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¿Qué le vio que se dispuso a
hablarle en la esquina en el eterno instante que dura un semáforo en rojo? Nada,
le hablaba a cualquiera que no tuviera cara de asaltante y por lo general, así
decían, las mujeres no son tan violentas.
Otra vez la línea uno del metro
había suspendido el servicio. Debió bajarse en Tobalaba y Arturo estaba harto,
chato, hasta la tusa, de lo mismo; la gente se enojaba y caminaba garabateando
al que se cruzara, parecía que había electricidad en el ambiente, ante
cualquier cosa aparecían las chispas de la agresividad.
Dora venía saliendo del dentista,
un lado de la cara un poco dormido, tal vez hinchada inclusive, pero con el
frío de la temporada, frío casi inútil porque no llovía, no había viento ni
nada, solo frío, al menos servía de excusa para esconderse y cubrirse con el
gorro de la chaqueta y sentirse parecida a una delincuente.
De improviso un hombre le habla
acerca de lo neurótica que anda la gente en todas partes, en el eterno instante
de un semáforo en rojo le informó de lo difícil de su vida. Casi no respiraba
para hablar ¿cuánto se puede contar de sí mismo en menos de tres minutos? Al parecer no
esperaba respuesta y en las pocas pausas solo la miraba para cerciorarse de que
aún estaba ahí y le prestaba algo de atención.
Dora lo escuchaba con tanta concentración
que podría repetir palabra por palabra lo que Arturo, escondido detrás de unos
lentes y un gorro de lana negro, le contó en ese breve lapso de tiempo: venía
del trabajo, había un par de hombres jóvenes que trabajaban en delivery
discutiendo por algo, se refirió a ellos como gente rabiosa, que con cualquier
excusa se trenzaba en peleas. Pasó una micro, de esas de tres cuerpos que todos
los días lo despertaban a las cinco de la mañana y no le gustaba despertarse a
esa hora. Eso lo dijo con tanto sentimiento que Dora pudo imaginárselo luchando
para no escuchar el pitido de esos inmensos buses tratando de dar la vuelta en
una esquina demasiado estrecha para esa maniobra tan aparatosa. De hecho,
Arturo comentó también que no sabía qué clase de ingenieros en transporte
habían autorizado a tamaños monstruos para circular por la ciudad, agregó que
de seguro aprobaron con la nota mínima en la universidad porque de otro modo no
se explica. Como estaba hablando de buses, se acordó de un asalto a un pasajero
en uno que estaba estacionado al frente. El pasajero se defendió, otro lo
ayudó, el chofer cerró las puertas, el asaltante tenía la boca sangrando, otra
persona llamó a los carabineros, pero pasaron más de veinte minutos, la gente
estaba apurada, le pegaron de nuevo y lo bajaron a patadas. Total, la víctima
tenía su celular, que quebrado y todo aún funcionaba. No valía la pena la
espera para hacer una denuncia inútil. No tenía sentido. Nada tenía sentido
afirmó con fuerza.
Cuando comenzaba a hablar de un
loquito que siempre está en Nueva de Lyon en la esquina de Providencia dieron
la luz verde. Varias veces había observado al loquito. El tipo vociferaba
incoherencias o quizás eran titulares de noticias. Incoherencia familiares. Dora
había estado todo ese eterno instante mirando si Arturo traía o no un arma para
asaltarla; si sus movimientos de manos al hablar pretendían distraerla y tal
vez robarle el bolso o algo adentro de él. Un par de veces le había ocurrido,
habían alcanzado a correr el cierre y no le había sacado nada porque miró a
tiempo. Ese gorro de lana negro le parecía sospechoso, tal vez era un
pasamontañas que por el momento llevaba enrollado sobre la cabeza para no
generar desconfianza, así como ella llevaba puesta la capucha de su chaqueta
para parecer menos indefensa.
Mientras Arturo hablaba y hablaba,
observaba a Dora con todo el detalle posible, le parecía raro que no cortara su
monólogo, simulaba contestarle con la manera de asentir con su cabeza o de
empatizar con él con los gestos de su cara, al menos con un lado porque le
pareció que tenía parálisis o algo raro en el otro. Además, no sacaba las manos
del bolsillo y eso le pareció agresivo. Eso de que las mujeres son menos
violentas le sonaba a cuento antiguo; nunca se sabe cuándo las cosas pueden empezar
a cambiar, el aleteo de una mariposa puede cambiar la historia ¿no?
Ese señor agradable, tal vez de la
misma edad, jugando a ser vulnerable y solitario, podía no ser tal, podía ser
un cuentero. Hasta pensó que el asaltante fracasado del bus del frente era él
mismo y ahora estaba intentando otra estrategia.
¿Cuánto dura un instante? ¿menos o
más que el aleteo de una mariposa? La vida puede ser otra en menos de un
segundo, sin aviso, sin pena ni gloria o con mucha pena y mucha gloria.
Arturo pensó que tal vez tuvo
suerte y la mujer a la que le habló podía ser alguien amable y un poco callada,
pero por las dudas, al acercarse para despedirse haciendo como que iba a seguir
su camino la atacó con una cortapluma profiriéndole un corte en ese lado de la
cara que no se movía, eso no le gustó. No podía ser buena gente alguien que con
un lado de la cara no dice nada.
Al sentir que el hombre se acercaba
mucho Dora no dudó en sacar de su bolsillo el punzón que llevaba para casos de
emergencia, mientras sentía algo helado en su cara lo clavó en el lado
izquierdo, habrá sido entre las costillas porque no sintió tanta resistencia. Dora
se tomó la cara y vio su mano con sangre, corrió hacia la farmacia de la esquina
donde varios gritaron de la impresión. Se sentía como una super heroína, convencida
de haber herido de gravedad a un asaltante.
Arturo cayó al piso, algunas
personas que estaban cerca lo sujetaron, pensó que tenía el punzón clavado, dio
un alarido, pero entre tanta ropa el metal solo rozó la piel. Ahora, de nuevo,
estaba a merced de la gente. Otra vez la pateadura, otra vez a la posta central
cuando pudiera ponerse de pie y caminar hasta Portugal. No tenía plata para un
taxi y ninguna micro querría llevarlo así, moreteado, hinchado y sin poder
mover un lado de la cara.
Nadie se molestó en hacer una
denuncia, iban todos apurados y el semáforo había dado la luz verde.

