Era un viejo desde joven. Lo
peor/mejor era que lo disfrutaba. Una vez alguien le dijo que era un excéntrico
y ese apellido le gustó. Si hubiera podido elegir se hubiera llamado Erik, así
con k, como Satie y entonces su nombre completo hubiera sido Erik Excentrique,
pero no, el real, el del registro civil, era Manuel Romero. Se conformaba con
que ese arbusto, en su justa medida, olía bien y Manuel hacía honor a tantos
personajes, desde el mítico Rodríguez hasta ese que murió en la sierra dejando
desolada a Amanda que lo iba a ver a la hora del almuerzo según la canción de
Víctor Jara.
La música de Satie le gustaba, pero
más, si se puede, su insólita vida, desde esas rutinas imposibles (¿quién
almuerza en cuatro minutos? Claro, a lo mejor engullía un huevo hervido y un pedazo
de pollo insípido, una cruel combinación sea dicho de paso, y eso era todo). Lo
admiraba por su rebeldía, por el atrevimiento de hacer cosas raras y
contradictorias.
Sus contradicciones, las propias,
eran más bien inocuas, como la defensa a ultranza de la racionalidad y al mismo
tiempo la convicción interna de la persistencia de la magia y una serie de rarezas
de las que había sido testigo, agente causal y víctima, todo eso en simultáneo.
A veces se exprimía el seso solo tratando de desmentir lo que veía, lo que
escuchaba y hasta lo que intuía porque ¿qué es la intuición sino una apuesta basada
en información interna? Además, lo más probable es que él, como casi todos,
solo prestara atención a los aciertos de sus tincadas y no a las muchas
ocasiones en que lo que creía que pasaría era desmentido por los
acontecimientos. O tal vez no, quizás solo veía lo que era capaz de ver y
entonces, aunque la evidencia estuviera frente a él, solo podía confirmar lo
que su naturaleza extraña y solitaria le ofrecía como hipótesis.
Se lo pasaba en eso, en
divagaciones inútiles, y si bien parecía un tipo común y corriente, porque ese
esfuerzo sí había rendido frutos, sabía, con certeza que rayaba en el delirio,
que no lograría hacerse entender y tampoco comprender porqué las personas,
incluyéndose, se comportaban de un modo determinado.
Parecer normal había sido una tarea
sistemática: los niños juegan, entonces jugaba, los jóvenes van a fiestas, se
ríen, se burlan, se acicalan, entonces también lo hacía; los adultos hacen algo
para independizarse económicamente de los padres y ahí estaba, trabajaba en
algo bien visto y con un ingreso más que suficiente para sus necesidades de
acuerdo con el estrato social en el que el azar hizo que naciera.
Si hubiera seguido siendo fiel a su
modelo original, Erik Excentrique, se vestiría parecido a un caballero de la
época del músico: traje oscuro, camisa blanca, corbata, sombrero, tal vez un
bastón en lugar de paraguas y como accesorios un reloj de bolsillo y una pipa
que solo usaría de adorno, porque nunca le había gustado fumar. Sin embargo, la
rareza se paga cara en la vida y, tal como la mayoría, prefirió, disfrazarse de
ciudadano de a pie, ese que representa a todos y a nadie. El sueño de cualquier
candidato.
La observación que le permitía
registrar gestos cual cámara de video de alta precisión se potenciaba con una
memoria obsesiva de palabras y acciones, todo muy útil hasta que se encontraba
con ella. En esos momentos era un completo mamarracho de ideas y confusión, no
se le ocurría nada que decir, cuando por lo general era un avezado conversador
de temas intrascendentes, pretendía naturalidad y la torpeza lo delataba; quería
pasear la mirada y se quedaba fijo en los ojos de ella, no quería tocarla por ese
temor irracional a la entrega de información a través del contacto con la piel,
pero de algún modo el tacto se las arreglaba para hacerse presente en un
apretón de manos, en el saludo o lo que fuera.
Tampoco es que se hubiera creído inmune
a las emociones, pero era tanto más cómodo no sentir tanto y moverse en un
rango estrecho y predecible de sensaciones. La biología es de mal gusto a veces.
Satie se reveló contra tanta pasión, no le gustaba el alarde de drama de Wagner
o de Mahler y prefirió no perseverar en los sentimientos como le ocurrió con
Suzanne Valadon luego de ser abandonado por ella (Suzanne diría otra cosa, por
cierto).
En todo caso, Satie era raro, un
genio y raro. Tal vez ambas condiciones sean inseparables. Los genios, así como
los campeones deportivos, cuentan con el permiso social para ser raros, pero
alguien, un ciudadano de a pie, no. Lo peor para el músico era que su obra más
conocida y aceptada habían sido las gimnopedias, compuestas en su juventud, y
las posteriores eran apenas valoradas. Sería una mala noticia para él si supiera
que sigue siendo así en el público general. Parece que se puede ser raro, pero
no tanto.
A veces Manuel Romero sentía que
podía afirmar, sin ningún temor a equivocarse, que Satie debía saber qué pasó con
su música después de que murió, del terremoto que provocó, pero no tenía pruebas
más que para sí mismo así es que era un secreto inconfesable. Y si alguna vez
lo había dicho, de seguro fue a alguien incrédulo que lo tomaría como un
chiste, en especial viniendo de Manuel.
Pasaban los días y el tiempo, y al
revés de las películas de Christopher Nolan, los objetos, la sangre, el sueño y
sus componentes volvían a su lugar, en orden y secuencias lógicas. Sin
sorpresas ni sobresaltos. De seguro, más pronto de lo que se pudiera creer,
Manuel Romero volvía a lucir como Erik Satie, un caballero que camina erguido y
tiene una rutina de lo más decente sin que otros pudieran advertir lo loco que
podía ser.

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