sábado, 10 de mayo de 2025

Protagonistas NPC

 





En los tiempos libres que le quedaban en su trabajo Elsa tomaba el teléfono y veía los innumerables consejos de cómo sacarse partido y verse mejor, más joven y atractiva. Al cabo de un rato aparecían otros miles de discursos acerca de aceptarse y dejar de ser víctima de las presiones del mercado que ataca por todos lados a las mujeres. En ocasiones, después del trabajo, se quedaba mirando las vitrinas de alguna tienda de ropa, incluso se había atrevido a entrar a un par, presa de un impulso de compra combinada con un aburrimiento de ser y parecer siempre la misma, luego de tocar la suavidad de algunas blusas y suéteres, miraba el precio en las etiquetas y se arrepentía. Se debatía entre las estrategias de marketing del tipo −yo me lo merezco, para eso trabajo y total el mundo se va a acabar −, y otros argumentos en la dirección opuesta− para qué, quién se va a dar cuenta o tal vez lo haga cuando tenga alguna ocasión especial, que nunca llegaba, y la infaltable responsabilidad ecológica −, de modo que terminaba por abandonar la idea de comprar algo para sí misma. A veces llegaba más lejos y se probaba algo que sí podría usar: un nuevo pantalón o una blusa, casi como un chiste repetido, elegía prendas casi idénticas a las que tenía y entonces las dejaba porque no tenía ningún sentido gastar en verse igual. Además, con tantas noticias de asaltos y sus propias experiencias en la calle, de hecho, se avergonzaba de haber perdido dos celulares en la micro y otro más en las cercanías de la entrada del metro Lo Ovalle, se convenció de que no debía llamar la atención y más bien debía dar la impresión de ser ella la que podía robar a otros.

Su sobrina, con la que compartía departamento en el centro de Santiago, era muy diferente y podía advertirlo con toda claridad, si bien para el exterior parecía casi motivo de orgullo – ¡menos mal que no es como su tía!, ella es alegre, segura y arriesgada – decía casi como un mantra a quien estuviera cerca, en su interior parecía estar recitando una parte de las características que le hubiera gustado tener y que veía fuera de su alcance.

Lo bueno de no esperar nada era la sensación de paz y contento interior, como en la película Días Perfectos. Cuando la vio no le produjo, ella creyó, un gran impacto, pero después no le quedó más remedio que aceptar que la había afectado. Ser una npc [i] era ser parte del paisaje y de la experiencia de un juego apacible tal como si el otoño fuese duradero. Le gustaba el cine y veía casi todo lo que había en cartelera. Volvía a ver películas viejas también en las salas del Normandie y el Biógrafo en Lastarria, hasta escribía algunas críticas como una forma de recordarlas más. Ese ítem del presupuesto no le pesaba en la conciencia. Era como el aire, necesario para vivir. Algunas películas la dejaban flotando, aunque no tuviera tan claro qué quiso decir el director o si el guionista había dado o no con el tono que esperaba el autor de la idea. Una vez se atrevió a quedarse a un grupo de discusión y su comentario provocó palabras burlonas de un viejo intelectual −el cine es algo más que solo la anécdota de la historia −. No se atrevió a opinar de nuevo y el viejo aquel se dedicó a aportillar cualquier comentario que llegaba a sus oídos. Varias películas bien valían una siesta, pero se esforzaba por verlas completas porque era el trabajo de alguien y de todos los que creyeron en ese proyecto. Esas las borraba de su conciencia no pensando más en ellas, porque el sacrificio de haberse quedado despierta era suficiente. Antes de devolverse al departamento, después de cada película, pasaba a tomar un café con leche en los meses fríos y un agua tónica con limón durante los meses cálidos.

Coincidía en contadas ocasiones con su sobrina, ella, una veinteañera, siempre tenía algo que hacer y pasaba a contarle de sus aventuras y desventuras a su dormitorio tarde, muy tarde. La hacía reír mucho con sus tonterías infantiles y cada relato se parecía a una escena de película, a una vista o a una por ver porque ya se había convencido de que el tiempo va para atrás y para adelante y tal vez para otros lados.

También realizaba ocasionales compras asociadas a algunas escenas de películas, unos aros simples y pequeños como de los años veinte del milenio pasado, algún pañuelo de encaje y otras minucias que rara vez alguien notaba.

La opinión de quienes se relacionaban con ella, clientes de la farmacia donde trabajaba y compañeros de trabajo era unánime: una señorita amable y silenciosa. La estridencia era lo más lejano a la cineasta aficionada. La conversación con ella era lo más parecido a un encuentro entre viejos: frases hechas, alguna referencia al clima y al estado de las cosas, un acápite en el que cabían quejas varias y habitualmente referidas a la seguridad, las murallas pintadas y el lenguaje deteriorado de los más jóvenes. Las miradas hacia abajo y un meneo de cabeza desaprobatorio acompañaba esos breves intercambios sociales. Ella conocía su personaje a cabalidad y no se salía de él. Incluso sentía que la seguía una cámara o varias en diferente ángulo por lo que también cuidaba sus movimientos que no podían ser amplios o bruscos como correspondía a una extra de escenas cotidianas. Con tantas películas en la memoria del cuerpo, también estaba en su repertorio ser una npc de un film de acción o de terror y entonces correr y gritar como correspondería a un estado de desesperación colectiva. No le había correspondido ese carril de experiencias hasta ahora. Incluso cuando perdió sus tres celulares se trató de hurtos tan silenciosos y suaves como ella.

Una tarde igual que muchas otras entró un cliente que solo hablaba inglés buscando un antihistamínico. Se acordó de la película Hitch, especialista en seducción, solo que no se parecía a Will Smith. Era un hombre alto de unos 45 años, algo pasado de peso y con un pelo un tanto rojizo desordenado y abundante. Ninguna de sus compañeras le entendía, ella se acercó, recordó la escena del benadryl y le dijo algo parecido a − ¿es esto lo que usted necesita? – el extranjero, que resultó ser escocés, la miró con sorpresa y un infinito agradecimiento. Siguió un diálogo mínimo en inglés. Ella sabía algunas frases de películas de memoria y podía acomodarlas a la situación que se requería.

El gringo, como lo llamaban en la farmacia, pasó a ser un cliente habitual. Cada vez que necesitaba algo de higiene personal o algún medicamento pasaba al local y a Elsa le correspondía atenderlo. Él no se esforzaba mucho por hablar español, muy típico de europeos y norteamericanos de visita por Latinoamérica por lo demás. Elsa, sin darse mucha cuenta comenzó a esperarlo y si alguna semana el gringo no aparecía, su humor se oscurecía un poco más de lo habitual.

II

Romuald llegó a Chile por curiosidad, trabajo y desesperanza; había vivido una historia oscura de la que no le gustaba hablar porque sonaba a cliché y a personaje de novela de Emile Zola, marcado por su origen. Prefería pensar de sí mismo como un escapista que oscilaba entre torcer el destino y dejar que la vida ocurriera sin demasiada interferencia de planes que, por otro lado, por más que se había esmerado en delinear, hasta el momento habían resultado muy diferentes del dibujo original. De profesor de historia medieval había pasado a trabajar en casi cualquier cosa en su país y en otros se había aventurado hasta en barcos pesqueros en mares imposibles, como en Noruega y Nueva Zelanda. Esas experiencias, terroríficas y extremas lo habían traído a Cabo de Hornos, hasta que se cansó del frío y de la cercanía de la muerte. Estuvo cerca en varias ocasiones. Lejos de ver el túnel y la luz al final, solo había despertado adolorido y con una sensación de resaca que le recordaba sus noches de cerveza y más tarde whisky en las tabernas de su país. De flacuchento y debilucho con expresión depresiva, había pasado a ser un tipo con fuerza y desgreñado con marcas en la piel y en alguna parte de su manera de ver el mundo y a las personas. Aun con las dificultades de comunicación le pareció vivir algo diferente y mejor con las personas que conoció en Punta Arenas. Siempre encontraba personas que hablaban inglés y pensó que tal vez pudiera quedarse en esa ciudad cuando conoció a una profesora de ese idioma con la que tuvo un romance. Solo que ella tenía la esperanza de irse con él a Escocia y pareció entonces una mala comedia de equivocaciones. Fue avanzando hacia el norte según aparecían otras personas y posibilidades de trabajo. – Son gente confiada los latinos – se repetía, le abrían las puertas de sus casas y le daban ideas para trabajos hasta que volvió a algo parecido a su labor original, hacer clases, pero no de historia de la edad media, sino de inglés en colegios bilingües. No tenían que decirle que no hablara español porque, aunque entendía bastante más de lo que pretendía, sentía una profunda vergüenza de su pronunciación casi inentendible para los locales. Todavía no advertía que los chilenos harían, casi sin excepción, un enorme esfuerzo por comprenderlo y facilitarle las cosas.

Hacía clases en un colegio religioso de La Cisterna, de pocos recursos, pero con altas pretensiones que se sentía orgulloso de tener en su profesorado a un europeo. La primavera traería grandes sorpresas, fiestas nacionales que le resultaron muy sorprendentes y agradables y una alergia impresionante que le tenía la nariz como un porrón: roja e inflamada. No tenía seguro de salud y no sabía cómo ir a consultar a un médico. Había evitado relacionarse con otros escoceses o extranjeros que pudieran orientarlo. Tenía la fantasía de poder arreglárselas solo y hacer como si fuera el único que había llegado a hacerse una vida, aunque fuese mínima, a Sudamérica.

Fue en esas circunstancias que recorrió diferentes farmacias hasta que una mujer entendió lo que quería.

Le llamaba la atención esa forma tan medida de comportarse de Elsa, como si quisiera ocupar poco espacio con su cuerpo y su voz. Un personaje de un cuadro de otra época que le recordaba a alguien, pero no lograba identificar muy de quién se trataba. Le atribuyó cierto misterio y tal vez algo denso y opaco en su interior.

Comenzó a inventar motivos para ir a la farmacia, a veces hasta tres veces por semana. Le habían dicho que los chilenos se duchaban todos los días incluyendo el lavado del pelo. Entonces se inventó una lista de productos de limpieza y otra de igual tamaño de cremas para contrarrestar los efectos en la piel de tanto jabón y champú. No podía ser tan bueno para la piel tanta agua y detergentes a diario. Tampoco quería arriesgarse a oler mal para sus estudiantes adolescentes y colegas profesores.

Durante un mes y medio no fue a la farmacia porque se dedicó a recorrer Santiago cada tarde después del trabajo, había muchos datos en las redes sociales del patrimonio arquitectónico y si bien, nada podía ser tan impresionante como Europa, no dejaban de tener encanto las construcciones un tanto pretenciosas y al mismo tiempo sencillas de tiempos fundacionales de la capital.

Se imaginó caminando con Elsa en esos paseos y volvió a la farmacia. Su conducta hasta ese momento había sido la de un adolescente, solo miradas, frases cortas y sonrisas apenas esbozadas. Ridículo.

III

Cuando Elsa lo vio entrar de nuevo, no pudo evitar sonreír y levantar las cejas demostrando una alegría genuina y sin disimulo. Al advertirlo casi se asustó y su rostro volvió a la expresión de siempre; se acercó a Romuald que en lugar de fingir que necesitaba comprar algo le dijo que la invitaba a tomar un café a la salida de su trabajo esa misma tarde. Elsa aceptó como si se tratara de algo que le sucedía a menudo.

No pudo concentrarse más, se miró y se arrepintió de no haberse comprado el vestido que se había probado, ese tan diferente a todo lo que tenía. Al menos llevaba sus aros en la mochila y un pañuelo que pondría un toque diferente a la polera gris que llevaba.

Se las arreglaron para hablar entre diálogos de películas y frases en español champurreado. Ella lo vio como un personaje de una película de aventuras, recio, valiente y al mismo tiempo complejo y sensible: Indiana Jones en persona, Romuald a ella como un cuadro de Hopper, una mujer con historias inconfesables disfrazada de correcta a la espera del azar representado por él.

Entre la advertencia de Romuald de los diálogos de películas que Elsa distribuía en sus conversaciones y la evitación de él de sus historias antiguas de delincuente de poca monta, que ella descubrió se encontraban detrás de los disfraces de explorador del planeta, vivieron el mejor romance que cada uno se pudo imaginar al lado del otro. Sin que ninguna escena fuese real.

 

 

 

 

 

 

 



[i] NPC: non player character


lunes, 5 de mayo de 2025

Columbo y Columbo, los últimos humanos.

 


− ¡Tanto tiempo sin vernos Columbo!

− Sí, ¿alguna explicación?

− No, la vida no más y el temor.

− ¡Uf! Por supuesto, como si no lo conociera, el temor a molestar ¿no es así?

− Y más, usted me conoce, pero no perdamos más el tiempo ¿a qué se debe este café?

− Al otoño, a la celebración del frío y a la sorpresa de que tal vez seamos los últimos humanos.

− Lo noto apocalíptico. ¿se refiere a la guerra comercial?

− No, a algo que comenzó antes que eso. A la muerte paulatina de la conversación.

− ¡Ah! un tema apasionante. También he pensado en eso. Son escasas las conversaciones, pero tal vez los son desde hace mucho, la mayoría de las veces parece que las personas conversan, pero más bien es un intercambio de frases hechas por la buena costumbre, sin muchas ideas. Incluso se evitan tópicos que pudieran llevar a discrepancias como si fuera una especie de amenaza al vínculo.

− Entonces usted, tan pedante como siempre, solo llama conversación a la discusión de ideas inteligentes o algo así. No concuerdo, tal vez yo sea más básico, más torpe, más naïve

− Ja ja ja y usted, tan burlón como siempre, no desaprovecha ninguna oportunidad para desacreditarme ¿no?

− No es muy difícil la verdad. Fuera de bromas, una expresión muy cliché, por supuesto, me refiero a verse las caras, a hablar, inclusive a balbucear, lo que sea con otra persona, aunque se trate de temas absurdos. Tal vez nosotros seamos los últimos que podemos decir algo sin recurrir a la IA.

− ¿Cómo? No estoy familiarizado con eso.

− ¡Se me olvida lo viejo que es usted!

− Agradezca que recién nos trajeron el café, si se va a poner desagradable, mejor me voy. Y por si no se acuerda, tenemos la misma edad.

− ¡Ay! Tanto y tan rápido que se ofende. Disculpe Mr. forever young, no sé qué me pasa hoy que no puedo ponerme serio en este encuentro. ¿sabía usted que ahora cuando chatea no puede saber si es una persona la que le contesta o la IA es la que responde?

− ¿En los trámites? Como las páginas de los bancos, pedidos de gas y esas cosas supongo.

− ¡No pues! En un chat con amigos, una persona natural o varias. Si la respuesta es muy ordenada, lógica y sin faltas de ortografía hay que desconfiar, puede tratarse de una aplicación que su interlocutor usó para darle una respuesta adecuada según varios criterios.

− ¡No me diga! ¿usted ha usado esa aplicación para chatear conmigo? En general su escritura es correcta y adecuada.

− Jamás la he usado, menos con usted, es una deformación profesional eso de poner puntos, comas y, por lo demás, hace mucho que no chateamos y me parece bien. De otro modo estos encuentros no tendrían sentido ¿no le parece?

− Por supuesto, en eso estamos de acuerdo, aunque como usted es yo y yo usted, ambos sabemos que de no ser por el chat estaríamos muy aislados.

− Cierto, ninguno se destaca por las habilidades de conexión. Usted detesta hablar por teléfono y a mí me es difícil empezar, pero bueno aquí estamos. Así es que tal vez sí seamos los últimos humanos con recursos de la especie, aunque ya posiblemente contaminados con micro plásticos y las correcciones del autotexto.

− Sí, humanos puros, puros tal vez ya no seamos.

− Al menos conservamos algunas cualidades de lo humano, aquello de la autoconciencia y de la narrativa personal.

− ¿Ha estado leyendo algo que trate sobre eso en el último tiempo?

− Sí, pero no recuerdo dónde, tal vez lo escuché, en fin, es un tema antiguo, los humanos nos caracterizamos por contarnos historias acerca de todo, intentamos explicarnos las cosas en una sucesión de eventos que tal vez incluso no ocurrieron o no en el orden recordado.

− ¡Ah! Claro y a usted le obsesiona eso de los archivos mentales y las emociones que los traen a la conciencia teñidos de diferentes colores.

− Y a usted le atrae la idea de que las explicaciones acerca del comportamiento de uno mismo y de los otros no son más que acomodos según las teorías de la mente que impere en ese momento para los interlocutores o en ese estado de doble conciencia que establece el diálogo interno.

− Como esta conversación ¿no?

− y como cualquier conversación. ¿No son los otros lo que uno cree de ellos?

− o podría ser que uno crea a los demás, uno les atribuye características, motivaciones, deseos, temores.

− No sé, es una exageración me parece. Uno hace cosas, los demás también.

− Sí, pero las interpretaciones son de quien las hace. Claro, tampoco es que estemos en una alucinación constante…¿o sí?

− Oiga, pero entonces, el concepto de uno mismo también es un invento, otro cuento más o narrativa para que suene más sofisticado ja ja ja.

− Se nos acabó el café con leche ¿quiere unos panqueques para seguir conversando?

− Por supuesto, en eso no hay dos versiones del mismo yo. Y otro café con leche.


viernes, 25 de abril de 2025

Don Mario

 


Casi todo el año pasado y lo que va de este me lo he pasado escuchando biografías, conferencias, audiolibros y otras curiosidades mientras hago otras cosas: conducir, jardinear, cocinar, ordenar y el sinfín de tareas domésticas repetitivas, invisibles e infinitas. Extraño la música, es cierto y cada vez que quiero escuchar algo me aparecen enseguida más videos y podcasts porque yo misma he ido alimentando el algoritmo de mis preferencias o laberintos de palabras diría un admirador de Borges.

Las biografías son, por lejos, una debilidad o una preferencia marcada en mis ´me gusta´ que toman la forma de corazoncitos rojos y pulgares para arriba en las plataformas digitales. A veces no tengo la posibilidad de detener la reproducción automática y así conocí a Don Mario, me refiero a Vargas Llosa por supuesto. Di con una conferencia que dio [1] en la universidad Diego Portales, sin buscarla. Esa fue la primera vez que lo escuché. Más allá del contenido, al que en esa ocasión no presté demasiada atención, me impactó su forma de hablar, esa voz firme y coherente con la claridad de sus ideas. Sin titubeos, muletillas ni rodeos innecesarios, como si hubiera tenido un archivo mental escrito y ensayado en modo de autoejecutable, pero dicho con entusiasmo y convicción. Me pareció un hombre viejo con una inteligencia muy superior y, sin embargo, sin intenciones de agraviar a otros con esa superioridad intelectual. Al revés, tenía la particular habilidad de hacer parecer fáciles algunos conceptos en los que otros pueden darse muchas vueltas y volteretas acrobáticas para deleitarse en su propia habilidad de volverse ininteligibles.

Desde ahí empecé a buscar entrevistas, foros y otros en los que participó y de los que quedaron registros. Escuché su biografía según diversos oradores, tarea esencial si se quiere una visión más amplia y caleidoscópica de alguien por eso de los sesgos, los inevitables sesgos. Escuché sus opiniones respecto de diversos temas y las reacciones de sus contemporáneos. Me metí, de puro copuchenta, a conocer más detalles de su singular vida amorosa y los juicios que enfrentó en cada circunstancia. A partir de esos pelambres me puse a leer La Tía Julia y El Escribidor y me resultó difícil porque me interesaba la historia con la tía y las otras interminables anécdotas me distrajeron. Todavía no lo termino. (lectora pecadora que deja libros a medias). Seguí escuchando entrevistas, conferencias y anécdotas de la vida del escritor. Porque cuando a una le da, ¡le da!

Escuché encantada la historia de Víctor Hugo, salpicada con detalles sobre Flaubert[2]. Es hipnotizante, divertida y al mismo tiempo muy técnica esa conferencia. Es para repetírsela como una buena melodía.

Y se murió.

Los videos, opiniones y juicios de multiplicaron y siguen reproduciéndose como el COVID en sus mejores tiempos. Los juicios negativos por su historial amoroso y opiniones políticas están a la par de los elogios por su talento como escritor y orador.

Un señor con una vida llena de historias y anécdotas que solo parecen ocurrir en el transcurso del tiempo de quienes pueden contarlas. Un humano tan contradictorio como no se puede más, alguien capaz de escribir La Sociedad del Espectáculo y luego emparejarse con la reina de la farándula para después volver a la casa de su ex y su familia. Un señor capaz de enfrentar toda clase de preguntas, algunas francamente agresivas, y responder con claridad por su valiente defensa de la moderación y la libertad en una ya larga época en que lo más fácil es rendirse a los extremos y lisonjear a la cultura mainstream.[3]

No me he pasado solo escuchando a Mario Vargas Llosa, también, buscando cómo hacer un paseo a Lonquimay, me encontré con la historia de la masacre de Ranquil (1934) y también me dio, escuché muchas versiones de lo mismo y todavía me faltan más. Me puse a imaginar cómo ese horrible conflicto afectó y sigue afectando a personas que eran vecinas y luego enemigas. El silencio se instaló por años entre ellos y me parece entender por qué. Vargas Llosa hubiera escrito una gran novela sobre esa historia terrible.

 

 

 



[1]  De la utopía a la libertad, UDP https://youtu.be/G6Zgq6voolo?si=IIl60mZF4jMtbwMG

[2] MVLL Mis pasiones literarias https://youtu.be/SLYic6Z1bPY?si=0x3Cai8J_eVXQoEM

[3] MVLL, sobre Gabriel García Márquez https://youtu.be/BcDlwT7Clyw?si=6wRaaNNj1rD8iqRK


martes, 22 de abril de 2025

Perfil ideal

 




En una medida desesperada, exagero por supuesto, me puse a buscar en Linkedln lo que ahora se considera una trabajadora ideal y no me vengan con eso de que depende de la empresa, del clima, del perfil del jefe superior. Hay palabras que se ponen de moda y parece que hace rato estoy hablando otro idioma o entiendo todo mal. No sabía si actuar como una profesional dispuesta a la esclavitud más absoluta, con tal de ser parte del proceso de consecución de objetivos, y entonces, disfrazada de joven con enorme potencial, casi hacer una venia a quien quisiera contratarme; o mostrarme como alguien con una confianza a toda prueba, con condiciones de liderazgo del que se necesitara: participativo, autoritativo, apreciativo, situacional, transaccional, pero con sólidas convicciones personales.

O tal vez hacer propias esas listas de lo que dicen que hacen las personas de éxito: levantarse a las cuatro de la mañana, hacer actividad física, comer en las horas que lo permite el ayuno intermitente, siempre que se trate de comida cocinada por una, con mucho huevo, verduras y tés de hierbas que no conozco; vestirse con colores neutros, de manera que quede en evidencia el buen gusto y dinero, pero sin ostentar; pensar positivo todo el día y al mismo tiempo estar conectada con las emociones, pero no tanto como para perder el control y desregularse, pecado capital fuchi fuchi, de lo peor que le puede pasar a alguien en cualquier circunstancia. Conmoverse sí, pero con clase. Llorar sí, pero sin sollozos ni mocos, reírse sí, pero sin carcajadas que puedan irrumpir en el espacio personal del otro. Aprender también para qué es aceptable querer tener dinero, no por ambiciosa, no por superficial, sino para viajar, aprender, disfrutar de la naturaleza, de los sentidos, de la compañía de personas que sumen. No para pagar un arriendo, para llegar a fin de mes en azul y menos mencionar el ahorro para períodos duros porque alguien de éxito no piensa en que algo puede resultar mal. En los hobbies hay que incluir la lectura de al menos dos libros al mes, para eso hay resúmenes en podcasts de moda, la meditación, alguna manualidad y el orden inmaculado del dormitorio y todo el espacio vital.

Llevo casi seis meses sin trabajo porque renuncié, pero tampoco puedo decir con sinceridad lo que me pasó porque está mal visto hablar mal del lugar anterior en donde una fue a caer, pero aquí lo puedo contar: estaba trabajando con un jefe tan mediocre que hasta una vez lo escuché decir que me había seleccionado porque me encontró útil, pero tontona, así es que jamás podría ser una amenaza para él, no se me iban a ocurrir ideas aportadoras y tenía el perfil de aplicada obediente que él requería para seguir siendo indispensable. Lo escuché cuando hablaba con un amigo por teléfono, así de huevón. Me había dado cuenta de cómo parasitaba de todos los integrantes del equipo, se apropiaba no solo de las ideas, también de las críticas a distintos proyectos de manera que frente al gran jefe aparecía como un tipo leal y al mismo tiempo independiente de pensamiento. El tipo vivía pensando en cómo posicionarse mejor, cómo convencer, y convencerse, de lo indispensable que era en el negocio. Nunca conocí a alguien tan centrado en los rumores ¡ni en el colegio! Estaba pendiente de quién y para qué entraba alguien a la oficina del gerente general, se quedaba todo lo que podía hablando con la secretaria, hasta corrieron rumores de que tenían onda, pero yo me daba cuenta de la cara de la pobre. Al principio lo trataba bien, pero luego ya le parecían odiosos sus interrogatorios y ponía malas caras sin disimulo, él único que no se daba cuenta, o no quería hacerlo, era ese tipo. A mí me dijo que era casado, después sospeché que hasta eso era una mentira para parecer correcto, acorde al cargo, pero no, había una mujer en el mundo dispuesta a aguantarlo. − La necesidad tiene cara de hereje − decía mi abuela para explicarse esas uniones raras.

El gerente debe ser harto de las chacras también, o naïve, para decirlo de mejor modo, que no se da cuenta de la calaña de su ´mejor colaborador´ como lo llamaba en los tres aniversarios de la empresa en los que alcancé a estar.

A mí me trataba, al comienzo, con máxima distancia laboral, Azucena para allá, Azucena para acá, (qué le voy a hacer, así me pusieron mis padres); revise estos informes por favor y haga comentarios. Tenía que detectar fallas en los manuales, en la descripción de procesos, si los gráficos eran los más adecuados para mostrar los datos, si estaban acorde a las normas de calidad de la empresa y si, así como iban los avances, se alcanzarían los plazos propuestos por los clientes. Eso era al principio, después me tocaba ir a verificar en terreno si era efectivo que las cosas se hacían como se decía en el informe y encima proponer mejoras porque había que optimizar los presupuestos y mejorar la productividad. A los trabajadores de las diversas áreas les parecía raro que me metiera tanto en sus tareas, me fue difícil al principio, nunca he sido confianzuda y a cada rato decía que eran órdenes de arriba, eso abre puertas, pero no cierra sospechas y ahora que estoy afuera me han contado que pasé por toda clase de atribución de intenciones, ninguna buena por supuesto.

De tanto trabajo y tan distinto, al año conocía en detalle lo que hacían casi todos. Propuse automatizaciones de procedimientos y de a poco, sin darme cuenta casi, comencé a anotar las falencias que según yo había en cada unidad y en rojo lo que a mí me parecía que había que hacer para remediarlas. A veces eran tonterías como que si se dispusieran las máquinas en una orientación diferente se facilitaría el desplazamiento de los trabajadores y mejorarían el tiempo de respuesta e incluso habría un menor índice de accidentabilidad.

Eso detonó mi salida, mi jefe andaba en Dubái, porque se las había arreglado para que le dieran los mejores viajes en busca de innovaciones aplicables a la empresa. Llegaba de cada destino con carpetas de folletos, cotizaciones, fotos e ideas que eran estupendas si se hubiera tratado de una fábrica de autos de fórmula uno, pero la empresa se dedicaba al armado y reparación de maquinaria agrícola. Como el verso arregla todo y siempre se las ingeniaba para decir que no se trataba de copiar sino de llevar prácticas de un ámbito a otro para que se tratara de verdadera innovación y no de réplicas de experiencias, el gerente le seguía creyendo.

Un trabajador se enredó en un cable, cayó mal, quedó hospitalizado por un TEC cerrado y fractura del antebrazo, de cúbito y radio, decía el informe. Ese día todo estaba mal, la tormenta perfecta de errores, ausencias y encima, apagón en la ciudad. Esos asuntos nunca llegaban al gerente, pero como ese día todo estaba raro, terminó casi él mismo resolviendo la tremenda escoba que quedó. Un compañero del trabajador accidentado detuvo un proceso para que no se dañara el generador y estalló otra máquina. En realidad, pudo ser mucho peor, casi nos incendiamos por completo.

Yo me encargué de la UPS, si nos quedábamos sin información ya era el colmo. Estaba verificando algunos puntos cuando me llamó a su oficina el gerente. Estaba casi al borde del ataque de pánico, hacía todos los esfuerzos para controlarse, era como si necesitase que alguien le dijera que todo iba a estar bien, que podía respirar tranquilo, nadie se murió y las pérdidas del día eran recuperables en un plazo breve. Entendí por qué confiaba en un chanta como mi jefe, que por lo general hablaba como si tuviera un doctorado en todos los temas, le daba certezas que nadie tenía, lo tranquilizaba y le hacía sentir que las cosas estaban bajo control.

Me preguntó miles de cosas, detalles incluso insignificantes y yo le dije que para ordenarnos deberíamos ir por áreas y saqué mi tabla eterna de puntos a mejorar. Se calmó, respiró profundo y me pidió que se la compartiera. Le dije que si quería la arreglaba para que la entendiera porque estaba llenas de abreviaturas personales y observaciones que no se entendían sin contexto. Ya era tarde y había que irse, me dijo que cuando volviera mi jefe se la presentara con él en una reunión.

Eso hice, mi jefe volvió de Dubái, feliz y lleno de ideas, ninguna suya. La atmósfera se volvía pesada e intranquila cuando estaba mi jefe, los que podían evitarlo lo hacían, yo no podía porque era la mano derecha del mano derecha. La reunión con el gerente quedó para la tarde, me persiguió toda la mañana para que le presentara antes a él o que al menos le enviara un resumen. Con tantas cosas a mi cargo, que él mismo me había asignado, y dado que el tiempo no es tan elástico como él quiere, no alcancé. Tampoco es que tuviera muchas ganas. 

La dichosa reunión se hizo después de almuerzo. Apenas entré me di cuenta de que mi jefe se había ganado la antipatía de los otros de su misma jerarquía, le preguntaban con tono cínico acerca de su último viaje, si ya tenía listo el siguiente destino y parecían un grupo de envidiosos sin ganas de disimular sus malos sentimientos. Recibí muchas preguntas y buenos comentarios mientras presentaba. La jefa de mantenimiento me dijo que ahora entendía que anduviera metida por todos lados, que podía ver que estaban los elementos para una estrategia general de mejora de flujos que ella encontraba indispensable. El gerente general tenía una expresión extraña, no soy muy buena detectando caras parece porque no sabría decir si estaba confundido, enojado o tenía sueño. Preguntaba poco y prefería comentar a mi jefe sin que los demás pudiéramos escuchar. Al final, creo que más por la antipatía hacia mi jefe que por mi presentación, me felicitaron más de lo necesario y uno se atrevió a aplaudir sin que los demás lo siguieran. Mi jefe hizo lo de siempre, se atribuyó muchas observaciones e ideas. Hasta el gerente miró hacia abajo y comenzó a sonreír meneando la cabeza de lado a lado. Yo no dije nada, me despedí y agradecí el espacio de la reunión. No sé, buenas costumbres de la casa, hábitos de provinciana serán. 

Ellos siguieron por más de una hora y yo volví a lo mío. Mi jefe me llamó a su oficina en cuanto salió. Me trató de lo peor, la verdad me sorprendió, y me acordé de eso de tontona y obediente, esperaba alguna clase de reconocimiento la verdad, en lugar de eso me dijo desleal, mosquita muerta, escaladora, desclasada, ineficiente y casi me culpa del accidente del trabajador. Lo vi como una especie de dragón de poca monta que me lanzaba llamas y malos olores por su boca y que su único objetivo era verme llorar. No sé cómo, pero logré parecer tranquila. Escuché su perorata abyecta y casi podía verlo convertirse de dragón en gusano.

- ¿Terminó? 

- Sí, sal de aquí. 

Si hubiera podido creo que me hubiera empujado, a cambio dio un portazo sonoro y cobarde.

Lo que vino fue peor, por semanas me sobrecargó de tareas estúpidas e incoherentes entre sí, cambiaba las prioridades a cada rato de modo que no podía avanzar en nada. Además, tenía que avisarle de cada llamada de otra unidad que recibiera. Y yo lo hacía, obediente, claro. Calzaba con mi perfil.

Comencé a cansarme como nunca antes. Un par de días llegué atrasada porque dormía mal en la noche y no escuché la alarma del teléfono. Era fin de mes. Llegué y revisé mi liquidación de sueldo, venía con un error grosero, harta plata de menos. Me estaba poniendo de pie para ir a preguntar qué había pasado cuando entra mi jefe con un papel de observaciones, una genial idea del departamento de recursos humanos, para que firmara los atrasos y el descuento en puntaje que eso tendría en mi evaluación de desempeño. 

Me dio la locura, reventé. Agarré el papel, lo rompí y lancé los pedazos a su cara, comencé a gritarle de todo: gana pan, chueco, miserable, mediocre, chupamedias y poca cosa, como me quedó gustando ese último insulto lo repetí gritando más fuerte con mayúsculas y separando las sílabas PO CA   CO SA. Tomé mi cartera y renuncié. 

Aquí estoy, buscando trabajo y rogando para que no llamen a mi exjefe para pedir referencias mías. Una amiga me recomendó que fuera a un coaching laboral . Fui y me dijeron que tenía que trabajar mi control de impulsos, tolerancia a la frustración, aprender a poner límites y mejorar mi asertividad.



miércoles, 16 de abril de 2025

No sé mañana

 

Foto de Heber Vazquez: https://www.pexels.com/es-es/foto/puesta-de-sol-mujer-silueta-tarde-15969258/


La escena era tan absurda que se reía sola. Solo que después, durante la ocurrencia de los hechos no podía sacarse el traje de seriedad y formalidad que según ella correspondía a su rol de ejecutiva de pensiones. Siempre con la mirada en el beneficio del cliente, pero sabiendo que debía captarlo como fuera. Si sonreía de una manera muy espontánea todo podía irse al carajo, solo podía esbozar un rictus de agrado que generara confianza y nada de familiaridad que pudiese parecer una cercanía sospechosa. Vestía un correcto pantalón negro, un sweater gris con escote en v que dejaba ver una blusa blanca inocua y un infaltable blazer pasado de moda.

Cuando en la compañía vio la agenda de visitas del día aparecía Héctor Mardones Cabrera. Trataba de recordar los nombres para reforzar aquello de la atención personalizada y que la asesoría pareciera más bien una conversación en lugar de una venta de servicios. Le habían preparado la carpeta para don Héctor con sus datos de cotizaciones y ahorros previsionales voluntarios, llevaba también las propuestas de renta vitalicia que, dadas las condiciones de incertidumbre del mercado, era la única opción vendible. Ella hablaba en porcentajes, probabilidades y trataba de evitar conceptos como enfermedad, muerte y siniestralidad. Trataba de utilizar conceptos como esperanza de vida, tranquilidad, seguridad. Las palabras importan, le decían en cada capacitación de ventas. Además, recalcaban hasta la caricatura las diferencias generacionales y la adaptación a los usos sociales de los mayores. Para eso se requería observación de los detalles, fíjense en el pelo, por lo general acompañaban esa frase con un chiste viejo y repetido – ¡si es que les queda! – ojo con la ropa, en el maquillaje en el caso de las mujeres, miren la postura corporal. Todo iba dirigido hacia la determinación de la actitud del cliente: se trataba de un viejo con ganas de seguir trabajando hasta la muerte, de alguien cansado cuyo máximo sueño era irse a la casa a ver películas; de una persona previsora con una cartera de inversiones diversificada que tenía planes hasta para tres vidas más, de alguien que nunca planificó nada, solitario o sociable. En fin, y por supuesto, la entrevista debía determinar si había personas dependientes de su futura pensión, si había fondos compartidos y una serie de factores, cada uno con un puntaje asociado.

La ventaja de su trabajo era que pocos estaban informados, parecía casi un estado de negación aceptado por grandes grupos, ella misma había entrado a trabajar en ese rubro porque casi se cayó de espaldas cuando vio su propia pensión. Además, era más sana de lo que esperaba y por lo tanto debería prodigarse más ahorros a cómo diera lugar. Sonaba raro considerar un problema lo de la extensión de la expectativa de vida. Dar información actualizada y de forma sencilla era su forma de sentir que contribuía y no era una pieza más del sistema esquilmando a trabajadores que cumplieron las reglas del juego. De paso, cada cliente era una contribución más a su fondo para el futuro.

II

Comenzó a sonar una salsa, los versos repetían casi palabra por palabra el argumento que Eva quería escuchar y que cualquiera de su edad tenía tan aprendido como un rezo o una poesía de los años escolares para iniciar una aventura de gente grande. – [1]yo no sé mañana −. Su compañero de baile era guapo y bailaba, daba lo mismo cómo, el punto era bailar. Sentía su mano en la espalda y luego, sin hablar estuvieron coordinados en un discurso interno mutuo que solo requería movimiento, risas y miradas.

Que mal que estuvieran presentes tanta gente que la conocía, mal que mal la vida continuaría y vería de nuevo a muchos de los que la miraban mientras bailaba con el guapo de la fiesta. Que raro se sentía eso, de haberlo experimentado en la adolescencia, la historia sería otra, pero a estas alturas en que ya pocas cosas importaban, seguía pendiente del buen concepto que otros pudieran tener de ella. Las amigas la buscaban para decirle con el pulgar que les gustaría estar ahí. Eva esquivaba el contacto. Algunas le decían cosas que no lograba escuchar. ¿Por qué a algunas personas parecen querer conversar en contextos donde es imposible? Esta vez le tocaba el rol de la suertuda del baile y no iba a desaprovechar la oportunidad de disfrutar ese territorio.

Era casi divertido hacerse la indiferente a las miradas acosadoras que querían y al mismo tiempo no, ser testigos de los avances en el contacto físico. Era parte del juego de las mujeres y hombres en el baile. Podría ser un buen chisme, podría ser un excelente chisme, de esos que permiten juzgar a otros y al mismo tiempo posar de sabios consejeros y decir las frases maduras que todos han aprendido en la tribu, desde siempre, pero también estaba el deseo, de los otros, de que no ocurriera nada y así todo quedaría en el plano de la fantasía y los juegos peligrosos.

A veces, para escapar de sus propias sensaciones, solía imaginar que su conciencia sobrevolaba encima de distintas situaciones, se separaba entonces de la escena para observarla desde otro ángulo. Podía casi advertir desde lo alto la dinámica de los acercamientos de los grupos y cómo se armaban y desarmaban alianzas momentáneas según la música y otras intenciones. Se distraía en esas observaciones mientras esperaba alguna explicitación de intenciones, un secreto acuerdo de salir, él primero y ella después, para dar curso a lo que era tan evidente, al menos para ella: ese deseo que surgía a borbotones por tanto contacto entre los cuerpos.

Podría haber argumentado cualquier cosa, la letra de la salsa con la que comenzaron a bailar, la inminencia del fin del mundo en el 2012, la naturalidad de la biología, lo que fuera y ella hubiera dicho que sí incluso a alguna propuesta vaga. No importaba si no sabía siquiera su nombre. Podría haberse ofrecido a llevarla a su casa con un breve desvío. Eva quería decir algo, pero de un modo fantasioso sentía que había dicho todo cantando las canciones que se sabía y que su cuerpo la había delatado en cada movimiento, en cada acercamiento.

Terminó la fiesta y cada uno partió por su lado, con una despedida tan formal como los manidos saludos cordiales al final de cada correo electrónico. Soñó con el guapo de la fiesta esa noche y otra más.

III

Cuando la secretaria le dijo a Eva que pasara a la oficina de don Héctor Mardones, que la estaba esperando se encontró, doce años después, con el guapo de la fiesta. Lo reconoció por los ojos, la sonrisa y el porte. Simuló no conocerlo dando por sentado que él no había notado su presencia en esa fiesta tan lejana a estas alturas. Se presentó y comenzó el habitual despliegue de su discurso técnico diciendo lo de siempre – seré breve don Héctor, se ve que es un hombre ocupado− a todos les gusta oír eso porque casi no hay nada peor visto que alguien que no es productivo durante todo el período de vigilia y tal vez incluso durante el sueño, que debe ser reparador, de mínimo siete horas y ojalá más, sin interrupciones ni pesadillas que puedan revelar alguna acumulación del temido cortisol. Una vez que le entregó la carpeta con la información de su caso y Héctor la leía rápido, recorrió con la vista la oficina. No era muy diferente de otras que había visitado en ese mismo edificio de Vitacura, muchos ventanales, madera oscura, buena temperatura y minimalista, tal vez su escritorio estaba un poco más desordenado que otros, con notas y gráficos dibujados en hojas dispersas encima, hábito que aún tenía la generación de personas que comenzaban a planificar su pensión.

El potencial cliente, vestía de azul en distintos tonos, clásico y correcto. La corbata revelaba su conservadurismo más que la posición jerárquica en su trabajo. Le agradó su formalidad, Eva no soportaba a aquellos que la tuteaban y lanzaban risotadas de la nada haciéndose los vivarachos y seductores como si pudieran logran más intereses en sus fondos por sus intentos de envolverla en una seudo relación amistosa.

Era agradable Héctor. Formal y distante, pero interesado en entender y preguntar lo necesario.

En un nuevo sobrevuelo sobre esta escena le pareció que la vida era extraña por la forma en que se dibujaban los encuentros y desencuentros, ahí estaba el absurdo que casi la hacía reír, pero ya era una maestra, casi, en el control de sus expresiones.

−No se me ocurre qué más preguntar para alargar esta reunión, estoy seguro de haberla visto antes y solo se me viene una canción a la mente. Dijo esto con una inesperada y amplia sonrisa, retirándose los lentes de lectura para mirarla de frente.

Eva ordenó la carpeta y se levantó para despedirse, se acercó un poco y en una conducta muy fuera de su repertorio habitual, cantó un pedazo de la salsa que había bailado con él “yo no sé si tú, no sé si yo…”.



[1] Luis Enrique, Yo no sé mañana, https://youtu.be/2PVi95J-FMo?si=qUB36Q6g0eagJEMm

 

viernes, 11 de abril de 2025

Mariposa inefable o sobre escribir

 


Foto de Walter Smeijers: https://www.pexels.com/es-es/foto/verano-hojas-mariposa-flora-19535583/

Ayer salió por ahí, en alguna de
las plataformas de imágenes y videos que frecuento, una cita de Paul Auster, como
es habitual no la recuerdo con exactitud. Se refería al hábito de escribir y la
imposibilidad de dejarlo porque es al mismo tiempo doloroso y necesario. Busqué otra cosa recién y, obvio,
me salió el mismo Paul Auster diciendo que escribir era un trabajo arduo que
consistía en hacer aparecer como fácil algo muy difícil como que un párrafo
diga lo que quiere decir, con el ritmo y la energía que él quería expresar. Eso es tomarse en serio eso de
escribir. Justo ayer también una querida
amiga, una de las responsables en que decidiera atreverme a publicar algunos de
mis cuentos, me envió un audio al que también se sumaba su marido, elogiando el
Café Literario y otros cuentos y diciendo que debería dedicarme a escribir. He pensado harto y lo cierto es que
me lo paso escribiendo, todo el día, todo el tiempo en que estoy en vigilia,
solo que no puedo traspasarlo a un archivo. Tengo tantos filtros ahora que nada
me parece digno de ser contado o demasiado personal o inapropiado o sin sentido.
Las últimas historias que subí son, en mi opinión, tan intrascendentes que podría
eliminarlas y no me acordaría de ellas, de hecho, casi no me acuerdo. Puedo
juntar palabras y hacer frases más o menos entendibles, pero no se conectan con
nada o casi nada. Hasta esto es difícil de escribir. Conozco historias interesantes de
otras personas, pero no es cierto que se pueda vampirizar la vida de otros, al
menos yo no puedo. Me encontré una mariposa blanca el
otro día, o ella se encontró conmigo y me puse a inventar una historia sobre la
percepción, pero quería escribir sobre extrañar y entonces no pude seguir.
Falta de disciplina, perseverancia o de sentido puede ser. Tal vez escribir requiera de un
plan interno, una especie de convicción o coherencia interna que es difícil de
encontrar o aceptar. O un para qué que no esté ligado a lo útil, que no sea
instrumental a un objetivo. Lo intentaré de nuevo. Debajo del
búnker de filtros, debe haber algo todavía que quizás quiera ser expresado,

(no sé por qué salió así el formato del texto)

martes, 18 de marzo de 2025

Bruma, sombrilla y colores (completo)


 

Una vez que la débil sombrilla se voló por completo y en el afán por alcanzarla, no por el interés en recuperarla sino solo por el daño que podría provocar en alguien, decidió partir. El calor era insoportable y la arena caliente dejó sus pies algo quemados en la breve carrera por alcanzar ese objeto chino. Era obvio que no iba a servir en una playa del sur y en ninguna parte. Lo peor era salir de la invisibilidad para ser observado mientras perseguía esa baratija. La semana siguiente estaba ahí mismo bajo un paraguas tan inútil como la sombrilla. La lluvia no respetaba la verticalidad esperada así es que los pantalones estilaban y arrastraban arena mojada.

No era de ahí, eso lo sabían tanto los demás como él mismo. – Es difícil sentir que uno es de alguna parte en estos días – casi lo dijo en voz alta, por si el paisaje respondía. Era feliz en la tormenta, en medio del viento, los árboles y la lluvia y ahora, menos taxativo frente a distintas circunstancias, también apreciaba el efecto del sol en el reflejo del agua y la abundancia de colores. La familiaridad con el entorno a veces opaca el efecto estético de los lugares en donde se desenvuelve la vida, eso debe ocurrir a los habitantes de lugares turísticos. Para ellos la presencia de volcanes, bosques de árboles milenarios, ríos, lagos y el mar, tal vez no parezca ser tan milagroso como para los visitantes, en ese sentido, ser un afuerino eterno y no un oriundo, era una ventaja.

Si ahondaba en la sensación de afuerino, podía generalizarla a casi toda su vida, por razones que conocía bien desarrolló una curiosidad por las personas en comunidades, cómo hacían para organizar la vida, los rituales que seguían y aquellos patrones que se repetían cada uno con explicaciones diferentes de cómo y por qué se iniciaron y más aún, se mantuvieron.

Un observador participante. En primer año de antropología oyó hablar de esa técnica de investigación, estar y no estar, la doble conciencia en acción. Sus habilidades de adaptación lo hacían ideal para allegarse a casi cualquier grupo humano, además de una apariencia poco llamativa, sin ningún rasgo físico que pudiera generar borbotones de prejuicios en los nortinos y sureños. No más que la habitual desconfianza de los que saben de la utilización de los citadinos de su, a estas alturas, casi extinta hospitalidad y bonhomía. Además, había ido desarrollando la habilidad de adoptar los distintos acentos del país. Camuflaje cultural llamaba a ese proceso.

En algún momento, de tanto observar a otros advirtió que se había transformado en una forma de ser; un permanente estado de alerta del que ya no era posible distinguir si esa era la única vía de relación con los demás y, peor aún, consigo mismo. Los bosques, el agua, paisajes grises o coloridos eran el espacio donde podía ser libre y feliz, ahora en especial, que ya no había nada que demostrar o superar y su rol era cada vez más teórico que operativo. Debía dedicarse a leer informes y, a lo más, ser parte de comisiones en la toma de exámenes cuando en el departamento académico se acordaban de que existía. Lo peor era la burocracia, estar lejos lo ayudaba a desentenderse de las demoras porque faltaba el visto bueno de algún colega de otro departamento. Se había cansado de las comisiones de ética que de modo invariable planteaban objeciones al filo del plazo y entonces los investigadores comenzaban a taparlo de correos, llamadas y mensajes en todas las plataformas como esperando alguna acción de salvataje de su parte; lo situaban en un lugar en el que le atribuían más poder del que tenía y sobre todo lo volvían visible a otros. Ya se había cansado de eso, de pelear por otros, de representar un papel de mediador y en el que se sentía obligado a ser diplomático para no herir susceptibilidades de las vacas sagradas, cuando lo que correspondía era gritar un par de insultos por la flojera y la indolencia. Peor le resultaba ese rol de contenedor emocional de los alumnos que habían recibido de su misma parte la advertencia del manejo de los plazos y que, como jóvenes que eran, el tiempo parecía moverse en una velocidad diferente y personal. Lento como en una sala de espera al inicio del proceso y como la luz las últimas tres semanas.

También observaba a los alumnos como una comunidad de jóvenes ¿qué tenían en común con los del sur o con los del norte? Más de lo que hubiera sospechado, los videos virales habían unificado el lenguaje, el humor, las quejas, las risas, los anhelos y usaban los mismos memes para explicar algún problema, pero era una identidad difusa, compartida con el mundo, al menos ese que se mueve como mercancía de contenidos. Les resultaba más complejo identificar algo que fuera propio, aunque se esforzaban hasta lo indecible por diferenciarse. Esos temas le seguían apasionando. Así como también esa generación de adultos apurados por vivir luego de haber dejado atrás anhelos personales por la sobrevivencia y el llenado de tareas del ciclo vital. Los que intentaban volver a su tierra de origen y reaprender de lo que renegaron en su adolescencia por irse a la ciudad a trabajar o a estudiar y mejorar el estatus de sus padres. Estaban también los que no habían salido y se quedaron al alero de sus padres, esperando que los hijos siguieran el mismo sendero a pesar de las intenciones del estado y las empresas para que aprendieran a desenvolverse en un modelo de mercado tecnologizado. Ahí seguían, bajo la línea de la pobreza y viviendo en un país que se llamaba igual, pero que no era, ni de cerca el mismo. En el extremo sur era inexplicable el concepto de nacionalidad, excepto para los partidos de fútbol y los chismes de la farándula. Había poco interés por esos temas, al menos desde el punto de vista de la antropología cultural. Consultoras al servicio de empresas, partidos políticos e instituciones del estado trabajaban según el prisma de una agenda y si bien lo intentó, no pudo soportarlo. Lo trataron de remilgón y purista, de ingenuo y defensor del status quo. Después de todo, su capacidad de adaptación no era tan laxa, admitió con satisfacción. Ahí comenzó el retiro.

Ya era tarde para muchas cosas, pero no para intentar ser parte de algo, del paisaje, de diversos paisajes, diluido y translúcido entre distintos tonos de verde, azul y gris.

Solo que la vida sorprende, más de una vez inclusive. No tuvo que hacer nada, ya estaba en la nómina de prescindibles. Le avisaron por correo en una nota redactada por inteligencia artificial. Se dio cuenta por lo sentimental y pulcra de la redacción y en especial por la claridad en el procedimiento a realizar. Hasta estaban incluidos los títulos de algunas tesis que dirigió y que le habían valido algunas entrevistas en un par de diarios de circulación nacional. Venía, además, una explicación o algo así acerca del difícil momento que pasaba la universidad y que debían privilegiar los estudios ligados a la producción de bienes y servicios y que, entendiendo bien que esa era una lamentable pérdida de perspectiva, no había otra forma de seguir subsistiendo como departamento.

Como fuera, no dejó de sentir algo de nostalgia y más rabia de la que ya tenía por su incapacidad de demostrar que el conocimiento de las comunidades, no necesariamente vinculadas a la producción, a la larga iba a permitir una sustentabilidad duradera y más global. Se trataba de mirar más allá de la mitigación como se entendía hasta ahora y los premios de consuelo, como plazas y juegos infantiles, que las grandes empresas ofrecían a los habitantes divididos en asociaciones poco representativas.

Ahora no tenía interlocutores para su discurso y no le quedaba más que adaptarse a vivir sin una ocupación formal, podría tal vez poner en práctica algunos proyectos conversados con algunas personas que conoció en sus investigaciones. Ninguno muy original, ninguno muy rentable, pero que podían dar lo suficiente para sobrevivir sin traicionarse.

Se dio como plazo cuatro meses para echar a andar algo y arriesgarse a un mal resultado y poder empezar de nuevo, hasta achuntarle. Se acordaba de su profesor de educación física con esa palabra − ¡achúntale Rodríguez! −. Lo peor fue el esfuerzo de explicar y explicarse lo que pasaba, por primera vez no podía esconderse en el disfraz de antropólogo y no era fácil presentarse porque ¿quién era ahora? ¿qué era ahora? Era un cesante, sonaba más fácil decir ´profesional independiente´, un eufemismo nacional. En todo caso, a los casi cincuenta años, esa sensación de vértigo y adrenalina de no tener la vida ordenada, de por primera vez no saber qué responder frente a preguntas más imaginarias que reales, era algo nuevo y que casi rozaba lo angustiante. No tenía hijos, sus padres habían muerto y la familia que quedaba estaba compuesta por su hermano, el correcto, con esposa, hijos, casa propia y una carrera impecable como abogado laboral. Era un buen tipo, siempre había estado dispuesto a ayudarlo como un hermano mayor que no renuncia a lo que sus padres le dijeron era su responsabilidad. Lo recibía en su casa cada vez que iba a Santiago, lo único incómodo era su esposa, había hecho ingentes esfuerzos por congeniar con ella, pero no había caso, era algo en su voz, en el rictus fijo de su expresión, una especie de sonrisa fingida, tal vez como la propia, que los hacía repelerse. Además, no había ocasión en que no le dijera que consideraba una maravilla la vida de él, sin responsabilidades. Ahora solo sonreía, pero antes le parecía un menosprecio mal disimulado. Claro, trasladarse de ciudad, incorporarse a diversas comunidades, observar y escribir para a veces cuatro proyectos simultáneos debía parecer muy fácil. Y estaba lo de explicar, casi en cada visita, en qué consistía su trabajo, sabiendo que a la siguiente le volverían a preguntar lo mismo. La única que notaba su molestia y alegaba contra su madre era su sobrina menor Daniela, que lo veía como una especie de Indiana Jones extraviado en el país, pero que algún día saldría en las noticias igual que el chascón de los temblores y sería famoso.

Le parecía muy absurdo hacerse problemas por decir que lo habían despedido y que no tenía ganas de seguir en lo mismo, pero pasaban los días y estaba paralizado. Esos días de libertad, se convirtieron en un episodio extraño y lo que aparecía tan claro en su mente en los primeros instantes, se fue enlenteciendo y convirtiendo en un laberinto en el que a cada paso que se le ocurría, aparecía un obstáculo imaginario. – no soy bueno vendiendo, no soy partidario del lucro, no puedo arriesgar lo poco que tengo −. La carta de despido le llegó por correo electrónico y físico a Coyhaique, ahí se desarrollaba el último proyecto. Al menos alcanzó a estar en sus cabales el suficiente tiempo para despedirse de los vecinos de Mañihuales que se resistían a dejarlo ir porque lo encontraban simpático y lo consideraban uno de ellos. No explicó las razones de su partida.

Se estaba alojando en una cabaña para turistas, cerca de un río al que bajaba a diario para sacarse la incomodidad del encierro. Había prolongado el arriendo por dos meses más. Al principio sesenta días parecía un plazo eterno, como las vacaciones de verano de un escolar. Los días comenzaron a deslizarse con rapidez entre su parálisis interna y el verano que trajo muchas personas atraídas por las publicaciones en múltiples plataformas. Lo notaba por el cambio de vecinos de las cabañas de los lados. No se le ocurría nada, no quería gastar en nada, dormía poco y hasta había comenzado a extrañar ese período en que añoraba ser libre y tener los días enteros para dedicarse a sus intereses. Solo que sus intereses, ahora lo advertía, eran restringidos y pobres. Tenía un montón de libros digitales, ninguno era de otro tema que no fuera de su ámbito profesional. ¿Quién era sin su traje de antropólogo, de investigador? Esa pregunta lo martirizaba, era un total inútil. No sabía cómo obtener dinero si no era trabajando en lo que siempre había hecho.

Una vez que se terminaron sus provisiones, se fue caminando al centro de Coyhaique, no quedaba tan cerca, pero tiempo y desesperación era lo que más tenía. No se había afeitado y la barba entrecana le daba un aspecto, al fin, de lugareño. Había sol y corría viento. Las nubes voluminosas y blanquísimas no hacían presagiar lluvia. Caminaba encandilado y lamentando no haber sacado su sombrero, ese que su sobrina pensaba era el mismo de Indiana Jones.

      ¡Profesor! ¡profe! ¡Oiga caballero! ¡Don Guillermo!

Un furgón de turismo se detuvo junto a él. Reconoció a Jorge, el conductor, guía turístico, buscavidas que lo llevaba a Mañihuales cuando trabajaba en el último proyecto.

      ¿Quiere que lo lleve? ¿va pa´l centro? Espérese que le abro.

No alcanzó a responder que prefería caminar y no hablar con nadie. Se subió, no sin cierta incomodidad, tratando de hilar algo para explicar su aspecto y sobre todo su falta de algo que hacer.

           ¡Se quedó sin pega profe! −Jorge lanzó la frase sin anestesia y con toda naturalidad − ¡Así no más! − Tan fácil fue decirlo que la locura y la vergüenza de los instantes y días anteriores le parecían emociones ridículas.

Se produjo un silencio incómodo y de pronto Guillermo lanzó una risotada que contagió a Jorge, casi llorando de la risa le confesó que sentía mucha humillación. La risa contagió a Jorge que casi no podía manejar. Nunca había oído reír al profesor Rodríguez, él era el único que lo trataba de don Guillermo porque eso de profesor le parecía demasiada pleitesía de su parte. Le pareció una risa contagiosa, de esas que estremecen todo el cuerpo. Tuvo que detener el furgón porque no podía parar de reír y Guillermo tampoco.

Por un segundo, o menos quizás, pensó que era un momento de descontrol emocional, como si de pronto fuera a llorar igual que cuando era un niño de seis años y no quería ir al colegio al otro día. Era una escena que había querido olvidar, pero que cada cierto tiempo volvía. Todavía podía sentir el escozor en la mejilla por la cachetada que le dio su madre al notar que era una risa de angustia − ¡contrólate, Guille! – acto seguido lo mandó a la cama y la escuchó decir a su padre – no se me ocurrió otra forma de calmarlo y por favor déjalo solo – el padre fue a abrazarlo y le preguntó si pasaba algo en la escuela, que por qué no quería ir, pero estaba tan paralizado por la orden de la madre que solo podía rascarse la cara como si eso sirviera para algo. Se fue a acostar, llorando a mares, hasta que no salía nada, ni llanto y menos risa y sin poder responder al padre, que se fue de su lado solo cuando se hubo tranquilizado. Escuchó un rato la discusión entre sus padres, pero no distinguía las palabras y el murmullo, más el cansancio lo hicieron dormir.

− ¿Puede creer que me daba vergüenza decir que me echaron de la pega? Y volvía a reírse con más ganas − y que no se me ocurre qué hacer.

− Le creo, le creo− dijo Jorge cuando logró controlar la respiración Ya le conté a usted, me retiré de carabineros y decidí venirme porque no aguantaba más, inventaba toda clase de cosas, que era un premio a mi trayectoria, que había participado de operaciones secretas y había jurado máxima discreción hasta cincuenta años más. Y los tontos me creyeron ¡hasta miedo me tenían! Solo que un día, hace como ocho años, un ex oficial, mi último superior, vino de vacaciones, me reconoció y empezó a hablarme de mi pedida de baja. – ¡Ahora que conozco su tierra lo entiendo pueh! Muy bonito aquí como para andar arriesgando la vida por barrios pobres y feos en Santiago. Fue una buena decisión −, me lo dijo delante de los otros choferes de turismo. De ahí que me agarran pa´l hueveo por aquí, por eso me dicen agente Jorge, pero qué importa. Ni guardia de seguridad quise ser. Nunca más un arma ni un palo, traje a la polola a conocer y la convencí de quedarnos por aquí, a ella le encantó y entre los dos armamos esto del transporte de turistas. Al principio manejé un colectivo, después me aburrí y así siguió la vida.

− Y ¿no tendrá una peguita pa mí por aquí?

No supo de dónde sacó valor para hacer esa pregunta

− ¿Me habla en serio?

A esas alturas habían retomado la ruta y estaban cerca del supermercado.

− Aquí lo dejo don Guillermo, me voy a buscar unos pasajeros. Otro día seguimos conversando.

− Oiga Jorge, por favor no me diga más profe, ni don, llámeme Guillermo por favor.

− Ya. No tengo tiempo ahora, pero lo voy a venir a buscar pa´ que me acompañe a Mañihuales un día de estos.

− Ya, total no tengo nada que hacer − se rio de nuevo y parecía necesitar decirlo en voz alta para dejar de temer a su nueva categoría: cesante, desempleado o ´entre trabajos´ como había oído decir a una gringa en un programa de TV.

Caminó tranquilo al supermercado y no experimentó la incomodidad que creía sentiría al estar en un lugar en un horario en que lo normal es que la gente en edad de producir estuviera en sus trabajos. Su horario nunca fue normal porque las reuniones con la comunidad o individuales debía ser en el tiempo libre de ellos o cuando ellos lo dispusieran, pero se dedicaba a escribir informes, a transcribir los diálogos textuales para las investigaciones cualitativas, a contestar correos en horario de 8.00 am hasta al menos las cuatro o cinco de la tarde, casi sin pausa, de manera que su día estaba dedicado casi en su totalidad al trabajo. También estaban las detestables sesiones on line con los alumnos para ayudarlos a definir objetivos, hipótesis y la metodología más idónea para responder a la pregunta formulada. Para él era casi automático, para los chiquillos, era la peor parte. Lo peor eran esos que esperaban que él les hiciera el trabajo, con aquellos era implacable − ¿qué se creían? − les tenía una rabia irracional, como si lo humillaran si pensaban que era un empleado de ellos en vez de su profesor guía. Los mandaba a leer enormes mamotretos de metodología de la investigación y a hacer ensayos tan largos como inútiles solo para ver si desertaban de su mentoría. Algunos se quedaban y tal como perro de caza entrenado no soltaba a su presa hasta que el alumno asumía un rol activo y propositivo.

Esos recuerdos volvían a su mente mientras ponía en el carro, café, arroz, aceite, fideos de distinto tipo, salsas en tarro, atún, artículos de aseo, carne al vacío, pan para congelar y queso laminado. Eso era todo. Ninguna extravagancia o artículo superfluo como vino, chocolates o palmitos. Solo como premio a su propia risa sacó un paquete de galletas dulces y una fruta.

Ahora era de verdad invisible y no podía disfrutarlo, no tenía que observar modos de resolver problemas o particularidades locales, solo tenía que vivir, sobrevivir y hacer realidad todas esas fantasías que lo acompañaban desde niño. Se imaginaba, solo, sin padres y nadie que lo cuidara ¿qué haría? ¿qué comería? ¿dónde dormiría? Si bien a veces ansiaba esa libertad imaginaria las más de las veces se aterrorizaba y se aferraba a las buenas notas en el colegio, a la responsabilidad, a no ser un problema para nadie. Se reconocía cobarde y ahora más. Cobarde e invisible.

Pagó los productos más la bolsa que había olvidado comprar. Le había hecho bien ver a Jorge. Cuando escuchó su historia le pareció un tipo en plena conciencia de sí mismo y que nunca perdió la esperanza de estar bien, decía a quien lo quisiera escuchar que era feliz porque no tenía pajaritos en la cabeza y hacía lo que había que hacer.  Le pareció una lógica conformista y simple la primera vez que lo escuchó, pero más tarde cuando lo oía hablar de su familia, de las anécdotas como guía turístico, de las historias que inventaba para que un paisaje se volviera más recordable, le parecía de una sabiduría envidiable.

Cuando llegó a la cabaña, después de una caminata que se le hizo eterna, comió como si hubiera regresado de la guerra. Durmió al menos doce horas. Al día siguiente ordenó sus pertenencias en la mochila, regaló la mercadería a los veraneantes de al lado, habló con la dueña, pidió un taxi que nunca llegó, hizo dedo por primera vez y se las arregló para llegar a Puerto Tranquilo.

Consiguió alojamiento, fue a un negocio local, compró pan, queso y jamón. Un termo de cinco litros, un tarro de café, azúcar, endulzante y dos cajas de té. Al otro día se levantó a las cinco y media de la mañana. Antes de las seis treinta estaba en el lugar de las salidas de las lanchas con las bolsas de sándwiches y las bebidas calientes, que iban a salir hacia las catedrales de mármol. Vendió todo a los operadores de las lanchas y vendedores de boletos. A las 8.30 vendrían de vuelta los primeros turistas, mojados y con frío, se apuró en preparar de nuevo más sándwiches, té y café. Recién a las diez y media abrían los demás negocios más establecidos: carritos y puestos pequeños. Los negocios establecidos se concentraban en sus propios clientes así es que al principio no había problemas. Su objetivo era que algunos de los clientes que no tenían más alternativa que ir al servicentro por el baño, en vez de consumir algo en una fila, pudieran tomarse algo caliente y comer un poco mirando el lago General Carrera y su belleza salvaje.

− Oiga Guillermo ¡usted es muy desesperado! Lo fui a buscar a las cabañas y me dijeron que se había ido. Mire donde lo vine a encontrar, ¡vendiendo sánguches como lugareño con ñeque!

− Le regalo un sanguchito y un café.

− ¿y mate? ¿no tiene? Aquí tomamos mate.

Ambos rieron y se fueron a pasear por la plaza.

− Oiga usted me dijo que le buscara una peguita y mire en lo que anda. Le tengo algo más a su altura.

− A ver ¡eche afuera!

− Hablé con los viejujos de Mañihuales y también con las señoras de las huertas y harta gente más. Se acordaban de usted y de lo que les hacía conversar. Quedaron con ganas de hacer cosas, pero necesitan a alguien que los ordene, tienen muchas ideas, pero no saben cómo echarlas a andar. Y entonces les dije que lo invitaran a conversar a ver si salía algo con usted. Acuérdese que les habló de trabajar con la idea de Mañihuales como oasis climático, les mencionó las viñas experimentales, la fruta y el montón de cosas que podrían hacer en conjunto con la gente de Aysén. Que a lo mejor podían juntarse con la gente de las casas-pandemia. Esos que creyeron que iban a trabajar on line para siempre y la cuestión duró un poco más no más.

A Guillermo Manríquez se le vino un tropel de ideas a la mente, mientras escuchaba a Jorge, miró su mesita, el lago y ese viento que le susurraba la vida en la piel y los oídos.

− Iré en cuanto termine la temporada. No sabe lo libre y feliz que he estado aquí en este corto tiempo. Ni yo me lo creo. Dígale a los viejujos que estaré a su servicio en cuanto sienta que estoy preparado.

− Cuando usted diga no más pueh, allá le tienen alojamiento. No le van a poder pagar como la universidad, pero no le va a faltar de comer y compañía tampoco.

− Ni se les ocurra hablar de pagos. Si vamos a arriesgarnos con proyectos yo voy con el grupo. Si ganamos financiamiento habrá pa mi sueldo y el de más personas.

Se despidieron con un abrazo y una gran sonrisa.

− ¿Lo vengo a buscar a fines de marzo?

− No es necesario, no soy tan pollo, me ha servido pelear con los otros dueños de quioscos y los canasteros. Son rudos pa pelear las lucas.

− Sí, pero con los primeros fríos se van.

Jorge se subió al furgón y partió con las buenas noticias.

Ahora, casi viejo, había descubierto que sabía sobrevivir y ser libre y estar tranquilo y sentirse liviano y simple. Quedaba poco para disfrutar de esa sensación, estaba seguro de que los proyectos de Mañihuales resultarían en algo que lo haría quedarse en esas tierras donde perdió su invisibilidad.

Negociaría su libertad de poder volver a vender pan a Puerto Tranquilo en el verano. Esa sensación no era transable.


Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...