miércoles, 12 de noviembre de 2025

Título


 

Foto de Esra Betül Yatkaya: https://www.pexels.com

      Quiérame de lejos.

Eso era, darle aire a alguna clase de afecto sobreviviente al tiempo y a las circunstancias. Sonaba sugerente y creativo. Se trataba de buscar el título de una serie de muchos o pocos capítulos, según el rating y la satisfacción consiguiente de los auspiciadores. De acuerdo con los estudios de focus group, debía incorporar un montón de temas: el destino, la distancia, el sometimiento del deseo por el deber, esos − sí quiero, pero no puedo −, con tirones de la culpa por un lado y de lo que fuera por el otro. Hasta podría llevar elementos sobrenaturales como coincidencias extrañas, recuerdos de otras vidas, mensajes de muertos y por supuesto protagonizada por personajes neuróticos, complejos, con capacidad de argumentación para cualquier giro que la historia tomara y la habilidad suficiente para mantener firme una cuerda de equilibrio en la altura de un trapecio de circo. Fija, inmóvil y a prueba de caídas.

Para dar un toque moderno al estilo de narración de la historia, debía ir al pasado y al presente para mantener la atención del público e ir acorde con la tendencia de mostrar la equipotencialidad de una escena.

      Quiérame de lejos 

Sonaba al verso de una canción o de varias canciones. Es probable que fuera un bolero, de esos muy antiguos, uno que diría − no necesito fotos para recordarte, ni canciones porque en la nada que somos estás siempre por ahí −. ¿O era una frase de Cortázar? – se parece a una al menos “tengo tu foto; no para acordarme de ti cuando la miro, sino para mirarla cuando me acuerdo de ti”, pero no es lo mismo. Tal vez sea una advertencia de vitrina de antigüedades – mire, pero no toque – porque los objetos son frágiles o ya están rotos y pueden volver a quebrarse.

      Quiérame de lejos.

 ¿Y la canción de Lucybell? − Vete antes que yo intente evitarlo[1] −. Un clásico: Mejor que no porque luego podría necesitar su presencia. A veces el miedo es razonable y debe hacerse oír. Podría incluir una mezcla de imágenes de la película In the Mood for Love, con soundtrack ad hoc[2], de modo que, si por ahí en el azar, quedara una duda, se pudiera preguntar a los árboles cuáles eran los secretos que guardaban los silenciosos personajes.

       Quiérame de lejos

Parecía el título de un pacto que trataba de devolver las ideas y afectos al momento previo al desastre. No habría besos que extrañar y sobrevendría la calma de un invierno tormentoso a borrar todo vestigio o la de un verano impasible lleno de incendios que eliminaría las huellas de caminos que no se recorrieron.

      Quiérame de lejos

Y así se asegura la civilización, la tranquilidad y el bienestar. A veces, las más de las veces, es más que suficiente.

 El título era el adecuado, era ya una decisión. Había que ser cuidadosos con las palabras como en “Lo que queda del día” de K. Ishiguro o cualquier poema de Nicanor Parra porque si se leía mal, uno de esos poemas o el guion, podría inducir a error y develar el plagio de muchas obras. Una cosa tenía clara, todo está pensado o escrito. Nada nuevo bajo el sol.

      Nada nuevo bajo el sol

No estaba mal tampoco, pero el equipo de marketing opinaba que era poco vendedor. Implicaba una situación estática no por falta de movimiento sino por la distancia con que se observa un fenómeno, desde muy lejos las cosas son fijas, desde muy cerca es demasiada la velocidad y la sucesión de hechos que pueden o no relacionarse entre sí, aunque lo más probable es que sí. En todo caso, era muy enredado meterse en esos pastizales, mejor quedarse con el título previo.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Un súper cuento de Cristina Peri Rossi : Punto Final

 

Foto de Aleksandar Pasaric: https://www.pexels.com/es-es/foto/rostro-de-mujer-3355925/

Cuando nos conocimos, ella me dijo: «Te doy el punto final. Es un punto muy valioso, no lo pierdas. Consérvalo, para usarlo en el momento oportuno. Es lo mejor que puedo darte y lo hago porque me mereces confianza. Espero que no me defraudes». Durante mucho tiempo, tuve el punto final en el bolsillo. Mezclado con las monedas, las briznas de tabaco y los fósforos, se ensuciaba un poco; además, éramos tan felices que pensé que nunca habría de usarlo. Entonces compré un estuche seguro y allí lo guardé. Los días transcurrían venturosos, al abrigo de la desilusión y del tedio. Por la mañana nos despertábamos alegres, dichosos de estar juntos; cada jornada se abría como un vasto mundo desconocido, lleno de sorpresas a descubrir. Las cosas familiares dejaron de serlo, recobraron la perdida frescura, y otras, como los parques y los lagos, se volvieron acogedoras, maternales. Recorríamos las calles observando cosas que los demás no veían y los aromas, los colores, las luces, el tiempo y el espacio eran más intensos. Nuestra percepción se había agudizado, como bajo los efectos de una poderosa droga. Pero no estábamos ebrios, sino sutiles y serenos, dotados de una rara capacidad para armonizar con el mundo. Teníamos con nuestros sentidos una singular melodía que respetaba el orden del exterior, sin sujetarse a él.

Con la felicidad, olvidé el estuche, o lo perdí, inadvertidamente. No puedo saberlo. Ahora que la dicha terminó, no encuentro el punto final por ningún lado. Esto crea conflictos y rencores suplementarios. «¿Dónde lo guardaste? -me pregunta ella, indignada-. ¿Qué esperas para usarlo? No demores más, de lo contrario, todo lo anterior perderá belleza y sentido.» Busco en los armarios, en los abrigos, en los cajones, en el forro de los sillones, debajo de la mesa y de la cama. Pero el punto no está; tampoco el estuche. Mi búsqueda se ha vuelto tensa, obsesiva. Es posible que lo haya extraviado en alguno de nuestros momentos felices. No está en la sala, ni en el dormitorio, ni en la chimenea. ¿El gato se lo habrá comido?

Su ausencia aumenta nuestra desdicha de manera dolorosa. En tanto el punto no aparezca, estamos encadenados el uno al otro, y esos eslabones están hechos de rencor, apatía, vergüenza y odio. Debemos conformarnos con seguir así, desechando la posibilidad de una nueva vida. Nuestras noches son penosas, compartiendo la misma habitación, donde el resquemor tiene la estatura de una pared y asfixia, como un vapor malsano. Tiñe los muebles, los armarios, los libros dispersos por el suelo. Discutimos por cualquier cosa, aunque los dos sabemos que, en el fondo, se trata de la desaparición del punto, de la cual ella me responsabiliza. Creo que a veces sospecha que en realidad lo tengo, escondido, para vengarme de ella. «No debí confiar en ti -se reprocha-. Debí imaginar que me traicionarías.»

Era un estuche de plata, largo, de los que antiguamente se usaban para guardar rapé. Lo compré en un mercado de artículos viejos. Me pareció el lugar más adecuado para guardarlo. El punto estaba allí, redondo, minúsculo, bien acomodado. Pero pasaron tantos años. Es posible que se extraviara durante una mudanza, o quizás alguien lo robó, pensando que era valioso.

Luego de buscarlo en vano casi todo el día, me voy de casa, para no encontrar su mirada de reproche, su voz de odio. Toda nuestra felicidad anterior ha desaparecido, y sería inútil pensar que volverá. Pero tampoco podemos separarnos. Ese punto huidizo nos liga, nos ata, nos llena de rencor y de fastidio, va devorando uno a uno los días anteriores, los que fueron hermosos.

Sólo espero que en algún momento aparezca, por azar, extraviado en un bolsillo, confundido con otros objetos. Entonces será un gordo, enlutado, sucio y polvoriento punto final, a destiempo, como el que colocan los escritores noveles.

Cristina Peri Rossi

XCC: Tanto que se dice con tan poco texto. Brillante. Habré de buscar más textos de ella, vi algunos poemas por ahí y son tan contundentes como este cuento que cumple con la idea de Cortázar, dejar al lector con un knock out, como preguntándose qué fue eso que pasó por su mente y la dejó dando vueltas. Además, por si fuera poco, los títulos de sus libros invitan a leerlos, me tinca mucho "El museo de los esfuerzos inútiles".

Referencia :https://sad.org.ar/punto-final/

jueves, 6 de noviembre de 2025

60

 


Foto de Magda Ehlers: https://www.pexels.com/es-es/foto/60-numero-1339871/

En varios saludos de cumpleaños, cariñosos y llenos de fe, apareció la sugerencia de escribir una novela. Lamento decepcionarlos, pero no se me ocurre una trama que pueda alargar por más que algunas páginas. Creo que algunos cuentos daban para eso, pero hay algo que me apura, algo imaginario e irreal por supuesto, tal como la idea de que me iba a morir a los treinta igual que mi madre. Mitos familiares diría en un lenguaje algo más técnico. Eso imaginario no se ha calmado hasta hoy y no veo la razón para luchar contra esa prisa.

Estoy seleccionando cuentos para un tercer libro. Esa tarea requiere un estado de ánimo particular porque si estoy en un día lleno de voces internas ninguneadoras, los encuentro todos malos. No me pasa que tenga días de autoindulgencia tal que los encuentre todos buenos, pero sí hay días más amables en donde logro tomar más distancia y rescato algunos. He ido despidiéndome de algunas historias poniéndolas por ahí, no sin culpa ecológica porque la nube de archivos inútiles hacen que se gaste más agua para enfriar los enormes servidores en que se alojan ¡aaaagh! Pero el papel es peor ¿o no?

Se supone que los libros de cuento debieran tener una unidad temática y eso tampoco voy a lograrlo. Las historias son una especie de ensalada con distintos colores y sabores, además es difícil tomar tanta distancia como para abstraer las ideas generales, temas comunes o ideas subyacentes de una misma. O será por escamoteo no más. Eso será para quienes se toman en serio eso de ser escritor/a.

A propósito, hace poco, buscando un libro para regalar, me puse a leer las contratapas de novelas contemporáneas, porque una es arriesgada y elige sin recomendaciones de las que abundan en las redes sociales. Lo que encontré es que también las novelas son leídas como si tuvieran un propósito de autoayuda o de desarrollo personal. Una lata encuentro. Dicen que, en tiempo convulsos, como si hubiera habido otra clase de tiempo en la historia, se buscan certezas allá afuera: en un libro, una persona, un gurú y ¡horror! En lo que es peor en un movimiento político o un caudillo. Que lástima que, por más años que pasan, los ciclos se sucedan sin muchas variaciones a pesar del avance científico y el desarrollo tecnológico.

Cada vez que he puesto en palabras, dichas o no, escritas o no, que voy a hacer esto o aquello, resulta no ser así. Por ejemplo: ¡nica saco otro libro! Y ahí voy de nuevo. Lo mismo con eso de ser saludable, ordenada y tanta cosa más. Y ¿para qué? como si todo debiera tener un propósito o moraleja. Será porque sí, como dicen los niños.


Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...