Una vez que la débil sombrilla se
voló por completo y en el afán por alcanzarla, no por el interés en recuperarla
sino solo por el daño que podría provocar en alguien, decidió partir. El calor
era insoportable y la arena caliente dejó sus pies algo quemados en la breve
carrera por alcanzar ese objeto chino. Era obvio que no iba a servir en una
playa del sur y en ninguna parte. Lo peor era salir de la invisibilidad para
ser observado mientras perseguía esa baratija. La semana siguiente estaba ahí
mismo bajo un paraguas tan inútil como la sombrilla. La lluvia no respetaba la
verticalidad esperada así es que los pantalones estilaban y arrastraban arena
mojada.
No era de ahí, eso lo sabían tanto
los demás como él mismo. – Es difícil sentir que uno es de alguna parte en
estos días – casi lo dijo en voz alta, por si el paisaje respondía. Era feliz
en la tormenta, en medio del viento, los árboles y la lluvia y ahora, menos
taxativo frente a distintas circunstancias, también apreciaba el efecto del sol
en el reflejo del agua y la abundancia de colores. La familiaridad con el
entorno a veces opaca el efecto estético de los lugares en donde se desenvuelve
la vida, eso debe ocurrir a los habitantes de lugares turísticos. Para ellos la
presencia de volcanes, bosques de árboles milenarios, ríos, lagos y el mar, tal
vez no parezca ser tan milagroso como para los visitantes, en ese sentido, ser
un afuerino eterno y no un oriundo, era una ventaja.
Si ahondaba en la sensación de
afuerino, podía generalizarla a casi toda su vida, por razones que conocía bien
desarrolló una curiosidad por las personas en comunidades, cómo hacían para
organizar la vida, los rituales que seguían y aquellos patrones que se repetían
cada uno con explicaciones diferentes de cómo y por qué se iniciaron y más aún,
se mantuvieron.
Un observador participante. En
primer año de antropología oyó hablar de esa técnica de investigación, estar y
no estar, la doble conciencia en acción. Sus habilidades de adaptación lo
hacían ideal para allegarse a casi cualquier grupo humano, además de una
apariencia poco llamativa, sin ningún rasgo físico que pudiera generar
borbotones de prejuicios en los nortinos y sureños. No más que la habitual
desconfianza de los que saben de la utilización de los citadinos de su, a estas
alturas, casi extinta hospitalidad y bonhomía. Además, había ido desarrollando
la habilidad de adoptar los distintos acentos del país. Camuflaje cultural
llamaba a ese proceso.
En algún momento, de tanto observar
a otros advirtió que se había transformado en una forma de ser; un permanente
estado de alerta del que ya no era posible distinguir si esa era la única vía
de relación con los demás y, peor aún, consigo mismo. Los bosques, el agua,
paisajes grises o coloridos eran el espacio donde podía ser libre y feliz,
ahora en especial, que ya no había nada que demostrar o superar y su rol era
cada vez más teórico que operativo. Debía dedicarse a leer informes y, a lo
más, ser parte de comisiones en la toma de exámenes cuando en el departamento
académico se acordaban de que existía. Lo peor era la burocracia, estar lejos
lo ayudaba a desentenderse de las demoras porque faltaba el visto bueno de
algún colega de otro departamento. Se había cansado de las comisiones de ética
que de modo invariable planteaban objeciones al filo del plazo y entonces los
investigadores comenzaban a taparlo de correos, llamadas y mensajes en todas
las plataformas como esperando alguna acción de salvataje de su parte; lo
situaban en un lugar en el que le atribuían más poder del que tenía y sobre
todo lo volvían visible a otros. Ya se había cansado de eso, de pelear por
otros, de representar un papel de mediador y en el que se sentía obligado a ser
diplomático para no herir susceptibilidades de las vacas sagradas, cuando lo
que correspondía era gritar un par de insultos por la flojera y la indolencia.
Peor le resultaba ese rol de contenedor emocional de los alumnos que habían
recibido de su misma parte la advertencia del manejo de los plazos y que, como
jóvenes que eran, el tiempo parecía moverse en una velocidad diferente y
personal. Lento como en una sala de espera al inicio del proceso y como la luz
las últimas tres semanas.
También observaba a los alumnos
como una comunidad de jóvenes ¿qué tenían en común con los del sur o con los
del norte? Más de lo que hubiera sospechado, los videos virales habían
unificado el lenguaje, el humor, las quejas, las risas, los anhelos y usaban
los mismos memes para explicar algún problema, pero era una identidad difusa,
compartida con el mundo, al menos ese que se mueve como mercancía de contenidos.
Les resultaba más complejo identificar algo que fuera propio, aunque se
esforzaban hasta lo indecible por diferenciarse. Esos temas le seguían
apasionando. Así como también esa generación de adultos apurados por vivir
luego de haber dejado atrás anhelos personales por la sobrevivencia y el
llenado de tareas del ciclo vital. Los que intentaban volver a su tierra de
origen y reaprender de lo que renegaron en su adolescencia por irse a la ciudad
a trabajar o a estudiar y mejorar el estatus de sus padres. Estaban también los
que no habían salido y se quedaron al alero de sus padres, esperando que los
hijos siguieran el mismo sendero a pesar de las intenciones del estado y las
empresas para que aprendieran a desenvolverse en un modelo de mercado
tecnologizado. Ahí seguían, bajo la línea de la pobreza y viviendo en un país
que se llamaba igual, pero que no era, ni de cerca el mismo. En el extremo sur
era inexplicable el concepto de nacionalidad, excepto para los partidos de
fútbol y los chismes de la farándula. Había poco interés por esos temas, al
menos desde el punto de vista de la antropología cultural. Consultoras al
servicio de empresas, partidos políticos e instituciones del estado trabajaban
según el prisma de una agenda y si bien lo intentó, no pudo soportarlo. Lo
trataron de remilgón y purista, de ingenuo y defensor del status quo.
Después de todo, su capacidad de adaptación no era tan laxa, admitió con
satisfacción. Ahí comenzó el retiro.
Ya era tarde para muchas cosas,
pero no para intentar ser parte de algo, del paisaje, de diversos paisajes,
diluido y translúcido entre distintos tonos de verde, azul y gris.
Solo que la vida sorprende, más de
una vez inclusive. No tuvo que hacer nada, ya estaba en la nómina de
prescindibles. Le avisaron por correo en una nota redactada por inteligencia
artificial. Se dio cuenta por lo sentimental y pulcra de la redacción y en
especial por la claridad en el procedimiento a realizar. Hasta estaban
incluidos los títulos de algunas tesis que dirigió y que le habían valido
algunas entrevistas en un par de diarios de circulación nacional. Venía,
además, una explicación o algo así acerca del difícil momento que pasaba la
universidad y que debían privilegiar los estudios ligados a la producción de
bienes y servicios y que, entendiendo bien que esa era una lamentable pérdida
de perspectiva, no había otra forma de seguir subsistiendo como departamento.
Como fuera, no dejó de sentir algo
de nostalgia y más rabia de la que ya tenía por su incapacidad de demostrar que
el conocimiento de las comunidades, no necesariamente vinculadas a la
producción, a la larga iba a permitir una sustentabilidad duradera y más
global. Se trataba de mirar más allá de la mitigación como se entendía hasta
ahora y los premios de consuelo, como plazas y juegos infantiles, que las
grandes empresas ofrecían a los habitantes divididos en asociaciones poco
representativas.
Ahora no tenía interlocutores para
su discurso y no le quedaba más que adaptarse a vivir sin una ocupación formal,
podría tal vez poner en práctica algunos proyectos conversados con algunas
personas que conoció en sus investigaciones. Ninguno muy original, ninguno muy
rentable, pero que podían dar lo suficiente para sobrevivir sin traicionarse.
Se dio como plazo cuatro meses para
echar a andar algo y arriesgarse a un mal resultado y poder empezar de nuevo,
hasta achuntarle. Se acordaba de su profesor de educación física con esa
palabra − ¡achúntale Rodríguez! −. Lo peor fue el esfuerzo de explicar y
explicarse lo que pasaba, por primera vez no podía esconderse en el disfraz de
antropólogo y no era fácil presentarse porque ¿quién era ahora? ¿qué era ahora?
Era un cesante, sonaba más fácil decir ´profesional independiente´, un
eufemismo nacional. En todo caso, a los casi cincuenta años, esa sensación de
vértigo y adrenalina de no tener la vida ordenada, de por primera vez no saber
qué responder frente a preguntas más imaginarias que reales, era algo nuevo y
que casi rozaba lo angustiante. No tenía hijos, sus padres habían muerto y la
familia que quedaba estaba compuesta por su hermano, el correcto, con esposa,
hijos, casa propia y una carrera impecable como abogado laboral. Era un buen
tipo, siempre había estado dispuesto a ayudarlo como un hermano mayor que no
renuncia a lo que sus padres le dijeron era su responsabilidad. Lo recibía en
su casa cada vez que iba a Santiago, lo único incómodo era su esposa, había
hecho ingentes esfuerzos por congeniar con ella, pero no había caso, era algo
en su voz, en el rictus fijo de su expresión, una especie de sonrisa fingida,
tal vez como la propia, que los hacía repelerse. Además, no había ocasión en
que no le dijera que consideraba una maravilla la vida de él, sin
responsabilidades. Ahora solo sonreía, pero antes le parecía un menosprecio mal
disimulado. Claro, trasladarse de ciudad, incorporarse a diversas comunidades,
observar y escribir para a veces cuatro proyectos simultáneos debía parecer muy
fácil. Y estaba lo de explicar, casi en cada visita, en qué consistía su
trabajo, sabiendo que a la siguiente le volverían a preguntar lo mismo. La
única que notaba su molestia y alegaba contra su madre era su sobrina menor
Daniela, que lo veía como una especie de Indiana Jones extraviado en el país,
pero que algún día saldría en las noticias igual que el chascón de los
temblores y sería famoso.
Le parecía muy absurdo hacerse
problemas por decir que lo habían despedido y que no tenía ganas de seguir en
lo mismo, pero pasaban los días y estaba paralizado. Esos días de libertad, se
convirtieron en un episodio extraño y lo que aparecía tan claro en su mente en
los primeros instantes, se fue enlenteciendo y convirtiendo en un laberinto en
el que a cada paso que se le ocurría, aparecía un obstáculo imaginario. – no
soy bueno vendiendo, no soy partidario del lucro, no puedo arriesgar lo poco
que tengo −. La carta de despido le llegó por correo electrónico y físico a
Coyhaique, ahí se desarrollaba el último proyecto. Al menos alcanzó a estar en
sus cabales el suficiente tiempo para despedirse de los vecinos de Mañihuales
que se resistían a dejarlo ir porque lo encontraban simpático y lo consideraban
uno de ellos. No explicó las razones de su partida.
Se estaba alojando en una cabaña
para turistas, cerca de un río al que bajaba a diario para sacarse la
incomodidad del encierro. Había prolongado el arriendo por dos meses más. Al
principio sesenta días parecía un plazo eterno, como las vacaciones de verano
de un escolar. Los días comenzaron a deslizarse con rapidez entre su parálisis
interna y el verano que trajo muchas personas atraídas por las publicaciones en
múltiples plataformas. Lo notaba por el cambio de vecinos de las cabañas de los
lados. No se le ocurría nada, no quería gastar en nada, dormía poco y hasta
había comenzado a extrañar ese período en que añoraba ser libre y tener los
días enteros para dedicarse a sus intereses. Solo que sus intereses, ahora lo
advertía, eran restringidos y pobres. Tenía un montón de libros digitales,
ninguno era de otro tema que no fuera de su ámbito profesional. ¿Quién era sin
su traje de antropólogo, de investigador? Esa pregunta lo martirizaba, era un
total inútil. No sabía cómo obtener dinero si no era trabajando en lo que
siempre había hecho.
Una vez que se terminaron sus
provisiones, se fue caminando al centro de Coyhaique, no quedaba tan cerca,
pero tiempo y desesperación era lo que más tenía. No se había afeitado y la
barba entrecana le daba un aspecto, al fin, de lugareño. Había sol y corría
viento. Las nubes voluminosas y blanquísimas no hacían presagiar lluvia.
Caminaba encandilado y lamentando no haber sacado su sombrero, ese que su
sobrina pensaba era el mismo de Indiana Jones.
−
¡Profesor!
¡profe! ¡Oiga caballero! ¡Don Guillermo!
Un furgón de turismo se detuvo
junto a él. Reconoció a Jorge, el conductor, guía turístico, buscavidas que lo
llevaba a Mañihuales cuando trabajaba en el último proyecto.
−
¿Quiere
que lo lleve? ¿va pa´l centro? Espérese que le abro.
No alcanzó a responder que prefería
caminar y no hablar con nadie. Se subió, no sin cierta incomodidad, tratando de
hilar algo para explicar su aspecto y sobre todo su falta de algo que hacer.
−
¡Se
quedó sin pega profe! −Jorge lanzó la frase sin anestesia y con toda
naturalidad − ¡Así no más! − Tan fácil fue decirlo que la locura y la vergüenza
de los instantes y días anteriores le parecían emociones ridículas.
Se produjo un silencio
incómodo y de pronto Guillermo lanzó una risotada que contagió a Jorge, casi
llorando de la risa le confesó que sentía mucha humillación. La risa contagió a
Jorge que casi no podía manejar. Nunca había oído reír al profesor Rodríguez, él
era el único que lo trataba de don Guillermo porque eso de profesor le parecía
demasiada pleitesía de su parte. Le pareció una risa contagiosa, de esas que estremecen
todo el cuerpo. Tuvo que detener el furgón porque no podía parar de reír y
Guillermo tampoco.
Por un segundo, o menos quizás,
pensó que era un momento de descontrol emocional, como si de pronto fuera a
llorar igual que cuando era un niño de seis años y no quería ir al colegio al
otro día. Era una escena que había querido olvidar, pero que cada cierto tiempo
volvía. Todavía podía sentir el escozor en la mejilla por la cachetada que le
dio su madre al notar que era una risa de angustia − ¡contrólate, Guille! –
acto seguido lo mandó a la cama y la escuchó decir a su padre – no se me
ocurrió otra forma de calmarlo y por favor déjalo solo – el padre fue a
abrazarlo y le preguntó si pasaba algo en la escuela, que por qué no quería ir,
pero estaba tan paralizado por la orden de la madre que solo podía rascarse la
cara como si eso sirviera para algo. Se fue a acostar, llorando a mares, hasta
que no salía nada, ni llanto y menos risa y sin poder responder al padre, que
se fue de su lado solo cuando se hubo tranquilizado. Escuchó un rato la discusión
entre sus padres, pero no distinguía las palabras y el murmullo, más el
cansancio lo hicieron dormir.
− ¿Puede creer que me daba vergüenza
decir que me echaron de la pega? Y volvía a reírse con más ganas − y que no se
me ocurre qué hacer.
− Le creo, le creo− dijo Jorge
cuando logró controlar la respiración Ya le conté a usted, me retiré de carabineros
y decidí venirme porque no aguantaba más, inventaba toda clase de cosas, que era
un premio a mi trayectoria, que había participado de operaciones secretas y
había jurado máxima discreción hasta cincuenta años más. Y los tontos me
creyeron ¡hasta miedo me tenían! Solo que un día, hace como ocho años, un ex oficial,
mi último superior, vino de vacaciones, me reconoció y empezó a hablarme de mi pedida
de baja. – ¡Ahora que conozco su tierra lo entiendo pueh! Muy bonito aquí como
para andar arriesgando la vida por barrios pobres y feos en Santiago. Fue una
buena decisión −, me lo dijo delante de los otros choferes de turismo. De ahí
que me agarran pa´l hueveo por aquí, por eso me dicen agente Jorge, pero qué
importa. Ni guardia de seguridad quise ser. Nunca más un arma ni un palo, traje
a la polola a conocer y la convencí de quedarnos por aquí, a ella le encantó y
entre los dos armamos esto del transporte de turistas. Al principio manejé un
colectivo, después me aburrí y así siguió la vida.
− Y ¿no tendrá una peguita pa mí
por aquí?
No supo de dónde sacó valor para hacer
esa pregunta
− ¿Me habla en serio?
A esas alturas habían retomado la
ruta y estaban cerca del supermercado.
− Aquí lo dejo don Guillermo, me
voy a buscar unos pasajeros. Otro día seguimos conversando.
− Oiga Jorge, por favor no me diga
más profe, ni don, llámeme Guillermo por favor.
− Ya. No tengo tiempo ahora, pero
lo voy a venir a buscar pa´ que me acompañe a Mañihuales un día de estos.
− Ya, total no tengo nada que hacer
− se rio de nuevo y parecía necesitar decirlo en voz alta para dejar de temer a
su nueva categoría: cesante, desempleado o ´entre trabajos´ como había oído decir
a una gringa en un programa de TV.
Caminó tranquilo al supermercado y no
experimentó la incomodidad que creía sentiría al estar en un lugar en un
horario en que lo normal es que la gente en edad de producir estuviera en sus
trabajos. Su horario nunca fue normal porque las reuniones con la comunidad o
individuales debía ser en el tiempo libre de ellos o cuando ellos lo dispusieran,
pero se dedicaba a escribir informes, a transcribir los diálogos textuales para
las investigaciones cualitativas, a contestar correos en horario de 8.00 am hasta
al menos las cuatro o cinco de la tarde, casi sin pausa, de manera que su día
estaba dedicado casi en su totalidad al trabajo. También estaban las
detestables sesiones on line con los alumnos para ayudarlos a definir
objetivos, hipótesis y la metodología más idónea para responder a la pregunta
formulada. Para él era casi automático, para los chiquillos, era la peor parte.
Lo peor eran esos que esperaban que él les hiciera el trabajo, con aquellos era
implacable − ¿qué se creían? − les tenía una rabia irracional, como si lo
humillaran si pensaban que era un empleado de ellos en vez de su profesor guía.
Los mandaba a leer enormes mamotretos de metodología de la investigación y a
hacer ensayos tan largos como inútiles solo para ver si desertaban de su
mentoría. Algunos se quedaban y tal como perro de caza entrenado no soltaba a
su presa hasta que el alumno asumía un rol activo y propositivo.
Esos recuerdos volvían a su mente mientras
ponía en el carro, café, arroz, aceite, fideos de distinto tipo, salsas en
tarro, atún, artículos de aseo, carne al vacío, pan para congelar y queso
laminado. Eso era todo. Ninguna extravagancia o artículo superfluo como vino,
chocolates o palmitos. Solo como premio a su propia risa sacó un paquete de
galletas dulces y una fruta.
Ahora era de verdad invisible y no
podía disfrutarlo, no tenía que observar modos de resolver problemas o particularidades
locales, solo tenía que vivir, sobrevivir y hacer realidad todas esas fantasías
que lo acompañaban desde niño. Se imaginaba, solo, sin padres y nadie que lo
cuidara ¿qué haría? ¿qué comería? ¿dónde dormiría? Si bien a veces ansiaba esa
libertad imaginaria las más de las veces se aterrorizaba y se aferraba a las
buenas notas en el colegio, a la responsabilidad, a no ser un problema para
nadie. Se reconocía cobarde y ahora más. Cobarde e invisible.
Pagó los productos más la bolsa que
había olvidado comprar. Le había hecho bien ver a Jorge. Cuando escuchó su
historia le pareció un tipo en plena conciencia de sí mismo y que nunca perdió
la esperanza de estar bien, decía a quien lo quisiera escuchar que era feliz
porque no tenía pajaritos en la cabeza y hacía lo que había que hacer. Le pareció una lógica conformista y simple la
primera vez que lo escuchó, pero más tarde cuando lo oía hablar de su familia,
de las anécdotas como guía turístico, de las historias que inventaba para que
un paisaje se volviera más recordable, le parecía de una sabiduría envidiable.
Cuando llegó a la cabaña, después
de una caminata que se le hizo eterna, comió como si hubiera regresado de la
guerra. Durmió al menos doce horas. Al día siguiente ordenó sus pertenencias en
la mochila, regaló la mercadería a los veraneantes de al lado, habló con la
dueña, pidió un taxi que nunca llegó, hizo dedo por primera vez y se las
arregló para llegar a Puerto Tranquilo.
Consiguió alojamiento, fue a un negocio
local, compró pan, queso y jamón. Un termo de cinco litros, un tarro de café,
azúcar, endulzante y dos cajas de té. Al otro día se levantó a las cinco y
media de la mañana. Antes de las seis treinta estaba en el lugar de las salidas
de las lanchas con las bolsas de sándwiches y las bebidas calientes, que iban a
salir hacia las catedrales de mármol. Vendió todo a los operadores de las
lanchas y vendedores de boletos. A las 8.30 vendrían de vuelta los primeros
turistas, mojados y con frío, se apuró en preparar de nuevo más sándwiches, té
y café. Recién a las diez y media abrían los demás negocios más establecidos:
carritos y puestos pequeños. Los negocios establecidos se concentraban en sus
propios clientes así es que al principio no había problemas. Su objetivo era que
algunos de los clientes que no tenían más alternativa que ir al servicentro por
el baño, en vez de consumir algo en una fila, pudieran tomarse algo caliente y
comer un poco mirando el lago General Carrera y su belleza salvaje.
− Oiga Guillermo ¡usted es muy
desesperado! Lo fui a buscar a las cabañas y me dijeron que se había ido. Mire
donde lo vine a encontrar, ¡vendiendo sánguches como lugareño con ñeque!
− Le regalo un sanguchito y un
café.
− ¿y mate? ¿no tiene? Aquí tomamos
mate.
Ambos rieron y se fueron a pasear
por la plaza.
− Oiga usted me dijo que le buscara
una peguita y mire en lo que anda. Le tengo algo más a su altura.
− A ver ¡eche afuera!
− Hablé con los viejujos de
Mañihuales y también con las señoras de las huertas y harta gente más. Se
acordaban de usted y de lo que les hacía conversar. Quedaron con ganas de hacer
cosas, pero necesitan a alguien que los ordene, tienen muchas ideas, pero no
saben cómo echarlas a andar. Y entonces les dije que lo invitaran a conversar a
ver si salía algo con usted. Acuérdese que les habló de trabajar con la idea de
Mañihuales como oasis climático, les mencionó las viñas experimentales, la
fruta y el montón de cosas que podrían hacer en conjunto con la gente de Aysén.
Que a lo mejor podían juntarse con la gente de las casas-pandemia. Esos que
creyeron que iban a trabajar on line para siempre y la cuestión duró un
poco más no más.
A Guillermo Manríquez se le vino un
tropel de ideas a la mente, mientras escuchaba a Jorge, miró su mesita, el lago
y ese viento que le susurraba la vida en la piel y los oídos.
− Iré en cuanto termine la
temporada. No sabe lo libre y feliz que he estado aquí en este corto tiempo. Ni
yo me lo creo. Dígale a los viejujos que estaré a su servicio en cuanto sienta
que estoy preparado.
− Cuando usted diga no más pueh,
allá le tienen alojamiento. No le van a poder pagar como la universidad, pero
no le va a faltar de comer y compañía tampoco.
− Ni se les ocurra hablar de pagos.
Si vamos a arriesgarnos con proyectos yo voy con el grupo. Si ganamos
financiamiento habrá pa mi sueldo y el de más personas.
Se despidieron con un abrazo y una
gran sonrisa.
− ¿Lo vengo a buscar a fines de
marzo?
− No es necesario, no soy tan
pollo, me ha servido pelear con los otros dueños de quioscos y los canasteros.
Son rudos pa pelear las lucas.
− Sí, pero con los primeros fríos
se van.
Jorge se subió al furgón y partió
con las buenas noticias.
Ahora, casi viejo, había
descubierto que sabía sobrevivir y ser libre y estar tranquilo y sentirse
liviano y simple. Quedaba poco para disfrutar de esa sensación, estaba seguro de
que los proyectos de Mañihuales resultarían en algo que lo haría quedarse en
esas tierras donde perdió su invisibilidad.
Negociaría su libertad de poder volver
a vender pan a Puerto Tranquilo en el verano. Esa sensación no era transable.

