la película Días Perfectos. Cuando la vio no le produjo, ella creyó, un gran impacto, pero después no le quedó más remedio que aceptar que la había afectado. Ser una npc [i] era ser parte del paisaje y de la experiencia de un juego apacible tal como si el otoño fuese duradero. Le gustaba el cine y veía casi todo lo que había en cartelera. Volvía a ver películas viejas también en las salas del Normandie y el Biógrafo en Lastarria, hasta escribía algunas críticas como una forma de recordarlas más. Ese ítem del presupuesto no le pesaba en la conciencia. Era como el aire, necesario para vivir. Algunas películas la dejaban flotando, aunque no tuviera tan claro qué quiso decir el director o si el guionista había dado o no con el tono que esperaba el autor de la idea. Una vez se atrevió a quedarse a un grupo de discusión y su comentario provocó palabras burlonas de un viejo intelectual −el cine es algo más que solo la anécdota de la historia −. No se atrevió a opinar de nuevo y el viejo aquel se dedicó a aportillar cualquier comentario que llegaba a sus oídos. Varias películas bien valían una siesta, pero se esforzaba por verlas completas porque era el trabajo de alguien y de todos los que creyeron en ese proyecto. Esas las borraba de su conciencia no pensando más en ellas, porque el sacrificio de haberse quedado despierta era suficiente. Antes de devolverse al departamento, después de cada película, pasaba a tomar un café con leche en los meses fríos y un agua tónica con limón durante los meses cálidos.

Coincidía en contadas ocasiones con su sobrina, ella, una veinteañera, siempre tenía algo que hacer y pasaba a contarle de sus aventuras y desventuras a su dormitorio tarde, muy tarde. La hacía reír mucho con sus tonterías infantiles y cada relato se parecía a una escena de película, a una vista o a una por ver porque ya se había convencido de que el tiempo va para atrás y para adelante y tal vez para otros lados.

También realizaba ocasionales compras asociadas a algunas escenas de películas, unos aros simples y pequeños como de los años veinte del milenio pasado, algún pañuelo de encaje y otras minucias que rara vez alguien notaba.

La opinión de quienes se relacionaban con ella, clientes de la farmacia donde trabajaba y compañeros de trabajo era unánime: una señorita amable y silenciosa. La estridencia era lo más lejano a la cineasta aficionada. La conversación con ella era lo más parecido a un encuentro entre viejos: frases hechas, alguna referencia al clima y al estado de las cosas, un acápite en el que cabían quejas varias y habitualmente referidas a la seguridad, las murallas pintadas y el lenguaje deteriorado de los más jóvenes. Las miradas hacia abajo y un meneo de cabeza desaprobatorio acompañaba esos breves intercambios sociales. Ella conocía su personaje a cabalidad y no se salía de él. Incluso sentía que la seguía una cámara o varias en diferente ángulo por lo que también cuidaba sus movimientos que no podían ser amplios o bruscos como correspondía a una extra de escenas cotidianas. Con tantas películas en la memoria del cuerpo, también estaba en su repertorio ser una npc de un film de acción o de terror y entonces correr y gritar como correspondería a un estado de desesperación colectiva. No le había correspondido ese carril de experiencias hasta ahora. Incluso cuando perdió sus tres celulares se trató de hurtos tan silenciosos y suaves como ella.

Una tarde igual que muchas otras entró un cliente que solo hablaba inglés buscando un antihistamínico. Se acordó de la película Hitch, especialista en seducción, solo que no se parecía a Will Smith. Era un hombre alto de unos 45 años, algo pasado de peso y con un pelo un tanto rojizo desordenado y abundante. Ninguna de sus compañeras le entendía, ella se acercó, recordó la escena del benadryl y le dijo algo parecido a − ¿es esto lo que usted necesita? – el extranjero, que resultó ser escocés, la miró con sorpresa y un infinito agradecimiento. Siguió un diálogo mínimo en inglés. Ella sabía algunas frases de películas de memoria y podía acomodarlas a la situación que se requería.

El gringo, como lo llamaban en la farmacia, pasó a ser un cliente habitual. Cada vez que necesitaba algo de higiene personal o algún medicamento pasaba al local y a Elsa le correspondía atenderlo. Él no se esforzaba mucho por hablar español, muy típico de europeos y norteamericanos de visita por Latinoamérica por lo demás. Elsa, sin darse mucha cuenta comenzó a esperarlo y si alguna semana el gringo no aparecía, su humor se oscurecía un poco más de lo habitual.

II

Romuald llegó a Chile por curiosidad, trabajo y desesperanza; había vivido una historia oscura de la que no le gustaba hablar porque sonaba a cliché y a personaje de novela de Emile Zola, marcado por su origen. Prefería pensar de sí mismo como un escapista que oscilaba entre torcer el destino y dejar que la vida ocurriera sin demasiada interferencia de planes que, por otro lado, por más que se había esmerado en delinear, hasta el momento habían resultado muy diferentes del dibujo original. De profesor de historia medieval había pasado a trabajar en casi cualquier cosa en su país y en otros se había aventurado hasta en barcos pesqueros en mares imposibles, como en Noruega y Nueva Zelanda. Esas experiencias, terroríficas y extremas lo habían traído a Cabo de Hornos, hasta que se cansó del frío y de la cercanía de la muerte. Estuvo cerca en varias ocasiones. Lejos de ver el túnel y la luz al final, solo había despertado adolorido y con una sensación de resaca que le recordaba sus noches de cerveza y más tarde whisky en las tabernas de su país. De flacuchento y debilucho con expresión depresiva, había pasado a ser un tipo con fuerza y desgreñado con marcas en la piel y en alguna parte de su manera de ver el mundo y a las personas. Aun con las dificultades de comunicación le pareció vivir algo diferente y mejor con las personas que conoció en Punta Arenas. Siempre encontraba personas que hablaban inglés y pensó que tal vez pudiera quedarse en esa ciudad cuando conoció a una profesora de ese idioma con la que tuvo un romance. Solo que ella tenía la esperanza de irse con él a Escocia y pareció entonces una mala comedia de equivocaciones. Fue avanzando hacia el norte según aparecían otras personas y posibilidades de trabajo. – Son gente confiada los latinos – se repetía, le abrían las puertas de sus casas y le daban ideas para trabajos hasta que volvió a algo parecido a su labor original, hacer clases, pero no de historia de la edad media, sino de inglés en colegios bilingües. No tenían que decirle que no hablara español porque, aunque entendía bastante más de lo que pretendía, sentía una profunda vergüenza de su pronunciación casi inentendible para los locales. Todavía no advertía que los chilenos harían, casi sin excepción, un enorme esfuerzo por comprenderlo y facilitarle las cosas.

Hacía clases en un colegio religioso de La Cisterna, de pocos recursos, pero con altas pretensiones que se sentía orgulloso de tener en su profesorado a un europeo. La primavera traería grandes sorpresas, fiestas nacionales que le resultaron muy sorprendentes y agradables y una alergia impresionante que le tenía la nariz como un porrón: roja e inflamada. No tenía seguro de salud y no sabía cómo ir a consultar a un médico. Había evitado relacionarse con otros escoceses o extranjeros que pudieran orientarlo. Tenía la fantasía de poder arreglárselas solo y hacer como si fuera el único que había llegado a hacerse una vida, aunque fuese mínima, a Sudamérica.

Fue en esas circunstancias que recorrió diferentes farmacias hasta que una mujer entendió lo que quería.

Le llamaba la atención esa forma tan medida de comportarse de Elsa, como si quisiera ocupar poco espacio con su cuerpo y su voz. Un personaje de un cuadro de otra época que le recordaba a alguien, pero no lograba identificar muy de quién se trataba. Le atribuyó cierto misterio y tal vez algo denso y opaco en su interior.

Comenzó a inventar motivos para ir a la farmacia, a veces hasta tres veces por semana. Le habían dicho que los chilenos se duchaban todos los días incluyendo el lavado del pelo. Entonces se inventó una lista de productos de limpieza y otra de igual tamaño de cremas para contrarrestar los efectos en la piel de tanto jabón y champú. No podía ser tan bueno para la piel tanta agua y detergentes a diario. Tampoco quería arriesgarse a oler mal para sus estudiantes adolescentes y colegas profesores.

Durante un mes y medio no fue a la farmacia porque se dedicó a recorrer Santiago cada tarde después del trabajo, había muchos datos en las redes sociales del patrimonio arquitectónico y si bien, nada podía ser tan impresionante como Europa, no dejaban de tener encanto las construcciones un tanto pretenciosas y al mismo tiempo sencillas de tiempos fundacionales de la capital.

Se imaginó caminando con Elsa en esos paseos y volvió a la farmacia. Su conducta hasta ese momento había sido la de un adolescente, solo miradas, frases cortas y sonrisas apenas esbozadas. Ridículo.

III

Cuando Elsa lo vio entrar de nuevo, no pudo evitar sonreír y levantar las cejas demostrando una alegría genuina y sin disimulo. Al advertirlo casi se asustó y su rostro volvió a la expresión de siempre; se acercó a Romuald que en lugar de fingir que necesitaba comprar algo le dijo que la invitaba a tomar un café a la salida de su trabajo esa misma tarde. Elsa aceptó como si se tratara de algo que le sucedía a menudo.

No pudo concentrarse más, se miró y se arrepintió de no haberse comprado el vestido que se había probado, ese tan diferente a todo lo que tenía. Al menos llevaba sus aros en la mochila y un pañuelo que pondría un toque diferente a la polera gris que llevaba.

Se las arreglaron para hablar entre diálogos de películas y frases en español champurreado. Ella lo vio como un personaje de una película de aventuras, recio, valiente y al mismo tiempo complejo y sensible: Indiana Jones en persona, Romuald a ella como un cuadro de Hopper, una mujer con historias inconfesables disfrazada de correcta a la espera del azar representado por él.

Entre la advertencia de Romuald de los diálogos de películas que Elsa distribuía en sus conversaciones y la evitación de él de sus historias antiguas de delincuente de poca monta, que ella descubrió se encontraban detrás de los disfraces de explorador del planeta, vivieron el mejor romance que cada uno se pudo imaginar al lado del otro. Sin que ninguna escena fuese real.

 

 

 

 

 

 

 



[i] NPC: non player character


Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...