Tal como otras veces un mosquito
diminuto apareció sobre la pared blanca. Cada vez podía eliminar a tan
desagradable invasor con un certero golpe que aplastaba sin piedad la vida que
residía en el insecto. Era inevitable que recordara la maldición que a estas
alturas no sabía quién la había proferido si es que en algún momento fue así.
Lo más probable es que ella se la hubiera inventado como tantas otras cosas y
que solo a posteriori, muy posteriori, la evidencia de la historia demostraba
su irrealidad o realidad según fuera el caso. Hubo un período en que los
mosquitos negros proliferaban a pesar de sus esfuerzos por extinguirlos, Coincidían
con las fantasías de salir de su monasterio mental. Los momentos de ocio eran
el terreno propicio para la huida hacia la imaginación. De seguro había cerca
algún canal o agua estancada que para los mosquitos debía ser algo parecido a
un paraíso de reproducción, lo mismo que para ella esas explicaciones raras
acerca de la razón de las cosas y los eventos. Los mosquitos y la irrealidad, o
realidad según fuera el caso.
Mosquitos habían aparecido cuando
trabajaba en un hostal en el verano y en una tarde de descanso salió a pasear
sola por la costanera de la playa. Se encontró con un concierto gratuito de
Fito Páez. Nunca le gustó, muy por el contrario, había algo aleccionador en
algunas de sus letras que le desagradaba o sería que quizás lo había escuchado
tanto como música ambiente en su trabajo que ya no lo soportaba. Se quedó
parada ahí para aparecer como que su paseo tenía algún destino. Pronto se vio
rodeada de mucha gente joven que coreaba todas las canciones y según aumentaba
el consumo de marihuana más fanáticos parecían todos. El humo de los pitos se
confundía con el blanco del humo que salía del escenario. Se acordó de los
mosquitos cuando se sorprendió gritando al unísono con los demás ¡No te mueras
nunca Fito! Al tiempo que saltaba y cantaba a todo lo que daba su garganta
Mariposa tecknicolor: Yo te conozco desde antes, desde antes de ayer, yo te
conozco desde antes. Cuando me fui no me alejé.
¡Ah, esos mosquitos!
Cuando volvió a su trabajo había un
chorro de agua en la entrada del hostal y nadie que subiera a cerrar las llaves
de paso del receptáculo en que se juntaba el agua para el día siguiente. Los
mosquitos siempre traían una buena y otra mala ahora que lo pensaba.
También habían aparecido anticipando
torpezas, como cuando se subió a un bus cargada de libros y un zapato mocasín
negro con café, se quedó abajo. Eran lindos esos zapatos y no estaba dispuesta
a perder uno y recargar, como otras veces, el presupuesto familiar, por la pérdida
de chalecos, bolsos, toallas y tantas cosas olvidadas por aquí y por allá. Esa
vez le gritó al chofer que parara mientras iba a buscar su zapato. La expresión
de desesperación debió ser mucha porque el conductor paró en seco y esperó,
junto a todos los pasajeros, que ella retrocediera a buscar el zapato, lo
calzara y subiera de nuevo. Ese era el tiempo en que sentía cómo subía un calor
insoportable desde el pecho hasta la cara mientras su rostro se volvía rojo intenso.
Hacía un par de días, vio tres
mosquitos y no les dio importancia hasta más tarde, luego de haber embetunado
una vitrina con dos paltas york tratando de equilibrar la bandeja en la que las
llevaba y luego, como si no fuera poco soportar la mirada reprobatoria de los
clientes de esa hora y del trabajador que tuvo que limpiar el desastre; en
lugar de retirarse de ahí, perseveró en la escena: con un nuevo plato de paltas
york y dos ensaladas más ocasionó una fila eterna en la caja porque no podía
encontrar su tarjeta de débito. Ahí recordó los mosquitos de antes de salir. La
cajera tuvo que anular la boleta, ella se fue a un rincón a registrar su bolso.
Ahí estaba la bendita tarjeta. Al subir la mirada, pudo ver la fila era enorme
que había ocasionado porque la anulación no resultó tan fácil. Lo raro es que
nadie más ve los mosquitos, lo mismo que las sombras que pasaban rápido o
salían de un lugar al que iba a ingresar cuando vivía en el campo. Muchas veces
comenzaba a hablar pensando que alguien estaba cerca y no había nadie. Cuestiones
inconfesables esas las de los mosquitos y las sombras.
En la mañana no se fijó si había
mosquitos, soñó con un lugar que no sabía que existía: Kirguistán, comenzaba un
viaje por Biskek que se parecía a Santiago por la cercanía de montañas nevadas,
pero en nada más.
Los mosquitos ¿tendrían algo que
ver? Empezó a fantasear con un viaje a Asia central, en especial a Uzbekistán y
su famosa Samarcanda. Y las fantasías, ya se sabe, son un lugar donde es
riesgoso quedarse porque empiezan a invadir la mente y a forzar conductas como
mirar fotos, videos, precios y las preguntas inevitables ¿por qué no? y todos
esos argumentos del merecimiento personal, el tiempo que queda de vida y las
ganas de salir de la jaula mental.
Mosquitos, muchos mosquitos.
Mezquitas, mosquitas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario