viernes, 26 de septiembre de 2025

Audaces


 


−Debí estar allá (¿dónde?)

−Sí, yo también (¿también qué?)

Eran frases para diálogos inexistentes, pero explícitos como el viento, en eso que también es viento, la mente. Recordaba la última vez, cuando le dijo que se iba y ella se quedó sin palabras o eran miles de palabras, tantas que se atropellaban y no sobrevivía ninguna. Después de todo, nada peor que los melodramas de las despedidas. Las palabras no dichas hablan otro idioma, uno que no necesita traductores ni reglas gramaticales. Esos ojos que lo miraban tratando de entender contenían lo mismo que el Aleph, todas las expresiones de lo vivido estaban ahí y también sus contrarias, las escenas y las posibilidades perdidas y ninguna verdad, solo hipótesis y probabilidades.

Cada cierto tiempo esa escena volvía a desplegarse en su conciencia y como sucede a todos los de la especie, solo después, años después, advirtió que había sido de esos hechos definitorios de la vida, como los caminos que se bifurcan de Borges o de los infaltables laberintos con distintas salidas, no para llegar a un mismo punto sino para definir trayectorias nuevas y sin retorno.

El zumbido del teléfono en su bolsillo hizo que Roberto despertase de las ensoñaciones o cambiara de contexto para las mismas. Todo parecía un juego de escenarios cambiantes en donde rondaban las mismas contradicciones, después de todo de eso se trataba, de tomar decisiones o esquivarlas en un mar de incertidumbres e intereses.

Lástima que en el trabajo se hablara en el idioma común, la reunión comenzaría en 10 minutos, debería presentar su informe de gestión semestral y las proyecciones para el año venidero. Al menos la tarea más dura la había hecho los meses anteriores: había convencido a los del comité, con evidencia obtenida de diversas fuentes que, si lograban mantener el estado del negocio tal cual estaba, era un logro extraordinario y que no era el momento de arriesgar, había que, por el contrario, dedicarse a cuidar lo que había y sortear las olas hasta que el escenario estuviera mejor delineado.

Sabía de sobra que saldrían las voces de los audaces, esos que se aprenden de memoria las frases hechas: las crisis son oportunidades; quien no arriesga no cruza el río y hasta aquella de que valiente no es quien no tiene miedo sino el que, teniéndolo, actúa y se lanza. Podía ver las caras y casi escuchar las voces de quienes provendrían tales frases.

Cada cierto tiempo se decía a sí mismo que debió dedicarse a otra cosa, que estaba cansado de esa sensación de estar sorteando olas sin tabla de surf, pero como siempre, imperaba la misma lógica que lo había llevado a estar dentro del equipo directivo de una empresa importante en el rubro, pero no de las más grandes. Sabía, a estas alturas, que era un tipo capaz, pero no se tenía tanta fe como para empezar de cero y a medida que los años pasaban más difícil era moverse del lugar y un mercado que conocía de sobra. Los insumos médicos para hospitales y clínicas siempre son y serán necesarios e incluso insuficientes. Los primeros años en que le correspondió estar a cargo de los equipos de venta, fueron años gloriosos, era cuestión de contar con gente joven, de sonrisa fácil y bonita y por, sobre todo, que hablaran bien. El resto venía casi solo: un buen sistema de incentivos, conversaciones cercanas y el respaldo de un equipo sólido y confiable era suficiente. Sabía elegir a su gente, así los llamaba ¨mi gente”, “mi equipo”, pero el momento histórico también era diferente. Los proveedores europeos eran los número uno en instrumental quirúrgico de acero y, por esas cosas de la vida, como los amigos del colegio, su habilidad para aprender otros idiomas y la capacidad de observación, suponía Roberto, había sido fácil para él conseguir condiciones preferenciales de pago a los proveedores suizos y alemanes, además, en el país se construían tantas clínicas como farmacias, así es que bastaba estar bien informado, a través de los contactos correctos, para obtener buenos resultados. En esos momentos las voces de los audaces eran grito y plata. Hasta él mismo era conocido por su temeridad para abrir mercados en regiones y apostar por contratos a futuro con una convicción absoluta de que los retornos estaban asegurados.

Y así era.

Ahora los audaces lo irritaban, aunque no fueran los mismos de antes, eran más jóvenes y con la vitalidad y la soberbia que lleva la juventud,le resultaban ingenuos y miopes. Cómo no, si todavía no conocían más mundo que el que sus pocos años les permitían, pero que vinieran a enseñarle a tener actitud, le parecía demasiado. Sobre todo, porque todavía no llegaba a la cincuentena y lo trataban como a un señor. El escaso pelo no ayudaba era cierto, se veía mayor.

Todavía podía manejarlos, pero no se veía diez años más en lo mismo y eso mismo se dijo a los treinta y ocho y a los cuarenta y dos y hoy, a los cuarenta y ocho, repetía la secuencia. Con un divorcio a cuestas, dos hijos adolescentes y uno de cuatro años con su nueva pareja no parecía buena idea jugar al valiente y saltar por la borda del único bote que conocía de punta a cabo.

Los chinos llegaron con otra estrategia, insumos clínicos a mejor precio, algunos asociados a la entrega gratuita de equipos carísimos, robots para cirugías por ejemplo, de modo que sus contratos podían durar veinte años o más y si lograban entrar con un robot ya vendrían con más. La competencia con ellos se volvía año a año más difícil, quedaban las clínicas estéticas y los equipos dentales, pero ya estaban golpeando la puerta de ese mercado también. El acero hacía años que estaba alcanzando precios prohibitivos y peor el escenario con la incertidumbre política y económica actuales. Así como escuchaba las voces de los audaces, así también le sonaba la voz de Trump como un zumbido de moscardón, insoportable y cercana a la tortura.

Por supuesto que había debido cambiar de proveedores, viajó a China y se encontró con tal capacidad de trabajo y tecnología que entendía las razones de la rendición de occidente ante tal murallón de producción. Nada que hacer, hacía varios años que vendía insumos médicos chinos y había abandonado el sueño de su padre que quería hacer de su taller metalúrgico una gran fábrica nacional de herramientas tipo Bosch o Knipex. Lo había escuchado tanto sermonear con que había que ser creativo, diseñar y fabricar en el mercado local, que aquello era la única salvación a la situación del país. Casi todas las discusiones pasaban por mencionar a Fantuzzi y su lucha por la industria chilena. Su padre se descontrolaba en ese punto y por lo general terminaba gritando y soltando saliva de tan enfurecido que estaba.

Tantas cosas que se piensan en pocos minutos. Pasó de un recuerdo nostálgico y confuso a su historia laboral y luego, leve como una burbuja, a la relación con su padre, siempre accidentada y tórpida.

Conocía el guion de lo que seguía, ahora que lo pensaba, tal vez su habilidad en un punto determinado del tiempo era la creación anticipada de una sinopsis de lo que vendría. Una vez alguien le dijo en una reunión de trabajo que sus escenarios futuros eran como las imágenes de los que toman ayahuasca, como nunca se había acercado al mundo de las sustancias solo se rio, pero suponía que era cuestión de lógica aplicada, de la selección apropiada de variables. Eso que su padre no supo hacer y por eso su taller no prosperó. Mucha fe ciega y escaso sentido común. Para Roberto las cosas no tenían magia, aunque le hubiera gustado creer en que sí. Hacía poco supo que durante la primera guerra mundial algunos soldados mostraban una luminiscencia en sus heridas y se sanaban, la creencia popular era que los ángeles, con algún criterio desconocido, decidían sanar a algunos. Luego se descubrió que se trataba de una clase de bacterias que contrarrestaban a las infecciosas y emitían esa iridiscencia por una reacción química. Sintió una desilusión ¿no sería bueno que existieran los ángeles o la magia al menos en algunos ámbitos?

Presentó su informe y los audaces lo dejaron terminar sin interrupciones, eso era nuevo o no lo pudo anticipar en su sinopsis, habían preparado una estrategia, suicida para su criterio, pero no para el comité directivo. Tenían, además la estrategia para presentar la estrategia y esta escena del informe semestral era solo el último acto de una obra, cuyo final se había escrito en paralelo a sus buenas noticias de que no habían perdido clientes en la primera mitad del año.

Odió la expresión de satisfacción de los audaces, en especial la de Maite con quien había elaborado los datos y gráficos para esa reunión. La escogió para que tomara decisiones con fundamento y eligiera como él, con base en lo más probable y no sobre las tendencias de puntos y modelos de información.

Se tenía que ir, no era una decisión tomada por él, habían sido los audaces. Lo único digno era la renuncia. Eso le permitía tranquilizar a su conciencia y a la voz de la madre, tan opuesta al padre y tan Juana Segura como el que más.

Cuando se despidió esa tarde, en lugar de bajar al subterráneo de inmediato para irse en auto, decidió caminar unas cuadras y en cada paso se sentía más liviano y vital. Casi ágil. Había sido un día raro. Era febrero y las nubes parecían contener un aguacero que se aguantaba las horas para largarse hasta que Roberto comenzó a sentir los goterones sobre la camisa. El día se puso frío y vivificante. Se miró las manos y juraría que vio una luminiscencia verde en sus palmas.

− Deben ser los ángeles liberadores.

− Te dije que no creía en la magia, pero me alegro de que exista.


lunes, 8 de septiembre de 2025

Erik Vs Manuel

 



Era un viejo desde joven. Lo peor/mejor era que lo disfrutaba. Una vez alguien le dijo que era un excéntrico y ese apellido le gustó. Si hubiera podido elegir se hubiera llamado Erik, así con k, como Satie y entonces su nombre completo hubiera sido Erik Excentrique, pero no, el real, el del registro civil, era Manuel Romero. Se conformaba con que ese arbusto, en su justa medida, olía bien y Manuel hacía honor a tantos personajes, desde el mítico Rodríguez hasta ese que murió en la sierra dejando desolada a Amanda que lo iba a ver a la hora del almuerzo según la canción de Víctor Jara.

La música de Satie le gustaba, pero más, si se puede, su insólita vida, desde esas rutinas imposibles (¿quién almuerza en cuatro minutos? Claro, a lo mejor engullía un huevo hervido y un pedazo de pollo insípido, una cruel combinación sea dicho de paso, y eso era todo). Lo admiraba por su rebeldía, por el atrevimiento de hacer cosas raras y contradictorias.

Sus contradicciones, las propias, eran más bien inocuas, como la defensa a ultranza de la racionalidad y al mismo tiempo la convicción interna de la persistencia de la magia y una serie de rarezas de las que había sido testigo, agente causal y víctima, todo eso en simultáneo. A veces se exprimía el seso solo tratando de desmentir lo que veía, lo que escuchaba y hasta lo que intuía porque ¿qué es la intuición sino una apuesta basada en información interna? Además, lo más probable es que él, como casi todos, solo prestara atención a los aciertos de sus tincadas y no a las muchas ocasiones en que lo que creía que pasaría era desmentido por los acontecimientos. O tal vez no, quizás solo veía lo que era capaz de ver y entonces, aunque la evidencia estuviera frente a él, solo podía confirmar lo que su naturaleza extraña y solitaria le ofrecía como hipótesis.

Se lo pasaba en eso, en divagaciones inútiles, y si bien parecía un tipo común y corriente, porque ese esfuerzo sí había rendido frutos, sabía, con certeza que rayaba en el delirio, que no lograría hacerse entender y tampoco comprender porqué las personas, incluyéndose, se comportaban de un modo determinado.

Parecer normal había sido una tarea sistemática: los niños juegan, entonces jugaba, los jóvenes van a fiestas, se ríen, se burlan, se acicalan, entonces también lo hacía; los adultos hacen algo para independizarse económicamente de los padres y ahí estaba, trabajaba en algo bien visto y con un ingreso más que suficiente para sus necesidades de acuerdo con el estrato social en el que el azar hizo que naciera.

Si hubiera seguido siendo fiel a su modelo original, Erik Excentrique, se vestiría parecido a un caballero de la época del músico: traje oscuro, camisa blanca, corbata, sombrero, tal vez un bastón en lugar de paraguas y como accesorios un reloj de bolsillo y una pipa que solo usaría de adorno, porque nunca le había gustado fumar. Sin embargo, la rareza se paga cara en la vida y, tal como la mayoría, prefirió, disfrazarse de ciudadano de a pie, ese que representa a todos y a nadie. El sueño de cualquier candidato.

La observación que le permitía registrar gestos cual cámara de video de alta precisión se potenciaba con una memoria obsesiva de palabras y acciones, todo muy útil hasta que se encontraba con ella. En esos momentos era un completo mamarracho de ideas y confusión, no se le ocurría nada que decir, cuando por lo general era un avezado conversador de temas intrascendentes, pretendía naturalidad y la torpeza lo delataba; quería pasear la mirada y se quedaba fijo en los ojos de ella, no quería tocarla por ese temor irracional a la entrega de información a través del contacto con la piel, pero de algún modo el tacto se las arreglaba para hacerse presente en un apretón de manos, en el saludo o lo que fuera.

Tampoco es que se hubiera creído inmune a las emociones, pero era tanto más cómodo no sentir tanto y moverse en un rango estrecho y predecible de sensaciones. La biología es de mal gusto a veces. Satie se reveló contra tanta pasión, no le gustaba el alarde de drama de Wagner o de Mahler y prefirió no perseverar en los sentimientos como le ocurrió con Suzanne Valadon luego de ser abandonado por ella (Suzanne diría otra cosa, por cierto).

En todo caso, Satie era raro, un genio y raro. Tal vez ambas condiciones sean inseparables. Los genios, así como los campeones deportivos, cuentan con el permiso social para ser raros, pero alguien, un ciudadano de a pie, no. Lo peor para el músico era que su obra más conocida y aceptada habían sido las gimnopedias, compuestas en su juventud, y las posteriores eran apenas valoradas. Sería una mala noticia para él si supiera que sigue siendo así en el público general. Parece que se puede ser raro, pero no tanto.

A veces Manuel Romero sentía que podía afirmar, sin ningún temor a equivocarse, que Satie debía saber qué pasó con su música después de que murió, del terremoto que provocó, pero no tenía pruebas más que para sí mismo así es que era un secreto inconfesable. Y si alguna vez lo había dicho, de seguro fue a alguien incrédulo que lo tomaría como un chiste, en especial viniendo de Manuel.

Pasaban los días y el tiempo, y al revés de las películas de Christopher Nolan, los objetos, la sangre, el sueño y sus componentes volvían a su lugar, en orden y secuencias lógicas. Sin sorpresas ni sobresaltos. De seguro, más pronto de lo que se pudiera creer, Manuel Romero volvía a lucir como Erik Satie, un caballero que camina erguido y tiene una rutina de lo más decente sin que otros pudieran advertir lo loco que podía ser.


sábado, 16 de agosto de 2025

Guatemala para los amigos





 Por acá llovió de manera intermitente durante el día, así es que no me perdí la lluvia después de todo. La temperatura es agradable para apreciar la atmósfera de la ciudad de Guatemala. Hoy es sábado en la mañana y estamos en Antigua. Llegamos anoche luego de un día completo de atenciones de los anfitriones. Compartir con ellos merece una crónica aparte que luego haré.

Antigua es una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad y con toda razón, conserva la arquitectura colonial y tiene normas claras y estrictas para su cuidado. Cada construcción y reparación sigue lineamientos destinados a la conservación del patrimonio. 

Fuimos a recorrer un poco en la noche y luego a cenar. Todos los restaurantes, cafeterías y comercio en general tienen una estética que encanta. Lo más usual es que tras una entrada poco llamativa una se encuentra,  más al interior, con un diseño y decoración sorprendentes: jardines, fuentes, objetos de decoración muy originales, a veces coloridos y otras más bien minimalistas. Las fotos corresponden al restaurante en el que cenamos y que antes había sido un monasterio franciscano.

Como una no puede dejar de ser quien es, tal como en el cuento de la rana y el escorpión, al acercarme a una fuente para fotografiarla, metí de lleno el pie al agua en una canaleta. Ni siquiera me sorprendí de tan acostumbrada que estoy a este tipo de cosas y total ahora tengo la excusa de que estoy más vieja y más torpe. 

Luego de una noche de sueño muy reparador y necesario, procedo entonces a levantarme porque debo secar las zapatillas antes de salir a recorrer, por segunda vez en la vida está ciudad.

 II Antigua, Chichicastenango y Panajachel









Han sido unos días muy intensos. Era esperable en ciudades con mucho por ver y artesanías para admirar y comprar. Por lo visto no hay algo parecido a baja temporada en Guatemala y, dado lo que tienen para mostrar, podría convertirse en un destino turístico mucho más popular aún. El tráfico es bastante caótico y requiere destrezas que al parecer solo los locales han desarrollado.

La comida es abundante en tortillas de maíz y suelen estar incluidas como acompañamiento de sopas y guisos. Hemos probado verduras que no están en Chile como loroco, pariente lejano en sabor de los espárragos; perulero, güisquil una salsa para aderezo que se llama pepitoria. En la plaza de Antigua probamos unos mangos con limón y ese aderezo. Me encantaron. 

La michelada de acá es muy rica también, el agregado de jugo de tomates le da un sabor muy agradable. Una gran sorpresa fue el quiche de tomates, riquísimo, muy suave y liviano. 

Me estoy quedando dormida y soy incapaz de transmitir algo más. Buenas noches. 

III San Juan, San Pedro de la laguna y Santiago










El lago Atitlán tiene varios pueblos a su alrededor, en mi opinión San Juan es el más lindo de todos por sus calles adornadas y el colorido de sus murales, además, concentra a un montón de artistas y artesanos locales que pintan, trabajan con telares fibra de algodónmadera y cerámica traídas de otros sectores. Existen varias cooperativas de artistas, entonces el esfuerzo de crear y trabajar en diferentes rubros les permite seguir mejorando la técnica, los diseños, las estrategias comerciales, disponibilidad de productos. Van innovando en los productos y mantienen al mismo tiempo la identidad local.

La creatividad y empeño por hacer de cada pueblito algo especial se aprecia desde que una baja de la lancha frente a cada muelle y avanza por la calle principal, por lo general llena de locales de artesaníascafeterías y restaurantes. Las técnicas de ventas de los locales son claras: insistencia, amabilidad, valoración de lo local y hecho a mano y por sobre todo, el regateo de precios. La variación de precios es impresionante.

Yo no sabía que había más de 20 lenguas mayas. No se entienden entre sí si son de diferentes localidades y etnias. El español entonces, para muchos, es su segundo idioma y no es tan fácil entenderse. La amabilidad es tal vez el mínimo común denominador de las personas de por aquí.

La belleza de los paisajes se acentúa con sus habitantes, de eso no cabe duda. 

IV Maximon, la fe y la devoción








 En Santiago, uno de los pueblos alrededor del lago Atitlán, fuimos a ver a una figura qué dicen contiene el cuerpo de  Maximon dentro de ella. Se trata del dios maya creado por los poderes de la tierra. En todas partes y en especial en Chichicastenango, (de lo que conocemos) se puede apreciar el sincretismo de la fe católica y la religión maya. Fuera y dentro de las iglesias se encuentran personas ataviadas con los trajes tradicionales que oran a dios, en forma de Maximon, de algún santo o representación de Cristo, por lo general en alguna lengua maya. Las ceremonias incluyen la quema de hierbas, incienso maya y velas que despiden mucho humo, pero con buen aroma. Esas ceremonias también las vimos en el colorido cementerio de Chichicastenango y supongo que algo parecido en las pirámides de Tikal.

La fe católica se lleva el protagonismo en Antigua, en donde abundan conventos, iglesias, catedral y monasterios. La forma en que están ataviadas las figuras religiosas revela el nivel de devoción que existe en torno a ellas. Vimos en las ruinas del convento de las Capuchinas algunos videos de la semana santa y la estética es arte vivo al aire libre.

En San Pedro un guía muy sui generis nos llevó a la casa encargada este año de custodiar y adorar a Maximon. La verdad es que no logré convertirme a esa religión con tanto cigarro y aguardiente.
Las ruinas religiosas se han convertido en patrimonio y afortunadamente están siendo bien cuidados en la actualidad. El terremoto de 1773 dejó las construcciones religiosas de la colonia en ruinas. De algún modo, puede ser la luz, el clima y el poder embellecedor de la mirada de turista, las  ruinas se ven hermosas desde todos los ángulos.

 V Semuc Champey: maravilla, show y nuevas tendencias








Paisajes iguales a las fotos y videos publicitarios de viajes son algo raro de encontrar. Y esa rareza nos pasó. Ayer hubo un día de sol cuando se necesitó y de lluvia inesperada para vivir el clima tropical en toda su dimensión.

Subimos un mirador de 700 mt que no parece mucho, pero se vive como una hazaña. Muchos escalones en una escalera bastante perpendicular. Por supuesto que la vista al final vale el esfuerzo y el sudor. 
Ayer fue el día de mi actuación espectacular. Al llegar de la bajada del mirador fuimos de inmediato al agua y me sobreestimé en mis capacidades de resistencia. Ya casi nada me sorprende de mí misma, pero estar a punto de desmayarme en el agua no me había tocado. Tremendo show para mis compañeros de viaje, que tuvieron que ayudarme a salir, y los otros visitantes del lugar. No pasó nada, pero quedé tiritona por un buen rato. Aquí puede insertar el emoji que mira hacia arriba con expresión de par favaaar. 
Eso no fue todo, por tanto sudor y lluvia, toda mi ropa estaba mojada y a la vuelta al hotel con una toalla en la cintura y una chaqueta arriba estaba con una apariencia envidiable.
Ninguna de mis torpezas opacó la experiencia de Semuc Champey. Maravilloso lugar.
A la vuelta tuvimos otro golpe de suerte, vimos una fiesta religiosa: la danza del venado que corresponde a la primera foto de este post.

VI Las personas y la belleza










Me atrevo a afirmar que un viaje es placentero o deja un recuerdo agradable solo si las personas que acompañan la experiencia están en la misma frecuencia de disfrute y flexibilidad frente a las vicisitudes. Se requiere de una elevada cuota de generosidad para compartir espacios, gustos y recursos; adaptación a los diferentes hábitos y necesidades y un sinfín de minucias que cada uno aporta.

Si de generosidad se trata, nuestros anfitriones batieron un récord, cientos de kilómetros recorridos juntos, ajuste de calendario y horarios y mucho más. Las risas, las gratas conversaciones y una particular habilidad para hacer sentir que se es bienvenida es algo muy raro de vivir. Me lo explico por el amor que sostiene la amistad de años y la cercanía afectiva a pesar de la distancia física habitual.

No me olvidaré de la banda sonora: Marco Antonio Solís con dos canciones Más que tu amigo[1] (en el tuc tuc) y Si no te hubieras ido[2]Leo Dan y sus clásicos en el auto y la piscina de Hunnalyé[3] y por supuesto La gata bajo la lluvia de Rocío Durcal[4] y esa imagen de migajera patética de felina venida a menos estilando de agua y tiritando de frío ¡Imposible no reírse!

Además de los anfitriones y sus virtudes, la amabilidad y paciencia de la gente de Guatemala como actitud general de vida: explican diez veces si es necesario el servicio o producto que ofrecen, de qué y cómo está hecha la comida, las direcciones y mucho más, hacen que el paisaje sea mucho más que un lugar. Es un lugar habitado por personas que eligen la amabilidad a pesar de cargar con muchos dolores de su historia y de su presente.

Después de estar en la naturaleza selvática de CobanSemuc-Champey y Hunnalyé, volvimos a la capital y nos dimos una vuelta por el palacio presidencial, el centro cívico, el mercado y un espectacular mapa en relieve y a escala de toda Guatemala que nos permitió dimensionar lo recorrido en esos días. Una idea espectacular ese mapa, para los ñurdos que se pierden hasta en su barrio como yo, este mapa es de una ayuda enorme para ubicarse y entender las diferencias geográficas, climáticas y económicas de las zonas de Guatemala.

Nota aparte son las artesanías, ningún presupuesto ni maleta aguantarían todo lo que a una le dan ganas de traer. Que belleza de colores en los textilescerámicaspinturasropa bordadafiguras de madera esmaltadajoyas de jade y otras piedras. Y el café, el chocolate, el ron, los dulces típicos y la michelada.

Fue un bello viaje con bellas personas.

¡Me declaro fan de Guatemala de manera irrestricta!

Nota al final: el último chascarro tuvo lugar en el avión de vuelta, fue una cosa poca, di vuelta un vaso de agua a mi vecina de asiento. La señora era amable y no se enojó así es que dentro de lo que mi naturaleza me permite, hice todo lo posible por conversar y ser cordial con ella. La rana y el escorpión no me abandonan.



[1] Marco Antonio Solís: Más que tu amigo https://youtu.be/rMFH76ZtlBs?si=jr31xOsow_m6SYp1

 

[2] Marco Antonio Solís: Si no te hubieras ido https://youtu.be/tOVHj4zuRTU?si=jfIuQ2LRa4oDsGVD

 

[4] Rocío Durcal: La gata bajo la lluvia https://youtu.be/PrtdHVvOiXc?si=tpYA-SUPSDheZPTK

 


martes, 12 de agosto de 2025

El orden antes de partir

 


Más de una vez he escuchado que los libros los encuentran a una en el momento adecuado para leerlos. Es un buen consuelo para quienes somos lectores poco disciplinados y leemos lo que hay cerca o dejamos que la serendipia actúe.

En un intento de orden antes de un viaje que, ahora advierto, es una compulsión de vieja: el orden antes de partir a otro lugar (o al más allá), me encontré con libros regalados y comprados por mí, de autores que en su momento no me sonaban para nada y que luego resultaron ser un regalo del pasado para este preciso presente. Katherine Mansfield por ejemplo o inclusive Paul Auster de quien tenía más libros que solo el último. Hasta encontré libros repetidos ¡Ay! El desorden y el despilfarro casi siempre van juntos. Esa sería mi frase abuela si llegase a serlo.

Como era esperable y evidente, no logré ordenar casi nada, a lo más un par de libreros en donde terminé apilando las cosas en los mismos montones, pero en lugares diferentes. Me enteré también de que tengo debilidad por los cuadernos y libretas, tengo muchas y en cada navidad o cumpleaños me llegan más porque algunas personas saben más una que una misma. Tengo una muy bonita, del año 2019, en la que tengo anotadas enormes listas de libros que quisiera leer, citas de libros, versos de canciones, música, sitios web, concursos literarios, la lista de cuentos que seleccioné para el primer libro y hasta temas de los que me interesaba saber más: el modo en que la música afecta por acción de la vibración. Un tema recurrente en distintos contextos. Igual que, ahora los digo convencida, el arquetipo del espiral.

Me llevo para el viaje una de las libretas regaladas, una con una mariposa que tiene las alas bordadas y flores porque voy a un país con muchos colores. La había guardado para una ocasión especial y esta lo es. Pretendo anotar lo que se me ocurra en el camino. El objetivo es ahora preservar el deleite, protegerlo de la mala memoria y los injustos olvidos.

Para después, para la vuelta, para antes del 18 o para después de las fiestas, todas, quedaron los exámenes médicos pendientes, los arreglos de la casa y el jardín, la limpieza de notas y textos dejados por ahí. Para después quedaron pendientes también los cuentos seleccionados para concursos o publicaciones digitales. Hay uno que me despierta especial interés, en la radio Universidad de Chile, leen y dan atmósfera a los cuentos que seleccionan con sonidos especiales, es muy entretenido oírlos. Veré si me atrevo cuando vuelva.

¿Para qué? una vez me preguntaron y no supe responder. Todavía no puedo, acaso ¿tiene que haber una justificación, un objetivo?

La próxima entrada será “Guatemala para los amigos” por si quiere acompañarme en el recorrido.


viernes, 18 de julio de 2025

Un eterno instante

 

Foto de pixabay

¿Qué le vio que se dispuso a hablarle en la esquina en el eterno instante que dura un semáforo en rojo? Nada, le hablaba a cualquiera que no tuviera cara de asaltante y por lo general, así decían, las mujeres no son tan violentas.

Otra vez la línea uno del metro había suspendido el servicio. Debió bajarse en Tobalaba y Arturo estaba harto, chato, hasta la tusa, de lo mismo; la gente se enojaba y caminaba garabateando al que se cruzara, parecía que había electricidad en el ambiente, ante cualquier cosa aparecían las chispas de la agresividad.

Dora venía saliendo del dentista, un lado de la cara un poco dormido, tal vez hinchada inclusive, pero con el frío de la temporada, frío casi inútil porque no llovía, no había viento ni nada, solo frío, al menos servía de excusa para esconderse y cubrirse con el gorro de la chaqueta y sentirse parecida a una delincuente.

De improviso un hombre le habla acerca de lo neurótica que anda la gente en todas partes, en el eterno instante de un semáforo en rojo le informó de lo difícil de su vida. Casi no respiraba para hablar ¿cuánto se puede contar de sí mismo en  menos de tres minutos? Al parecer no esperaba respuesta y en las pocas pausas solo la miraba para cerciorarse de que aún estaba ahí y le prestaba algo de atención.

Dora lo escuchaba con tanta concentración que podría repetir palabra por palabra lo que Arturo, escondido detrás de unos lentes y un gorro de lana negro, le contó en ese breve lapso de tiempo: venía del trabajo, había un par de hombres jóvenes que trabajaban en delivery discutiendo por algo, se refirió a ellos como gente rabiosa, que con cualquier excusa se trenzaba en peleas. Pasó una micro, de esas de tres cuerpos que todos los días lo despertaban a las cinco de la mañana y no le gustaba despertarse a esa hora. Eso lo dijo con tanto sentimiento que Dora pudo imaginárselo luchando para no escuchar el pitido de esos inmensos buses tratando de dar la vuelta en una esquina demasiado estrecha para esa maniobra tan aparatosa. De hecho, Arturo comentó también que no sabía qué clase de ingenieros en transporte habían autorizado a tamaños monstruos para circular por la ciudad, agregó que de seguro aprobaron con la nota mínima en la universidad porque de otro modo no se explica. Como estaba hablando de buses, se acordó de un asalto a un pasajero en uno que estaba estacionado al frente. El pasajero se defendió, otro lo ayudó, el chofer cerró las puertas, el asaltante tenía la boca sangrando, otra persona llamó a los carabineros, pero pasaron más de veinte minutos, la gente estaba apurada, le pegaron de nuevo y lo bajaron a patadas. Total, la víctima tenía su celular, que quebrado y todo aún funcionaba. No valía la pena la espera para hacer una denuncia inútil. No tenía sentido. Nada tenía sentido afirmó con fuerza.

Cuando comenzaba a hablar de un loquito que siempre está en Nueva de Lyon en la esquina de Providencia dieron la luz verde. Varias veces había observado al loquito. El tipo vociferaba incoherencias o quizás eran titulares de noticias. Incoherencia familiares. Dora había estado todo ese eterno instante mirando si Arturo traía o no un arma para asaltarla; si sus movimientos de manos al hablar pretendían distraerla y tal vez robarle el bolso o algo adentro de él. Un par de veces le había ocurrido, habían alcanzado a correr el cierre y no le había sacado nada porque miró a tiempo. Ese gorro de lana negro le parecía sospechoso, tal vez era un pasamontañas que por el momento llevaba enrollado sobre la cabeza para no generar desconfianza, así como ella llevaba puesta la capucha de su chaqueta para parecer menos indefensa.

Mientras Arturo hablaba y hablaba, observaba a Dora con todo el detalle posible, le parecía raro que no cortara su monólogo, simulaba contestarle con la manera de asentir con su cabeza o de empatizar con él con los gestos de su cara, al menos con un lado porque le pareció que tenía parálisis o algo raro en el otro. Además, no sacaba las manos del bolsillo y eso le pareció agresivo. Eso de que las mujeres son menos violentas le sonaba a cuento antiguo; nunca se sabe cuándo las cosas pueden empezar a cambiar, el aleteo de una mariposa puede cambiar la historia ¿no?

Ese señor agradable, tal vez de la misma edad, jugando a ser vulnerable y solitario, podía no ser tal, podía ser un cuentero. Hasta pensó que el asaltante fracasado del bus del frente era él mismo y ahora estaba intentando otra estrategia.

¿Cuánto dura un instante? ¿menos o más que el aleteo de una mariposa? La vida puede ser otra en menos de un segundo, sin aviso, sin pena ni gloria o con mucha pena y mucha gloria.

Arturo pensó que tal vez tuvo suerte y la mujer a la que le habló podía ser alguien amable y un poco callada, pero por las dudas, al acercarse para despedirse haciendo como que iba a seguir su camino la atacó con una cortapluma profiriéndole un corte en ese lado de la cara que no se movía, eso no le gustó. No podía ser buena gente alguien que con un lado de la cara no dice nada.

Al sentir que el hombre se acercaba mucho Dora no dudó en sacar de su bolsillo el punzón que llevaba para casos de emergencia, mientras sentía algo helado en su cara lo clavó en el lado izquierdo, habrá sido entre las costillas porque no sintió tanta resistencia. Dora se tomó la cara y vio su mano con sangre, corrió hacia la farmacia de la esquina donde varios gritaron de la impresión. Se sentía como una super heroína, convencida de haber herido de gravedad a un asaltante.

Arturo cayó al piso, algunas personas que estaban cerca lo sujetaron, pensó que tenía el punzón clavado, dio un alarido, pero entre tanta ropa el metal solo rozó la piel. Ahora, de nuevo, estaba a merced de la gente. Otra vez la pateadura, otra vez a la posta central cuando pudiera ponerse de pie y caminar hasta Portugal. No tenía plata para un taxi y ninguna micro querría llevarlo así, moreteado, hinchado y sin poder mover un lado de la cara.

Nadie se molestó en hacer una denuncia, iban todos apurados y el semáforo había dado la luz verde.


lunes, 23 de junio de 2025

De otra época

 


Foto de Anthony 🙂: https://www.pexels.com


Esta era una historia como de esas japonesas que están de moda. Un texto tranquilo que se pasea por paisajes llenos de hojas secas, con sonidos de aves citadinas y un río que corre tranquilo amortiguando la intensidad del ruido de los automóviles, sirenas y construcciones de una urbe siempre cambiante. Tal vez el frío contribuye también a la escenificación de diálogos llenos de silencios y de cuidados. Dicen que este mundo hiperconectado y tan lleno de imágenes apocalípticas han hecho surgir otra belleza. Esa de las cosas mínimas, la de los jardines y sus brotes. Los más críticos afirman que se trata de una forma de escapismo, de alienación y por supuesto de otro nicho del mercado en donde la desesperación por sentirse a salvo en algún lugar ha recreado, al borde del abismo, una sensación de hogar y de regocijo de los sentidos.

Puede haber miles de explicaciones, pero tengo el convencimiento de que cada persona tiene sus momentos de salida y retirada del mundo. Cómo no va a ser esperanzador que, en medio de tantos discursos densos y necesidad de definiciones conceptuales complejas, se encuentren personas a quienes les gusta caminar juntas, aprender de plantas, regalarse semillas y esperar que la siguiente primavera les muestre si sus esfuerzos fueron premiados o todavía falta aprender más de la calidad del suelo y otras delicadezas del jardín.

Llegué al curso de jardinería por recomendación de mi médico, me dijo que si seguía encerrada llegaría un día en el que no querría salir más. La verdad es que ya estaba en ese día, pero el doctor es joven y me pareció que para él sería bueno creer que me había convencido. Y como no había hecho con mi vida nada muy provechoso para los demás, un día cruzó por mi mente un pensamiento que al instante me pareció irrelevante y absurdo, eso de la reverberación de la amabilidad. Como fuera, decidí salir y entrar a esos clásicos talleres de las municipalidades: huertos urbanos. Daba por descontado que me encontraría con muchas señoras pachamámicas, llenas de clichés para hablar, vestidas con chalecos tejidos a mano de muchos colores, polainas en las pantorrillas y bototos viejos y gruesos. Debajo de tanta ropa era difícil imaginar que la ducha diaria formara parte de la rutina. Pensamientos de alguien con amargura en el corazón, me dije y antes de arrepentirme y de volver a mi casa a encerrarme, decidí hacer algo distinto.

Por supuesto que escuché todos los clichés que esperaba de los participantes del curso, pero hubo un par de sorpresas, no había solo mujeres que era lo que esperaba y en vez de una profesora había un profesor. Su edad era difícil de adivinar, se veía ágil en sus movimientos y por lo general se paraba erguido lo que de inmediato rejuvenece a las personas. Usaba un sombrero que no se quitaba para nada, supongo que en su casa lo hará, quien sabe. Dijo que se llamaba Fiódor, aunque tenía cara de otro nombre, Arturo, Braulio, algo así. Usaba un pantalón grueso de tweed, botines café oscuro muy lustrados y arriba un sweater blanco invierno arremangado con una camisa azul clara debajo. Un señor cuidadoso con su apariencia quiero decir. No era dado a la sonrisa y su forma de hablar sonaba extraña.

Hablaba de las plantas usando el nombre en latín primero y luego mencionaba su denominación vulgar; las describía de tal forma que parecía que cada una de ellas despertaba su más profunda admiración. Mostraba sus mecanismos de adaptación a las condiciones climáticas y las asociaciones de sus colores con el paisaje en que habían crecido en su origen.

El grupo seguía la información con interés, como si se tratara de un curso avanzado de botánica. No estaba segura de seguir asistiendo, habían partido hacía un mes y me sentía desorientada, además, no tenía un interés particular por las plantas y por casi nada en realidad. Y ponerme a estudiar me parecía una idea fastidiosa que encima activaba mi cobardía − ¿y si ya no era capaz de retener información? ¿si ya no podía aprender? – siempre era preferible ignorar la propia incapacidad que probar y demostrar que ahí estaba, disimulada bajo el sarcasmo y la burla.

Quedé ubicada cerca de Freya, una señora alta y muy suave de modales. Debe haber notado mi confusión porque se ofreció a ayudarme si tenía dudas. Se lo agradecí a regañadientes porque siempre me pongo suspicaz con la gente en apariencia gentil. No puedo evitar preguntarme qué buscan, qué quieren ¿aprobación?, ¿algún favor? ¿popularidad? ¡aaagh! Los estragos de las experiencias en la vida.

Freya me desconcertó porque no era nada en ella era excesivo. Parecía medida y controlada y al mismo tiempo dulce y acogedora. Una mezcla extraña sin duda. Creo que mi desconcierto era producto de las maquetas en las que clasifico a las personas y casi todas me parece que tienen exceso de algo. De lo que sea. Muy esto, muy lo otro y así la etiqueta quedaba puesta sin esperanza de despegarse. Freya, en mis afanes de entomóloga de personas, me parecía un personaje de novela de principios del siglo pasado. Usaba el pelo tomado, siempre ordenado y sus chalecos rosa pastel, blancos y grises hacían buen juego con unos jeans que casi siempre parecían recién lavados. Las blusas con flores pequeñas se parecían casi todas entre sí, un día celeste, otro día lila, al siguiente amarilla y así. Tal vez las compró todas en la misma tienda un día de liquidación.

Resultó que vivía cerca de mi casa y terminamos caminando juntas de vuelta del taller. Reconozco que al principio hice lo de siempre, encontré muchas ocupaciones imaginarias para hacer justo después de terminadas las clases: algún maestro iría a reparar algo, debía acompañar a algún familiar a alguna parte, una compra urgente de algún repuesto de cualquier cosa hasta que un día me aburrí de mentir y me devolví con ella. Creo que Freya también huye de las personas, pero es menos evidente. Es más amable, más educada tal vez. Si bien la conversación no fluía fácil al inicio, me fue intrigando ese modo acompasado de sus días. Una forma de ser que va con la vida sin resistirse ni forzar acontecimientos. En una ocasión me invitó a pasar a su casa para mostrar cómo cultivaba unas dalias que había traído de Frutillar hacía como diez veranos. No lo dijo, pero supe de inmediato que era un honor poder entrar en el jardín. A primera vista parecía recargado, una explosión de colores y formas que requerían pasear la vista con calma. Como fuera, me aturdí un poco, algo decía Freya y yo no podía prestar atención. El colorido del jardín, el aroma y la implosión de sensaciones me pareció de tal contraste con lo que ella mostraba de sí, que ese rincón parecía la revelación de sus secretos más profundos. Entonces me pareció evidente que no quisiera intrusos allí.

Me intrigó. No era congruente esa imagen sosa que se dedicaba a proyectar con el tiempo que pasaba cada día atareada en el cultivo de la exuberancia. Me dediqué a observarla y resultó toda una sorpresa.

Fiódor no podía evitar que su nombre provocara curiosidad, era hijo de un profesor que se jactaba de haber leído casi todo lo que escribió Dostoievsky y entonces el nombre para su primogénito estaba elegido desde antes que naciera. No había mayor misterio en esa historia, sin embargo, se ponía rojo cada vez que le preguntaban.

Eso era todo lo que decía de sí mismo, decía que las plantas eran mucho más interesantes y que prefería hablar de ellas. Algunos pensaban que eso le daba un halo de misterio, a mí me daba la impresión de vacío, de una pose, pero claro, me había equivocado tanto en mis opiniones acerca de las personas, que ya no explicitaba nada. Me volví una diplomática casi profesional en opiniones inocuas acerca de casi todo, en especial de las personas.

De ociosa, porque había estado leyendo y viendo material de lenguaje no verbal, algo que siempre me ha llamado la atención, me dio por analizar las direcciones y duración de las miradas entre algunas personas. Y eso me permitió ver qué ocurría en el taller de jardinería. Fiódor tenía el hábito de hacer como que miraba al horizonte, a un punto central por sobre nuestras cabezas, pero a la única que veía era a Freya. A veces era interrumpido por alguno de sus otros alumnos, pero volvía rápido a una posición ocular en donde pudiera verla y adivinar qué le interesaba a ella.

Se lo hice saber a Freya una de las muchas veces que caminamos juntas y fue como si hubiera activado un encantamiento solo con esa observación. Solo me dijo un gracias casi solemne, pero escuché mucho más que eso. Una especie de respiración contenida, un alivio y una risa interna traductora de una alegría ingenua. Muchas personas necesitan un observador, un tercero que confirme sus percepciones y creo que fue eso lo que pasó. Como si algo pasara a tener la cualidad de real solo si otro lo dice.

Confieso que luego me transformé en una espía, estudiaba los gestos de ambos y ya que esta ciudad es chica comencé a encontrarlos en distintos lugares y luego iba a propósito para verlos. No supe de la ocasión en que alguno de los dos dio el primer paso para invitar al otro a un café, un paseo, alguna visita a un vivero. Me hubiera gustado saber, ver la escena, estar ahí y filmarla con cámaras en distintos ángulos. Debió ser difícil, bien dicen que el romance, ni se diga el amor, requiere de valentía y estupidez, en especial para seres sensibles y asustadizos como Fiódor y Freya.

Tal vez, de lo absortos que estaban uno con el otro, parece que no me veían. Podía concentrarme en las miradas entre ellos, en la danza de sus torsos alrededor de una mesa para acercarse sin que fuese demasiado o el modo en que caminaban a paso lento, indicándose flores y árboles del camino, deteniéndose en algunos. Parecían una pareja que caminaba junta desde siempre, desde niños tal vez. En el taller, nadie notaba nada. Era tal el disimulo que hasta yo dudaba a veces.

Freya no hablaba del tema y yo sentía que era una especie de pacto, como si decir algo fuera a quebrar un cristal frágil. Me invitó más veces a admirar su jardín y yo, cómplice de sus silencios y omisiones, creo que entendí que el lenguaje entre ellos no requería de sonidos, sino de colores, semillas, aromas y sensaciones sin nombre.

Un día Fiódor se acercó a mi puesto en el taller y también me dijo un gracias lleno de significados parecido al que antes había expresado Freya.

Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...