−Debí estar allá (¿dónde?)
−Sí, yo también (¿también qué?)
Eran frases para diálogos
inexistentes, pero explícitos como el viento, en eso que también es viento, la
mente. Recordaba la última vez, cuando le dijo que se iba y ella se quedó sin
palabras o eran miles de palabras, tantas que se atropellaban y no sobrevivía
ninguna. Después de todo, nada peor que los melodramas de las despedidas. Las
palabras no dichas hablan otro idioma, uno que no necesita traductores ni
reglas gramaticales. Esos ojos que lo miraban tratando de entender contenían lo
mismo que el Aleph, todas las expresiones de lo vivido estaban ahí y también
sus contrarias, las escenas y las posibilidades perdidas y ninguna verdad, solo
hipótesis y probabilidades.
Cada cierto tiempo esa escena
volvía a desplegarse en su conciencia y como sucede a todos los de la especie,
solo después, años después, advirtió que había sido de esos hechos definitorios
de la vida, como los caminos que se bifurcan de Borges o de los infaltables laberintos
con distintas salidas, no para llegar a un mismo punto sino para definir
trayectorias nuevas y sin retorno.
El zumbido del teléfono en su
bolsillo hizo que Roberto despertase de las ensoñaciones o cambiara de contexto
para las mismas. Todo parecía un juego de escenarios cambiantes en donde
rondaban las mismas contradicciones, después de todo de eso se trataba, de
tomar decisiones o esquivarlas en un mar de incertidumbres e intereses.
Lástima que en el trabajo se
hablara en el idioma común, la reunión comenzaría en 10 minutos, debería
presentar su informe de gestión semestral y las proyecciones para el año
venidero. Al menos la tarea más dura la había hecho los meses anteriores: había
convencido a los del comité, con evidencia obtenida de diversas fuentes que, si
lograban mantener el estado del negocio tal cual estaba, era un logro
extraordinario y que no era el momento de arriesgar, había que, por el contrario,
dedicarse a cuidar lo que había y sortear las olas hasta que el escenario
estuviera mejor delineado.
Sabía de sobra que saldrían las voces
de los audaces, esos que se aprenden de memoria las frases hechas: las crisis
son oportunidades; quien no arriesga no cruza el río y hasta aquella de que
valiente no es quien no tiene miedo sino el que, teniéndolo, actúa y se lanza.
Podía ver las caras y casi escuchar las voces de quienes provendrían tales
frases.
Cada cierto tiempo se decía a sí
mismo que debió dedicarse a otra cosa, que estaba cansado de esa sensación de
estar sorteando olas sin tabla de surf, pero como siempre, imperaba la misma
lógica que lo había llevado a estar dentro del equipo directivo de una empresa
importante en el rubro, pero no de las más grandes. Sabía, a estas alturas, que
era un tipo capaz, pero no se tenía tanta fe como para empezar de cero y a
medida que los años pasaban más difícil era moverse del lugar y un mercado que
conocía de sobra. Los insumos médicos para hospitales y clínicas siempre son y
serán necesarios e incluso insuficientes. Los primeros años en que le
correspondió estar a cargo de los equipos de venta, fueron años gloriosos, era
cuestión de contar con gente joven, de sonrisa fácil y bonita y por, sobre
todo, que hablaran bien. El resto venía casi solo: un buen sistema de incentivos,
conversaciones cercanas y el respaldo de un equipo sólido y confiable era
suficiente. Sabía elegir a su gente, así los llamaba ¨mi gente”, “mi equipo”,
pero el momento histórico también era diferente. Los proveedores europeos eran
los número uno en instrumental quirúrgico de acero y, por esas cosas de la vida,
como los amigos del colegio, su habilidad para aprender otros idiomas y la
capacidad de observación, suponía Roberto, había sido fácil para él conseguir
condiciones preferenciales de pago a los proveedores suizos y alemanes, además,
en el país se construían tantas clínicas como farmacias, así es que bastaba
estar bien informado, a través de los contactos correctos, para obtener buenos
resultados. En esos momentos las voces de los audaces eran grito y plata. Hasta
él mismo era conocido por su temeridad para abrir mercados en regiones y apostar
por contratos a futuro con una convicción absoluta de que los retornos estaban
asegurados.
Y así era.
Ahora los audaces lo irritaban,
aunque no fueran los mismos de antes, eran más jóvenes y con la vitalidad y la
soberbia que lleva la juventud,le resultaban ingenuos y miopes. Cómo no, si
todavía no conocían más mundo que el que sus pocos años les permitían, pero que
vinieran a enseñarle a tener actitud, le parecía demasiado. Sobre todo,
porque todavía no llegaba a la cincuentena y lo trataban como a un señor. El
escaso pelo no ayudaba era cierto, se veía mayor.
Todavía podía manejarlos, pero no
se veía diez años más en lo mismo y eso mismo se dijo a los treinta y ocho y a
los cuarenta y dos y hoy, a los cuarenta y ocho, repetía la secuencia. Con un
divorcio a cuestas, dos hijos adolescentes y uno de cuatro años con su nueva
pareja no parecía buena idea jugar al valiente y saltar por la borda del único
bote que conocía de punta a cabo.
Los chinos llegaron con otra
estrategia, insumos clínicos a mejor precio, algunos asociados a la entrega
gratuita de equipos carísimos, robots para cirugías por ejemplo, de modo que sus
contratos podían durar veinte años o más y si lograban entrar con un robot ya vendrían
con más. La competencia con ellos se volvía año a año más difícil, quedaban las
clínicas estéticas y los equipos dentales, pero ya estaban golpeando la puerta
de ese mercado también. El acero hacía años que estaba alcanzando precios
prohibitivos y peor el escenario con la incertidumbre política y económica
actuales. Así como escuchaba las voces de los audaces, así también le sonaba la
voz de Trump como un zumbido de moscardón, insoportable y cercana a la tortura.
Por supuesto que había debido
cambiar de proveedores, viajó a China y se encontró con tal capacidad de
trabajo y tecnología que entendía las razones de la rendición de occidente ante
tal murallón de producción. Nada que hacer, hacía varios años que vendía
insumos médicos chinos y había abandonado el sueño de su padre que quería hacer
de su taller metalúrgico una gran fábrica nacional de herramientas tipo Bosch o
Knipex. Lo había escuchado tanto sermonear con que había que ser creativo,
diseñar y fabricar en el mercado local, que aquello era la única salvación a la
situación del país. Casi todas las discusiones pasaban por mencionar a Fantuzzi
y su lucha por la industria chilena. Su padre se descontrolaba en ese punto y
por lo general terminaba gritando y soltando saliva de tan enfurecido que
estaba.
Tantas cosas que se piensan en
pocos minutos. Pasó de un recuerdo nostálgico y confuso a su historia laboral y
luego, leve como una burbuja, a la relación con su padre, siempre accidentada y
tórpida.
Conocía el guion de lo que seguía, ahora
que lo pensaba, tal vez su habilidad en un punto determinado del tiempo era la
creación anticipada de una sinopsis de lo que vendría. Una vez alguien le dijo
en una reunión de trabajo que sus escenarios futuros eran como las imágenes de
los que toman ayahuasca, como nunca se había acercado al mundo de las
sustancias solo se rio, pero suponía que era cuestión de lógica aplicada, de la
selección apropiada de variables. Eso que su padre no supo hacer y por eso su taller
no prosperó. Mucha fe ciega y escaso sentido común. Para Roberto las cosas no
tenían magia, aunque le hubiera gustado creer en que sí. Hacía poco supo que
durante la primera guerra mundial algunos soldados mostraban una luminiscencia
en sus heridas y se sanaban, la creencia popular era que los ángeles, con algún
criterio desconocido, decidían sanar a algunos. Luego se descubrió que se
trataba de una clase de bacterias que contrarrestaban a las infecciosas y
emitían esa iridiscencia por una reacción química. Sintió una desilusión ¿no
sería bueno que existieran los ángeles o la magia al menos en algunos ámbitos?
Presentó su informe y los audaces lo
dejaron terminar sin interrupciones, eso era nuevo o no lo pudo anticipar en su
sinopsis, habían preparado una estrategia, suicida para su criterio, pero no
para el comité directivo. Tenían, además la estrategia para presentar la estrategia
y esta escena del informe semestral era solo el último acto de una obra, cuyo
final se había escrito en paralelo a sus buenas noticias de que no habían perdido
clientes en la primera mitad del año.
Odió la expresión de satisfacción
de los audaces, en especial la de Maite con quien había elaborado los datos y
gráficos para esa reunión. La escogió para que tomara decisiones con fundamento
y eligiera como él, con base en lo más probable y no sobre las tendencias de
puntos y modelos de información.
Se tenía que ir, no era una
decisión tomada por él, habían sido los audaces. Lo único digno era la
renuncia. Eso le permitía tranquilizar a su conciencia y a la voz de la madre,
tan opuesta al padre y tan Juana Segura como el que más.
Cuando se despidió esa tarde, en
lugar de bajar al subterráneo de inmediato para irse en auto, decidió caminar
unas cuadras y en cada paso se sentía más liviano y vital. Casi ágil. Había
sido un día raro. Era febrero y las nubes parecían contener un aguacero que se
aguantaba las horas para largarse hasta que Roberto comenzó a sentir los
goterones sobre la camisa. El día se puso frío y vivificante. Se miró las manos
y juraría que vio una luminiscencia verde en sus palmas.
− Deben ser los ángeles liberadores.
− Te dije que no creía en la magia,
pero me alegro de que exista.
