viernes, 25 de abril de 2025

Don Mario

 


Casi todo el año pasado y lo que va de este me lo he pasado escuchando biografías, conferencias, audiolibros y otras curiosidades mientras hago otras cosas: conducir, jardinear, cocinar, ordenar y el sinfín de tareas domésticas repetitivas, invisibles e infinitas. Extraño la música, es cierto y cada vez que quiero escuchar algo me aparecen enseguida más videos y podcasts porque yo misma he ido alimentando el algoritmo de mis preferencias o laberintos de palabras diría un admirador de Borges.

Las biografías son, por lejos, una debilidad o una preferencia marcada en mis ´me gusta´ que toman la forma de corazoncitos rojos y pulgares para arriba en las plataformas digitales. A veces no tengo la posibilidad de detener la reproducción automática y así conocí a Don Mario, me refiero a Vargas Llosa por supuesto. Di con una conferencia que dio [1] en la universidad Diego Portales, sin buscarla. Esa fue la primera vez que lo escuché. Más allá del contenido, al que en esa ocasión no presté demasiada atención, me impactó su forma de hablar, esa voz firme y coherente con la claridad de sus ideas. Sin titubeos, muletillas ni rodeos innecesarios, como si hubiera tenido un archivo mental escrito y ensayado en modo de autoejecutable, pero dicho con entusiasmo y convicción. Me pareció un hombre viejo con una inteligencia muy superior y, sin embargo, sin intenciones de agraviar a otros con esa superioridad intelectual. Al revés, tenía la particular habilidad de hacer parecer fáciles algunos conceptos en los que otros pueden darse muchas vueltas y volteretas acrobáticas para deleitarse en su propia habilidad de volverse ininteligibles.

Desde ahí empecé a buscar entrevistas, foros y otros en los que participó y de los que quedaron registros. Escuché su biografía según diversos oradores, tarea esencial si se quiere una visión más amplia y caleidoscópica de alguien por eso de los sesgos, los inevitables sesgos. Escuché sus opiniones respecto de diversos temas y las reacciones de sus contemporáneos. Me metí, de puro copuchenta, a conocer más detalles de su singular vida amorosa y los juicios que enfrentó en cada circunstancia. A partir de esos pelambres me puse a leer La Tía Julia y El Escribidor y me resultó difícil porque me interesaba la historia con la tía y las otras interminables anécdotas me distrajeron. Todavía no lo termino. (lectora pecadora que deja libros a medias). Seguí escuchando entrevistas, conferencias y anécdotas de la vida del escritor. Porque cuando a una le da, ¡le da!

Escuché encantada la historia de Víctor Hugo, salpicada con detalles sobre Flaubert[2]. Es hipnotizante, divertida y al mismo tiempo muy técnica esa conferencia. Es para repetírsela como una buena melodía.

Y se murió.

Los videos, opiniones y juicios de multiplicaron y siguen reproduciéndose como el COVID en sus mejores tiempos. Los juicios negativos por su historial amoroso y opiniones políticas están a la par de los elogios por su talento como escritor y orador.

Un señor con una vida llena de historias y anécdotas que solo parecen ocurrir en el transcurso del tiempo de quienes pueden contarlas. Un humano tan contradictorio como no se puede más, alguien capaz de escribir La Sociedad del Espectáculo y luego emparejarse con la reina de la farándula para después volver a la casa de su ex y su familia. Un señor capaz de enfrentar toda clase de preguntas, algunas francamente agresivas, y responder con claridad por su valiente defensa de la moderación y la libertad en una ya larga época en que lo más fácil es rendirse a los extremos y lisonjear a la cultura mainstream.[3]

No me he pasado solo escuchando a Mario Vargas Llosa, también, buscando cómo hacer un paseo a Lonquimay, me encontré con la historia de la masacre de Ranquil (1934) y también me dio, escuché muchas versiones de lo mismo y todavía me faltan más. Me puse a imaginar cómo ese horrible conflicto afectó y sigue afectando a personas que eran vecinas y luego enemigas. El silencio se instaló por años entre ellos y me parece entender por qué. Vargas Llosa hubiera escrito una gran novela sobre esa historia terrible.

 

 

 



[1]  De la utopía a la libertad, UDP https://youtu.be/G6Zgq6voolo?si=IIl60mZF4jMtbwMG

[2] MVLL Mis pasiones literarias https://youtu.be/SLYic6Z1bPY?si=0x3Cai8J_eVXQoEM

[3] MVLL, sobre Gabriel García Márquez https://youtu.be/BcDlwT7Clyw?si=6wRaaNNj1rD8iqRK


martes, 22 de abril de 2025

Perfil ideal

 




En una medida desesperada, exagero por supuesto, me puse a buscar en Linkedln lo que ahora se considera una trabajadora ideal y no me vengan con eso de que depende de la empresa, del clima, del perfil del jefe superior. Hay palabras que se ponen de moda y parece que hace rato estoy hablando otro idioma o entiendo todo mal. No sabía si actuar como una profesional dispuesta a la esclavitud más absoluta, con tal de ser parte del proceso de consecución de objetivos, y entonces, disfrazada de joven con enorme potencial, casi hacer una venia a quien quisiera contratarme; o mostrarme como alguien con una confianza a toda prueba, con condiciones de liderazgo del que se necesitara: participativo, autoritativo, apreciativo, situacional, transaccional, pero con sólidas convicciones personales.

O tal vez hacer propias esas listas de lo que dicen que hacen las personas de éxito: levantarse a las cuatro de la mañana, hacer actividad física, comer en las horas que lo permite el ayuno intermitente, siempre que se trate de comida cocinada por una, con mucho huevo, verduras y tés de hierbas que no conozco; vestirse con colores neutros, de manera que quede en evidencia el buen gusto y dinero, pero sin ostentar; pensar positivo todo el día y al mismo tiempo estar conectada con las emociones, pero no tanto como para perder el control y desregularse, pecado capital fuchi fuchi, de lo peor que le puede pasar a alguien en cualquier circunstancia. Conmoverse sí, pero con clase. Llorar sí, pero sin sollozos ni mocos, reírse sí, pero sin carcajadas que puedan irrumpir en el espacio personal del otro. Aprender también para qué es aceptable querer tener dinero, no por ambiciosa, no por superficial, sino para viajar, aprender, disfrutar de la naturaleza, de los sentidos, de la compañía de personas que sumen. No para pagar un arriendo, para llegar a fin de mes en azul y menos mencionar el ahorro para períodos duros porque alguien de éxito no piensa en que algo puede resultar mal. En los hobbies hay que incluir la lectura de al menos dos libros al mes, para eso hay resúmenes en podcasts de moda, la meditación, alguna manualidad y el orden inmaculado del dormitorio y todo el espacio vital.

Llevo casi seis meses sin trabajo porque renuncié, pero tampoco puedo decir con sinceridad lo que me pasó porque está mal visto hablar mal del lugar anterior en donde una fue a caer, pero aquí lo puedo contar: estaba trabajando con un jefe tan mediocre que hasta una vez lo escuché decir que me había seleccionado porque me encontró útil, pero tontona, así es que jamás podría ser una amenaza para él, no se me iban a ocurrir ideas aportadoras y tenía el perfil de aplicada obediente que él requería para seguir siendo indispensable. Lo escuché cuando hablaba con un amigo por teléfono, así de huevón. Me había dado cuenta de cómo parasitaba de todos los integrantes del equipo, se apropiaba no solo de las ideas, también de las críticas a distintos proyectos de manera que frente al gran jefe aparecía como un tipo leal y al mismo tiempo independiente de pensamiento. El tipo vivía pensando en cómo posicionarse mejor, cómo convencer, y convencerse, de lo indispensable que era en el negocio. Nunca conocí a alguien tan centrado en los rumores ¡ni en el colegio! Estaba pendiente de quién y para qué entraba alguien a la oficina del gerente general, se quedaba todo lo que podía hablando con la secretaria, hasta corrieron rumores de que tenían onda, pero yo me daba cuenta de la cara de la pobre. Al principio lo trataba bien, pero luego ya le parecían odiosos sus interrogatorios y ponía malas caras sin disimulo, él único que no se daba cuenta, o no quería hacerlo, era ese tipo. A mí me dijo que era casado, después sospeché que hasta eso era una mentira para parecer correcto, acorde al cargo, pero no, había una mujer en el mundo dispuesta a aguantarlo. − La necesidad tiene cara de hereje − decía mi abuela para explicarse esas uniones raras.

El gerente debe ser harto de las chacras también, o naïve, para decirlo de mejor modo, que no se da cuenta de la calaña de su ´mejor colaborador´ como lo llamaba en los tres aniversarios de la empresa en los que alcancé a estar.

A mí me trataba, al comienzo, con máxima distancia laboral, Azucena para allá, Azucena para acá, (qué le voy a hacer, así me pusieron mis padres); revise estos informes por favor y haga comentarios. Tenía que detectar fallas en los manuales, en la descripción de procesos, si los gráficos eran los más adecuados para mostrar los datos, si estaban acorde a las normas de calidad de la empresa y si, así como iban los avances, se alcanzarían los plazos propuestos por los clientes. Eso era al principio, después me tocaba ir a verificar en terreno si era efectivo que las cosas se hacían como se decía en el informe y encima proponer mejoras porque había que optimizar los presupuestos y mejorar la productividad. A los trabajadores de las diversas áreas les parecía raro que me metiera tanto en sus tareas, me fue difícil al principio, nunca he sido confianzuda y a cada rato decía que eran órdenes de arriba, eso abre puertas, pero no cierra sospechas y ahora que estoy afuera me han contado que pasé por toda clase de atribución de intenciones, ninguna buena por supuesto.

De tanto trabajo y tan distinto, al año conocía en detalle lo que hacían casi todos. Propuse automatizaciones de procedimientos y de a poco, sin darme cuenta casi, comencé a anotar las falencias que según yo había en cada unidad y en rojo lo que a mí me parecía que había que hacer para remediarlas. A veces eran tonterías como que si se dispusieran las máquinas en una orientación diferente se facilitaría el desplazamiento de los trabajadores y mejorarían el tiempo de respuesta e incluso habría un menor índice de accidentabilidad.

Eso detonó mi salida, mi jefe andaba en Dubái, porque se las había arreglado para que le dieran los mejores viajes en busca de innovaciones aplicables a la empresa. Llegaba de cada destino con carpetas de folletos, cotizaciones, fotos e ideas que eran estupendas si se hubiera tratado de una fábrica de autos de fórmula uno, pero la empresa se dedicaba al armado y reparación de maquinaria agrícola. Como el verso arregla todo y siempre se las ingeniaba para decir que no se trataba de copiar sino de llevar prácticas de un ámbito a otro para que se tratara de verdadera innovación y no de réplicas de experiencias, el gerente le seguía creyendo.

Un trabajador se enredó en un cable, cayó mal, quedó hospitalizado por un TEC cerrado y fractura del antebrazo, de cúbito y radio, decía el informe. Ese día todo estaba mal, la tormenta perfecta de errores, ausencias y encima, apagón en la ciudad. Esos asuntos nunca llegaban al gerente, pero como ese día todo estaba raro, terminó casi él mismo resolviendo la tremenda escoba que quedó. Un compañero del trabajador accidentado detuvo un proceso para que no se dañara el generador y estalló otra máquina. En realidad, pudo ser mucho peor, casi nos incendiamos por completo.

Yo me encargué de la UPS, si nos quedábamos sin información ya era el colmo. Estaba verificando algunos puntos cuando me llamó a su oficina el gerente. Estaba casi al borde del ataque de pánico, hacía todos los esfuerzos para controlarse, era como si necesitase que alguien le dijera que todo iba a estar bien, que podía respirar tranquilo, nadie se murió y las pérdidas del día eran recuperables en un plazo breve. Entendí por qué confiaba en un chanta como mi jefe, que por lo general hablaba como si tuviera un doctorado en todos los temas, le daba certezas que nadie tenía, lo tranquilizaba y le hacía sentir que las cosas estaban bajo control.

Me preguntó miles de cosas, detalles incluso insignificantes y yo le dije que para ordenarnos deberíamos ir por áreas y saqué mi tabla eterna de puntos a mejorar. Se calmó, respiró profundo y me pidió que se la compartiera. Le dije que si quería la arreglaba para que la entendiera porque estaba llenas de abreviaturas personales y observaciones que no se entendían sin contexto. Ya era tarde y había que irse, me dijo que cuando volviera mi jefe se la presentara con él en una reunión.

Eso hice, mi jefe volvió de Dubái, feliz y lleno de ideas, ninguna suya. La atmósfera se volvía pesada e intranquila cuando estaba mi jefe, los que podían evitarlo lo hacían, yo no podía porque era la mano derecha del mano derecha. La reunión con el gerente quedó para la tarde, me persiguió toda la mañana para que le presentara antes a él o que al menos le enviara un resumen. Con tantas cosas a mi cargo, que él mismo me había asignado, y dado que el tiempo no es tan elástico como él quiere, no alcancé. Tampoco es que tuviera muchas ganas. 

La dichosa reunión se hizo después de almuerzo. Apenas entré me di cuenta de que mi jefe se había ganado la antipatía de los otros de su misma jerarquía, le preguntaban con tono cínico acerca de su último viaje, si ya tenía listo el siguiente destino y parecían un grupo de envidiosos sin ganas de disimular sus malos sentimientos. Recibí muchas preguntas y buenos comentarios mientras presentaba. La jefa de mantenimiento me dijo que ahora entendía que anduviera metida por todos lados, que podía ver que estaban los elementos para una estrategia general de mejora de flujos que ella encontraba indispensable. El gerente general tenía una expresión extraña, no soy muy buena detectando caras parece porque no sabría decir si estaba confundido, enojado o tenía sueño. Preguntaba poco y prefería comentar a mi jefe sin que los demás pudiéramos escuchar. Al final, creo que más por la antipatía hacia mi jefe que por mi presentación, me felicitaron más de lo necesario y uno se atrevió a aplaudir sin que los demás lo siguieran. Mi jefe hizo lo de siempre, se atribuyó muchas observaciones e ideas. Hasta el gerente miró hacia abajo y comenzó a sonreír meneando la cabeza de lado a lado. Yo no dije nada, me despedí y agradecí el espacio de la reunión. No sé, buenas costumbres de la casa, hábitos de provinciana serán. 

Ellos siguieron por más de una hora y yo volví a lo mío. Mi jefe me llamó a su oficina en cuanto salió. Me trató de lo peor, la verdad me sorprendió, y me acordé de eso de tontona y obediente, esperaba alguna clase de reconocimiento la verdad, en lugar de eso me dijo desleal, mosquita muerta, escaladora, desclasada, ineficiente y casi me culpa del accidente del trabajador. Lo vi como una especie de dragón de poca monta que me lanzaba llamas y malos olores por su boca y que su único objetivo era verme llorar. No sé cómo, pero logré parecer tranquila. Escuché su perorata abyecta y casi podía verlo convertirse de dragón en gusano.

- ¿Terminó? 

- Sí, sal de aquí. 

Si hubiera podido creo que me hubiera empujado, a cambio dio un portazo sonoro y cobarde.

Lo que vino fue peor, por semanas me sobrecargó de tareas estúpidas e incoherentes entre sí, cambiaba las prioridades a cada rato de modo que no podía avanzar en nada. Además, tenía que avisarle de cada llamada de otra unidad que recibiera. Y yo lo hacía, obediente, claro. Calzaba con mi perfil.

Comencé a cansarme como nunca antes. Un par de días llegué atrasada porque dormía mal en la noche y no escuché la alarma del teléfono. Era fin de mes. Llegué y revisé mi liquidación de sueldo, venía con un error grosero, harta plata de menos. Me estaba poniendo de pie para ir a preguntar qué había pasado cuando entra mi jefe con un papel de observaciones, una genial idea del departamento de recursos humanos, para que firmara los atrasos y el descuento en puntaje que eso tendría en mi evaluación de desempeño. 

Me dio la locura, reventé. Agarré el papel, lo rompí y lancé los pedazos a su cara, comencé a gritarle de todo: gana pan, chueco, miserable, mediocre, chupamedias y poca cosa, como me quedó gustando ese último insulto lo repetí gritando más fuerte con mayúsculas y separando las sílabas PO CA   CO SA. Tomé mi cartera y renuncié. 

Aquí estoy, buscando trabajo y rogando para que no llamen a mi exjefe para pedir referencias mías. Una amiga me recomendó que fuera a un coaching laboral . Fui y me dijeron que tenía que trabajar mi control de impulsos, tolerancia a la frustración, aprender a poner límites y mejorar mi asertividad.



miércoles, 16 de abril de 2025

No sé mañana

 

Foto de Heber Vazquez: https://www.pexels.com/es-es/foto/puesta-de-sol-mujer-silueta-tarde-15969258/


La escena era tan absurda que se reía sola. Solo que después, durante la ocurrencia de los hechos no podía sacarse el traje de seriedad y formalidad que según ella correspondía a su rol de ejecutiva de pensiones. Siempre con la mirada en el beneficio del cliente, pero sabiendo que debía captarlo como fuera. Si sonreía de una manera muy espontánea todo podía irse al carajo, solo podía esbozar un rictus de agrado que generara confianza y nada de familiaridad que pudiese parecer una cercanía sospechosa. Vestía un correcto pantalón negro, un sweater gris con escote en v que dejaba ver una blusa blanca inocua y un infaltable blazer pasado de moda.

Cuando en la compañía vio la agenda de visitas del día aparecía Héctor Mardones Cabrera. Trataba de recordar los nombres para reforzar aquello de la atención personalizada y que la asesoría pareciera más bien una conversación en lugar de una venta de servicios. Le habían preparado la carpeta para don Héctor con sus datos de cotizaciones y ahorros previsionales voluntarios, llevaba también las propuestas de renta vitalicia que, dadas las condiciones de incertidumbre del mercado, era la única opción vendible. Ella hablaba en porcentajes, probabilidades y trataba de evitar conceptos como enfermedad, muerte y siniestralidad. Trataba de utilizar conceptos como esperanza de vida, tranquilidad, seguridad. Las palabras importan, le decían en cada capacitación de ventas. Además, recalcaban hasta la caricatura las diferencias generacionales y la adaptación a los usos sociales de los mayores. Para eso se requería observación de los detalles, fíjense en el pelo, por lo general acompañaban esa frase con un chiste viejo y repetido – ¡si es que les queda! – ojo con la ropa, en el maquillaje en el caso de las mujeres, miren la postura corporal. Todo iba dirigido hacia la determinación de la actitud del cliente: se trataba de un viejo con ganas de seguir trabajando hasta la muerte, de alguien cansado cuyo máximo sueño era irse a la casa a ver películas; de una persona previsora con una cartera de inversiones diversificada que tenía planes hasta para tres vidas más, de alguien que nunca planificó nada, solitario o sociable. En fin, y por supuesto, la entrevista debía determinar si había personas dependientes de su futura pensión, si había fondos compartidos y una serie de factores, cada uno con un puntaje asociado.

La ventaja de su trabajo era que pocos estaban informados, parecía casi un estado de negación aceptado por grandes grupos, ella misma había entrado a trabajar en ese rubro porque casi se cayó de espaldas cuando vio su propia pensión. Además, era más sana de lo que esperaba y por lo tanto debería prodigarse más ahorros a cómo diera lugar. Sonaba raro considerar un problema lo de la extensión de la expectativa de vida. Dar información actualizada y de forma sencilla era su forma de sentir que contribuía y no era una pieza más del sistema esquilmando a trabajadores que cumplieron las reglas del juego. De paso, cada cliente era una contribución más a su fondo para el futuro.

II

Comenzó a sonar una salsa, los versos repetían casi palabra por palabra el argumento que Eva quería escuchar y que cualquiera de su edad tenía tan aprendido como un rezo o una poesía de los años escolares para iniciar una aventura de gente grande. – [1]yo no sé mañana −. Su compañero de baile era guapo y bailaba, daba lo mismo cómo, el punto era bailar. Sentía su mano en la espalda y luego, sin hablar estuvieron coordinados en un discurso interno mutuo que solo requería movimiento, risas y miradas.

Que mal que estuvieran presentes tanta gente que la conocía, mal que mal la vida continuaría y vería de nuevo a muchos de los que la miraban mientras bailaba con el guapo de la fiesta. Que raro se sentía eso, de haberlo experimentado en la adolescencia, la historia sería otra, pero a estas alturas en que ya pocas cosas importaban, seguía pendiente del buen concepto que otros pudieran tener de ella. Las amigas la buscaban para decirle con el pulgar que les gustaría estar ahí. Eva esquivaba el contacto. Algunas le decían cosas que no lograba escuchar. ¿Por qué a algunas personas parecen querer conversar en contextos donde es imposible? Esta vez le tocaba el rol de la suertuda del baile y no iba a desaprovechar la oportunidad de disfrutar ese territorio.

Era casi divertido hacerse la indiferente a las miradas acosadoras que querían y al mismo tiempo no, ser testigos de los avances en el contacto físico. Era parte del juego de las mujeres y hombres en el baile. Podría ser un buen chisme, podría ser un excelente chisme, de esos que permiten juzgar a otros y al mismo tiempo posar de sabios consejeros y decir las frases maduras que todos han aprendido en la tribu, desde siempre, pero también estaba el deseo, de los otros, de que no ocurriera nada y así todo quedaría en el plano de la fantasía y los juegos peligrosos.

A veces, para escapar de sus propias sensaciones, solía imaginar que su conciencia sobrevolaba encima de distintas situaciones, se separaba entonces de la escena para observarla desde otro ángulo. Podía casi advertir desde lo alto la dinámica de los acercamientos de los grupos y cómo se armaban y desarmaban alianzas momentáneas según la música y otras intenciones. Se distraía en esas observaciones mientras esperaba alguna explicitación de intenciones, un secreto acuerdo de salir, él primero y ella después, para dar curso a lo que era tan evidente, al menos para ella: ese deseo que surgía a borbotones por tanto contacto entre los cuerpos.

Podría haber argumentado cualquier cosa, la letra de la salsa con la que comenzaron a bailar, la inminencia del fin del mundo en el 2012, la naturalidad de la biología, lo que fuera y ella hubiera dicho que sí incluso a alguna propuesta vaga. No importaba si no sabía siquiera su nombre. Podría haberse ofrecido a llevarla a su casa con un breve desvío. Eva quería decir algo, pero de un modo fantasioso sentía que había dicho todo cantando las canciones que se sabía y que su cuerpo la había delatado en cada movimiento, en cada acercamiento.

Terminó la fiesta y cada uno partió por su lado, con una despedida tan formal como los manidos saludos cordiales al final de cada correo electrónico. Soñó con el guapo de la fiesta esa noche y otra más.

III

Cuando la secretaria le dijo a Eva que pasara a la oficina de don Héctor Mardones, que la estaba esperando se encontró, doce años después, con el guapo de la fiesta. Lo reconoció por los ojos, la sonrisa y el porte. Simuló no conocerlo dando por sentado que él no había notado su presencia en esa fiesta tan lejana a estas alturas. Se presentó y comenzó el habitual despliegue de su discurso técnico diciendo lo de siempre – seré breve don Héctor, se ve que es un hombre ocupado− a todos les gusta oír eso porque casi no hay nada peor visto que alguien que no es productivo durante todo el período de vigilia y tal vez incluso durante el sueño, que debe ser reparador, de mínimo siete horas y ojalá más, sin interrupciones ni pesadillas que puedan revelar alguna acumulación del temido cortisol. Una vez que le entregó la carpeta con la información de su caso y Héctor la leía rápido, recorrió con la vista la oficina. No era muy diferente de otras que había visitado en ese mismo edificio de Vitacura, muchos ventanales, madera oscura, buena temperatura y minimalista, tal vez su escritorio estaba un poco más desordenado que otros, con notas y gráficos dibujados en hojas dispersas encima, hábito que aún tenía la generación de personas que comenzaban a planificar su pensión.

El potencial cliente, vestía de azul en distintos tonos, clásico y correcto. La corbata revelaba su conservadurismo más que la posición jerárquica en su trabajo. Le agradó su formalidad, Eva no soportaba a aquellos que la tuteaban y lanzaban risotadas de la nada haciéndose los vivarachos y seductores como si pudieran logran más intereses en sus fondos por sus intentos de envolverla en una seudo relación amistosa.

Era agradable Héctor. Formal y distante, pero interesado en entender y preguntar lo necesario.

En un nuevo sobrevuelo sobre esta escena le pareció que la vida era extraña por la forma en que se dibujaban los encuentros y desencuentros, ahí estaba el absurdo que casi la hacía reír, pero ya era una maestra, casi, en el control de sus expresiones.

−No se me ocurre qué más preguntar para alargar esta reunión, estoy seguro de haberla visto antes y solo se me viene una canción a la mente. Dijo esto con una inesperada y amplia sonrisa, retirándose los lentes de lectura para mirarla de frente.

Eva ordenó la carpeta y se levantó para despedirse, se acercó un poco y en una conducta muy fuera de su repertorio habitual, cantó un pedazo de la salsa que había bailado con él “yo no sé si tú, no sé si yo…”.



[1] Luis Enrique, Yo no sé mañana, https://youtu.be/2PVi95J-FMo?si=qUB36Q6g0eagJEMm

 

viernes, 11 de abril de 2025

Mariposa inefable o sobre escribir

 


Foto de Walter Smeijers: https://www.pexels.com/es-es/foto/verano-hojas-mariposa-flora-19535583/

Ayer salió por ahí, en alguna de
las plataformas de imágenes y videos que frecuento, una cita de Paul Auster, como
es habitual no la recuerdo con exactitud. Se refería al hábito de escribir y la
imposibilidad de dejarlo porque es al mismo tiempo doloroso y necesario. Busqué otra cosa recién y, obvio,
me salió el mismo Paul Auster diciendo que escribir era un trabajo arduo que
consistía en hacer aparecer como fácil algo muy difícil como que un párrafo
diga lo que quiere decir, con el ritmo y la energía que él quería expresar. Eso es tomarse en serio eso de
escribir. Justo ayer también una querida
amiga, una de las responsables en que decidiera atreverme a publicar algunos de
mis cuentos, me envió un audio al que también se sumaba su marido, elogiando el
Café Literario y otros cuentos y diciendo que debería dedicarme a escribir. He pensado harto y lo cierto es que
me lo paso escribiendo, todo el día, todo el tiempo en que estoy en vigilia,
solo que no puedo traspasarlo a un archivo. Tengo tantos filtros ahora que nada
me parece digno de ser contado o demasiado personal o inapropiado o sin sentido.
Las últimas historias que subí son, en mi opinión, tan intrascendentes que podría
eliminarlas y no me acordaría de ellas, de hecho, casi no me acuerdo. Puedo
juntar palabras y hacer frases más o menos entendibles, pero no se conectan con
nada o casi nada. Hasta esto es difícil de escribir. Conozco historias interesantes de
otras personas, pero no es cierto que se pueda vampirizar la vida de otros, al
menos yo no puedo. Me encontré una mariposa blanca el
otro día, o ella se encontró conmigo y me puse a inventar una historia sobre la
percepción, pero quería escribir sobre extrañar y entonces no pude seguir.
Falta de disciplina, perseverancia o de sentido puede ser. Tal vez escribir requiera de un
plan interno, una especie de convicción o coherencia interna que es difícil de
encontrar o aceptar. O un para qué que no esté ligado a lo útil, que no sea
instrumental a un objetivo. Lo intentaré de nuevo. Debajo del
búnker de filtros, debe haber algo todavía que quizás quiera ser expresado,

(no sé por qué salió así el formato del texto)

Saludos

  Terminé de seleccionar los cuentos para un tercer libro ¿para qué? sigo sin razones, más bien me valgo de una pregunta de las que circulan...