sábado, 25 de abril de 2026

Incómoda

 

Foto de Diego Romero pexels.com


Caminábamos por Santos Dumont, una calle con las veredas disparejas en la que había que poner atención para no tropezarse o doblarse los tobillos. Estábamos los tres un poco incómodos por alguna razón, al menos yo sabía qué me pasaba a mí, pero no identificaba en lo absoluto qué se traían los otros dos. Si hubiera sido menos adecuada o bien portada podría haber preguntado algo, pero, como siempre, preferí hablar de cualquier cosa, hacerlos reír un poco, comentar algo acerca de la última prueba o de un libro que estaba leyendo. Aún con todo mi esfuerzo, ambos parecían empeñados en no hablar entre ellos y solo dirigir su atención a lo que yo decía. Eran tres cuadras antes de llegar al paradero de la micro y se me hicieron eternas creo que a ellos también. Por suerte cada uno iba en diferente camino o eso nos hicimos creer. Yo solo quería salir de esa situación. Meses después me enteré de que justo el día anterior habían decidido terminar su relación, más bien ella con él y no querían verse, pero las obligaciones académicas en curso requerían de su presencia. Con esa información la incomodidad de ellos pareció comprensible. La mía también, aunque por motivos diferentes.

No me di cuenta cuando, mucho tiempo atrás, Roberto me pedía información acerca de Rosita y yo se la prodigaba con todo detalle. En algún momento le sugerí invitarla al club de lectura y pronto se hicieron inseparables. Misión cumplida.

Esa situación me recordó a otra que no se parece en nada excepto en mi incapacidad de decir lo que hay que decir. Uno de los chicos bonitos del grupo de amigos del colegio, me invitó a una fiesta y terminé sola porque apareció su ex y él corrió a buscarla. La reconciliación fue inmediata y yo, que no tenía nada que ver en la situación, el chico bonito no me importaba en lo absoluto, me gané el odio de la ex ex. Después de esa ocasión comenzaron a llegar a mi celular mensajes anónimos con amenazas que me demoré mucho en tomar en serio. Siempre pensé que alguien se había equivocado de objetivo porque, muy a mi pesar, no tenía ninguna historia que contar y menos que ocultar. Mi vida transcurría más en mi imaginación y a pesar de lo prolífica que era en esas lides, la fantasía no me daba para imaginar que esa chica, la llamaré Gladys aquí, pensara que yo era la culpable de todos sus problemas con el chico bonito. El asunto se puso color hormiga cuando él comenzó a darme explicaciones y a pedirme perdón. Para variar yo no entendía nada. Creo que Gladys tenía más imaginación que yo y me atribuía un poder ilimitado para manipular a su chico bonito. Yo lo veía rara vez y siempre acompañado por más personas, inclusive de ella. Ahora que me acuerdo de esa historia lo que más me intrigaba eran las situaciones se imaginaba Gladys, por qué se le ocurrió ponerme a mí como su némesis. Por lejos yo era la menos interesada en su chico bonito y la más inofensiva para él o cualquiera, en ese tiempo y ahora también.

El chico bonito también era todo un caso, debajo de su apariencia de galán adolescente, fanfarrón y seguro de sí mismo, se alojaba un personaje muy oscuro, eso creo ahora. En ese entonces, todavía confiaba en las palabras y el poder creador de las mismas. Antes de pedirme perdón, ahora que recuerdo bien o invento mejor, ¿cómo saber? Con su mejor tono de amabilidad me preguntó si era yo quien enviaba mensajes a Gladys desde un número de celular desconocido, que como los celulares pueden tener más de un chip y cuentas diferentes en las redes sociales, a lo mejor yo, confundida por su invitación a aquella fiesta y despechada por su conducta tan poco considerada, la había agarrado con su novia y entonces me dedicaba a enviarle mensajes que la herían y le hacían pensar mal de él.

Cuando me veo en esa escena no puedo convencerme de lo pajarona que podía ser, estaba tan sorprendida que no sabía cómo responder, todo el rato repetía ¿qué?, pero ¿qué? y no salía de ahí. Además, me parecía poco apropiado decirle que él nunca me había importado nada, que lo encontraba tonto y torpe como una puerta y que su copete de los años cincuenta se me hacía ridículo. En la mentada fiesta me dediqué a bailar con quien fuera y que me llevaron a mi casa sin ningún problema y nunca más me acordé. No sabía por qué él atribuía a su conducta un significado y un peso tan enorme. De algún modo porque la mente puede ser todo lo rara que se pueda, empecé a dar explicaciones, a decirle que a lo mejor yo no manejaba bien los códigos que como nunca había estado en una relación no entendía las complejidades y los ritos que debían respetarse y que, en una de esas, había sido desconsiderada con Gladys y con él, pero que juraba y requete juraba que no había mandado ningún mensaje, que ni siquiera la tenía agregada en mis redes sociales y que, encima de todos, mi celular era viejo y barato y no tenía doble chip.

Era una de esas situaciones en las que una termina pidiendo perdón y no sabe por qué.

Para colmo de la mala suerte, eso creía yo, Gladys justo llegó cuando el chico bonito y yo nos despedíamos y él me abrazó como si estuviese consolándome por algo. Ese abrazo se me hizo eterno, solo quería salirme de ahí y él no me soltaba. Duró tanto que Gladys alcanzó a llegar y lo tironeó del polerón con gran violencia. A mí no me dijo nada, se lo llevó rápido y los gritos se oían de lejos − ¡no te creo nada! – es lo único que logré oír.

Me quedé con una sensación extraña de culpa y sorpresa. Leí los mensajes de nuevo y ya no me parecieron graciosos. Tenían faltas de ortografía evidentes y las groserías no eran de tan alto calibre como podían ser, suponía, esa clase de mensajes.

El momento del perdón llegó de manera extraña, el chico bonito se me acercó acompañado de Gladys y me soltó en una sola frase, mirando al suelo como un niño recién castigado – Yo les envié mensajes a las dos – como siempre, no pude decir nada. Al verlos acercarse mi mente solo podía prepararse para un ataque y no era capaz de hilar nada lógico. En ese entonces, si bien me llevaba bien con mucha gente, no tenía ni una mejor amiga siquiera como para poder analizar esa situación tan extraña para alguien tan quitada de bulla como yo. No dije nada. El chico bonito pedía perdón con frases hechas, sin mirar y Gladys me miraba altiva y dueña de la situación. Tampoco dijo nada.

Ni antes ni ahora pude entender el extraño equilibrio que los hacía estar juntos.

Por lo que sé siguen siendo pareja, el chico bonito lucha contra el sobrepeso y Gladys maneja la empresa familiar en la que el chico bonito también trabaja.

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