viernes, 25 de abril de 2025

Don Mario

 


Casi todo el año pasado y lo que va de este me lo he pasado escuchando biografías, conferencias, audiolibros y otras curiosidades mientras hago otras cosas: conducir, jardinear, cocinar, ordenar y el sinfín de tareas domésticas repetitivas, invisibles e infinitas. Extraño la música, es cierto y cada vez que quiero escuchar algo me aparecen enseguida más videos y podcasts porque yo misma he ido alimentando el algoritmo de mis preferencias o laberintos de palabras diría un admirador de Borges.

Las biografías son, por lejos, una debilidad o una preferencia marcada en mis ´me gusta´ que toman la forma de corazoncitos rojos y pulgares para arriba en las plataformas digitales. A veces no tengo la posibilidad de detener la reproducción automática y así conocí a Don Mario, me refiero a Vargas Llosa por supuesto. Di con una conferencia que dio [1] en la universidad Diego Portales, sin buscarla. Esa fue la primera vez que lo escuché. Más allá del contenido, al que en esa ocasión no presté demasiada atención, me impactó su forma de hablar, esa voz firme y coherente con la claridad de sus ideas. Sin titubeos, muletillas ni rodeos innecesarios, como si hubiera tenido un archivo mental escrito y ensayado en modo de autoejecutable, pero dicho con entusiasmo y convicción. Me pareció un hombre viejo con una inteligencia muy superior y, sin embargo, sin intenciones de agraviar a otros con esa superioridad intelectual. Al revés, tenía la particular habilidad de hacer parecer fáciles algunos conceptos en los que otros pueden darse muchas vueltas y volteretas acrobáticas para deleitarse en su propia habilidad de volverse ininteligibles.

Desde ahí empecé a buscar entrevistas, foros y otros en los que participó y de los que quedaron registros. Escuché su biografía según diversos oradores, tarea esencial si se quiere una visión más amplia y caleidoscópica de alguien por eso de los sesgos, los inevitables sesgos. Escuché sus opiniones respecto de diversos temas y las reacciones de sus contemporáneos. Me metí, de puro copuchenta, a conocer más detalles de su singular vida amorosa y los juicios que enfrentó en cada circunstancia. A partir de esos pelambres me puse a leer La Tía Julia y El Escribidor y me resultó difícil porque me interesaba la historia con la tía y las otras interminables anécdotas me distrajeron. Todavía no lo termino. (lectora pecadora que deja libros a medias). Seguí escuchando entrevistas, conferencias y anécdotas de la vida del escritor. Porque cuando a una le da, ¡le da!

Escuché encantada la historia de Víctor Hugo, salpicada con detalles sobre Flaubert[2]. Es hipnotizante, divertida y al mismo tiempo muy técnica esa conferencia. Es para repetírsela como una buena melodía.

Y se murió.

Los videos, opiniones y juicios de multiplicaron y siguen reproduciéndose como el COVID en sus mejores tiempos. Los juicios negativos por su historial amoroso y opiniones políticas están a la par de los elogios por su talento como escritor y orador.

Un señor con una vida llena de historias y anécdotas que solo parecen ocurrir en el transcurso del tiempo de quienes pueden contarlas. Un humano tan contradictorio como no se puede más, alguien capaz de escribir La Sociedad del Espectáculo y luego emparejarse con la reina de la farándula para después volver a la casa de su ex y su familia. Un señor capaz de enfrentar toda clase de preguntas, algunas francamente agresivas, y responder con claridad por su valiente defensa de la moderación y la libertad en una ya larga época en que lo más fácil es rendirse a los extremos y lisonjear a la cultura mainstream.[3]

No me he pasado solo escuchando a Mario Vargas Llosa, también, buscando cómo hacer un paseo a Lonquimay, me encontré con la historia de la masacre de Ranquil (1934) y también me dio, escuché muchas versiones de lo mismo y todavía me faltan más. Me puse a imaginar cómo ese horrible conflicto afectó y sigue afectando a personas que eran vecinas y luego enemigas. El silencio se instaló por años entre ellos y me parece entender por qué. Vargas Llosa hubiera escrito una gran novela sobre esa historia terrible.

 

 

 



[1]  De la utopía a la libertad, UDP https://youtu.be/G6Zgq6voolo?si=IIl60mZF4jMtbwMG

[2] MVLL Mis pasiones literarias https://youtu.be/SLYic6Z1bPY?si=0x3Cai8J_eVXQoEM

[3] MVLL, sobre Gabriel García Márquez https://youtu.be/BcDlwT7Clyw?si=6wRaaNNj1rD8iqRK


martes, 22 de abril de 2025

Perfil ideal

 




En una medida desesperada, exagero por supuesto, me puse a buscar en Linkedln lo que ahora se considera una trabajadora ideal y no me vengan con eso de que depende de la empresa, del clima, del perfil del jefe superior. Hay palabras que se ponen de moda y parece que hace rato estoy hablando otro idioma o entiendo todo mal. No sabía si actuar como una profesional dispuesta a la esclavitud más absoluta, con tal de ser parte del proceso de consecución de objetivos, y entonces, disfrazada de joven con enorme potencial, casi hacer una venia a quien quisiera contratarme; o mostrarme como alguien con una confianza a toda prueba, con condiciones de liderazgo del que se necesitara: participativo, autoritativo, apreciativo, situacional, transaccional, pero con sólidas convicciones personales.

O tal vez hacer propias esas listas de lo que dicen que hacen las personas de éxito: levantarse a las cuatro de la mañana, hacer actividad física, comer en las horas que lo permite el ayuno intermitente, siempre que se trate de comida cocinada por una, con mucho huevo, verduras y tés de hierbas que no conozco; vestirse con colores neutros, de manera que quede en evidencia el buen gusto y dinero, pero sin ostentar; pensar positivo todo el día y al mismo tiempo estar conectada con las emociones, pero no tanto como para perder el control y desregularse, pecado capital fuchi fuchi, de lo peor que le puede pasar a alguien en cualquier circunstancia. Conmoverse sí, pero con clase. Llorar sí, pero sin sollozos ni mocos, reírse sí, pero sin carcajadas que puedan irrumpir en el espacio personal del otro. Aprender también para qué es aceptable querer tener dinero, no por ambiciosa, no por superficial, sino para viajar, aprender, disfrutar de la naturaleza, de los sentidos, de la compañía de personas que sumen. No para pagar un arriendo, para llegar a fin de mes en azul y menos mencionar el ahorro para períodos duros porque alguien de éxito no piensa en que algo puede resultar mal. En los hobbies hay que incluir la lectura de al menos dos libros al mes, para eso hay resúmenes en podcasts de moda, la meditación, alguna manualidad y el orden inmaculado del dormitorio y todo el espacio vital.

Llevo casi seis meses sin trabajo porque renuncié, pero tampoco puedo decir con sinceridad lo que me pasó porque está mal visto hablar mal del lugar anterior en donde una fue a caer, pero aquí lo puedo contar: estaba trabajando con un jefe tan mediocre que hasta una vez lo escuché decir que me había seleccionado porque me encontró útil, pero tontona, así es que jamás podría ser una amenaza para él, no se me iban a ocurrir ideas aportadoras y tenía el perfil de aplicada obediente que él requería para seguir siendo indispensable. Lo escuché cuando hablaba con un amigo por teléfono, así de huevón. Me había dado cuenta de cómo parasitaba de todos los integrantes del equipo, se apropiaba no solo de las ideas, también de las críticas a distintos proyectos de manera que frente al gran jefe aparecía como un tipo leal y al mismo tiempo independiente de pensamiento. El tipo vivía pensando en cómo posicionarse mejor, cómo convencer, y convencerse, de lo indispensable que era en el negocio. Nunca conocí a alguien tan centrado en los rumores ¡ni en el colegio! Estaba pendiente de quién y para qué entraba alguien a la oficina del gerente general, se quedaba todo lo que podía hablando con la secretaria, hasta corrieron rumores de que tenían onda, pero yo me daba cuenta de la cara de la pobre. Al principio lo trataba bien, pero luego ya le parecían odiosos sus interrogatorios y ponía malas caras sin disimulo, él único que no se daba cuenta, o no quería hacerlo, era ese tipo. A mí me dijo que era casado, después sospeché que hasta eso era una mentira para parecer correcto, acorde al cargo, pero no, había una mujer en el mundo dispuesta a aguantarlo. − La necesidad tiene cara de hereje − decía mi abuela para explicarse esas uniones raras.

El gerente debe ser harto de las chacras también, o naïve, para decirlo de mejor modo, que no se da cuenta de la calaña de su ´mejor colaborador´ como lo llamaba en los tres aniversarios de la empresa en los que alcancé a estar.

A mí me trataba, al comienzo, con máxima distancia laboral, Azucena para allá, Azucena para acá, (qué le voy a hacer, así me pusieron mis padres); revise estos informes por favor y haga comentarios. Tenía que detectar fallas en los manuales, en la descripción de procesos, si los gráficos eran los más adecuados para mostrar los datos, si estaban acorde a las normas de calidad de la empresa y si, así como iban los avances, se alcanzarían los plazos propuestos por los clientes. Eso era al principio, después me tocaba ir a verificar en terreno si era efectivo que las cosas se hacían como se decía en el informe y encima proponer mejoras porque había que optimizar los presupuestos y mejorar la productividad. A los trabajadores de las diversas áreas les parecía raro que me metiera tanto en sus tareas, me fue difícil al principio, nunca he sido confianzuda y a cada rato decía que eran órdenes de arriba, eso abre puertas, pero no cierra sospechas y ahora que estoy afuera me han contado que pasé por toda clase de atribución de intenciones, ninguna buena por supuesto.

De tanto trabajo y tan distinto, al año conocía en detalle lo que hacían casi todos. Propuse automatizaciones de procedimientos y de a poco, sin darme cuenta casi, comencé a anotar las falencias que según yo había en cada unidad y en rojo lo que a mí me parecía que había que hacer para remediarlas. A veces eran tonterías como que si se dispusieran las máquinas en una orientación diferente se facilitaría el desplazamiento de los trabajadores y mejorarían el tiempo de respuesta e incluso habría un menor índice de accidentabilidad.

Eso detonó mi salida, mi jefe andaba en Dubái, porque se las había arreglado para que le dieran los mejores viajes en busca de innovaciones aplicables a la empresa. Llegaba de cada destino con carpetas de folletos, cotizaciones, fotos e ideas que eran estupendas si se hubiera tratado de una fábrica de autos de fórmula uno, pero la empresa se dedicaba al armado y reparación de maquinaria agrícola. Como el verso arregla todo y siempre se las ingeniaba para decir que no se trataba de copiar sino de llevar prácticas de un ámbito a otro para que se tratara de verdadera innovación y no de réplicas de experiencias, el gerente le seguía creyendo.

Un trabajador se enredó en un cable, cayó mal, quedó hospitalizado por un TEC cerrado y fractura del antebrazo, de cúbito y radio, decía el informe. Ese día todo estaba mal, la tormenta perfecta de errores, ausencias y encima, apagón en la ciudad. Esos asuntos nunca llegaban al gerente, pero como ese día todo estaba raro, terminó casi él mismo resolviendo la tremenda escoba que quedó. Un compañero del trabajador accidentado detuvo un proceso para que no se dañara el generador y estalló otra máquina. En realidad, pudo ser mucho peor, casi nos incendiamos por completo.

Yo me encargué de la UPS, si nos quedábamos sin información ya era el colmo. Estaba verificando algunos puntos cuando me llamó a su oficina el gerente. Estaba casi al borde del ataque de pánico, hacía todos los esfuerzos para controlarse, era como si necesitase que alguien le dijera que todo iba a estar bien, que podía respirar tranquilo, nadie se murió y las pérdidas del día eran recuperables en un plazo breve. Entendí por qué confiaba en un chanta como mi jefe, que por lo general hablaba como si tuviera un doctorado en todos los temas, le daba certezas que nadie tenía, lo tranquilizaba y le hacía sentir que las cosas estaban bajo control.

Me preguntó miles de cosas, detalles incluso insignificantes y yo le dije que para ordenarnos deberíamos ir por áreas y saqué mi tabla eterna de puntos a mejorar. Se calmó, respiró profundo y me pidió que se la compartiera. Le dije que si quería la arreglaba para que la entendiera porque estaba llenas de abreviaturas personales y observaciones que no se entendían sin contexto. Ya era tarde y había que irse, me dijo que cuando volviera mi jefe se la presentara con él en una reunión.

Eso hice, mi jefe volvió de Dubái, feliz y lleno de ideas, ninguna suya. La atmósfera se volvía pesada e intranquila cuando estaba mi jefe, los que podían evitarlo lo hacían, yo no podía porque era la mano derecha del mano derecha. La reunión con el gerente quedó para la tarde, me persiguió toda la mañana para que le presentara antes a él o que al menos le enviara un resumen. Con tantas cosas a mi cargo, que él mismo me había asignado, y dado que el tiempo no es tan elástico como él quiere, no alcancé. Tampoco es que tuviera muchas ganas. 

La dichosa reunión se hizo después de almuerzo. Apenas entré me di cuenta de que mi jefe se había ganado la antipatía de los otros de su misma jerarquía, le preguntaban con tono cínico acerca de su último viaje, si ya tenía listo el siguiente destino y parecían un grupo de envidiosos sin ganas de disimular sus malos sentimientos. Recibí muchas preguntas y buenos comentarios mientras presentaba. La jefa de mantenimiento me dijo que ahora entendía que anduviera metida por todos lados, que podía ver que estaban los elementos para una estrategia general de mejora de flujos que ella encontraba indispensable. El gerente general tenía una expresión extraña, no soy muy buena detectando caras parece porque no sabría decir si estaba confundido, enojado o tenía sueño. Preguntaba poco y prefería comentar a mi jefe sin que los demás pudiéramos escuchar. Al final, creo que más por la antipatía hacia mi jefe que por mi presentación, me felicitaron más de lo necesario y uno se atrevió a aplaudir sin que los demás lo siguieran. Mi jefe hizo lo de siempre, se atribuyó muchas observaciones e ideas. Hasta el gerente miró hacia abajo y comenzó a sonreír meneando la cabeza de lado a lado. Yo no dije nada, me despedí y agradecí el espacio de la reunión. No sé, buenas costumbres de la casa, hábitos de provinciana serán. 

Ellos siguieron por más de una hora y yo volví a lo mío. Mi jefe me llamó a su oficina en cuanto salió. Me trató de lo peor, la verdad me sorprendió, y me acordé de eso de tontona y obediente, esperaba alguna clase de reconocimiento la verdad, en lugar de eso me dijo desleal, mosquita muerta, escaladora, desclasada, ineficiente y casi me culpa del accidente del trabajador. Lo vi como una especie de dragón de poca monta que me lanzaba llamas y malos olores por su boca y que su único objetivo era verme llorar. No sé cómo, pero logré parecer tranquila. Escuché su perorata abyecta y casi podía verlo convertirse de dragón en gusano.

- ¿Terminó? 

- Sí, sal de aquí. 

Si hubiera podido creo que me hubiera empujado, a cambio dio un portazo sonoro y cobarde.

Lo que vino fue peor, por semanas me sobrecargó de tareas estúpidas e incoherentes entre sí, cambiaba las prioridades a cada rato de modo que no podía avanzar en nada. Además, tenía que avisarle de cada llamada de otra unidad que recibiera. Y yo lo hacía, obediente, claro. Calzaba con mi perfil.

Comencé a cansarme como nunca antes. Un par de días llegué atrasada porque dormía mal en la noche y no escuché la alarma del teléfono. Era fin de mes. Llegué y revisé mi liquidación de sueldo, venía con un error grosero, harta plata de menos. Me estaba poniendo de pie para ir a preguntar qué había pasado cuando entra mi jefe con un papel de observaciones, una genial idea del departamento de recursos humanos, para que firmara los atrasos y el descuento en puntaje que eso tendría en mi evaluación de desempeño. 

Me dio la locura, reventé. Agarré el papel, lo rompí y lancé los pedazos a su cara, comencé a gritarle de todo: gana pan, chueco, miserable, mediocre, chupamedias y poca cosa, como me quedó gustando ese último insulto lo repetí gritando más fuerte con mayúsculas y separando las sílabas PO CA   CO SA. Tomé mi cartera y renuncié. 

Aquí estoy, buscando trabajo y rogando para que no llamen a mi exjefe para pedir referencias mías. Una amiga me recomendó que fuera a un coaching laboral . Fui y me dijeron que tenía que trabajar mi control de impulsos, tolerancia a la frustración, aprender a poner límites y mejorar mi asertividad.



miércoles, 16 de abril de 2025

No sé mañana

 

Foto de Heber Vazquez: https://www.pexels.com/es-es/foto/puesta-de-sol-mujer-silueta-tarde-15969258/


La escena era tan absurda que se reía sola. Solo que después, durante la ocurrencia de los hechos no podía sacarse el traje de seriedad y formalidad que según ella correspondía a su rol de ejecutiva de pensiones. Siempre con la mirada en el beneficio del cliente, pero sabiendo que debía captarlo como fuera. Si sonreía de una manera muy espontánea todo podía irse al carajo, solo podía esbozar un rictus de agrado que generara confianza y nada de familiaridad que pudiese parecer una cercanía sospechosa. Vestía un correcto pantalón negro, un sweater gris con escote en v que dejaba ver una blusa blanca inocua y un infaltable blazer pasado de moda.

Cuando en la compañía vio la agenda de visitas del día aparecía Héctor Mardones Cabrera. Trataba de recordar los nombres para reforzar aquello de la atención personalizada y que la asesoría pareciera más bien una conversación en lugar de una venta de servicios. Le habían preparado la carpeta para don Héctor con sus datos de cotizaciones y ahorros previsionales voluntarios, llevaba también las propuestas de renta vitalicia que, dadas las condiciones de incertidumbre del mercado, era la única opción vendible. Ella hablaba en porcentajes, probabilidades y trataba de evitar conceptos como enfermedad, muerte y siniestralidad. Trataba de utilizar conceptos como esperanza de vida, tranquilidad, seguridad. Las palabras importan, le decían en cada capacitación de ventas. Además, recalcaban hasta la caricatura las diferencias generacionales y la adaptación a los usos sociales de los mayores. Para eso se requería observación de los detalles, fíjense en el pelo, por lo general acompañaban esa frase con un chiste viejo y repetido – ¡si es que les queda! – ojo con la ropa, en el maquillaje en el caso de las mujeres, miren la postura corporal. Todo iba dirigido hacia la determinación de la actitud del cliente: se trataba de un viejo con ganas de seguir trabajando hasta la muerte, de alguien cansado cuyo máximo sueño era irse a la casa a ver películas; de una persona previsora con una cartera de inversiones diversificada que tenía planes hasta para tres vidas más, de alguien que nunca planificó nada, solitario o sociable. En fin, y por supuesto, la entrevista debía determinar si había personas dependientes de su futura pensión, si había fondos compartidos y una serie de factores, cada uno con un puntaje asociado.

La ventaja de su trabajo era que pocos estaban informados, parecía casi un estado de negación aceptado por grandes grupos, ella misma había entrado a trabajar en ese rubro porque casi se cayó de espaldas cuando vio su propia pensión. Además, era más sana de lo que esperaba y por lo tanto debería prodigarse más ahorros a cómo diera lugar. Sonaba raro considerar un problema lo de la extensión de la expectativa de vida. Dar información actualizada y de forma sencilla era su forma de sentir que contribuía y no era una pieza más del sistema esquilmando a trabajadores que cumplieron las reglas del juego. De paso, cada cliente era una contribución más a su fondo para el futuro.

II

Comenzó a sonar una salsa, los versos repetían casi palabra por palabra el argumento que Eva quería escuchar y que cualquiera de su edad tenía tan aprendido como un rezo o una poesía de los años escolares para iniciar una aventura de gente grande. – [1]yo no sé mañana −. Su compañero de baile era guapo y bailaba, daba lo mismo cómo, el punto era bailar. Sentía su mano en la espalda y luego, sin hablar estuvieron coordinados en un discurso interno mutuo que solo requería movimiento, risas y miradas.

Que mal que estuvieran presentes tanta gente que la conocía, mal que mal la vida continuaría y vería de nuevo a muchos de los que la miraban mientras bailaba con el guapo de la fiesta. Que raro se sentía eso, de haberlo experimentado en la adolescencia, la historia sería otra, pero a estas alturas en que ya pocas cosas importaban, seguía pendiente del buen concepto que otros pudieran tener de ella. Las amigas la buscaban para decirle con el pulgar que les gustaría estar ahí. Eva esquivaba el contacto. Algunas le decían cosas que no lograba escuchar. ¿Por qué a algunas personas parecen querer conversar en contextos donde es imposible? Esta vez le tocaba el rol de la suertuda del baile y no iba a desaprovechar la oportunidad de disfrutar ese territorio.

Era casi divertido hacerse la indiferente a las miradas acosadoras que querían y al mismo tiempo no, ser testigos de los avances en el contacto físico. Era parte del juego de las mujeres y hombres en el baile. Podría ser un buen chisme, podría ser un excelente chisme, de esos que permiten juzgar a otros y al mismo tiempo posar de sabios consejeros y decir las frases maduras que todos han aprendido en la tribu, desde siempre, pero también estaba el deseo, de los otros, de que no ocurriera nada y así todo quedaría en el plano de la fantasía y los juegos peligrosos.

A veces, para escapar de sus propias sensaciones, solía imaginar que su conciencia sobrevolaba encima de distintas situaciones, se separaba entonces de la escena para observarla desde otro ángulo. Podía casi advertir desde lo alto la dinámica de los acercamientos de los grupos y cómo se armaban y desarmaban alianzas momentáneas según la música y otras intenciones. Se distraía en esas observaciones mientras esperaba alguna explicitación de intenciones, un secreto acuerdo de salir, él primero y ella después, para dar curso a lo que era tan evidente, al menos para ella: ese deseo que surgía a borbotones por tanto contacto entre los cuerpos.

Podría haber argumentado cualquier cosa, la letra de la salsa con la que comenzaron a bailar, la inminencia del fin del mundo en el 2012, la naturalidad de la biología, lo que fuera y ella hubiera dicho que sí incluso a alguna propuesta vaga. No importaba si no sabía siquiera su nombre. Podría haberse ofrecido a llevarla a su casa con un breve desvío. Eva quería decir algo, pero de un modo fantasioso sentía que había dicho todo cantando las canciones que se sabía y que su cuerpo la había delatado en cada movimiento, en cada acercamiento.

Terminó la fiesta y cada uno partió por su lado, con una despedida tan formal como los manidos saludos cordiales al final de cada correo electrónico. Soñó con el guapo de la fiesta esa noche y otra más.

III

Cuando la secretaria le dijo a Eva que pasara a la oficina de don Héctor Mardones, que la estaba esperando se encontró, doce años después, con el guapo de la fiesta. Lo reconoció por los ojos, la sonrisa y el porte. Simuló no conocerlo dando por sentado que él no había notado su presencia en esa fiesta tan lejana a estas alturas. Se presentó y comenzó el habitual despliegue de su discurso técnico diciendo lo de siempre – seré breve don Héctor, se ve que es un hombre ocupado− a todos les gusta oír eso porque casi no hay nada peor visto que alguien que no es productivo durante todo el período de vigilia y tal vez incluso durante el sueño, que debe ser reparador, de mínimo siete horas y ojalá más, sin interrupciones ni pesadillas que puedan revelar alguna acumulación del temido cortisol. Una vez que le entregó la carpeta con la información de su caso y Héctor la leía rápido, recorrió con la vista la oficina. No era muy diferente de otras que había visitado en ese mismo edificio de Vitacura, muchos ventanales, madera oscura, buena temperatura y minimalista, tal vez su escritorio estaba un poco más desordenado que otros, con notas y gráficos dibujados en hojas dispersas encima, hábito que aún tenía la generación de personas que comenzaban a planificar su pensión.

El potencial cliente, vestía de azul en distintos tonos, clásico y correcto. La corbata revelaba su conservadurismo más que la posición jerárquica en su trabajo. Le agradó su formalidad, Eva no soportaba a aquellos que la tuteaban y lanzaban risotadas de la nada haciéndose los vivarachos y seductores como si pudieran logran más intereses en sus fondos por sus intentos de envolverla en una seudo relación amistosa.

Era agradable Héctor. Formal y distante, pero interesado en entender y preguntar lo necesario.

En un nuevo sobrevuelo sobre esta escena le pareció que la vida era extraña por la forma en que se dibujaban los encuentros y desencuentros, ahí estaba el absurdo que casi la hacía reír, pero ya era una maestra, casi, en el control de sus expresiones.

−No se me ocurre qué más preguntar para alargar esta reunión, estoy seguro de haberla visto antes y solo se me viene una canción a la mente. Dijo esto con una inesperada y amplia sonrisa, retirándose los lentes de lectura para mirarla de frente.

Eva ordenó la carpeta y se levantó para despedirse, se acercó un poco y en una conducta muy fuera de su repertorio habitual, cantó un pedazo de la salsa que había bailado con él “yo no sé si tú, no sé si yo…”.



[1] Luis Enrique, Yo no sé mañana, https://youtu.be/2PVi95J-FMo?si=qUB36Q6g0eagJEMm

 

viernes, 11 de abril de 2025

Mariposa inefable o sobre escribir

 


Foto de Walter Smeijers: https://www.pexels.com/es-es/foto/verano-hojas-mariposa-flora-19535583/

Ayer salió por ahí, en alguna de
las plataformas de imágenes y videos que frecuento, una cita de Paul Auster, como
es habitual no la recuerdo con exactitud. Se refería al hábito de escribir y la
imposibilidad de dejarlo porque es al mismo tiempo doloroso y necesario. Busqué otra cosa recién y, obvio,
me salió el mismo Paul Auster diciendo que escribir era un trabajo arduo que
consistía en hacer aparecer como fácil algo muy difícil como que un párrafo
diga lo que quiere decir, con el ritmo y la energía que él quería expresar. Eso es tomarse en serio eso de
escribir. Justo ayer también una querida
amiga, una de las responsables en que decidiera atreverme a publicar algunos de
mis cuentos, me envió un audio al que también se sumaba su marido, elogiando el
Café Literario y otros cuentos y diciendo que debería dedicarme a escribir. He pensado harto y lo cierto es que
me lo paso escribiendo, todo el día, todo el tiempo en que estoy en vigilia,
solo que no puedo traspasarlo a un archivo. Tengo tantos filtros ahora que nada
me parece digno de ser contado o demasiado personal o inapropiado o sin sentido.
Las últimas historias que subí son, en mi opinión, tan intrascendentes que podría
eliminarlas y no me acordaría de ellas, de hecho, casi no me acuerdo. Puedo
juntar palabras y hacer frases más o menos entendibles, pero no se conectan con
nada o casi nada. Hasta esto es difícil de escribir. Conozco historias interesantes de
otras personas, pero no es cierto que se pueda vampirizar la vida de otros, al
menos yo no puedo. Me encontré una mariposa blanca el
otro día, o ella se encontró conmigo y me puse a inventar una historia sobre la
percepción, pero quería escribir sobre extrañar y entonces no pude seguir.
Falta de disciplina, perseverancia o de sentido puede ser. Tal vez escribir requiera de un
plan interno, una especie de convicción o coherencia interna que es difícil de
encontrar o aceptar. O un para qué que no esté ligado a lo útil, que no sea
instrumental a un objetivo. Lo intentaré de nuevo. Debajo del
búnker de filtros, debe haber algo todavía que quizás quiera ser expresado,

(no sé por qué salió así el formato del texto)

martes, 18 de marzo de 2025

Bruma, sombrilla y colores (completo)


 

Una vez que la débil sombrilla se voló por completo y en el afán por alcanzarla, no por el interés en recuperarla sino solo por el daño que podría provocar en alguien, decidió partir. El calor era insoportable y la arena caliente dejó sus pies algo quemados en la breve carrera por alcanzar ese objeto chino. Era obvio que no iba a servir en una playa del sur y en ninguna parte. Lo peor era salir de la invisibilidad para ser observado mientras perseguía esa baratija. La semana siguiente estaba ahí mismo bajo un paraguas tan inútil como la sombrilla. La lluvia no respetaba la verticalidad esperada así es que los pantalones estilaban y arrastraban arena mojada.

No era de ahí, eso lo sabían tanto los demás como él mismo. – Es difícil sentir que uno es de alguna parte en estos días – casi lo dijo en voz alta, por si el paisaje respondía. Era feliz en la tormenta, en medio del viento, los árboles y la lluvia y ahora, menos taxativo frente a distintas circunstancias, también apreciaba el efecto del sol en el reflejo del agua y la abundancia de colores. La familiaridad con el entorno a veces opaca el efecto estético de los lugares en donde se desenvuelve la vida, eso debe ocurrir a los habitantes de lugares turísticos. Para ellos la presencia de volcanes, bosques de árboles milenarios, ríos, lagos y el mar, tal vez no parezca ser tan milagroso como para los visitantes, en ese sentido, ser un afuerino eterno y no un oriundo, era una ventaja.

Si ahondaba en la sensación de afuerino, podía generalizarla a casi toda su vida, por razones que conocía bien desarrolló una curiosidad por las personas en comunidades, cómo hacían para organizar la vida, los rituales que seguían y aquellos patrones que se repetían cada uno con explicaciones diferentes de cómo y por qué se iniciaron y más aún, se mantuvieron.

Un observador participante. En primer año de antropología oyó hablar de esa técnica de investigación, estar y no estar, la doble conciencia en acción. Sus habilidades de adaptación lo hacían ideal para allegarse a casi cualquier grupo humano, además de una apariencia poco llamativa, sin ningún rasgo físico que pudiera generar borbotones de prejuicios en los nortinos y sureños. No más que la habitual desconfianza de los que saben de la utilización de los citadinos de su, a estas alturas, casi extinta hospitalidad y bonhomía. Además, había ido desarrollando la habilidad de adoptar los distintos acentos del país. Camuflaje cultural llamaba a ese proceso.

En algún momento, de tanto observar a otros advirtió que se había transformado en una forma de ser; un permanente estado de alerta del que ya no era posible distinguir si esa era la única vía de relación con los demás y, peor aún, consigo mismo. Los bosques, el agua, paisajes grises o coloridos eran el espacio donde podía ser libre y feliz, ahora en especial, que ya no había nada que demostrar o superar y su rol era cada vez más teórico que operativo. Debía dedicarse a leer informes y, a lo más, ser parte de comisiones en la toma de exámenes cuando en el departamento académico se acordaban de que existía. Lo peor era la burocracia, estar lejos lo ayudaba a desentenderse de las demoras porque faltaba el visto bueno de algún colega de otro departamento. Se había cansado de las comisiones de ética que de modo invariable planteaban objeciones al filo del plazo y entonces los investigadores comenzaban a taparlo de correos, llamadas y mensajes en todas las plataformas como esperando alguna acción de salvataje de su parte; lo situaban en un lugar en el que le atribuían más poder del que tenía y sobre todo lo volvían visible a otros. Ya se había cansado de eso, de pelear por otros, de representar un papel de mediador y en el que se sentía obligado a ser diplomático para no herir susceptibilidades de las vacas sagradas, cuando lo que correspondía era gritar un par de insultos por la flojera y la indolencia. Peor le resultaba ese rol de contenedor emocional de los alumnos que habían recibido de su misma parte la advertencia del manejo de los plazos y que, como jóvenes que eran, el tiempo parecía moverse en una velocidad diferente y personal. Lento como en una sala de espera al inicio del proceso y como la luz las últimas tres semanas.

También observaba a los alumnos como una comunidad de jóvenes ¿qué tenían en común con los del sur o con los del norte? Más de lo que hubiera sospechado, los videos virales habían unificado el lenguaje, el humor, las quejas, las risas, los anhelos y usaban los mismos memes para explicar algún problema, pero era una identidad difusa, compartida con el mundo, al menos ese que se mueve como mercancía de contenidos. Les resultaba más complejo identificar algo que fuera propio, aunque se esforzaban hasta lo indecible por diferenciarse. Esos temas le seguían apasionando. Así como también esa generación de adultos apurados por vivir luego de haber dejado atrás anhelos personales por la sobrevivencia y el llenado de tareas del ciclo vital. Los que intentaban volver a su tierra de origen y reaprender de lo que renegaron en su adolescencia por irse a la ciudad a trabajar o a estudiar y mejorar el estatus de sus padres. Estaban también los que no habían salido y se quedaron al alero de sus padres, esperando que los hijos siguieran el mismo sendero a pesar de las intenciones del estado y las empresas para que aprendieran a desenvolverse en un modelo de mercado tecnologizado. Ahí seguían, bajo la línea de la pobreza y viviendo en un país que se llamaba igual, pero que no era, ni de cerca el mismo. En el extremo sur era inexplicable el concepto de nacionalidad, excepto para los partidos de fútbol y los chismes de la farándula. Había poco interés por esos temas, al menos desde el punto de vista de la antropología cultural. Consultoras al servicio de empresas, partidos políticos e instituciones del estado trabajaban según el prisma de una agenda y si bien lo intentó, no pudo soportarlo. Lo trataron de remilgón y purista, de ingenuo y defensor del status quo. Después de todo, su capacidad de adaptación no era tan laxa, admitió con satisfacción. Ahí comenzó el retiro.

Ya era tarde para muchas cosas, pero no para intentar ser parte de algo, del paisaje, de diversos paisajes, diluido y translúcido entre distintos tonos de verde, azul y gris.

Solo que la vida sorprende, más de una vez inclusive. No tuvo que hacer nada, ya estaba en la nómina de prescindibles. Le avisaron por correo en una nota redactada por inteligencia artificial. Se dio cuenta por lo sentimental y pulcra de la redacción y en especial por la claridad en el procedimiento a realizar. Hasta estaban incluidos los títulos de algunas tesis que dirigió y que le habían valido algunas entrevistas en un par de diarios de circulación nacional. Venía, además, una explicación o algo así acerca del difícil momento que pasaba la universidad y que debían privilegiar los estudios ligados a la producción de bienes y servicios y que, entendiendo bien que esa era una lamentable pérdida de perspectiva, no había otra forma de seguir subsistiendo como departamento.

Como fuera, no dejó de sentir algo de nostalgia y más rabia de la que ya tenía por su incapacidad de demostrar que el conocimiento de las comunidades, no necesariamente vinculadas a la producción, a la larga iba a permitir una sustentabilidad duradera y más global. Se trataba de mirar más allá de la mitigación como se entendía hasta ahora y los premios de consuelo, como plazas y juegos infantiles, que las grandes empresas ofrecían a los habitantes divididos en asociaciones poco representativas.

Ahora no tenía interlocutores para su discurso y no le quedaba más que adaptarse a vivir sin una ocupación formal, podría tal vez poner en práctica algunos proyectos conversados con algunas personas que conoció en sus investigaciones. Ninguno muy original, ninguno muy rentable, pero que podían dar lo suficiente para sobrevivir sin traicionarse.

Se dio como plazo cuatro meses para echar a andar algo y arriesgarse a un mal resultado y poder empezar de nuevo, hasta achuntarle. Se acordaba de su profesor de educación física con esa palabra − ¡achúntale Rodríguez! −. Lo peor fue el esfuerzo de explicar y explicarse lo que pasaba, por primera vez no podía esconderse en el disfraz de antropólogo y no era fácil presentarse porque ¿quién era ahora? ¿qué era ahora? Era un cesante, sonaba más fácil decir ´profesional independiente´, un eufemismo nacional. En todo caso, a los casi cincuenta años, esa sensación de vértigo y adrenalina de no tener la vida ordenada, de por primera vez no saber qué responder frente a preguntas más imaginarias que reales, era algo nuevo y que casi rozaba lo angustiante. No tenía hijos, sus padres habían muerto y la familia que quedaba estaba compuesta por su hermano, el correcto, con esposa, hijos, casa propia y una carrera impecable como abogado laboral. Era un buen tipo, siempre había estado dispuesto a ayudarlo como un hermano mayor que no renuncia a lo que sus padres le dijeron era su responsabilidad. Lo recibía en su casa cada vez que iba a Santiago, lo único incómodo era su esposa, había hecho ingentes esfuerzos por congeniar con ella, pero no había caso, era algo en su voz, en el rictus fijo de su expresión, una especie de sonrisa fingida, tal vez como la propia, que los hacía repelerse. Además, no había ocasión en que no le dijera que consideraba una maravilla la vida de él, sin responsabilidades. Ahora solo sonreía, pero antes le parecía un menosprecio mal disimulado. Claro, trasladarse de ciudad, incorporarse a diversas comunidades, observar y escribir para a veces cuatro proyectos simultáneos debía parecer muy fácil. Y estaba lo de explicar, casi en cada visita, en qué consistía su trabajo, sabiendo que a la siguiente le volverían a preguntar lo mismo. La única que notaba su molestia y alegaba contra su madre era su sobrina menor Daniela, que lo veía como una especie de Indiana Jones extraviado en el país, pero que algún día saldría en las noticias igual que el chascón de los temblores y sería famoso.

Le parecía muy absurdo hacerse problemas por decir que lo habían despedido y que no tenía ganas de seguir en lo mismo, pero pasaban los días y estaba paralizado. Esos días de libertad, se convirtieron en un episodio extraño y lo que aparecía tan claro en su mente en los primeros instantes, se fue enlenteciendo y convirtiendo en un laberinto en el que a cada paso que se le ocurría, aparecía un obstáculo imaginario. – no soy bueno vendiendo, no soy partidario del lucro, no puedo arriesgar lo poco que tengo −. La carta de despido le llegó por correo electrónico y físico a Coyhaique, ahí se desarrollaba el último proyecto. Al menos alcanzó a estar en sus cabales el suficiente tiempo para despedirse de los vecinos de Mañihuales que se resistían a dejarlo ir porque lo encontraban simpático y lo consideraban uno de ellos. No explicó las razones de su partida.

Se estaba alojando en una cabaña para turistas, cerca de un río al que bajaba a diario para sacarse la incomodidad del encierro. Había prolongado el arriendo por dos meses más. Al principio sesenta días parecía un plazo eterno, como las vacaciones de verano de un escolar. Los días comenzaron a deslizarse con rapidez entre su parálisis interna y el verano que trajo muchas personas atraídas por las publicaciones en múltiples plataformas. Lo notaba por el cambio de vecinos de las cabañas de los lados. No se le ocurría nada, no quería gastar en nada, dormía poco y hasta había comenzado a extrañar ese período en que añoraba ser libre y tener los días enteros para dedicarse a sus intereses. Solo que sus intereses, ahora lo advertía, eran restringidos y pobres. Tenía un montón de libros digitales, ninguno era de otro tema que no fuera de su ámbito profesional. ¿Quién era sin su traje de antropólogo, de investigador? Esa pregunta lo martirizaba, era un total inútil. No sabía cómo obtener dinero si no era trabajando en lo que siempre había hecho.

Una vez que se terminaron sus provisiones, se fue caminando al centro de Coyhaique, no quedaba tan cerca, pero tiempo y desesperación era lo que más tenía. No se había afeitado y la barba entrecana le daba un aspecto, al fin, de lugareño. Había sol y corría viento. Las nubes voluminosas y blanquísimas no hacían presagiar lluvia. Caminaba encandilado y lamentando no haber sacado su sombrero, ese que su sobrina pensaba era el mismo de Indiana Jones.

      ¡Profesor! ¡profe! ¡Oiga caballero! ¡Don Guillermo!

Un furgón de turismo se detuvo junto a él. Reconoció a Jorge, el conductor, guía turístico, buscavidas que lo llevaba a Mañihuales cuando trabajaba en el último proyecto.

      ¿Quiere que lo lleve? ¿va pa´l centro? Espérese que le abro.

No alcanzó a responder que prefería caminar y no hablar con nadie. Se subió, no sin cierta incomodidad, tratando de hilar algo para explicar su aspecto y sobre todo su falta de algo que hacer.

           ¡Se quedó sin pega profe! −Jorge lanzó la frase sin anestesia y con toda naturalidad − ¡Así no más! − Tan fácil fue decirlo que la locura y la vergüenza de los instantes y días anteriores le parecían emociones ridículas.

Se produjo un silencio incómodo y de pronto Guillermo lanzó una risotada que contagió a Jorge, casi llorando de la risa le confesó que sentía mucha humillación. La risa contagió a Jorge que casi no podía manejar. Nunca había oído reír al profesor Rodríguez, él era el único que lo trataba de don Guillermo porque eso de profesor le parecía demasiada pleitesía de su parte. Le pareció una risa contagiosa, de esas que estremecen todo el cuerpo. Tuvo que detener el furgón porque no podía parar de reír y Guillermo tampoco.

Por un segundo, o menos quizás, pensó que era un momento de descontrol emocional, como si de pronto fuera a llorar igual que cuando era un niño de seis años y no quería ir al colegio al otro día. Era una escena que había querido olvidar, pero que cada cierto tiempo volvía. Todavía podía sentir el escozor en la mejilla por la cachetada que le dio su madre al notar que era una risa de angustia − ¡contrólate, Guille! – acto seguido lo mandó a la cama y la escuchó decir a su padre – no se me ocurrió otra forma de calmarlo y por favor déjalo solo – el padre fue a abrazarlo y le preguntó si pasaba algo en la escuela, que por qué no quería ir, pero estaba tan paralizado por la orden de la madre que solo podía rascarse la cara como si eso sirviera para algo. Se fue a acostar, llorando a mares, hasta que no salía nada, ni llanto y menos risa y sin poder responder al padre, que se fue de su lado solo cuando se hubo tranquilizado. Escuchó un rato la discusión entre sus padres, pero no distinguía las palabras y el murmullo, más el cansancio lo hicieron dormir.

− ¿Puede creer que me daba vergüenza decir que me echaron de la pega? Y volvía a reírse con más ganas − y que no se me ocurre qué hacer.

− Le creo, le creo− dijo Jorge cuando logró controlar la respiración Ya le conté a usted, me retiré de carabineros y decidí venirme porque no aguantaba más, inventaba toda clase de cosas, que era un premio a mi trayectoria, que había participado de operaciones secretas y había jurado máxima discreción hasta cincuenta años más. Y los tontos me creyeron ¡hasta miedo me tenían! Solo que un día, hace como ocho años, un ex oficial, mi último superior, vino de vacaciones, me reconoció y empezó a hablarme de mi pedida de baja. – ¡Ahora que conozco su tierra lo entiendo pueh! Muy bonito aquí como para andar arriesgando la vida por barrios pobres y feos en Santiago. Fue una buena decisión −, me lo dijo delante de los otros choferes de turismo. De ahí que me agarran pa´l hueveo por aquí, por eso me dicen agente Jorge, pero qué importa. Ni guardia de seguridad quise ser. Nunca más un arma ni un palo, traje a la polola a conocer y la convencí de quedarnos por aquí, a ella le encantó y entre los dos armamos esto del transporte de turistas. Al principio manejé un colectivo, después me aburrí y así siguió la vida.

− Y ¿no tendrá una peguita pa mí por aquí?

No supo de dónde sacó valor para hacer esa pregunta

− ¿Me habla en serio?

A esas alturas habían retomado la ruta y estaban cerca del supermercado.

− Aquí lo dejo don Guillermo, me voy a buscar unos pasajeros. Otro día seguimos conversando.

− Oiga Jorge, por favor no me diga más profe, ni don, llámeme Guillermo por favor.

− Ya. No tengo tiempo ahora, pero lo voy a venir a buscar pa´ que me acompañe a Mañihuales un día de estos.

− Ya, total no tengo nada que hacer − se rio de nuevo y parecía necesitar decirlo en voz alta para dejar de temer a su nueva categoría: cesante, desempleado o ´entre trabajos´ como había oído decir a una gringa en un programa de TV.

Caminó tranquilo al supermercado y no experimentó la incomodidad que creía sentiría al estar en un lugar en un horario en que lo normal es que la gente en edad de producir estuviera en sus trabajos. Su horario nunca fue normal porque las reuniones con la comunidad o individuales debía ser en el tiempo libre de ellos o cuando ellos lo dispusieran, pero se dedicaba a escribir informes, a transcribir los diálogos textuales para las investigaciones cualitativas, a contestar correos en horario de 8.00 am hasta al menos las cuatro o cinco de la tarde, casi sin pausa, de manera que su día estaba dedicado casi en su totalidad al trabajo. También estaban las detestables sesiones on line con los alumnos para ayudarlos a definir objetivos, hipótesis y la metodología más idónea para responder a la pregunta formulada. Para él era casi automático, para los chiquillos, era la peor parte. Lo peor eran esos que esperaban que él les hiciera el trabajo, con aquellos era implacable − ¿qué se creían? − les tenía una rabia irracional, como si lo humillaran si pensaban que era un empleado de ellos en vez de su profesor guía. Los mandaba a leer enormes mamotretos de metodología de la investigación y a hacer ensayos tan largos como inútiles solo para ver si desertaban de su mentoría. Algunos se quedaban y tal como perro de caza entrenado no soltaba a su presa hasta que el alumno asumía un rol activo y propositivo.

Esos recuerdos volvían a su mente mientras ponía en el carro, café, arroz, aceite, fideos de distinto tipo, salsas en tarro, atún, artículos de aseo, carne al vacío, pan para congelar y queso laminado. Eso era todo. Ninguna extravagancia o artículo superfluo como vino, chocolates o palmitos. Solo como premio a su propia risa sacó un paquete de galletas dulces y una fruta.

Ahora era de verdad invisible y no podía disfrutarlo, no tenía que observar modos de resolver problemas o particularidades locales, solo tenía que vivir, sobrevivir y hacer realidad todas esas fantasías que lo acompañaban desde niño. Se imaginaba, solo, sin padres y nadie que lo cuidara ¿qué haría? ¿qué comería? ¿dónde dormiría? Si bien a veces ansiaba esa libertad imaginaria las más de las veces se aterrorizaba y se aferraba a las buenas notas en el colegio, a la responsabilidad, a no ser un problema para nadie. Se reconocía cobarde y ahora más. Cobarde e invisible.

Pagó los productos más la bolsa que había olvidado comprar. Le había hecho bien ver a Jorge. Cuando escuchó su historia le pareció un tipo en plena conciencia de sí mismo y que nunca perdió la esperanza de estar bien, decía a quien lo quisiera escuchar que era feliz porque no tenía pajaritos en la cabeza y hacía lo que había que hacer.  Le pareció una lógica conformista y simple la primera vez que lo escuchó, pero más tarde cuando lo oía hablar de su familia, de las anécdotas como guía turístico, de las historias que inventaba para que un paisaje se volviera más recordable, le parecía de una sabiduría envidiable.

Cuando llegó a la cabaña, después de una caminata que se le hizo eterna, comió como si hubiera regresado de la guerra. Durmió al menos doce horas. Al día siguiente ordenó sus pertenencias en la mochila, regaló la mercadería a los veraneantes de al lado, habló con la dueña, pidió un taxi que nunca llegó, hizo dedo por primera vez y se las arregló para llegar a Puerto Tranquilo.

Consiguió alojamiento, fue a un negocio local, compró pan, queso y jamón. Un termo de cinco litros, un tarro de café, azúcar, endulzante y dos cajas de té. Al otro día se levantó a las cinco y media de la mañana. Antes de las seis treinta estaba en el lugar de las salidas de las lanchas con las bolsas de sándwiches y las bebidas calientes, que iban a salir hacia las catedrales de mármol. Vendió todo a los operadores de las lanchas y vendedores de boletos. A las 8.30 vendrían de vuelta los primeros turistas, mojados y con frío, se apuró en preparar de nuevo más sándwiches, té y café. Recién a las diez y media abrían los demás negocios más establecidos: carritos y puestos pequeños. Los negocios establecidos se concentraban en sus propios clientes así es que al principio no había problemas. Su objetivo era que algunos de los clientes que no tenían más alternativa que ir al servicentro por el baño, en vez de consumir algo en una fila, pudieran tomarse algo caliente y comer un poco mirando el lago General Carrera y su belleza salvaje.

− Oiga Guillermo ¡usted es muy desesperado! Lo fui a buscar a las cabañas y me dijeron que se había ido. Mire donde lo vine a encontrar, ¡vendiendo sánguches como lugareño con ñeque!

− Le regalo un sanguchito y un café.

− ¿y mate? ¿no tiene? Aquí tomamos mate.

Ambos rieron y se fueron a pasear por la plaza.

− Oiga usted me dijo que le buscara una peguita y mire en lo que anda. Le tengo algo más a su altura.

− A ver ¡eche afuera!

− Hablé con los viejujos de Mañihuales y también con las señoras de las huertas y harta gente más. Se acordaban de usted y de lo que les hacía conversar. Quedaron con ganas de hacer cosas, pero necesitan a alguien que los ordene, tienen muchas ideas, pero no saben cómo echarlas a andar. Y entonces les dije que lo invitaran a conversar a ver si salía algo con usted. Acuérdese que les habló de trabajar con la idea de Mañihuales como oasis climático, les mencionó las viñas experimentales, la fruta y el montón de cosas que podrían hacer en conjunto con la gente de Aysén. Que a lo mejor podían juntarse con la gente de las casas-pandemia. Esos que creyeron que iban a trabajar on line para siempre y la cuestión duró un poco más no más.

A Guillermo Manríquez se le vino un tropel de ideas a la mente, mientras escuchaba a Jorge, miró su mesita, el lago y ese viento que le susurraba la vida en la piel y los oídos.

− Iré en cuanto termine la temporada. No sabe lo libre y feliz que he estado aquí en este corto tiempo. Ni yo me lo creo. Dígale a los viejujos que estaré a su servicio en cuanto sienta que estoy preparado.

− Cuando usted diga no más pueh, allá le tienen alojamiento. No le van a poder pagar como la universidad, pero no le va a faltar de comer y compañía tampoco.

− Ni se les ocurra hablar de pagos. Si vamos a arriesgarnos con proyectos yo voy con el grupo. Si ganamos financiamiento habrá pa mi sueldo y el de más personas.

Se despidieron con un abrazo y una gran sonrisa.

− ¿Lo vengo a buscar a fines de marzo?

− No es necesario, no soy tan pollo, me ha servido pelear con los otros dueños de quioscos y los canasteros. Son rudos pa pelear las lucas.

− Sí, pero con los primeros fríos se van.

Jorge se subió al furgón y partió con las buenas noticias.

Ahora, casi viejo, había descubierto que sabía sobrevivir y ser libre y estar tranquilo y sentirse liviano y simple. Quedaba poco para disfrutar de esa sensación, estaba seguro de que los proyectos de Mañihuales resultarían en algo que lo haría quedarse en esas tierras donde perdió su invisibilidad.

Negociaría su libertad de poder volver a vender pan a Puerto Tranquilo en el verano. Esa sensación no era transable.


martes, 4 de febrero de 2025

Partículas y ondas

 

           

                                    foto Pexels.com

−¡Ah no sé yo! A una le toca vivir no más, con riesgos, con miedos, con suerte o sin ella.

Ya sé, me va a salir con que el cúmulo de experiencias te hace ser quien eres y todos esos clichés de redes sociales baratos y que por repetidos se creen verdaderos. Obvio que uno es su experiencia, de otro modo no se puede. Y sí, se puede enriquecer la capacidad de análisis con literatura, películas y música y escuchando a la gente. Entonces estaba de acuerdo con ella, pero no sé por qué le buscaba el contra argumento a todo lo que decía. A lo mejor porque le encontraba un tonito de superioridad que me tenía harto o tal vez una pose de gurú espiritual que me llenaba de sospechas. Como si ella no se equivocara y según yo, había tomado varias decisiones erróneas pudiendo tomar las que la harían sentir mejor. Alguna vez se lo dije y se encogió de hombros – No podía saber que las cosas iban a salir mal, me equivoqué en el análisis de la situación, pero una se recupera ¿o no? −. Obvio, obvio que uno se recupera, ese no era el punto.

No sé porqué quedaba molesto al hablar con ella y al mismo tiempo solo quería encontrármela de nuevo, para contradecirla, para hacerla sentir tontona y debilucha y verla en dificultades para explicar sus decisiones y ojalá con los ojos húmedos, a punto de llorar para luego salir del paso con dificultad y solo porque me daba lástima verla así, atribulada. Si lloraba ¿qué iba a hacer yo? Una vez no me detuve, le dije que era una ridícula, que no se daba cuenta de nada y que tampoco conocía las reglas del juego. Apenas alcanzó a preguntar de qué juego se trataba. Cuando cayó en cuenta, no pudo evitar el llanto, la abracé y sentí cómo se debatía entre empujarme y no soltarme. Se alejó. Ya sé que suena raro, pero muchas veces, a punta de suposiciones, casi escuchaba sus luchas internas y sus fórmulas para hacerme creer que no me necesitaba para nada, como si me hiciera el favor de verme, cuando en realidad me necesitaba como si se estuviera ahogando en el mar.

¿Y si todo no fuera más que un espejo? Una especie de juego en el que yo le atribuyo pensamientos, sentimientos e ideas que no genera si no yo en mi necesidad de estar con ella. Puede ser. Todo puede ser.

Ella cree en el destino, en que no hay casualidades ni accidentes, como si algo hubiera organizado un escenario ya probado en una realidad estática, con reglas matemáticas y físicas para todo. No la culpo, se entera de cosas importantes por medios informales, pero insistía ¿no era eso lo que creían Einstein y Sábato? Sí, no sé, a lo mejor porque estaban dedicados a otras áreas o no se había demostrado nada más, pero ahora se afirma que la realidad es probabilística, las leyes de la física se cumplen para la materia, la gran materia, los planetas, las galaxias, pero no para las partículas elementales que pueden estar aquí y allá o ser onda sin cuerpo o una minúscula materia con posición definida en dimensiones tan pequeñas que son inimaginables. Ya sé que me enredo entre sus pensamientos, lo que creo que ella cree y lo que yo supongo que es real y lógico. Se lo he explicado y parece entender, pero luego me dice que soñó conmigo y cree que yo también la sueño. Si de confesiones se trata, algunas veces sí, hemos coincidido en las ocasiones, pero no en el tema. Y me desilusiono como si en alguna parte de mi conciencia quisiera creer que eso que ella llama el destino, una especie de recorrido prediseñado con cierto margen de movimiento, existiera y entonces en algún punto, alguna vez, pudiéramos estar juntos sin contradecirnos como elementos químicos que se repelen.

Ella dice que hay estudios que muestran que las personas se mueven en un radio determinado de lugares y personas y que van recorriendo más o menos una trayectoria predecible con formas que se repiten como los espirales del ADN o los de las galaxias. Eso de los seis grados que separan a todas las personas del planeta ¿no era cierto acaso? No me he preocupado de buscar evidencia actual al respecto, pero a veces me gustaría que tuviera todas las pruebas.

En el último café que compartimos, ella pagó el suyo y yo el mío, como corresponde a los amigos, es decir, estábamos en un mismo espacio y a la misma hora, pero sin demasiada cercanía, llegó con una convicción nueva, no sé qué leyó o escuchó para afirmar que una estrategia de paz era la convicción de que la aniquilación podía ser recíproca y que eso la convencía de alejarse de algunas personas. Traté de entender mejor el punto aplicado a las relaciones humanas, porque sonaba al equilibrio de fuerzas de mutua destrucción de la guerra fría y no sé si sea una metáfora afortunada para los individuos. Cuando le pregunté, algo que casi nunca hago porque de inmediato me lanzo a buscar la falla en el argumento, evitó responder y se metió en otro tema. − no puede ser que los humanos nos comportemos como las partículas elementales− y caí redondito en la trampa conceptual. A lo mejor como seres biológicos no, pero puede ser que las decisiones se tomen en un área micro, súper micro, que no se puede determinar aún y seguí como media hora dando la lata con esa provocación. Debe ser que yo mismo me hago trampas para hablar de todo y de nada. O ella.

Se viste con faldas largas, muy hippie, pasada de moda inclusive. Tiene el pelo largo y desordenado como si no se preocupara, pero usa aros, anillos y se adorna para darse color. Eso me confunde, se las da de gurú inmaterial, de fan de la vida austera, pero gasta en tonterías y se ríe de sus contradicciones, dice que le gusta la gente, que le cae bien la humanidad, pero odia las aglomeraciones y luego va encantada a conciertos poperos llenos de gente. Una superficial más de estos tiempos raros.

−Y ¿por qué tengo que ser consistente? no tengo que comportarme como partícula elemental siempre ¿o sí? ¿no dijiste que a veces las decisiones podrían ser ondas también?

Eso es lo odioso de ella, puede trivializar hasta los hallazgos científicos más sorprendentes. Se ve que no entiende nada. Me irrita y más me irrita cuando se calla y no dice nada y solo me mira con una expresión que no logro descifrar, porque mi cerebro hierve de posibilidades y entonces me pongo a hablar de lo que sea para que ella se ponga en la esquina contraria y empiece el juego de nuevo.

Y pensar que alguna vez y por siglos los que sabían de algo supusieron que todo estaba ordenado y perfecto, que solo faltaba conocer las leyes subyacentes, apuesto a que solo se dedicaban a mirar el cielo y no veían lo que pasaba alrededor porque las personas en relaciones afectivas son caos que empeora mientras más pequeña es la unidad de análisis.

Lo peor es que esto no tiene fin, se puede iterar hasta el infinito con vueltas y más vueltas y ella sigue ahí respondiendo o haciendo como que responde y yo tampoco me doy por vencido. La siguiente escena será similar, lo doy por sentado, porque lo más probable es que ocurra lo más probable y si ella llama a eso destino, es por la generalización de fenómenos analizados en un nivel que no corresponde. Eso le diré cuando me contradiga de nuevo. Buscaré referencias para dejarla fuera de juego.

No puedo esperar a verla y observar su expresión de desconcierto cuando sea un jaque mate. Ojalá se ría porque si mira hacia abajo y luego levanta los ojos no sé qué haré. Tengo que pensar mejor y dejar menos posibilidades al azar.


domingo, 26 de enero de 2025

La cortaron verde

 


Luego del portazo producido por el viento de ese verano, se quedó a cargo del cuidado de la chacra. Era pequeña, pero para quien solo sabía de jardines de ciudad, parecía un gran fundo. Desde dentro de la casa, por lo general fresca y un tanto lúgubre, ahora podía observar con detalle lo mucho que debería trabajar en reparar años de descuido. En la medida que la mañana avanzaba, más tareas por hacer se agregaban al listado mental. Alguna vez tendría que detenerse a pensar y organizar en serio cada día para no olvidar tareas esenciales y evitar distraerse en detalles estéticos que servían para su antiguo oficio de fotógrafa, pero que ahora eran, además de inútiles, un verdadero obstáculo mental para hacer lo que había que hacer.

Las flores secas colgadas de alambres o cáñamo, solo se llenaban de polvo y telas de araña con lo que ponía en riesgo las escasas horas de sueño que lograba conseguir en ese entorno en apariencia ideal para fotos y post cursis tan populares entre las amigas de su madre, las únicas que no distinguían entre una buena fotografía profesional y otra hecha por artificios de la IA.

No podía seguir perdiendo el tiempo en crear composiciones y encuadres que le parecían bellos, debía familiarizarse con lo que debía hacer, dedicarse a la fábrica de cerveza artesanal de su tío, ahora hospitalizado en Chillán, cosechar lo que se pudiera de la chacra, vender a los vecinos y salvar semillas para la siguiente temporada. El octogenario tío, antes tan sano como flaco, había sucumbido a los efectos del cigarro y la mala alimentación de un hombre solo. Decía que no iba a perder el tiempo en cocinar más que pan amasado y lo rellenaría con tomates, queso y a veces un poco de carne que con frecuencia olvidaba descongelar. El viejo no sabía si los dolores de pecho habían sido infartos o no, pero el último le dio con su sobrina al lado y ella lo llevó aterrorizada a la urgencia más cercana. Estaba de paso, solo como visita, casi por curiosidad acerca de cómo era la vida de un hombre viejo y solitario desde que había enviudado en un lugar que había sido escenario de juegos infantiles con sus dos primos que ahora vivían en Australia.

El pronóstico del tío no era bueno, si sobrevivía debía tener una vida más descansada y es probable que su compañero, además del perro Cholo, fuera un tubo de oxígeno. Entonces, luego de hablar con quienes podían compartir la tarea del cuidado del tío y de la chacra, no apareció nadie más. Total, su trabajo en Santiago no era muy rentable, apenas le daba para colaborar con el arriendo y algo para las cuentas de la casa de su madre y el tío, cuando se empezó a recuperar, casi le rogó que se quedara para que sacara más cerveza y la vendiera a mejor precio porque él era malo para los negocios. Regalaba casi toda la producción y vivía de la pensión y las ventas de hortalizas – con eso me doy vueltas.

Se llenó de imágenes fantasiosas acerca del éxito de la cerveza artesanal del tío, de cómo haría crecer la producción de buenos tomates, con sabor a tomate, como aquellos a los que se refería su mamá, los que no duraban mucho, pero que estaban llenos de jugo y pepas y chorreaban por el pan amasado con queso. Además, se imaginó que esta situación azarosa debía vivirla y no dejarla pasar por miedo a la incertidumbre, aunque también pensaba que no tenía nada mejor que hacer. Y que, por último, era una forma de ir contra el sistema, de oponerse a la esclavitud de consumo, al modelo neoliberal y probar lo que era una vida lenta y respetuosa de la naturaleza, aunque todas estas ideas, le parecía por ahí en una esquina de su mente, eran otra forma de capitalismo y de modas que intentan que nadie se escape del influjo del dinero, la imagen y la auto explotación.

Esos paisajes la llenaban de nostalgia, se veía corriendo entre las matas de choclos, de los viejos, esos que quedaban de alimento para las gallinas y agachándose de los escobazos de los tíos que blandían sus armas al tiempo que gritaban − ¡salgan de ahí cabros de mierda!, ¡ni los chanchos hacen tanto daño como ustedes! −. Nunca les llegó un escobazo, a los más un tirón de pelo en la cola de caballo y a sus primos unos empujones que parecían más un juego que otra cosa. También estaban las idas al estero, que en ese entonces le parecía un gran río y ahora apenas algo más que una acequia. Los paseos al estero eran los días de las más grandes aventuras: quién se atrevía a cruzarlo, quien ganaba en las carreras de naves construidas con hojas y ramas, quien lloraba menos por el dolor de los pies al meterse al agua y pisar las piedras del fondo. A quién le daban el durazno más rico por comerse el almuerzo sin reclamar.

Ahora estaba todo más solitario y si bien las distancias y los espacios eran mucho más pequeños de cómo se sentían cuando era una niña, ahora volvían a hacerse inmensos al desmalezar, preparar la tierra, reparar cercas. El tiempo, los días, antes eternos ahora se hacían breves como un suspiro y siempre quedaban cosas pendientes. Cada día se decía que debía levantarse más temprano y lo hacía, pero las horas se encogían y la lista de tareas crecía. Ahora entendía el desorden del tío y la falta de arreglos básicos en la casa. Antes ahora, rápido lento, gigantes y pequeños, sensaciones y prueba de las medidas construidas en la propia experiencia.

Al principio le preocupaban sus manos, antes suaves y cuidadas, ahora más oscuras y poblándose poco a poco de callosidades, con las uñas cortas y disparejas. Cada vez con más frecuencia se olvidaba de los guantes y ponerse crema era demasiada pérdida de tiempo. Algún día dominaría la chacra y podría representar la escena bucólica de una mujer con una cesta cosechando frutos o flores, con el pelo suelto y un vestido vaporoso y delicado. Por el momento parecía un mamarracho desgreñado y con el ceño fruncido. Menos mal que el tío tardaría una semana más en volver, ahí se agregarían otras tareas, como cocinar algo más que ensaladas, queso y tarros de atún, costumbre santiaguina que no lograba erradicar.

En algún momento su madre le advirtió que no podría dormir, que los ruidos nocturnos, de seguro serían ratones y que su fobia la haría volver más que rápido a la casa. Haber fracasado en su intento de convivencia y las deudas contraídas por el emprendimiento de fotografías la había hecho volver a la casa de los padres. No quería recordar ese período, se quedó pensando en los ratones, en el ratón Mickey, en Ratatouille, en las pesadillas por el cuadro de ratones bailando en el ballet de Cascanueces, podía verse aun llorando porque había miles de ratones bailando bajo su cama y no podía salir de ahí. La fobia se fue desarrollando de a poco, tampoco podía olvidar la hilera de ratones subiendo a un árbol de la clínica en donde fue atendida por un aborto espontáneo. Y ahora, por el azar, se encontraba en el campo, con toda seguridad estarían por ahí esos animales asquerosos, los mismos que liberaron al protagonista de La Plegaria de las Bestias de Nicasio Tangol, en una imagen difícil de soportar en la mente ¿sería al protagonista? ¿o era un truco de los personajes rebeldes? Imposible recordar.

Algún día los vería y tendría que aguantarse las ganas de salir corriendo o de pedir ayuda a los gritos. Nadie vendría, no por el individualismo moderno o por el ensimismamiento de las personas en sus celulares, sino porque no había nadie que la escuchara − literal− hubiera agregado su ex.

El silencio del campo a veces podía ser angustiante, lo rellenaba con música, con audiolibros y podcast, ahora dedicados al cultivo y cuestiones prácticas de la vida diaria. Las salidas de la casa se reducían a ir a visitar al tío y a saber cuándo volvería, a recibir sus instrucciones y a la vuelta comprar las cosas de almacén necesarias para el día a día. Cuando el tío volviera lo convencería de inscribirse en la tienda de Los Guatones para el despacho a domicilio. Así no tendría que salir, arriesgarse a quedarse en pana o, lo que es peor, conocer a alguien y equivocarse de nuevo. Entre tantos dichos de campo el que más le venía a su vida de cuarenta años era ´a usted la cortaron verde´.

Vinieron algunas vecinas a preguntar por su tío − tan buena persona él− era el comentario más frecuente que escuchaba, el siguiente era – tan malo para cuidarse eso sí −. Había una de las señoras, Carola, que además de preguntar por él traía cosas de su huerta: plantas de hierbas brotando en bolsitas plásticas negras, frascos de mermelada sellados y las últimas veces piezas de queso enteras que se veía eran compradas. No decía mucho, pero su expresión despertaba cierta curiosidad extra en Octavia. Tal vez solo por el esfuerzo de Carola de no mostrar nada, de reprimir cualquier gesto. Al ojo inexperto, no entrenado para la fotografía, podía parecer el rostro de alguien distante y complicada, pero Octavia notaba otra cosa cuyo nombre ignoraba.

−Oiga tío, fue la señora Carola a verlo a la casa, siempre que va lleva cosas de regalo. Tiene cara de enojona eso sí, es rara ella.

El tío levantó apenas las cejas y luego dio vuelta la cara hacia la ventana sin decir nada. Octavia entendió que no quería hablar de ella, pero por las dudas insistió – llevó plantitas para una huerta medicinal, dulce para el pan, de mora y damasco y unos quesos de esos que a usted le gustan – le quise pagar, pero no aceptó. – Ustedes los capitalinos a todo le ponen precio – fue el único comentario. Siguió luego un incómodo silencio interrumpido por una respiración que sonó a suspiro contenido. − ¿está bien tío?, no se ponga mal, mire que la enfermera me dijo que pasado mañana lo largan si sigue estable. Lo vengo a buscar tempranito y nos vamos a su casa.

−Estoy bien, estoy bien. Déjame tranquilo no más.

Al principio no sabía cómo se enteraban las señoras de sus idas al hospital, luego que ya estaba familiarizada con las caras de las salas de espera comprendió que la inmediatez de las comunicaciones era un fenómeno omnipresente. Here there and everywhere[1], decían los eternos The Beatles. Don Ignacio era el foco de preocupación de un grupo de personas que parecían apreciarlo mucho y de distintas formas. No estaba tan solo el caballero después de todo. La noticia de que estaría en su casa al día subsiguiente hizo que un grupo de personas se ofreciera para preparar la casa, cocinarle y ayudarla a atender a su tío.

El tío Ignacio era todo un misterio, quizás les había contado que ella era la sobrina más especial de la familia, especial era una forma suave de decir extraña, una persona detenida en el tiempo, una mujer – niña, o viceversa – alguien a quien cortaron verde. La muerte se había convertido en tema de conversación desde que la última de la generación previa, su madre, había cumplido los sesentaicinco años. La mayoría de la parentela pensaba que con Octavia se perdía la última oportunidad de ver niños de nuevo en la familia. Cuando se lo reprochaban ya no respondía, solo alzaba los hombros y si podía, salía del lugar. Argumentar con personas mayores, al menos los de su familia, era inútil, tenía que enfrentar los prejuicios acerca del hedonismo, la incapacidad de cuidar, los miedos frente al futuro, la flojera y tanto más que era estéril tratar de explicar su punto. Tampoco sabían que lo había intentado y no había podido. Le dolía recordar eso y no iba a exponerse.

Suponía que el grupo de amigos del tío Ignacio, debían tenerla por una inútil y venían a asegurarse de que la sobrina no tuviera un desorden insoportable para el bueno de Ignacio. De algún modo, ese grupo la trataba de manera similar a su familia, la infantilizaban. La desconfianza en sus capacidades, incluso las más básicas, la hacían sentir que debía haber algo que la hacía parecer necesitada de ayuda.

En el grupo de supervisión comunitaria no estaba Carola. Ahora que lo pensaba, siempre andaba sola y parecía ajena a los demás. Los supervisores se encontraron con que la habitación de Ignacio tenía cortinas nuevas, estaba mejor iluminada y sus cosas al fin parecían caber en ese espacio. La entrada a la casa estaba despejada y la cubierta metálica de la cocina había aparecido de debajo de una capa negra de grasa.

−¡Ha trabajado mucho aquí Tavita!− Así le decían sus familiares, y por lo visto también el grupo de amigos-supervisores del tío Ignacio. Los más impertinentes hasta habían revisado la producción de cerveza, las cercas y las matas de tomates. Deslizaron algunas fallas en las guías de las plantas, en las uniones de las cercas y abrieron, sin su permiso, unas botellas de cerveza que tenía helando para dárselas a probar a su tío cuando regresara y se sintiera de buen ánimo.

Se armó de valor, porque si en algo era menos que inmadura era en su forma de comunicarse o si se pensaba al revés, tenía una enorme capacidad de no decir lo importante, casi en cualquier circunstancia, pero esta vez no era por ella y eso lo hacía más fácil. – mire don Carlos, mi tío les regalaba cervezas a todos y por eso no ganaba un peso con su trabajo, pero me encargó con mucha insistencia que yo me hiciera cargo de su negocio así es que esta única vez no le voy a cobrar, pero que quede claro que la siguiente será con pago – don Carlos, y de paso los otros cuatro comisionados se rieron.

−¡Llevo años diciéndoselo al viejo! Ya oyeron a la Tavita, se acabaron las cervezas gratis en este boliche – dijo la Señora Blanca. Estaba bueno ya que con la excusa de venir a ver al viejo Ignacio se tomaran todo lo que produce. − ¡Muy bien mijita! Y de paso, ¿no debiéramos decirle Octavia en vez de Tavita?

−Me da igual Blanquita, díganme como quieran. Mi nombre es algo pretencioso ¿no le parece?

−No creo, más bien me parece que de usted se esperan grandes cosas.

A eso mismo se refería Octavia, al peso de las expectativas, pero solo sonrió. Ya eran casi las seis de la tarde y los invitó a tomar un té de hojas y abrió uno de los frascos de mermelada de Carola para untar el pan amasado que habían traído los visitantes.

La conversación fluyó más fácil de lo pensado, se turnaron para reconocer el esfuerzo de Octavia en el mejoramiento de la casa y la chacra y hasta del sabor de la cerveza. – y ¿de dónde sacó esta mermelada tan rica? ¡No me diga que la hizo usted también! − Octavia iba a responder, pero Carlos la interrumpió con una oportunidad que no era casual para cambiar el tema. La anfitriona se dio cuenta y confirmó que Carola era alguien con cierta relevancia en la vida de su tío.

−Acompáñeme que le quiero enseñar un asunto de los tomates Tavita, antes de que se haga más tarde, no nos demoramos nada. La tomó de un brazo, sin dejarle opción.

−Mire, no haga tal de comentar quien le trajo las mermeladas, es un asunto un poco difícil de hablar en este pueblo chico. Usted sabe, si hay algo que el vacío propio y el exceso de ocio fomentan es el afán de meterse en la vida ajena.

−Mi tío no quiso comentar nada tampoco.

−Todo a su debido tiempo, Ignacio ya le dirá, tiene que confiar en que usted no lo va a juzgar primero.

−Debe ser asunto de amores entonces.

−Por supuesto, ni los secretos de sinvergüenzuras sacan tantas chispas y generan tanta envidia como los asuntos de amores. Es vivaracha usted ¡Ignacio no tiene idea de la sobrina que tiene!

Le cayó bien ese Carlos. Se acercaron a los tomates y luego volvieron con un par como prueba a seguir con la hora del té.

−Apuesto que le fuiste a decir que tenía que plantar unas flores entre los tomates para evitar las plagas. Esa cuestión salió hasta en el Facebook ¿cierto mijita?

−¡Ah! Yo no tenía idea, me pareció un buen dato

Solo le quedaba una noche solitaria en esa casa, había evitado pensar en animalejos, arañas y cucarachas de tan cansada. De seguro esta noche dormiría bien también pensando en los misterios de ese pueblo chico y las sorpresas del tío Ignacio. Además, no podía evitar sentir cierta satisfacción por el reconocimiento a su trabajo de parte del grupo de amigos supervisores. Después de todo, no era tan inútil como la grasa de caballo, uno de los insultos que había escuchado con mayor frecuencia en los tiempos de veraneo en ese mismo lugar.

II

La víspera comenzó de nuevo el insomnio, el buen ánimo y la sensación de haber hecho algo bien duró poco. No se sentía capaz de cuidar a un viejo delicado de salud. Ni siquiera lo conocía mucho, lo que había escuchado de él eran las versiones de sus hermanos, uno de ellos su madre, que solía ver las cosas del modo – eso está bien, eso está mal− sin más categorías intermedias. El éxito se medía en cuánta plata se tenía, si alguien había cumplido con el checklist asignado por género, educación, lugar de nacimiento y expectativas familiares y si era gordo o flaco. El resto eran puros cuentos según ella. Por supuesto Octavia estaba consciente de sus propios sesgos con la madre, la injusticia que cometía al definirla, pero ¿no es acaso propio de los hijos ser implacables con los padres?

Se daba vueltas y vueltas en la cama y esta noche le parecía oír ratones, murciélagos, cocodrilos y dinosaurios merodeando por ahí, destruyendo las cercas, comiéndose los tomates y aglomerándose en la puerta para que cuando ella se animara a salir, ellos se abalanzaran sobre ella. Esa era otra de las razones por las que le decían que era caída de la mata, tenía una imaginación absurda, llena de errores lógicos e históricos con los que lograba asustarse sola. Se llenaba de miedo y no podía dormir. Faltaban pocas horas para ir a buscar al tío al hospital, debía salir a las seis y media para llegar a las ocho y hablar, si tenía suerte, con el médico y recibir las indicaciones. Además de los ruidos, comenzó a pensar en la camioneta vieja, hasta ahora no había fallado, pero y ¿si justo cuando más la necesitaba empezaba a cacharrear y no partía? ¿y si la asaltaban en el camino? O peor ¿si la asaltaban con el tío a la vuelta? Al menos esos temores eran confesables, los de los dinosaurios y cocodrilos no. Esos eran algo que no se contaba a nadie. Solo que cuando se dio cuenta de que hay cosas que es mejor guardar para sí misma ya era demasiado tarde, tendría la mitad de los años que tenía ahora cuando ya había hablado demás. Los perros ladraban en el campo también, en especial en las noches de insomnio, quizás quisieran dormir también y no podían y entonces empezaban a quejarse en grupo, a los gritos. O en efecto veían cocodrilos y orangutanes bajando de los nogales. Ese tipo de cosas ya no las decía.

Llegó puntual y sin contratiempos al hospital como era previsible. Desde que vivía en la chacra todo se sucedía con una pasmosa normalidad y le estaba gustando.

El tío Ignacio salió con una bolsa de remedios más grande que el bolso con su ropa y el sombrero de rigor, estaba flaco como perro abandonado antes del rescate, parecía que los dientes y los ojos le quedaban grandes. Al menos no salió conectado al tubo de oxígeno y no lo necesitaría si se cuidaba lo suficiente. La enfermera encargada de dar las indicaciones, al médico Octavia nunca lo vio, le pegó en los cachos al tío – oiga don Ignacio, si se va a hacer el chorito, que sea hasta el final, ya sabe, un pucho más y ni el poco poto que le queda se va a poder, va a tener que pedir silla de ruedas y no se va a despegar de la mascarilla, no sé usted, pero a mí no me gustaría que me vieran todo cagado – eso último se lo dijo al oído, pero se escuchó clarito en la sala. – mire, no pierda la dignidad, si se cuida, puede aguantar más, subir algo de peso y hasta seguir con su famosa cerveza. Si se quiere morir, ya sabe cómo se hace −. Cerró el ojo a la sobrina y anotó en un cuaderno que Octavia había llevado según las instrucciones del alta, la rutina de cuidado diario.

Ignacio se limitaba a refunfuñar y a decir que estaba apurado por ir a su casa. Cuando se despidió de la enfermera, Octavia podía jurar que al viejo se le llenaron de lágrimas los ojos y ni gracias pudo decir porque se le iba a notar la emoción. Y eso, en su idea de orgullo, era caer muy bajo. Un tipo joven lo ayudó a subirse a la camioneta y recién entonces Octavia pensó en que necesitaría ayuda para bajarlo – ¡tan poco albertía! – le hubiera dicho la abuela. Entonces recordó la canción de Violeta Parra[i], para llamarse Alberto hay que ser bien albertío y se puso a cantarla. El tío se rio y empezó a carraspear tanto que Octavia pensó en devolverse al hospital. Estacionó la camioneta, el tío se calmó y le dijo – llame al Carlos mijita, dígale que le ayude, me debe muchas cervezas ese tal por cual − Ya le avisé por WhatsApp, si no me faltan tantos palos pal puente, junto con cantar me puse a escribirle y dijo que nos esperará en la puerta de la casa. Ignacio respiró más tranquilo y le indicó a su ayudante que siguiera su camino-

Mientras miraba el paisaje en el recorrido del hospital a la casa, Ignacio apreciaba cada detalle, en algunos momentos pensó que no vería más el negocio de Los Guatones, o la bomba de bencina de los Paredes, y el basurero de los Cárdenas, siempre rodeado de perros que desgarraban las bolsas porque nunca reparaban la tapa. Gente floja. Sonrió cuando se vio diciendo lo mismo de siempre. − La cercanía de la muerte no cambia a todos, hay algo que sigue ahí, inmodificable.

Octavia hablaba sola intentando llenar el silencio con las novedades de la casa y de la chacra. Ignacio hacía como que prestaba atención, pero solo quería llegar y abrazar al Cholo. El perro lo conocía más que nadie en el planeta, estaba convencido de que el animal tenía acceso a sus pensamientos y deseos más ocultos, luego advertía la estupidez de esa idea y se decía que la soledad podía llevar a un hombre a inventarse mundos y circunstancias sin asidero en la realidad.

El Cholo estaba al lado de la puerta cual centinela, era la posición que asumía cada vez que se quedaba sin humanos en la casa, Octavia le caía bien, le hablaba de las mismas cosas que el tío, de animales que no conocía y personas que se alejaron, tanto la sobrina como el tío describían rarezas hasta para los pensamientos de un perro. Al Cholo le resultaba obvio que fuera Octavia la designada para cuidar a Ignacio.

Cuando bajó Ignacio de la camioneta, con la ayuda de Octavia y del amigo Carlos, ese tal por cual, como siempre le decía el tío, en lugar de lanzarse sobre él como su naturaleza lo conminaba a actuar, se detuvo y vio lo débil que estaba así es que se acercó a olerlo y a dejarse acariciar. Los otros perros, más chicos e inútiles por lo mismo, ladraban y aullaban hechos unos demonios, esperando su turno para la caricia del viejo.

A Ignacio se le aguaron los ojos y Octavia, que se contagiaba rápido de las emociones de los demás, también. Ninguno dijo nada por supuesto, el orgullo, el orgullo pues. Carlos miró la escena e iba a ridiculizarlos, pero terminó conmoviéndose y tampoco dijo nada.

Carola también tenía un perro y como pertenecía también a esa especie rara de quienes no pueden comunicarse con los humanos, era obvio que el Chamullo, un quiltro café con negro, saltarín y de pelaje corto, se había convertido en su confidente. Le puso Chamullo por una canción de Proyecto Gotan[2] que había escuchado en un colectivo en Chillán, No es chamullo, es amor decía el verso que había llamado su atención. Cuando volvió a su casa, se encontró con un perro chico en la puerta, sin collar ni nada, sentado, mirando con esos ojos negros grandes que le recordaron los de Ignacio, un chamullento de libro, así es que luego de que el perro no se moviera de la entrada en todo el día, le dejó un plato plástico con agua y luego un poco de comida y así durante tres días hasta que decidió dejárselo. Chamullo resultó ser simpático y regalón, un perro tan mimado como un gato mal reencarnado. En el bazar de Carola se encontraba casi de todo, de hecho, esa era su frase publicitaria en la radio, pero con exageración ´Si no está Donde Carola, no existe´, cada vez que lo escuchaba se reía porque no faltaba la clienta que buscaba algo muy raro y le enrostraba su lema −No crea en todo lo que escuche pues, en este mundo hay que elegir a quien se cree −, desde que tenía al perro saltarín, agregaba − a veces es puro Chamullo.

Como fuera se las arreglaba para que la clientela se fuera con algo parecido a lo que buscaba. Tenía de hilo de bordar hasta herramientas para casi cualquier desperfecto de la casa, también abarrotes y artículos de escritorio. Con ese bazar había educado a dos hijas que ahora vivían en Santiago y no pensaba dejar de estar a cargo del negocio. Ahora que se acercaba a los setentaicinco años iba mediodía, pero no avisaba a las vendedoras en qué horario iría a visitarlas. Se permitía faltar algunos días, esos días de calor insoportable de Chillán. Esos en que las zapatillas parecían derretirse en el pavimento. En aquellas ocasiones solo podía resistir la vida debajo del nogal del patio, sentada o dormitando a la sombra con Chamullo cerca. En el negocio conoció a Ignacio, andaba buscando unas bujías para su camioneta, habían pasado ya siete años desde ese día y esa carcacha ya era vieja. Lo notó tan complicado y hacía tanto frío ese día que lo acompañó a la vuelta, al taller mecánico de don Guillermo. Ignacio pasó de vuelta para comprar algo dijo esa vez y Carola estaba cerrando el negocio. Era una excusa, quería palabrearla, conocerla un poco, pero era incapaz de decir eso tan simple. Ignacio se hizo asiduo al bazar Donde Carola, en ese tiempo ella iba todos los días y el caballero compraba las más diferentes tonterías, maceteros, arroz, alicates chinos de mala calidad, paté y la mermelada de damascos que Carola hacía y que tenían la etiqueta de producto casero. Un día se le ocurrió preguntarle quién las hacía – depende, si encontró rica la mermelada la hice yo si no, le puedo echar la culpa a cualquier vieja de por aquí− con eso, después de 25 platos de comida para el perro 18 tarros de café, 9 cajas de velas de cumpleaños, 48 hilos de coser de diferentes colores y mil quinientos cincuenta y dos productos ridículos Ignacio la invitó a tomar un tecito en el Turquesa Café.

−Le acepto la invitación, espéreme que cierre y vamos al tiro, pero yo tengo hambre así es que supongo que le alcanza para una pailita de huevo y algún sanguchito.

−¡Claro que me alcanza! ¿me halló cara de atorrante acaso?

−Mejor no le digo nada, capaz que se enoje y se arrepienta de invitarme.

−Apuesto a que lo dice por mi cacharra, la tengo porque tiene valor sentimental.

−Sí, el único valor que debe tener, se reía Carola mientras terminaba de poner los candados y la alarma del negocio.

Comenzaron a verse seguido y rápido corrió el rumor en el campo: Ignacio iba a ver a una señora del pueblo, que ya había olvidado a la finada María y que seguro la señora andaba interesada en la chacra del viejo, porque − ¿qué otro interés iba a tener? A esa edad así son las cosas−, decían todos. − A la Marita na´que la llevaba al Turquesa Café el viejo tacaño.

Carola comenzó a imaginarse cosas, se acordaba de Ignacio más de lo que hubiera creído posible. A su edad pensaba que los años la protegían de los peligrosos sentimientos intensos de la ya lejana juventud, pero no: se enredaba y a veces lo trataba de forma displicente, hacía como que no se acordaba de historias que le había contado Ignacio fingiendo desinterés. Lo propio le ocurría a Ignacio que siempre había sido poco dado a las palabras y no sabía cómo explicarse sus deseos diarios de ir al bazar, hasta él mismo se creía que necesitaba algún artefacto o cualquier excusa que sirviera para ir a Chillán. Y a veces encontraba a Carola distante, brusca, contestando solo con monosílabos, cuando, por lo general era locuaz y divertida, aunque se cuidaba mucho de hablar de sus cosas personales. Ignacio desconcertado, también oscilaba entre la distancia y la cercanía. No sabía qué decir o hacer.

Carola, confundida y asustada por lo que le estaba ocurriendo sentía que tenía dos opciones, hablar y decirle cómo se sentía o seguir así, haciendo como si nada, pagando el costo de ver a un caballero sin un nombre para ese vínculo, pasear por algunas calles de Chillán, ir al café y las menos de las veces, cuando se sentía valiente y hacía como que no le importaban los chismes de la gente, sentarse junto a él bajo el nogal y compartir la sombra y la brisa de la tarde.

Pasaron así tres años completos, haciendo como si nada. Hablando de todo, haciendo como que ignoraban los pelambres de la gente. Ignacio llenándose de cachureos comprados en el bazar y de ideas de cómo abordar una conversación difícil sin poder llevarlas a cabo. Estuvo a punto de hablar bajo el nogal un par de veces, pero entonces se inundaba de miedos y se quedaba callado, llenando el espacio con historias inventadas o con consejos para el cuidado del jardín.

Una de las tardes en que Carola estaba más decidida que nunca a ser ella quien fuera la que dijera lo obvio el nogal la traicionó: justo cuando tomó aire para hablar una nuez le cayó sore la cabeza y las risas fueron inevitables. No pudo recuperar la solemnidad que ella pensaba ese momento merecía por lo riesgoso de la jugada. La risa casi no la dejaba respirar. Ignacio hasta se asustó y pensó en una crisis asmática o algo así. Fue corriendo a buscar agua y al volver se tropezó y cayó todo despaturrado sobre un montón de hojas que Carola no había tenido tiempo de dejar en la compostera. Otro ataque de risa y ya era imposible hablar de nada.

El azar se comporta al puro lote ¿cierto Cholo?

El perro lo miró casi con ternura y si hubiera tenido palabras, le hubiera dicho, − elemental Ignacio – pero en la perritud no existe el lenguaje con esos sonidos. Ignacio continuó con su supuesto monólogo.

−¿Cómo puede ser que nunca sea capaz de decir lo que quiero decir?, ¿cómo puede ser que justo pase algo cuando estoy por agarrar vuelo? Hasta los de la municipalidad parecen estar del lado de la mala fortuna, mira que justo que tenía todo arreglado para que Carola viniera a mi casa y me llamaron porque andaban haciendo un catastro de las familias y no sé qué huarifaifas y no podía salir hasta que vinieran, entre las nueve y las siete de la tarde me dijeron. Llamé a la Carola y me dijo que suponía que algo iba a pasar, que ya no esperaba nada. No sé qué quiso decir con eso. Las mujeres viejas son más raras que las jóvenes. ¿cierto Cholo?

El perro, cansado de esas peroratas, no se molestó en levantar la cabeza, el que sacó la voz fue Carlos.

−Si el Cholo te contestara, diría que eres un brujo y habría salido corriendo despavorido. El rostro del viejo Ignacio cambió de pálido a colorado en menos de un segundo. Se lamentó de haber dejado la puerta abierta para que se colara Carlos sin aviso. Andaba distraído, se olvidaba de cosas y cada vez que tenía esos desencuentros con Carola se volvía más propenso a los accidentes, ya lo había observado. El Cholo también, pero no servía de testigo para sus tonterías de viejo que sin querer se había vuelto supersticioso.

Carlos se las dio de consejero sentimental sin entender tanto enredo, para él las cosas eran fáciles – al pan, pan y al vino, vino no más pues Ignacio ¿para qué le da tanta vuelta al asunto? ¡No me diga que tanto revuelo por su historia con la señora del bazar es por puras conversaciones y paseos! − Se rio con las manos sobre las rodillas exagerando el gesto.

El Cholo se sentía culpable, había fallado como perro, por estar dándoselas de confidente y estar atento a la voz de Ignacio descuidó la puerta y se coló Carlos, viejo bolsero y desubicado. Todo eso, pero normal. No como su humano, escondido tras una máscara de indiferencia y eternas dudas para asumir la vida como venía. Había que tener paciencia con Ignacio, de seguro su forma de ser tiene un nombre, no se puede ser tan raro y ser descrito solo como buen chato. Algo debía tener que explicara ese temor disfrazado de frialdad. El Cholo sabía cosas, muchas cosas y se alegraba de no poder hablar porque a veces necesitaba compartir con alguien la inquietud que le provocaba su humano y los perros chicos solo acotaban tonterías, como que todo pasa por algo, que para qué se hacía problemas por cosas que ya no era propias de su edad y así. Obviedades de perro chico.

Carlos comenzó a visitar con mayor frecuencia a Ignacio en ese tiempo. No hubo más remedio que volverse amigos, aunque Ignacio nunca le confesó la naturaleza de sus sentimientos hacia Carola, Carlos advirtió que la mente del viejo, quince años mayor que él, era un laberinto insalvable, lleno de senderos que llevaban a ninguna parte. Tal vez Carola era de las mismas, solo que, a la vista de la gente, parecía más mundana y normal.

Los tomates y la cerveza del viejo eran los mejores de por ahí y los alrededores, así es que no podía negar que eso y escaparse un rato de su trabajo con los camiones, era un buen recreo. La Blanquita, su señora, lo acompañaba de vez en cuando para cerciorarse de que Ignacio no estaba loco, de que había superado el duelo por Marita y si la fresca del bazar no se había apersonado en la casa.

Blanquita había ido durante ese largo período a comprar tonterías al bazar y ver si podía enterarse de la vida de Carola y solo salía con más suposiciones y preguntas que certezas. Carola era hábil para esquivar preguntas curiosas y más para poner fin a las conversaciones que no le interesaban. Había tomado por costumbre andar con el celular en un bolsillo del delantal que usaba como uniforme en el bazar y fingía la llamada importantísima del contador cuando Blanquita u otra señora comenzaban a hablar más de lo necesario. Así, por no abrir un poco la puerta, la gente empezó a inventar historias. Nada le hubiera costado ser amable y contar un poco: que las hijas estaban bien, que la mayor traía de vez en cuando a la nieta y que la menor al menos había comenzado a pololear y tonterías así que la hubieran dejado como una abuela normal y tranquila y no como una mujer misteriosa que tenía algo que ocultar. Nada como el silencio para alimentar la imaginación. En especial de una viuda que no mencionaba ni por accidente a su marido, − si es que de verdad había estado casada −, hubiera agregado el gato de Blanca y Carlos. Los gatos son así, malpensados, por eso les va bien.

Lo del ofrecimiento de conocer la casa de Ignacio y que no se concretara por el catastro de la municipalidad, que encima no visitaron la casa de Ignacio ese día, fue un punto de inflexión para Carola. Se enojó por dentro, eso quería decir que no era un enojo dirigido a alguien, ni siquiera a Ignacio, tal vez era con la vida o con ella misma por no achuntarle a nada, por andar a destiempo, medio desincronizada con los eventos importantes para ella. Nunca reclamó, siguió atendiendo con amabilidad a Ignacio las veces que iba al bazar, pero se negó sistemáticamente a ir al Turquesa café o a cualquier otro y menos a sentarse bajo el nogal, ese pasó a ser su espacio hasta que años más tarde se sumó Chamullo a esos momentos de tranquilidad o de juegos cuando la visitaban sus nietas, ahora eran dos, e inventaban historias de elfos y hadas que rodeaban al gran árbol y al damasco que seguía dando frutos como enfermo.

Carlos le fue a avisar al bazar que Ignacio estaba enfermo en el hospital y que de seguro le haría bien verla por ahí. Se lo dijo de sopetón mientras fingía mirar la vitrina de cecinas y quesos. Carola hizo como que no escuchó, pero su corazón sintió el golpe y comenzó a latir como cuando lo escuchaba saludarla al llegar al negocio y todas las veces que supuso que el viejo le iba a decir qué era lo que quería con ella, aunque si hubiera sido sincera consigo misma lo tenía muy claro, tanto que el Chamullo podía hasta recitar esos contenidos. – esta humana necesita el certificado de las palabras− había concluido el perro saltarín y ese viejo fue incapaz de hablar. El Chamullo ya lo daba por finado al caballero. La vio sacar los frascos de mermelada y las plantas medicinales que el mismo viejo la había ayudado a propagar en el jardín. Las cuidaba como hueso santo y el Chamullo empezaba a salivar con esa palabra hueso. Cosas de perro.

Como se había quedado con la dirección de la casa de Ignacio, prefirió llevarle esas cosas y le pareció una muy buena idea que su sobrina, una mujer adulta como Octavia, lo acompañara en su convalecencia. No iba a ir al hospital, después de todo ¿acaso le importaría a Ignacio? Ese señor que había llegado al bazar seguro era uno de los del grupo de los pelambres. Y los buenos para los chismes se ponen melodramáticos en momentos críticos. – Se volvió cínica mi humana – exclamó Chamullo en un aullido apenas perceptible. Esas conversaciones acerca del pasado, los malentendidos, las explicaciones extemporáneas ya no tenían espacio ni sentido.

Los resultados pueden distar mucho del objetivo planteado, puede fallar la estrategia, la metodología o las variables del contexto que no fueron consideradas o minimizadas en su influencia. Octavia sabía mucho de planes fallidos y a pesar de que ese grupo de viejos, el tío, sus secuaces y Carola, la consideraran a primera vista una joven inexperta, de seguro porque habían perdido el sentido del tiempo, a sus cuarenta ya tenía varios proyectos fracasados. Esa expresión un tanto infantil de su cara no ayudaba tampoco a los demás a verla como alguien independiente, desde ahí la sorpresa que se llevaron al ver los arreglos de la casa y la chacra. La única que la vio como una mujer hecha y derecha desde el principio fue Carola, aunque hecha y derecha, tampoco correspondía a la visión de sí misma.

Irse a vivir al campo no había sido un plan más bien una reacción a la falta de proyectos; se suponía que iba por un mes y justo se enfermó el tío Ignacio. La estadía se fue alargando. Los primeros días desde el alta del hospital fueron difíciles, la humildad propia de los enfermos se le pasó rapidito al tío y comenzó a mostrar el carácter de siempre: mandón y silencioso. Era una tarea de nunca acabar, desde las cinco de la mañana hasta el anochecer era una seguidilla de órdenes y correcciones. Ahora la humildad estaba del lado de Octavia, que, siendo mayor, debía asumir la postura de una alumna en práctica de las de antes, de las que no podían opinar de nada y mostrarse dispuesta a seguir cualquier indicación.

Octavia tomaba todo como una especie de karma que le tocaba experimentar por haber sido tan errática en la etapa anterior de su vida, los impulsos no tienen alternativa en la chacra, las plantas crecen a su ritmo y la disciplina para aprender a cuidarlas pasó a ser un desafío personal. La alegría que experimentó al ver que su trabajo se entrelazaba con lo que iba a suceder de todas maneras la hizo sentir menos responsable y partícipe de algo mayor y más importante que sus deseos de experimentar porque sí. Comenzó una colección fotográfica de la evolución de las plantas, frutas y del tío Ignacio. Primero como una ayuda para sí misma para documentar qué estrategia era más eficiente y luego por el placer de capturar la belleza de las escenas cotidianas que ahora le tocaba vivir y no solo ser testigo. La resistencia del tío Ignacio a ser fotografiado fue vencida porque no se veía a sí mismo en las imágenes, parecía otro, sus brazos de venas gruesas y piel curtida podían ser de cualquiera y la silueta completa, también le parecía ajena, no era él ese viejo encogido, flaco y con rulos escasos en esa cabeza que alguna vez fue objeto de burlas por lo frondosa de su chasca negra. Él era otro por dentro, no tenía edad ni colores en particular. Ese que aparecía en el espejo el botiquín del baño se parecía a su padre, a esa foto en blanco y negro, de un hombre serio al que casi no conoció y cuya expresión era de la misma severidad de cualquiera que ha tenido que trabajar duro para sobrevivir y cumplir, como fuera, el mandato de ser un hombre fuerte en cualquier circunstancia.

Octavia podía seguir tomando fotos porque su trabajo había sido satisfactorio, el tío Ignacio, jamás lo decía, pero era algo evidente. El Cholo lo sabía de sobra, el perro escuchaba los pensamientos de aprobación de Ignacio − ¡misch! La inútil de la familia era buena pa´ trabajar y pa vender, quién lo iba a decir – el perro apoyaba la cabeza en las piernas de Ignacio cuando el viejo pensaba algo positivo de Octavia y recibía una caricia en su cabeza – sí, si sé que estás de acuerdo.

El Cholo también se convirtió en modelo, al principio corría hacia Octavia cuando estaba con la cámara, seguro pensaba que era algo para comer, luego se acostumbró y posaba sin problemas.

Una tarde de lluvia en el otoño Octavia tuvo tiempo de seleccionar algunas fotos y las fue a imprimir a Chillán un par de días después, cuando estuvieron listas pasó, por el bazar de Carola con la esperanza de poder verlas con tranquilidad. Carola estaba sin clientes en ese momento, por supuesto la reconoció de inmediato y la invitó a un té a la parte de atrás del local y en una mesita pequeña Octavia comenzó a disponer una tras otra las imágenes de su tío en la chacra. Hablaba en voz alta acerca de cuáles le parecían más fieles a lo que quería lograr; ensimismada y sin darse cuenta de la expresión de Carola a medida que se sucedían imágenes de Ignacio, comenzó a hacer dos grupos, las que le gustaban y las que no alcanzaban sus criterios de satisfacción. Cuando terminó su tarea vio a Carola conmovida y no sabía qué hacer o decir porque comunicarse con palabras no era su talento, los genes de la familia eran dominantes, claro está.

Agradeció el té y la posibilidad de revisar sus fotografías y se incorporó para irse.

−Elija una, se la regalo.

−Carola sin poder hablar tampoco, eligió una en donde Ignacio esbozaba una sonrisa y debajo de su sombrero se podían adivinar sus ojos, que hasta ahora solo veía en el Chamullo.

Cuando recuperó la compostura pudo hablar y alabó el trabajo de Carola – usted debería hacer una exposición por aquí, son muy buenas sus fotos. No sé cómo explicarlo, no soy muy versada en nada, pero me muestran una imagen del campo más original, alejada del sacrificio y la pobreza.

−¿En serio? Mire que es justo lo que quería lograr.

Se despidieron no sin que antes Octavia le pidiera tomar una foto de ella en su bazar.

−¡Claro mijita, dele no más!

Tomó unas treinta fotografías sin que Carola se diera cuenta, al irse pasó a dejar el archivo para una nueva impresión.

La observación de Clara fue un impulso para Octavia, se esmeró en una serie de fotografías de la vida cotidiana del campo y las estaciones del año. Para todos lados iba con su cámara. También fotografió a los supervisores, a Carlos y a Blanquita. Los viejos se acostumbraron también al lente fotográfico y ya no posaban, solo vivían, y Octavia les plantaba el clic.

En una de sus visitas a la tienda en donde imprimía sus fotos se enteró de un concurso de fondos municipales para una exposición en el salón cultural. Participó y envió una carpeta digital con algunas fotos.

Contra todos los malos augurios y pesimismo que pueden surgir de la mente de alguien considerada la inútil de la familia, el trabajo de Octavia fue seleccionado y sus fotografías formarían parte de la exposición.

El tío Ignacio había salido del hospital hacía más de un año, Octavia seguía a su lado y no se imaginaba la vida sin ella.

La patota de viejos se presentó en pleno en la exposición y también lo hizo Carola. Tamaña fue su sorpresa al verse retratada en una fotografía de más de un metro de largo y ancho. Aparecía sonriente, un poco despeinada y con sus manos sobre el mesón del bazar. Había ido sola y miraba nerviosa para todos lados temiendo que su retrato provocara algún tipo de burla. Octavia la tomó del brazo y la llevó cerca de Ignacio y su grupo de amigos. El viejo se sobresaltó y abrió los ojos como el Cholo cuando no entendía qué estaba pasando. Sin que nadie dijera palabra alguna, el grupo se alejó de Carola e Ignacio. Ella extendió su mano para saludarlo y el viejo la tomó entre las suyas sin soltarla.

−Te he extrañado mucho Carola.

−Yo también

Ambos hubieran podido decir que extrañar era una palabra poco apropiada porque ningún día el otro estuvo ausente en la mente del otro.

Siguieron caminando por los salones de la exposición deteniéndose en cada fotografía, al poco rato estaban riéndose y casi diciendo las mismas palabras frente a cada imagen, como si el curso de los pensamientos fueran idénticos.

Carlos y Blanca habían preparado una celebración para Octavia en su casa e invitaron a Carola una vez que las ceremonias y discursos acabaron en aplausos, Ignacio miraba con expresión de incredulidad la escena y como acto supremo de valentía le pidió que por favor fuera para que la conocieran y ellos dos pudieran ponerse al día. Ella lo miró con sorpresa y casi lanza un comentario sarcástico, pero se tragó sus palabras y contra su naturaleza, sonrió y aceptó.

La mejor fotografía no apareció en la exposición. Octavia pidió al grupo de viejos que posaran en las mismas posiciones cada vez que se juntaran, era un total de ocho viejos que se sentaban en una banca, con Ignacio y Carola al centro, todos sonriendo y diciendo como chiste que a la siguiente oportunidad de seguro iba a haber uno o dos menos. Carola se hacía acompañar ahora por el Chamullo a todos lados, esas eran las ventajas de ser un perro chico y saltarín. El Cholo se subía a la camioneta solo cuando la reunión se hacía bajo el nogal de Carola ¿cómo sabía que ese sería el lugar del encuentro cada vez? no hay respuesta para aquello-

Nunca se habló de romance ni nada parecido, todos, incluidos Ignacio y Carola, parecían entender que entre ellos había un vínculo más profundo y extraño que el de una pareja. Tanto así que al menos cuando se hacían las reuniones bajo el nogal de Carola, el Chamullo y el Cholo actuaban como compinches que conocían la historia con todos sus detalles.

Octavia retomó su vocación primaria y si bien ser fotógrafa no le quitaba la etiqueta de inútil en su familia, esta vez confiaba en que había más mundos que develar. Se quedó con el tío Ignacio y ambos se cuidaban de sus fantasmas, dinosaurios y orangutanes imaginarios. Resabios imperecederos de quienes fueron cortados verdes.

 



[1] The Beatles, Here there and everywhere https://youtu.be/6VcfBh3hWO4?si=PJmMOHB3QaGSsZpS

 

[2] Proyecto Gotan, Mi confesión https://youtu.be/J-NyOvOlovA?si=rh57J_Xz_MqCiC3_

 



[i] Violeta Parra, El Albertío https://youtu.be/WUnDj2fXsLY?si=_zThx5oj_7jVgWuz

 


Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...