miércoles, 31 de diciembre de 2025

Saludos


 




Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan en Instagram como para darse valor y empujarse a una misma ¿por qué no? Esta vez vencí otra barrera y entregué el borrador a dos amigas que, además de esa condición, la de la amistad, son buenas lectoras y espero contar con ellas en el lanzamiento. Me falta pasar otro obstáculo, pero, tal como los exámenes médicos, quedó para el 2026.

Mientras más vieja menos me apuro y más me molestan los plazos y prisas.

Después de todo muchas cosas, en apariencia serias, no son más que juegos en los que descansamos de la vida y de sus temas por resolver. Tanto de la historia, ajena y propia, ocurre en la memoria y la imaginación y ambos procesos son inseparables del modo de mirar y recordar y reacomodar y filtrar que, ante tanto enredo, más vale resolver la confusión en otro lado, jugando, bailando, escribiendo, bailando (ya sé que no se recomienda escribir con gerundios) y si esos distractores son compartidos, mejor aún.

Habrá que acostumbrarse a otro número en el calendario y abrir una nueva carpeta en documentos titulada Cuentos 2026.


jueves, 18 de diciembre de 2025

En el café

 


Foto de Bia Sousa: https://www.pexels.com


A veces puedo abstraerme de mi misma y observar a los clientes que vienen a este café, casi puedo adivinar qué pasa por sus mentes o lo invento, seguro lo invento, y, a veces corroboro, acercándome a los pedazos de conversación que alcanzo a escuchar.

Mesa 14: Gente civilizada.

Da lo mismo quienes sean, hacen como que hablan. Se quedan con las ganas de seguir un diálogo lleno de preguntas que no formularán. En su lugar hablan de la decepción de este otoño porque parecía la continuación de un verano eterno

− ¿No te parece más un verano deslavado que el comienzo del invierno?

− Que el calor dure pocas horas es a lo máximo que se puede aspirar.

Fingiendo una conversación, analizarían juntos la analogía de la luz como sabiduría y esperanza, así como la sombra de la confusión y el miedo. Sumarían el calor y el frío, las sombras de la caverna de Platón, el arcoíris de la concertación después de la dictadura, la primavera árabe y los conflictos más contemporáneos y por eso mismo más invisibles.

Uno de los dos, eso es evidente, llevaba otra línea de pensamiento interna o triple en vista de que advertía que estaba pensando otra cosa mientras las palabras fluían con corrección y naturalidad. La doble conciencia; lo mismo que me pasa a mí cuando busco el pedido en la Tablet y la pantalla no carga, me voy para otra parte, mientras mi cuerpo sigue ahí simulando la pausa de un video.

Esta clienta, sabía hacerlo bien, es una señal de buena educación conocer el juego social, las leves hipocresías y las mentiras piadosas. Apuesto a que bajaba la cabeza cuando recibía los reclamos de la madre y los consideraba injustos en la niñez. A veces hasta estaba llorando y en su mente era valiente, o insolente, de acuerdo con los parámetros de la época, y respondía con lo que quería decir. Entonces podía ser otra niña y no aquella complaciente y bien portada.

El otro cliente, hacía lo propio y reverberaba en su mente esa expresión de Cortázar – tan café con leche – todo el día me había quedado con esa imagen en la cabeza. Para una mesera no puede ser más cercana la analogía:

¿Cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir cuánto hemos recaído en los sueños o en la ducha?

El contraste de luz y la sombra daba para muchas conversaciones, tanto como ponerse al día y la actualidad en donde los eventos ocurren tan rápido y se está tan inmersa que no es posible dimensionar qué está pasando incluso en la propia vida, pero seguían hablando del sol, el frío, la fruta, los pies helados.

El Uno y el Otro son intercambiables por otros clientes o por ellos mismos en otras circunstancias jugando a que no pasaba nada.

Mesa 8 La cita por aplicaciones

Es raro el juego de los que vienen para conocerse en persona luego de haber hecho match en alguna aplicación y haberse escrito por mensajería. Se nota antes de que se sienten. Llegan mirando para todos lados, con la cara un poco rígida y, los menos, muestras un esbozo de sonrisa medio rara, ensayada frente al espejo. Deben querer disimular el miedo y la ansiedad que esas citas generan. Creo que es una mala idea juntarse en un café, podrían invitarse a otro lugar, algo más evocativo para estudiarse. ¿Un bar, un paseo? Los viernes hay varias parejas en lo mismo, al frente una mujer de unos treinta y tantos, haciendo como que no le interesa ganarse la atención de su cita, un treintón, vestido y peinado a la moda, estudiándola entera mientras simula una mirada de profundo interés en lo que ella dice. La mujer despliega una serie de gestos mientras destroza un pastel con mucha crema, por el color parece uno de moka, él, previsor, pidió solo una porción de galletas. La mujer exagera sus gestos y su lucha con el pastel, él está apoyado en el respaldo de la silla, a centímetros de parecer desinteresado, una pierna estirada hacia adelante, que la mujer no ve, lo hace dueño del espacio. Ella afirma sus piernas en la silla, como retrocediendo mientras su torso está casi encima de la mesa, en ocasiones se retira, pero su esfuerzo con el pastel no la ayuda.

Ambos se estudian, ella sonríe poco, él menos. Ambos se cuidan de no parecer demasiado interesados, pero sí educados. El objetivo parece ser una competencia por quien muestra menos interés y luego decir – fue agradable – sabiendo que no se escribirán otra vez.

Mesa 16 Las habitueés

Más allá, un par de mujeres habla sin parar, son clientas frecuentes de por aquí, siempre peleo con una de ellas porque insiste que el brunch, nombre siútico para una once o desayuno más contundente, se llama Côte d'Azur, ella dice − cotdasiur − y yo me hago la que no entiendo porque se llama Coté de Azur − cotédeazur −. A mí me va a venir a enseñar ¿Qué se cree esta vieja? Soy yo la que trabaja aquí y no voy a saber cómo se llama el famoso brunch. ¡Qué pida el otro entonces! El Paris tiene más cosas todavía y así no pelea conmigo sobre cómo se pronuncia. Siempre gano yo, obvio; la amiga termina pidiendo porque ya no tiene paciencia para la misma pelea. Con ellas se me acaban las evocaciones y vuelvo a mí.

Otra gente deja de hablar cuando una va a servirles, pero parece que el tiempo se les hace poco para hablar a estas señoras. Tanto hablar y hablar, hablar qué − ¡cosas de viejas serán pues! – los hijos, los nietos, lo caro del aceite, lo mal que se porta la nana, cuál detergente es mejor y esas cosas que hablan las viejas. ¿De qué más van a hablar?

Algunos clientes me caen bien aquí, la mayoría no. Se gastan mucha plata en leseras, a mí me costaría un día de trabajo lo que a ellos una once, pero aquí me tengo que esforzar por tratar bien a la gente, ya de dos cafeterías me han echado por reclamos, pero es que son enervantes. Ya los tengo clasificados, a una le hacen recitar toda la carta porque los aturdidos no saben usar el código QR del teléfono, como si fuera tanta ciencia. Casi siempre piden lo primero que una nombra porque no les da la memoria para más, el truco es nombrarles lo más caro y lo que una sabe que hay. Antes trabajé en un café donde no había ni la mitad de lo que estaba en la carta y ahí tenía que estar una poniendo cara de gato con botas y dar explicaciones ridículas: los proveedores, el cambio de dueños, en fin, pero hacer eso todo el día, todos los días aburre y yo me aburrí. Un día, el papá de mi hijo, ese huevón, no lo vino a buscar, era sábado y yo tenía que ir a trabajar, ningún hombre va a entender esa desesperación, estar lista para salir, el cabro chico llorando porque no llega el ahueonao y una, histérica, gritando por el teléfono, pateando todo, los juguetes y la mochila preparada para el día que sale con el papá. Lo único que escuché en mi cabeza, era – Loca, lo siento, no puedo ir a buscar al Gonzalito − no sé qué dijo después, no le creo nada, lo empecé a insultar, a decirle que si yo no trabajo el cabro chico no come, que seguro se había ido de farra y no podía levantar el culo de la cama. Le dije todo lo que se me ocurrió y cuando me di cuenta, el infeliz me había puesto en altavoz para que su nueva pareja escuchara lo loca que puedo ser.

Tuve que dejarlo con mi vecina porque mi mamá no me hablaba hacía una semana y yo me había jurado nunca más pedirle ayuda. Vieja de mierda, toda la vida sacándome en cara que por mi culpa sacrificó su juventud y que encima yo me había puesto a tener un hijo con un huevón penca − ¿Y mi papá?, tan buen partido que es poh, ¡si ni lo conocí! − ahí me echó y tuve que rogarle que me perdonara porque no tenía dónde irme. Me comí la rabia entera y ahí estoy tratando de sobrevivir con mi sueldo de mesera. Ese sábado llegué una hora y media tarde al trabajo, todos con cara de perro y yo lloraba de pena y rabia, le rogué a mi jefe que me dejara adentro lavando los platos porque era incapaz de hablar sin llorar. No le quedó otra.

Todos los favores se cobran, todos los sacrificios se cobran, eso me decía una amiga. Dicho y hecho, que no me echara fue considerado un favor y de ahí en adelante el miserable de mi jefe empezó a manosearme y a hacerse el lindo, trataba de que me quedara después del cierre. Busqué otro trabajo. En mi media hora de descanso caminé por los cientos de cafeterías y restaurantes de la zona y cuando estuve segura de irme, yo misma lo provoqué una tarde y cayó redondito. Me metió la mano por el escote, en el delantal yo llevaba un tenedor, fingí que me gustaban sus dedos chicos y regordetes metidos ahí, retrocedí para apoyarlo en la muralla y cuando estaba todo calentón le enterré el tenedor en el muslo. No pudo gritar porque lo tenían demandado por acoso hacía tiempo y lo vi gritar hacia adentro de sí mismo, estaba rojo de rabia, parecía que iba a explotar, casi oigo sus garabatos y por supuesto la amenaza de echarme. 

¿Qué puedo decir de eso? Odio los dedos chicos, regordetes y que parece que se doblan hacia atrás como si fueran de goma y también detesto a las viejas que no saben pronunciar su pedido de la carta y me corrigen.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Buenas tardes vecinos

 


Las cosas caen sin razón alguna, pedazos del techo, más pedazos del techo. Afuera, un nido de pájaros sucumbe al viento. El bolso se vacía completo, monedas sueltas, lápices. Pensó de inmediato en su descuido, el hábito de no ir hasta el final, de no preocuparse de los detalles.

Una vela aromática se apaga y se cae un macetero en un lugar al que no prestaba atención hacía mucho.

      Los objetos han comenzado a desplazarse.

 

O era la llegada del verano y el calor que derrite hasta los pensamientos. El crecimiento de plantas y malezas que obliga al movimiento para mantener el equilibrio, para que se vea, en la superficie al menos, que el paisaje es el mismo y está ordenado.

 

      Es difícil mantener el equilibrio.

El orden, el paisaje predecible y caminable incluso a ciegas, requiere años de inversión: tiempo, dinero, movimiento y pasividad. Alguien en su sano juicio no cambia eso por la incertidumbre, por explorar otras vidas y otros ajustes. Al revés, la mayoría contiene y redirige sus esfuerzos durante muchos años para que el premio sea la certeza y la sensación de que nada va a pasar y entonces al fin poder descansar y vivir – o morir – en paz y tranquilidad.

Algo había comenzado a ceder, a dejar espacio y grietas. Algo se abría paso en medio de sensaciones sin nombre. O podría ser el hábito nacional de considerar que la historia transcurre entre terremotos, esa convicción de que siempre pasará algo azaroso que puede cambiar todo en unos minutos.

Lo cierto es que algo se movía, afuera y adentro.

Con esas divagaciones Ernesto, quien debía su nombre a la admiración de su padre por Óscar Wilde, comenzaba un nuevo fin de semana. Podía decirse que todo estaba bien y que cada segundo era como tenía que ser. Leer a los estoicos había tenido sus consecuencias. Su padre tenía razón, para variar, − cuidado con lo que lees, con las películas que ves, con las personas que te reúnes, porque moldean tu mente y las decisiones que tomas – tenía razón el viejo que ya no era ni la mitad de sí mismo, pero era más libre de lo que él nunca había sido.

Bonito y tranquilo fin de semana decía el mensaje de la vecina buena ondis del grupo de WhatsApp que había sido creado para enfrentar juntos los esfuerzos y cuidados del estallido, la pandemia, la delincuencia y que, como consecuencia, había generado una vigilancia entre unos y otros, que a él le parecía extrema y detestable. Cada vez que salía y entraba a su comunidad, así llamaban ahora a un condominio o un grupo de calles cerradas, sentía que alguien vigilaba sus pasos.

No había nada que vigilar con él, nada interesante hasta ahora, y le parecía de lo más odioso vivir en una supuesta comunidad. A veces quería escandalizarlos un poco y dejar su apariencia de señor respetable y caballero igual a todos los demás del barrio: pantalón beige, camisa azul, pantalón azul marino y camisa celeste. Corrección total, sus deslices de joven, como los de todo caballero que se precie, no quedaron grabados en ninguna cámara. Quedaron ocultos hasta en su memoria y en sus eventuales cómplices, ya tan correctas como él. Hasta hacía poco, consideraba que esos momentos de lado B eran sus medallas de batalla, de haber hecho lo que se espera de un hombre: trabajar, criar, cortar el pasto, comprar la casa para el retiro y ocasionalmente tener algunos momentos de disfrute y de visita al lado no oficial que lo confirmaban como un hombre hecho y derecho.

Quien sabe, sus eventuales cuestionamientos a lo que había hecho de su vida con las circunstancias que lo rodearon eran parte de lo que se suponía había que hacer a su edad. Estar en paz requiere un acto de contrición de tanto en tanto. ¿Se pudo hacer mejor? ¿pudo haber hecho menos daño? Por supuesto, siempre se puede ser mejor.

Ernesto no sabía por qué, de tanto en tanto, tal vez con la misma frecuencia de los terremotos, le daban ganas de empezar de nuevo, de mandar todo a la mierda y considerarse de nuevo como un espíritu capaz de volar. Como cuando andaba en bicicleta saltando montones de tierra y por un instante no medible sentía que estaba suspendido en el aire gritando y sintiendo una euforia que lo hacía reír como nada, como nadie.

Se imaginaba en otra parte, cerca del agua, viendo crecer brotes de lo que fuera que hubiera querido plantar, tal vez tomar la bicicleta de nuevo alejarse de casa como cuando no había celular y nadie sabía dónde andaba o con quién. Normal, todos extrañan la vitalidad de la juventud, se decía en voz alta, para aplacar esos momentos de movimiento interno. Además, se sabía que tipos como él hacían que la sociedad siguiera funcionando, si demasiados siguieran sus impulsos quizás qué quedaría del sistema. Borrón y cuenta nueva tienen una edad: la infancia y la adolescencia son para sacar la página, hacer de nuevo un ramo, cambiar de carrera. Un estoico lo sabe, se sacudió esas ideas y escuchó el llamado para ir a almorzar, dejó las tijeras de podar, se refrescó la cara y lavó sus manos, todo estaba bien.

Solo como un ejercicio, se quedó callado y no dijo nada durante el almuerzo. En un momento pensó que ya no estaba ahí, que veía a los demás a través de un vidrio. No lo resistió más de media hora, era una especie de angustia, la necesidad de ser necesitado que había considerado un peso y un deber, era la conexión consigo mismo después de todo. La afirmación y confirmación de ser quien era con su circunstancia.

Todo estaba bien.

Tranquilo y lindo fin de semana vecinos.

Algo se movía, algo pasaba allá afuera, pero no estaba bajo su control, cuando ocurriera, el terremoto, real o no, sabría qué hacer.

 

David Gilmour, Where We Star

https://youtu.be/ceay27EWvPs


martes, 9 de diciembre de 2025

Potpourri

 

Foto de Rumeysa Sürücüoğlu: https://www.pexels.com/es-es/foto/34241272/


Está decidido y como lo he ido diciendo, incluso ahora, aquí, menos posibilidades tengo de no cumplir un objetivo que de importante no tiene nada. He estado seleccionando cuentos para un tercer libro y ha resultado más difícil de lo que pensé. Es un potpourri de relatos difíciles de clasificar o de elegir por algún criterio. Ya deseché la categoría de buenos relatos porque no sé si son lo suficientemente buenos, pero no voy a latear con la inseguridad de nuevo.

Alguien con mucha paciencia ha estado leyendo todo el blog, todo, todito y me han aparecido en la memoria algunos textos que hasta yo había olvidado. Creo que eso no merece comentario porque explica por sí mismo la dificultad para escoger los que se imprimirán o no en un objeto que se supone los hará más perdurables. En todo caso, va mi reconocimiento a la paciencia de ese/a lector/a que ha recorrido, en un orden extraño para mí, los textos que he ido poniendo en el blog. Tal vez se trate de un máquina, también lo he pensado, pero cómo tanto ¿no?

Intenté hacer una clasificación: cuentos de pandemia, del trabajo, de amor – desamor, de familias, de rollos mentales o como suena mejor: cuentos psicológicos, pero no me resultó. Así es que será una ensalada de cosas, igual que los anteriores.

Todavía no termino de seleccionar, pero la vida no coopera mucho tampoco. Espero lograrlo esta semana y pasar a contactar a alguna editora de textos para que al menos salga sin errores de puntuación o de gramática.


jueves, 4 de diciembre de 2025

Vecinos

 

Foto de Denishan Joseph: https://www.pexels.com


Gaby había llegado antes al barrio, un conjunto de casas nuevas al lado de un terreno baldío, de esos que escasean por estos días. Se presentó sola a la familia de su vecino, Mauricio; los miró aliviada, al fin llegaba al barrio alguien a quien acudir o que escucharía sus gritos por si algo le ocurría. Se hacía la valiente, una especie de mujer moderna y temeraria que consideraba que nada malo podía ocurrirle si cuidaba de los detalles. Quienes la visitaban le advertían que la reja de la calle era muy baja, que debía poner protecciones en cada ventana y que la idea de las alarmas no debía ser desechada. Respondía a todo que sí, pero el sueldo por los dos trabajos que tenía no era suficiente para tantos gastos sin caer en más deudas, sumándolas a las que ya había accedido.

En el fondo, era una damisela en apuros disfrazada de mujer empoderada con las exigencias de género interiorizadas como un mantra que debía obedecer: puedo, debo, quiero, hacer todo sola, sin pedir ayuda y menos la de un hombre.

I

Cuando la vio, la encontró ahí no más, nada especial, su esposa Raquel haría buenas migas con ella, una educadora de párvulos y Gaby, profesora de matemáticas, se llevarían bien. Estaba escrito

Un día la vio cortando los setos con una tijera de podar. Le pareció que el vestido que traía, barato, de liquidación, marcaba bien su figura y si bien no se veía nada, insinuaba todo. Se le ocurrió ir a buscar unas tijeras para facilitar su labor, al principio no las aceptó, pero luego le dijo que se demoraría mucho menos, que se las dejaba ahí y él iría a hacer otras cosas. Solo ahí recibió las tijeras, luego la oyó cuando las devolvió y su esposa le dijo que, si necesitaba algo, acudiera sin ningún problema a su marido es un pan de dios, llega a ser tonto de lo bueno que es – no supo si alegrarse o no por esa descripción de su mujer, se acordó del chiste de Coco Legrand, siempre de huevón, en toda circunstancia hay que ir de huevón.

La veía algunas veces en la fila del colectivo cuando le tocaba restricción vehicular a su auto. Una vez se sentó al lado de ella, le gustó su aroma, pero en lugar de decírselo, le dijo que su señora estaría pronto de cumpleaños, si podía sugerirle un perfume, tal vez el que andaba trayendo ella ese día.

-                Un perfume es algo muy personal, no conozco tanto a tu esposa como para saber si le gustaría el que yo uso.

Se sintió intimidado, balbuceó – Claro, claro, tienes razón – y se fue recriminando todo el camino por la mala ocurrencia. Pensó además que sería un regalo costoso e inútil para Marcela que insistía en ahorrar todo lo que pudieran y pensaba que los gastos en acicalamiento eran un derroche, señal de superficialidad y del lavado de cerebros que el modelo de libre mercado había logrado en los chilenos.

Marcela era la esposa ideal para él, se conocieron siendo casi niños, pero Mauricio, o Maurito, como lo llamaba ella, fue siempre tan inhibido que fue ella la que se le acercó y ya no recordaba si también ella había sido la de la idea de casarse.

II

Marcela sentía una mezcla heterogénea de sentimientos respecto de Gaby, le gustaba su valentía, envidiaba un poco lo libre que se veía, sentía lástima por lo sola que debía sentirse y encontraba infantil ese empecinamiento por avanzar en tareas de la casa para las que se requerían maestros o alguien con fuerza al menos. Le daba rabia que se escuchara la música hasta tan tarde en las noches. La vio instalar pastelones, preparar el antejardín para sembrar pasto, llegar tardísimo, casi de madrugada, después de algún carrete, para levantarse tres horas más tarde e ir al trabajo con su delantal de parvularia en el asiento de copiloto de su destartalado auto. A veces pensaba en presentarle a alguien. No la encontraba simpática o bonita, en eso opinaba igual que Maurito, nada especial, pero casi le parecía un contrasentido que una mujer joven no tuviera pareja estable. Pareja estable, porque estaba claro que parejas ocasionales sí tenía. ¿Cómo sería eso de acostarse con más hombres que solo con el marido? Se sentía de otro tiempo, esos pensamientos flotaban durante poco tiempo en su mente, se auto recriminaba de inmediato. Debiera estar agradecida de lo que fuera que hizo que se casara con Maurito, el pan de dios del colegio, el buen partido del barrio, tan inteligente, tan buen niño. Nunca se agarró a combos con nadie, su madre, lloraba de orgullo por él y por milagro, ella misma le dijo que Marcela había nacido para acompañarlo y ser la madre de sus hijos. Y era tan buen yerno. Sus padres lo adoraban. No pensaría más en tantas estupideces.

No por proponérselo dejaba de tener curiosidad, en especial de cómo era pasar de una relación a otra sin mucha pausa ni depresiones. Más adelante le preguntaría.

IV

-       ¿Hasta cuándo van a bailar esas locas de al lado? Maurito ¿por qué no vas y le reclamas?

-       Ah, mujer, Déjalas, es la primera vez que hace una fiesta con las amigas la Gaby

-       ¡Bajen el volumen!

-       Noooo, está bien así!

La vio salir a fumar un cigarrillo con alguien, desde el dormitorio de su hijo no lograba ver si era hombre o mujer. Gaby estaba de negro entera, la imaginó como una pantera que se iba a girar y lo iba a hipnotizar para que bajara.

Bailaban música vieja, funk, soul, rock setentero y entremedio algo más moderno. Marcela no se daba cuenta de que hacía tiempo que en su selección de música copiaba las canciones que la vecinita escuchaba. En todo caso no había nada malo con eso. Antes no ponía atención a la música, ahora sí, eso era todo.

-       Alguien nos está mirando desde esa ventana.

Gaby levantó la vista, vio la cortina descorrida, el vecino alcanzó a retroceder de la ventana.

-       Estoy viendo si falta poco para que se acabe la fiesta.

-       Maurito, ven a acostarte, es tarde, los niños se durmieron. Veamos si podemos dormir nosotros con ese ruido infernal.

-       ¿Tienes sueño?

-       Maurito ¿te vas a portar mal hoy?

-       Nunca me porto mal.

Se acordó todo ese rato de la pantera, del modo en que lanzaba el humo del cigarrillo al aire o la manera en que levantaba su pelo para despejar el cuello y refrescarse. Casi respiraba en el cuello de Marcela el perfume mezclado con ese olor salado que Gaby debía tener. Sí, porque había dado con el perfume, probó todos los que ofrecían en las tiendas, hasta que lo reconoció. No olía igual en otro cuerpo, ya se sabe, lo del pH, la alimentación y miles de variables más. Y no, no era porque quisiera recordar el olor a Gaby, solo le gustó el perfume y quería sentirlo en su cama, en su mujer.

 

V

-       ¡Estuvo buena la fiesta!

-       ¿Molestamos mucho?

-       Estaba buena la música.

Ella le dirigió por primera vez una sonrisa amplia y sin esfuerzo. Marcela apareció bajo el umbral de la puerta.

-       Le dije a Maurito que te pidiera que bajaras la música, pero él es tan buena gente que no quiso, dijo que nunca habías hecho una fiesta en tu casa y que merecías relajarte.

A Gaby se le borró la sonrisa, por un nano segundo recordó la imagen de la cortina descorrida. Los miró a ambos y se disculpó. Marcela advirtió el cambio.

-       Yo no noté nada raro.

-       ¡Ay! Es usted es tan inocente Maurito. Es tan blanco de espíritu que no ve la maldad en otras personas, las insinuaciones.

¿Cómo? ¿podría ser que Gaby le hubiera hecho algún cambio de luces? ¿tan idiota era que no se daba cuenta? Abrazó a Marcela por los hombros y se sintió alto, mucho más alto, feliz sin explicación, la besó como hacía tiempo no lo hacía.

 

VI

Cerca de medianoche, escuchó que alguien la llamaba desde la calle. Era el vecino avisando que el portón del patio estaba abierto. Gaby bajó a cerrarlo, le había dado las gracias, Mauricio la observó hasta que se entró. De algún modo se sentía responsable de cuidarla, mal que mal, podría ser que no pudiera tener un hombre que la cuidara porque sentía algo por él y, si bien, nunca la había alentado, quien sabe, si como era un imbécil en esas lides, podría ser que la hubiera confundido sin querer.

Con ese objetivo, para protegerla, comenzó a escribirle en las mañanas y todas las noches, sin falta, para preguntarle si estaba bien o si necesitaba algo.

Le contó a Marcela de su preocupación por Gaby.

-       Si no fueras tan ingenuo y de buen corazón, me pondría celosa, pero te conozco, no serías capaz de ser infiel conmigo. Cuídala si sientes que es lo correcto y si crees que lo merece.

Las palabras al viento pueden convertirlo en tormenta o al menos en tormento.

 

VII

-       ¡Gracias Gaby! Me diste el mejor regalo de la vida. Me sorprendiste.

Mauricio había entrado por la puerta de la cocina para sorprender a su señora, después de haber chateado un rato con Gaby en el auto, cuando la oyó en el living de su casa, no le quedó más alternativa que quedarse escuchando la conversación de las amigas. Ellas tomaban una copa de vino mientras bailaban con la misma música de la fiesta de la vecina en un volumen mínimo. Vio cómo Gaby le mostraba el celular a Marcela y ambas se reían a mandíbula batiente. Palideció, toda la sangre se le fue al piso, casi se desploma. Se mareó viendo imágenes de su familia y la de Marcela en su mente, todos incrédulos por lo estúpido que había sido. No había concretado nada y sería acusado de infiel.

-       ¿Te dije o no te dije? ¿se puso más cariñoso contigo, más creativo, más audaz?

-       Sí a todo, ¡impresionante!

-       Yo calentaba el agüita…

-       ¡Y yo me servía el té!

Se sentó en un piso de la cocina mientras procesaba la información. Pasó de la culpa, a la vergüenza; del ridículo a la rabia. Marcela era una bruja, su padre tenía la razón.

Cuando se decidió a salir de la cocina, llevó una copa en la mano, la llenó de vino y se sumó a las mujeres en su baile, las dos vestidas de negro, los tres jugando a los buenos vecinos.

 

 

Commodores, Machine Gun

https://www.youtube.com/watch?v=ho_Od3o9OLg&ab_channel=Scifier939


martes, 2 de diciembre de 2025

De compras


 



Mientras se dirigía al supermercado con dinero en efectivo para no pasarse del presupuesto, entendió aquellas historias de personas que llenaban el carro para luego dejarlo tirado y también se vio a sí misma probándose vestidos para su graduación que estaban fuera de alcance de su familia. Actuaba la escena con convicción, siempre había un detalle que no le llenaba el gusto le decía a la vendedora. Hubo uno que le quedó como hecho a la medida y entonces disimuló su cara de satisfacción y dijo que si no fuera por el color sería perfecto para la ocasión. Se arriesgaba, pero era capaz de resistir la tentación.

En realidad, no debiera ir al supermercado, todos saben que la feria y los negocios mayoristas eran una mejor opción para sus circunstancias, pero era difícil renunciar a los hábitos. Además, no hay comparación entre un lugar hecho para una buena experiencia de compra que otro en el que la decoración era un ítem inexistente. Conocía los trucos: mucha luz, muchos colores, productos acordes con la festividad más próxima, cambio de posición de los ítems de primera necesidad para obligar a los clientes a mirar con detenimiento las góndolas con productos suntuarios. También está la ubicación a la altura de los ojos de las marcas más caras y dejar casi en el suelo o muy arriba las más baratas. Pocos hacen el esfuerzo de agacharse y empinarse a veces no alcanza. Ni hablar de los tamaños, es casi imposible encontrar sachets, frascos o latas para usar de una vez y en su lugar hay unos enormes que quedan para siempre en el refrigerador hasta que se vencen.

Alguna vez pensó que era demasiado pesimista pensar en que la publicidad y el marketing invadirían todos los espacios, todos sin excepción. Y ahí estaba, mirando sin querer un montón de cosas bonitas e innecesarias.

Es difícil reconocerse como una más de las presas buscadas, y más que encontradas, de los depredadores del comercio y sus infinitos trucos. – Ay, si hubiera resultado el proyecto del sur, si no hubiera habido pandemia, si hubiera soportado un poco más, si hubiera sido menos sentimental y más pragmática – no tendría que pasársela jugando con un Excel villano que le mostraba un mal juego de cartas con sus ingresos y los gastos. A estas alturas un papel bastaba para el mismo diagnóstico, pero los hábitos son difíciles de vencer.

A veces surgía el lado más amable de sí misma y se decía que lo había pasado bien mientras pudo, que había demostrado que no era una fracasada porque al menos podía manejar sus deudas y que ahora solo tenía que aprender a equilibrar bien los pagos y no salirse, bajo ninguna excusa, del camino que había trazado con el contador. Lo bueno es que las palabras y las modas dan para todo y entonces ahora podía decirse y decir a otros que ha llegado el tiempo de la austeridad, porque cómo puede ser que todo, absolutamente todo, sea susceptible de transacción; podría agregar que el cambio climático, que las primeras comunidades cristianas, que los monjes budistas, que la señora Juanita, que las cosas más importantes no tienen precio y lo esencial es invisible a los ojos, el mantra más conocido y repetido en las redes y, sonaba mal, pero que su clóset estaba abarrotado de cosas que no usaba y que tenía zapatos y accesorios hasta que muriera. Y de los viajes, bueno, que ya conocía lo que había soñado y que el turismo hace tan mal a las comunidades y países de moda que había decidido pasar más tiempo en su casa porque como dice Byung-Chul Han, la felicidad está en no hacer nada o a lo más cultivar el jardín porque todo lo demás era productividad servil al sistema. Además, hay otro filósofo, Kohei Saito, que propone el decrecimiento económico para no ir camino a la autodestrucción y su argumento sonaba de lo más razonable hasta que llegaba al punto del trabajo, porque alguien tiene que trabajar para mantener vivos a los jardineros, a los pacíficos lectores o a los que no quieren producir y está difícil que los que han acumulado más riqueza la regalen por la buena, pero para qué iba a entrar en tanto detalle, mejor ir por el lado pachamámico y declararse no en quiebra, porque que mal, sino en conversión espiritual.

¿Y los conciertos? Podría convencerse de los factores adversos: que las multitudes y las molestias de quedar estacionada lejos de la entrada, los gritos que no dejan escuchar, los celulares y la interrupción de la vista porque claro, la gente es incapaz de disfrutar sin publicar lo que hace y total para eso estaba YouTube y se podía sentir igual. Mentira, jamás sería lo mismo, pero podía decírselo y autoconvencerse ¿no? Total, los pensamientos no constituyen la identidad y la mente es diferente de una misma. ¿Y los libros físicos? Eso era sencillo, hacía rato que eran un exceso, tanto espacio que ocupan, tanto papel, tanta huella de carbono. Para eso estaba inscrita en la biblioteca pública correspondiente a su sector, pero ya lamentaba no contar con varios que había leído y parecían no estar disponibles en su historia personal porque no los tenía, no los podía oler ni hojear o volver releer al menos en las parte favoritas. El libro como objeto que debe estar ubicable porque ¿cómo le hubiera agarrado el gusto de no ser por los libros que había en su casa? Claro están los audibles y los digitales, pero jamás será lo mismo. Jamás de los jamases.

Avanzaba por los anaqueles del supermercado y ya se cansaba de sumar cada cosa y de ver cómo podía reemplazar lo mismo por algo más barato.

Recordó su gusto por las cosas inútiles y la lealtad a los objetos regalados casi como una obsesión, como si muchos no fueran solo un salir del paso y pudieran ser reciclables sin culpa como lo hacían tantos. Como ella misma había hecho varias veces. La costumbre de asignar valor y significado a las cosas, lugares, palabras, sonidos y aromas era otra expresión de su materialismo, del gusto por la acumulación. No quedaba más alternativa que aceptar que su lado B tenía un componente vergonzante que no había tenido que explorar antes.

La caja estaba cerca y casi había cumplido su objetivo: comprar solo lo que necesitaba, le sobraban mil quinientos pesos y como ya no había chicos que ayudaran a embolsar ni estacionadores no tenía que dejar monedas para propinas. Sentía el pecho inflado de orgullo, como cuando ganaba un proyecto o su opinión tenía valor en el mercado inmobiliario, no tenía tan claro cómo fue que se fue introduciendo en el mundo de la obsolescencia y de pronto dejaron de llamarla, tal vez porque se confió demasiado o porque ya estaba cansada, solo eso, cansada y aburrida de lo mismo, cansada de intentar reinventarse como decían sus colegas y competidores. Cansada. Solo eso.

Cuando pagó le dijeron que podía canjear unos puntos de no sabía qué y entonces le sobraron diez mil quinientos pesos. Se alegró como una niña a la que le regalaban un dulce inesperado. Compró un cartón de Kino y cayó en cuenta de que había caído en otra trampa. Los juegos de azar se alimentan de la desesperación, de los cansados como ella, de los que creen que merecen un golpe de suerte y buscan una solución sin tener que esforzarse. Eso decía antes, cuando esas conductas irracionales eran de otros, cuando estaba del lado de los salvados. Ahora entendía por qué su amiga se compraba botas, blusas, se hacía tratamientos cosméticos justo cuando estaba al borde de la crisis financiera. Era lo mismo que intentar bajar de peso, una fracasa una semana y el hambre se desata como una venganza en búmeran.

A pesar de eso, se sentía a salvo. Había logrado salir del supermercado y lo único extra era ese cartón de Kino, al guardarlo en su cartera, sus dedos dieron con una superficie plástica. Estaba segura de haberla dejado en la casa.

Minutos después estaba acarreando un sinfín de compras, todas indispensables y justificadas, cada una de ellas con un destino claro y hasta altruista. Estaba a salvo de nuevo, por lo que durara esa sensación.


Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...