lunes, 8 de septiembre de 2025

Erik Vs Manuel

 



Era un viejo desde joven. Lo peor/mejor era que lo disfrutaba. Una vez alguien le dijo que era un excéntrico y ese apellido le gustó. Si hubiera podido elegir se hubiera llamado Erik, así con k, como Satie y entonces su nombre completo hubiera sido Erik Excentrique, pero no, el real, el del registro civil, era Manuel Romero. Se conformaba con que ese arbusto, en su justa medida, olía bien y Manuel hacía honor a tantos personajes, desde el mítico Rodríguez hasta ese que murió en la sierra dejando desolada a Amanda que lo iba a ver a la hora del almuerzo según la canción de Víctor Jara.

La música de Satie le gustaba, pero más, si se puede, su insólita vida, desde esas rutinas imposibles (¿quién almuerza en cuatro minutos? Claro, a lo mejor engullía un huevo hervido y un pedazo de pollo insípido, una cruel combinación sea dicho de paso, y eso era todo). Lo admiraba por su rebeldía, por el atrevimiento de hacer cosas raras y contradictorias.

Sus contradicciones, las propias, eran más bien inocuas, como la defensa a ultranza de la racionalidad y al mismo tiempo la convicción interna de la persistencia de la magia y una serie de rarezas de las que había sido testigo, agente causal y víctima, todo eso en simultáneo. A veces se exprimía el seso solo tratando de desmentir lo que veía, lo que escuchaba y hasta lo que intuía porque ¿qué es la intuición sino una apuesta basada en información interna? Además, lo más probable es que él, como casi todos, solo prestara atención a los aciertos de sus tincadas y no a las muchas ocasiones en que lo que creía que pasaría era desmentido por los acontecimientos. O tal vez no, quizás solo veía lo que era capaz de ver y entonces, aunque la evidencia estuviera frente a él, solo podía confirmar lo que su naturaleza extraña y solitaria le ofrecía como hipótesis.

Se lo pasaba en eso, en divagaciones inútiles, y si bien parecía un tipo común y corriente, porque ese esfuerzo sí había rendido frutos, sabía, con certeza que rayaba en el delirio, que no lograría hacerse entender y tampoco comprender porqué las personas, incluyéndose, se comportaban de un modo determinado.

Parecer normal había sido una tarea sistemática: los niños juegan, entonces jugaba, los jóvenes van a fiestas, se ríen, se burlan, se acicalan, entonces también lo hacía; los adultos hacen algo para independizarse económicamente de los padres y ahí estaba, trabajaba en algo bien visto y con un ingreso más que suficiente para sus necesidades de acuerdo con el estrato social en el que el azar hizo que naciera.

Si hubiera seguido siendo fiel a su modelo original, Erik Excentrique, se vestiría parecido a un caballero de la época del músico: traje oscuro, camisa blanca, corbata, sombrero, tal vez un bastón en lugar de paraguas y como accesorios un reloj de bolsillo y una pipa que solo usaría de adorno, porque nunca le había gustado fumar. Sin embargo, la rareza se paga cara en la vida y, tal como la mayoría, prefirió, disfrazarse de ciudadano de a pie, ese que representa a todos y a nadie. El sueño de cualquier candidato.

La observación que le permitía registrar gestos cual cámara de video de alta precisión se potenciaba con una memoria obsesiva de palabras y acciones, todo muy útil hasta que se encontraba con ella. En esos momentos era un completo mamarracho de ideas y confusión, no se le ocurría nada que decir, cuando por lo general era un avezado conversador de temas intrascendentes, pretendía naturalidad y la torpeza lo delataba; quería pasear la mirada y se quedaba fijo en los ojos de ella, no quería tocarla por ese temor irracional a la entrega de información a través del contacto con la piel, pero de algún modo el tacto se las arreglaba para hacerse presente en un apretón de manos, en el saludo o lo que fuera.

Tampoco es que se hubiera creído inmune a las emociones, pero era tanto más cómodo no sentir tanto y moverse en un rango estrecho y predecible de sensaciones. La biología es de mal gusto a veces. Satie se reveló contra tanta pasión, no le gustaba el alarde de drama de Wagner o de Mahler y prefirió no perseverar en los sentimientos como le ocurrió con Suzanne Valadon luego de ser abandonado por ella (Suzanne diría otra cosa, por cierto).

En todo caso, Satie era raro, un genio y raro. Tal vez ambas condiciones sean inseparables. Los genios, así como los campeones deportivos, cuentan con el permiso social para ser raros, pero alguien, un ciudadano de a pie, no. Lo peor para el músico era que su obra más conocida y aceptada habían sido las gimnopedias, compuestas en su juventud, y las posteriores eran apenas valoradas. Sería una mala noticia para él si supiera que sigue siendo así en el público general. Parece que se puede ser raro, pero no tanto.

A veces Manuel Romero sentía que podía afirmar, sin ningún temor a equivocarse, que Satie debía saber qué pasó con su música después de que murió, del terremoto que provocó, pero no tenía pruebas más que para sí mismo así es que era un secreto inconfesable. Y si alguna vez lo había dicho, de seguro fue a alguien incrédulo que lo tomaría como un chiste, en especial viniendo de Manuel.

Pasaban los días y el tiempo, y al revés de las películas de Christopher Nolan, los objetos, la sangre, el sueño y sus componentes volvían a su lugar, en orden y secuencias lógicas. Sin sorpresas ni sobresaltos. De seguro, más pronto de lo que se pudiera creer, Manuel Romero volvía a lucir como Erik Satie, un caballero que camina erguido y tiene una rutina de lo más decente sin que otros pudieran advertir lo loco que podía ser.


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