En una medida desesperada, exagero
por supuesto, me puse a buscar en Linkedln lo que ahora se considera una
trabajadora ideal y no me vengan con eso de que depende de la empresa, del
clima, del perfil del jefe superior. Hay palabras que se ponen de moda y parece
que hace rato estoy hablando otro idioma o entiendo todo mal. No sabía si
actuar como una profesional dispuesta a la esclavitud más absoluta, con tal de
ser parte del proceso de consecución de objetivos, y entonces, disfrazada de joven
con enorme potencial, casi hacer una venia a quien quisiera contratarme; o
mostrarme como alguien con una confianza a toda prueba, con condiciones de
liderazgo del que se necesitara: participativo, autoritativo, apreciativo, situacional,
transaccional, pero con sólidas
convicciones personales.
O tal vez hacer propias esas listas
de lo que dicen que hacen las personas de éxito: levantarse a las cuatro de la mañana,
hacer actividad física, comer en las horas que lo permite el ayuno intermitente,
siempre que se trate de comida cocinada por una, con mucho huevo, verduras y tés
de hierbas que no conozco; vestirse con colores neutros, de manera que quede en
evidencia el buen gusto y dinero, pero sin ostentar; pensar positivo
todo el día y al mismo tiempo estar conectada con las emociones, pero no tanto
como para perder el control y desregularse, pecado capital fuchi fuchi, de lo
peor que le puede pasar a alguien en cualquier circunstancia. Conmoverse sí,
pero con clase. Llorar sí, pero sin sollozos ni mocos, reírse sí, pero sin
carcajadas que puedan irrumpir en el espacio personal del otro. Aprender
también para qué es aceptable querer tener dinero, no por ambiciosa, no por
superficial, sino para viajar, aprender, disfrutar de la naturaleza, de los
sentidos, de la compañía de personas que sumen. No para pagar un arriendo, para
llegar a fin de mes en azul y menos mencionar el ahorro para períodos duros
porque alguien de éxito no piensa en que algo puede resultar mal. En los
hobbies hay que incluir la lectura de al menos dos libros al mes, para eso hay
resúmenes en podcasts de moda, la meditación, alguna manualidad y el orden
inmaculado del dormitorio y todo el espacio vital.
Llevo casi seis meses sin trabajo porque
renuncié, pero tampoco puedo decir con sinceridad lo que me pasó porque está
mal visto hablar mal del lugar anterior en donde una fue a caer, pero aquí lo
puedo contar: estaba trabajando con un jefe tan mediocre que hasta una vez lo
escuché decir que me había seleccionado porque me encontró útil, pero tontona,
así es que jamás podría ser una amenaza para él, no se me iban a ocurrir ideas
aportadoras y tenía el perfil de aplicada obediente que él requería para seguir
siendo indispensable. Lo escuché cuando hablaba con un amigo por teléfono, así
de huevón. Me había dado cuenta de cómo parasitaba de todos los integrantes del
equipo, se apropiaba no solo de las ideas, también de las críticas a distintos
proyectos de manera que frente al gran jefe aparecía como un tipo leal y al
mismo tiempo independiente de pensamiento. El tipo vivía pensando en cómo
posicionarse mejor, cómo convencer, y convencerse, de lo indispensable que era
en el negocio. Nunca conocí a alguien tan centrado en los rumores ¡ni en el
colegio! Estaba pendiente de quién y para qué entraba alguien a la oficina del gerente
general, se quedaba todo lo que podía hablando con la secretaria, hasta
corrieron rumores de que tenían onda, pero yo me daba cuenta de la cara de la
pobre. Al principio lo trataba bien, pero luego ya le parecían odiosos sus
interrogatorios y ponía malas caras sin disimulo, él único que no se daba
cuenta, o no quería hacerlo, era ese tipo. A mí me dijo que era casado, después sospeché
que hasta eso era una mentira para parecer correcto, acorde al cargo, pero no,
había una mujer en el mundo dispuesta a aguantarlo. − La necesidad tiene cara
de hereje − decía mi abuela para explicarse esas uniones raras.
El gerente debe ser harto de las
chacras también, o naïve, para decirlo de mejor modo, que no se da
cuenta de la calaña de su ´mejor colaborador´ como lo llamaba en los tres
aniversarios de la empresa en los que alcancé a estar.
A mí me trataba, al comienzo, con
máxima distancia laboral, Azucena para allá, Azucena para acá, (qué le voy a
hacer, así me pusieron mis padres); revise estos informes por favor y haga
comentarios. Tenía que detectar fallas en los manuales, en la descripción de
procesos, si los gráficos eran los más adecuados para mostrar los datos, si
estaban acorde a las normas de calidad de la empresa y si, así como iban los
avances, se alcanzarían los plazos propuestos por los clientes. Eso era al
principio, después me tocaba ir a verificar en terreno si era efectivo que las cosas
se hacían como se decía en el informe y encima proponer mejoras porque había
que optimizar los presupuestos y mejorar la productividad. A los trabajadores de
las diversas áreas les parecía raro que me metiera tanto en sus tareas, me fue
difícil al principio, nunca he sido confianzuda y a cada rato decía que eran
órdenes de arriba, eso abre puertas, pero no cierra sospechas y ahora que estoy
afuera me han contado que pasé por toda clase de atribución de intenciones, ninguna
buena por supuesto.
De tanto trabajo y tan distinto, al
año conocía en detalle lo que hacían casi todos. Propuse automatizaciones de
procedimientos y de a poco, sin darme cuenta casi, comencé a anotar las
falencias que según yo había en cada unidad y en rojo lo que a mí me parecía que
había que hacer para remediarlas. A veces eran tonterías como que si se
dispusieran las máquinas en una orientación diferente se facilitaría el
desplazamiento de los trabajadores y mejorarían el tiempo de respuesta e incluso
habría un menor índice de accidentabilidad.
Eso detonó mi salida, mi jefe
andaba en Dubái, porque se las había arreglado para que le dieran los mejores viajes
en busca de innovaciones aplicables a la empresa. Llegaba de cada destino con
carpetas de folletos, cotizaciones, fotos e ideas que eran estupendas si se
hubiera tratado de una fábrica de autos de fórmula uno, pero la empresa se
dedicaba al armado y reparación de maquinaria agrícola. Como el verso arregla
todo y siempre se las ingeniaba para decir que no se trataba de copiar sino de
llevar prácticas de un ámbito a otro para que se tratara de verdadera
innovación y no de réplicas de experiencias, el gerente le seguía creyendo.
Un trabajador se enredó en un cable,
cayó mal, quedó hospitalizado por un TEC cerrado y fractura del antebrazo, de
cúbito y radio, decía el informe. Ese día todo estaba mal, la tormenta perfecta
de errores, ausencias y encima, apagón en la ciudad. Esos asuntos nunca llegaban
al gerente, pero como ese día todo estaba raro, terminó casi él mismo resolviendo
la tremenda escoba que quedó. Un compañero del trabajador accidentado detuvo un
proceso para que no se dañara el generador y estalló otra máquina. En realidad,
pudo ser mucho peor, casi nos incendiamos por completo.
Yo me encargué de la UPS, si nos
quedábamos sin información ya era el colmo. Estaba verificando algunos puntos
cuando me llamó a su oficina el gerente. Estaba casi al borde del ataque de
pánico, hacía todos los esfuerzos para controlarse, era como si necesitase que
alguien le dijera que todo iba a estar bien, que podía respirar tranquilo,
nadie se murió y las pérdidas del día eran recuperables en un plazo breve. Entendí
por qué confiaba en un chanta como mi jefe, que por lo general hablaba como si
tuviera un doctorado en todos los temas, le daba certezas que nadie tenía, lo
tranquilizaba y le hacía sentir que las cosas estaban bajo control.
Me preguntó miles de cosas,
detalles incluso insignificantes y yo le dije que para ordenarnos deberíamos ir
por áreas y saqué mi tabla eterna de puntos a mejorar. Se calmó, respiró
profundo y me pidió que se la compartiera. Le dije que si quería la arreglaba
para que la entendiera porque estaba llenas de abreviaturas personales y
observaciones que no se entendían sin contexto. Ya era tarde y había que irse,
me dijo que cuando volviera mi jefe se la presentara con él en una reunión.
Eso hice, mi jefe volvió de Dubái,
feliz y lleno de ideas, ninguna suya. La atmósfera se volvía pesada e intranquila cuando estaba mi jefe, los que podían evitarlo lo hacían, yo no podía porque era la mano derecha del mano derecha. La reunión con el gerente quedó para la tarde, me persiguió toda la mañana para que le presentara antes a él o que al menos le enviara un resumen. Con tantas cosas a mi cargo, que él mismo me había asignado, y dado que el tiempo no es tan elástico como él quiere, no alcancé. Tampoco es que tuviera muchas ganas.
La dichosa reunión se hizo después de almuerzo. Apenas entré me di cuenta de que mi jefe se había ganado la antipatía de los otros de su misma jerarquía, le preguntaban con tono cínico acerca de su último viaje, si ya tenía listo el siguiente destino y parecían un grupo de envidiosos sin ganas de disimular sus malos sentimientos. Recibí muchas preguntas y buenos comentarios mientras presentaba. La jefa de mantenimiento me dijo que ahora entendía que anduviera metida por todos lados, que podía ver que estaban los elementos para una estrategia general de mejora de flujos que ella encontraba indispensable. El gerente general tenía una expresión extraña, no soy muy buena detectando caras parece porque no sabría decir si estaba confundido, enojado o tenía sueño. Preguntaba poco y prefería comentar a mi jefe sin que los demás pudiéramos escuchar. Al final, creo que más por la antipatía hacia mi jefe que por mi presentación, me felicitaron más de lo necesario y uno se atrevió a aplaudir sin que los demás lo siguieran. Mi jefe hizo lo de siempre, se atribuyó muchas observaciones e ideas. Hasta el gerente miró hacia abajo y comenzó a sonreír meneando la cabeza de lado a lado. Yo no dije nada, me despedí y agradecí el espacio de la reunión. No sé, buenas costumbres de la casa, hábitos de provinciana serán.
Ellos siguieron por más de una hora y yo volví a lo mío. Mi jefe me llamó a su oficina en cuanto salió. Me trató de lo peor, la verdad me sorprendió, y me acordé de eso de tontona y obediente, esperaba alguna clase de reconocimiento la verdad, en lugar de eso me dijo desleal, mosquita muerta, escaladora, desclasada, ineficiente y casi me culpa del accidente del trabajador. Lo vi como una especie de dragón de poca monta que me lanzaba llamas y malos olores por su boca y que su único objetivo era verme llorar. No sé cómo, pero logré parecer tranquila. Escuché su perorata abyecta y casi podía verlo convertirse de dragón en gusano.
- ¿Terminó?
- Sí, sal de aquí.
Si hubiera podido creo que me hubiera empujado, a cambio dio un portazo sonoro y cobarde.
Lo que vino fue peor, por semanas me sobrecargó de tareas estúpidas e incoherentes entre sí, cambiaba las prioridades a cada rato de modo que no podía avanzar en nada. Además, tenía que avisarle de cada llamada de otra unidad que recibiera. Y yo lo hacía, obediente, claro. Calzaba con mi perfil.
Comencé a cansarme como nunca antes. Un par de días llegué atrasada porque dormía mal en la noche y no escuché la alarma del teléfono. Era fin de mes. Llegué y revisé mi liquidación de sueldo, venía con un error grosero, harta plata de menos. Me estaba poniendo de pie para ir a preguntar qué había pasado cuando entra mi jefe con un papel de observaciones, una genial idea del departamento de recursos humanos, para que firmara los atrasos y el descuento en puntaje que eso tendría en mi evaluación de desempeño.
Me dio la locura, reventé. Agarré el papel, lo rompí y lancé los pedazos a su cara, comencé a gritarle de todo: gana pan, chueco, miserable, mediocre, chupamedias y poca cosa, como me quedó gustando ese último insulto lo repetí gritando más fuerte con mayúsculas y separando las sílabas PO CA CO SA. Tomé mi cartera y renuncié.
Aquí estoy, buscando trabajo y rogando para que no llamen a mi exjefe para pedir referencias mías. Una amiga me recomendó que fuera a un coaching laboral . Fui y me dijeron que tenía que trabajar mi control de impulsos, tolerancia a la frustración, aprender a poner límites y mejorar mi asertividad.