lunes, 20 de abril de 2026

Mosquitos de Samarcanda

 

Foto de Ahment Hilmi Ermis


Tal como otras veces un mosquito diminuto apareció sobre la pared blanca. Cada vez podía eliminar a tan desagradable invasor con un certero golpe que aplastaba sin piedad la vida que residía en el insecto. Era inevitable que recordara la maldición que a estas alturas no sabía quién la había proferido si es que en algún momento fue así. Lo más probable es que ella se la hubiera inventado como tantas otras cosas y que solo a posteriori, muy posteriori, la evidencia de la historia demostraba su irrealidad o realidad según fuera el caso. Hubo un período en que los mosquitos negros proliferaban a pesar de sus esfuerzos por extinguirlos, Coincidían con las fantasías de salir de su monasterio mental. Los momentos de ocio eran el terreno propicio para la huida hacia la imaginación. De seguro había cerca algún canal o agua estancada que para los mosquitos debía ser algo parecido a un paraíso de reproducción, lo mismo que para ella esas explicaciones raras acerca de la razón de las cosas y los eventos. Los mosquitos y la irrealidad, o realidad según fuera el caso.

Mosquitos habían aparecido cuando trabajaba en un hostal en el verano y en una tarde de descanso salió a pasear sola por la costanera de la playa. Se encontró con un concierto gratuito de Fito Páez. Nunca le gustó, muy por el contrario, había algo aleccionador en algunas de sus letras que le desagradaba o sería que quizás lo había escuchado tanto como música ambiente en su trabajo que ya no lo soportaba. Se quedó parada ahí para aparecer como que su paseo tenía algún destino. Pronto se vio rodeada de mucha gente joven que coreaba todas las canciones y según aumentaba el consumo de marihuana más fanáticos parecían todos. El humo de los pitos se confundía con el blanco del humo que salía del escenario. Se acordó de los mosquitos cuando se sorprendió gritando al unísono con los demás ¡No te mueras nunca Fito! Al tiempo que saltaba y cantaba a todo lo que daba su garganta Mariposa tecknicolor: Yo te conozco desde antes, desde antes de ayer, yo te conozco desde antes. Cuando me fui no me alejé.

¡Ah, esos mosquitos!

Cuando volvió a su trabajo había un chorro de agua en la entrada del hostal y nadie que subiera a cerrar las llaves de paso del receptáculo en que se juntaba el agua para el día siguiente. Los mosquitos siempre traían una buena y otra mala ahora que lo pensaba.

También habían aparecido anticipando torpezas, como cuando se subió a un bus cargada de libros y un zapato mocasín negro con café, se quedó abajo. Eran lindos esos zapatos y no estaba dispuesta a perder uno y recargar, como otras veces, el presupuesto familiar, por la pérdida de chalecos, bolsos, toallas y tantas cosas olvidadas por aquí y por allá. Esa vez le gritó al chofer que parara mientras iba a buscar su zapato. La expresión de desesperación debió ser mucha porque el conductor paró en seco y esperó, junto a todos los pasajeros, que ella retrocediera a buscar el zapato, lo calzara y subiera de nuevo. Ese era el tiempo en que sentía cómo subía un calor insoportable desde el pecho hasta la cara mientras su rostro se volvía rojo intenso.

Hacía un par de días, vio tres mosquitos y no les dio importancia hasta más tarde, luego de haber embetunado una vitrina con dos paltas york tratando de equilibrar la bandeja en la que las llevaba y luego, como si no fuera poco soportar la mirada reprobatoria de los clientes de esa hora y del trabajador que tuvo que limpiar el desastre; en lugar de retirarse de ahí, perseveró en la escena: con un nuevo plato de paltas york y dos ensaladas más ocasionó una fila eterna en la caja porque no podía encontrar su tarjeta de débito. Ahí recordó los mosquitos de antes de salir. La cajera tuvo que anular la boleta, ella se fue a un rincón a registrar su bolso. Ahí estaba la bendita tarjeta. Al subir la mirada, pudo ver la fila era enorme que había ocasionado porque la anulación no resultó tan fácil. Lo raro es que nadie más ve los mosquitos, lo mismo que las sombras que pasaban rápido o salían de un lugar al que iba a ingresar cuando vivía en el campo. Muchas veces comenzaba a hablar pensando que alguien estaba cerca y no había nadie. Cuestiones inconfesables esas las de los mosquitos y las sombras.

En la mañana no se fijó si había mosquitos, soñó con un lugar que no sabía que existía: Kirguistán, comenzaba un viaje por Biskek que se parecía a Santiago por la cercanía de montañas nevadas, pero en nada más.

Los mosquitos ¿tendrían algo que ver? Empezó a fantasear con un viaje a Asia central, en especial a Uzbekistán y su famosa Samarcanda. Y las fantasías, ya se sabe, son un lugar donde es riesgoso quedarse porque empiezan a invadir la mente y a forzar conductas como mirar fotos, videos, precios y las preguntas inevitables ¿por qué no? y todos esos argumentos del merecimiento personal, el tiempo que queda de vida y las ganas de salir de la jaula mental.

Mosquitos, muchos mosquitos. Mezquitas, mosquitas.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Mosquitos de Samarcanda

  Foto de Ahment Hilmi Ermis Tal como otras veces un mosquito diminuto apareció sobre la pared blanca. Cada vez podía eliminar a tan desagra...