Hay días en los que una no quiere hablar y no es que pase algo particular o no pase lo que debía ocurrir por lógica. La lógica personal por supuesto, la de los demás es una cuestión difícil de precisar. Me pasé el día dando informaciones ya disponibles en todas partes y eso debiera bastar para entender por qué me quiero quedar callada. Sería tan bueno poder hablar en automático y pensar en otra cosa, a estas alturas de la evolución debiera ser posible esa función, pero no, para que el servicio de atención al cliente sea bien evaluado y el equipo obtenga el bono de fin de año, no solo hay que saludar, sonreír y mirar a los que preguntan las mismas cosas a cada rato o tratan de resolver algún problema que no corresponde al departamento, además hay que tratar de enchufarles una encuesta de satisfacción usuaria al final y es imposible pensar en otra cosa entre tanto recordatorio del protocolo de atención.
Con todo eso una es incapaz de
concentrarse en cualquier cosa importante mientras sigue los pasos uno a uno y,
si bien, el equipo ha conseguido la mejor evaluación del servicio durante un
tiempo récord, todavía no consigo automatizar mis respuestas. A veces creo que
si llego a ese estado podrán reemplazarme por un tótem de autoservicio y no
tendría nada que hacer, y si bien, quiero no tener nada que hacer, después no
soporto la idea.
Ahora que he recuperado algo de
concentración, no porque me lo hubiera propuesto sino porque con tantos robos
de celulares que me ha tocado ver en el metro y en la micro y las molestias que
implica después lidiar hasta con chantajistas, ya no me dedico a pasar por
millones de imágenes en el trayecto de ida y de la casa al trabajo y viceversa.
Supongo que algo me pasó en el cerebro porque he recuperado la capacidad de
quedarme en un tema más allá de un segundo y medio.
Lo que más me sorprende es esa
invasión de calma que hacía mucho tiempo no experimentaba, ¿habrá sido esa
sobre exposición de imágenes? O tal vez fue el abandono de la idea de irme a
otra parte. Está fuera de mis posibilidades y después de todo no es tan malo
vivir en el barrio del club hípico, las casas son viejas y no sé por qué, pero
me gusta ese aire señorial venido a menos, como esas señoras que no dejan de
arreglarse para salir, combinan colores y aunque el labial se les escurra por
las arrugas de los labios, se ven coquetas y entusiastas por la vida. Vivo con
una tía y su marido dice ella. Mi mamá se encarga de repetirme que no es su
marido, que nunca se casaron y ya me dejé de pelear con ella por eso o por
cualquier cosa. Me río de sus tonterías de vieja pechoña. Mi tía me cobra
barato por el arriendo de un dormitorio, en realidad me lo descuenta de lo que
me debe y su marido es muy amable, casi siempre me deja agua caliente en el
termo, una taza puesta y una marraqueta con lo que haya en el refri para cuando
vuelvo del trabajo. A esa hora ellos ven las teleseries turcas y mi tía se
enoja a cada rato porque el caballero no se acuerda de la historia. Las
noticias las vemos juntos y yo les comento si supe algo durante el día, como
ahora uso poco el celular casi no me entero de nada.
No todos los días son iguales,
la mayoría sí, pero no todos.
Se suponía que iba a estar en
esa casa un par de años, mientras ahorraba para dar el pie de un departamento e
irme a vivir, casada, con mi pololo de entonces, pero todo se fue a las pailas.
Más que todo y más que muchas pailas, pero no quiero contar detalles. Es una
historia simple y repetida: Quedé sin noviecito, sin ahorros y deudas que no
esperaba. Puse en la cuenta compartida todos mis retiros del diez por ciento,
en fin.
Este invierno llovió y hubo que
reparar el techo de la casa de mi tía, volví a pedir otro crédito porque la
caja de compensación del par de viejos les dijo que ya tenían el máximo de
deuda y no les podían pasar más plata. ¿Qué iba a hacer? Pedir yo otro crédito
que refundía los anteriores.
Supe que mi ex noviecito se
había casado y que la novia tenía varios meses de embarazo, se compró casa
cerca de donde vive mi mamá y mi hermana. Me enteré hace tiempo y, no sé qué le
pasa a mi mente que estaba dispuesta a perdonarlo a pesar de todo porque
actuaba como si un día él fuera a volver, como si no fuera cierto todo lo que
pasó. No podía dormir pensando una y otra forma de resolver, de entender. Cuando
dormía soñaba con él y despertaba con una sensación horrible, cada vez que
estaba a punto de alcanzarlo él me miraba con esos ojitos dulces y sufridos y
me decía que no podía quedarse conmigo o veía a su mujer embarazada y como a
cinco niños detrás. Mi mamá se encargó de que me diera cuenta de que no había
nada más que hacer, no fue muy amable ni simpática su estrategia, pero sin duda
efectiva. Dejé de esperar a punta de chismes de barrio, de fotos en Facebook y
de Instagram.
Y un día, me cayó de sorpresa
esta capa de tranquilidad. Supongo que mi cerebro alcanzó un estado de
saturación con el tema. Estoy endeudada por cincuenta y dos cuotas más, no me
puedo mover de aquí y me alegran cosas como la taza con té esperándome en la
cocina o la idea de que mi tía acepte que adopte una mascota, un perro
simpático que no peleche y no tenga mal olor. Eso me dijo. Su marido me está
ayudando a buscarlo. En lo único que me parezco a mi tía es lo mucho que me
molestan los malos olores y no puedo soportar a la gente que no se da cuenta
que huele a rancio.
Mi mamá dice que repetí su
historia, que mi papá se fue con otra y que a lo mejor tengo hermanos que no
conozco. Al principio reaccionaba y le respondía a punta de pachotadas,
portazos y llanto, ahora casi no me re co noz co, como le dijo un político a
otro en un programa de debates hace años. Ya me da lo mismo lo que diga, sé que
se maltrata ella sola cuando me dice cosas horribles, debiera ser instructora
de budismo zen a estas alturas dice mi tía, que me aviva la llama de la rabia. Me
fui de su casa por eso mismo porque entre las dos no hay cómo dialogar. La veo
y me pongo de malas y a ella parece que le pasa lo mismo.
Tengo un secreto para soportar
las visitas que hago a mi madre. Un protocolo de amabilidad, un pacto de no
agresión.
1.
Sonría
2.
Salude y luego con una cara complaciente y que
parezca honesta, pregunte
3.
¿Cómo está mamá?
4.
Aguántese las quejas contra todo lo que usted no
pueda resolver y atienda solo al foco, al meollo del problema. Haga a un lado
lo accesorio, vaya a lo importante.
5. Lo importante es lo que usted
puede resolver, el resto conviértalo en problema de otro, de la vecina, de la
tía que no se casó, del Facebook, del matinal.
6.
Conserve la calma.
7.Sonría.
8.Realice las operaciones
pertinentes de lo que usted puede hacer para mejorar la experiencia de la
madre, aunque esta las considere espurias e insuficientes: ponga la mesa, vaya
a comprar el pan para la cena, diga que lo que cocinó le quedó rico.
9.
En último caso ofrezca comprar algo que la madre
tiene muy pocas probabilidades de usar.
10. Ofrezca lo anterior solo en caso
de emergencia.
11. ¿Hay algo más en que pueda
ayudarle? (ruegue porque no sea así y esté satisfecha, enojada, con cara de
pasajera del metro y ¡váyase!)
12. Sonría y
13. Despídase con una sonrisa amplia
y más complaciente que la de bienvenida.
El secreto incluye otro acápite,
antes de ir, escucho una y otra vez la música favorita de mi papá y que mi mamá
odia. Pongo a Piazzola desde que me levanto y llego a la casa de mi madre como
quien sabe que se ha portado mal. A veces la muteo y escucho la música en mi
cabeza, en especial cuando empieza a hablar del vecindario.
De vuelta a lo mismo.
Creo que entiendo más cosas
cuando escucho a Piazzola, la tranquilidad me invade de nuevo y puedo a
extrañar a mi padre en paz.
Astor Piazzola, Tango Apasionado (finale),

